La confianza: el activo invisible que sostiene una sociedad

Luis Vicente García

Hay cosas fundamentales para nuestra vida que casi nunca vemos. No vemos el aire que respiramos hasta que comienza a faltarnos. No pensamos demasiado en la electricidad hasta que se interrumpe. Tampoco solemos detenernos a pensar en la enorme cantidad de sistemas que funcionan silenciosamente a nuestro alrededor y que permiten que podamos desarrollar nuestra vida cotidiana.

Con la confianza sucede algo parecido. Cuando existe, casi no la notamos. Simplemente vivimos, trabajamos, hacemos acuerdos, construimos relaciones y avanzamos. Pero cuando comienza a desaparecer, todo se vuelve más complicado.

Pensemos por un momento en cuántas decisiones tomamos cada día basándonos en la confianza. Entramos en un ascensor confiando en que ha recibido el mantenimiento adecuado. Compramos alimentos confiando en que son seguros. Dejamos a nuestros hijos en una escuela confiando en quienes los educan. Depositamos nuestro dinero en una institución, contratamos a una persona, firmamos un acuerdo, pedimos ayuda a un médico o conducimos por una avenida confiando en que, al menos la mayoría de las veces, los demás respetarán ciertas reglas.

Sería imposible verificar personalmente cada una de esas cosas; por eso confiamos. Y esa confianza permite que la vida avance.

En el artículo anterior reflexionábamos sobre la relación entre nuestros derechos y nuestras responsabilidades compartidas. Decíamos que una sociedad no puede construirse únicamente desde aquello que cada persona espera recibir; necesita también de aquello que cada uno está dispuesto a aportar. Pero hay algo que conecta esas dos dimensiones y permite que millones de personas que no se conocen puedan convivir, colaborar e incluso construir juntas y ese algo es la confianza.

La confianza es uno de los grandes activos invisibles de cualquier sociedad. No aparece en las calles ni podemos fotografiarla. No figura como una obra de infraestructura y resulta difícil colocarle un valor económico. Sin embargo, cuando existe facilita casi todo; y cuando desaparece, casi todo comienza a costar más. Cuando confiamos, podemos llegar a acuerdos con mayor facilidad, podemos delegar, podemos colaborar, podemos emprender, podemos compartir información y asumir ciertos riesgos porque creemos que la otra persona cumplirá su palabra. Cuando desconfiamos, en cambio, necesitamos verificar, controlar, supervisar y protegernos constantemente. Cada interacción requiere más esfuerzo, más tiempo y más energía.

Y esto no ocurre solamente entre individuos. Ocurre en las familias cuando dejamos de creer en la palabra del otro. Ocurre en los equipos cuando las personas comienzan a protegerse en lugar de colaborar. Ocurre en las empresas cuando nadie se atreve a decir lo que piensa. Ocurre en las instituciones cuando los ciudadanos dejan de creer que las reglas se aplican de manera justa. Y ocurre en las sociedades cuando empezamos a asumir que debemos desconfiar de todos para poder sobrevivir.

Por eso perder confianza es mucho más grave de lo que parece. Lo interesante es que la confianza rara vez desaparece de un día para otro. Generalmente se va erosionando poco a poco. Una promesa que no se cumple, una verdad que se oculta, una responsabilidad que alguien evade, una regla que se aplica a unos y no a otros o una persona que descubre que aquello que le dijeron no era cierto. Son pequeños retiros de una cuenta invisible.

Y también sucede lo contrario. Cada vez que alguien cumple su palabra, hace lo que prometió, reconoce un error, respeta una norma, aunque nadie lo esté vigilando o decide actuar correctamente aun cuando podría beneficiarse haciendo lo contrario, está realizando un pequeño depósito en esa misma cuenta. Así se construye la confianza. No mediante grandes declaraciones, sino a través de la consistencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Y aquí encuentro nuevamente una conexión profunda con la MOTITUD pues para desarrollar la construcción colectiva, necesitamos incorporar una pregunta adicional: ¿qué generan nuestras acciones en los demás? Porque nuestra actitud no termina en nosotros; puede generar seguridad o incertidumbre. Nuestra manera de relacionarnos puede acercar o alejar. Nuestra capacidad de cumplir compromisos puede fortalecer o debilitar una relación. Y nuestra disposición para reconocer errores puede convertirse en una de las formas más poderosas de recuperar confianza cuando la hemos perdido.

Tal vez una sociedad con Motitud sea también una sociedad donde las personas comprenden que la confianza es demasiado importante como para dejarla exclusivamente en manos de otros. Todos podemos construirla. Y todos podemos destruirla. Y todo radica en las pequeñas decisiones de cada día.

Quizá por eso la confianza debería comenzar mucho antes de las instituciones. Comienza en casa cuando cumplimos una promesa. Continúa en la escuela cuando aprendemos que nuestra palabra tiene consecuencias. Se fortalece en el trabajo cuando respondemos por nuestros compromisos y llega a la sociedad cuando millones de personas comprenden que hacer lo correcto también tiene valor cuando nadie está mirando.

Las instituciones, por supuesto, tienen una enorme responsabilidad. Para merecer confianza deben ser transparentes, competentes, coherentes y capaces de responder por sus decisiones. Las empresas necesitan cumplir lo que prometen a sus trabajadores y clientes. Los líderes necesitan comprender que la confianza no viene incorporada al cargo que ocupan; debe construirse continuamente con sus acciones.

Pero los ciudadanos también participamos en esa arquitectura invisible. Porque la confianza social no surge únicamente de arriba hacia abajo. También se construye horizontalmente, persona a persona, conversación a conversación, compromiso a compromiso. Y quizá allí se encuentre una de las grandes oportunidades de cualquier sociedad que quiera transformarse.

Muchas veces esperamos grandes cambios para recuperar la confianza. Pensamos que primero deben cambiar las instituciones, la economía, las organizaciones o quienes ocupan posiciones de liderazgo. Sin duda, muchos de esos cambios son necesarios. Pero mientras esperamos también podemos comenzar a reconstruir confianza en nuestros espacios más cercanos.

Podemos cumplir mejor nuestra palabra. Podemos ser más transparentes. Podemos escuchar antes de juzgar. Podemos reconocer nuestros errores. Podemos tratar con respeto a quien piensa diferente. Podemos evitar compartir información que sabemos que no es cierta. Podemos asumir nuestras responsabilidades y hacer aquello que dijimos que haríamos.

Parecen pequeñas acciones, pero las sociedades están construidas precisamente sobre millones de ellas.

Cuando suficientes personas comienzan a confiar unas en otras, ocurre algo extraordinario: resulta más fácil colaborar. Y cuando una sociedad aprende a colaborar, aumenta enormemente su capacidad para resolver problemas, enfrentar dificultades y construir futuro. Por eso quizá la confianza sea mucho más que un valor deseable. Es una verdadera infraestructura invisible sobre la que descansan nuestras relaciones, nuestras organizaciones y nuestras comunidades.

Podemos construir grandes edificios, carreteras, empresas e instituciones. Pero si no somos capaces de construir confianza entre las personas que deben habitarlos, dirigirlos y hacerlos funcionar, siempre nos faltará algo esencial. Tal vez por eso una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no sea únicamente “¿en quién confío?”, sino otra mucho más exigente:

¿Soy yo una persona en quien los demás pueden confiar?

La primera pregunta coloca la responsabilidad afuera. La segunda nos obliga a mirarnos por dentro. Y quizá allí comience todo.

Porque la confianza de una sociedad se construye todos los días, en millones de momentos aparentemente pequeños en los que una persona decide que su palabra importa, que sus acciones tienen consecuencias y que hacer lo correcto sigue teniendo valor, aunque nadie esté mirando. Ese es el principal activo invisible que tenemos la responsabilidad de cuidar.

Porque cuando una sociedad pierde confianza, comienza a fragmentarse. Pero cuando logra recuperarla, también recupera algo mucho más importante: la posibilidad de volver a construir juntos.

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