CRÓNICA 4. PANORAMA EN LA GUAIRA

Josu Iza

DEDICADO A:  Mi compañera de ruta y amiga Yolimar Moreno. También a Rueda Venezuela, Bikers Sin, Ciclopanas la Guaira, Grupo de Animación, Grupo de Cocina, Grupo de artículos del hogar y alimentos. Además, a los Donantes anónimos de bicicletas, repuestos, hidratación y comida y en general a todos aquellos que colaboran recogiendo, almacenando, reparando, entregando……

     Muchas personas desean bajar a la costa para ayudar en directo pero tienen sus reservas con respecto a lo que se van a encontrar. No es lo mismo ver videos o escuchar testimonios de gente que ha estado allá que verlo en directo. No es preciso extenderse acerca de la magnitud del desastre, del panorama desolador que supone las docenas de edificios caídos, los cientos de arruinados, los miles con desperfectos, las decenas de miles de carpas, tiendas y alojamientos improvisados – que ya comienzan a ser fijos porque no hay posibilidad de ubicar a tanto damnificado en una vivienda digna porque no existen -; sólo imagínese cualquier documental que hay visto sobre una pòstguerra pasada o actual y es lo mismo, es la devastación misma en directo después del apocalipsis. Hace un par de días, tres amigos ciclistas (Jorge, Jaime y yo) entablamos una conversación – qué lástima de no haberlo grabado y publicarlo en un podcast -, acerca del tema que nos ocupa. Estos dos amigos manifestaban que no han querido bajar a la Guaira porque temen el impacto emocional y conociéndose – ambos coincidían en esto -, no querían “pasarse el día llorando”, sentirse deprimidos, llegar tristes y apabullados a sus casas y tener que compartir esa terrible experiencia con sus familiares. Totalmente respetable.  Yo les contaba que el día que bajé por primera vez, organizado por el grupo de Rueda Venezuela y la colaboración de otros grupos ciclistas, con muchos de mis compañeros de rueda habitual (Teresa, María Elena, Rafael, Yui, Mario, Vanessa, Nicolás, Andrés, Lesther etc……), recordaba que a medida que íbamos acercándonos a la Avenida Soublette, bajando por la Carretera Vieja, estaba más asustado porque tenía miedo del choque, de la impresión que me iba a causar el escenario; eso a pesar de que ya hemos visto deslaves, inundaciones,derrumbes etc……pero un terremoto y las imágenes que había visto en los días posteriores al sismo, eran demasiado impactantes, sólo en video. En vivo, iba a ser demoledor, pensaba yo. Y no me equivocaba: rodando por la Avenida Bicentenario, que recorre la costa y llegando a Playa Surfista, se comienza a ver el caos, los efectos sobre los edificios de esa zona, y entras en la playa, ves todas las carpas, a la gente con esa mirada de desespero, a los niños ansiosos de ver que traemos y entonces nos concentramos en  montar los toldos, descargamos los insumos, repuestos, bicicletas, instalamos las mesas de trabajo de los mecánicos e hidratación……en ese momento, cuando empiezas a hablar con la gente, a repartir el desayuno, a conversar con los niños, en ese momento te olvidas del desastre, y pasas de tener el alma en los pies a recobrar el temple y darte cuenta que esa es la única manera de superar el golpe, de elevarse sobre el temor: enfrentar la escena, sentir el dolor. Ahora si, prueba superada. Después de una larga conversación por Whatsapp – qué maravilla es la tecnología cuando sirve para que las personas compartan sus impresiones  -, acordamos que nos vamos a lanzar los tres juntos una jornada completa recorriendo desde Los Caracas a Catia la Mar, que va a ser la mejor catarsis para exorcizar esos pavores y calmar esas inquietudes que llevamos en el corazón. El plan es llevar cava con comida y suficiente líquido para pasar el día, ver, sentir e interactuar con los lugareños afectados, ya que ambos son buenos conversadores y tienen don de gentes. Va ser toda una experiencia que será contada en estas páginas. 

     Dediqué en primer lugar la crónica a mi amiga Yolimar Moreno porque ella, madre de tres hijos, que supervisa también a su mamá, ciclista consumada, perdió su apartamento de playa en uno de los edificios de Playa Grande – una de las zonas más afectada -, además de perder a muchos vecinos de muchos años y puede contar el cuento porque ese día no bajó para la playa por alguna razón, a pesar de que era día festivo. En su primer viaje a la Guaira, ella tenía muchas cautelas con el hecho de bajar porque se tenía que enfrentar a un edificio derrumbado, con numerosas personas conocidas que fallecieron – todavía hay siete víctimas que no han sido recuperadas -, amén de la situación general en el área. Ese primer día, decidió irse con la bicicleta desde Caracas, sola, al día siguiente del desastre, con las vías todavía intransitables, con el caos reinante, sin protección……aún así se fue y se encontró con una desgracia que tuvo que manejar, qué fortaleza tan grande. Unos días más tarde, fue nuestra primera ida en grupo y ella bajó también, y según sus palabras “el contacto con la gente y su desdicha me alivió y me sigue ayudando”. Ayer, nos encontramos en la Avenida San Martín, por esas cosas del destino y me sorprendió con su camioneta cargada hasta el techo, de cosas para donar; baja regularmente ella sola para llevar regalos necesarios a la gente que sobrevivió del edificio que quedaron en la calle, conversa con ellos, les abraza, escucha sus pesares y les consuela y en nuestra conversación, me reconoció que ya está necesitando conectar de nuevo con su vida personal, y que gracias a sus paseos ciclistas, con sus compañeros de rueda, comiendo, bebiendo unas birras cuando toca, riendo y abrazándose con sus amigos, está encontrando de nuevo el camino para superar toda esa aflicción. Yolimar, un ejemplo para todos nosotros. Porque la recuperación no sólo es física, también es mental y emocional. 

   Este sábado pasado, fue nuestra tercera bajada a la Guaira, a un lugar nuevo, que llaman los Campitos, muy cerca de Playa Grande; una urbanización que Raquel y yo llamábamos el Brooklyn de la Guaira, porque ahí construyeron cientos de edificios de color gris, con una fachada de un material plástico machihembrado – que semeja las viviendas de algunos barrios del interior de ese vecindario neoyorkino -, que quedaron inhabitables, muchos derruidos y cuyos habitantes han tenido que ser ubicados en diversos campamentos. Uno de ellos es al que fuimos esta vez, que está instalado en un campo de béisbol, con muchas carpas haciendo círculo, con una montaña detrás y con el espacio central despejado para que se puedan estacionar carros y puedan jugar los niños. El calor, al no haber brisa de playa y estar enclavado en un cuenco con ese cerro desértico, es apabullante, no sopla ni una ligera brisa. Mi mañana comenzó a las 6.30 pasando por Catia para recoger repuestos y toda la hidratación, de ahí a la Soublette a recoger bicicletas donadas, luego a entregar varias en Playa Surfista que estaban prometidas del viaje anterior que quedaron para reparar y luego nos fuimos – ya en caravana con otros vehículos – para el campamento. Subimos la cuesta de Playa Grande y vimos el estrago en toda esa colina (donde quedaba el edificio de Yolimar), tratamos de entrar hacia el barrio y todas las entradas estaban cortadas hasta que un local que manejaba el camión con todas las bicicletas, encontró un camino de acceso. Los ciclistas llegaron una hora más tarde porque se perdieron. Una vez allí seguimos la rutina que hemos ido perfeccionando, montando los toldos, las mesas, instalando los puestos de mecánica y de comida e hidratación y por primera vez, montamos un cerco con cuerda alrededor de nuestro campamento para mantener cierto orden porque, sobre todo los niños son incontrolables, están muy ansiosos de recibir sus cosas y hasta que los encargados de diversión y entretenimiento – vaya mi admiración para ese grupo – no se hacen cargo de ellos y les motivan con papagallos, juegos de pelota, trompos, frisbies etc….. no se calman. Mientras tanto los mecánicos – son los héroes de estas jornadas – pueden trabajar tranquilos y la gente de organización – me quito el sombrero con la Jefa y sus colaboradoras – puede conversar con las líderes, siempre mujeres presentes, llevar control de las entregas, hablar con las madres – poca presencia de padres – y documentar, fotografiar y filmar lo acontecido. 

    Este día, se nos unió – o nosotros nos unimos a ellos que es lo mismo -, la gente de Ciclopanas de la Guaira con su equipo de mecánicos y sus tetas heladas de papelón con limón – que alivia del calor – , el Grupo que repartió trescientas comidas preparadas allí mismo a pleno sol con todo el mundo muy organizado picando, limpiando, cocinando, empaquetando, el Grupo que repartió un camión de mudanzas completo de artículos del hogar, higiene personal, medicinas y comida empaquetada. Todo un esfuerzo en conjunto que pone en evidencia de que estamos hechos los venezolanos de bien. Regresamos a casa con el buen sabor de boca del deber cumplido, cansado por el calor y la arena pesar de no estar en la línea de playa, porque esa zona es montaña árida de arena y cardón, con la camioneta como si hubiera pasado por el desierto del Sahara y pensando en la próxima bajada. Esa misma noche, fue la noche de la tormenta y el campamento se inundó; no hay descanso para quien lo pasa mal. 

   Quiero comunicarles que este viernes pasado dejé de ser damnificado, que las obras en mi casa terminaron después de tres semanas y que vuelvo a ser una persona normal – que ya estaba en camino de conseguirlo desde que me compré un airfryer -. Por cierto, el domingo 30 está programada una rueda de Caracas a Higuerote para recaudar insumos para los damnificados y el próximo 12 de septiembre una rueda a Turiamo, que se aplazó precisamente por el terremoto. Es importante ir recuperando nuestra vida regular, sin olvidar lo que está pasando, siguiendo con la ayuda pero siguiendo con nuestra curación particular y de país. 

Hasta la siguiente crónica.  

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