Marina di Camerota: tradición, comida y playas espléndidas

Josu Iza

Nos despedimos de Sant’Agata Dei due Golfi y del Hotel delle Palme, con un estruendoso desayuno, en un comedor decorado al estilo años 50, clásico y funcional, con sus cortinajes de techo a piso y sus molduras de colores ocres, pero equipado con toda la tecnología para facilitar un cómodo autoservicio de los huéspedes. 

A destacar sus máquinas – en otros hoteles lo prepara el personal -, que permiten hacer el café a los huéspedes, en no menos de diez variedades. Y no es cómo ese café de máquina que hay en los hoteles de otros países, medio guayoyo, que al mezclarlo con la leche parece un agua  turbia, sino un producto que va del  Espresso contundente alquitranado al Capuccino, pasando por el Macchiato con una leche  cremosa con toda su espuma.

El culto a la comida en general está al nivel del culto que le rinden en Italia al gelato y al café, los dulces y el chocolate; es un ritual que va más allá de lo religioso. un italiano debería tener dudas si tiene que elegir entre una buena mesa y la salvación eterna.

MARINA DI CAMEROTA

Salimos de la montaña y descendemos hacia la costa por la única vía transitable en dirección al sur – a no ser que quieras retroceder y rodear la península de Sorrento por el interior y tardar 2 horas y 6 mil curvas más. Dejamos atrás Positano y el resto de poblaciones en una mañana de buen tiempo, temprano para evitar las colas de mediodía y hacemos una pequeña parada en Atrani, de donde parte la carretera que sube hasta Ravello.

Atrani es el pueblo más pequeño de la costa y se caracteriza porque forma un teatro natural junto a la playa. Nace a lo largo del río Dragone – que desemboca en el mar – y se conserva como una población de pescadores, con sus calles estrechas, y en el pasado fue sede de fábricas de tejidos y pasta.

Al  igual que Ravello, fue hogar de los aristócratas en el medioevo, a cuyos habitantes se les reconocía como Patricios y sus colinas están llenas de limoneros. Ravello, 5 km subiendo la carretera hacia la montaña, fue un importante centro comercial hasta el S XIII.

El Sendero de los limones que mide 9 km une varias localidades de Amalfi, partiendo de Maiori y llegando a Ravello; un camino por donde los locales – antes de la construcción de la vía para vehículos – llevaban sus cargas en mula o a pie.

En esta ciudad se edificaron palacios como Villa Rufolo, propiedad de una familia de banqueros y comerciantes, en el borde de un acantilado que domina el Golfo de Salerno. Tiene capilla, teatro y unos bellos jardines. Fue mencionada en el Decamerón de Bocaccio y allí se inspiró Wagner para el diseño de los escenarios de su ópera Parsifal. También se puede visitar Villa Cimbrone, famosa por su Terraza del infinito, La Iglesia San Giovanni del Toro con su campanario estilo árabe-siciliano y un púlpito del S XII adornado con paneles de mayólica persa.

 Y no olvidar la Catedral de San Pantaleone, que compite con San Genaro en Nápoles, con el fenómeno de la licuefacción de su sangre. Debe ser que los santos de la zona comparten la misma magia. Al salir del templo y para recuperar la energía después de caminar arriba y abajo y superar el vértigo de las vistas sobre el Tirreno, se puede pasear por Via Roma, la calle principal, estrecha y empedrada, rodeada de casas blancas, llena de galerías de arte, restaurantes y cafés. Recomendable la Osteria Ravello y la Gelateria Baffone, una buena Scialatielli alla´malfitana con marisco y un buen helado de pistacho. Después de un largo paseo por ese centro histórico,  seguimos el camino, salimos de la parte vieja de Ravello y vamos hasta el parking caminando. 

FRANTOIO DEI VICERE

Al ir a recoger el carro estacionado en la entrada del pueblo, y debido al fenómeno de la excesiva ingestión de líquidos de la prima colazione, el cuerpo demanda su evacuación. Pero estamos lejos de cualquier establecimiento y no hay opción a la vista. Inquieto por la premura, veo que hay un edificio antiguo en  remodelación, rodeado de una valla metálica que cierra un pequeño camión de carga y dentro del recinto, un baño portátil amarillo del cual me separa una  puerta prensada al camión y sujeta por un alambre para que no se abra. Como decían los Estoicos, es bueno hacer de la necesidad virtud y sin pensarlo dos veces me acerco, miro alrededor, silbo al aire, saco mi teléfono simulando que estoy consultando algo y retiro el cable, abro la puerta y me introduzco en la caja amarilla  para sentir un alivio inmediato; salgo, nadie me ha visto, los taxistas me miran pensando que soy otro turista más que he equivocado el camino, subo al carro, suelto un placentero suspiro  y nos vamos del pueblo.

Después y para evitar la vía serpenteante de la costa, optamos por tomar la ruta que continúa hacia el norte, atravesando el Monte Parco Naturale y el  Monte Ferreto. Luego Casamola y Sant´Egidio del Monte Albino hasta entrar en la Autostrada E45 que nos lleva por Cava dei Tirreni y evita Salerno.

Al pasar por esta ciudad no puedo evitar acordarme de Vincenzo, nacido en la región, el barbero más conocido del Este desde Mata de Coco hasta el edificio Mónaco en Altamira, que falleció por Covid y con el que me unió una gran amistad durante muchos años.

Saliendo de la calzada rural, entramos en la autopista y después de varios días de  caminos ondulantes y tortuosos, añorando la recta de San Mateo en Anzoátegui, por fin una recta de más de 50 mt…..casi que lloro de la emoción. Rumbo directo al sur, pero todavía dentro de Campania. Dejamos la costa y nos adentramos en el Parco Nazionale del Cilento; a lo largo de la carretera hay docenas de Caseificio, o fábricas de queso de búfala. Nos paramos en una de ellas, Tenuta Vannulo, donde se puede ver a los operarios manipulando la leche para fabricar la  burrata, la treccia y la mozzarella, en el pueblo Rettifilo Vannulo. Pedimos para comer allá mismo una Burrata de 300 gr, Coppa, Yogur, pan de la casa y cerveza.  Una merienda reconfortante. 

Llegamos al final de la tarde a nuestro destino: Marina di Camerota, luego de abandonar la carretera principal y entrar en una vía que corre paralela al curso de un río de ancho cauce que en esta época luce un pequeño caudal a causa de la falta de lluvias. El camino discurre dentro de un cañón con varios túneles excavados en la roca hasta que se abre en la playa, larga y llena de restaurantes y urbanizaciones turísticas. Poca gente en estas fechas pero el entorno es bello y está bien cuidado.

 Lo más interesante de esta ciudad es que era un lugar de emigración hacia Sudamérica, especialmente a Venezuela; por eso la relación con nuestro país es tan fuerte. Un porcentaje muy elevado de su población cruzó el mar y años después cuando regresaron a su tierra, no se olvidaron de Venezuela y en agradecimiento, la calle principal y uno de sus cines llevan el nombre del Libertador, además de la estatua que preside el puerto de la ciudad. También hay un café, un hotel y varios restaurantes que preparan comida criolla y que llevan nombres alusivos como Caracas, Bolívar, Maracaibo……En ella se encuentra actualmente la comunidad más antigua y más importante de venezolanos en Europa -antes de la emigración masiva.

Muy cerca se encuentra la localidad de Palinuro, a la que se llega rodando por Mingardo, una serie de playas de arena fina, con fondos marinos transparentes que aman los buceadores. Palinuro fue el piloto de la nave de Eneas desde su salida de Troya y cuenta Virgilio en la Eneida que fue sacrificado para que los dioses permitieran que los troyanos arribaran a las costas de la región del Lazio.

Como ya es costumbre, visitamos el puerto y tomamos un café para aguantar hasta la cena después de todo el día en la carretera. Regresando a Camerota, paramos en el automercado Todis – otra de las grandes cadenas italianas – y nos compramos unos caprichos  – queso, uvas, melocotones, tomates, frutos secos y focaccia que dura más que el pan – para llevar en la cava mientras viajamos y por si el cuerpo solicita alimento.  

ORECCHIETTE

De la presencia de emigrantes retornados a Camerota y de su amor por Venezuela, fuimos testigos en varias ocasiones pero especialmente esa noche cuando fuimos a cenar al Restaurante San Domenico – patrón de la ciudad -, cerca del puerto.  Llegamos antes de la hora de apertura y nos encontramos el local cerrado, aunque se veía luz y movimiento dentro de su sala.

En la puerta de la casa de enfrente hay un señor y le pregunto – en mi italiano macarrónico – si sabe cuando abre el lugar para la cena. Me responde que a las 7.30, media hora más tarde; pero se acerca a la puerta del restaurante y comienza a llamar supongo que al dueño. Un par de minutos más tarde aparece una muchacha que por su aspecto y maneras sabemos que es venezolana; nos dice que va a preguntar para ver si nos dan paso y efectivamente regresa y nos dice que entremos y tomemos asiento.

Pero antes de entrar y al oírnos hablar en español, el señor se dirige a nosotros y nos pregunta de dónde venimos. Cuando le decimos que de Caracas, notamos una leve sonrisa pero con cierta tristeza detrás de ese gesto. Nos dice en ese español que hablan los italianos que llegaron a Venezuela,  que vivió con su esposa colombiana en La Florida durante 62 años, al lado de Pilamar el mayor de pollos, en la entrada de Chapellín. Se le quiebra la voz, se emociona y rompe a llorar, dice que lleva 3 años en Camerota su ciudad natal y que no puede vivir sin añorar todos los días su vida en Caracas.

Aparece en la ventana su esposa que nos invita a tomar café de su casa después de terminar nuestra cena en el restaurante. Seguimos conversando con ambos hasta que nos llaman para ordenar en el restaurante. Frittura de Calamari e Gamberi, Tartare de Tonno Rosso y otro de Gamberi con un vino de la casa frizzante muy frío. Café guayoyo con la familia y caminata hasta el puerto para el postre.

En la Vía del Porto, nos sentamos para tomar un gelato en la Gelateria Sirena cuyo dueño también es nacido en Venezuela, hijo de italianos y su madre todavía vive en Valencia de donde no se ha querido ir. Agradecimos la vuelta al hotel para descansar porque el día fue largo e intenso emocionalmente. 

Amanece en Camerota y bajamos a desayunar porque queremos salir temprano; hoy vamos a hacer una ruta de cuatro horas más las paradas que correspondan, así que nos alimentamos bien con otro desayuno de campeones. No hay mucha gente en el hotel y nos atienden rápido, nos dan nuestro café que repetimos porque uno siempre se queda con las ganas de tomarse otro.

Recogemos nuestros peroles y partimos hacia Maratea en la Basilicata, cuyo nombre procede del griego y significa hinojo, siguiendo la línea de la costa, donde sus habitantes deben ser muy creyentes porque hay 44 iglesias en el municipio, además de 50 grutas marinas en su litoral escarpado. Una breve visita de pasada y nos disponemos a cruzar el Parco Nazionale del Pollino por la Strada Statale 653, una cadena montañosa que forma parte de los Apeninos meridionales, se extiende desde el Tirreno hasta el Jónico y cuenta con los picos más altos del sur de Italia – alrededor de 2.200 mt -.

Al llegar a la cumbre del paso nos sorprendió la niebla, a pesar de estar bajo un cielo azul y despejado y luego la carretera desciende hasta el golfo que divide la punta y el tacón de la Bota. Nuestro punto de llegada a la costa es un pueblo llamado Policoro, después continuamos hasta Marina di Ginosa – ambos típicos pueblos con buenas playas – y hacemos una parada en Taranto, pero las afueras de la ciudad no son atractivas porque allí se concentra una gran industria siderúrgica y química. Decidimos rodearla y haciendo un esfuerzo llegar hasta Gallipoli, ciudad homónima de la turca que sirvió de fondo para la batalla de la Primera Guerra entre turcos y australianos – y que recreó Peter Weir con Mel Gibson en su película del mismo nombre -.

Pero antes quisimos conocer Punta Prosciutto, una playa que tiene gran fama en la provincia de Lecce, de la que dicen que es un pedazo del Caribe en el Mar Jónico; y es cierto que tiene aguas cristalinas que recuerdan a los Roques, pero ese día la intensidad del viento hacía imposible bañarse y ni tan siquiera pasar un día agradable de playa, a pesar de que había bastante gente.

GALLIPOLI

 Llegar a Gallipoli es llegar a Salento, región de la Puglia, bañada por el Mar Adriático: una joya escondida. Después hablaremos de ella porque a partir de aquí el mundo cambia; primero decir que Gallipoli es una ciudad bellísima, mediterránea de casas blancas y a color, murallas, grandes iglesias y conventos – donde no en Italia -, gastronomía y playas de mucho nivel.

 Quizás no sea muy conocida fuera de Italia pero es imperdible. La Scapece, plato de pescado frito con migas de pan, azafrán y vinagre; la pasta orecchiette en forma de oreja y Lu purpu alla pignata – dialecto local – , pulpo guisado en grandes ollas de barro son algunas de las estrellas de su cocina. Durante más de 300 años fue española y hay quien le dice «La Cádiz italiana»; se nota en la arquitectura, en los castillos y en esa culinaria que recuerda a Andalucía.

Kalí Polis, ciudad bella en griego, se divide en nueva y vieja; esta última amurallada con bastiones, fuertes y torres que datan de la época del Imperio Español. La parte nueva tiene en Corso Roma su arteria principal, con edificios bajos de piedra blanca, gran comercio y restaurantes especiales. Más allá del centro se encuentra una enorme bahía de aguas cristalinas llamada Baia Verde, dividida entre los famosos Lidos – con sombrillas y hamacas – y las ensenadas rocosas, dunas y bosques costeros.

Nos alojamos en un hotel muy curioso por su arquitectura y paisaje; Hotel Sabhé, con vegetación xerófila, de una sola planta extendida color arena, con su piscina triangular panorámica, habitaciones muy modernas y confortables y una enorme zona boscosa. Después de descansar, salimos para disfrutar de un paseo por la parte nueva y nos estacionamos en la zona azul de Corso Roma, avenida de un km llena de gente a esa hora de la tarde noche, cuando abren los restaurantes. Elegimos una pizzería llamada Lievita 72.

Nos sentamos y nos cuesta pedir porque la variedad es demasiado amplia; al final nos decidimos por una Margarita especial y una Carbonara con funghi porcini , con una masa crujiente y llena de aire, quesos, guanciale, salsa de tomate, hierbas y el resto de productos magníficos. Y el tamaño………. he de reconocer que tuve que hacer un esfuerzo – yo que soy de apetito desmedido – para terminar la mía y el resto de la pizza de Raquel que no llegó sino a la mitad, ayudado por unas birras artesanales IPAs, que no eran como las de NY, pero que cumplieron cabalmente su cometido.

PASTICCIOTTO DE LECCE

 Al salir recorrimos a pie la avenida hasta el parking para bajar la cena, dimos un paseo en carro por la parte vieja – llena de gente cenando en sus terrazas –  y llegamos al hotel a descansar, francamente satisfechos. 

Desayuno abundante pero más sofisticado al estilo del hotel y ese día fue que probé por primera vez – luego los pedía y buscaba en todas las pastelerías de  la Puglia por las que pasamos – unos pasteles ovalados rellenos de crema pastelera, de limón o chocolate, con una masa parecida a la polvorosa: Pasticiotto Leccese. Si no los han probado no han disfrutado de la vida dulce.

Salimos para visitar a pie el Centro Histórico que está estructurado para que las callejuelas lleven al mar y su brisa se cuele por los pasadizos. Es un islote conectado a la parte nueva con un puente y en uno de sus extremos está el Castillo, que también alberga un museo.  Gallipoli fue el centro de producción y exportación de aceite, próspera y famosa en el Mediterráneo, sobre todo por el Aceite para iluminar. Visitamos Il Frantoio del Viceré, donde se refinaba aceite desde la Edad Media.

Se accede por unas escaleras a un sótano excavado en piedra, donde está el ingenio con todas las piezas para el trabajo, como las ruedas de moler, las prensas, los envases, los fosos, los desagües y su alcantarillado sólo para el aceite. Compramos perfumes y cremas artesanales, tomamos un aperitivo en la terraza del Martinucci y almorzamos en Le Garibaldine: Crudo di Gamberoni, Frittura de Menescia, Sepia grillada, Bacallá pastellaro, Vino rosato de la casa. Después de una comida así tienes que tomar una decisión: o sigues la ruta o te vas a dormir la siesta. Optamos por lo primero, regresamos al hotel recogimos nuestras cosas y nos fuimos en dirección a Otranto, pasando antes por Santa María di Leuca, la población más al sur de la Puglia, pero eso será la próxima semana.

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