En la cumbre de la Peña de la Virgen, allí donde el viento andino susurra historias de fe y las nubes parecen detenerse a descansar, se alza una figura que desafía la gravedad y el olvido. El Monumento a la Virgen de la Paz, en el estado Trujillo, no es solo una estructura de concreto; es un faro espiritual que vigila, desde hace décadas, el destino de una nación. Inaugurada en 1983, esta imponente obra de ingeniería es el resultado de la visión del escultor Manuel de la Fuente y el cálculo preciso de los ingenieros Rosendo Camargo y Germán Peña. Con sus 46,72 metros de altura, ostenta con orgullo el título de la escultura habitable más alta de América, superando incluso a la emblemática Estatua de la Libertad de Nueva York y al Cristo Redentor de Río de Janeiro. Es en ese punto, a más de 1.600 metros sobre el nivel del mar, donde el nombre del monumento cobra sentido. El silencio de la altura y la inmensidad del horizonte invitan a esa paz que la Virgen, con su paloma en la mano derecha, ofrece a todo el que se acerca.