Aprender a ser mejores personas con los demás

Luis Vicente García

El crecimiento personal también se mide en la forma como hacemos sentir a quienes nos rodean

Todos los días entramos y salimos de la vida de muchas personas. Algunas forman parte de nuestro círculo más cercano; otras aparecen apenas durante unos minutos. Conversamos con nuestra familia, compartimos con compañeros de trabajo, saludamos a un vecino, pedimos un café, respondemos un mensaje, participamos en una reunión o nos encontramos con alguien que quizá nunca volveremos a ver. Son encuentros aparentemente cotidianos. Sin embargo, en cada uno de ellos dejamos algo.

Podemos dejar una sonrisa, tranquilidad, confianza o una palabra de aliento. Podemos hacer que alguien se sienta escuchado, respetado, reconocido o valorado. Pero también podemos dejar indiferencia, impaciencia, incomodidad o una palabra que quizá olvidemos rápidamente, aunque la otra persona la recuerde durante mucho tiempo.

Y esto me lleva a pensar que tal vez una de las preguntas más importantes que podríamos hacernos al terminar cada día no sea solamente qué hicimos o qué logramos, sino qué dejamos en las personas con quienes nos encontramos.

Relacionarnos con los demás también es una capacidad que podemos desarrollar. Nadie escucha perfectamente siempre. Nadie es paciente en todo momento. Todos hemos juzgado demasiado rápido, dicho algo que después hubiéramos preferido expresar de otra manera o estado tan ocupados que no vimos lo que estaba ocurriendo frente a nosotros. Pero, podemos aprender.

Podemos aprender a mirar con mayor atención, escuchar con verdadera intención, comprender antes de juzgar, cuidar nuestras palabras, agradecer con mayor frecuencia, reconocer lo bueno en los demás y estar presentes cuando alguien nos necesita. En definitiva, podemos aprender a ser mejores personas con los demás.

Y quizá lo más interesante sea que no necesitamos esperar grandes oportunidades para comenzar. La vida nos ofrece todos los días decenas de pequeños momentos para practicarlo.

El primero comienza simplemente aprendiendo a ver realmente a la persona que tenemos delante.

Nos cruzamos diariamente con decenas de seres humanos a quienes casi no vemos. El vigilante que abre la puerta, quien limpia nuestra oficina, la persona que nos sirve un café, el conductor que nos lleva a algún lugar, el compañero que se sienta a pocos metros de nosotros. Muchas veces forman parte del paisaje de nuestra rutina hasta el punto de que olvidamos algo elemental: cada uno tiene una historia y cada persona está viviendo algo.

Puede estar celebrando una buena noticia o atravesando un momento difícil. Puede tener un familiar enfermo, estar preocupado por sus hijos, comenzar un nuevo proyecto, sentirse solo o simplemente haber tenido un día complicado. No tenemos forma de saberlo, pero sí podemos recordar que existe una persona detrás de cada interacción. Y cuando comenzamos a mirar de esa manera, cambia nuestra forma de relacionarnos.

El segundo aprendizaje quizá sea escuchar con mayor intención. Estamos acostumbrados a escuchar para responder, para opinar, para reaccionar o para defender nuestra posición. Pero mucho más difícil e importante es escuchar con el único propósito de comprender. Escuchar realmente requiere curiosidad. Implica dejar por unos minutos nuestra propia historia para entrar en la del otro. Preguntar antes de asumir. Dar espacio antes de aconsejar. Intentar comprender qué está sintiendo la otra persona antes de decirle qué creemos que debería hacer. No siempre podremos resolver el problema de alguien. Pero muchas veces tampoco es eso lo que necesita. A veces, sentirse verdaderamente escuchado ya es una forma extraordinaria de ayuda.

Un tercer paso tiene que ver con nuestras palabras. Las palabras pueden acompañar, pero también pueden herir. Pueden abrir posibilidades o cerrarlas. Pueden devolver confianza a una persona o destruirla en pocos segundos. Y lo más sorprendente es que muchas veces no somos conscientes del impacto que tienen.

Probablemente todos recordamos alguna frase que alguien nos dijo hace muchos años. Quizá fue un profesor que creyó en nosotros, un jefe que reconoció nuestro potencial, un amigo que apareció en un momento difícil o un familiar que nos recordó que podíamos seguir adelante. Es posible que quien pronunció aquellas palabras ni siquiera las recuerde. Nosotros sí y eso debería hacernos más conscientes del enorme poder que tenemos cada vez que hablamos con alguien. ¿Cuándo fue la última vez que le agradeciste a una persona simplemente por estar?

Ser mejores con los demás también implica aprender a reconocer. Vivimos en una cultura que identifica rápidamente aquello que está mal, pero que muchas veces guarda silencio frente a lo que está bien. Detectamos el error, señalamos la falla y corregimos aquello que debe mejorar, pero no siempre nos detenemos a decir: gracias, lo hiciste bien, valoro tu esfuerzo, me alegra tenerte cerca. Reconocer no significa adular. Significa hacer visible aquello que merece ser valorado. Hay personas que llevan años haciendo bien las cosas sin que nadie se los haya dicho; quizá hoy podamos ser nosotros quienes lo hagamos.

También necesitamos aprender a dar sin llevar permanentemente una contabilidad emocional. No todo gesto necesita una devolución. No toda ayuda necesita reconocimiento. No toda amabilidad necesita convertirse en reciprocidad inmediata. Ayudar a alguien, compartir una experiencia, abrir una puerta profesional, enseñar algo que sabemos o simplemente dedicar unos minutos de nuestro tiempo puede parecer insignificante para nosotros y representar muchísimo para quien lo recibe.

Y aquí aparece un aprendizaje todavía más difícil: reconocer cuando somos nosotros quienes necesitamos cambiar. Es mucho más sencillo identificar los defectos de los demás que observar nuestras propias conductas. Podemos hablar durante horas de la persona que no escucha sin preguntarnos cuánto escuchamos nosotros; quejarnos de la falta de empatía mientras respondemos con impaciencia; exigir respeto sin revisar cómo tratamos a quienes tienen menos poder que nosotros. Crecer requiere ese espejo. No para castigarnos, sino para evolucionar.

Preguntarnos de vez en cuando: ¿cómo se sienten los demás después de interactuar conmigo? ¿Genero confianza? ¿Escucho? ¿Reconozco? ¿Mi presencia facilita o dificulta las cosas? ¿Soy la misma persona con quien puede ayudarme que con quien no tiene nada que ofrecerme?

Son preguntas profundas; son preguntas incómodas. Y quizá precisamente por eso son necesarias.

Aquí encuentro una conexión muy profunda con la MOTITUD. Como sabemos, es la integración de nuestra motivación personal, una actitud positiva y una mentalidad de crecimiento. Pero cada vez estoy más convencido de que su verdadero alcance aparece cuando esas tres fuerzas dejan de estar orientadas exclusivamente hacia nosotros.

Nuestra motivación puede impulsarnos a contribuir. Nuestra actitud puede hacer más amable el espacio que compartimos. Y nuestra mentalidad de crecimiento puede permitirnos reconocer que nunca terminamos de aprender a relacionarnos con los demás. Tal vez la Motitud alcance otra dimensión cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿cómo puedo ser mejor?” y comenzamos también a preguntarnos “¿cómo puedo ser mejor para los demás?”.

Porque podemos tener una extraordinaria carrera profesional, acumular conocimientos, alcanzar grandes objetivos y desarrollar innumerables capacidades. Pero existe otra medida del crecimiento que difícilmente aparecerá en nuestro currículo: la huella que dejamos en las personas: cómo hicimos sentir a nuestros hijos. cómo tratamos a nuestros padres, qué clase de compañero fuimos, cómo lideramos a quienes confiaron en nosotros, qué hicimos cuando alguien necesitó ayuda o cómo tratamos a quienes no podían ofrecernos nada a cambio.

Al final, quizá las personas no recuerden todas nuestras palabras, nuestros cargos ni muchos de nuestros logros. Pero probablemente sí recuerden cómo se sintieron cuando estuvieron cerca de nosotros.

Por eso aprender a ser mejores personas con los demás no requiere esperar una gran oportunidad. Podemos comenzar en la próxima conversación. Escuchando un poco más. Juzgando un poco menos. Agradeciendo algo que hemos dado por sentado. Reconociendo a alguien que lo merece. Pidiendo perdón si es necesario. Ofreciendo ayuda. O simplemente prestando verdadera atención a la persona que tenemos delante.

Son acciones pequeñas, pero pueden generar algo mucho más grande.

Porque cuando una persona decide tratar mejor a otra, probablemente no cambie el mundo entero. Pero puede cambiar, aunque sea por un instante, el mundo de esa persona.

Y si muchos comenzáramos a hacerlo, quizás también estaríamos construyendo una sociedad diferente Desde la MOTITUD.

Tal vez crecer no sea solamente convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Tal vez crecer también sea lograr que nuestra mejor versión

haga un poco mejor la vida de los demás.

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