El teatro nació hace 2.500 años en un espacio vacío en el que los dramaturgos se ponían a prueba, confiados en la imaginación de los espectadores en tanto co-creadores de la representación. Representaciones maratónicas desde la mañana hasta el atardecer. Y a campo abierto actuaron los cómicos de la legua medievales, como lo atestigua más de un cuadro pintado en la época. Por eso Shakespeare y Lope de Vega representaron en espacios vacíos, aunque algo reducidos. En estricto sentido, los dramaturgos producen sus acciones y situaciones sin pensar en espacios predeterminados, porque sus acciones y situaciones construyen sus propios espacios a medida que avanzan. El espacio de Sueño de una noche de verano no cabe en un teatro a la italiana.
Por eso, las grandes obras de teatro carecen de acotaciones. Los dramaturgos confían en el significado de las situaciones para que a partir de ellas los directores construyeran la representación. Es harto conocida la sentencia de Hamlet: “Que la acción acompañe a la palabra y la palabra la acción”. Es decir, que ni sobre ni falta ninguna de las dos.

En el siglo XX hubo constante confrontación por este asunto. Llegó a imponerse el espectáculo para vanagloria de unos y gozo de espectadores aturdidos. Hubo quienes exigieron apego estricto al espíritu y significación del texto dramático. Hubo quienes hicieron del escenario un campo abierto para cualquier cosa. En ambos casos, curiosamente, partieron del escenario y/o del texto como espacios vacíos capaces de aceptar cualquier iniciativa o impostura visual.
El espacio vacío tiene estrecha relación con el planteamiento de algunos grandes artistas del teatro del siglo XX, quienes concibieron la puesta en escena como la representación del significado del texto, nada más ni nada menos. Es decir, el espacio vacío es llenado con una palabra visual que construye su propio significado aupada por el director de escena. En este sentido, parece que el texto dramático es quien contiene su espacialidad y temporalidad; es decir una teatralidad propia creada para realizarse en el espacio vacío de escenario.
Según este razonamiento, el espacio vacío implica correlaciones entre lo que se escribe, lo que se representa y el lugar utilizado. Parece deducirse de lo que V. E. Meyerhold le escribió a Antón Chejov:
“Cuando el genio de un autor suscita el nacimiento de su propio teatro, este penetra en el secreto de la interpretación de sus piezas, encuentra una clave.”

En consecuencia, el espacio vacío plantea una discusión en torno al arte de la dirección teatral y su ámbito de creación. ¿Sería representar el teatro que propone un autor en su obra dramática? De ser así, la práctica teatral tendría su significación en, por y gracias al texto dramático.
“El teatro debe ser un espacio vacío con solamente un techo, un piso y unos muros: en el interior de este espacio se erigirá para cada nuevo tipo de pieza una suerte de escena y auditórium temporales. Descubriremos nuevos teatros, porque cada tipo de drama reclama un tipo especial de lugar escénico.”
Gordon Craig parece confirmar y profundizar en este asunto, con un comentario que escribió cuando visitó una exposición de escenografía, hace un siglo, en Ámsterdam:
En sentido estricto, Craig formula una poética a partir de la estructura interna del texto dramático. Semejante al lienzo en blanco para el pintor y el bloque de mármol para el escultor. En consecuencia, la práctica teatral consistiría en hacer visual y temporal una teatralidad creada por la imaginación. En Enrique V Shakespeare le pide al espectador que aporte su imaginación para coproducir lo que la suya incluyó en el texto dramático.


