María Antonia alcanzó su máximo esplendor este sábado 13 de septiembre sobre el auditorio del Centro Cultural de Arte Moderno, compartiendo escenario con la negra venezolana, aquella más querida que la cotiza que llevaba en sus pies el hombre que la amaba. Dos personajes que forman parte de nuestra idiosincrasia, de la poética de nuestra música, que cobraron vida en unas versiones llenas de arte en su máxima expresión.

La voz de Elisa Lécuyer sorprendió a muchos. Ya algunos habían disfrutado de su creatividad. Otros como yo la habíamos escuchado en Spotify y otros la estaban oyendo, asombrados ante su talento, por primera vez. Con la seguridad de que quedaron con su nombre grabado en sus corazones de fans.
Antes de iniciar el concierto, el consejero cultural de la Embajada de Francia en Venezuela, Patrick Riba, le dio la bienvenida y mostró su complacencia por la forma en que el público venezolano recibe a los artistas que tejen una red entre ambos países. Francia y Venezuela.
La historia de Elisa Lécuyer es como la de muchos venezolanos. Venezuela ese país al que llegaban hombres y mujeres a construir futuro, dio origen a muchas historias de amor, en este caso a la unión de un francés y una venezolana, padres de Elisa y origen en su caso de la biculturalidad.
Este encuentro entre dos culturas da origen a expresiones sorprendentes que suelen reconocerse con frecuencia a través del arte, la gastronomía, los idiomas y tantas otras formas de expresión. Lo cierto es que implica entender dos culturas y encontrar la forma perfecta para que se den la mano.

En el caso de Lécuyer, que, como ella misma dijo en el concierto que ofreció como el cierre de su reciente gira por Venezuela, canta en francés porque vive en un país en el que ese es el idioma, ha logrado conjugar lenguas, ritmos musicales y una mezcla personal que es capaz de ubicarla como una fina intérprete de las más populares y recordadas canciones francesas o enfrentarse y reinterpretar ese ritmo característico tan nuestro, en el que el sonido de las maracas puede volverse protagonista.
Elisa Lécuyer dio muestras de un gran dominio musical que además se hacía palpable en la sutil forma de dirigir la participación de los músicos que la acompañaron en este concierto: Rubén Paiva, Manuel Barrios, Diego Cabrujas y el pianista francés Clement Simón.
La estructura del concierto estuvo finamente tejida para ofrecer al público una línea en constante ascenso, que permitió la participación entusiasta de toda la sala que coreó y aplaudió un repertorio integrado por una trilogía conceptual: las canciones francesas de siempre, las canciones venezolanas y las composiciones de Lécuyer, quien confiesa haberse descubierto compositora con cierta incredulidad.
Sin embargo, fueron sus canciones las más aplaudidas, sobre todo en dos creaciones muy particulares, una de ellas resaltando la mezcla de palabras y modismos que suelen ocurrir en casos como el de ella que ya tiene 13 años viviendo fuera del país, y la canción que interpretó poco antes de finalizar el concierto, en la que admite su desconocimiento de la ciudad que la vio nacer, pero reconoce también la nostalgia que la embarga.
La transparencia en sus emociones y procesos creativos formó parte de una atmósfera que atrapó al público en su totalidad, todo eso sin mencionar la excelencia interpretativa de cada músico participante, quienes disfrutaron al máximo las posibilidades que ofrece el jazz, al convertirse en un marco para la “improvisación” y con ello de un gran disfrute tanto para el músico como para el espectador.



Un comentario
Fue un hermoso concierto, yo que estuve en la clinica desde el día que nació, sin ser familia mis nexos con ella son fuertes, sobre todo con su madre y abuelos, es una alegría verla realizada y feliz haciendo lo que ama