Los avances que no siempre vemos

Luis Vicente García

Vivimos tan pendientes de lo que todavía nos falta por alcanzar que algunas veces olvidamos reconocer cuánto hemos avanzado. Miramos nuestras metas, los proyectos pendientes, las cosas que queremos mejorar y aquello que todavía no hemos conseguido. Y aunque esa mirada hacia adelante puede ayudarnos a crecer, también puede impedirnos apreciar todo lo que hemos aprendido y construido durante el camino.

Quizá nos ocurre porque hemos aprendido a medir el progreso principalmente a través de resultados visibles. Un ascenso, un título, una meta alcanzada, un proyecto terminado o un reconocimiento recibido son acontecimientos que podemos identificar con facilidad. Pero hay otras formas de avanzar que no aparecen en ningún diploma, no se reflejan en nuestras cuentas bancarias y probablemente nadie más llegue a conocer.

Avanzamos cuando aprendemos a responder con mayor serenidad ante una situación que antes nos desbordaba. Cuando somos capaces de escuchar una opinión diferente sin sentirnos amenazados. Cuando reconocemos un error sin necesidad de justificarnos. Cuando encontramos el valor para tener una conversación difícil o aprendemos a establecer límites que antes no nos atrevíamos a expresar. Son cambios que quizá no transforman inmediatamente nuestras circunstancias, pero sí modifican nuestra manera de vivirlas.

También progresamos cuando dejamos de repetir comportamientos que nos hacían daño, cuando aprendemos a pedir ayuda o cuando descubrimos que no necesitamos demostrar permanentemente nuestro valor ante los demás. A veces crecer significa adquirir una nueva capacidad, pero otras veces consiste en abandonar una vieja manera de pensar que ya no nos permite avanzar.

Lo interesante es que muchas de estas transformaciones ocurren lentamente. No existe un día específico en el que podamos decir que comenzamos a ser más pacientes, más comprensivos o más seguros de nosotros mismos. Simplemente vamos tomando decisiones, viviendo experiencias, enfrentando dificultades y aprendiendo de ellas. Hasta que un día nos encontramos ante una situación parecida a otra que vivimos años atrás y descubrimos que nuestra respuesta es diferente. Entonces comprendemos que algo cambió dentro de nosotros.

Por supuesto, no todos los avances son permanentes ni todos los caminos son lineales. Podemos haber aprendido a manejar mejor nuestras emociones y aun así perder la paciencia. Podemos sentirnos seguros de una decisión y después tener dudas. Podemos haber superado una dificultad y encontrarnos nuevamente con algo que nos haga sentir vulnerables. Eso no significa que todo lo aprendido haya desaparecido. Significa que seguimos siendo personas en proceso de crecimiento.

Mi enfoque Desde la MOTITUD siempre ha sido que la motivación nos ayuda a encontrar razones para avanzar, la actitud influye en nuestra manera de enfrentar las circunstancias y una mentalidad de crecimiento nos permite reconocer que siempre podemos aprender. Pero también necesitamos desarrollar la capacidad de mirar nuestro propio recorrido con una perspectiva más amplia, sin reducir nuestro valor personal a los resultados que todavía no hemos alcanzado.

Quizá por eso, de vez en cuando, deberíamos cambiar las preguntas que nos hacemos. En lugar de concentrarnos exclusivamente en qué nos falta, podríamos preguntarnos qué hemos aprendido, qué situaciones enfrentamos hoy de una manera diferente, qué dificultades hemos superado o qué capacidades hemos desarrollado sin siquiera darnos cuenta.

Es posible que descubramos que hemos avanzado mucho más de lo que pensábamos. Tal vez todavía no hemos llegado a donde queremos estar, pero ya no somos exactamente las mismas personas que comenzaron este recorrido. Tenemos nuevas experiencias, una comprensión diferente de algunas cosas y una mayor capacidad para enfrentar situaciones que antes parecían imposibles.

Reconocer esos avances no significa conformarnos ni dejar de aspirar a algo mejor. Significa comprender que el crecimiento también merece ser apreciado mientras ocurre, y no solamente cuando llegamos a una meta.

Porque algunas de las transformaciones más importantes de nuestra vida no se ven desde afuera, sino desde adentro. Se descubren en la manera como pensamos, decidimos, sentimos y nos relacionamos con los demás. Y quizá uno de los mayores aprendizajes sea reconocer que, aunque todavía nos quede mucho camino por recorrer, también hemos recorrido uno que merece ser valorado.

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