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Manchitas de hígado, flores de muerto

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Mercedes Morreo Bustamante

In memoriam

Ella comprendió que había envejecido el día en que vio en sus brazos unas pintitas marrones y otras blancas, y luego posó su mirada en el typical corner. Sí, había llegado la hora de desmontar el typical corner. No se puede ser una señora de  “¡ay, pero qué bien te conservas para tu edad!” y seguir teniendo un typical corner en casa.

Pero antes debía preparar la pócima.

***

En una olla grande se colocan 250 gramos de ojitos de sapo, preferiblemente bien tiernitos. Sin ojitos de sapo no se puede hacer el bebedizo como es. A eso se le agrega –revolviendo siempre para que no se pegue- un puñado de colitas de alacrán, una pizca de bigotes de acure, alitas de murciélago al gusto, 4 tazas de baba de baba, una culebra albina (o rosada, según la estación) previamente picada en rolitos, dos claras de huevo de iguana batidas a punto de alud, y una cucharada copetona de maicina americana gran-producto-nacional para que se espese el cocimiento, para que coja consistencia.

Se le da un primer hervor y se espolvorea con telarañas deshidratadas, un pellizco de sal y un alarido de pimienta guayabita.

Se lleva a un segundo hervor y se le añade una docena de ciruelas pasas (si es que se prefiere laxante, si no, no). Se baja a fueguito lento y se tapa.

Mientras se cuece, uno puede cantar algo acorde a la ocasión. Algo así como “lunes, martes, miércoles 3, jueves, viernes, sábado 6…”

Pasa el tiempo… una hora… dos… nunca se sabe… y en lo que los ojitos de sapo floten y se lo queden viendo a uno, es que el brebaje está.

Se coloca al sereno (preferiblemente en el patio de atrás, debajo de la mata de guanábana, al lado del tío loco que siempre se desamarra) y, mientras se serena, uno se deshace de cualquier cosa pavosa en su vida… porque la pava arruina y envejece.

***

Así estaba escrito en el cuadernito amarillento de la abuela Dolores. Y así lo hizo.

Todo había empezado en su adolescencia, cuando su prima, la Embajadora, le había regalado una pipa tallada en Yugoslavia, porque había un país que se llamaba así. Era larguísima, pintada con mil colorines, con unos guindalejos, y en la punta, un huequito en donde se encajaba un cigarrillo. Sí, un cigarrillo incrustado, erecto, en aquella artesanía entre turca y coloniatovar.

¿¡Y qué hacer con la pipita!? Pues, nada… ponerla allí, en esa repisa… ahí en la esquina, que no molesta.

La Embajadora insistió de nuevo. Le trajo de Colombia un racimo de chirrompios con otros frutos disecados y unos maíces tiesos y unas hojas tostadas y unos cascabeles. Eso y que era buenísimo contra el maldiojo.  Ah, y del Japón, vino cargando con un potecito de aire enlatado del Fujiyama y una muñequita, que sonaba como una campanita acuática y alejaba los espíritus diabólicos.

Todo fue a parar a la encrucijada del folklore, al altar del arroz con mango, al templo del repelús.

Luego llegó el botuto, regalo de un pretendiente afortunado, con una lucecita de árbol de Navidad adentro y el cablecito verde que le salía por el rabito. Se enchufaba y cumplía la función de night light. Así se podía ir a hacer pipí a la medianoche sin necesidad de mayor iluminación y mejor gusto. Más nunca volvió a hacer pipí de noche. Finalmente, y por recomendación de un urólogo, el botuto glow in the dark fue al rincón en donde ahora había más anaqueles y más objetos causantes de escalofrío vertebral.

Estaban los escarpines peludos ideales para un peluche sudado; la concha de mar con la sirena bizca dibujada por un señor ciego y mocho, y que era una bellísima persona; la Divina Pastora de mazapán rodeada por ovejitas dulces y abrillantadas (todas con su capita protectora de Baygón, no fuera a ser…); el nacimiento quiboreño con su San José y la Virgen, el caracol y el buey; las maraquitas de piache famélico y las mini alpargaticas que decían:

                                                  erdo       Recu

                                                      e                    d

                                                  rita      Marga

            Ella lo botó todo. Es que no le tembló el pulso. Lo botó todo y, de inmediato, sintió un alivio, un fresquito en el alma, un noséqué como juvenil, libre de fardos y de ataduras; esa alegría y serenidad de saberse redimida de pesares, horripituras, zamuros y rebullones.

            ¿Y la pócima?

            Había cumplido su cometido. Darle suficiente valor para terminar con el pasado de un solo escobazo.

En “Fabricantes de Sonrisas”, Antología de Autores Venezolanos, Tomo II,

Compilación y fotografía Otrova Gomas, Ediciones GE, s.f.

 

 


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Este cuento me lo leí cuando tenía siete años. Fue en mi clase favorita: «Biblioteca», un miércoles luminoso en el Instituto Politécnico Educacional. No sé que fue del libro, pero la historia la sigo recordando con la misma melodía armoniosa que yo le puse al canto de las brujas (la de «Twinkle Twinkle Little Star») y el mismo desafinado «¡Domingo siete!» del niño comido.

A los siete años, al concluir la lectura, no me pareció que había sido muy apropiada para mi edad. “Pero bueno, hay que leer de todo», me dije. Millones de años más tarde, hojeando un libro muy serio sobre brujería, hechizos y demás, en una librería de ensueño y caché en Madrid, me tropecé con el capítulo dedicado a los aquelarres. Allí decía que cuando las brujas se reunían, cantaban exaltadas una canción que decía:

«Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

Avanzada la noche y una vez que eran poseídas por el espíritu diabólico, este canto se aceleraba, se atropellaba y se detallaba frenéticamente. Y entonces gritaban posesas: «lunes uno, martes dos, miércoles tres, jueves cuatro, viernes cinco, sábado seis». Y eso lo repetían y repetían y repetían hasta caer exhaustas alrededor de la hoguera.

Remata ese libro tan académico, que el domingo 7 jamás y nunca era invocado/evocado, pues ese es el día del Señor. Y nada más anticlimático e interruptus en medio de una barahúnda endemoniada.

Con razón se lo comieron…

Domingo 7 de junio de 2020, día de aquelarre infeccioso y coronavirus satánico. Si por casualidad alguien sabe el título de ese tratado tan grave, erudito, riguroso y minuciosamente documentado, escrito por un catedrático español de cuyo nombre no logro acordarme, favor avisar. Me encantaría leérmelo completico y la única referencia «bibliográfica» que puedo dar es que es un ejemplar amarillo, gordo y sin ilustración en la portada. No lo adquirí por razones de exceso de equipaje, pero sí le traje a mi mamá (una señora de ojos verdes, cara de hechicera y de apellido Cabruja), una figurita de porcelana marca Lladró. Era un bibelot bastante kitsch. Una brujita sentada, con su gorro picudo, su escoba, una arañita y un ratón. Y había una vez que llegó una sobrina a su casa… y se la quebró.


Última voluntad

CarolinaEspada / @carolinaespada

            «Róbense cualquier cosa, pero cójanse algo al menos una vez. Sólo así sabrán de qué están hechos y de qué serán capaces en la vida. Y me hacen el favor y le dicen a su papá y a su mamá, que no me vayan a mandar a pintarrajear toda y que me entierren con este sacapuntas».

            Eso dijo la abuela Constanza segundos antes de morírsele -sin melodramas, ni espasmos, ni estertores- a sus cuatro nietos atapusados de chocolate, que ya estaban acostumbrados a las ocurrencias de la viejita.

Ilustración: @rchovet

            Afuera, en el pasillo, su nuera María Teresa se quejaba como siempre:

            -Argimiro, tú sabes que a mí nunca me ha gustado que los niños se queden a solas con tu madre. Ella los atraca de dulce y les suelta cada disparate y cada barbaridad.

            -Marité…

            -«Marité» nada, Argimiro, que después los muchachos comienzan con el dolor de barriga y la preguntadera.

            -Déjala, Marité, que la vieja se me está muriendo.

            Y ahí salió Argimiro José del cuarto:

            -No, papi, ya la abuela se murió.

            Argimiro se deshizo en lágrimas. María Teresa quiso matar a su suegra (pero ya era demasiado tarde), cuando Teresita, la menor, le contó lo de la robadera. Y nadie entendió lo del sacapuntas verde -viejísimo- en forma de aeroplano.

***

            Lucas Martínez llegó a la escuela con el pelo engominado, un bulto nuevo y un sacapuntas increíblemente novedoso. Corría el año de 19…algo y la abuela Constanza era una niña de cinco años con trenzas, lazos y una pantaleta en el morralito por si se orinaba. Previsiones innecesarias de Doña Organdí, la mamá de la abuela Constanza, que nunca -nunca- se orinó.

            Y allí estaba Lucas Martínez, a su lado, en la mesita redonda, sacándole punta a todos sus lápices que ya estaban afiladísimos ¡y es que ese aeroplano verde era todo un espectáculo!

            La maestra Dolores llamó a Lucas al pizarrón para que escribiera cinco palabras que empezaran por Be.

            Burro. Bueno. Bote. Bolver…

            -¿¡Bolver, Martínez!? ¿¡Con Be de Borrico!?

            Y mientras Lucas borraba olver, Constanza, en un impulso y una irracionalidad desconocida, hizo algo que jamás había hecho antes: se cogió el aeroplano verde que sacaba punta por el culito.

            Bandera. Berengena.

            -¿¡Berengena con Ge, Martínez!? ¡Berenjena con Jota de Jumento!

            Y ya el sacapuntas estaba enrollado en la pantaleta.

Lucas volvió a su puesto y para la abuela Constanza los minutos se convirtieron en siglos. No podía creer lo que había hecho. Le aterrorizaba imaginar que Lucas se percatara de la desaparición del aeroplano y que la maestra Dolores ordenara una revisión de bultos y morrales. Pero Lucas estaba entretenido pateando a Nicolás y a Bernabé por debajo de la mesa. (Varones…).

            Terminaron las clases y, de regreso a casa, de la mano de su madre, la abuela Constanza no levantaba la vista del piso.

            -Mi amor, ¿qué te pasa?

            -Nada, mamá, que voy viendo el camino de las hormiguitas.

            Y sintió como su carrera delictiva se iba acelerando: primero, el robo; ahora, la mentira.

            Al entrar a su cuarto no supo dónde ocultar el sacapuntas del suplicio. Desde el preciso momento en que logró llevárselo del colegio comprendió que nunca tendría el valor de sacarle punta a nada.

            ¿Y si se lo devolvía a Lucas al día siguiente? Eso hubiera sido lo más honorable, digno y decente, pero ya tendría fama de ladrona por los siglos de los siglos amén y si su papá, el Profesor Semprún, se hubiera enterado, no se lo hubiera perdonado nunca.

            -¿¡Una hija mía!? ¡Una hija mía, por Dios!

            Y es que el Profesor era un hombre honrado y de palabra. Un ser fundamentalmente bueno.

            Así vivió la abuela Constanza, con aquella mortificación y aquel arrepentimiento. Cada vez que se mudaban, y después, cuando se casó, se llevaba consigo el objeto de su pecado y lo escondía muy bien. Su consuelo: saber que sería incapaz de robarse otra cosa hasta el fin de sus días. Nunca más cometería una acción tan innoble y deshonrosa. Entendió que, lo sucesivo, sería una mujer de bien, merecedora de toda confianza y todo respeto (aunque tuviera esa mancha y ese secreto en su pasado).             Entonces la enterraron como ella quería y la abuela Constanza, que no había podido vivir con esa vergüenza en la vida, ahora, a lo mejor, podría morir con esa misma vergüenza en la muerte y encontrar a Lucas, devolverle el aeroplano y pedirle perdón.


Carolina

con una estrella en la frente

Aquiles

CarolinaEspada / @carolinaespada

Pierre-Auguste Renoir

            Esa fue la dedicatoria que me escribió Aquiles Nazoa en mi cuaderno de primer grado. Había ido a mi colegio para hablar de cosas muy interesantes como a dónde se va la luz cuando se apaga el bombillo, por qué el pez volador puede volar, qué le pasa a un camarón cuando se duerme y por qué cuando un burro rebuzna parece que estuviera suspirando.

“¿Quién tiene la estrella en la frente, mamá, Aquiles o yo?”.

Un mes más tarde mi mamá se lo contó el día en que lo fuimos a conocer a su casa en Vista Alegre.

“¿Qué le parece, señor Nazoa, la pregunta de Carolina?”.

Y Aquiles me vio como si fuera un filósofo griego mirando a un colega suyo en el ágora de Atenas. Allí mismo nació nuestra amistad.

Aquiles le puso unos sombreros con flores de tela a mi mamá, a mi madrina y a María, su esposa amada, y las señoras se quedaron en la sala haciendo la visita. A mí me llevó para su “cueva”, el lugar en dónde escribía. A mis seis años recién cumplidos, eso fue como entrar en el huevo de un avestruz, no había paredes, todo era ovalado. Como si estuvieran suspendidos en el espacio, allí había muñecos de trapo, papagayos, avioncitos y barquitos de papel, dibujos de colores, varios caleidoscopios, una bolsita de metras y otra de yaquis, monedas de chocolate, una foto del Ratón Pérez, libros y más libros, papeles amarillos y unos patines. “¡Debe ser multimillonario!” pensé, pues nunca había visto tantos tesoros juntos.

Le conté que siempre lo veía en “Las cosas más sencillas”, en el canal 5, pero que al final siempre me quedaba dormida porque era muy tarde.

“Entonces me llamas y yo te cuento cómo terminé el programa”.

Y así comencé a hacerlo y Aquiles me contaba con detalle qué había pasado con la manzana de la discordia, el juicio de Paris y el triunfo de Afrodita, y que si Hera y Palas Atenea se habían quedado muy enfurruñadas, porque esas diosas tenían muy mal carácter. Y que otro día me contaba todo sobre Helena de Troya (bellísima esa muchacha, por cierto), y una guerra ahí y un soldado que se llamaba como él y un tal señor Odiseo -hombre muy astuto-, ¡y que no se le olvidara Homero, que era un poeta!

Una tarde cualquiera, que se convirtió en única y luminosa, él fue quien me llamó y me leyó un poema que me había escrito. “Carolina en el jardín”, el más precioso regalo para una niña feliz que aún no había cumplido los siete años. ¿Sabían que Aquiles sonaba a papelón, anís, jengibre y queso blanco ralladito? Una golosina criolla que muchos llaman alfondoque; otros, “dulce de pobre”; y yo, “la voz más sencilla”, porque para mí, “sencillo” era maravilloso.

Y allí estaba él del otro lado del teléfono, que ya no era un teléfono. Eso se había convertido en dos vasitos de papel con un pabilo, pero en vez de pabilo era un hilo de plata. Así es como se comunican los poetas con los niños.

“La señorita Carolina

salió hoy domingo a pasear

por un jardín de flores francesas

donde vive el señor Renoir

La señorita Carolina

levemente vitral y Miss amor

anda vestida de jazmines

y remembranzas de jabón de olor

Y va del brazo de este domingo

aquí un color y una música allá

despertando súbitas mariposas

unas de sombra y otras de luz al pasar

La señorita Carolina

muy pamela y ajuar floricultor

va dentro de una jaula de violetas

señorita de cuadro bajo su quitasol

La señorita Carolina Espada

ilustra como a un libro de estampas el jardín

junto a los abedules es dorada

y bajo la cenefa de las rosas, carmín

Y cuando el varillaje de los árboles

anega sus cabellos de luz dominical

de las pestañas de Carolina

sale volando un pajarito de cristal”.

            Dicen que murió un 25 de abril. Yo no lo creo, porque ese día no aparece en mi calendario.

Mi Ávila no llora, Aquiles, aunque a veces llueve en la ciudad.

17 de mayo de 1920 – 17 de mayo de 2020Centenario del natalicio de Aquiles Nazoa