ENTRE FESTIVALES TE VEAS
Los festivales de teatro son –deberían ser- un momento de encuentro general de artistas y profesionales para mostrar un panorama de la actividad cumplida y en acción. Sirven –deben servir- para hacer un balance de los logros artísticos y profesionales de un movimiento teatral. Aunque la palabra es tentadora, los festivales antes de fiestas son –deben ser- un momento de revisión, balance y evaluación. Europa lo hace en el festival de Avignón, Francia, todos los veranos desde 1947.

El teatro venezolano olvidó la calidad de este tipo de encuentro. Las razones son varias, una la falta de entusiasmo por la revisión, el balance y la evaluación. Otra, la carencia de organización. Otra, la imposición de hegemonías. Otra, la falta de recursos económicos y patrocinio por razones muy aleatorias. Aunque no fue así en los años iniciales de nuestro nuevo teatro en democracia. Los festivales de 1959, 1961 y 1966-67 son referencias históricas importantes para comprender la aparición de nuestro nuevo teatro y, muy en especial, de nuestra nueva dramaturgia. La política cultural del Estado para el teatro se distorsionó a mediados de los setenta del siglo pasado por intereses hegemónicos y una concepción mercantil de la profesión teatral.
Durante algunos años –bastantes- los venezolanos vivimos la ilusión de ser La Gran Venezuela; en consecuencia, nos dijeron que éramos la capital mundial del teatro aunque en nuestra intimidad no superábamos, y no hemos superado, nuestras precariedades teatrales. Atolondrados, algunas élites nos dimos buenos gustos con algunas de las agrupaciones teatrales más importantes del mundo, sin preguntarnos qué pasaba con la actividad teatral, por ejemplo, de San Cristóbal. Hubo algunas excepciones hoy olvidadas.
En los años ochenta tuvimos algunos festivales nacionales, pero no recuerdo alguna huella que hoy perdure como, por ejemplo, el de 1966-67 cuando Román Chalbaud estreno Los ángeles terribles. Fueron festivales forzados para dar síntomas de estar vivos ante la grandiosidad importada de los festivales internacionales.

Una excepción fue el festival de Barcelona creado por Kiddio España, un verdadero festival nacional por su capacidad de convocatoria. Allí se reunieron grupos, dramaturgos y críticos de todo el país. Fueron varios largos años en los cuales todos sabíamos que había un lugar y un momento de encuentro para reafirmar el arte teatral con el que todos estábamos comprometidos. Y se convirtió en internacional, no por decisión impuesta sino por crecimiento natural.
Hoy un festival de teatro luce incómodo, por decir lo menos. La actividad teatral privada está en coma; no trasciende trabajos rudimentarios en su producción, fáciles en sus contenidos y rutinarios en sus interpretaciones. El teatro venezolano actual no arriesga; o dicho en un lenguaje algo profesional, no experimenta ni interroga. Los teatristas no tienen un gremio que tome iniciativas de alguna índole.
Más importante que un festival de teatro sería poder mantener una temporada regular, en la que el arte teatral se confronte consigo y con sus espectadores. Y en todo el país. Una temporada en la que se ponga a prueba el gusto mediano ante nuevas experiencias. Sería una situación ideal para verificar no sólo lo que se representa en Caracas sino en otras ciudades. Un teatro nacional que ofrecería, en el más cierto sentido de la palabra, un festival nacional.
También son posibles los festivales regionales. Pero habría que averiguar si existen agrupaciones estables en tal o cual región para hacerlo. Puede ocurrir que sean creadas a propósito para dar la impresión de un movimiento teatral regional estable a lo largo del año. Lo cierto es que el panorama general del teatro venezolano no parece estar para festivales sino para una reorganización programática y reformulación de la docencia en la que se formen nuevas generaciones con mayor consistencia cultural y artística. Pensar, aunque sea por única vez, en el futuro.


