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caleidoscopio

La embajada de Italia rompió todos los esquemas.

Inés Muñoz Aguirre

Los integrantes de la orquesta se abrieron paso. Caminaban hacia sus puestos asignados en el escenario. Seguramente sus corazones palpitaban más fuertes que los nuestros que veíamos cargados de expectativas aquellas sillas vacías que comenzaban a llenarse de jóvenes músicos pertenecientes al Sistema de Orquestas. Todo un engranaje que nació en 1975 y que demuestra  que contra la calidad nada ni nadie puede.  Los trajes negros que portan los interpretes buscan no restar protagonismo al instrumento que se rinde ante la caricia de quien los ejecuta. Las palabras de Plácido Vigo quien está al frente de la Embajada de Italia en Venezuela abren paso hacia la magia de la música. Celebramos el 76 aniversario de la República Italiana. Sobre el escenario la Orquesta Sinfónica Juan José Landaeta, con la participación en el piano de Arnaldo Pizzolante y bajo la dirección de Jesús Eduardo Uzcátegui. Investido de la luz de los dioses del Olimpo.

Un silencio sepulcral colma un teatro repleto para dar paso al Himno Nacional: “Gloria al bravo pueblo”. Los instrumentos en manos de sus interpretes se acoplan de manera perfecta. Inevitable las lágrimas que se acumulan en la garganta y se piensa, ¿de qué se trata esto de la nacionalidad?, ¿de qué se trata el amor a la tierra?, esa conexión inexplicable, ancestral que nadie debe profanar. 

Estamos todos de pie frente al escenario y delante de los asientos diseñados por el Maestro Cruz Diez para esta sala que no tiene nada que envidiar a cualquier sala de las grandes ciudades del mundo. Respetando lo que nos enseñaron de pequeños: “el himno nacional se escucha de pie”. Descubres en los instrumentos de percusión la urgencia,  una sensación de estar en permanente movimiento, una angustia que nos recorre el cuerpo y estalla en los platillos y el tambor. 

Después llegaría la calma, la majestuosidad del himno de Italia, cuya música es de Michele Novarro. No menciono a los autores de las letras porque la música se robó el protagonismo.  Nos trasladamos entonces, a los grandes salones de la vieja Europa, la Italia de 1847 que ve nacer esta composición que nos enreda el alma y la conduce hacia la majestuosidad, los pergaminos, oleos y dorados.

En esta introducción que tiene que ver con la ciudadanía, con el ejercicio de la vida y sus raíces surgió también y como tercera interpretación rompiéndonos el alma, el Himno a la alegría de  Ludwig van Beethoven. Música que hoy  en día se considera el himno que une las permanentes aspiraciones de Europa: la libertad.

Y sientes que son de nuevo ellos, los de la vieja Europa quienes nos colocan el espejo frente a nuestros ojos para que volvamos a vernos, a encontrarnos, a redescubrirnos en la maravilla que significa la mezcla de unos y otros. Que han trabajado todos estos años por defender el lenguaje incluyente que tanta falta nos hace para sanear nuestro espíritu porque abandonamos los espejos y no nos vimos más. Entre tanto el tiempo pasaba y aunque algunos se consumían en sus propios caldos, esos jóvenes que hoy están sobre los escenarios, estudiaban, se preparaban para doblegar su instrumento hacia la calidad interpretativa. Hacia la libertad que todos pregonamos acertada o equivocadamente. Libertad al fin. Las alas de cada uno tienen la dimensión necesaria para alcanzar el tránsito del vuelo que ha soñado.

Después vendría el gran concierto, la caricia al espíritu, la batuta del director ejerciendo como bisturí para diseccionar nuestras almas. Ella se forma de hilos que contienen nuestras emociones tal cual como sucede en una película.  Por eso la decisión de rendir homenaje a los grandes músicos de la cinematografía italiana: Ennio Morricone, Nino Rota y Piero Piccioni no podía ser más acertada. Celebración emocional. Celebración creativa.  La pantalla al fondo del escenario mostraba las imágenes que inspiraron la música. El cine es un sueño que nos envuelve a todos. Como un bisturí la batuta del director  diseccionaba el espíritu de los presentes hasta lograr que las emociones se nos volvieran pentagrama. Y mientras la música sonaba en ese escenario majestuoso con un concierto dedicado a las bandas sonoras del cinema italiano, también nos queda claro que una buena orquesta, una buena interpretación es una sumatoria, un gran rompecabezas en el cual se necesita que todas las piezas encajen. Tal cual como tiene que suceder para el desarrollo de un país. Los seis jóvenes que abrazaban sus contrabajos, quienes lograban casi hipnotizarnos con el movimiento de sus arcos y sus manos sobre las cuerdas del gran instrumento, ejercían de domadores de dragones, porque nuestra vida es eso. Necesitamos la pausa y escucharnos.

Gracias Italia por pasearnos por el país que todos queremos. Que gran celebración esta de la República Italiana en Venezuela.