García Márquez se empeñó en contarnos la historia de lo que somos, un continente surreal donde puede ocurrir mucho más de lo que nuestra imaginación es capaz de alcanzar aún en el más amplio desvarío. Lo que vivimos y de lo que formamos parte nos ha llevado a lo largo de la historia hacia nuestras propias sombras.
¿Puede un hombre que ha servido a su patria esperar durante quince años que le llegue una carta de asignación de su pensión, como sucede en El coronel no tiene quien le escriba? Sí, es posible. Como también lo es, que a pesar de la agresión permanente siga conservando la esperanza.
De una narrativa que traslada al lector por un viaje de imágenes hipnotizantes, no hay otra explicación posible como no sea el extremo compromiso que tuvo el autor con la realidad circundante.

El Gabo, fue autor de una sola obra de teatro: Diatriba de amor contra un hombre sentado. Nosiempre el narrador es capaz de responder a las exigencias de la dramaturgia, pero han sido varios los directores tentados a transportar hasta el escenario el realismo mágico que sustenta esa narrativa a la que hacemos referencia para tomar de ella las más importantes señales y convertirlas en el hecho dramático esencial para el escenario.
Juan Carlos Moyano realizó en Colombia Memoria y olvido de Úrsula Iguarán (Partiendo de Cien años de soledad). Jorge Alí Triana adaptó Crónica de una muerte anunciada. Mucho antes, en 1989, Carlos Giménez adaptó para Rajatabla: El coronel no tiene quien le escriba.
José Tejera representó al coronel en aquella oportunidad. La obra se estrenó en Italia en el teatro Nuovo de Espoleto y ameritó la realización de tres versiones, para que dicha adaptación fuera finalmente aceptada por García Marquez. Más de 200 representaciones llevaron al grupo Rajatabla a realizar giras por Europa, Estados Unidos y América Latina. El autor reconoció la adaptación y la dirección de Gimenez, declarando en México que finalmente había conocido a sus personajes.
Ahora ha sido el escenario del Teatro Nacional en Caracas, quien nos ha permitido volver a encontrarnos con aquella adaptación en la que confluyen, en torno a la historia, todos los elementos que sustentan el entretejido de esta propuesta escénica. Actual como nunca, llena de simbología y de ese clima de calidad, creatividad y definición estética que tanta falta le hace al teatro venezolano.
La dirección en esta oportunidad es de Carlos Scoffio, quien cuenta con las actuaciones de Djamil Jassir, Francis Rueda, Verónica Arellano, José Manuel García, Ignacio Marchena, Alejandro Miguez, Daniel Revete, Jeizar Ruiz, Augusto Morales, Kevin Quintero, Eli Benites, Kelvin Ortiz, Arturo Guzmán, Gabriel Sierra, José González, Gregorio Escalona, Jean Franco Fernández y Jonathan Mejías. La producción ejecutiva estuvo a cargo de Marbella Molina y William López, quienes sustentan con su trabajo el encuentro entre Image Producciones y la Fundación Rajatabla.
Después de acomodarnos en las butacas de uno de los teatros más bellos de nuestra ciudad, vemos aparecer en el escenario esa gran fotografía, la película viviente en la que se encuentran todos los planos: el de la mente, el del más allá y el de la realidad para fusionarse en el centro de un pueblo en el que la lluvia pretende lavar lo inexplicable, como se lavan en escena los personajes cuyas acciones carecen de los valores en que creemos los más ilusos.
La puesta en escena agrega tres planos espaciales. El plano central nos ofrece el encuentro con la esencia narrativa que conforma la vida del coronel y su mujer, el primer plano conformado por lo que sucede alrededor, las negociaciones, el ir y venir, los encuentros y desencuentros entre los personajes principales y el tercer plano, el de la imaginación en el que se funden la memoria, la vida posible y la muerte.
Las paredes van y vienen para darle entrada a la oficina de correos, la casa del compadre Sabas, y la gallera. Espacios más que suficientes como para mostrarnos que en la fusión de todos los planos posibles se debaten la esperanza y la frustración.

Por otra parte, la presencia de la naturaleza se retrata con tanta fuerza en esta adaptación que termina por hacer de ella un personaje más conformado por la fuerza telúrica de los truenos, pero en el que los sonidos de la vida se presentan en sus diversas expresiones: los gallos, el ladrido de los perros, el sonido de los grillos.
Un buen trabajo actoral sostiene esta propuesta: aquel coronel desgarbado de Tejera vuelve a encontrar su expresión en Djamil Jassir, acompañado con la potente interpretación de Francis Rueda, quien una vez más nos muestra la calidad interpretativa a la que nos tiene acostumbrados.
Finalmente, deseo mencionar la presencia de un público que me atrevo a calificar de variopinto en el que confluyó un público exigente, un público que era evidente que iba por primera vez al teatro, un público integrado por actores y directores, un público tanto de personas mayores, como de gente joven. Lo cierto es que tenía muchos años sin percibir el respeto, el silencio, la comunión que se generó entre lo que ocurría en el escenario y los espectadores. Ese encuentro se tradujo en una larga ovación que difícilmente podía pasar desapercibida, sin que nos conmoviera en lo más profundo de nuestro espíritu. Su forma, el respeto, la duración…
Este encuentro con el teatro y lo que es capaz de generar nos invita a la reflexión; en primer lugar, comprender cuanto hemos perdido en todas las instancias, incluyendo en las artes escénicas. En segundo lugar, comprender que la pérdida, no importa su instancia, termina por arrastrarlo todo. Al perder la industria de la televisión, el teatro ha pagado las consecuencias dando paso a una forma de hacer, de escribir, de dirigir y de interpretar que no tiene nada que ver con la concepción real de lo que significa hacer teatro. En tercer lugar, justificar que el ofrecimiento de la risa fácil tiene que ver con lo que busca o merece nuestro público. La propuesta de El coronel no tiene quien le escriba, pone de manifiesto que no es así. El público sabe apreciar la calidad con la reverencia y reconocimiento que se merece. En cuarto lugar, reconocer que la gente de teatro tiene una formación y una forma de entender el trabajo escénico que no tiene que ver con la necesidad de responder a la inmediatez que se ha impuesto por varias vías.
El teatro venezolano merece una nueva oportunidad. Hay que apostar por la calidad. Pregúntense para qué. Ganaríamos mucho en nuestra concepción de sociedad.


