Ayer llegamos a Viterbo, pero no es cuestión de descansar más de lo necesario para recuperar la energía y seguir, porque nos quedan un par de semanas antes del regreso a Caracas y hay que sacarle el jugo al tiempo.
El carro lo alquilamos en el aeropuerto de Fiumicino, así que tengo que devolverlo en el mismo lugar y a la hora prevista para evitar multas innecesarias. Entonces, me toca ir hoy temprano hasta allá para entregar, cerrar el contrato y volver en tren. Será una nueva experiencia.
La casa de los amigos tiene una puerta automática que abre con una contraseña – que no puedo revelar – a través de un dispositivo electrónico que está en la casa de todos nosotros. Cuando doy la orden para la apertura, hago el intento de imitar la voz del jefe de la casa y a veces funciona y otras no. Esta mañana a las 6, tengo que probar cuatro veces sin conseguirlo y a la quinta, producto de la desesperación, le añado a la clave la expresión tan nuestra, salida del alma, “el coño de…..”. Quizás porque la inteligencia artificial – como si fuera humana – también se asusta o muestra respeto cuando la insultas, abrió el portón. Salgo en dirección al sur por la SP10, el tráfico está suave, siguiendo la ruta que Google Maps me marca. No les he contado nunca que yo configuré el sistema en España – no recuerdo cuantos años atrás – y me adjudicaron la voz de una inteligencia con acento gallego cuyo nombre desconozco, pero que es un prodigio a la hora de pronunciar los nombres en los diferentes idiomas de calles, rutas, ciudades……. Tengo que hacer esfuerzo por entender algunas traducciones y prefiero ver la pantalla del mapa que escucharlo para no perderme. He de reconocer que esta vez no fue la galaica, sino que a quince minutos de Viterbo, unas obras en la autovía obligan a salir y tomar un desvío; no quiero pensar en la persona que organizó la variante pero el caso es que quince minutos más tarde estoy de nuevo en el centro de Viterbo. No pienso en esa persona sino en su mamá y me veo saliendo esta vez por la SP1, para conectar en Monterosi a 40 km, con la vía principal que conduce hasta la A90, la autopista periférica de Roma, que conduce directo al aeropuerto. A partir de ahí ninguna dificultad, una parada en la autopista para tomar un café y después de dos horas – con desvío incluido – estoy en Fiumicino, busco una bomba para cargar el depósito como exige el contrato y me presento puntualmente con el vehículo en la compañía de alquiler, todo en orden, no hay problema, muchas gracias. 3

El problema viene ahora, porque desde el área de Rent A Car hasta el terminal de donde parten los trenes no hay una comunicación directa y no hay personal con quien puedas informarte. La gente del alquiler te dice que por ahí, por allá, suba, baje…..pero es imposible orientarse porque al salir te encuentras varios edificios y varias calles sin movimiento, salvo por los carros que entran o salen. Después de dar unas vueltas y llegar al mismo lugar, pregunto a un repartidor de refrescos que está estacionado y esta vez si me orienta en ese laberinto. Camino cerca de un km y me encuentro con el Terminal de tren, al que se accede por una rampa, que tiene sus andenes, sus taquillas y una cafetería. Hay que tener cuidado de no agarrar el Leonardo Express que te lleva directo a Estación Termini en Roma – nombre de la película de Vittorio de Sica con Jenifer Jones y Montgomery Clift interpretando a una gringa y a su amante italiano -, porque es el L1 el que me llevará a mi destino, aunque haciendo primero un transbordo en Trastevere.
Es mi primera vivencia de ferrocarril en esta temporada. Hago la cola para comprar mi boleto de Trenitalia, en la que hay muchos locales pero la mayoría son turistas, de los que viajan en tren por toda Europa con sus mochilas. Turismo de bajo mantenimiento, que recorre a pie en los lugares precisos y en tren para cubrir las distancias más largas, a no ser que sean peregrinos que desgastan suela más que nada. También se ve mucho en este país, el turismo de bicicleta que hacen parte de sus largas rutas en tren o bien en autobús porque en esos dos transportes se pueden cargar las máquinas. Una curiosidad, la mayor parte de los ciclistas son gente de mediana edad hacia arriba, especialmente de Alemania, Suiza, Austria y Francia, aunque por los acentos he detectado españoles e incluso colombianos y brasileros. Yo en esta ocasión voy como espectador en el tren, que más bien parece “un lechero” de esos que paran en treinta estaciones antes de llegar; primero me deja en Trastevere y tengo que cambiar de andén para tomar otra unidad que pasa por el Lago de Bracciano y de Vico, hasta llegar a Porta Romana en Viterbo. Dos horas y cuarto de plácido viaje, contemplando paisaje por la ventana, escuchando música y mucho ajetreo de personal subiendo y bajando en las diferentes paradas, que no impide alguna pérdida de conciencia momentánea. Por fin el tren llega a Viterbo y mi intención es guiarme con el Maps, caminando hasta la casa, una buena forma de conocer una ciudad que no controlo todavía. Así que voy cruzando el Centro Histórico, pasando entre calles y callejuelas, plazas y alguna vía principal como Corso D’Italia, atravieso todo el centro para salir por La Porta Fiorentina – estación en la que podía haberme bajado de haberlo sabido – y sigo hasta Santa Bárbara, la zona donde está la casa. En total es un paseo de 3 km, algo fácil comparado con las distancias que camino en Caracas, pero me avisan que me vienen a buscar, insisto en que quiero caminar pero insisten más que yo y me rindo; me recogen cerca de la salida de la muralla y llego a casa de los amigos cómodamente sin tener que hacer esfuerzo. Me espera una Pasta con Salsa de tomate y albahaca y un vino fresco frizzante de la casa. Tomate que ha sido sembrado, recogido y elaborado para guardar en frasco y que dure todo el año.

Después de un descanso, llega la tarde, baja el sol y se puede estar al aire libre para poder hacer alguna tarea propia de la época y de una casa que tiene un gran terreno con jardín y también área de cultivo. El clima está pasando de primavera a verano y la temperatura durante el día es realmente calurosa, pudiendo estar a más de 30 grados a la sombra, lo que significa 35 sin protección. Las fechas son propicias para la siembra de ese tomate que va a reponer las reservas; esta labor se hace todos los años según me explican los amigos. Consiste básicamente en sembrar 180 matas, que previamente han germinado, alcanzado un tamaño y enraizado lo suficiente para ser trasplantadas en una parcela previamente acondicionada: despejada de hierbas, cubierta con un material plástico, y perforada a lo largo de cuatro filas. No es mi primera experiencia como agricultor aficionado, siempre como ayudante y lo que hago es seguir las instrucciones de Massimo, el especialista en esta materia. Nos repartimos el trabajo, usted abre hueco, usted, riega, usted siembra … .así durante 180 veces y después de unas tres horas el trabajo está hecho. Habrá que esperar un par de meses para ver el fruto de ese trabajo pero no tanto para recuperarse del esfuerzo y de la mala postura, que provoca un cierto dolor de espalda. Definitivamente la vida del agricultor es laboriosa, dura y continua, porque ahora hay que mantener una vigilancia diaria sobre las matas, regar, colocar las cañas cuando crezcan lo suficiente para que trepen por ahí las ramas con los frutos, fumigar, limpiar, ir recogiendo a medida que van madurando, hacer salsa con la última parte de la cosecha, envasar y almacenar. Y no sólamente son tomates, porque en el huerto hay cebollín, calabacines, auyamas, perejil, pimentón, ajoporro, lechugas, radiccio y varias cosas más. No he participado del resto de la siembra, y tampoco participaré del resto del trabajo de todo esta cosecha porque para esos días ya estaremos de regreso en Caracas, pero me llevo mis pruebas fotográficas y mi orgullo de haber ejercido como hortelano durante unos días.
Al finalizar la tarde, salimos regularmente a pasear con Ares y Tara, los dos perros que cuidan y dan alegría a la casa; son paseos de una hora por los alrededores y a mí siempre me toca sostener a Ares, un cachorro de un par de años, una especie de Boxer gigante, muy amable, con el que he trabado una buena amistad, a pesar de que me arrastra por la calle porque tiene una fuerza descomunal para su tamaño. Esta noche la cena consiste precisamente en productos de la huerta, una rica Sopa de vegetales mixtos, una variante de Minestrone con pasta, buen pan y la ineludible botella de vino frizzante de la casa.
Al día siguiente no hay previsto laboro agrícola sino un paseo a Narni, una localidad en la región de Umbría, cuya capital y ciudad más poblada es Perugia; un territorio dominado por colinas y montañas, que en la literatura, se le llama “il cuore verde d’Italia”. Narni es una ciudad que se encuentra en el punto medio geográfico de Italia; construida sobre un espolón rocoso que domina la garganta del río Nera. En 299 AC se convirtió en colonia romana y adoptó el nombre de Narnia. En el siglo XI, Narni se convirtió en «comuna libre» (ciudad autónoma) y entre el siglo XII y el XIV, alcanzó su mayor período de esplendor. Pero en 1527, el Lansquenete – tropas mercenarias alemanas – destruyó Narni casi completamente aunque quedaron edificios históricos y lugares que hoy merecen una visita, como el Palazzo del Podestà, sede del Ayuntamiento, las antiguas calles – que evocan su pasado romano y medieval, empedradas, estrechas y sinuosas que serpentean por la colina, las maravillas de la Piazza dei Priori y la Catedral románica del siglo XI y XII.
La tradición cuenta que el escritor irlandés C.S. Lewis – que fue un amigo cercano de Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos – sintió predilección por el topónimo, al encontrar la ciudad en un atlas cuando era niño y que lo inspiró para sus Crónicas de Narnia. La primera versión de su obra, fue escrita en 1950 y lo sorprendente es que 29 años después, un grupo de seis jóvenes encontraron una puerta que escondía grandes secretos. Los jóvenes eran espeleólogos, con una gran ansia de descubrir tesoros escondidos y así descendiendo desde lo alto de lo que hoy son los Jardines de San Bernardo, se toparon con un pequeño pasaje que los conducía a un muro y en él encontraron una puerta cubierta en gran parte, de fango. Traspasando la puerta, zigzagueando por la pequeña cavidad descubierta, lo primero en ver fueron los ojos de un ángel que parecía recibirlos, el arcángel San Miguel. Acababan de redescubrir lo que pronto pasaría a llamarse Santa Maria della Rupe, iglesia del siglo XIII, ahora completamente restaurada, que conserva los frescos más antiguos de la ciudad. Más tarde, los seis jóvenes formaron la asociación sin fines de lucro Narni Subterránea, y gracias al estudio arqueológico y filológico salieron a la luz otras salas interesantes: la Domus romana y la historia del Acueducto de Formina; más tarde después de atravesar un largo pasillo se llega a la Sala de los Tormentos, reconstruida más tarde con algunas máquinas de tortura utilizadas por el Tribunal de la Inquisición. Los subterráneos de Narni pueden ser visitados acompañados por un guía muy especial, Roberto Nini, uno de los seis jóvenes que hicieron el maravilloso descubrimiento. Paseamos por la ciudad después de dejar el carro en un estacionamiento, donde había que tomar un ascensor hasta lo alto de la colina. Nos perdimos varias horas entre callejones para poder llegar a un punto en el que había una privilegiada vista sobre todo el valle del río Nera y de regreso por lo enrevesado de sus calles, tuvimos que preguntar para conseguir el acceso al elevador, pero antes nos sentamos en la Piazza dei Priori con su famosa Fontana para tomar un refresco y hacer la última visita al baño del bar.

De ahí partimos hacia Terni, a 13 km por carretera, no para seguir viendo monumentos sino para almorzar en un lugar que nos habían recomendado: Moon Sushi Gourmet, un “All you can eat” japonés muy particular. En primer lugar la planta física es un serie de pasillos, unos con cerámica en el piso y otros con rolas de madera rodeadas de agua; las mesas donde se sientan los clientes quedan dentro de unas jaulas – redondas y cuadradas – hechas con celosía de madera que están repartidas en ese gran espacio laberíntico, para llegar a los baños se necesita un mapa y todos los materiales son brillantes, como lacados, a cuyo esplendor contribuye un sistema de iluminación más propio de una discoteca oscura que de un restaurante, salvo en el área de cada mesa, que si está bien iluminada. Lo segundo: el sistema de pedido y despacho es novedoso y hay que tener cuidado con el dedo y el apetito, porque te dan una tablet por mesa donde aparece el menú – larguísimo -, y los comensales deciden qué pedir presionando en la pantalla, en cada uno de los ítems, orden que también se transmite a la cocina. Pero cuidado con el dedo marcador, porque sin darte cuenta o por pura ansiedad aprietas más de una vez y entonces aparece el mesonero con seis raciones de Sashimi de salmón, cuatro raciones de pulpo en tempura, cinco de sushi y varias más que no sabes que has pedido. Con cuatro comensales y una sola tablet, cuando estos tienen hambre porque han estado caminando por una ciudad durante horas, es un problema: quien tiene la tablet va leyendo a los demás lo que va apareciendo en pantalla – la lista es interminable – y el resto se impacienta, pide de esto, pide de aquello, eso no me gusta, a mí sí, eso tampoco, qué dijiste después del ceviche de tilapia?, pásame la tablet, comienza de nuevo………..Es una confusión, se me ocurre que lo mejor es pedir mesa individual, que cada quien se siente aparte y pida lo que quiera para evitar retrasos, órdenes no ordenadas e inquietudes debido al hambre desesperada. Además, se supone que debes comerte todo lo que has pedido porque hay una regla – que no conoces hasta que pides la cuenta – que dice que todos los platos que no consumas, deberás pagarlos extra aparte del fijo que está establecido. Con lo cual, si te descuidas, puedes terminar pagando los 18 del fijo más otros 50 por lo que queda en la mesa y entonces la ganga del All you can eat, se convierte en un costoso derroche. A nosotros nos pasó algo parecido, en un momento llegaron platos y más platos sin saber quien los había pedido, porque manejamos la tablet los cuatro – y pienso que también el restaurante te hace trampa -, y cuando ya habíamos saciado el hambre nos encontramos con seis platos sobre la mesa y tuvimos que resolver de dos maneras: haciendo un esfuerzo para comerse cuatro y disimulando otros dos entre los restos de otros platos, una lástima porque desperdiciar comida es un delito pero así es la vida, la próxima vez cada uno en su mesita y nos contamos después cómo nos fue. Ya al final de la tarde, regresamos a Viterbo, sin hacer la digestión y dicen que la comida japonesa es liviana, qué falsedad, alargamos la noche sin cenar por supuesto y mañana será otro día.
Mañana fue un día normal, fuimos a recoger un carro de alquiler para seguir paseando por la vida, a un concesionario local. No se si han manejado alguna vez un Cinquecento de la Fiat – el anterior era una Jeep Renegade- , con todos los accesorios modernos, pantalla de GPS, híbrido, tres puertas etc…….pero les puedo decir que es un carro que engaña, pequeño pero matón, rápido, cómodo, gasta poco combustible y tiene un alquiler barato relativamente. Teniendo carro, tuve que disimular con una salida a pie porque quería dar la sorpresa de los regalos para el cumpleaños de Raquel y recorrí media ciudad para ir a un centro comercial a comprar algunas cosas que había visto en un comercio otro día, que sabía que iban a ser de su agrado. Ese día no salimos de excursión porque estábamos invitados a una cena con unos amigos viejos y otros nuevos, una pareja de Roma, un señor medio sueco medio italiano, artista y arquitecto o al revés, una velada muy agradable e interesante condicionada por el malestar de un hijo canino de la pareja pero con una mesa bien provista de aceitunas negras y verdes, cosecha de la casa aliñadas y una pasta siciliana con Salsa de Ajo, Salsiccia y tomate con Albahaca, vinos de Cerdeña y la Puglia y un postre de hojaldre con fruta.

Pero al día siguiente si nos dimos nuestro paseo a Civitavecchia, a una distancia de 60 km, que pertenece al área metropolitana de Roma. Stendhal – que da nombre al famoso síndrome de la emoción desbordada – en el curso de sus viajes consulares a Italia vivió y permaneció varios años precisamente en la ciudad. Acostumbrado al estilo mundano de París, al principio no estaba cómodo en una población de mil habitantes, otros tantos presos y la mitad de guardias del penal, pero con el tiempo le fue gustando su cargo de Cónsul de Francia, que además de codearse con lo más exquisito, le permitió escribir El Rojo y el Negro, un clásico de la literatura.
Los lugares más sobresalientes de Civitavecchia – como buen puerto – son la Fortaleza Michelangelo, un alcázar de dimensiones imponentes que servía para proteger la ciudad de los ataques piratas y cuya torre principal fue diseñada por Buonarroti. Otro lugar, más antiguo que el anterior es La Rocca, un castillo romano reconstruido en el siglo XV al que se añadió un palacio de la época de Trajano que era un antiguo complejo de edificios termales en excelente estado de conservación. No puede faltar una Catedral de San Francisco de Asís construida sobre los restos de una iglesia franciscana, en el siglo XVIII de líneas barrocas y neoclásicas. El Puerto de Civitavecchia, demuestra como el gran genio Leonardo Da Vinci no solo pasó por allá, sino que con sus ideas contribuyó profundamente a su proyección con sus diseños. Hoy en día, el puerto de escala sigue manteniendo su estatus de actor clave en el Mediterráneon gracias a su ubicación entre España, Cerdeña, Sicilia y Túnez y además de su papel comercial e industrial es clave en el en el sector de los cruceros, que recibe más de 3 millones de pasajeros. Ese día estacionamos cerca del paseo marítimo, un calor excesivo sin brisa del mar y después de una caminata tenemos que sentarnos en una terraza para refrescarnos. Poca gente a esa hora de la mañana aunque al mediodía empieza a poblarse la zona, básicamente con turistas que a mi me parecieron ingleses – seguramente de algún crucero gigante que miden tres campos de fútbol y 14 pisos. Había varios atracados ese día en uno de los muelles más grandes de Europa, el Americo Vespucci. Decidimos volver a Viterbo porque la ciudad no ofrece mucho más y llegamos para hacer un almuerzo tardío consistente en una Sopa Thai de Camarones, picante y acompañada de un vino blanco muy frío, que invita después a una buena siesta. La tarde se presta para seguir descansando porque el clima no favorece el paseo y se hace la noche, después del garbeo habitual con los vecinos caninos. Para la cena, un revuelto de huevos con corazones de alcachofas del huerto de la familia, las hierbas y aderezos del mismo origen y repetición del vino de la tarde, junto a la grappa que sirve mejor para relajarse que cualquier medicina.
Estos días en casa de los amigos, nos hemos propuesto y yo había prometido, preparar varios platos a capricho: ayer fue la Sopa Thai y hoy toca unos Txipirones en su Tinta, que conseguimos en el mayor de productos del mar Dal Peschereccio- Agrifish. Además de los Calamares, hacen falta otros ingredientes vegetales que compramos en un comercio particular: Negozio di Frutta de Mustafá, un egipcio que basa su éxito en su simpatía, buen producto y precios competitivos con respecto a los automercados que le rodean en la zona, no sé si por este orden. Las veces que compré en ese lugar, siempre salí con más cosas de las que tenía en mi lista, gracias a la técnica del propietario, que después que dejas tus bolsas frente al mostrador, te añade un melón, una patilla, unos duraznos o cualquier ocurrencia musulmana. Si te niegas o dices que ya tienes manzanas en casa, es igual, mientras continúa la conversación, te va cobrando y al final te regala un par de limones, te estrecha la mano como despedida, te regala una sonrisa cairota y adiós hasta la próxima. No se pueden comer unos Txipirones en su Tinta sin un buen pan – a pesar de que en Caracas insistan en servirlos con arroz blanco, si mi abuela levantara la cabeza – y consigo un pan de masa madre en la panadería del Automercado Eurospin, además de un par de botellas de Rosso di Montepulciano que van muy bien con ese plato, intenso de sabor y de textura.

Ya se que va a parecer una exageración pero las invitaciones a cenar las carga el diablo y esa misma noche – menos mal que fue a una hora de cena italiana -, estábamos invitados en la casa del hermano y cuñada de nuestra amiga Claudia, Maximiliano que también es venezolano de nacimiento aunque reside en Italia desde hace muchos años y Elisa, italiana pero con el contagio natural que sufre todo aquel que vive en una atmósfera criolla: uno de esos refrigerios que comienzan con un Antipasti ligero de Crema de alcachofa, Salami, Panceta, Queso con hierbas, Galletas de semillas, Focaccia con romero hecha en casa, aceitunas y no recuerdo qué más y que sigue con una degustación de Pizza – de masa reposada durante 24 horas – en bandejas de horno cuadradas, con varias mezclas refinadas y apetitosas: Guanciale y Mozzarella, Salsiccia y Stratiacella, Gorgonzola e Pancetta, Gorgonzola y Funghi – Zucchine crujiente y Margarita con Burrata. Prosecco bien frío, Ichnusa no filtrada y al final como digestivo, Mirto Sardo, un licor tradicional de la isla, que se elabora macerando las bayas del arbusto de mirto, tiene un color rojo oscuro intenso y se sirve muy frío. Hay que tenerle respeto porque entra muy fácil porque está fresquito pero sus 30 grados hacen efecto, sobre todo si ya han caído media docena de botellas de prosecco. De postre, una torta de la cual nos traemos la receta de Elisa que a grosso modo es una especie de “Pie” de masa brissé con Ricotta, Chocolate y Pera, coronada con frutos secos y marrasquino. Espectacular, la mejor guinda para un pastel, nunca mejor dicho.
Mañana es el día de cumpleaños de Raquel; nuestra idea original era ir a celebrarlo a Roma pero – como dicen los gobiernos cuando no cumplen una promesa electoral -, problemas ajenos a nuestra voluntad, hicieron que cambiáramos de plan. Y el nuevo plan salió a la perfección, ya iremos a Roma en otra ocasión en los próximos días. El nuevo Papa y el Vaticano no se van a mover de ahí.


