Firmin Gémier: Prefiguración del nuevo teatro

Leonardo Azparren Giménez

Firmin Gémier (1869-1933) fue un actor y director que renovó el teatro francés y tuvo el privilegio de estrenar en 1896 Ubú roi de Alfred Jarry, autor y obra determinantes en la transformación del teatro y el abandono de los modelos predominantes en el siglo XIX: realismo y romanticismo. Gémier tuvo una visión muy comprometida con el espectador: “Si hay un arte que mejor que otro alguno se preste para honrar la fe social, es sin disputa el teatro”. Por eso fue uno de los promotores y fundadores del teatro popular, al igual que Romain Rolland, una de las más fuertes tradiciones del teatro francés con resonancia en el continente y más allá.

Gémier pertenece a una estirpe de teatristas para quienes el arte era prioritario sin sacrificar la profesión. Un arte en el que es central el diálogo permanente del texto dramático con los involucrados en su puesta en escena. Su devoción a su arte la expresó considerando al teatro casi una religión: “el teatro, como un santuario, acoge a la totalidad de los fieles. Su placer se multiplica al ser compartido”. Lo dice porque cree en la “simpatía fraterna” que se da en los espectadores. Hablaba para proponer un nuevo teatro porque se lamentaba de que el teatro no fuese “el intérprete de una creencia”, ya que criticaba a los autores de su época por no ser “los consejeros de su tiempo”.

Gémier se instaló en una tradición milenaria que valoraba al arte del teatro por su sustancia social. Por ello no consideraba al teatro una instrucción cívica, sino un arte “que dirigiría los impulsos generales de los pueblos”.

Fue un gran intérprete de Shylock, el judío maravilloso de El mercader de Venecia. Como actor consideraba que el punto de partida era “profundizar ampliamente la idea general de una pieza”; es decir, “mostrarse tan fiel como sea posible al pensamiento del escritor”. Lo que no significaba para él pasividad actoral: “Sin apartarnos jamás del texto, estamos obligados a agregarle algo. Le agregamos todo cuando se dirige a los ojos y a los oídos”. Quizás Gémier tenía presente el consejo de Hamlet a los actores: que la palabra acompañe a la acción y ésta a la palabra, por lo que consideraba que “las palabras, las frases sólo son para nosotros ocasiones de actuar y de gestos”.

Cuando el arte de la puesta en escena comenzó a resaltar por su autonomía, varios artistas llamaron la atención sobre sus relaciones con el texto dramático. Gémier, uno de ellos, dijo que “el buen director de escena no debe ir nunca más allá de las intenciones del escritor”. Lo dijo porque consideraba que los grandes autores no sólo son creadores de textos dramático; también son “ordenadores de fiestas para los ojos”. Meyerhold y Gordon Craig, contemporáneos, hablaban del teatro propio de cada obra; es decir, resaltaban la teatralidad inherente del texto dramático. Gémier apeló a Shakespeare para apoyar su posición, por lo que consideraba a las obras del isabelino “una especie de ballet trágico o cómico. Es una sucesión de movimientos”.

Artista total, Gémier propuso cambios en los escenarios. Por ejemplo, eliminar las candilejas por constituir una iluminación falsa que desnaturaliza. Sin embargo, consideró que el porvenir de la puesta en escena dependía del uso de la luz. Por algún lado andaba Adolphe Appia. Además hizo entrar y salir a los actores por la sala. Y resumió su tarea de director así: “Crear una atmósfera en que cada asistente comulgue con sus vecinos y con el actor en una especie de religión social”. Implicaba que así el público quedaba rodeado de la acción dramática.

En dos principios resumió el trabajo de la puesta en escena. El primero: “respeto absoluto del texto. El director debe traducir el texto en imágenes y hacerlo vivir”. En segundo lugar, “no aferrarse obstinadamente a ninguna fórmula” y estar dispuesto a cambiar de método con cada obra. Es decir, ser consciente de que cada obra tiene una teatralidad que le es propia, como lo habían reconocido Meyerhold y Gordon Craig en esos mismos años. Un arte con sustancia intelectual: “aun sabiendo imperturbablemente el texto, para representarlo bien les será preciso olvidar las palabras y sólo imaginar las ideas”.

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