Desafíos del teatro venezolano independiente

El teatro venezolano independiente vive años recesivos y duros agravados por la pandemia, pero con causas más profundas por padecer una inasistencia inmerecida.
Leonardo Azparren Giménez

El teatro venezolano independiente vive años recesivos y duros agravados por la pandemia, pero con causas más profundas por padecer una inasistencia inmerecida. Los profesionales del teatro venezolano tienen grandes restricciones para sobrevivir, razón por la cual la producción de espectáculos es más que ardua. Sus relaciones con el público son precarias, seguramente por causas ajenas al teatro en sí y resultado de las condiciones generales en las que vive el venezolano, dos de ellas la económica y la seguridad personal.

Pero es bueno no ignorar otros factores, de los cuales dos son estructurales del movimiento teatral venezolano. El primero, las relaciones de los dramaturgos nacionales con la producción de espectáculos. El segundo, la ausencia de una crítica que acompañe a los dramaturgos nacionales en su crecimiento y desarrollo. En el primero hay varias razones en los marcos sociales del teatro venezolano, en primer lugar uno económico porque productores y directores están muy pendientes de la taquilla, pues de ella depende su sobrevivencia. En el segundo, la ausencia de pensamiento crítico es, una vez más, la prueba del empirismo endémico que siempre ha estado presente.

Si no hay serias investigaciones para la puesta en escena, tampoco la hay para la crítica que la registra. Lo lamentable es que una generación de nuevos dramaturgos crece sin el acompañamiento crítico, indispensable para su desarrollo y enriquecimiento. Más aún, el poco y muy relativo interés en representar obras nacionales escinde la práctica teatral, porque la dramaturgia aparece como un polo distante de otro, la puesta en escena, como si ambos fuesen en direcciones distintas.

El teatro venezolano independiente vive años recesivos y duros agravados por la pandemia, pero con causas más profundas por padecer una inasistencia inmerecida.

El problema es más evidente cuando al constatar el ritmo de publicaciones de obras de teatro, demostración de una amplia dramaturgia en espera de escenarios para su plena realización. En todo caso, no es la primera vez que podemos hablar de una dramaturgia sin escena; ya ocurrió en la década de los cuarenta y parte de los cincuenta del siglo pasado. Pero esta vez, después de tanta algarabía porque teníamos un teatro deslumbrante y algunos creyeron que éramos la capital mundial del teatro, son elocuentes las vías paralelas por donde andan la dramaturgia venezolana y la representación, con poco y esporádico contacto entre ambas.

TEATRO VENEZOLANO

Esto último lo digo al considerar la cantidad de autores editados en los últimos años. La editorial del régimen El Perro y la Rama ha publicado Dramas históricos de Jesús Benjamín Farías Rojas, Teatro abisal de Javier Moreno, Crimen y otros indicios de Rodolfo Porras, Piezas diversas de César Rojas (autor de más de cien) y obras ganadoras del premio de dramaturgia que auspicia la Compañía Nacional de Teatro. Además, Xiomara Moreno Producciones publicó Tres piezas duras de Javier Moreno. Más recientemente, Akua Editores ha publicado dos gruesos volúmenes titulados Texturas, voces femeninas del teatro venezolano contemporáneo que contienen obras de cuarenta dramaturgas.

Es decir, parece que el teatro venezolano tiene una saturación de textos dramáticos, muchos de los cuales son de autoras. Sin duda un signo de vitalidad, aunque lamentablemente son escasas las autores y sus obras conocidas por el público y por la opinión pública general. En el primer caso por las condiciones adversas de la producción teatral y en el segundo por la carencia de una crítica que las comprenda.

No tomo en consideración las obras y los autores de la primera mitad del siglo XX, algunos de los cuales tienen talla clásica, como también los hay en el siglo XIX. Todos desconocidos y/o ignorados hoy en día. Por eso, algunas veces tengo la impresión de que el teatro venezolano ignora su propia historia y, peor aún, no tiene interés en conocerla.

Algunas veces asistir a la representación de una obra venezolana es como estar en una reunión de amigos. Son tres o cuatro días de representaciones, sin sólida resonancia ante la opinión pública. Y parece que esta situación de la dramaturgia nacional no tiene, por ahora, mejores perspectivas. ¿Qué será necesario? ¿Un cambio de los marcos sociales que la condicionan?

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