Esquilo fue soldado en Maratón y Salamina; es decir, supo cuánta sangre costó defender la democracia. Sófocles fue amigo y colaborador de Pericles en el gobierno, por lo que supo qué significaban ser líder demócrata y/o tirano mandón; por eso hizo del tirano y del déspota uno de sus principales personajes para representar las consecuencias de tal comportamiento desmedido. Tirano, no rey o monarca, porque Atenas tenías más de un siglo con formas republicanas de gobierno.

Los tiranos de Sófocles son tremendamente absolutistas en su habla, siempre en primera persona de manera contundente. Creonte en Antígona no deja duda de ello ante los espectadores: “Me he hecho cargo del trono con el poder entero”. Por eso dispone y decide no enterrar el cadáver de Polinices, atacante de Tebas; aunque el culto a los muertos era uno de los ritos y creencias más arraigados en las creencias griegas. Así surge en conflicto que escinde la unidad de religión y política. Él, político, impone su ley, incluso con signos de irrespeto a la religión: “Si algún respeto Zeus me merece aún”, reafirmado como Antígona le recuerda lo que significa ¡infringir las leyes no escritas de los dioses, que son inquebrantables”.
Tardará Creonte en tomar conciencia de sus “decisiones desdichadas” y darse cuenta de su inhumanidad. Por eso pide ser llevado fuera de la ciudad “Pues ya no existo, ya no soy nadie”.
Muy similar es Edipo en Edipo Tirano. Se expresa en términos claros y contundentes para castigar al culpable de la peste de Tebas. Es el tirano perfecto y así lo consideran sus conciudadanos. Pero no se conoce, dicta el castigo para el culpable pero ignora que es él mismo. De ahí, la proposición de Sófocles contra la autosuficiencia del tirano, que desoye la voz de los otros. Eran tiempos turbulentos porque después de la muerte de Pericles la política se estremecías por las ambiciones de varios políticos para sustituirlo. Por eso Edipo pedirá la aplicación de su dictamen: ser echado de la ciudad y perder su identidad ciudadana. Es la tragedia absoluta, sin indicios de redención: “Nadie a un mortal considere feliz antes de saber qué ocurre el último día de su vida”. Es el precio de la tiranía, del olvido de la democracia.


