Hay una palabra que utilizamos con extraordinaria facilidad: después. Después llamo, después voy, después hablamos, después descanso, después me ocupo de mí, después tendremos tiempo. Y así, casi sin darnos cuenta, vamos trasladando pequeñas partes de nuestra vida hacia un momento futuro en el que imaginamos que tendremos menos trabajo, menos preocupaciones, mayor tranquilidad o mejores condiciones para hacer aquello que hoy estamos dejando pendiente.
El problema es que ese momento perfecto rara vez llega. Siempre aparece algo: una responsabilidad, un problema inesperado, más trabajo, una urgencia, un compromiso o una nueva razón para volver a decir “después”. Y mientras tanto, la vida continúa.
Por supuesto, postergar no siempre es negativo. Hay decisiones que necesitan tiempo, proyectos que deben esperar y momentos en los que simplemente no tenemos las condiciones para hacer aquello que queremos. No todo puede ocurrir hoy. Pero existe otra forma de postergación mucho más silenciosa: aquella en la que comenzamos a dejar para después cosas que sabemos que son importantes para nosotros.
Puede ser una llamada que queremos hacer, una amistad que hemos dejado enfriar, una conversación pendiente con nuestra pareja, una visita a nuestros padres, un agradecimiento que nunca terminamos de expresar, una disculpa, un viaje que llevamos años imaginando o simplemente una parte de nosotros que sabemos que necesitamos cuidar. El problema es que muchas de esas cosas no parecen urgentes. Nadie nos envía una notificación para recordarnos que debemos pasar más tiempo con alguien que queremos. No aparece una alarma diciéndonos que hace demasiado que no llamamos a un amigo. Ninguna agenda nos advierte que estamos postergando una conversación importante.
Lo urgente hace ruido. Lo importante, muchas veces, espera en silencio.
Y como espera, seguimos postergándolo hasta que en algún momento descubrimos que han pasado semanas, meses o incluso años.
Hay una expresión que utilizamos mucho para esas cosas: “algún día”. Algún día haré ese viaje, aprenderé aquello que siempre me interesó, comenzaré ese proyecto, tendré más tiempo para mi familia o me ocuparé más de mí. “Algún día” es un lugar cómodo porque nos permite mantener nuestros deseos sin tener que decidir todavía qué haremos con ellos. Pero también puede convertirse en un lugar peligroso cuando permanecemos demasiado tiempo allí.
No todas las oportunidades permanecen abiertas indefinidamente. Las circunstancias cambian, las personas cambian y nosotros también cambiamos. Hay momentos que simplemente no regresan. Quizá por eso algunas veces “algún día” necesita una fecha, no para transformar nuestra vida en otra lista de obligaciones ni para añadir presión donde ya existe suficiente, sino para darle a aquello que nos importa una oportunidad real de ocurrir.
Tal vez no podamos hacer ese viaje mañana, pero podemos comenzar a planificarlo. Quizá no podamos resolver una relación en una conversación, pero podemos hacer la llamada. Tal vez ese proyecto necesite mucho tiempo, pero podemos escribir la primera página. Y a veces lo que hemos postergado no es algo que queremos hacer, sino algo que queremos decir: “gracias”, “te quiero”, “perdóname”, “te extraño” o simplemente “¿cómo estás?”. Son palabras sencillas que podemos guardar durante demasiado tiempo porque suponemos que habrá otra oportunidad para pronunciarlas.

También existe otra persona a quien frecuentemente dejamos para después: nosotros mismos. Nos prometemos que descansaremos cuando termine este proyecto, que comenzaremos a cuidarnos cuando tengamos menos trabajo o que retomaremos aquello que disfrutábamos cuando la vida esté más tranquila. Pero terminamos un proyecto y aparece otro, resolvemos una preocupación y llega la siguiente. Quizá debamos dejar de pensar que cuidarnos, descansar, disfrutar o dedicar tiempo a algo que amamos son premios que recibiremos cuando finalmente hayamos cumplido con todas nuestras obligaciones. Probablemente ese día nunca llegue.
Desde la MOTITUD hablamos con frecuencia de avanzar, aprender, crecer y enfrentar la vida con una mejor actitud. Pero crecer también puede significar reconocer qué merece un lugar en nuestra vida antes de que las urgencias ocupen todo el espacio disponible. Por eso quizá valga la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué parte importante de mi vida llevo demasiado tiempo dejando para después?
No necesitamos hacer una lista. Pensemos solamente en una persona, una conversación, un sueño, una decisión, una experiencia o incluso en nosotros mismos. Y preguntémonos cuál podría ser el primer paso para acercarlo al presente.
Hay tareas que pueden esperar, planes que pueden cambiar e incluso metas que podemos abandonar cuando dejan de tener sentido. Pero también hay personas, conversaciones, experiencias y sueños a los que quizá llevamos demasiado tiempo diciéndoles “después”.
Tal vez hoy sea un buen día para elegir uno de ellos y comenzar.


