Pasar por la vida no es lo mismo que vivirla.
Desde la MOTITUD.
Hay algo que hacemos con demasiada facilidad:
dar por sentado lo que tenemos.
Damos por sentado lo cotidiano.
Los espacios que habitamos.
Las rutinas que repetimos.
Las herramientas que usamos sin pensar.
Damos por sentadas a las personas que están cerca.
Su presencia.
Sus palabras.
Su disposición.
Y, poco a poco, comenzamos a vivir como si todo eso estuviera garantizado.
Pero hay algo aún más inquietante:
estamos empezando a dar por sentada la vida misma.
La ilusión de que siempre habrá tiempo
Vivimos como si el tiempo fuera infinito.

Postergamos conversaciones importantes.
Aplazamos decisiones que sabemos necesarias.
Dejamos para después lo que en el fondo entendemos que importa.
Después llamo.
Después visito.
Después agradezco.
Después cambio.
O la mejor de todas, a ver cuándo nos tomamos un café.
Ese “después” se convierte en refugio.
El problema es que la vida no funciona bajo nuestras agendas.
Y muchas veces, sin darnos cuenta, lo importante queda atrapado en un tiempo que nunca llega.
Lo que dejamos de ver
Hay una escena en la obra Monday After the Miracle, de William Gibson, que pude ver con mi papá en 1982, que ilustra esto con una claridad profunda.
Es una mañana cualquiera.
Un doctor llega a la casa de Helen Keller. La madre lo recibe con cortesía y le hace una pregunta simple:
—¿Cómo estuvo el camino?
—Bien —responde él.
Una respuesta correcta.
Pero incompleta.
Helen interviene. No para contradecirlo, sino para revelar algo que él no había visto.
Ese camino no fue simplemente “bien”, le dice.
Fue un recorrido lleno de matices: movimiento, sonidos, aromas, vida en cada paso.
Pero nada de eso fue registrado.
Pasó por el camino,
pero no lo habitó.
Y en esa diferencia aparentemente sutil, se esconde una verdad incómoda:
cuántas veces hacemos lo mismo con nuestra propia vida.
La normalidad como anestesia
Lo cotidiano tiene una trampa: nos acostumbra.
Lo que antes valorábamos, hoy lo asumimos.
Lo que antes agradecíamos, hoy lo exigimos.
Lo que antes cuidábamos, hoy lo descuidamos.
No por falta de valores,
sino por exceso de costumbre.
La normalidad, cuando no se cuestiona, se convierte en una forma de anestesia emocional.
Y en ese estado, dejamos de percibir lo extraordinario que existe en lo simple.
La vida no es permanente
No solemos pensar en esto, y quizás está bien que no lo hagamos todo el tiempo.

Pero olvidarlo por completo también tiene un costo.
La vida cambia.
Las personas cambian.
Las circunstancias cambian.
Y lo que hoy está, mañana puede no estar de la misma manera.
No es un mensaje de miedo.
Es un recordatorio de realidad.
Vivir con consciencia
No dar por sentada la vida no significa vivir con angustia.
Significa vivir con consciencia.
Es detenerse un poco más.
Es observar con atención.
Es valorar sin esperar perder.
Es cuidar mientras está.
Es comprender que lo importante no siempre es urgente,
pero sí profundamente significativo.
La práctica de estar presentes
A veces creemos que valorar la vida implica grandes decisiones.
No necesariamente.

A menudo comienza con gestos simples:
escuchar con verdadera presencia,
agradecer con intención,
estar sin distracción,
decir lo que sentimos sin postergarlo.
No se trata de hacer más.
Se trata de estar mejor en lo que ya tenemos.
Una pregunta para cerrar
No para responder rápido.
No para compartir.
Solo para sentirla:
¿Qué estás dando por sentado hoy
que, si lo miraras con más consciencia,
valorarías de una forma distinta?
Desde la MOTITUD, la vida no se mide solo en logros.
Se mide en la capacidad de estar presentes en lo que ya es.
Y cuando dejamos de darla por sentada,
empezamos, realmente, a vivirla.
Pasar por la vida no es lo mismo que vivirla.
Desde la MOTITUD.


