*Ensayo de Albert Camus sobre la antigua ciudad de Tipasa en Argelia.
A veces la realidad nos sobrepasa, es como si no estuviéramos equipados intelectual ni emocionalmente para manejar los montos de abrumadora realidad que se presentan en la vida. El poeta inglés T.S.Elliot decía que el ser humano no puede soportar mucha realidad. Esta visión del poeta da cuenta de su lucidez. La complejidad de nuestra psique tiene que hacer frente tanto al mundo externo con ese habitante pseudopódico que denominamos realidad, tantas veces excesiva y complicada y, a la vez, manejar también las infinitas complejidades del mundo interno, las cuales configuran otra realidad: nuestra realidad psíquica, por lo general, muchísimo más desmedida que la realidad externa.
De tal manera, que nos vemos en la necesidad de amortiguar este exceso de estímulos externos e internos, con ese fin la misma estructura de nuestra mente se encarga de hacerlo de manera automática, lo que determina que no nos percatemos; sin embargo, cuando los estímulos son excesivos franquean ese mecanismo de amortiguación, se desbordan y el contenido de nuestra copa se derrama.
Hay momentos especiales de nuestra vida en que esto acontece. Suelo hacer paralelismos entre la mente individual y la colectiva, haciendo la salvedad que no se pueden hacer identidades absolutas, pues ambos ámbitos tienen dinámicas propias. Aun así, me gusta indagar en ciertas analogías que nos permitan ver con claridad cómo es la dinámica de estos procesos. Para soportar tanta realidad -esa trama enrevesada e insondable – con frecuencia echamos manos de diversos mecanismos, tanto colectivos como personales. Citaré algunos: la negación, la represión, la proyección, la racionalización, que nos conducen a substraer partes, a veces fundamentales, de la realidad, en aras de poder hacer “manejables” lo que se presenta como confuso e inentendible.

Basta ver el panorama nacional o el mundial para observar estos mecanismos de defensa: la cosa no es tan grave, realmente lo que pasa es esto y no aquello, tratemos de eludir lo que ocurre y centrémonos en otras cosas( la negación) no sé de qué me hablas, yo no lo veo así, (la represión), hay una conspiración masónica internacional (la proyección paranoide), todo tiene una explicación y si logramos elaborar una explicación racional, las cosas se verán mejor (la racionalización, que es diferente de razonar). Mucho de estos mecanismos son efectivos por momentos, aunque precarios, corriéndose el riesgo de auto engañarnos o de ver de manera distorsionada lo que realmente está sucediendo. Y ¿entonces? ¿Cómo manejar ese exceso de realidad, que en principio es tan difícil de manejar?
Tenemos que vivir, no importa cuántos cielos se hayan derrumbado, así comienza la novela de D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley; y de eso se trata. Reitero que me estoy refiriendo a distintos campos de la experiencia, ya sea un derrumbe personal, afectivo, familiar, o una crisis colectiva. Basándome en esa inspiradora frase, propongo que una de las soluciones, podría ser observar con detenimiento los aspectos de la realidad que no están tomados por el conflicto, a la par de evaluar las capacidades de enfrentar la situación en su totalidad o por segmentos, es decir librar algunas batallas, no todas a la vez, no proponernos metas excesivas como ganar la guerra en la primera batalla, aprender a diferenciar lo urgente de lo importante, lo impostergable de lo diferible, lo necesario de lo superfluo, lo reparable de lo irremediable. Colocar nuestra atención en los espacios libres de conflicto, que siempre los hay, tal como esos momentos registrados en la historia, donde en plena guerra hay una pareja que contrae matrimonio y brinda por el futuro aunque su ciudad esté siendo bombardeada, esto no es una negación, es reconciliarse con los espacios de vida que persisten, lo impostergable siempre es la vida. Como escribió Camus, en un párrafo memorable perteneciente a su ensayo Retorno a Tipasa*: Volvía a descubrir en Tipasa que había que guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada (…) Yo había sabido siempre que las ruinas de Tipasa eran más jóvenes que nuestras obras en construcción o nuestros escombros. El mundo empezaba allí cada día con una luz siempre nueva. ¡Oh, luz!, ése es el grito de todos los personajes enfrentados, en el drama antiguo, a su destino. Ese último recurso era también el nuestro y ahora yo lo sabía. En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible.
Creo firmemente en la posibilidad de encontrar tanto en nuestra psique individual como en la colectiva ese lugar para el verano invencible.


