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Las cabezas del diablo

Carolina Espada @carolinaespada

En San Agustín del Norte vivían cuatro muchachos que eran el terror de la vecindad. Caracas en  tiempos de la dictadura de Gómez  -el “Benemérito” como lo llamaban sus sigüíes o el “Bagre” como le decían sus víctimas- cuando lo menos que necesitaban aquellas modestas familias era más angustia y más espanto.

Las madres de los cuatro monstruos vivían en la misma cuadra y las cuatro quedaron embarazadas más o menos al mismo tiempo. Las lenguas viperinas de las señoritas Marcano, las que daban clases de teoría, solfeo, bordado y repostería,  aseguraban que esos cuatro íncubos eran hijos de un solo padre, un chácharo de apellido Cordero. Él se reía con socarronería y sentenciaba: “¡Pero el que se meta con mi General Juan Vicente Gómez -el “Pacificador” de Venezuela- y con este Su Servidor, se va a conseguir con el Lobo”. Y aullaba. En la pavorosa cárcel de “La Rotunda”, uno de los presos comunes llamado Nereo Pacheco (que terminó siendo uno de los torturadores más crueles de los presos políticos), le metía miedo a los martirizados desfallecientes susurrándoles con su aliento rancio a chimó: “¡Espabílese, politiquín, que por ahí ya viene el Lobo… auuuuu!”.

Los maridos de las cuatro infelices agonizaban entre estertores en la prisión cuando ellas dieron a luz el 6 de junio de 1916. El mismísimo día parieron cuatro fieras sin padre. “La Rotunda” era conocida como la última morada de los opositores de la dictadura de Gómez porque, por lo general, solo salían de allí cuando estaban bien muertos. A sus niños se los tenían que encomendar a Dios.

Católicas, apostólicas y romanas, los bautizaron con los nombres de los Arcángeles: Miguel José, Gabriel Ramón, Rafael Antonio, Uriel Jesús. Pero de nada les sirvió, en aquellas doce manzanas los llamaban “Los Jinetes del Apocalipsis”. ¡Mucho peores que la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte cada vez que se robaban un caballo, se montaban en él los cuatro y lo reventaban corriendo por la quebrada de Catuche! Tenían un poco más de 13 años, pero quien los veía con horror no les calculaba menos de 21. Bastaba escucharlos gritar obscenidades.

Los cuatro crecieron con unas madres impotentes que ya habían encanecido a los treinta y pocos años. De noche brincaban desnudos por los tejados; mataban perros, gatos y gallinas; se orinaban en los tinajeros y el incendio en el cuartucho que estaba al fondo de la casa de los Herrera… eso fue cosa de esos demonios. El loco que tenían allí encerrado se salvó porque le vació el aguamanil al chichorro, se enrolló en él, le metió una patada a la puerta en llamas y de un revolcón fue a dar al pie de la mata de guanábana.  Muy loco no estaba.

Había un quinto niño en aquel vecindario, se llamaba Pio y era el único hijo de un sastre italiano y una costurera catalana. Rubio, menudito, frágil y tan tímido que, durante sus primeros años,  todos pensaron que era mudo o que padecía alguna extraña enfermedad. Para su desgracia, era menor que las cuatro furias desatadas de San Agustín y llamarse Pío no lo ayudó para nada. A su paso, el cuarteto se ponía a piar y luego… “¡Ay, Pollito frito, te vamos a desplumar!”. 

Y sus padres, mortificados.

Què tens àngel meu?… Giovanni, el nen no vol parlar!

-Pío, figlio, stai bene? Dimmi, caro… 

Y el niño escondía su rostro en un misal que estaba en latín. Pater noster ora pro nobis laudamus te. No entendía nada, pero siempre pensó que la lengua de los santos era su salvación. 

Un jueves funesto, el jueves antes del Viernes de Concilio, la madre de Pio fue a engalanar el altar de la Catedral. Y Pío con ella. Oscureció temprano y en un descuido de la señora, del confesionario saltaron sobre el niño las cuatro bestias; le llenaron la boca de estopa; le pusieron un saco en la cabeza y se lo llevaron en volandas.

Era cerca de la medianoche cuando llegaron a una poza en El Ávila y lanzaron a Pío de cabeza. Con el saco y la estopa, el pobre por poco se ahogó en aquella agua helada, pero lo sacaron y lo agarraron de pera de boxeo. Cuando estuvo bien aturdido, lo desnudaron, lo embarraron de excremento, lo amarraron con bejucos a un árbol seco y lo dejaron allí a su suerte. Mala suerte.

Viernes y no se supo de él. Llegó el sábado y a mediodía tocaron a la puerta del sastre y de la costurera. Ellos habían buscado a su hijo por toda Caracas y estaban consumidos por la zozobra.

-¡¿Quién es?!

-Gente de paz, somos los Palmeros de Chacao.

No traían palmas para el Domingo de Ramos, en brazos llevaban a Pío dormido, peinado, pulcro, perfecto, con la ropa limpia recién planchada y olorosa a gardenias. Así lo habían encontrado, no amarrado al árbol seco, sino acostado como un ángel de porcelana junto a una palma real.

El niño no despertó. Al séptimo día murmuró algo ininteligible. Trajeron al Musiú La Roche, que sabía de lenguas y de geografía universal. Y  Pío mascullaba una y otra y otra vez.

-Maledictio montis cadit in bellum, famen, pestem et mortem.

-Que la maldición de la montaña caiga sobre la guerra, el hambre, la peste y la muerte.

Nadie entendió y el Domingo de Resurrección Pio murió.

¿Y los cuatro malditos? Sus cuerpos fueron a dar al cañón de El Encantado, allá por donde el río Guaire desvía su curso. Cuerpos sin cabeza, embarrados de excrementos y amarrados con bejucos.

¿Y sus cabezas? Colgaban como frutas putrefactas en las ramas muertas del aquel árbol seco. Una vez más se había cumplido la maldición. Hay que temerle al cerro; su castigo es algo feroz.