Hay una idea aparentemente sencilla que, en medio de nuestras rutinas, pareciera que olvidamos con demasiada facilidad: no vivimos solos.
Vivimos rodeados de personas. Compartimos calles, edificios, lugares de trabajo, escuelas, universidades, parques, hospitales, comercios y espacios públicos. Dependemos de personas que probablemente nunca conoceremos y, al mismo tiempo, muchas personas que tampoco conoceremos dependen de nuestras decisiones.
Eso es vivir en sociedad.
Y aunque pueda parecer algo natural, convivir no siempre resulta sencillo. Porque vivir juntos significa aceptar que nuestros derechos conviven con los derechos de los demás; que nuestras decisiones tienen consecuencias que muchas veces trascienden nuestra vida personal, y que nuestra libertad también necesita aprender a encontrarse con la responsabilidad.
Podemos verlo en las situaciones más cotidianas. Cuando alguien respeta una fila, está reconociendo que el tiempo de los demás también tiene valor. Cuando un conductor cede el paso, entiende que la calle no le pertenece únicamente a él. Cuando alguien mantiene limpio un espacio público, está cuidando algo que pertenece a todos. Cuando cumplimos nuestra palabra, respetamos una norma o bajamos el volumen para no molestar a nuestros vecinos, estamos haciendo algo aparentemente pequeño, pero profundamente importante: estamos reconociendo la existencia del otro.
Quizá allí comienza realmente una sociedad. Porque una sociedad no se construye únicamente mediante leyes, instituciones o gobiernos. Se construye también a través de millones de acuerdos invisibles que practicamos todos los días: confiamos en que los demás respetarán ciertas reglas y ellos confían en que nosotros haremos lo mismo. Esa confianza permite que podamos compartir espacios, trabajar juntos, emprender proyectos, educar a nuestros hijos y construir comunidades.

Cuando esos acuerdos comienzan a desaparecer, algo mucho más importante que una norma se deteriora: se deteriora la confianza. Y sin confianza resulta muy difícil construir cualquier cosa juntos.
Tal vez uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea precisamente recuperar la conciencia de que formamos parte de algo que es más grande que nosotros mismos. Vivimos en una época que ha colocado un enorme énfasis en el individuo, en nuestros derechos, nuestros deseos, nuestros proyectos, nuestra realización y nuestra libertad. Todo ello es importante. Pero quizá necesitamos complementar esa mirada con otra pregunta igualmente necesaria:
¿qué responsabilidad tengo yo con las personas con quienes comparto mi comunidad?
Porque vivir en sociedad no significa renunciar a nuestra individualidad. Significa comprender que nuestra individualidad alcanza su mayor expresión cuando puede convivir respetuosamente con la de los demás. Y aquí encuentro una conexión muy especial con la MOTITUD.
Desde hace algún tiempo he venido definiendo la Motitud como la integración de la motivación personal, una actitud positiva y una mentalidad de crecimiento. Pero cuanto más desarrollo el concepto, más convencido estoy de que ninguna de esas dimensiones debería terminar exclusivamente en nosotros mismos. Nuestra motivación también puede impulsarnos a contribuir. Nuestra actitud puede mejorar —o deteriorar— el ambiente que compartimos. Nuestra mentalidad puede ayudarnos a comprender perspectivas diferentes, aprender de otros y descubrir que no siempre tenemos toda la razón.
Quizá entonces exista también una Motitud para convivir.
Una forma de entender que cada interacción deja algo detrás. Podemos dejar respeto o indiferencia; generar confianza o desconfianza; facilitarle la vida a alguien o complicársela innecesariamente; contribuir a resolver un problema o simplemente esperar que otro lo haga. Son decisiones pequeñas, pero cuando se multiplican por miles o millones de personas terminan definiendo la calidad de una sociedad.
Por eso las sociedades más desarrolladas no deberían medirse solamente por la calidad de su infraestructura, su tecnología o el ingreso por habitante. También deberíamos observar cómo se comportan las personas cuando comparten un espacio, cuánto confían unas en otras, cómo tratan a quien piensa diferente, cuánto respetan aquello que pertenece a todos y qué tan dispuestas están a colaborar por el bienestar común. Una sociedad fuerte necesita instituciones sólidas, por supuesto. Necesita leyes, educación, oportunidades y buenos liderazgos. Pero necesita igualmente ciudadanos conscientes de que construir una mejor sociedad no es una responsabilidad que pueda delegarse completamente en otros.
En otras palabras, “todos participamos”. Participamos cuando respetamos y cuando irrespetamos; cuando cuidamos y cuando dañamos; cuando colaboramos y cuando permanecemos indiferentes; y cuando cumplimos nuestra palabra y cuando creemos que las reglas solo deben ser respetadas por los demás. Cada una de esas pequeñas decisiones envía un mensaje sobre el tipo de sociedad en la que queremos vivir.
Quizá por eso necesitamos volver a hablar de convivencia, de ciudadanía, de respeto y de responsabilidad compartida. No como conceptos antiguos ni como obligaciones impuestas, sino como capacidades profundamente humanas que necesitamos recuperar y cultivar. Porque ninguno de nosotros puede construir solo la ciudad que desea, la organización que sueña o el país que imagina. Necesitamos a los demás. Y ellos también nos necesitan a nosotros.
Tal vez vivir en sociedad sea precisamente eso: comprender que mi bienestar y el bienestar de los demás no son caminos separados. En algún momento se encuentran, se afectan y se necesitan mutuamente. Por eso, la próxima vez que pensemos en la sociedad que queremos, quizá valga la pena comenzar con una pregunta mucho más cercana:
¿Qué estoy haciendo yo, todos los días, para hacer un poco mejor
la vida de quienes comparten esta sociedad conmigo?
Porque una mejor sociedad no comienza cuando todos los demás cambian. Comienza cuando cada uno de nosotros comprende que vivir juntos también es una responsabilidad, una oportunidad y, sobre todo, una forma de construir futuro.


