Dramaturgia venezolana: Crítica y compromiso

Leonardo Azparren Giménez

Se comenta poco: el teatro siempre ha enfrentado el poder con sutilezas o asperezas, siempre ardiente. En la década de los sesenta del siglo pasado Esquilo fue prohibido en su patria por el régimen militar de entonces. Y vista la sinrazón militar, sus mandones tuvieron razón, pues el teatro de Esquilo es una sólida defensa de la democracia y una denuncia del poder despótico. Para muestra, el Zeus tiránico de Prometeo encadenado.

Al revisar la historia del teatro, encontramos en los grandes dramaturgos ardientes denuncias del poder y sus arbitrariedades. Los ingleses llegaron a un extremo tal, que a finales del siglo XVI el consejo privado de la reina Isabel prohibió la representación de obras sobre la historia de Inglaterra. Fuenteovejuna de Lope de Vega no es una casualidad. Y el Tartufo de Molière no esconde la denuncia de la amoralidad y el abuso del poder.

El teatro venezolano, tan maltratado hoy en día y desesperanzado, tiene en su historia una constante denuncia del poder arbitrario y autoritario. Desde sus orígenes, de manera ardiente ha representado situaciones en las que el poder autoritario somete a quienes se le oponen. La Virginia de Navas Spínola enarbola los principios de la independencia y la república en una Venezuela naciente, para advertir de los peligros que acechaban. Años después, Eloy Escobar representó en Nicolás Rienzi a un héroe libertario víctima de los poderes arraigados en la Edad Media. Y Adolfo Briceño Picón representó las arbitrariedades cometidas por el poder colonial en los años iniciales del siglo XVI con El tirano Aguirre y Ambrosio Alfinger.

En el siglo XX nuestra dramaturgia ardiente se hizo presente en marcos sociales en los que el poder despótico y autoritario actuó contra las aspiraciones democráticas y de libertad. Así nació nuestro primer teatro moderno en 1909. Rómulo Gallegos, Salustio González Rincones y Julio Planchart, veinteañeros, denunciaron de manera ardiente al despotismo del poder de entonces. Indicaron el rumbo que debía tener un teatro enraizado en sus marcos sociales, de manera crítica y valiente.

Nuestro siglo veinte, entre despotismos y democracia, produjo un teatro que, con ardor, supo responder a su compromiso ancestral: no aceptar el poder despótico. Tampoco aceptó las ilusiones de ser un país con mayor tamaño del real, tamaño imaginado que fue condensado en la expresión “La Gran Venezuela”. El teatro nos recordó que no, que éramos más medianos y que teníamos carencias o excesos que nos impedían ser grandes. El primero que nos llamó la atención fue Isaac Chocrón en Asia y el Lejano Oriente (1966), obra en la que unos ciudadanos deciden vender su país para que otros lo administren y usufructuar los beneficios de la venta “sin haber hecho en más mínimo esfuerzo”, comenta Ángel. Pero, ¿por qué venderlo?:

“¿Y qué tenemos nosotros? ¿Qué podemos dar de nosotros mismos a esta tierra rica y bien situada? Solamente ambiciones individuales. Solamente hombres solos, cada quien abriéndose paso de la manera más rápida que pueda y siempre pretendiendo que esa es la mejor manera. Un pueblo formado de ambiciones de hombres solos tiene que buscar fuera de sí control y orden. La venta es eso: control y orden.”

Llegaron los nuevos dueños, cada quien cobró su cheque y vivieron tranquilos sin problemas de conciencia.

La dramaturgia venezolana siempre pone a prueba a su espectador. Lo interroga sobre sus utopías y fracasos, como hicieron Ugo Ulive en Prueba de fuego y José Ignacio Cabrujas en El día que me quieras.; o sobre las utopías que le impiden ver y comprender su realidad, tal Edilio Peña con Hambre en el trópico y Ocaso.

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