Recuperar la chispa: cuando la motivación se apaga

Luis Vicente García

A veces, incluso las personas más entusiastas, comprometidas y optimistas sienten que la energía se les va. No es raro. No es debilidad. Es simplemente humano. A menudo me preguntan cómo hago para estar siempre alegre y motivado. La verdad es que no siempre lo estoy. Y está bien decirlo. Porque ser una persona motivada no significa estar todo el tiempo encendido, con energía desbordante o con una sonrisa perfecta. Ser una persona motivada —vivir con Motitud— es, más bien, haber aprendido a reconectar con la luz interna, incluso cuando el día parece, o a veces está, nublado.

Hay momentos en que la vida nos sacude. Nos exige más de lo que imaginamos. Nos llena de pendientes, incertidumbres, decisiones complejas, desafíos que no esperábamos. Y entonces, como si fuera poco, también sentimos que se nos va apagando la chispa. Esa chispa que nos mueve, que nos inspira, que nos da impulso… parece esconderse. Y no sabemos bien cómo volver a encontrarla.

¿Te ha pasado? A mí sí.

Lo más importante que he aprendido es que no se trata de evitar esos momentos, sino de saber qué hacer cuando llegan. Porque vivir con Motitud no es una línea recta ni un estado permanente de energía. Es una práctica. Es un entrenamiento emocional. Es una elección diaria.

Cuando siento que me estoy apagando, me detengo. Respiro. Me hago preguntas simples pero poderosas:

– ¿Qué necesito hoy?

– ¿Qué me está faltando?

– ¿Qué puedo agradecer ahora mismo?

Y en esa pausa, muchas veces encuentro la respuesta. A veces es volver a mi propósito. Otras, es hablar con alguien que me inspire. También puede ser soltar un poco la exigencia y simplemente darme permiso para descansar. Y otras veces, simplemente, es regalarme un momento a solas, conmigo mismo, en silencio… pensar, sentir, reflexionar, dejar que la angustia se disuelva poco a poco y permitir que la motivación vuelva a entrar, sin forzarla.

Recuperar la motivación no siempre se trata de hacer más, sino de reconectarnos con lo esencial. Con nuestras razones. Con nuestras pasiones. Con las pequeñas cosas que nos nutren: un libro, una canción, una conversación, una caminata, un recuerdo que nos recuerda quiénes somos.

También he descubierto que cuando compartimos lo que sentimos, cuando dejamos de aparentar que todo está bien y nos mostramos auténticos, abrimos puertas para sanar y avanzar. La Motitud también vive en la vulnerabilidad. En ese instante en que reconocemos que estamos cansados, pero no rendidos. En ese momento en que, aunque dudemos, seguimos apostando por la esperanza.

Así que, en los días en los que estés pasando por un momento de baja energía, no te juzgues. No te castigues. Abrázate. Escúchate. Permítete volver a ti. Y cuando estés listo, vuelve a conectar con esa chispa que nunca se fue… solo estaba esperando ser avivada de nuevo.

Porque vivir con Motitud no es estar siempre arriba. Es saber volver, cada vez que haga falta. Y eso, créeme, es más poderoso que cualquier motivación pasajera.

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