Con suprema habilidad para controlar al espectador y dejarle sembradas algunas preguntas y dudas, Shakespeare representó en El mercader de Venecia (1596) varios temas entrelazados en forma tal que tranquilizó al espectador con un final de jóvenes amantes felices en sus amorosas relaciones. Pero en el transcurso de las situaciones anteriores dejó una estela de problemas y preguntas que aún hoy comprometen al espectador.
La diversión amorosa de las dos parejas va de la mano con problemas tales como la decadencia de la aristocracia tradicional, un serio compromiso económico y una grave discordia ideológica entre judíos y cristianos. Para enhebrar tales asuntos, Shakespeare hace gala de un dominio de recursos dramáticos y teatrales que hicieron de él, en definitiva, el dramaturgo de la modernidad europea. Sin embargo, no estaba inventando nada; transformaba en lenguaje riguroso diversos recursos de la tradición y de la escuela italiana, dispersos aquí y allá por los cómicos itinerantes que conoció.
El causante de todo es Bassanio, aristócrata venido a menos que pretende a Portia, venida a más, razón por la cual apela a Antonio para que éste solicite un préstamo de 3.000 ducados a Shylock, judío prestamista. Aristocracia, burguesía emergente y control financiero son el triángulo del drama. La situación se colorea con Antonio, dueño de una flota de barcos que hasta México ha llegado y tiene recursos suficientes para satisfacer las pretensiones de Bassanio.
Sobre este triángulo se arman la fábula y las situaciones para aflorar el problema crucial: un judío controla las finanzas de Venecia; además cristianos y judíos expresan con claridad el desprecio a la otra parte. Mientras tanto un juego floral se hace presente: Portia tiene un juego de equívocos para aceptar a un pretendiente y la hija de Shylock huye disfrazada de hombre con su amante cristiano. Un enredo del mejor drama romántico decimonónico. Pero en un contexto social conflictivo como fue el final del siglo XVI, porque siglos antes Inglaterra había expulsado a los judíos. Por lo tanto, Shakespeare pícaramente apunta hacia temas álgidos, aunque suavizados con los jóvenes amantes.

Ocurre, para sorpresa del espectador, lo inesperado: los barcos de Antonio zozobran en tormentas marinas y no tiene como cancelar la deuda a Shylock. Aquí la oportunidad dorada para el financista, porque el contrato es preciso al decir que el pago es con una libra de carne. Entonces, en el tribunal él se apega a lo que está escrito en el contrato: quiere la libra de carne de Antonio, aunque Portia está dispuesta a pagar el doble de la deuda.
Es cuando Shakespeare se saca el as de la manga, aprovechando la historia en la que basó su obra. Portia aparece vestida de hombre en funciones de abogado de la defensa, reconoce la legitimidad del contenido del contrato, pero por eso mismo le dice a Shylock que en el documento no se habla de sangre; así que puede cobrarse la libra de carne pero ni una gota de sangre de Antonio.
¿Sólo quiso Shakespeare ofrecer un juego de equívocos para que el espectador se divirtiera y pasara por la taquilla, para así él acrecentar su fortuna como en efecto ocurrió? El asunto cristianos-judíos no era –es- tan intrascendente como para servir de diversión. Así emplea este conflicto para plantear la universalidad o no de la naturaleza humana, plantear si cristianos y judíos son seres humanos distintos o no. y deja en asunto en boca de Shylock:
“¿Es que no sangramos si nos espolean? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿No nos morimos si nos envenenan? ¿No habremos de vengarnos, por fin, si nos ofenden? Si en todo lo demás somos iguales, también en eso habremos de parecernos. Si un judío ofende a un cristiano, ¿qué benevolencia ha de esperar? La venganza. Si un cristiano ofende a un judío, ¿con qué cristiana resignación la aceptará? ¡Con la de venganza! Pondré en práctica toda la vileza que he aprendido, y malo será que no supere a mis maestros”.
Shakespeare, testigo e intérprete de su tiempo.


