Alexis Montilla convirtió los sueños en destino y dejó un legado eterno en el turismo venezolano

Deisy Terán Tosta

Hay personas que no solo construyen lugares… construyen emociones. De esas que se quedan contigo incluso cuando el tiempo pasa. Alexis Montilla fue uno de ellos.

Hoy, hablar de su partida no es solo hablar de ausencia. Es hablar de un vacío que se siente en la montaña, en las carreteras, en esos espacios donde Venezuela aprendió a mirarse con orgullo.

Porque él no hizo turismo. Él le dio alma al turismo.

Nacido en 1944, en la sencillez de Chachopo, su historia comenzó lejos de cualquier privilegio. Fue vendedor de artesanía, mesonero, un hombre que entendió desde abajo lo que significa trabajar, insistir y creer. Y quizás por eso logró algo que no todos consiguen: transformar la cotidianidad en experiencia, lo simple en extraordinario.

Dicen que todo empezó con “El Caney”, un pequeño restaurante en la carretera trasandina. A las tres de la mañana, un camión que iba hacia Barinas se detenía… y ahí, en ese gesto cotidiano, empezó a escribirse una historia que terminaría marcando a todo un país.

Pero lo más impresionante no fue lo que construyó. Fue cómo lo soñó.

Porque Alexis Montilla tenía una capacidad casi mágica de ver lo que otros no veían. De imaginar pueblos donde solo había montaña. De crear memoria donde solo había presente. Así nacieron espacios que hoy son parte del corazón de Venezuela: Los Aleros, La Venezuela de Antier y La Montaña de los Sueños.

No eran parques. Eran recuerdos vivos. Eran identidad.

Tuve el placer de conocerlo. Y entre tantas cosas que pudo decirme, hubo una que se quedó conmigo como una certeza, como una especie de brújula en medio de cualquier duda:

Sueña, visualiza y crea… aunque nadie crea en tu proyecto.”

Y eso era él. Un hombre que creyó cuando nadie más lo hacía. Un hombre que no necesitó validación para avanzar. Un hombre que entendió que los sueños no se piden permiso… se construyen.

Por eso su partida, el 17 de abril de 2026, no solo enluta al turismo nacional. Nos enfrenta a una pregunta silenciosa: ¿cuántos sueños dejamos de intentar por miedo a que no sean posibles?

Él vivió respondiendo a eso. Y lo hizo con otra frase que hoy cobra aún más fuerza:

“No hay nada imposible de hacer… porque el único que tiene el derecho de decirte que no, es Dios.”

Hoy Mérida lo despide con la nostalgia de quien pierde a uno de los suyos. Pero también con la certeza de que su obra no termina aquí.

Porque sus espacios siguen contando historias. Sus caminos siguen recibiendo viajeros. Y sus sueños… siguen inspirando a quienes aún se atreven a creer.

Hay despedidas que duelen. Pero hay legados que abrazan.

Y el de Alexis Montilla… es de esos que no se apagan.

Hay personas que no solo construyen lugares… construyen emociones. De esas que se quedan contigo incluso cuando el tiempo pasa. Alexis Montilla fue uno de ellos.

Por Deisy Terán Tosta

Hoy, hablar de su partida no es solo hablar de ausencia. Es hablar de un vacío que se siente en la montaña, en las carreteras, en esos espacios donde Venezuela aprendió a mirarse con orgullo.

Porque él no hizo turismo. Él le dio alma al turismo.

Nacido en 1944, en la sencillez de Chachopo, su historia comenzó lejos de cualquier privilegio. Fue vendedor de artesanía, mesonero, un hombre que entendió desde abajo lo que significa trabajar, insistir y creer. Y quizás por eso logró algo que no todos consiguen: transformar la cotidianidad en experiencia, lo simple en extraordinario.

Dicen que todo empezó con “El Caney”, un pequeño restaurante en la carretera trasandina. A las tres de la mañana, un camión que iba hacia Barinas se detenía… y ahí, en ese gesto cotidiano, empezó a escribirse una historia que terminaría marcando a todo un país.

Pero lo más impresionante no fue lo que construyó. Fue cómo lo soñó.

Porque Alexis Montilla tenía una capacidad casi mágica de ver lo que otros no veían. De imaginar pueblos donde solo había montaña. De crear memoria donde solo había presente. Así nacieron espacios que hoy son parte del corazón de Venezuela: Los Aleros, La Venezuela de Antier y La Montaña de los Sueños.

No eran parques. Eran recuerdos vivos. Eran identidad.

Tuve el placer de conocerlo. Y entre tantas cosas que pudo decirme, hubo una que se quedó conmigo como una certeza, como una especie de brújula en medio de cualquier duda:

Sueña, visualiza y crea… aunque nadie crea en tu proyecto.”

Y eso era él. Un hombre que creyó cuando nadie más lo hacía. Un hombre que no necesitó validación para avanzar. Un hombre que entendió que los sueños no se piden permiso… se construyen.

Por eso su partida, el 17 de abril de 2026, no solo enluta al turismo nacional. Nos enfrenta a una pregunta silenciosa: ¿cuántos sueños dejamos de intentar por miedo a que no sean posibles?

Él vivió respondiendo a eso. Y lo hizo con otra frase que hoy cobra aún más fuerza:

“No hay nada imposible de hacer… porque el único que tiene el derecho de decirte que no, es Dios.”

Hoy Mérida lo despide con la nostalgia de quien pierde a uno de los suyos. Pero también con la certeza de que su obra no termina aquí.

Porque sus espacios siguen contando historias. Sus caminos siguen recibiendo viajeros. Y sus sueños… siguen inspirando a quienes aún se atreven a creer.

Hay despedidas que duelen. Pero hay legados que abrazan.

Y el de Alexis Montilla… es de esos que no se apagan.

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