Un rasgo del teatro venezolano desde hace varias largas décadas es la escasa sintonía entre dramaturgos y directores, por lo que tenemos demasiados dramaturgos sin escena y directores, algunos buenos, que no conocen la dramaturgia nacional; peor si el dramaturgo es del interior. Una causa inicial del desfase fue el descubrimiento, hace unos 70 años, de la dramaturgia de Estados Unidos y Europa post guerra mundial. Ante ella, los dramaturgos venezolanos parecieron insípidos, atrasados y deficientes y los directores se engolosinaron con Arthur Miller, Albert Camus y compañía.

Es una grave realidad por la que todavía el teatro venezolano y su espectador desconocen su propia historia; en consecuencia, su dramaturgia, salvo 3 o 5 nombres. Por eso, hoy en día sigue la tendencia a tener directores y dramaturgos recorriendo senderos paralelos. Habrá que añadir a los críticos que, hasta donde tengo conocimiento, no han estudiado a los nuevos dramaturgos, los nacidos en la segunda mitad del siglo pasado. Son unos dramaturgos huérfanos de resonancia.
Bien es cierto que el tradicional desconocimiento de la historia de nuestro teatro es determinante en esta situación. En el teatro venezolano no hay vocación investigadora. Si por una parte importa más la novedad que el discurso de un dramaturgo nacional, muy grave es que en las escuelas de teatro los actores se forman sin conocer a sus personajes. Lo cierto es que el teatro venezolano vive su peor época en décadas, quizás única.
El que la nueva dramaturgia carezca de una crítica que la acompañe es muy grave. Significa la ausencia de un pensamiento renovado acorde con las nuevas propuestas dramáticas, y la ausencia de ese pensamiento conduce a la postración, cuando no a la castración de un arte tan importante como el teatro. ¿Por qué esta situación? No habría que atribuirle toda la responsabilidad al Estado, empeñado en maltratar, cuando no destruir la herencia cultural y artística heredada a comienzos de siglo. También nuestro teatro tiene alguna responsabilidad por su postración.
Me refiero a la calidad de los repertorios. Pueden desautorizarme porque desde hace varios años no voy a las representaciones. Pero basta ver los títulos y los términos en los que son promocionados para concluir, no sé con cuál margen de error, que responden más a un interés crematístico que a un compromiso con el arte del teatro.

Ante esta situación, carecemos de una crítica que describa, interprete y explique los tiempos que vivimos. También es cierto que no hay publicaciones en las que la crítica teatral pueda tener espacios. Es decir, el teatro venezolano parece estar en un callejón sin salida, mientras algún que otro dramaturgo da testimonio de los tiempos que vivimos, pero sin una escena que los represente.
En más de una ocasión he dicho que nuestro teatro no es profesional, aunque algunas individualidades lo son con sobrados méritos. Nuestro teatro se preocupa, en primer lugar, de sobrevivir aunque sea de limosnas, las que algún público paga un fin de semana. Porque ahora las temporadas son los fines de semana en pocas semanas, como hace más de medio siglo. Desarticulados como somos y estamos, el teatro venezolano (autores, directores, críticos…) tiene duras dificultades para correlacionarse con su sociedad.
Son muchas las preguntas que esperan respuestas. ¿Tenemos más dramaturgos de los necesarios? Por lo menos, algunos son editados. ¿Tenemos pocos directores? No creo. Desde hace varios años se hace un concurso para nuevos o jóvenes directores. ¿Dónde están los críticos? Todo es materia para discusiones con tintes bizantinos. Lo cierto es que inquieta la situación, siempre con recuerdos de aquellos años en los que el teatro venezolano dio señales de plenitud, aunque poco a poco dio señales de carencias. Como el país, pues.


