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Cacao de Chuao

Carolina Espada @carolinaespada

A Olga Cecilia se la llevaron para Choroní y “en llegando” tuvo su primer encuentro con una taza de chocolate. Pero uno de verdad-verdad. Tanta cultura chocolatera, tanta gastronomía empalagosa, tantas décadas dedicadas a la degustación y venir a descubrir eso tan extraordinario, perfumado, aromático y gustoso a los ochenta años. Un solo sorbito y se le despertaron los sentidos. Otros sentidos. Sus brazos como que querían respirar ¡y estaban respirando!; la espalda se le animó y emitió unos soniditos de placer, algo así como un ronroneo de gato, pero marino y lleno de escamas de oro; las rodillas comenzaron a oír y comprendieron, clarito, la conversación de unas hormigas con un sapo Príncipe, algo introvertido por cierto. Muy buenmozo, pero timidísimo él. Varias canas le latieron y se le volaron con una ráfaga de aire que venía de la montaña. Las orejitas le aletearon y sintieron cosquillas de besitos, mientras que el olfato se le deshilvanó en una melódica carcajada. Y la vista… eso le cambió, ahora los pájaros eran más azules,  infinitamente azules, pero azul insólito, azul destello, azul así-es-que-es-el-azul, azul sol; y los petalitos rosados que alfombraban la veredita que conducía al río, eran rosa fosforescente, rosa prendida, rosa apasionada, rosa que brilla en el día y bajo la luna. Y hasta la piel se le transformó, la percepción… a Olga la metieron en un pozo de agua helada, con una cascada ahí a la derecha como adorno perfecto, y no se congeló. Se tocó el cuerpo y lo sintió como un hielito, pero con una fogata por dentro. Y ella, que no sabía nadar, se sumergió en lo más hondo, abrió los ojos y vio luciérnagas de cristal bailando un vals.

            Con el segundo sorbo, Olga recordó todo lo bueno que le había pasado en la vida: su abuela, la consentidera y las golosinas;  lo maravillosa que fue su mamá; sus amigas, cercanas o lejanas, pero siempre presentes; los viajes alrededor de medio mundo; las maletas llenas de regalos; las películas vistas en los “Martes Selectos” y la columna de Alejo Carpentier –“Letra y solfa”- en donde él se las recomendaba con acierto, cultura e hilando sujeto, verbo y predicado como quien borda un pañuelo para su madre adorada. Olga también se acordó de los museos visitados; los libros leídos; Margot Fonteyn danzando con Rudolf Nuréyev y los más grandes ballets que le quitaron el aliento; las recetas inventadas; las comidas saboreadas y el helado de regaliz; las anécdotas tan divertidas que casi había olvidado; la gente que amó y la que seguía queriendo, y pensó con un suspiro en mi papá que la complació en todo lo que quiso.

Al terminar la taza de chocolate, se sintió muy feliz. Sencillamente feliz. Allí estaban sus dos hijas con ella, comenzando a celebrarle el mes de su cumpleaños. Nada como el cacao caliente y estar rodeada de tan genuina admiración y de tanto amor.

El dene.ese del fin de los tiempos

Carolina Espada @carolinaespada

Había una vez que nos quedamos sin WhatsApp, sin Facebook, sin Instagram, mejor conocidos como guasá, feisbu e ístagra. A la gente le dio así como de todo: estupor, angustia, impotencia, crisis existencial, incertidumbre ante el regreso a la barbarie comunicacional, ganas de llorar y deseos incontenibles por comer chocolate. Claro, hay otros a quienes no les dio nada.

Confieso que mi primera reacción fue de total desconcierto, seguida de la gran curiosidad que me caracteriza. Yo TENÍA que saber qué era lo que estaba pasando antes de que cayera la noche; nunca me he podido dormir llena de interrogantes. Para mi sorpresa -y en medio de mi ignorancia- Twitter sí estaba funcionando. Misterio.  Tal y como me enseñaron, escribí #WhatsApp y supe que la aplicación de mensajería instantánea no era que se había caído, más bien se había desbarrancado en el ámbito mundial. “¡Una pelusa de ceiba!”, exclamé.

Entonces reparé en algo que parecía un foro, un Twitter Live en ese servicio de microblogueo. Hoy sé que se llama “Espacios”. Juraíto por este puño de caracteres -280 caracteres para ser precisa- que voy a seguir a @TwitterSpaces y voy a aprender esta nueva manera de conversar.

Resulta que había un “Espacio” en donde se estaba discutiendo lo que sucedía con WhatsApp. Más de cinco horas y la gente allí, finita.  Ávida de información me metí pensando: “¡Bienvenida la tecnología y las noticias al rompe, Carola!”.

Y fue mucho lo que escuché.

Y la gente hablaba y se encadenaba y se deleitaba oyéndose a sí misma. ¿Y la caída de WhatsApp?… Mijo, por allá fumea. Entonces a mí me dieron unas ganas locas de participar y de encadenarme yo también. Ya mis palabras me resonaban armónicamente en mis oídos de Mipersona (Míper):

Pero entonces le dieron la palabra a uno un tanto destemplado.

Y yo pensé: “Auxilio”. Y también: “WTF” (guatdefoc).

Y entonces se oyó la voz de uno ahí muy educado que sí sabía; habló de servidores, protocolos, direcciones IP, dispositivos que enrutan (así dijo), páginas web, actualizaciones y -de importancia capital- los dene.ese que como que fue lo que se echó a perder.

Quise pedir que me ejemplificaran los dene.ese esos, pero ya no había más tiempo para explicar el enigma de la caída del WhatsApp y por qué no nos estábamos entendiendo.

Dene.ese. OMG (omaigot).

Dios es de celofán

Carolina Espada @carolinaespada

Es como un envoplast, una película, una pakita, una membrana finísima que nos contiene. Es redondo. Redondazo. Transparente, pero opaco. Es una especie de planeta, de pecera blanda (a veces un tanto ovalada dependiendo de las catástrofes internas). Es un globo acuoso que nos contiene. Nosotros estamos adentro flotando, nadando, surfeando, evadiendo escollos, estrellándonos inevitablemente contra esos mismos escollos, sobreviviendo. Muriendo. No es un Dios bueno, justo, amable. Él tiene todo eso y, también, maldad, desigualdad, indolencia. Así viene el paquete, el combo divino. Cajita feliz. Cajita infeliz. Depende. Y así hay que asumirlo. Hay muerte y hay vida. Hay penas y hay dicha. Hay pececitos dorados amorosos y barracudas agresivos. Allí estamos contenidos.

Tenemos que sortear los miuras ensangrentados; abrazarnos a una oveja. Así es la divinidad. Así es la vida. Es más grande que uno mismo, porque ese Dios nos contiene, evita que nos desparramemos y nos compensa. Contención. Nos contenemos a nosotros mismos y hay algo mayor que nos contiene a todos. No es la fuerza de gravedad. Dios no tiene gravedad. No hay un arriba ni un abajo. Hay un alrededor. Y nosotros estamos adentro con huracanes, atardeceres, terremotos, amaneceres. Hay batallas sangrientas y hay treguas nacaradas. Hay muchos odios y un sinfín de amores.

No hay Padrenuestros ni Avemarías.

Hay “Tiempo para todo”:  Eclesiastés (3. del 1 al 8) 

Oremos

1 Todo tiene su momento, y cada cosa tiene su tiempo bajo el cielo:

2 Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir;

su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado;

3 Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar;

su tiempo el destruir y su tiempo el edificar.

4 Su tiempo el llorar y su tiempo el reír;

su tiempo el lamentarse y su tiempo el danzar.

5 Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas;

su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse.

6 Su tiempo el buscar y su tiempo el perder;

su tiempo el guardar y su tiempo el botar;

7 Su tiempo el rasgar y su tiempo el coser;

su tiempo el callar y su tiempo el hablar.

8 Su tiempo el amar y su tiempo el odiar;

su tiempo la guerra y su tiempo la paz.

Palabra de Dios, que es elástico y delicado y nos envuelve, nos cubre, nos protege. 

Hay hedores y perfumes; hay dolor y gozo; hay enemigos y amigos del alma; 

hay egoísmo y agradecimiento; hay desilusión y esperanza.

Esa es la palabra de Dios. Alabado sea el Celofán Nuestro de Cada Día.

Seamos todos contenidos en su Nombre.


СПУТНИК-5

Vladimir Mijailovich Smirnov y su novia Olga Alexeievna pertenecen a dos reputadas familias de envenenadores rusos, porque vamos a estar claros, a los rusos se les da fácil eso de envenenar a la gente. Vlad se jacta de que un pariente suyo por el lado materno, Fiodor Petrovich Lébedev, fue asistente nada más y nada menos que de Grigori Yefímovich Rasputín. Sí, el propio Rasputín que se hizo tan indispensable a la zarina Alexandra y a su pobre hijito hemofílico, el zarévich Aleksei Nikoláyevich Románov. Por su parte, Olga se ufana porque una de sus tataratías, la voluptuosa y complaciente Irina Popov, fue amante del carismático monje-sanador de la corte de Nicolás II.

Es un hecho: a los rusos se les da fácil eso de envenenar. Ya lo dije. El príncipe Félix Yusúpov, que  fue quien orquestó el asesinato de Rasputín, le sirvió vino y dulces condimentados con cianuro, pero el veneno no hizo efecto. Le disparó un tiro y creyó que había muerto, pero el cadáver se movió. Cuatro tiros más y un golpe en la sien. Y como el cadáver nada que se moría, lo encadenaron y lo arrojaron al río Nevá en donde por fin expiró por hipotermia y ahogamiento. Así sí, cadáver total. ¿Pero por qué Rasputín no murió envenenado? Aseguran que durante toda su vida consumió pequeñas dosis de veneno para lograr hacerse invulnerable. Y es que él sabía que a los rusos se les da fácil eso de envenenar. Ya lo dije. No lo digo más. O tal vez sí.

            Los rusos envenenan a adversarios, a políticos, a religiosos, a nobles, a espías, a enemigos, a críticos, a periodistas y cualquiera que represente un peligro. Pero esto no lo aseguro, no vaya a ser que mi vecino, Dmtri Mólotov, me vea con malos ojos y me regale una latica de caviar aderezado con algo letal. Sabroso, pero letal.

            Para entender la historia del veneno hay que remontarse a la Roma antigua, “la ciudad de las siete colinas”, y pasar por Constantinopla que tenía siete colinas también, y llegar a Moscú que se encuentra emplazada sobre siete colinas a su vez. Pero hay que alertar, el historiador Alexander Frolov dice que esta coincidencia topográfica es solo una leyenda muy bonita. “Es fruto de la imaginación de los románticos, que tenían muchas ganas de llamar a Moscú la Tercera Roma”.  Colina-colina, la Borovitski, en donde está el Kremlin. Una nada más.

            Pero… ¿Tercera Roma? 

            Tercera Roma: el Imperio ruso y su sede en Moscú. Segunda Roma: el Imperio romano de Oriente o Imperio bizantino con su epicentro en Constantinopla. Primera Roma… ¡ah, pues!, ¡¿cuál va ser la primera Roma?! Roma… La del Imperio romano que todos nos conocemos. La que sale en las películas. La que aseguraba ser la heredera de otra ciudad imperial, Troya, y que fue fundada por el mismísimo Eneas. La de Nerón tocando su lira tirulí y cantando el Iliupersis (“El saqueo de Ilión”), mientras que a la ciudad le pegaban candela. Y aparece en el vasto Imperio de Google: “El de Nueva Roma es un concepto ideológico de gran trascendencia y continuidad histórica, que se aplicó desde la Antigüedad tardía hasta la Edad Contemporánea. Consiste en la atribución de la herencia inmaterial de la Antigua Roma a un nuevo espacio en el que se constituye una entidad política que pretende restaurar las virtudes míticas de esa civilización”.

            De Roma a Constantinopla. De Constantinopla a Moscú. Cae un imperio, nace un segundo. Se desmorona el segundo, surge un tercero. Pero no habrá una cuarta Roma. «Dos Romas han caído. La Tercera se sostiene. Y no habrá una cuarta. ¡Nadie reemplazará tu reino de zar cristiano!». Así lo escribió Filoféi de Pskov, un monje ruso, en 1510. Y Dostoievski remató: “…porque Cuarta Roma no habrá, y sin Roma no puede vivir el mundo”. Lapidario.

            De los mosaicos romanos al estallido de mosaicos bizantinos. De las cupulitas acebolladas de la arquitectura islámica y bizantina, a las cúpulas fantásticas en el Imperio ruso. De los higos envenenados para eliminar a los césares, a sus familiares y a sus más allegados, a la elaboración de un arsénico transparente, inodoro e insípido en el mundo árabe de tanta influencia en Bizancio. Y de allí… el veneno directo a Rusia.

            Y así llegamos al siglo XXI en donde locos o ignorantes o estúpidos aseguran que la vacuna Sputnik V es venenosa. Muchos, ávidos de histerizarse con teorías conspirativas, afirman que los rusos pretenden esterilizarnos e insertarnos un microchip mediante la inoculación. Sí, un microchip en el liquidito que sale por la aguja como si fuera un camello bíblico entrando con un rico en el Reino de los Cielos.

            ¿Pero cuál es la peor vacuna? La que no se pone. ¿Y si acaso debemos esperar eternamente para ser vacunados? ¿O si no nos quieren vacunar? Habrá que ir a la Cuarta Roma, porque Cuarta Roma sí existe. “Sin Roma no puede vivir el mundo”. Tendremos que ir al Norte, a Elimperiomismo, tal y como lo hizo el explorador español Juan Ponce de León en 1513. Él, buscando la Fuente de la Eterna Juventud, descubrió el actual estado de Florida. Ahora le tocará a los privilegiados ir para allá para encontrar la Fuente de la Salud.


La clase de Renny 

CarolinaEspada / @carolinaespada

            “El Show de Renny” se veía todos los mediodías en la mesa del comedor, un hecho absolutamente insólito, pues el televisor apenas si se prendía en casa. Éramos una familia de grandes lectores, pero con Renny se hacía la excepción. Almorzábamos en silencio y escuchábamos al animador, quien, cargando a un chimpancé, le hacía propaganda a un jugo. Cada uno con su pitillo y ambos bebieron simultáneamente de la misma lata. Cuando el monito dejó de sorber, el animador se detuvo al instante. Hubo carcajadas en el estudio y Renny, subiéndose los lentes, le comentó entre risas al coordinador y a los camarógrafos: “¿Qué? ¿Ustedes se creían que yo iba a seguir chupando?”. 

            El programa era él; él y punto. Lo demás era ganancia: ver a Tom Jones y su “Its not unusual to be loved by everyone”; a Miriam Makeba con su “Patapata”; y a la ventrílocua Mari Carmen, a quien uno no le hacía tanto caso, pues la atención estaba en el muñeco de turno y su conversación con Renny.  Él era el espectáculo.

            Si servían macarrones era miércoles. Uno de ellos (con un delantal para que no me fuera a ensuciar mi uniforme de preparatorio), Renny presentó a un cantante, dijo que era su primera visita a Venezuela, que era muy famoso en… en un país… ¿República Dominicana, Panamá, Colombia?… uno que yo todavía no me sabía. Habló sobre la popularidad de este intérprete y le cedió el micrófono y el set. En vivo y directo, el señor comenzó a cantar y a bailar de una manera muy guapachosa y guachamarona. Mi mamá enseguida apartó la vista, porque “a mí nunca me ha gustado ver a un hombre meneándose así”. Yo sí lo vi, porque el artista bailaba como si fuera de goma. Impresionante. ¿Qué cantaba? No sé, algo cuya letra no tenía ningún significado ni relevancia para mí, pero la melodía era como para desatornillarse. Rótula para allá, fémur para acá, pelvis giratoria y palante y patrás. Y, súbitamente, reapareció Renny. Un Renny muuuy serio y que daba miedo de verdad-verdad.  Un Renny desconocido. Pétreo, lívido y tan en blanco y negro todo él, le hizo señas a la orquesta para que dejara de tocar. Los músicos fueron obedeciendo a destiempo, pues algunos estaban tan concentrados en la profusión de corcheas que lo menos que esperaban era una interrupción. El cantante estaba vuelto puro ojo y desconcierto, y ya no se movía más (si antes parecía una manguera de gelatina, ahora era como un globo desinflado… y de yeso). Tras el más incómodo y aterrador de los silencios, Renny, viendo de frente a la cámara, pidió excusas a los televidentes. Esa canción, con un doble sentido tan vulgar (que yo no capté por tener cinco años) era indigna de su programa y de la teleaudiencia. Renny se disculpó por no haberla escuchado antes o, al menos, leído la letra. Asumió su responsabilidad, solicitó que lo perdonáramos y prometió que eso nunca más volvería a ocurrir. Él había fallado como productor de su propio programa e insistió: “Esto no volverá a suceder, pueden contar con ello”. Sin más, mandó a comerciales. De regreso, el show continuó como si nada, pero los que presenciamos ese bochorno recibimos una lección de respeto, responsabilidad y dignidad televisiva que nos marcó para siempre.

            Y al final, antes de su silbido característico, Renny nos repitió su frase de despedida: “Los quiero mucho”. Nos quería mucho… ¡Tan bueno que es cuando un espectador se sabe querido! No sé, al menos a mí me gusta que me quieran. ¿Y a usted?

Veintitantos años después, comencé a escribir en televisión y siempre me rebelé contra cualquier chabacanería y vulgaridad que quisieran imponerme “y que” en aras del rating. Una y otra y otra vez recibía la misma respuesta: “¡A la gente hay que darle lo que quiere!”… y yo contestaba: “No, a la gente hay que darle lo que se merece y siempre, siempre, se merece algo mejor”. Tan maravilloso que es cuando un televidente se siente querido y respetado. Tan admirable y de tanto valor que es cuando un Maestro nos da una lección.


Prêt-à-porter

Al padre Fernando Arellano, s.j.

In memoriam

CarolinaEspada / @carolinaespada

«¡Ese Fidias es un ladrón! ¡Ese corrupto se cogió ese oro y cuidado si tiene un chanchullo montando con Pericles!».

Al noroeste de la Acrópolis, pasando el bosquecillo de olivos y luego a la derecha, estaba el ágora, y el escándalo que estaba formando Cleón -el vendedor de aceitunas negras- era de dimensiones ciclópeas.

Atenas era la cuna de la democracia y, por lo tanto, también arrullaba a la oposición, pues no puede existir una sin la otra.

Y allí estaba Cleón, ejerciendo su derecho democrático a disentir, pero batido de pitillo y espumita contra el escultor de, nada más y nada menos, una de las siete maravillas del mundo: la estatua de Zeus en el templo de Olimpia. Mas aquí la furia de Cleón no era contra ese glorioso monumento, sino contra otro: la colosal efigie de Palas Atenea allá arriba en el Partenón.

Representación artística de Jacob von Falke del interior del Partenón.

Tanto alboroto estaba armando Cleón, que la gente que hacía el mercadito se arremolinó a su alrededor. Los demás mercaderes: Lámaco, el del queso feta; Trásilo, el de las vasijas; Mnesicles, el del aceite; Escopas, el del vino; Calícrates con sus cabras; Nicia con sus higuitos y Pausanias, el aguador (no confundir con el que era historiador, viajero y geógrafo, pues el Pausanias del mercado era mejor conocido como «El Desmemoriado»), todos dejaron sus puestos y se acercaron a escuchar con sumo interés las denuncias. Recordemos que el ágora no era precisamente Quinta Crespo, originariamente fue el lugar de la asamblea popular y luego, rodeada por edificios administrativos y la famosa sala hipóstila, se convirtió en el centro de la vida política, comercial, religiosa y social de Atenas. Ese era el corazón de la localidad.

«¡Para nadie es secreto que Pericles, nuestro tan admirado gobernante, es amigo personal del tal Fidias! Todos sabemos que al artista este le dieron algo así como el monte Olimpo en oro para que esculpiera a la diosa de la sabiduría y protectora de nuestra ciudad. ¿Y qué fue lo que hizo el que les conté? ¡Sí, usó parte del oro, pero se robó más de la mitad! ¡Y eso, cambiado a talentos áticos, es una de las mayores fortunas de esta talasocracia!».

Del ágora, la acusación pasó a mayores y Fidias fue enjuciado. Nadie entendió la extrema serenidad del escultor, los ojitos brillantes y esa sonrisita de triunfo mal contenida cuando cruzó el pórtico de los Propileos, pasó junto al Erecteion (y las cariátides lo vieron petrificadas) y entró al templo. Allí lo esperaban: Pericles, los jueces y el pueblo ateniense con cara de «¡Aaay, Fiiidias!…». Todos estaban a los pies de la gigantesca Atenea Parthenos («la Virgen») que, al igual que la estatua de Zeus Olímpico, era criselefantina: de oro y marfil. Veintiséis codos (unos 12 metros) de oro y marfil.

Para asombro de la concurrencia, Fidias y sus ayudantes -Alcámenes, Colotes y Agorácrito- comenzaron a desvestir a la diosa. Ella estaba hecha de madera con revestimiento de marfil, pero su casco, su quitón, sus sandalias y su escudo eran de oro. Era un vestuario de «quita y pon». Atenea quedó expuesta, blanca y desnuda… y su tocado, traje y accesorios fueron pesados. Allí estaba toda la cantidad de oro -exacta, ni un gramo más  ni un gramo menos- que Fidias había recibido de Pericles. Cuarenta y cuatro talentos -unos 1140 kilos- del más dúctil de los metales preciosos. Fidias miró a su difamador con cara de: “¡Recoge tu gallo muerto!” y, de inmediato, le levantaron el cargo de malversación.

¿Y Cleón?… Pensó “¡Trágame, Hades!” y tuvo que tragarse sus palabras y sus aceitunas, porque, después de semejante gaffe, la ciudadanía completa le hizo el fo por camorrero.

Hay gente que elige darle un fin amargo a la historia y hablan de un Fidias muriendo en prisión o en el exilio unos cuantos años después, pues como decía mi mamá: “La vida es como una cachapa, que en cualquier momento se voltea”. Hoy prefiero detener la narración en el día en que el gobernante y el pueblo ateniense celebraron la genialidad y la honradez del escultor. Lo que sí no le perdonaron a Fidias fue lo que hizo en el escudo de la diosa. Atenea, como hija favorita de Zeus y «nacida» ya adulta de la frente del máximo de los dioses, recibió de su padre un gran regalo. Él le confió su escudo adornado con la cabeza de la gorgona Medusa (su égida) y el rayo (su arma principal). Fidias esculpió todo esto, pero tuvo la osadía de agregar, allí mismo, como quien no quiere la cosa, su retrato y el de Pericles. Ese intento por congraciarse aún más con su amigo y, de paso,  inmortalizarse, sí es verdad que no se lo perdonaron nunca. Él sería muy talentoso y honesto, pero no llegaba a ser ni un semidiós. ¿¡Qué se había creído!? Jamás olvidemos que es muy peligroso ser mortal, parejero e igualado… los dioses montan en cólera rapidito y son implacables castigando al insolente.

¿Y qué podemos aprender de este maravilloso relato?  ¿Cuál es la moraleja? ¡Tan bueno que sería que personas acusadas de corrupción pudieran rendir tan buenas cuentas como lo hizo el honesto Fidias cuatrocientos cuarenta años a.C.!


Pueblito Luz

Para El Entusiasta Grupo de Teatro

CarolinaEspada / @carolinaespada

            ¿Pero eso es verdad o serán embustes tuyos?

            Ningún embuste. A mí me lo contó el catire Raúl hace ufff y yo, a cada rato, espepito la historia porque me encanta.

            Bueno, dale.

            En el pueblo de Ortiz, a principios del siglo XX, había un señor que se llamaba don Tertuliano Seijas.

            Nadie se puede llamar así.

            ¿Quieres que te eche el cuento, sí o no?

            Está bien. Me callo.

            Ortiz era polvo en una sabana parda, un rimero de pascuas moradas,  araguaneyes florecidos, un río y un sol inclemente.

            Hasta el sol inclemente de hoy.

            ¿Puedo continuar?

            Por favor.

            Ortiz era puro “Pisillo Guariqueño” de venado o de chigüire; palometa frita, que no es un ave sino un pez;  bagre, pavón y coporo; pastel de morrocoy y de tortuga; huevos de iguana; orejitas con queso; chicha, carato y jalea de mango.

            ¡¿Tú has comido algo de eso?!

            Solo la jalea… Retomo la historia: Don Tertuliano fue el primer orticeño en ir a París de Francia.

            ¡Qué éxito! ¡Oh là là!

Retrato de Sarah Bernhardt  del pintor Georges Jules Victor Clairin

            Se había asociado con dos comerciantes, Monsieur Lupin y Monsieur Renard, quienes distribuían las plumas de nuestras garzas llaneras a un sinnúmero de países europeos. Y don Tertuliano se pegó el brinco al charco para firmar el contrato y para ver qué tal era eso por allá. Pero lo trascendental del viaje no era la ida, sino la vuelta, y desde su partida (en aquella madrugada de arepas para el camino, vaya con Dios y regrese con la Virgen, y muchachas con pañuelito en cada ventana) allá en el pueblo todo era: ya don Tertuliano debe de haber llegado; estará paseando por los Campos Elíseos; bañándose en el Sena; oyendo misa en francés; durmiendo una siesta bajo un roble en el Bosque de Bolonia… A lo mejor ha conocido a algún pintor famoso ¡o a una artista de cancán con  fustán y bombachas y liguerito rojo, Ave María Purísima! ¡Y segurito, segurito, que habrá regalado mucha boa de plumas guariqueñas a las actrices famosas de París! ¡Ustedes saben como es él! ¡A Sarah Bernhardt no se la pela!

Siete meses después, el gordito Nicanor -monaguillo y correveidile- se pedaleó todo Ortiz en su bicicleta sin frenos como si fuera el mismísimo Paul Revere en la medianoche aquella: «¡¡¡Ya vieeeneee!!! ¡¡¡Don Tertuliano ta’en el paiiiiís!!!».

            ¡Y aquella expectativa! ¡Y la distancia y los días! ¡Y ese hombre nada que llega, y uno con esta esperadera y esta curiosidad! ¿Se imaginan si no nos reconoce?

            En lo que se supo que don Tertuliano había pasado por San  Juan de los Morros (botellita de cognac para el compadre Cartaya, perfume de gardenia para la comadre Mercedes, bibelots para las ahijadas Marianela y Marisol), en Ortiz comenzaron los preparativos para el recibimiento.

En casa de las señoritas Oropeza iba a ser el ágape, porque ellas eran muy leídas y tal, y en su patio cabía completico lo más distinguido de la sociedad orticeña. Completico si se rodaban los tiestos de lirios sabaneros, se ponían unos tabureticos debajo el cotoperí y se quitaba el tinajero. Ah, y si no venía la señora Villena que estaba muy embarazada de morochos.  Lo cierto es que Berenice y Carmelita  estuvieron doce horas seguidas decorándolo todo. En el semanario “La Gaceta de Santa Rosa” hicieron esta reseña: “Bambalinas de papel de seda entre pilar y pilar. Estrellas y rosas rojas del mismo papel salpicadas en la paredes. Y del pretil de los helechos se desprendieron faralás verdes y negros. ¡Preciosa la ornamentación!”.

            ¿Y Don Tertuliano?

            ¡Llegó! Llegó igualito, el de siempre, pero viajado, vivido y ahora con el bigotico entorchado, y un pañueñito de seda impregnado con un agua de colonia que olía a limón francés. Y no se había olvidado de nadie.

            Se hizo de noche en el hogar de las Oropeza, se sirvieron los vasitos de ron y las copitas de mistela, todo el mundo tomó asiento, se guardó máximo silencio y el bachiller Miguel Osorio Sánchez, que había venido esa mañana de Calabozo en un autobús a punto de desbaratarse, se dirigió al recién llegado con nudito en la garganta y trémula emoción.

            «¡A ver, don Tertuliano, cuéntenos cómo es París!».

            Don Tertuliano se echó un poquito para atrás, ladeó la cabeza, se entochó aún más el bigotico, caviló por un instante y respondió serísimo:

            «Bueno… ¿Ustedes saben Ortiz?».

            Y todos asintieron expectantes y sin respiración.

            «Pues tal cual».

            Y entonces todos vivieron muy felices para siempre.


Divorcio en la octavita

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Doña Ceci no siempre fue una mujer tipo doñita. No. Hace sesenta años era una jovencita recién casada de lo más circunspecta y con grandes deseos de hacer las cosas bien. Antes de contraer nupcias con Ildefonso, había sido siempre la Virgen María en los actos de Navidad de su colegio de monjas; madrina del equipo de fútbol –ultra exclusivo de la high– de su hermano Rodolfo; y Reina de Carnaval en el Club fundado por su abuelo Papapín y por su tío Juanchón. Pero a los diecisiete años había conocido a Ildefonso y aquello fue amor a primera vista sobre la urna. Sí, sobre la urna. Había muerto la tía Muñeca e hijos, nietos, bisnietos y todo el cuerpo diplomático se habían apersonado en el velatorio. El marido de la tía MuñecaDon Tom, era embajador e Ildefonso, que era nuevo en la Cancillería, había venido a presentar sus respetos. Presentación de respetos y petición de mano pocos meses después.

Ilustración: Carolina Espada

            La boda fue un espectáculo. ¡No había diccionario de sinónimos capaz de describir la atmósfera de elegancia, refinamiento, distinción, gracia y encanto que reinó en los esponsales! Luna de miel en París, bien sûre. Ceci e Ildefonso eran la pareja más bella-más bella que se podía imaginar.

            La vida de casada le reservaba sorpresas a la novel y perfectísima “Señora De”. Una que no le gustó es que ahora no veía tanto a su media-toronja. Pero es que el trabajo en la Cancillería era muy exigente e Ildefonso, tan ambicioso él, quería hacerse in-dis-pen-sa-ble. Pasaron dos años de felicidad doméstica y de muchas noches, íngrima,  leyendo “Selecciones”. Entonces llegó un Carnaval. Su esposo le había prometido que en éste sí se iban a disfrazar –él de Pierrot y ella de Colombine– e irían al Club… pero un compromiso i-ne-lu-di-ble con la Embajada de Suecia hizo que Ildefonso, una vez más, cancelara todos los planes.

            A Ceci le dio algo así como una ebullición. Para estupor de Salgado, el chofer de la casa, ella le quitó las llaves del carro y se fue manejando. ¡Ella sola! Horas más tarde regresó con un paquete, no le devolvió el llavero al conductor y lo despachó con un: “¡Ay, Salgado, qué rigor, es fiesta, acábese de ir y vaya a celebrar con su familia!”.

            Esa noche, a golpe de nueve, Ceci salió disfrazada, pero no de Colombine, ni de Sevillana, ni de Reina de Saba, sino de Negrita. Negra Cucurumbé. Cara embadurná, bemba colorá, peluca de chicharrones con lacitos, argollas verde perico en las orejas; collares, pulseras, guantes y sortijas de vidrio; zapatos plateados de tacón y un vestido forrado, apretadísimo y –francamente- bien vulgar.

            Ceci por supuesto que no se fue para su Club (¡dígame si sus primos, Totón y Nené, la reconocían!), sino que enfiló el Lincoln hacia otro, uno en donde no asistía la gente decente; uno más bien… popular. 

            Y es que no bien había entrado cuando sintió una mano que le agarró una nalga –y no se la soltaba- y oyó una orden: “¡Vamos a bailar!”. Ceci enmudeció: esa mano que la asía con fuerza estaba conectada a un brazo que pertenecía a un señor que era su marido. “¡Ildefonso!” por poquito exclamó, pero no pudo.

            ¡Qué manera de danzar, Dios mío! ¡Ceci ciertamente no le conocía esa cadencia a su partenaire! ¡Y aquella apretadera! ¡Ildefonso cosquillas, pulpo, tentáculos, succionador! (¡¿Pero en dónde había estado este hombre durante todo ese tiempo?!). El momento cumbre llegó luego, en la oscuridad del jardín, recostada a una mata de jabillo que le puyaba la espalda. Concluido el acto, Ildefonso la dejó entendiendo. Ella se fue no sin antes ver hacia atrás. En la barra estaba su esposo celebrando la hazaña y cayéndose a palos con unos amigotes.

            En la madrugada Ildefonso finalmente regresó al hogar con cara de Embajada de Suecia. En el sofá de la sala, pierna cruzada y fumando, encontró a una negrita que le dijo: “¿A que no me conoces?”…


Amén

CarolinaEspada / @carolinaespada

Era un febrero bisiesto, bisextil, bisextilis, que tiene dos “6”, 366. Uno como el del año pasado. Era un febrero bisiesto y no como este febrero en cuarentena, hablando con las almohadas que están sentadas en la sala haciendo la visita desde hace meses. Era un febrero bisiesto hace muchos muchos años, pero como si hubiera sido ayer. Hay cosas que no se olvidan. Altagracia, que no se había convertido en el temor ambulante y en la desconfianza absoluta que hoy la define, tenía 19 años y estudiaba en Leipzig gracias a la beca de un gran mariscal. En los fines de semana con puente, ella se iba a ver el de Avignon en Francia, o el Vecchio en Florencia, o el de Londres (para constatar si era verdad que se iba a caer). En este segundo mes se había propuesto ir hasta Copenhague para contemplar a La Sirenita. 

Sentada en el diminuto café de la estación de trenes en Hamburgo, Altagracia, concentradísima, leía un folleto turístico. En la página 3 de “Dinamarca en Siete Días” había una fotografía de La Sirenita (“Den Lille Havfrue”) y la explicación: “La Sirenita por lo general desilusiona al visitante por su tamaño, mucho más pequeño de lo esperado. Es un símbolo de la capital danesa y está ubicada sobre una roca en los muelles de la ciudad. La escultura, de bronce y basada en un cuento de Hans Christian Andersen, fue realizada por el escultor Edgard Eriksen. Su creación fue financiada por Carl Jacobsen, dueño de las cervecerías Carlsberg, en 1913. Para llegar a ella debe andar unos 500 metros al norte desde la plaza Amalienborg”.

Algo olía a podrido, pero no en Dinamarca, sino ahí mismo, en el café de la estación. Afuera los andenes estaban vacíos, el viento soplaba bajo cero y una lluviecita helada amenazaba con prohibir el sol, la primavera, el verano, los 40 grados a la sombra y los vestiditos de tirantes. Adentro había un olor a salchichas rancias, a repollo avinagrado y a dumplins mil veces hervidos. También hedía a sudores de invierno; a gente que no se había tropezado con un jabón desde su infancia; a tabaco del malo;  a café quemado; a cerveza barata; a ropa sucia, usada una y otra y otra vez por el tigre, el mono, el elefante, el payaso y el dueño del circo. Y, por si fuera poco, los viajeros estaban apiñados entre dos paredes de ladrillos y otras dos de vidrio, y el aire era… grueso y bajo. Blando y espeso.

Altagracia apenas levantó la vista cuando alguien se sentó a su lado. Era un árabe igualito a todos los árabes, que son como los chinos y los japoneses y los suecos y los burundeses y los incas y los aztecas, que todos son idénticos… y los pingüinos por supuesto. En la página 4 había una lista de los cuentos de Andersen: “El Patito Feo”, “El Traje Nuevo del Emperador”, “Las Zapatillas Rojas”, “El Soldadito de Plomo”, “El Sastrecillo Valiente”… y el árabe sacó algo de su mochila. Un bojotico envuelto en papel.

El rabito del ojo se inventó para que Altagracia viera como el desconocido desempaquetaba un pancito arábigo y murmurara una oración ininteligible. Luego, partió el alimento y, sin mediar palabra, le extendió la mitad a ella.

A las cinco de la tarde, Altragracia abordó su tren, aún con el gusto de ese pan extraño que sabía a amistad, a “no quiero que me des nada a cambio”, a  todos somos iguales y creemos en algo mejor.  Dios, mi Dios o tu Dios o los dioses del Olimpo, nuestros dioses, que en un febrero bisiesto y no como este sin vacunas, habían sido propicios.


SOBRE ARENA MOJADA

CarolinaEspada / @carolinaespada

No se le pueden pedir higuitos al olmo, ni cultura y formación a las telenovelas locales. ¡Y no es por falta de talento ni ilusión de muchos de nuestros libretistas! Lo que sucede es que los directivos de las televisoras tiemblan ante la palabrita “cultura”. No bien han escuchado el comienzo del vocablo: “cult…”, cuando les entra un ataque de pánico. Para ellos, “cultura” equivale a aburrimiento inmediato, cambio instantáneo de canal, pérdida del rating y de unos cuantos milloncete$$$. 

En Venezuela -salvo contadísimas excepciones- las telenovelas persiguen el único fin de entretener. Si van e informan y educan es por pura carambola. Eso no sucede en Brasil. Allá, si bien el propósito principal  también es el del entretenimiento, no pierden la oportunidad para ilustrar a su pueblo. Pero lo mejor es que lo hacen con total naturalidad, como quien no quiere la cosa. El televidente nunca se dice: “Ajá, ahora viene la parte educativa en donde me van a dar una clase acerca del cáncer de mama”. No. Eso es tocado en passant

VERA: (FURIOSA)  A mí esa Marisinha no me gusta para nada. No es porque sea mi hijo, pero Edú se merece algo muchísimo mejor. (MASCULLA, MALIGNA) ¡Yo sé qué es lo que tengo que hacer!

REGINA: ¡¿Qué?!

VERA: Me le voy a presentar allí en donde ella trabaja y el escándalo que voy a…

REGINA: (INTERRUMPE) ¡¿Vas a ir ya?!

VERA: (MOLESTA CONSIGO MISMA) No… hoy no puedo… desde hace un mes tengo cita para hacerme una mamografía y no la voy a perder.

REGINA¡Pero se trata del futuro de tu hijo!

VERA¡Y también, de mi futuro! Para poderme encargar de Edú, y conseguirle una novia que sea como uno, primero tengo que estar viva. Y a mi edad, y con el historial de cáncer que hay en mi familia, no me puedo dar el lujo de andar cancelando nada. (RETOMA LA FURIA) ¡¡¡Pero mañana!!! ¡¡¡Mañana a primera hora estoy entrando a esa fábrica de espaguetis y la tal Marisinha Teixeira va a saber quien soy yo!!!

            Y lo de la mamografía quedó ahí. Suavecito. La información no fue forzada. La próxima vez  que veamos a Vera, que en ningún segundo deja de pensar en Marisinha y en Edú y en su plan para separarlos, será en la Unidad de Rayos X de una clínica carioca. Desde allá hará una llamada por su celular; una llamada que la vincule a la trama principal, que es de lo que en realidad trata la telenovela. Y, en eso, llegará una dama muy asustada ante lo que va a ser su primera mamografía. Le preguntarán que si vino preparada para el examen. “Sí, me bañé y me puse desodorante, crema, talco y colonia”. Le dirán que precisamente así no se le puede hacer nada: unos grumitos de polvo perfumado pueden parecer microcalcificaciones de aspecto maligno en la radiografía. Por supuesto que Vera se impacientará y dirá una de sus pesadeces.

            VERA¡No, no, no, no! ¡¡¡Es que yo no soporto el exceso de ignoracia!!!

 Pero ya la teleaudiencia fue debidamente informada. Y seguirá la historia. Con Vera descubriremos todo lo relativo al cáncer de mama, su detección, el tratamiento, la operación, el final feliz… o no, porque ella ha sido maluquísima y ha dado mucho tormento con sus maquinaciones. Pero, todo esto, engranado a la historia central: al “Gran Amor” entre Marisinha y Edú, que es lo que importa.

            En Brasil han medido el impacto que estos mensajes formativos tienen sobre los televidentes. Y dicho impacto ha sido grande y positivo. Marisinha sufre un accidente laboral: la máquina para hacer raviolis la atrapa. Edú, que es el héroe, la libera. Corren al hospital. ¡Urgente! ¡La protagonista necesita una transfusión! ¡Edú quiere darle todos los litros que necesite! Pero hay un pequeño inconveniente: ella es O Rh negativo y él, AB Rh positivo. Enamoradísimos, pero él no puede entregarle hasta la última gota de su sangre apasionada.  En tensión, el médico-actor informa: “Nuestro banco de sangre está quebrado; no conseguimos donantes; a cada rato se nos muere un paciente; esto es una tragedia”. ¡Sí lo es! ¡Marisinhaagoniza! ¡Edú se desespera! ¡La teleaudiencia gime de la angustia! Y justo antes del penúltimo aliento de la moribunda, aparece Joaquim, el camionero de la empresita de pasta. Él está loco de amor por Marisinha; es la contrafigura masculina y el rival de peso de Edú, y… lo mejor de todo: ¡es O Rh negativo! ¡¡¡Bieeeeennn!!! ¡Y los televidentes pegan alaridos! ¡Marisinha no morirá! ¡Joaquim al rescate! ¡Edúdebatiéndose entre el agradecimiento y los celos! ¡Y ese capítulo fue memorable! Al día siguiente, muchas personas, poseídas por el farandulerismo y la generosidad, acuden a su banco de sangre más cercano para depositar una bolsita. 

Eso sucede en Brasil. En Venezuela… no. La huella que deja una gran telenovela venezolana es bastante superficial. Es como una pisadita en la playa y la ola que ya la viene a buscar.


DOMINGO 7

CarolinaEspada / @carolinaespada

Había una vez unas brujas que se reunían en el bosque y hacían un aquelarre y la pasaban de lo más bien.

Un niñito, escondido entre el follaje, las espiaba. Y ellas cantaban alborotadas alrededor de la hoguera:

Ilustración: @rchovet

            «Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis. Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

Y pasaron muchas noches… y el niñito siempre ahí… observándolas.

Y llegó una de esas de luna redonda y alumbradita con lechuza uh-uh…

Y el niñito volvió a su escondite…

Y llegaron las brujas… con sus patas de araña, alas de murciélago, colas de ratón,  lenguas de sapo, ojos de iguana y cascabeles de serpiente… y prepararon sus pócimas y sus brebajes… y se emborracharon…

Y volvieron a tomarse de las manos para girar y bailar y cantar.

«Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

«¡Domingo siete!», gritó el niñito incapaz de seguir conteniéndose por más tiempo…

Y las brujas lo agarraron y se lo comieron.

FIN

*******

Este cuento me lo leí cuando tenía siete años. Fue en mi clase favorita: «Biblioteca», un miércoles luminoso en el Instituto Politécnico Educacional. No sé que fue del libro, pero la historia la sigo recordando con la misma melodía armoniosa que yo le puse al canto de las brujas (la de «Twinkle Twinkle Little Star») y el mismo desafinado «¡Domingo siete!» del niño comido.

A los siete años, al concluir la lectura, no me pareció que había sido muy apropiada para mi edad. “Pero bueno, hay que leer de todo», me dije. Millones de años más tarde, hojeando un libro muy serio sobre brujería, hechizos y demás, en una librería de ensueño y caché en Madrid, me tropecé con el capítulo dedicado a los aquelarres. Allí decía que cuando las brujas se reunían, cantaban exaltadas una canción que decía:

«Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

Avanzada la noche y una vez que eran poseídas por el espíritu diabólico, este canto se aceleraba, se atropellaba y se detallaba frenéticamente. Y entonces gritaban posesas: «lunes uno, martes dos, miércoles tres, jueves cuatro, viernes cinco, sábado seis». Y eso lo repetían y repetían y repetían hasta caer exhaustas alrededor de la hoguera.

Remata ese libro tan académico, que el domingo 7 jamás y nunca era invocado/evocado, pues ese es el día del Señor. Y nada más anticlimático e interruptus en medio de una barahúnda endemoniada.

Con razón se lo comieron…

Domingo 7 de junio de 2020, día de aquelarre infeccioso y coronavirus satánico. Si por casualidad alguien sabe el título de ese tratado tan grave, erudito, riguroso y minuciosamente documentado, escrito por un catedrático español de cuyo nombre no logro acordarme, favor avisar. Me encantaría leérmelo completico y la única referencia «bibliográfica» que puedo dar es que es un ejemplar amarillo, gordo y sin ilustración en la portada. No lo adquirí por razones de exceso de equipaje, pero sí le traje a mi mamá (una señora de ojos verdes, cara de hechicera y de apellido Cabruja), una figurita de porcelana marca Lladró. Era un bibelot bastante kitsch. Una brujita sentada, con su gorro picudo, su escoba, una arañita y un ratón. Y había una vez que llegó una sobrina a su casa… y se la quebró.


Talento acrobático

Carolina Espada/ @carolinaespada

            3:30 p.m. Sube el productor, con úlcera sangrante, a que la escritora de la telenovela le solucione la vida.

            La protagonista se bloquío

            ¿Cómo que se bloqueó?

            No hay forma de que se aprenda el texto.

            ¿Cuál?

            Este que tiene Annah Alexandra con su mejor amiga Malola: «Lo que me está pasando es que Luis Felipe está a punto de saber la verdad. Es cuestión de horas para que sepa que yo soy la hija única, la heredera, de Don Macedonio Alberto de Balmaseda y Windsor de Mónaco… su peor enemigo, el hombre que lo llevó a la ruina a él y a toda su familia… ¡Yo no le mentí!… Yo solo oculté mi verdadera identidad… ¡Negué a mi propio padre, Malola, porque… porque yo amo a Luis Felipe con todo mi corazón!».

            Que se lo aprenda.

            Houston, we have a problem: esta escena va en el capítulo que sale al aire esta noche y los de edición están que se trepan por las paredes y se mastican una docena de Alprazolams con caja y todo… y el cartón es durito de tragar.

            Dame acá.

            4:00 p.m. Escena corregida:

            «-¿Qué te pasa, Annah Alexandra? 

-¡Luis Felipe está a punto de saber la verdad!

            -¿¡Que eres la hija única, la heredera, de Don Macedonio Alberto de Balmaseda y Windsor de Mónaco!?

            -Sí, de su peor enemigo, el hombre que lo llevó a la ruina a él y a su familia…

            -Pero tú no le mentiste. Solo le ocultaste tu verdadera identidad…

            -¡Negué a mi propio padre, Malola!

            -Porque amas a Luis Felipe …

            -Sí, con todo mi corazón.»

            5:00 p.m. El productor ataca de nuevo.

            Nada que se la aprende y ahora entró en crisis, se encerró en su camerino, tiene ataque de nervios y lo que hace es llorar. Dice que quiere irse a Los Andes para encontrarse a sí misma. Por la felicidad de la Dra. Rivas, mi gastroenteróloga: ¡haz un milagro con esta escena!

            5:30 p.m. Parlamento definitivo:

            «Llora, Annah Alexandra, llora… yo sé qué es lo que te está pasando… Luis Felipe está a punto de saber la verdad. Es cuestión de horas para que sepa que tú eres la hija única, la heredera, de Don Macedonio Alberto de Balmaseda y Windsor de Mónaco… su peor enemigo, el hombre que lo llevó a la ruina a él y a toda su familia… ¡Pero tú no le mentiste!… Tú solo ocultaste tu verdadera identidad… ¡Y si negaste a tu propio padre, Annah Alexandra, es porque amas a Luis Felipe con todo tu corazón!».

            Faciliiito escribir en televisión.


Un tigre duro de matar

Carolina Espada/ @carolinaespada

«Se aplican inyecciones y se escriben cartas de amor», indicaba un cartelito en la puerta de la casa de Pili, pues para eso es para lo único que ella había quedado. Años atrás, había sido una excelentísima escritora de televisión, pero, tal y como suele suceder en la mayoría de los casos, a Pili se le habían fundido casi todos los chips.

            Su colega Mili Margarita la llamó un día: «¡Me tienes que ayudar a escribir un guión policial a cuatro manos! ¡Lo quieren para el miércoles a mediodía y estamos a lunes y son las diez!». Y Pili accedió, pese a que las tres neuronas que le quedaban chirriaron absolutamente oxidadas y no sin temor.

            «A cuatro manos»… Pili nunca había escrito de esa manera. Así, como dos hermanitas, con sendos lazos en la espalda, tocando piano al unísono y cantando alternativamente:

            -Los cujíes lloran de dolor…

            -En mi vida mustia de esperar…

            Aquello era rarísimo. Pili recordaba su época de libretista con Kiko Olivieri, Salvador Garmendia y José Ignacio Cabrujas.

            -Mili Margarita, a mí me asignaban mis escenas y yo las escribía solita.

            -Pero aquí no hay tiempo, Pili, esto es una contrarreloj.

«Una contrarreloj» como si estuvieran en bicicletas sin frenos por una bajada. “Una contrarreloj”  muy negociada, pues Mili Margarita estaba muy segura de lo que quería y era bien difícil de convencer.

            -Coye, Mili Margarita, tus personajes femeninos… tienes una Mariana, una Marina, una Mariela, una Marianela y una Marisela, eso se va a prestar a confusión… ¿y si cambias cuatro de los nombres? Tú sabes, que si Antonieta, Cristina, Diana, Omaira… otra cosa.

            -No, Pili. Mi hija se llama Mariana; mi mamá, Marina; mi mejor amiga, Mariela  mi ginecóloga, Marianela y mi peluquera, Marisela. A mí me gustan así. Así se van a quedar. Punto.

            El miércoles a mediodía, Pili y Mili Margarita estaban en la oficina del señor K. Nuttenberg entregando el libreto esperado. Allí, reunidos para la lectura oficial, estaban: el director, cariñosamente apodado «Farchita»; la preciosa y eficientísima productora Minipop; la señora que hace el café con bastante espumita; la asistente agresiva de mirada felina; y varios desconocidos con muchas ganas de opinar (pues eso sí que te tiene el medio televisivo).

            Una vez leído en voz alta el texto -de cabo a fade out– el señor Nutt dijo: «¿Y si ella, en vez de ser alpinista, es una oceanógrafa con hidrofobia, pues perdió a su novio en la  Gran Barrera de Coral cuando un tiburón australiano se lo comió?».

            Y «Farchita» agregó: «Y entonces la escena de la montaña con el alud y el tiroteo, la hacemos en medio del Pacífico con tormenta y arpones… Eso sí, poniéndole muchísima más tensión sexual, porque esto está muy aguao».

Y Minipop sugirió: «¿Y si en vez de ser oceanógrafa o alpinista, pues eso elevaría demasiado los costos de producción, no hacemos que ella sea una poetisa paralítica, pero no paralítica por accidente, sino por una especie de bloqueo mental y somatización?»

Y la señora del café no se contuvo: «¡Ay, y entonces cuando ella conocía al muchacho -que era rico, pero nadie lo sabía- ella se paraba y caminaba y le decía: te amo, mi amor!».

            Y Gatúbela objetó: «Yo pensé que estábamos haciendo una serie policial y no una una telenovela».

            Y el coro de los convidados de piedra exclamó yuxtapuesto: «¿Y si..? ¡Era paracaidista y ciega!… ¡O una ornitóloga amnésica!… ¡Con tres meses de embarazo de un extraterrestre!… ¿Y si…? ¡Llevaba una doble vida!… ¡O, mejor, tenía una hermana gemela antropófaga!…  ¡O una identidad secreta! ¡O súper poderes!… ¿Y si…? ¡Un tipo siniestro aparece para confrontarla con su pasado!… ¡O que conozca a ese individuo en medio de un cataclismo y lo salve!… ¡Eso sí, el final tiene que ser feliz, pero abierto y con un toque de misterio! ¡Y lo de la tensión sexual!».

            Pili y Mili Margarita sólo se vieron, se entendieron mucho más allá de las palabras y se fueron a un parque a hacer fotosíntesis. Lo bueno de quedarse mononeuronal en la vida, es que uno puede hacer exactamente lo que le dé la gana con esa única neurona. Algo así como instalarse, igual que una iguana, bajo un rayito de sol.


Epifanía Monterroso

Carolina Espada/ @carolinaespada

Para Don Augusto

            Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí. No estaba. Lo que había era una oveja que lo veía con cara de ¿y entonces?, y le dijo “Bee”.

            ¿Pero dónde estaba el dinosaurio? Cuando él se acostó a dormir fue lo último que vio… ahí… ahí en donde estaba la oveja.

            “Bee”. “Bee”. “Bee”. ¡Había tres ovejas más! “Beeeeeeee”. ¡Y un rebañito completo junto a las palmeras de plástico!

            Se levantó. El suelo era como de coleta remojada en almidón… y él… ¡él tenía un trapo en la cabeza, una batola,  unas babuchas y un cayado!

            Su desconcierto fue grande y no atinó a reaccionar, pues por enfrente estaban pasando tres reyes: uno montado en un caballo; otro, en un camello; y el tercero, en un elefante. Los tres, medio perdidos, miraban hacia arriba. Allá en el cielo había una estrellota gigante y, abajo, un cartelito de señalización: “Belén”.

            ¿Belén? ¡¿Belén?!… ¿Belén? ¡¿Belén?!

            “Bee”, le respondieron las ovejas.

            Atónito siguió el camino de los reyes. Cruzó por un riíto de escarcha azul y no pisó el laguito que era de espejo. Había casitas iluminadas y unos bombillitos prendidos en forma de tulipanes y violetas. Y todas las maticas eran de maíz recientemente sembrado.

            En una encrucijada se encontró con una pastorcita, con una cabra, un quesito y una cesta de pan.

            -Disculpa… ¿tú, por casualidad, habrás visto un dinosaurio?

            -No.

            -Es que estaba viendo a ver si lo veía…

            -Al que hay que ir a ver es al Niño Jesús…

            -¿Jesús? ¿¡Jesús!?

            “Bee”, insistieron las ovejas.

            Y sí, allí estaba en el pesebre. Y su mamá y su papá lo veían con aquel amorsote, y la mula y el buey, también. Y todos cantaban: “¡Niño lindo, ante ti me rindo, Niño lindo, eres tú mi Dios!”. Y los Tres Reyes Magos estaban ahí de rodillas. El negro, en el medio, porque, como aseguran en Puerto Rico, si no se coloca entre los otros dos, se apaga la Estrella de Belén.

            Y, más atrasito, detrás del establo, en la penumbra, como una montaña dormida, estaba el dinosaurio.

            Entonces se despertó.


INSTRUCCIONES PARA IR AL DENTISTA EN  NAVIDAD

Carolina Espada/ @carolinaespada

1- No se aterre cuando llegue al consultorio y un mini Santaclós -ahorcado allá arribita en el dintel-  se encienda colorao y se carcajee  en inglés electrónico: “¡Jou, jou, jou!”. (Esto es sólo el comienzo del “Espíritu de la Navidad”).

2-Al entrar diga algo así como “mnns días…” (porque de “buenos” no tienen nada) y acuérdese de que en esta época hay que estar bien contentos porque sí, celebrar obligados y gozar a juro.

3-No se tropiece con el morrocoy de la mamá del dentista que anda ahí atravesado comiéndose un titiaro. Su dueña se fue para Maturín a buscar el propio onoto para la masa y lo dejó encomendado y adornadito para las fiestas. Luce en el carapacho un nido de muérdago con una estrella de Belén y un velón rojo (apagado por razones de seguridad).

4-Júrele a la secretaria de su odontólogo que la decoración le quedó soñada: el pinito rosado-pelúo con los cepillitos de dientes guindando y, al pie, el montón de cajitas de muestras médicas envueltas para regalo. Si no tiene nada piadoso que decir sobre el Nacimiento, mejor no diga nada. (Sí… la mula es más grande que la Virgen María y el buey parece un acure con cachitos, ¿qué se le va a hacer?).

5- Síentese ahí resignado a esperar –adolorido y anticipando el suplicio de un tratamiento de conductos- y mueva la patica, tamborilee los dedos, consulte su reloj cada tres segundos, pero -por su vida- no se quede absolutamente inmóvil y tibetano. Esto puede poner mucho más nerviosos a los demás (im)pacientes.

6- Dele gracias al Señor porque su dentista no es maracucho. Está Usted en uno de los escasos lugares del territorio nacional en donde no lo aturden con el tucu-tutucu-tutucu de las gaitas. En el “hilo musical” de la clínica no hay “Negrito Fullero”, ni “María la Bollera”, ni “Grey Zuliana-cual-rosario-popular”. Puro “jingle bells” soso y pasmao. Eso lo calma. Lo aburre. Lo duerme. (Hay Dios…).

7- No caiga en provocaciones. No se meta en la discusión que la señora del puente roto y la gordita de la extracción del canino han prendido: “¡¿Qué es eso de ponerle garbanzo a una hallaca?! ¿Ese pepero!?”. “¡Con garbanzo es que es y no con ciruela pasa!”. (Total, usted, esa bola de maíz machacado, con ese mondoguero adentro y, para colmo, envuelta en aquel pedazo de mata, amarrada con esa cabuya y chorreando agua hirviente… usted no come de eso).

8- Intente hojear las revistas antes de que terminen de desintegrarse en la mesita. La más reciente es de 2001 (con el crucigrama rellenadito y la receta de cocina arrancada) y, como veinte años son una pelusa de ceiba, agarre datos que la moda está igualita. No deje de leerse la entrevista que le hicieron a una Miss titulada: “Mi primer amor y más grande amor fue, y sigue siendo, el Niño Jesús”, y el reportaje: “¿En dónde fallamos? Nuestra hijita le dice Mamá al televisor”.

9- Rechace con gentileza la copita de ponche crema que le ofrece la asistente del doctor. No le salga de atrás pa´lante con una grosería a esta pobre niña, ahí, con su gorrito de gnomo ayudante de San Nicolás y sus boticas con cascabeles. Relea el punto # 2 y no olvide que en diciembre todo es nochedepaz, nochedamor, y hay que ver qué tiernos somos y lo mucho que nos queremos y venga un abrazo, mi hermano.

10- No permita que le sobrevenga la nausea al pasar al baño y ver la poceta forrada de fieltro verde, con faralaos rojos y cintas y lazos dorados. Resignese con el papel tualé: es importado y por eso tiene muñequitos de nieve y venados con trineo. Recuerde que usted está pagando por eso.

11- Sonría por no llorar cuando, una vez reclinado en el potro de torturas, su odontólogo le ponga algodón en los carrillos; un aro metálico alrededor de la muela impactada por el turrón de Alicante; una especie de tiendita de campaña de goma que aisla la pieza; el tubito aspirador en forma de interrogación enganchado en la comisura; el espejito y el explorador incrustados en el paladar; el taladro martirizante en pleno diente, y le pregunte efusivo: “Y, bueno… ¡¿qué has estado haciendo en estas vacaciones?!”.

12- Cuando ya no haya marcha atrás, cuando su especialista lo penetre con esas varillitas atormentantes y comience a removerle el nervio de lo más profundo, íntimo y privado de su ser… entréguese… entréguese completico… (¿Qué más le queda?). Piense en todas las clases de entregas que usted conoce: la de las madres y los hijos, la de los Reyes Magos, la de los amantes y hasta la de los carteros y, quizá, a lo mejor, tal vez, quien sabe, de repente y tal, descubra en las entretelas de su corazoncito (porque usted también tiene uno) un sentimiento desesperado como de amapuche y besito; ¿y te acuerdas de los patines Winchester y la llave que uno se la colgaba al cuello con un pabilo?; ¿y si yo te presto mi G.I.Joe, tú me prestas tu bicicleta nueva?; y las parrandas que se armaban en la cuadra con aquello de “Tucusito, tucusito”; y coye, vale, tú sí que eres, regálame un saltaperico. Entonces, poseído por esa sensación inesperada, que no le dé pena querer desearle a todo el mundo –de verdaíta- una Feliz Navidad y un Año Nuevo… algo mejor.


Zenquiu berri moch

Carolina Espada/ @carolinaespada

            “Hoy celebramos Thanksgiving, un ejemplo de cómo la resistencia indígena derrota a  los imperios”. Así es, leyó bien: Thanksgiving es un ejemplo de cómo la resistencia indígena derrota a los imperios. Full resistencia. Imperios temblad.  Tamaña afirmación fue dicha con total seriedad y convencimiento el año pasado en una festiva cadena nacional. Y es que San Giben es algo tan nuestro, tan venezolano. “La historia la cuentan los vencedores”, aseguran, pero creo que la historia la cuentan los que mejor la cuentan y la repiten mil veces hasta que la gente se la aprende.

Pintura ¨Thanksgiving, Indian and the Pilgrim
de Joseph Christian Leyendecker

            En el año del Señor de 1620 el “Mayflower” atracó en el puerto de la ciudad de Nueva York, que como bien sabemos es la capital de los Estados Unidos. De allí que la canción “New York, New York” sea el himno nacional de dicho país. El barco llegó fondedadito de aborígenes con la misión de poblar al Nuevo Mundo. También venían unos esclavos. No se les podía decir “negros”, porque eso era políticamente incorrecto, así que el cacique en jefe decretó que se les dijera “afroamericanos”. A estos no les gustó, pero no dijeron nada porque no hablaban inglés.

            No bien había atracado la nao y hubieron bajado todos, cuando le prendieron fuego. Sí, le pegaron candela. De allí se popularizó la expresión: “quemar las naves” o  “Yahoo, lets burn the ships!”. ¿Y qué hicieron los recién llegados? Se fueron a una merienda en Boston a tomar el té. No fue esta una merienda de negros, recuerden que eso no se podía decir. A dicho festejo asistieron unos actores de vodevil que se estaban presentando en Broadway: el Sombrerero Loco, la Libre y el Lirón. Como actriz invitada tenían a una rubita llamada Alice, que andaba para arriba y para abajo con un gato y un conejo de peluche.

            Míster Búfalo Bill no pudo asistir a este festejo en petit comité, pues estaba en el lejano Oeste haciendo una película para Hollywood y matando bisontes con un actor de reparto llamado Jerónimo. Tantos mataron que los extinguieron. Pero antes se hicieron multimillonarios vendiendo todas las pieles y jarabe de panquecas “Aunt Jemima”, que era una afrodescendiente pimientosa -novia de ambos- que vivía en Alabama.

            Más abajito, a la derecha, Ponce y Oscar de León fundaban Miami, descubrían la Fuente de la Eterna Juventud y abrían un negocio, una frutería llamada “El Fruto Prohibido”. Justamente allí fue que Paris compró la Manzana de la Discordia y se la dio a Afrodita. Lo de Helena de Troya y Brad Pitt es otra historia que no cuento para no enredar.

            En la huerta que quedaba detrás de venta de frutas de los hermanos D’Lyon, como los comenzaron a llamar los constructores de Disneyworld (que eran clientes fijos), fue donde George Washington cortó el manzano y le dijo a su papá: “¡Sí, fui yo, so what?”. Y el viejo señor Washington le voló los dientes de un solo guantazo por alzaíto. Esto no impidió que George cargara un bote con guacales de manzanas y atravesara el Potomac o el Delaware, porque la verdad es que nadie sabía a ciencia cierta cómo se llamaba ese río. Eso fue en pleno invierno. Hay una pintura.

            Martha, la señora del primer presidente de los United States God Bless America The Beautiful era muy conocida por sus tejidos y por sus tartasde manzana con una o dos bolas de helado de vainilla por encima. Su vecino Isaac Newton se la pasaba llevándole las frutas que siempre le caían en la cabeza. Eran la comidilla del vecindario. Ustedes saben cómo es. Mientras tanto, George y su astuto amigo Ulises Odiseo, se iban para la guerra.

            ¿Cuál guerra? La de El Álamo, con John Wayne comandando la División de Infantería George Bush: Father and Son con Cat Stevens, que era el pseudónimo de un musulmán llamado Yusuf Islam, a quien se le había ido la vida explicando que él no era un terrorista. Y es que la gente es muy ignorante. “Hay que ver, vale, ustedes sí que son”, repetía y repetía. Pero volvamos a El Álamo. Los soldados, conocidos como los  “Pilgrims All Stars” y una vez que se anexaron a medio México Lindo y Querido, regresaron a la Costa Este para enseñarles a los recién llegados de allende el Atlántico a sembrar maíz. Eso fue posible gracias a la generosidad y desprendimiento del indio Massasoit y los Pieles Rojas, que ya estaban azules por el frío. ¡Pero había que ver cuánto les gustaba un espejito!

            Los primeros panes de maíz no recibieron ningún nombre, porque como no tenían huequito en el medio no pudieron ser reconocidos como “donats”. Esos mismos pancitos no eran más que las  “arepas” en Aquestas Fermosas Partes que Llaman Indias, invento de un conquistador de nombre don Lorenzo de Mendoza, favorito de la reina Isabel de Castilla hasta que se presentó en la corte el navegante alucinado, Cristóforo Colombo, oriundo de Génova, ciudad de Italia. Fue él quien se tropezó con nuestro continente y se dice que se puso de mal humor, porque a donde quería llegar era a la India. Menos mal que en La Gallega, que era como se llamaba la Santa María en un principio, venían los hermanos Pinzón. Marineros y compositores. Cantaban canciones. Eran divertidísimos y buenmozasos.

            Y se celebró el primer Thanksgiving en territorio americano y rellenaron a los pavos con pan, que era lo único que tenían, pero en lo que les fue posible, optaron por el relleno de castañas. Después todos se pelearon horrible y Elimperio-Contraataca exterminó a los aborígenes que vinieron de Europa y los Apaches desollaron vivos a los blancos, porque los  otros estaban en el Sur cultivando algodón y lo único que comían era quimbombó. Abraham Lincoln montó en cólera y fue para el teatro -solito con su esposa- a ver si se le pasaba. La obra “Mi primo americano” era malísima. Mientras tanto Pocahontas se empataba con un colonizador y al papá de ella le daba un soponcio; y Kevin Costner danzaba con los lobos y al indio “Tonto” lo comenzaban a llamar “Toro”. ¡Jai-O Silver!

            Por otra parte, los irlandeses que vivían en Chicago teñían el río de verde, recogían todos los adornitos de Halloween y horneaban pies de auyama para celebrar por todo lo alto su más importante fiesta tradicional: el Día de Acción de Gracias, pero hasta  hoy se le dice Thanksgiving pues es bien sabido que en los países desarrollados lo que se habla es inglés. Tal y como lo hacemos nosotros cada vez que compramos en un bodegón Nutella y mantequilla de maní.

            The End.


Mofongo con Gravy

Carolina Espada/ @carolinaespada

            ¿Dónde se puede celebrar el hallazgo del Nuevo Mundo y la identidad patria; el día de Thanksgiving desde el pavo hasta el pumkin pie; y la Navidad en el más puro estilo de Güi-güichu-a-merricrijmas en menos de dos semanas?  ¡Ay, bendito, en Puelto Jrico! “¡Ave María, si el 19 de noviembre de 1493, Colón nos descubrió y nosotros tenemos 510 años festejándolo!”

¡Pero si el 12 de octubre es cuando uno hace el acto cultural en el colegio con la Reina Isabel y las carabelas y Rodrigo de Triana gritando hidrófobo! Pero es cierto, la islita taína Borinquén fue avistada en el segundo de los viajes del genovés alucinado, quien escribió: “…y de mayores tierras y más fermosas y ansí de la misma fechura, a la cual dixe el nombre de Sant Juan Baptista”.

Ilustración: @rchovet

-¡¿Por qué ustedes no conmemoran el Descubrimiento como en el resto de América?!

-Diiito, polque todos ustedes tienen para celebral su Día de la Independencia, en cambio, nosotros, no. Aquí siempre hemos tomado agua de colonia.

Y gente festeja con furor su puertorriqueñidad e hispanidad. En todas partes ponen un adornito: un galeoncito español, unos doblones y que de oro, un indio y un descubridor asombrados: “¡Oh!”. Y los historiadores comienzan el debate bizantino: el Almirante desembarcó en la ensenada de Aguada; no, en Mayagüez; no, en Cabo Rojo; no, en Añasco. La mayor de las polémicas es la Don Aurelio Tió: “No fue Cristóbal Colón, sino Martín Alonso Pinzón quien descubrió a Puerto Rico en el primer viaje de la expedición”.

El 19 termina y hay que comenzar a prepararse para la festividad de Thanksgiving, que los portorriqueños honran como si acabaran de desembarcar del “Mayflower”.

En 1621, tras haber sobrevivido un invierno atroz, los Pilgrims de Plymouth aprendieron a pescar y a cosechar el maíz gracias a la conmiseración del jefe indio Massasoit y de su tribu, los Wampanoag. Tras la cosecha, el Gobernador Bradford proclamó el primer festejo americano para expresar gratitud a Dios. El festín, en donde cuatro pavos fueron preparados, fue compartido por los colonos y una delegación de nativos.

En Puerto Rico en la lechonera de Doña Coco preguntan: “¿Van a querel el mofongo con gravy de corned beef?”. Al extranjero se le cortocircuitea la base de datos gastronómicos: plátano verde con ajito y chicharrón, y un toque de salsita gringa de lo más God Bless America. Como peregrinos al son de Gilbeltito Santajrrosa.

Pasa Thanksgiving y no se ha terminado de hacer la digestión de la alcapujrria con cranberry sauce, cuando la Navidad es decretada oficialmente y todo es ornamento y campanita.

Para el escritor Emilio Díaz Valcárcel, la puertorriqueñidad es un sentimiento que se extiende más allá del espacio geográfico: “No es que uno haya nacido por casualidad, sino que, habiendo nacido en un país, le importen sus raíces”. Sus raíces… y los injertos y el abono marca A.C.M.E. Y ya  pronto viene el Día de Reyes y harán otra parranda al grito entusiasta de: “¡Japi Tri Kin Dei!”.


¡Se han casado!

Carolina Espada/ @carolinaespada

-Y yo estoy de los nervios, tía.

-Marulí, yo no soy tía tuya y no sé qué es eso de “estar de los nervios”.

-Pues hala, venga, ¿cómo es que vosotros decís allá?

-Marulí, pásate el suiche venezolano, que tu papá será de Sevilla, pero tu mamá es de Coro, viviste 20 años en Caracas (aunque me estés llamando desde Madrid).

-Que no, que estoy en Bilbao.

-¿Haciendo qué?

Ilustración: @rchovet

-Comiendo tapas y bacalao.

-¿Y la boda?

-Me la perdí.

-¿Pero no la viste ni por televisión?

-No, que no. Que estoy de los nervios. Que en una radio hicieron una encuesta: “¿Hasta dónde está usted de la boda real?”. Y yo llamé y dije: “¡Hasta la diadema!”. ¡Y me he ganado un jamón!

-¿Cómo que un jamón?

-Un jabugo; un “Jamón Ibérico de Bellota” –así me han dicho- “¡Felicidades! Procede de cerdos que son alimentados exclusivamente con bellotas”.

-Malurí, yo nunca he visto una bellota; no sé por qué “estás de los nervios” y no andas celebrando el enlace nupcial en la Puerta del Sol.

-Es que yo soy monárquica.

-¿Monárquica tú?

-¡Pero es que ni la Duquesa de Alba con todos sus títulos, ni la revista HOLA desde su primer número el 8 de septiembre de 1944!

-¿Y de dónde te sale a ti la sangre azul?

-De ningún lado, que con un padre albañil y una madre enfermera, y yo acá trabajando en la telefónica y con un novio vendedor de ordenadores y móviles…

-Computadoras y celulares…

-¡Anda ya, tonta, que tú me entiendes! ¡Soy monárquica y nunca estuve de acuerdo con esta boda! ¡Si yo hubiera sido el príncipe Felipe…!

-Hubieras hecho exactamente lo que hizo él.

-Bueno, pero si yo fuera príncipe y sé que voy a ser rey, me hubiera dicho: “¿Cuál es la princesa vacante con más pedigrí y más alcurnia con quien casarme?” ¡Victoria de Suecia! ¡Victoria Ingrid Alicia Desirée, nacida en 1977, única futura reina en Europa por descendencia directa! Y entonces así, Su Alteza Real Don Felipe Juan Pablo y Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, príncipe de Asturias, que vino al mundo en 1968 con la misión de preservar la realeza serenísima en sus dominios, hubiera repetido la hazaña de los Reyes Católicos, que se casaron y unieron sus reinos. Reina ella de Castilla. Rey él de Aragón. Alianza convenientísima para la monarquía y con slogan y todo: “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. Si Felipe se hubiera casado con Victoria estaríamos hablando de dos reinos que “montan tanto”; de un bloque monárquico España-Suecia y de la aristocracia como debe ser.

-¿Pero el amor?

-Pamplinas. Huesos de aceitunas. Conchas de ajo. Olvídate del amor. La monarquía es un negocio, un contrato, un club la mar de exclusivo en donde uno tiene serias obligaciones, porque lo que sobran son beneficios. Yo hubiera sido la princesa perfecta. “¿Con quien me tengo que casar? ¿Con éste? ¡Hala, venga, vamos!”. Y ¡pumba!, me casaba.

-¿Y el detallito de la pareja… las relaciones… los herederos?

-Inseminación artificial, transferencia intubinaria de gametos, bebé probeta, lo que sea que para eso está la ciencia médica. ¡Y alas de palacio separadas! ¡Y pacto de no agresión y discreción!

-¿Pero y tu vida afectiva?

-Hombre, tía, que desde que Luis XV le construyó el Petit Trianon a Madame Pompadour, que era su favorita, los monarcas no han tenido mayores problemas “afectivos”. Yo me imagino de reina, divina, con mis hijos reales y mi amante de turno bien bajo perfil. Y mi marido el rey, pues lo mismo. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

-Pero eso no es un matrimonio…

-¡Hostia, que no, que es monarquía! Y eso sí que es una institución, no esta cosa de ahora toda desintegrada, informal y plebeya.

-Entonces por eso tú “estás de los nervios”.

-Fatal. Haberme preguntado y yo hubiera dicho. Haberme hecho caso.

-Pues yo me alegro de ser demócrata, pues por Aquestas Fermosas Partes que Llaman Indias, todos estamos muy contentos con la boda de Felipe y Letizia con zeta. ¡Fin de la monarquía, Malurí! ¡Triunfo del amor! ¡Y que vivan los novios!

***

El 22 de mayo de 2004, Felipe de Borbón, entonces príncipe de Asturias,

se casaba con la periodista Letizia Ortiz Rocasolano en la catedral de la Almudena,

con la lluvia como gran protagonista de la jornada.

***


Declaración de amor

Carolina Espada/ @carolinaespada


Caracas es como un dibujo hecho por un niño de cinco años: hay una casita y un rascacielos y un ranchito y un centro comercial y otra casita y una autopista y un parque enorme y unas fábricas y unas guacamayas y un aeropuerto y un hospital y unos arbolitos y una esfera naranja de Soto y un canal de televisión y otra casita y un teleférico y un río marrón y unos stadiums y una clínica y otros arbolitos y un mercado y más ranchitos y una universidad y una fuente sin agua y otra autopista y una cuadra colonial y la estatua de un caballo con un señor y unas palomas y muchos edificios y un autobús y unas motos y unos carritos y un Metro y una mansión y dos cementerios y una mezquita y una sinagoga y la catedral y otras casitas y un edificio negro y otro de cristal y una montañota enorme y un cielo azul y unas nubes y un Sol y estás tú.


El Hombre de sus Sueños

Carolina Espada/ @carolinaespada

            Se las había visto todas, pero es que todas. No se había pelado ni una, porque a Doña Agreste le encantaban las telenovelas y los galanes recios (esos que, por las noches, eran los protagonistas de sus fantasías eróticas, porque de que las tuvo, las tuvo).

            La primera “comedia” –así les decían- que Doña Agreste vio, fue “La Criada de la Granja”. Corría… no, no corría, paseaba cautelosamente el año de 1953 con la dictadura de Pérez Jiménez  y Televisa transmitía en vivo esa historia amor. La actriz, Aura Ochoa; el actor, José Torres. Y aquello era de lunes a viernes, a las 7:00  y con una duración nocturna de… ¡quince minutos! (bueno, se estaba empezando).

            Doña Agreste, adolescente vivaracha cortejada sin ningún éxito por el Señor Peluche (jovencito bastante aletargado y carente de músculos a quien solo llamaban “Peluche” en esos días), se convirtió en la señorita más telenovelera del país: que si la “Telenovela Camay” y la “Telenovela Palmolive”; “Historia de Tres Hermanas (en donde Doris Wells interpretó a las primeras mellizas en la televisión local); “El Derecho de Nacer”, “La Tirana”; “Lucecita”; “Esmeralda”; ¡y la telenovela cultural de los años setenta con Cabrujas, Garmendia y Mármol! ¡“La Señora de Cárdenas”, “La hija de Juana Crespo” y “La Fiera”! Pero entonces, en la década de los ochenta, un gerente llamado Ricardo Tirado, trajo a Venezuela las tres primeras telenovelas brasileras: “La Esclava Isaura”, “La Sucesora” y “Ronda de Piedra”, y Doña Agreste sentenció: “En esta casa no se vuelve a ver una venezolana”. Y como ella era la que tenía el control absoluto –empezando por el remoto- comenzó el desfile en el sambódromo: “Dancing Days”, “Roque Santeiro”, “Vale Todo”, “Pantanal”, “El Rey del Ganado”, “Xica da Silva”, “El Clon” y no deje usted de contar. 

            ¿Pero por qué Doña Agreste ha sido una televidente adicta por más de cincuenta años? Por los galanes. Ella quería casarse con un tipazo que se bañara todos los días y que bailara muy bien; que la apurruñara con dulzura y pasión; que le fuera fiel, se comportara como un caballero, la protegiera y que, al mismo tiempo, le dejara espacio, libertad, “let me be”. Muy trabajador él y confiable y generoso proveedor; inteligente, honesto, caritativo, bondadoso. Amigo de los niños y de los animales. Capaz de sacrificios y actos heroicos (¡tan aguerrido él!) y, de paso, tierno, sensible y con un extraordinario sentido del humor. ¡Y que siempre usara medias, mas no, para dormir! ¡Ah, y que fuera hombre! ¡Eso sí! (porque Doña Agreste aún no termina de entender qué es eso de la “metrosexualidad”, ni desea que se la expliquen). Y que la quisiera y la siguiera queriendo y le dijera que eso iba a ser para siempre toda la vida. (Nótese que no hay ningún tipo de exigencia directa y específica a la actividad sexual, pero es que no hace falta: ¡¡¡hacer el amor con un semejante portento debe de ser como ver estrellitas en el cielo de Los Roques, pero con penetración!!!).

            Agreste, cuando aún no le decían “Doña”, comprendió rápidamente que –por más que ella anhelara encontrar a un individuo así- alguien de esa envergadura no existiría nunca-jamás.  Eso era un imposible, una ilusión, total ficción. Y entonces –entre “La Tirana” y “Lucecita”-, le dio el sí a Peluche, se conformó con él y fue muy feliz.

            Fin.


El guamazo final

Carolina Espada/ @carolinaespada

Para  M.C. y M.B.

            Lo que iban a ser unas vacaciones para celebrar el veintipiquésimo aniversario de casados, habrían de tener un fin terriblemente abrupto e insospechado.

            Marcano – “el doctor”- tenía varios meses preparando todo gélidamente. Él era de esos que planifican y controlan desde los asientos en el avión (11-A y 11-B), hasta el color de las toallas en el resort (agua marina). No digamos el menú, los tours y la hora de irse a dormir. Su esposa, Mary Celita, como de costumbre, fue la última en enterarse de que irían a Guam.

Ilustración: @rchovet

_ ¿Pero por qué Guam

_ ¿Y por qué no?

_ Pero es que… ¿Guam?

_ Igualito a Mayami, pero sin Mickey Mouse.

Y el doctor tenía otra sorpresa reservada: un curso de scuba diving

_ ¿Escuba qué?

_Buceo, Mary Celita…

_¡Pero si yo soy de los Andes, soy todo corazón, soy como el ruiseñor y ¿cuándo has visto tú un ruiseñor submarino?!

_Mary Celita…

_No, señor, qué va, tú haces de eso, porque tú sabes y a ti te encanta. Yo me quedo en la orilla recogiendo caracolitos. Porque supongo que tendrán caracolitos en Guam.

Patadas de ahogado, como quien dice, pues no bien el matrimonio Marcano llegó al “Chamorro Inn” (en el centro de la ciudad capital de Hagåtña), un nativo estaba esperando a Mary Celita para darle un intensivo en la piscina del hotel. Pobrecita, ella tenía la gracia de un frailejón con chapaletas. Y allí la dejó el doctor. Mientras ella aprendía a coordinar la respiración, el nado, la inmersión y la mascarita-ya-va-que-se-me-rueda, profesor, su marido encontraba mil cosas que hacer: una visita a la cueva estrellada de Ritidian; nueve hoyitos de golf; paseo por las ruinas españolas y por los lugares que la Segunda Guerra Mundial convirtió en historia a los trancazos; compras en cualquier sitio, porque todo es duty free; degustación de comida micronesia; y pedaleo en bicicleta por las laderas volcánicas del monte Mataguak.

Finalmente, Mary Celita aprendió. Y el doctor, cual folleto turístico.

_¡Ya tengo todo listo para mañana!

_…que es nuestro aniversario…

_Y vamos para Isla de Cocos. Allí, en la barrera de coral, el 2 de junio de 1690, encalló el galeón Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y Santiago. Provenía de Acapulco e iba rumbo a Manila fondeadito de utensilios de plata, espadas, joyas y billones de monedas de oro. ¡Y eso sigue ahí: entre los treinta y los ochenta y siete pies de profundidad!

_¿Y tú quieres que…?

_…mañana sea memorable.

Amaneció y zarparon a bordo del “I Maga Hagas”. El doctor, minucioso y con celo, preparaba los tanques por babor; Mary Celita vomitaba el desayuno por estribor. El capitán, ni pendiente. Otros turistas más con ansias de tesoro…

Y llegaron al arrecife. El doctor ayudó a Mary Celita a ponerse el traje. Era como intentar vestir a un aliado, a un marshmallow. Y ella pensando en que a su cuerpo lo que le sentaba era una ruana y no, esa goma pegada. Era como meterse en una manguera.

_Dame tu anillo de brillantes…

_¿Por qué?

_Te queda flojo, se te puede salir… Además, a los peces los atrae el brillo. Dame que te lo guardo en la cajita fuerte del camarote.

Mary Celita, siempre sumisa, le dio la sortija. Él desapareció de cubierta. Cinco minutos. Y volvió.

Juntos se lanzaron al agua. Juntos y agarrados de manos comenzaron a descender profundo. Juntos, entre burbujitas, llegaron a una especie de banco de arena con corales y algas y algo que parecía… ¿sería acaso el mástil de la embarcación muy antigua?

Allí el doctor se colocó frente a ella. Sus ojos… ¿sonreían? Él consultó su reloj y le comenzó a hacer unas señas: 5, 4, 3… (era una cuenta regresiva, eran segundos…) 2… (¿qué pasaría en el 1?…) 1… y uno fue que Marcano se quedó sin aire. Su tanque se vació.

***

Nadie pudo entender la extraña muerte del doctor. Él, un submarinista tan aventajado y con tanta experiencia. Él, que revisaba y organizaba todo a la perfección. Él tan detallista, preciso, exacto, meticuloso… ¡Tan él!

 Lo que pasa es que nunca nadie supo que cuando el doctor bajó al camarote a guardar el diamante, y el capitán se arrellanó en su asiento para echarse un camaroncito, Mary Celita intercambió las bombonas de oxígeno.


La equivocación de Patia Cecilia

Carolina Espada/ @carolinaespada

            Estoy plenamente realizada como mujer. He cumplido y desarrollado por completo mis aspiraciones, deseos y posibilidades, me siento muy orgullosa por ello y quiero que todos lo sepan:  ¡Tengo novio! ¡Y tengo novio a mi edad!

            Rodolfo Luis -que tiene nombre de galán de telenovela, es perfecto y se le desborda el amor por mí-,  me inscribió en una serie de talleres para mi formación integral en el marco del “MMM: Marzo, el Mes de la Mujer”. El lema fue una belleza: “Con M de Mujer Maravilla, Mágica y Misteriosa” y en el formulario de inscripción había una gran “M” seguida por la palabra “ariposa”. Bello, bello, bien bello de verdad verdad.

            Las clases comenzaron el fin de semana del 8 de marzo cuando se celebró el “Día Mundial de la Mujer”. Mi prima, Patia Cecilia Saldivia Espada -que era feminista y ahora,      para vieja, es una feminazi como para salir corriendo-, todos los años me dice con rabia contenida: “Carolé, no se celebra nAdA, porque NO es una fiesta. Se conmemora el Día Internacional de la Lucha por la Igualdad de Derechos de la Mujer. Lucha jodidísima. Deja la ridiculez y eso de estar mandando memes con florecitas, letricas rosadas y mujercitas con cabelleras al viento”. Claro, eso lo dice Patia Cecilia porque nunca se ha tropezado con un delineador ni con una sombra ni con un colorete. ¡Si alguna vez en su vida hubiera usado el rouge Rojo Satin Parisien Nº5 que yo me pongo, otra boca hablaría! ¡Y es que ella no habla, peor, se encadena!

            ¿Dije que Rodolfo Luis, mi amado, me inscribió en esos seminarios tan femeninos, es decir: tan nuestros? ¡Él sí que sabe lo que es tratar y comprender a una mujer! Comprenderme. La cosa es que yo estoy fascinada aprendiendo una barbaridad. El primer día nos dieron un intensivo de “Automaquillaje social”. Fue tanta y tan valiosa la información que la verdad es que se me escaparon algunos detalles. Creo que eso de “Automaquillaje social” tiene que ver con la capacidad para maquillarse en público con toda naturalidad, o sea, sin que a una le dé pena pintarse los labios en un restaurant tras haber terminado la comida. Al día siguiente estudiamos “Automaquillaje automotriz”. ¡Utilísimo! Empezamos por el “Básico” que es para maquillarse cuando el semáforo está en rojo. Nos cronometraron. En un minuto hay que pintarse los ojos y que los dos queden igualitos. ¡Me lucí! Me felicitaron. Luego pasamos al “Avanzado”, que es mucho más difícil pero sirve para aplicarse el rímel cuando se va por la autopista a toda velocidad. Pero la verdad es que yo no tengo ese problema, Rodolfo Luis es el que me maneja.

            En el segundo fin de semana trabajamos una barbaridad. Por la mañana: “Elaboración de Splash” y por la tarde “Elaboración de Pasapalos de Ocasión”. Lo del “Splash” fue fantástico: cristal de sábila, agua de rosas, esencia de vainilla y un ingrediente secreto que no voy a revelar, pues si lo digo y todas me imitan ya no tiene gracia. Eso se centrifuga y no les quiero contar la delicia refrescante que es para después del baño. Lo de los “Papalos de Ocasión” fue la propia epifanía, yo no sabía que había todo un protocolo jet set muy de la high y al respecto. En un bautizo, en una Primera Comunión, en una boda, en un velorio… nO-sE-puE-dE ofrecer el mismo tipo de canapé. Prívense. Ya me los sé todos.  Mi favorito es uno que se hace con pan blanco de sánguche (sin los bordes), mayonesa gourmet y un espárrago de frasco, y tiene forma de cala. La florecita. Adivinen la ocasión.

            En el tercer fin de semana: “Técnicas de Manicure y Pedicure”. Dividido en dos partes: “Selfie Manicure y Selfie Pedicure” y “Manicure y Pedicure Masculina For Men ”: ¡De vital importancia! No quiero abordar las manos y los pies de Rodolfo Luis como si me estuviera haciendo los míos. ¡Él es tan viril y peludito! (Algo muy bueno he tenido que haber hecho yo para merecer a un hombre así!).

            En el último fin de semana vamos a tener una sobredosis de cursos express mode: “Autoaplicación de Cirugías Capilares Sin Agua” (para un pelo sedoso en tiempos de sequía y/o falta de suministro del Vitalíquido); “Modelaje de Ropa Íntima en Pasarela” (tipo Victoria’s Secret, pero endógeno); “Shakiring: Danza de los Siete Velos” (o cómo seducir a partir de los 40); y una bellezura: “Yoga Materno Infantil con Mascotas” (no veo la hora de hacer eso con mi nieta Ivanna y con mi dóberman Vaduz).

            Hay Diploma y yo me voy a graduar Summa Cum Laude. ¡Otra vez!

Para el año que viene, arrastro a Patia Cecilia a ver si supera esa doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres. Nunca es tarde para que caiga en cuenta de su poco glamour y de su más grande error en lo más vital de su existencia.


A mí me encontraron

Carolina Espada/ @carolinaespada

Y lo mejor es que no me estaban buscando. Yo, atravesada, y ellos que vienen y se tropiezan conmigo y, de entrada, creen que soy otra. Una mucho más lejana… la que ellos sí querían encontrar. Pero yo aquí, ocupada en mis asuntos, que si mi pesca, mi caza y mi recolección; y ellos que se me presentan. Yo no los estaba esperando. Yo no los invité. Y aquella conversación que nada que prosperaba:

Imagen intervenida por @rchovet

_ ¿Azafrán, sésamo, matalahúva?

_ Nooo… Parchita, cacao, lechosa

_¿Canela, tomillo, nuez moscada?

_ No. Guayaba, guama, guanábana.

_¿Jengibre, clavo, cardamomo?

_No. Icaco, zapote, aguacate.

_¿Romero, pimienta, mostaza?

_No. Merey, jojoto, mamón.

_ ¿¡¡¡Mamón!!!?

_Melicoccus bijugatus…

_ ¡Pardiez!

_ ¡Piña!

_¡Qué caramba!

_ ¡Qué cambur!

Y, en vista de que ya los tenía aquí instaladísimos, no me quedó otra que dejar que me colonizaran. Me hubiera gustado con cariñito y más culturita general, pero así como no se le pueden pedir peras a una mata e’ tapara, no se podía esperar de estos perdidos en alta mar un ápice de gentileza, savoir faire e ilustradísima educación.

-Isabel, guapa, que yo os lo digo y os lo juro por las joyas de vuestra corona: yo a la India le llego por occidente.

-Y yo pensaré en vos, mi bien amado Cristóbal, cuando se ponga el Sol durante el equinoccio. Id con Dios y volved a mí el 15 de marzo del año entrante.

Y el “Genovés Alucinado” agarró –el 3 de agosto de 1492- y se embarcó en el puerto de Palos de la Frontera; y vino con sus marinos onubenses y bien curtidos, y uno que otro galeote mal encarado (aunque eso de que seas un delincuente y, como pena, te pongan a remar y a remar, no está tan mal si se compara con la pésima suerte de otros presidiarios). Navegaron en la “Pinta”, la “Niña” y la “Gallega”, a la que rebautizaron como “Santa María”, y… 71 días después… yo escuché a un grumete desgañitado, allá arriba en la cofa de una de las carabelas: “¡¡¡Tieeerraaa… tierralaviiistaaa!!!”. Y a mí me encontraron como Caperucita: brincandito por la playa y canturreando “tralalí- tralalá” sin la menor idea de lo que me esperaba.


El día en que el Coyote se comió al Correcaminos

Carolina Espada/ @carolinaespada

            Sucedió. Sí pasó. Fue en un lugar desértico entre Arizona y Nuevo México. A las doce del día. Un mes de octubre más caluroso de lo normal.  ¿Los testigos? Un buitre, un alacrán, un lagarto cornudo y una víbora de cascabel. Ocurrió en el momento menos esperado, tras una curva de la carretera se oyó el último bip-bip del Correcaminos seguido del ñam-crack de las mandíbulas del Coyote.

            Sabía seco, sabía duro, sabía viejo y empolvado.

            Fueron décadas de ingenio, talento, inventiva y creatividad. Mil veces el Coyote fue aplastado por un camión, incinerado por una explosión de dinamita, pisado por un tren insólito en la mitad del desierto, vuelto papilla tras caer por un precipicio con un yunque en la cabeza.

            Sabía seco, sabía duro, sabía viejo y empolvado.

Fueron centenares de episodios en donde el Coyote nunca desfalleció; nunca se dejó vencer por la derrota y por la depresión; nunca perdió la fuerza, el tesón y el ánimo. Fueron años de perseverancia elaborando los más refinados planes (utilizando siempre sofisticados productos marca «Acme»). Años de fracasos ante el bip-bip siempre chocante y siempre burlón de un pajarraco antipático. Pero el Coyote nunca se dejó abatir, no desfalleció ni se descorazonó.

            «Todo pasa, nada es eterno, las cosas llegan a su fin, tanto esfuerzo no es en vano», se decía.

            Sabía seco, sabía duro, sabía viejo y empolvado.

Lo último que se vio en pantalla fue un primer plano del Coyote viendo directamente a cámara, relamido, sonriente, con tres plumitas del Correcamino revoloténadole alrededor del hocico a manera de despedida y pousse-café.

            La voluntad, la constancia y la inteligencia al fin habían sido premiadas.

            Sabía seco, sabía duro, sabía viejo y empolvado… pero había valido la pena.


Querida MaryJo

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Le estoy dictando esto a Andy Aguirre del Toro, un republicano de Texas que trabaja para nosotros en Trump American & World Enterprises. Él está a cargo de todas nuestras misceláneas hispanas, que en inglés se dice simplemente “H.S.” (Hispanic Stuff).

            Recibí su carta y la felicito por cambiarse el nombre a MaryJo. “Igualito a JLo, pero Mary y con jota”, así me puso. Llamarse María Joaquina es de un tercermundismo deprimente. Una carencia absoluta de todo: agua, electricidad, gasolina, glamour. Para tener éxito hay que hablar inglés. ¡Y qué manía con los dos nombres: Rodolfo Luis, Ángel Jesús! Uno no dice Rudolf Louis ni Angel Jesus (que se escribe igual, pero sin tildes, y se pronuncia éinyel yisus). ¡El tiempo que pierden ustedes! No sé si habrá oído eso de que Time is Money.

            Me alegra que haya visto la Convención Demócrata y después la nuestra, la Republicana. Se dio cuenta: la de ellos no tuvo punch. Eso de ver a Michelle Obama vestida de marrón, sentada en una especie de oficinita improvisada, como si estuviera dando un pésame y sin atreverse a l­­­evantar la voz… Oh my God! ¡¿A quién se le ocurre vestirse de marrón si ese es el peor de todos los colores?! Ni a mí, que tengo el mejor cuerpo y estoy tan hot –como dice mi Papá- se me ocurre ponerme algo marrón. ¡Primero obesa o votando por Kamala Harris!

¡Marrón, MaryJo! Marrón. Michelle parecía un chocolate. Además, todas las demócratas estaban dressed down, o sea, mal. ¿Pero nos vio a nosotras? Pura alta costura y fuegos artificiales por todo Washington D.C. Así nos quiere “la base”, que es lo que ustedes llaman “el pueblo mismo”. Nos quiere ricos y ostentosos. Dorados. Una vida de lujos y carritos de golf, porque para miserias les basta y les sobra con las que ellos tienen. Imagínese viviendo en un motorhome en una ciudad de motorhomes en una planicie de Nebraska. Auxilio. Muero. La base necesita ver nuestra Mansión de Mar-a-Lago (que es como “La isla de la fantasía”, pero hecha realidad) o el Pent House en la Trump Tower en Nueva York (envidia de cualquier príncipe saudí).

Insisto: ¡Michelle vestida de marrón! ¡¿En cambio dónde me deja a Kimberly, la novia de mi hermano?! ¿Qué le pareció su vestido rojo? Se lo regalé yo y estaba lo más bella posible. Más no se puede, porque ella es una extraña mezcla de irlandés con puertorriqueña de Aguadilla, “Americana de Primera Generación” como ella dice. Y está clarísima, porque Puerto Rico no es América y nunca lo será. ¡¿La vio en medio de esa escenografía triunfal como de ceremonia de los Oscar?! ¡Todos nos emocionamos cuando de pie, enérgica, al final de su discurso mayestático y grandilocuente, levantó los brazos -idéntica a Evita en Don’t cry for me Argentina– y exclamó como si estuviera en el medio tiempo del Super Bowl y sin micrófono: “Theee Beeest iiis Yyyet Tooo Cooomeee!!!”. ¡Lo mejor está por venir! ¡Cuatro años más!

            Un paréntesis, mi hermano Junior no ingirió nada ilegal antes de dar su discurso. Si estaba acelerado y los ojos le brillaban raro es por la emoción de que los Trump nos eternicemos en el poder. Ya sabe que mi Papi es el máximo admirador de Putin (el Supremo), de Kim Jong-un (el Galáctico) y de Xi Jinping  (el Eterno). Esos nada más, no se ilusione.

            Resumiendo: no sé si esta carta le llegará antes o después de que a Papi le den el Premio Nobel de la Paz. Que quede claro: 1. No somos racistas ni supremacistas blancos (aunque un filósofo, creo que era filósofo, habló de la pureza y la superioridad de la raza aria). 2. Por ahí hay unas grabaciones de mi Papá. Él no dijo lo que dijo. Period. 3. Daddy sí supo de la gravedad del China Virus (así lo llamamos aunque los demócratas digan que somos xenófobos). Se lo dijeron a finales de enero y él lo ocultó. ¿Por qué? Para protegernos a todos del pánico colectivo. Fue por nuestro propio bien. Y fíjese que eso funcionó. La base sigue asistiendo a los mítines sin mascarilla ni distancia social y con aquel entusiasmo. Es irrelevante que mueran unos cuantos.

            Le estoy mandando la foto que tanto le gustó, la que me tomaron promocionando los frijoles negros. Mi Papá, el Partido Republicano y la Patria bien valen ese sacrificio. ¡Lo que hay que hacer para ganarse el voto hispano! Y ya sé lo que está pensando. No, MaryJo, no me las comí; se las di a Yolanda, la babysitter de mis hijos.  El único alimento negro que tolero es el caviar. La loca de Melania una vez estuvo untando a mi hermanito Barron con eso. Beluga de pie a cabeza. Crema humectante u otro disparate que salió a inventar. ¡Los extranjeros son insólitos! ¡Ah, Melania! No me haga hablar.

            En cuanto a mí, usted propone que sea candidata en 2024. No creo. Papi está pensando en modificar la constitución para gobernar en un tercer periodo. En 2028 tal vez me toque a mí. La elección será el martes 7 de noviembre. Las buenas noticias es que ya no vamos a tener competencia, después de 14 años las Kardashian ponen fin a su reality show. Llegó la hora que tanto habíamos soñado: Keeping up with the Trumps!


Dear Ivanka

CarolinaEspada / @carolinaespada

Perdona que no te escriba en inglés. Yo lo entiendo clarito y me defiendo bastante al hablar, pero soy un desastre con la escritura. Nunca he podido entender como, por ejemplo, una palabra que se pronuncia “inof” se escribe “enough”. ¡Ustedes tienen cada cosa!

Mi nombre es María Joaquina, pero prefiero que me llamen MaryJO, como JLo, pero Mary y con jota. Sabrás que yo también nací el 30 de octubre de 1981, solo que tú en Nueva York y yo en Caracas. No te cuento de la situación política en mi país, porque la verdad es que no la entiende nadie. El único que sí comprende todo clarito el señor Elliott Abrams, que definió esto como el “realismo mágico” de Gabriel García Márquez, y yo me dije: a eso también le dicen lo “real maravilloso”, que aquí de maravilloso no tiene nada.

Lo que sí entiendo perfecto es el panorama en los EE. UU. No porque yo sea una destacada politóloga internacional, sino porque la cosa está de anteojitos. Te cuento: yo me vi la Convención Demócrata y, a la semana siguiente, la Republicana. Los demócratas perdieron por gafos. No se la veían venir. El mensaje que quisieron transmitir fue el de la unión, la fraternidad, la igualdad, la paz y la armonía. Sin gritos, ni estridencias y todo muy civilizado, pero  eso es muy abstracto para lo que ustedes llaman “la base” y que aquí le decimos “el pueblo mismo”. Además, eso no arrastra, no tiene rating y es la mar de aburrido. Convención candor, Bambi y cotufa. ¡En cambio ustedes los republicanos apelaron a un sentimiento que padecemos todos los seres del universo: el Mieeedo! Ponle que si miedo a la muerte o a la enfermedad o a las cucarachas voladoras… Todos sabemos lo que es eso. Y el miedo petrifica, pero moviliza (aunque suene a oxímoron). ¡El  miedo consigue votantes!

 Quedó clarito que allá deben portar armas legalmente (si son blancos). Hay que defenderse cuando hordas violentas de gente de cierto color invadan los suburbios. Tu papá impondrá la ley y el orden; va a acabar con las manifestaciones e incendios y saqueos de esa poblada tan oscura y mal vestida. Pero no lo pueden acusar de racista: le concedió el perdón presidencial a un negro que asaltaba bancos. Nótese que no perdonó a un blanquito vendedor de crack. Se congració, pues, para que no digan. Por cierto, ya ustedes se dejaron de eufemismos y dicen “black”; tiempo sin oír esa ridiculez de “African American”.

Pero vuelvo a  tu papi a quien no lo detiene nadie. Negocia la libertad de rehenes americanos en países malvados como de película y que la mayoría no sabe ni dónde quedan. Y juramenta a nuevos ciudadanos: Happy American Dream! ¿Qué más? Ah, y haaablaaa todos los días (se encandena: “chaining”) y garantiza la recuperación económica y la vacuna contra el COVID-19 (que él insiste en llamar “China virus”). ¡Tu papi es recio! No usa mascarilla y le sabe a chayota la distancia social. Y es súper chistoso cuando se burla de sus adversarios y les encasqueta sobrenombres que los ridiculizan y los denigran. ¿Y dónde me dejas cuando se pone guachamarón y lo aplauden como focas y le ríen las gracias? Acá sabemos de eso.

De igual forma los prepara psicológicamente y les advierte que si pierde las elecciones va a ser por fraude, que no quepa la menor duda. ¡Y es todo un valiente! ¿Tú sabes lo que es atreverse a decir que los millones soldados que han muerto en todas las guerras -en las que ustedes han participado con tanto entusiasmo- son unos tontos y unos perdedores?  O sea, wow. Y cuenta con el apoyo de Kanye West, el rapero insólito que se lanzó para presidente con el único fin de restarle votos a Biden. ¿Te imaginas a Kim Kardashian de Primera Dama? Me estortillo. Pero no nos vamos a preocupar, ya Kanye lo dijo varias veces cuando visitó a tu papi en la Sala Oval: “I love this man!!!”. Sí, él ama a ese hombre. ¡¿Y cómo no amarlo?! Basta con verlo haciéndole propaganda a todos los productos Goya con esa sonrisota. “Display” de alimentos tercermundistas sobre el escritorio “Resolute”, regalo de la reina Victoria. Y no te creas que se me olvidó tu foto con cara de “Querida Amiga Mía” con unas caraotas negras enlatadas. Un lujo de promoción. Hasta los que tanto desprecian a los “hispanos” compraron una lata. A lo mejor no se la comieron, pero la compraron. La lealtad de la base misma que llaman. The same people.

Me preocupan Stephen Colbert, Jimmy Kimmel, Trevor Noah y el “Dream Team”, “La Santísima Trinidad” de CNN: Anderson Cooper, Chris Cuomo y Don Lemon. Tienen cuatro años yéndose en sangre y hablando pestes de tu papá. No van a soportar otro periodo. Van a morir de un mal.

Estaba sacando cuentas, en 2024 vamos a tener 43 años. ¿Y si la dinastía Trump continúa en el poder? ¡Tú tienes “slogan” desde ahorita! Tu mensaje a los desempleados es “Find something new”. Consigue algo nuevo. Facilito. ¿Cómo no se le había ocurrido a alguien antes? ¿Y si te conviertes en la primera mujer presidente de los Estados Unidos? ¿Y si “new” eres tú?


Un cuento de Familia

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Había una vez un sapo horroroso que vivía en la espesura del bosque, porque en los bosques siempre hay una espesura. Era feo hasta más no poder y lo más grave era que lo sabía. Viendo su reflejo en un pocito se sentía casi como Ricardo III, sólo que mucho peor, pues Ricardo –aparte de la joroba- no tenía protuberancias, tuturitos y verrugas… y después estaba esa cosa tan anfibia y tan desagradable: eso de estar siempre frío y mojado. El sapo se sabía repugnante y tenía la certeza de que todos los demás animalitos de la foresta poseían la misma apreciación de él.

            Entonces resulta que vivía en ese mismo bosque un ciempiés maravillosísimo, elegante, sedoso y etéreo, que se deslizaba como una alfombra voladora. Fuisssss… fuisssss… Con gracia coreográfica iba de ramita en hojita y de hojita en flor. ¡Y todos los demás animales, viendo hacia arriba, exclamaban arrobados: “¡Que grácil! ¡Qué armonioso! ¡Qué coordinado, perfecto y espectacular!”. Hasta un perro que pasó por ahí y lo vio, dijo: “¡Guao!”.

ILUSTRACIÓN: XULIO FORMOSO

            Y el sapo, abajo en un charco, lleno de barro y de moho, y con un moscón pegado en la cabeza, rumiaba su odio infinito y su envidia corrosiva. ¡Algo tenía que hacer para acabar con tanta belleza!

Salió el sapo todo empegostado del lodazal, se le acercó al ciempiés y le preguntó como quien no quiere la cosa:

Oye, amigo ciempiés, yo te he estado observando y te tengo unas cuantas preguntas. Cuando tú levantas tu primera patica… ¿en dónde tienes la número veinticinco? Y en ese momento… ¿qué estás haciendo con la cincuenta? ¿Y acaso la setenta y cinco sólo la arrastras? ¿Y qué me dices de tu patica número cien?… ¿Ésa cuándo es que la levantas?

El ciempiés abrió la boca y pensó. O pensó y abrió la boca. Y no se lo pudo explicar al sapo. No se lo pudo explicar a sí mismo. ¡Y lo más triste del mundo: nunca más pudo volver a caminar con naturalidad y donosura! Ahora cojeaba de las paticas 13 y 17;  la 88 siempre le pisaba el talón a la 86 y ésta, sin querer, terminaba pateando a la 84. A la 47 le dio como Parkinson. A la 33, calambres. Y la 99, en vista de que todo estaba así, resolvió bailar tap por su cuenta.

            Hoy he sido invitada -¡qué honor!- para que en tres minutos dé una definición de lo que es “el humor” en este Foro Social de Humoristas con el Doctor Zapata.

            …

            ..

            .

            Yo no sé lo que es “el humor”. ¡Es más, yo no quiero ponerme a pensar en lo que es “el humor”! Capaz que voy y pienso… y después no puedo escribir más nada, más nunca, en la vida.

            Humor son las películas de Charles Chaplin; humor son los escritos de los hermanos Aquiles y Aníbal Nazoa; humor son ciertos pasajes de “El día que me quieras” de José Ignacio Cabrujas. Humor son estos señores tan serios que están aquí. Humor es Zapata con sus cuarenta -¡40!- años de Zapatazos-nuestros-de-cada-día. Eso es humor.

            Y había una vez un periódico que se llamaba “El Nacional”. En mi casa se leía con devoción y entusiasmo. Mi mamá decía: “¡Qué extraordinario este artículo de Miguel Otero Silva! ¡Y qué delicia leer Letra y Solfa de Alejo Carpentier!”. Yo, la verdad, nunca leí nada eso. Claro, había un detalle: yo estaba en kínder y todavía no sabía leer. ¡¡¡Pero un buen día apareció una sección infantil!!! Era un recuadrito dedicado a nosotros, la gente menuda, que nos pasábamos todo el día en el colegio haciendo planas: Mi Ma Má Me Mi Ma El Ma Pa De Mi Pa Pá; planas y “dibujos libres” también. ¡Pero ahora nos habían dedicado un espacio el diario! Era un dibujito de un señor que se llamaba comiquísimo, como zapato, pero Zapata. 

Para aquel entonces ya yo conocía a Aquiles Nazoa y pensaba que era un hombre riquísimo, todo un potentado, porque su casa estaba llena de papagayos, de patines, de muñecos, de sombreros y –lo máximo- ¡varios caleidoscopios!  Pero así como yo creía que Aquiles era un millonario, a mí ese señor Zapata, la verdad es que daba mucho dolor. Pobrecito –me decía- él no debe de tener dinero para comprarse una caja de Prismacolor. Entonces yo agarraba mis creyones y le coloreaba sus Zapatazos para que se vieran más bonitos. Y los coloreé por aaaños, hasta que me los empecé a leer y comprendí que no sólo eran para niños, sino para gente grande también.

            Hoy, emocionadísima, le traigo estos Zapatazos muy coloreados y el puñito de Prismacolores que me quedaban de sexto grado.

            ¡Gracias, Pedro León, por 40 años de humor!

¡¡¡ Y QUE VIVA ZAPATA!!!

Caracas, 4 de abril del 2005/ Foro Social de Humoristas con Zapata/ Sala A del Ateneo de Caracas


Lógica matemática

CarolinaEspada / @carolinaespada

            «Zebra», con zeta, se ve más africano, más exótico y más salvaje, eso es innegable. Además, la Real Academia Española la acepta a regañadientes, pues pone: «Zebra. f. Cebra». Y, por si fuera poco, la «z» tiene mayor relación visual  (más «video») con esas líneas transversales y diagonales y horizontales que adornan al caballito. Por cierto… ¿es blanco con rayas negras o es todo negro con un estampado blanquito?

            El tiburón («Voz Caribe». m. Zool. Escualo.) es un pececito feroz que, a cada rato, está mudando la dentadura «de leche», más bien de “leche de mar”.   Es por eso por lo que, en las tiendas-trampas-para-turistas, venden tanto collar con dientes de pez mordelón.

            Los submarinistas son unos mamíferos acuáticos que se dividen en varias categorías. Hay de los que asumen el riesgo como «¡ay, yupi, vamos a ver qué inventamos ahora, vamos pa’ lo hondo!», hasta unos, muy serios, que se dedican a la investigación científica. Un grupo de estos últimos, hace ya algún tiempo, hizo el siguiente experimento: en una piscinota pusieron una docena de tiburones sin almorzar. Era un «ambiente controlado». De no haber sido gente de ciencia, se hubieran puesto aspaventeros, truculentos y melodramáticos, y habrían asegurado que se trataba de un «estanque infestado de monstruos marinos, depredadores, híper dentados, de voraz apetito, nulo roce social y escaso sentido del humor». Y, otro «por cierto»: ¿por qué será que siempre se dice estanque-infestado, preciado-líquido, ignorancia-supina, flamante-carro, enano-siniestro, bajos-fondos, tórrido-romance, madre-abnegada, fino-obsequio, risa-contagiosa, apreciado-lector, rienda-suelta,  craso-error, pavoroso-incendio, drásticas-medidas, vil-metal, tremendo-tipo, paloe-mujer, fuerte-aplauso, madera-fina, vuela-alto, breve-pausa, sinceros-deseos, emoción-indescriptible, cabo-suelto, penosa-enfermedad, destino-cruel, ardua-labor, vacaciones-inolvidables, merecido-descanso, sensacional-oferta, liquidación-total, señora-esposa, santo-varón, noble-bruto, opípara-cena, sueño-reparador, éxito-rotundo, empinadas-cumbres, venerable-anciano, torrencial-aguacero, caluroso-recibimiento, ardiente-verano, loca-pasión, duda-razonable y cajita-feliz?

El estudio en sí

            Etapa «A»: los submarinistas, con trajes de goma completamente negros, fueron atacados por los tiburones. Ñam.

            Etapa «B»: los submarinistas, algo maltrechos y ahora trajeados de blanco elástico e impoluto, volvieron a ser atacados. Doble ñam.

            Etapa «C» (y va la vencida…): los submarinistas -a punto de tirar la toalla emparamada y la bombona de oxígeno- se enfundaron en unos wet suits con listas blancas y negras… ¡y no fueron atacados! ¡Por el contrario: los tiburones los rehuían!

            Conclusión del experimento: «Tiburón no come zebra».

            Y tiene que ser verdad, pues… ¿cuándo se ha sabido de una zebra que haya sido comida por un tiburón?


Chito y sin discusión

Al Profesor Oscar Sambrano Urdaneta

In memoriam

CarolinaEspada / @carolinaespada

Un jefe civil o un gobernador o uno con peso específico ahí (llamémoslo “Azuaje” por decirle de alguna manera) nombrado a dedo -claro está- por el General Gómez, pidió audiencia al Benemérito para participarle un desconcierto, un estupor y una molestia.

_ ¿Qué me le pasa, Azuaje?

_ ¡Figúrese mi General, el secretario que me asignaron no sabe leer ni escribir!

_ Ujúm…

_ Pero Usted se imagina, mi General, ¿cómo hago yo con un asistente que no conoce ni la “i” por el puntico?

_ Ujúm…

_ ¡Esto no puede ser! ¡A esto hay que ponerle remedio!

_ Ujúm…

_ Y antes de tomar una medida drástica y definitiva, me pareció que lo más prudente era consultarlo con Usted.

_ Ujúm…

Una pausa grave. Un silencio apenas roto por una mosca que se daba cabezazos contra uno de los vidrios de la ventana. Una brisita tibia se coló por el postigo y movió levemente la cortina de tul. La mosca se quedó quieta, aturdida. Muy a lo lejos se escuchó un claxon. Hacía calor, demasiado calor y ya no había más brisa. Entonces, la silla de Juan Vicente Gómez crujió.

_ Mire, Azuaje, ¿usted sabe leer y escribir?

_ ¡Claro, mi General! ¡Por supuesto, mi General!

_ Entonces vuelva para su pueblo, a su asistente le da su cargo y usted se pone de secretario.

Esta anécdota jocosa y socarrona la han contado desde que, supuestamente, este episodio ocurrió. Pero… ¿y después? ¿Qué pasó con Azuaje?… Fantaseemos con que volvió a San Rafael de Zurpe (bauticemos así al pueblito) y acató las órdenes del dictador (¿cómo no hacerlo?). Camejo (digámosle “Camejo” a su subalterno analfabeto para poder referirnos a él) no podía dar crédito.

_ ¡¿Qué ahora yo voy a ser el jefe… el jefe suyo, Licenciado Azuaje?!

_ Y yo, su secretario, Camejo.

_ Pero es que yo no sé ser jefe.

_ No importa, que yo sí, ser secretario.

Transcurrió un año y Zurpe era un ejemplo para todas las gobernaciones y jefaturas civiles de la gran hacienda de Gómez. Camejo, siempre ignorante, se llegó a creer que él merecía el cargo y comenzó a caminar con un tumbao entre guapo, apoyao y sabrosón.

-Mire, Azuajito, hora de que me empiece a llamar “Licenciado Camejo”.

 Azuaje hacía el trabajo de ambos. Lo peor era el salario: Camejo ganaba una suma enorme y a Azuaje apenas le alcanzaba el sueldo para mantener a su esposa y a sus cinco hijos. Y pidió un aumento,  lo volvió a solicitar,  insistió una vez más y hasta llegó a rogar por él. Camejo, harto y engreído y gordo (con un rollito de grasa en la nuca, que le había comenzado a crecer desde que se autolicenció), se fue a ver al Benemérito.

_ Perdone que lo incomode, mi General Don Juan Vicente, pero es que yo no sé qué se está creyendo Azuajito; él quiere que le aumente la paga y anda con un llantén y un pujo y que si la mujer y los carajit…

_ ¡Chito! De ahora en adelante usted le da a Azuaje su sueldo, el suyo, Camejo, y usted cobra lo que ha estado ganando él.

_ ¡Pero si eso no alcanza ni para…!

_ ¡Chito, le dije! Usted siga siendo jefe y no me vuelva más para acá.

Y así, el incompetente siguió “jefeando” y al letrado, al menos, se le hizo la vida un poquito más llevadera.


Vestida para agitar

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Estoy buenísima. Claro que sé que estoy buenísima. Tengo 22 años, no uso medias panty y no tengo ni un gramo de celulitis. Aquí están estos muslos: durísssimos, como todo lo demás.

Con esta minifalda no me puedo sentar y, si me agacho, es de ladito, pero es para que ésas vean: cero grasita, señoras, cero manteca. Pura fibra, músculo y calidad. Y aquellos otros allá que se babean. Yo paso y ellos se babean.

Ilustración: @rchovet

Lástima que las botas sean de semicuero. De cuero serían bien chiquis. Cuero puro y hasta por encimita de la rodilla. Pero un día voy a tener bastante real y me voy a comprar unas en Italia de cuero-cuerito.

Botas de tacón, muslitos brillantes (porque para eso se inventaron las cremas, mi amor) y minifalda apretadita, y esos señores, que muy bien podrían ser mi papá, ahí, con esa cara de idiotas y esas ganas. Como si yo estuviera papayita… Yo estaré buenísima, pero yo tengo mi broma y mi dignidad. ¿Qué fue?

Que estoy bien buena. Yo lo sé.

La blusita me queda forrada y los botoncitos están a punto saltarle en la cara al caballero del pantalón abultado. Pero es que desde que me compré este sostén push up estoy como a punta de estallido. Respiro hondo y es que se me salen. Esto es el invento del siglo: pasé de 34-B-corrientico a 34-C-guooopaaa a punta de par de plataformitas acolchonadas. Ahora tengo las que te conté como en bandeja y con encajitos y todo. Las mujercitas 34-A(plastadas) se mueren de la envidia y ellos me ven con cara de cosssita rica, mamita.

Paro el tráfico. También lo sé.

La chaqueta me queda súper. Como es cortica, no me tapa la cinturita. Y camino contoneado: suas… suas…  Y a esos pobres caballoviejo y cuarentayveinte les va a dar algo si me les acerco otra vez. Ya a uno de ese estilo, hace tiempo, le dio un infarto. Yo no fui, aclaro. No hice nada, pero no tengo la culpa de ser así.

Me pinté reflejos, que es el primer paso para convertirme en catira. Dentro de unos meses me hago mechitas y luego me lanzo un Dorado Trigo completico. ¡Y entonces quién me aguanta con mi melena!

Ay, chico, deja la suspiradera.  Y usted, doñita, no me vea con esa cara de morrocoy deshidratado.

¿Qué más?… Shampoo, enjuague, secador, cepillo redondo y el pelo me queda como… como para que ellos se lo imaginen sobre una almohada. Pero yo mi cabeza no la pongo en cualquier lado. Aclaro otra vez. Yo no nací el día de los mangos bajitos.

Perfume: no uso. Yo huelo rico. Prendas: no muchas, porque no soy quincalla. Tatuaje: uno, allá atrasito. Es una palomita de la paz volandito con su ramita. Yo creo en la paz y en la unión de los pueblos. También me preocupo por la infancia y por la vejez abandonada. Estaré buenísima, pero también tengo mis neuronas bien puestas y mi corazoncito. ¿¡Qué te pasa?!

            Que estoy como me da la gana. Yesss.

Pintura de uñas: rojo pasión.  Y ésa de ahí que me ve con odio y sin uñas. No te las comas, mijita, que ellos nos quieren fieras, tigras, gatitas miau.

Maquillaje: todo el que se pueda, pero «natural». Delineador, sombras, rímel, colorete, polvo, pintura de labios. Labios mojaditos. ¿¡Qué te provoca, papito?!

Sí, okey, ya sé: no clasifiqué en cuadro de finalistas del Miss Venezuela. Ajá. ¿¡Y qué?! Yo tengo mi novio formal, mi familia y mis estudios, y me va de maravilla como aeromoza venezolana.

˜–©—™  


El marqués de Valmaseda

A Matilde Lofiego de Cabruja

In memoriam

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Blas Diego Villate de la Hera, II conde de Valmaseda y I marqués de Velada,  vivía de lo más tranquilo en su castillo -en algún lugar absolutamente indefinido entre lo que en aquel entonces llamaban “Las Vascongadas” y Cataluña- por allá a mediados rodaditos del siglo XIX. Él, aparentemente satisfecho, pero su señora esposa sufría de gran descontento: su marido no era un duraznito almibarado; hasta la fecha ella no había podido darle un heredero; estaba envejeciendo prematuramente y padecía de unas jaquecas espantosas; y, para colmo, las cortinas de palacio estaban hechas un desastre. No era la vida que había soñado cuando apenas tenía quince años y recibía clases de piano y aprendía francés.

            Como no podía resolver ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero, pues optó por encargarse de lo cuarto, y fue así como la señora marquesa contrató a una costurera catalana llamada María Cabruja. Simplemente María, como si fuera un melodrama televisado.

Ilustración: @rchovet

            Nueve meses y unos días más tarde, y con las cortinas sin terminar, María daba a luz un robusto varón de nombre José Ramón Cabruja -Cabruja como ella y a mucha honra- y cuyo padre no era otro que el señor marqués. A los retoños bastardos no le sale ni apellido paterno, ni título, ni mayores reconocimientos, pero lo cierto es que don Blas estaba encantado con su primogénito. La fábula familiar asegura que fue el primero de sus hijos, pero no existe una partida de nacimiento que dé fe de ello, sólo hay un secreto a voces y una gran verdad… como en las telenovelas. ¡Pero no había dudas,  ese pequeño era el vivo retrato de su padre, calcadito! Por fortuna no tenían el mismo temperamento.

            Empezó la guerra en Cuba y el marqués se vino al Caribe a pelear. Se trajo a su hijo y dejó allá en España a su esposa, un tanto más aliviada del dolor de cabeza, y a la fecunda María, con el corazón vuelto una pasa. La marquesa respiró aliviada: mejor sola que con ese marido avinagrado e infiel. María se deshizo en llanto al ver que se le llevaban a su niño; sabía que no lo volvería a ver jamás. Y las cortinas del palacete siguieron siendo un desastre.

            En Cuba, Don Blas quiso hacer de su vástago todo un guerrero, pero le salió músico y compositor. A lo más que llegó fue a tocar el clarinete en la banda marcial del ejército español y la decepción del padre fue grande. No ha debido de ser un papá complaciente y querendón, pues en la isla había un refrán que decía: «Más malo que Valmaseda» y José Ramón, ya de grande, se refería a él como «El Marqués del Coño» y daba por finalizada la conversación.

            Un día, el joven Cabruja se montó en una goleta, con una mudita de ropa y un saxofón, y escapó. Desembarcó en las costas de Falcón y fue hecho preso al instante por unos militares impenetrables. Crespo o Castro, el de Misia Jacinta o el de Doña Zoila, uno de los dos gobernaba en medio de tensiones (aquí el relato pierde precisión y se nubla de nuevo) y a José Ramón lo apresaron en Coro. Quedó detenido por averiguaciones y completamente incomunicado, lo que no representó ninguna tragedia, pues él no tenía en este país nadie a quien llamar. Ninguna madre que se mortificara y se deshiciera en padrenuestros; ninguna novia que le enviara cartas de amor o pañuelitos perfumados; ninguna hija por la cual desvelarse de la pura angustia de saberla desamparada.

            A la mañana siguiente de su arresto, un soldadito tocó la diana y el prisionero se tapó los oídos, profirió un grito desgarrador e imploró ser llevado frente al comandante del cuartel.

            – ¿Y a usté qué le pasa, nuevo?

            – Ese toque… esa corneta… es una tortura… Usted me perdona, pero es imposible desafinar más… si Usted me permite…

            Y José Ramón tomó el instrumento y demostró cómo se debía tocar con propiedad. De inmediato lo transfirieron: de presidiario muy sospechoso a trompetista oficial del batallón.

            Una vez que se demostró su inocencia (y que su cara no era de conspirador, sino de hombre serio), fue liberado. Se fue a Ocumare del Tuy, casó con Dolores Esteso y tuvo descendencia; compuso valses y dirigió la retreta del pueblo, y murió de una severa reacción alérgica a la picadura de un insecto. Un shock anafiláctico que ahora se cura con una inyección inmediata de epinefrina.

            De allí es que vienen los Cabruja de Venezuela. Algunos muy musicales y letrados, y otros que heredaron el carácter di-fi-ci-li-to del marqués. En esta familia es común la frase “¡Te me estás pareciendo a alguien…!” y no es un elogio. La tatarabuela María nos dio a José Ramón y gracias a la tía Matilde tuvimos a José Ignacio. Y entonces un buen día llegó un periodista y escribió una reseña sobre una de sus obras de teatro. Se equivocó y le puso una “s” final del apellido. “Cabrujas”, nombre artístico que José Ignacio no tardó en adoptar y que lo distinguió de todos los demás. Único, inimitable y genial.

Celebrando el natalicio de José Ignacio Cabrujas/ 17 de julio de 1937


El candor de Cabrujas

CarolinaEspada / @carolinaespada

José Ignacio Cabrujas comenzaba a escribir el “capítulo nuestro de cada día” a veces a las cinco… otras, a las seis de la mañana. A su oficina la bautizamos con el nombre de “El Nidito” y allá amanecía él dialogando su telenovela “Las  Dos  Dianas”. Era una historia de amor rocambolesca inspirada -remotísimamente y con los ojitos apretujados- en una obra homónima de Alejandro Dumas.

Yo llegaba puntualita. Ya había libreteado para él en “Emperatriz” y ya tenía la costumbre inveterada que no perdonaba ni días de fiesta, ni sábados, ni domingos.

–Aló, Prima, ¿qué está haciendo?

– Mnh mnhssataba dormida…

–¡¿Y eso?!

–Es que todavía está oscuro y es 25 de diciembre, Merricrijmas.

–Bueno, pero véngase para acá que se me ocurrió otra cosa para la novela.

Ya yo me lo sabía: José Ignacio frente a su computadora exudando nicotina. Su escritorio, un reguerete a minutos del desastre. Y es que nunca hubo manera de evitarlo. El señor se servía un cafecito negro, bien caliente, en un vasito plástico; se tomaba un sorbito y siempre se quemaba; fumaba a todo pulmón al tiempo en que tecleaba, concentradísimo, una declaración apasionada del galán a la protagonista; al ratico insistía con el café, pero como ya estaba tibio, dejaba eso ahí por la mitad y se servía un segundo vasito. En el primero lanzaba lo que le quedaba del cigarrillo: apenas el filtro con un toconcito encendido. Y seguía fumando y escribiendo y fumando. Terminaba uno y prendía el siguiente. Al cuarto o al quinto, invariablemente, todo se atracaba en el vasito-cenicero y la última colilla derretía el plástico… y un fluido espeso de café y cenizas se desparramaba por todo el mesón. ¡Ay, los papeles, el cepeú, las llaves, los apuntes, el bolígrafo, la chequera, el periódico, la impresora y los libretos de “El Maestro”!

A él no le gustaba que lo llamaran así. Una vez una mujer, espléndida y sensual, le prometió: “Lo que usted quiera, Maestro”, y él le respondió con un quejido y una mirada de topo mojado: “¡Ay, no me diga así!”. Ella parpadeó desconcertada: “¿Y entonces cómo, Maestro?” Y él, muy humilde, bajando la cabeza y viéndola tan sólo un poquito, se atrevió a decirle con cierto rubor y como si tuviera cuatro años: “Yo me llamo José Ignacio…”.

A las ocho se echaba una escapadita a una taguara infecta a la que le pusimos el mote de “Mi Grasita”. Sí, el gourmet Cabrujas; el chef magistral de platillos con vóngole; el hijo de la señora Matilde Lofiego, que aprendió de su madre las glorias de la cocina italiana, ese mismo se atracaba par de empanadas de carne (de cuya naturaleza y procedencia siempre fue más saludable no indagar). Oliendo a fritanga rancia, con la camisa chorreada de aceite coloreado con onoto, quitándole la tirita dorada a su segunda cajetilla de Belmont, José Ignacio, de lo más satisfecho, regresaba al “Nidito”.

Pero antes de reanudar la escritura: un intermedio musical. No, ópera no era. Ópera, de chiquito, con su papá y, de grande, con sus amigotes melómanos. Pero en el trabajo solía ser Juan Gabriel. Juanga desatado y José Ignacio convenciéndome animoso: “¡Ande, Prima, cante usted también!”. Ocho y media de la mañana en Los Rosales y una de payasa, en medio de la salita, con el control remoto del televisor a manera de micrófono, imitando al mexicano: “¡Queridaaa, dime cuando tú vas a volver ah-ah!”. Y José Ignacio se reía ronquito, para adentro, como un cochino, igualito a la tía Lola.

A las nueve comenzaba a sonar ese teléfono y yo tenía que desdoblarme en mi identidad secreta de Rosita Vilariño, asistente políglota y mano derecha e izquierda del Sr. Cabrujas. Aquí también estábamos combinados y teníamos nuestro rolling gag y nuestra rutina. Yo debía saludar completico y con lentitud, y esperar las instrucciones de José Ignacio: “¿Aló?… ¡Ah, señor Evodio, tanto tiempo sin saber de usted: señor Evodio!”.  Y ahí “El Maestro” fruncía el bigote, meneaba la cabeza aterrado, estiraba el brazo, que se le torcía como para adentro, y negaba rapidito con el dedo índice. “¡Ay, señor Evodio, pero figúrese que el Sr. Cabrujas no está… No, no ha venido para acá hoy… Pero ya mismo anoto aquí su nombre y la hora de su llamada”. Muchas veces, al colgar, condolida, abogaba por todos aquellos que insistían en comunicarse con él y nunca recibían respuesta: “Coiga, pobrecito Armonio, que ya lo ha llamado siete veces, y él lo quiere y es poeta (o actor, o músico, o estudiante, o dueño de una fábrica de atún, o ahijado-de o lo que fuera)”. Y José Ignacio censuraba tajante: “Nuuuuu, prima, ni de vaina, olvídese que ése no tiene nada en la bola”. Tras diez años trabajando con él, Rosita se aprendió clarito quienes eran los escasos y verdaderos afectos de su jefe. Y ese secreto (y otros tantos) se lo llevará al crematorio, pues por ahí siguen habiendo muchas personas que se ufanan de la monumental amistad que tenían con “El Maestro”, ¿y para qué quitarles esa ilusión?

Después de “Las Dos Dianas” seguimos con “El Paseo de la Gracia de Dios” y, por último, la que no pudo llegar a ser: “Nosotros que nos queremos tanto”. De esa historia José Ignacio sólo escribió un capítulo de media hora y me llamó, desde la isla de Margarita, extraordinariamente alborozado. Tenía tiempo que no sonaba tan contento y optimista. “¡Prima, ya hice el primero! ¡Llego el lunes! ¡El martes: a primera hora en “El Nidito!”. Pero, al día siguiente, tuvo la pésima idea de morírsenos a todos.

Es imposible pensar en él y asociarlo con tragedia y con muerte. José Ignacio es talento, ingenio, sentido del humor y todos los signos de admiración del mundo. La mayoría se acordará de él por “La Señora de Cárdenas”, “Silvia Rivas, divorciada”, “Natalia de 8 a 9”, “Gómez” (I y II), “Soltera y sin compromiso”, “La señorita Perdomo”, “Chao, Cristina”, “La Dama de Rosa”, “Señora”, “La Dueña” y las adaptaciones de “Campeones” y “Doña Bárbara”. Amén de sus artículos de opinión en “El Diario de Caracas” y en “El Nacional” (tan celebrados en su momento y, hoy, tan añorados) y de sus magistrales obras de teatro. Yo prefiero recordarlo con la expresión de estupor y sorpresa de preadolescente-altamente-confidencial con la que me recibió una mañana en la puerta del “Nidito”.

–¡Prima! ¡Venga para que vea!

–¿¡Y esta urgencia!?

–¡Shhhhh! ¡Cállese y pase, caraj!

Con su bastón y aquella cojera que lo obligaba a caminar como una letra A, se dirigió presuroso a su computadora. Sobrecogido por el desconcierto y la revelación próxima a realizar, levantó el teclado y sacó de allí un recortico de revista de pésima factura.   Era  una  fotografía  de  una  actriz  de telenovelas -muy conocida ella- china en pelota, con cara de ramera, arrodillada sobre un colchón, sosteniéndose los senos con ambas manos y presentando a cámara su…

–¡Pero mire, prima! ¿Usted está viendo? ¡Si se le ve la totona!

            José Ignacio estaba estupefacto. Por supuesto que el tema pornográfico no le era ajeno, pero es que no podía dar crédito a que esa niña, a la que todos conocíamos como protagonista cándida o villana estilizada (dependiendo del canal), se hubiera empelotado y hubiera permitido que la retrataran para una publicación de tan infeliz categoría. Era vulgar, era patética, y “El Maestro” no salía de su asombro.

–Y, sólo por preguntar, primo… ¿Usted qué piensa hacer con la totona de la señorit…?

Y ahí mismo me interrumpió. “¡Ésa la vamos a dejar aquí abajito de mi teclado y no le decimos a nadie!”.

Muy de vez en cuando, entre una escena y otra, al encender su trigésimo cuarto cigarrillo (por ejemplo), José Ignacio levantaba apenitas el teclado y veía aquella imagen que siempre le pareció tan insólita y procaz viniendo de esa jovencita. La contemplaba por un instante, se reía socarrón y ronquito, y luego proseguía con la escritura de uno de aquellos diálogos suyos de “La Pasa” y que decían más o menos así:

–¿Y a usted qué le pasa?

–Pasa, que usted nos sigue haciendo mucha falta. Pasa, que cada día lo extrañamos más. Pasa, que lo recordamos y no podemos contener la sonrisa. Pasa, que la televisión no es la misma sin usted. Pasa, que nada es igual sin usted.

Revista Bigott/ Nº 62 septiembre octubre noviembre diciembre 2002/Fundación Bigott

17 de julio 1937/  Natalicio de José Ignacio Cabrujas


Corazón Impreso

CarolinaEspada / @carolinaespada

Cuando vendió la exclusiva de su repentino embarazo, nadie le creyó. Ya estaban acostumbrados: si María del Mar negociaba una de sus intimidades (su cita «secreta» con el Ministro en la habitación #304 con vista a la bahía; su chapuzón topless en la islita y que desierta; la bofetada notoria de la esposa del Ministro a su llegada al aeropuerto) era porque estaba cortísima de dinero.

Nadie tomó en serio lo de su gravidez y muchos afirmaron: «Dentro de un par de semanas vende lo de una supuesta pérdida. Esquiando en Suiza, cabalgando en Kentucky, windsurfeando en Cancún… perderá esa criatura ficticia que tantas revistas vendió».

Pero María del Mar sí estaba en estado. Del Ministro no era, ya ella había ovulado. Era del Exguardaespaldas de la Princesa, o del Torero retirado, o del Gigoló de turno (el que salió desnudo en todas las portadas y le robó completico el show y la protagonización).  De uno de esos era, al menos que… aquella noche en el velero, después del backgammon y de los vodkas… Demasiados tragos y como cinco pastillas contra el mareo… y ahí estaba ese marinero… Al día siguiente, cuando atracaron en  Pireo, él la vio más allá del recuerdo y el arete de corsario le brilló. ¡Tiiin! A ella no se le había olvidado ese destellito.

            En el momento en que la barriga de María del Mar fue algo incuestionable (y desconcertante, pues a sus admiradores les costaba trabajo reconocer a su sex symbol tan repleta de líquido amniótico), la prensa hizo el seguimiento minuto a segundo: los ecosonogramas borroneaditos; los bostezos y náuseas; las declaraciones del ginecólogo con el bigote recién pintado; el chisme de la enfermera: «María del Mar tiene celulitis» (¡Qué gran titular! ¡Cómo se vendió ese tiraje!); el resentimiento de la futura abuela, porque «no me dejan hacer nada…»;  los pepinillos agrios remojados en café azucarado y otros antojitos; el centerfold tan lleno de pezones y redondeces; el escándalo de la paternidad del Ministro y su ulterior confesión desgarradora: «Yo, hace un año, me hice la vasectomía» (¡Y la edición se agotó!); las fotos comprometedoras del marinero griego y María del Mar explayada en la litera de su camarote; los desmentidos y diretes, y, finalmente, la noticia: «¡Será una niña!»

Sus fanáticos querían ponerle nombre. Organizaron concursos, cotillones, bingos bailables y ferias. Hubo cartas al editor, emails al periódico, llamadas telefónicas, encuestas y votaciones en los supermercados. Varios meses después,  María del Mar declaró: «Ya es un hecho: mi nenita se llamará Rosaleda por consenso popular».

Y nació Rosaleda: 3 kilos exactos. Coloradita, perfecta, diez deditos en las manos, diez deditos en los pies. Un buclecito  negro, que ahí mismo se le cayó. Ojos azules, luego, marrones. El Ministro respiró aliviado, a él no se parecía… ¿¡para qué tuvo que salir a contar lo de su vasectomía!? Ahora era pura guasa en el ministerio. «¿¡Cómo está la cosa, Podaíto!?», le había aflojado el mismísimo Señor Presidente. «Podaíto»…  Ja-ja… Su esposa no se reía. Ella prosiguió con la demanda de divorcio.

Y la argolla de oro del marinero siguió brillando entre Míkonos y Rodas.

Pero las cámaras estaban con Rosaleda: desde la sala de parto hasta el retén… de allí a su cuarto lleno de rositas.

Lactancia fotográfica. Buchito también. Cambio de pañales documentado gráficamente para la posteridad. Primer baño, primer gugú, primeros gateos y pasitos. Fotos y flash.

Y Rosaleda creció compartiendo todo con todos: bautizo florido; llegada al kinder con una rosa bordada en el uniformito; diente volado en el recreo gracias a una patada no intencional del compañerito Fernando José; comunión en donde no levitó pese a los cuentos y pronósticos de las monjitas que la prepararon. Debía haber sentido un arrobamiento, un frío en el alma, una pérdida de respiración, pero no, no sintió nada de eso. La hostia sabía a oblea rancia, pero no se lo dijo a nadie. Una figura pública, por poquitos años que tenga, debe saber qué decir y qué callar. Sarampión maquillado; jueguito inaugural de ropa interior «¡uy, qué sexy!»; primer novio y manitos trituradas por la pasión; segundo novio y primer beso… y primera depresión de su mamá (ya la María del Mar de siempre no era «La Novia de los Rotativos»); graduación con calificaciones regulares y qué importa; año en París; pérdida de la virginidad (¡¡¡record de ventas!!!) y segunda gran depresión de su mamá (ese número no se agotó).

De haber sabido que la primicia de su embarazo intempestivo iba a llevar a su madre a un intento -fallido- de suicidio (sin reporteros, ni testigos, sin ni siquiera una camarita desechable) Rosaleda hubiera hecho las cosas de otra manera.

Ahora estaba lloviendo y su vida se deshacía como si fuera papel.


Ácido bórico

CarolinaEspada / @carolinaespada

El cadáver estaba en la bañera. Boca arriba en la bañera. Desnudo boca arriba es mucho más desnudo que desnudo boca abajo. Boca arriba todo queda mucho más expuesto. Terrible, sin afeitar y grotesco. Boca abajo hubiera sido mejor. Hubiera sido más tolerable.

Ilustración: @rchovet

No… Hubiera sido igual.

Viernes por la noche. Sola con el cadáver, porque cadáver no es compañía. Y en viernes. Tenían que pasar el sábado y el domingo completos para pedir ayuda. El lunes por la mañana alguien se encargaría.

Iba a ser un fin de semana muy largo.

Podría… tapar el cadáver. Dejarlo allí oculto. Pretender que no existía. Pero ¿y si cuando se acercara para cubrirlo se movía? ¿Y si el cadáver aún no se había muerto? Eso había pasado antes. Hay cadáveres insistentes, que perseveran y siguen vivos. Parecieran que están totalmente muertos y, de repente, mueven algo, cualquier cosa. Es como una contracción muscular, un estremecimiento, como diciendo: todavía puedo, todavía soy una amenaza y me tienes miedo.

Clausurado el baño hasta el lunes. Tendría que usar el del pasillo, pero ahí no hay regadera. No se bañaría en tres días. «Mejor tierra en cuerpo, que cuerpo en tierra», como decía su tía. Su tía difunta y enterrada.

«Cuerpo en tierra». Había un cuerpo en la bañera. Lo retirarían el lunes. Se lavaría todo con cloro, con jabón, con alcohol y agua hirviendo. Alguien se ocuparía de eso y entonces se podría duchar tres veces consecutivas y con los ojos bien abiertos: el cadáver ya no está aquí. El shampoo irrita las córneas -todo pica y se enrojece- y no importa, pues hay que seguir viendo que el cadáver ya no está aquí. Pero eso sería el lunes y apenas era viernes.

Sabía que por más cerrado que estuviera ese baño, siempre estaría la presencia del cadáver. ¿Estaría realmente muerta? ¿Se levantaría a mitad de la noche? ¿Era capaz de resucitar y llegar hasta la cama y acostarse a su lado? Entonces amanecería y abrirían los ojos al mismo tiempo y se mirarían cara a cara, ahí, sobre la almohada.

¡¡¡Aaarrrggghhh!!!

No volvería a dormir el resto de su vida.

El cadáver debía ser removido esa misma noche, pero estaba sola, indefensa y sin ayuda. Podría llamar a los bomberos, a la policía, a algún grupo de rescate, pero tendría que dar explicaciones.

Siempre dando explicaciones.

Podría duplicar, triplicar, la dosis de tranquilizantes y pasar dos días y medio desconectada. No sería la primera vez. Fin de semana de sobredosis y Judy Garland cantando: «Some day over the rainbow…».

El lunes volvería a la psiquiatra para hablar de su terror por las cucarachas.

El Nacional


Consejo a un escritor sin rating

CarolinaEspada / @carolinaespada

Fíjate, Nené, allá en la barra del corral, perdón, del bar, están tres machos de la especie. De tu especie. Míralos como se esponjan,  pavorrealean y kikiriquean. Óyelos ahí:

Roy Lichtenstein

-Ya yo me levanté a la Chiqui… Esa cae esta noche.

-Pero yo no te quiero contar la revolcada que le eché a la secretaria de Fernando… ¡Es que la dejé con ataque de asma!

-¡Y yo estaré recién casado, pero ya yo le puse el ojo a la doctorcita tetona del piso 3! A esa no la perdono…

¿Estás oyendo, Nené? Eso es parte del ritual, de la cosa masculinosa y velluda. A lo mejor el de la corbata azul sufre de eyaculación precoz; y el del güisquicito campaneado ha tenido episodios de priapismo; y el gordito de los manises se resigna con una erección blandengue («impotencia», que llaman), pero ahí los tienes hablando de sus proezas, fantasías y ganas… y ese, Nené… ese no es tu target group. Si tú de verdad quieres seguir escribiendo telenovelas, tienes que empezar por darte cuenta de quienes son los patrocinantes del horario estelar. ¿A que nunca has oído una cuña como ésta?: «¿Problemas con su próstata? ¡Querido Amigo Mío… dígale adiós a sus dolencias, a su vergüenza y a su pudor! ¡Con un rápido tacto anal analizaremos su caso y pondremos fin a su problema! ¡Llame ya al Centro de Clínicas David y Goliat! ¡Lo esperaaamooosss!» ¿O acaso has escuchado ésta otra?: «Y Mujeres Apasionadas es patrocinada pooorrr: Cigarros Lewinsky: todo un nuevo mundo de posibilidades para el placer del fumador de hoy… ¡Y ahora en  Extra Large!»  ¿¡Ah!? No, Nené, nunca va a oír eso. Si hay culebrones, es porque existen un montón de empresas que quieren vender sus alitas protectoras ultra sec, sus esponjitas para fregar y sus polvitos para lavar. ¿Y por qué, Nené? Porque el público que ve las telenovelas sigue siendo mayoritariamente femenino. Sí, siempre hay algún hombre en casa que termina enganchado a la historia rocambolesca, pero es porque la dueña del hogar advierte, cuchillo en mano, mientras pica un repollo morado para la cena: «¡Cuidaíto me cambian el canal, miren que hoy Elenita se va a enterar de que Rodolfo Luis sigue estando casado con Vanessa y que todo este tiempo él la engañó jurándole que estaba divorciado! ¡Porque es que todos los hombres son iguales!…».  

-No entiendo…

Yo sé.  Yo lo sé… Nené, presta atención: quizá para ustedes, los hombres, sea un punto de honor testicular vanagloriarse de sus hazañas sexuales (sean reales o virtuales). Te apuesto lo que tú quieras a que cuando el de la corbata azul vaya a hacer pipí, el del güisqui y el del manisito van a comentar entre admirados y envidiosos: «¡¡¡Coooye…. se levantó a la Chiqui!!!» Pero resulta que a nosotras, hembras de la manada, no nos interesa para nada la Chiqui, o la secretaria asmática, o la doctorcita con siliconas… Nosotras queremos a un hombre que se nos plante enfrente, todo lleno de testosterona él, y nos diga puro corazón y mirada penetrante: «Yo he tenido demasiadas mujeres, tantas que perdí la cuenta… y ni siquiera recuerdo sus nombres o sus rostros… Sí,  he sido un irresponsable, un tarambana, pero entonces apareciste tú y para mí todo cambió: ya no tengo pasado, ya no hay otras -ni las habrá nunca más- porque ahora estás tú… y tú eres lo más grande, lo mejor que me he encontrado en la vida, lo único que amo y  no entiendo cómo, de ahora en adelante, yo podría vivir sin ti… ¡No me dejes! ¡No me abandones! ¡Quiéreme, por favor…».

-Pero eso no es así…

¡Claro que no es así! ¡En la vida real no es así! Un hombre te jura amor eterno y pasa una minifalda forrada y él se voltea… Pero en una telenovela eso es justo lo que quiere ver el público femenino: un galán «XY», apasionado y gentil; ponle que comprometido para casarse sin muchas ganas con la contrafigura; ponle que con una amante accidental, que es la villana; y síguele poniendo un poco de mujercitas detrás de él… pero entonces, en el primer capítulo,  ya presentado a las señoras y señoritas de la teleaudiencia y con su virilidad indiscutiblemente erecta, él conoce a la protagonista y se enamora de verdad-verdad y para siempre… Y se enamora de ella de manera tan fulminante e irrevocable que, después, tú le pones a tu galán una stripteaser por delante, o le empapelas las paredes de su cuarto con centerfolds de Playboy, o le metes a una profesional del Kama Sutra en la cama… y nada… a tu protagonista no le da el menor cosquilleo en la protuberancia.  ¡¡¡Y todas las televidentes lo adoran con devoción y a ti te premian con sintonía nacional!!! Entiende, Nené, para ganar el rating tienes que tener una historia de amor fundamentada en un ingrediente secreto: la  más absoluta y postrada fidelidad. Así tú nunca te lo llegues a creer.    


FIESTA DE UNA NOCHE DE VERANO

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Algo vibra, late y se siente.

Noche del 23 al 24 de junio. La Noche de San Juan.

            En Puerto Rico es día de fiesta desde tempranito esta mañana. Unos trabajan apurados; otros estudian mirando el reloj; otras se van transformando en algo muy voluptuoso mientras lavan, planchan, cocinan y buscan a los niñitos en el colegio. La cosa está agitada y meneaíta. Y es que la emoción que se avecina se palpa por doquier.

            Toda la gente de la isla se está dirigiendo hacia las playas. Norte-Sur-Este-Oeste. Buscan con entusiasmo su trocito de arena en donde acampar, hacer la fogata y preparar lo necesario para la celebración de esta noche. ¿Que mañana es un día rutinario? Ya se verá cuando amanezca. Ahorita, lo que importa, es que caiga la tarde -¡pum!- y se desaten los festejos tan esperados.

            Para comer habrá lechón asado en vara, luciendo -muy coqueto- su rabito achicharrado en forma de tirabuzón. Aseguran los tragones que la colita tostada y las orejitas sonuna divinura. Como acompañantes: mofongo, alcapurrias, bacalaítos, piononos y «ajrró» con habichuelas. Y es que un portorriqueño no puede vivir sin una habichuela. «¡Ave María, bendito, no!»

            Para beber tendrán todo el ron que puedan conseguir. «Don Q» y «Barrilito».

            Pueblos y ciudades se vacían, y las playas se convierten en un enjambre devoto al Santo Patrón de Borinquén. Un gentío que, con cada ola, revienta de alegría. Un faralao humano que recorre animoso y alborotado el litoral. Quizá, por el peso que hay en todo el borde, al centro de la isla le sale como un chichón, como un volcancito…

            Y el fiestón comienza al atardecer.

            No es algo tipo «tambores venezolanos», ni Malembe, Malembe, Malembe no ma, San Juan to lo tiene, San Juan to lo da. No. Aquello es más… es menos africano, menos antropológico, y más portorro: pura salsa y todo como más al alcance del cuerpo.

            A las doce de la noche, mujeres y hombres y niños se meten al mar de espaldas al horizonte y sin dejar de ver la costa. Lo hacen tomados de las manos y llenos de un alborozo y un frenesí realmente contagiosos.

            Cuando el agua les llega por las caderas… ¡zuásss!… se lanzan hacia atrás y se sumergen en ese mar helado y negrito. Y se incorporan al instante, sólo para volverse zambullir dos veces más. Ese es el ritual. Así, el oleaje le arranca a uno «los males del alma» y uno queda limpio y purificado. El agua… el más amoroso de los cuatro elementos.

            Lo de las manos agarradas, más que un gesto de unión y confraternidad, es para que  no haya nadie detrás y que sus penas y quebrantos, al ser arrastrados por la corriente hacia la orilla, no se tropiecen con uno, se nos metan por la espalda y se nos siembren en el corazón.

            También sirve para cerciorase de que no se ahogue ningún borrachito en ese escaso metro de agua.  Y es que eso puede ocurrir, pues el nivel de ron es demasiado alto a estas horas.

            De modo que todo el mundo entra al mar con fervor y sale de él «renacido». Borrón y cuenta nueva, y un año completico por delante para estrenar con la anuencia del santo.

            También se pueden arrojar «chavitos prietos», que son los centavitos en español, pues en inglés serían «pennies». Se tiran -siempre de espaldas a las olas- estilo Fontana de Trevi y se piden deseos.

            A la mañana siguiente la ribera amanece tapizada de moneditas, pero se dejan allí para que los anhelos se cumplan. A nadie se le ocurre recogerlas. Y el sol brilla en cada uno de esos sueños, resplandece en cada ilusión.

            Pero volviendo al momento en que uno sale del agua helada: es media noche y el viento lo traspasa, así que a seguir bailando y bebiendo ron alrededor de una de las miles de fogatas que iluminan la playa.

            Y si uno no toma ron, pues entonces se va para su casa, se baña con agua caliente, se zampa una sopita Campbell de tomate y se siente inmensamente dichoso por haber festejado a San Juan, a la portorriqueña, al menos una vez en la vida.


Manchitas de hígado, flores de muerto

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Mercedes Morreo Bustamante

In memoriam

Ella comprendió que había envejecido el día en que vio en sus brazos unas pintitas marrones y otras blancas, y luego posó su mirada en el typical corner. Sí, había llegado la hora de desmontar el typical corner. No se puede ser una señora de  “¡ay, pero qué bien te conservas para tu edad!” y seguir teniendo un typical corner en casa.

Pero antes debía preparar la pócima.

***

En una olla grande se colocan 250 gramos de ojitos de sapo, preferiblemente bien tiernitos. Sin ojitos de sapo no se puede hacer el bebedizo como es. A eso se le agrega –revolviendo siempre para que no se pegue- un puñado de colitas de alacrán, una pizca de bigotes de acure, alitas de murciélago al gusto, 4 tazas de baba de baba, una culebra albina (o rosada, según la estación) previamente picada en rolitos, dos claras de huevo de iguana batidas a punto de alud, y una cucharada copetona de maicina americana gran-producto-nacional para que se espese el cocimiento, para que coja consistencia.

Se le da un primer hervor y se espolvorea con telarañas deshidratadas, un pellizco de sal y un alarido de pimienta guayabita.

Se lleva a un segundo hervor y se le añade una docena de ciruelas pasas (si es que se prefiere laxante, si no, no). Se baja a fueguito lento y se tapa.

Mientras se cuece, uno puede cantar algo acorde a la ocasión. Algo así como “lunes, martes, miércoles 3, jueves, viernes, sábado 6…”

Pasa el tiempo… una hora… dos… nunca se sabe… y en lo que los ojitos de sapo floten y se lo queden viendo a uno, es que el brebaje está.

Se coloca al sereno (preferiblemente en el patio de atrás, debajo de la mata de guanábana, al lado del tío loco que siempre se desamarra) y, mientras se serena, uno se deshace de cualquier cosa pavosa en su vida… porque la pava arruina y envejece.

***

Así estaba escrito en el cuadernito amarillento de la abuela Dolores. Y así lo hizo.

Todo había empezado en su adolescencia, cuando su prima, la Embajadora, le había regalado una pipa tallada en Yugoslavia, porque había un país que se llamaba así. Era larguísima, pintada con mil colorines, con unos guindalejos, y en la punta, un huequito en donde se encajaba un cigarrillo. Sí, un cigarrillo incrustado, erecto, en aquella artesanía entre turca y coloniatovar.

¿¡Y qué hacer con la pipita!? Pues, nada… ponerla allí, en esa repisa… ahí en la esquina, que no molesta.

La Embajadora insistió de nuevo. Le trajo de Colombia un racimo de chirrompios con otros frutos disecados y unos maíces tiesos y unas hojas tostadas y unos cascabeles. Eso y que era buenísimo contra el maldiojo.  Ah, y del Japón, vino cargando con un potecito de aire enlatado del Fujiyama y una muñequita, que sonaba como una campanita acuática y alejaba los espíritus diabólicos.

Todo fue a parar a la encrucijada del folklore, al altar del arroz con mango, al templo del repelús.

Luego llegó el botuto, regalo de un pretendiente afortunado, con una lucecita de árbol de Navidad adentro y el cablecito verde que le salía por el rabito. Se enchufaba y cumplía la función de night light. Así se podía ir a hacer pipí a la medianoche sin necesidad de mayor iluminación y mejor gusto. Más nunca volvió a hacer pipí de noche. Finalmente, y por recomendación de un urólogo, el botuto glow in the dark fue al rincón en donde ahora había más anaqueles y más objetos causantes de escalofrío vertebral.

Estaban los escarpines peludos ideales para un peluche sudado; la concha de mar con la sirena bizca dibujada por un señor ciego y mocho, y que era una bellísima persona; la Divina Pastora de mazapán rodeada por ovejitas dulces y abrillantadas (todas con su capita protectora de Baygón, no fuera a ser…); el nacimiento quiboreño con su San José y la Virgen, el caracol y el buey; las maraquitas de piache famélico y las mini alpargaticas que decían:

                                                  erdo       Recu

                                                      e                    d

                                                  rita      Marga

            Ella lo botó todo. Es que no le tembló el pulso. Lo botó todo y, de inmediato, sintió un alivio, un fresquito en el alma, un noséqué como juvenil, libre de fardos y de ataduras; esa alegría y serenidad de saberse redimida de pesares, horripituras, zamuros y rebullones.

            ¿Y la pócima?

            Había cumplido su cometido. Darle suficiente valor para terminar con el pasado de un solo escobazo.

En “Fabricantes de Sonrisas”, Antología de Autores Venezolanos, Tomo II,

Compilación y fotografía Otrova Gomas, Ediciones GE, s.f.

 

 


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Este cuento me lo leí cuando tenía siete años. Fue en mi clase favorita: «Biblioteca», un miércoles luminoso en el Instituto Politécnico Educacional. No sé que fue del libro, pero la historia la sigo recordando con la misma melodía armoniosa que yo le puse al canto de las brujas (la de «Twinkle Twinkle Little Star») y el mismo desafinado «¡Domingo siete!» del niño comido.

A los siete años, al concluir la lectura, no me pareció que había sido muy apropiada para mi edad. “Pero bueno, hay que leer de todo», me dije. Millones de años más tarde, hojeando un libro muy serio sobre brujería, hechizos y demás, en una librería de ensueño y caché en Madrid, me tropecé con el capítulo dedicado a los aquelarres. Allí decía que cuando las brujas se reunían, cantaban exaltadas una canción que decía:

«Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

Avanzada la noche y una vez que eran poseídas por el espíritu diabólico, este canto se aceleraba, se atropellaba y se detallaba frenéticamente. Y entonces gritaban posesas: «lunes uno, martes dos, miércoles tres, jueves cuatro, viernes cinco, sábado seis». Y eso lo repetían y repetían y repetían hasta caer exhaustas alrededor de la hoguera.

Remata ese libro tan académico, que el domingo 7 jamás y nunca era invocado/evocado, pues ese es el día del Señor. Y nada más anticlimático e interruptus en medio de una barahúnda endemoniada.

Con razón se lo comieron…

Domingo 7 de junio de 2020, día de aquelarre infeccioso y coronavirus satánico. Si por casualidad alguien sabe el título de ese tratado tan grave, erudito, riguroso y minuciosamente documentado, escrito por un catedrático español de cuyo nombre no logro acordarme, favor avisar. Me encantaría leérmelo completico y la única referencia «bibliográfica» que puedo dar es que es un ejemplar amarillo, gordo y sin ilustración en la portada. No lo adquirí por razones de exceso de equipaje, pero sí le traje a mi mamá (una señora de ojos verdes, cara de hechicera y de apellido Cabruja), una figurita de porcelana marca Lladró. Era un bibelot bastante kitsch. Una brujita sentada, con su gorro picudo, su escoba, una arañita y un ratón. Y había una vez que llegó una sobrina a su casa… y se la quebró.


Última voluntad

CarolinaEspada / @carolinaespada

            «Róbense cualquier cosa, pero cójanse algo al menos una vez. Sólo así sabrán de qué están hechos y de qué serán capaces en la vida. Y me hacen el favor y le dicen a su papá y a su mamá, que no me vayan a mandar a pintarrajear toda y que me entierren con este sacapuntas».

            Eso dijo la abuela Constanza segundos antes de morírsele -sin melodramas, ni espasmos, ni estertores- a sus cuatro nietos atapusados de chocolate, que ya estaban acostumbrados a las ocurrencias de la viejita.

Ilustración: @rchovet

            Afuera, en el pasillo, su nuera María Teresa se quejaba como siempre:

            -Argimiro, tú sabes que a mí nunca me ha gustado que los niños se queden a solas con tu madre. Ella los atraca de dulce y les suelta cada disparate y cada barbaridad.

            -Marité…

            -«Marité» nada, Argimiro, que después los muchachos comienzan con el dolor de barriga y la preguntadera.

            -Déjala, Marité, que la vieja se me está muriendo.

            Y ahí salió Argimiro José del cuarto:

            -No, papi, ya la abuela se murió.

            Argimiro se deshizo en lágrimas. María Teresa quiso matar a su suegra (pero ya era demasiado tarde), cuando Teresita, la menor, le contó lo de la robadera. Y nadie entendió lo del sacapuntas verde -viejísimo- en forma de aeroplano.

***

            Lucas Martínez llegó a la escuela con el pelo engominado, un bulto nuevo y un sacapuntas increíblemente novedoso. Corría el año de 19…algo y la abuela Constanza era una niña de cinco años con trenzas, lazos y una pantaleta en el morralito por si se orinaba. Previsiones innecesarias de Doña Organdí, la mamá de la abuela Constanza, que nunca -nunca- se orinó.

            Y allí estaba Lucas Martínez, a su lado, en la mesita redonda, sacándole punta a todos sus lápices que ya estaban afiladísimos ¡y es que ese aeroplano verde era todo un espectáculo!

            La maestra Dolores llamó a Lucas al pizarrón para que escribiera cinco palabras que empezaran por Be.

            Burro. Bueno. Bote. Bolver…

            -¿¡Bolver, Martínez!? ¿¡Con Be de Borrico!?

            Y mientras Lucas borraba olver, Constanza, en un impulso y una irracionalidad desconocida, hizo algo que jamás había hecho antes: se cogió el aeroplano verde que sacaba punta por el culito.

            Bandera. Berengena.

            -¿¡Berengena con Ge, Martínez!? ¡Berenjena con Jota de Jumento!

            Y ya el sacapuntas estaba enrollado en la pantaleta.

Lucas volvió a su puesto y para la abuela Constanza los minutos se convirtieron en siglos. No podía creer lo que había hecho. Le aterrorizaba imaginar que Lucas se percatara de la desaparición del aeroplano y que la maestra Dolores ordenara una revisión de bultos y morrales. Pero Lucas estaba entretenido pateando a Nicolás y a Bernabé por debajo de la mesa. (Varones…).

            Terminaron las clases y, de regreso a casa, de la mano de su madre, la abuela Constanza no levantaba la vista del piso.

            -Mi amor, ¿qué te pasa?

            -Nada, mamá, que voy viendo el camino de las hormiguitas.

            Y sintió como su carrera delictiva se iba acelerando: primero, el robo; ahora, la mentira.

            Al entrar a su cuarto no supo dónde ocultar el sacapuntas del suplicio. Desde el preciso momento en que logró llevárselo del colegio comprendió que nunca tendría el valor de sacarle punta a nada.

            ¿Y si se lo devolvía a Lucas al día siguiente? Eso hubiera sido lo más honorable, digno y decente, pero ya tendría fama de ladrona por los siglos de los siglos amén y si su papá, el Profesor Semprún, se hubiera enterado, no se lo hubiera perdonado nunca.

            -¿¡Una hija mía!? ¡Una hija mía, por Dios!

            Y es que el Profesor era un hombre honrado y de palabra. Un ser fundamentalmente bueno.

            Así vivió la abuela Constanza, con aquella mortificación y aquel arrepentimiento. Cada vez que se mudaban, y después, cuando se casó, se llevaba consigo el objeto de su pecado y lo escondía muy bien. Su consuelo: saber que sería incapaz de robarse otra cosa hasta el fin de sus días. Nunca más cometería una acción tan innoble y deshonrosa. Entendió que, lo sucesivo, sería una mujer de bien, merecedora de toda confianza y todo respeto (aunque tuviera esa mancha y ese secreto en su pasado).             Entonces la enterraron como ella quería y la abuela Constanza, que no había podido vivir con esa vergüenza en la vida, ahora, a lo mejor, podría morir con esa misma vergüenza en la muerte y encontrar a Lucas, devolverle el aeroplano y pedirle perdón.


Carolina

con una estrella en la frente

Aquiles

CarolinaEspada / @carolinaespada

Pierre-Auguste Renoir

            Esa fue la dedicatoria que me escribió Aquiles Nazoa en mi cuaderno de primer grado. Había ido a mi colegio para hablar de cosas muy interesantes como a dónde se va la luz cuando se apaga el bombillo, por qué el pez volador puede volar, qué le pasa a un camarón cuando se duerme y por qué cuando un burro rebuzna parece que estuviera suspirando.

“¿Quién tiene la estrella en la frente, mamá, Aquiles o yo?”.

Un mes más tarde mi mamá se lo contó el día en que lo fuimos a conocer a su casa en Vista Alegre.

“¿Qué le parece, señor Nazoa, la pregunta de Carolina?”.

Y Aquiles me vio como si fuera un filósofo griego mirando a un colega suyo en el ágora de Atenas. Allí mismo nació nuestra amistad.

Aquiles le puso unos sombreros con flores de tela a mi mamá, a mi madrina y a María, su esposa amada, y las señoras se quedaron en la sala haciendo la visita. A mí me llevó para su “cueva”, el lugar en dónde escribía. A mis seis años recién cumplidos, eso fue como entrar en el huevo de un avestruz, no había paredes, todo era ovalado. Como si estuvieran suspendidos en el espacio, allí había muñecos de trapo, papagayos, avioncitos y barquitos de papel, dibujos de colores, varios caleidoscopios, una bolsita de metras y otra de yaquis, monedas de chocolate, una foto del Ratón Pérez, libros y más libros, papeles amarillos y unos patines. “¡Debe ser multimillonario!” pensé, pues nunca había visto tantos tesoros juntos.

Le conté que siempre lo veía en “Las cosas más sencillas”, en el canal 5, pero que al final siempre me quedaba dormida porque era muy tarde.

“Entonces me llamas y yo te cuento cómo terminé el programa”.

Y así comencé a hacerlo y Aquiles me contaba con detalle qué había pasado con la manzana de la discordia, el juicio de Paris y el triunfo de Afrodita, y que si Hera y Palas Atenea se habían quedado muy enfurruñadas, porque esas diosas tenían muy mal carácter. Y que otro día me contaba todo sobre Helena de Troya (bellísima esa muchacha, por cierto), y una guerra ahí y un soldado que se llamaba como él y un tal señor Odiseo -hombre muy astuto-, ¡y que no se le olvidara Homero, que era un poeta!

Una tarde cualquiera, que se convirtió en única y luminosa, él fue quien me llamó y me leyó un poema que me había escrito. “Carolina en el jardín”, el más precioso regalo para una niña feliz que aún no había cumplido los siete años. ¿Sabían que Aquiles sonaba a papelón, anís, jengibre y queso blanco ralladito? Una golosina criolla que muchos llaman alfondoque; otros, “dulce de pobre”; y yo, “la voz más sencilla”, porque para mí, “sencillo” era maravilloso.

Y allí estaba él del otro lado del teléfono, que ya no era un teléfono. Eso se había convertido en dos vasitos de papel con un pabilo, pero en vez de pabilo era un hilo de plata. Así es como se comunican los poetas con los niños.

“La señorita Carolina

salió hoy domingo a pasear

por un jardín de flores francesas

donde vive el señor Renoir

La señorita Carolina

levemente vitral y Miss amor

anda vestida de jazmines

y remembranzas de jabón de olor

Y va del brazo de este domingo

aquí un color y una música allá

despertando súbitas mariposas

unas de sombra y otras de luz al pasar

La señorita Carolina

muy pamela y ajuar floricultor

va dentro de una jaula de violetas

señorita de cuadro bajo su quitasol

La señorita Carolina Espada

ilustra como a un libro de estampas el jardín

junto a los abedules es dorada

y bajo la cenefa de las rosas, carmín

Y cuando el varillaje de los árboles

anega sus cabellos de luz dominical

de las pestañas de Carolina

sale volando un pajarito de cristal”.

            Dicen que murió un 25 de abril. Yo no lo creo, porque ese día no aparece en mi calendario.

Mi Ávila no llora, Aquiles, aunque a veces llueve en la ciudad.

17 de mayo de 1920 – 17 de mayo de 2020Centenario del natalicio de Aquiles Nazoa


De mujer a mujer

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Los hombres sólo sirven para dos cosas y una, es destapar frascos.

            Eso es lo que siempre dice mi amiga Malola tras cada revés sentimental. Añade que ya no hay muchos varones disponibles y que, los pocos en existencia, lamentablemente son demasiado precarios.

Ilustración: rchovet

            ¡Es que ya no los hacen como antes!

            Yo trato de hacerle  entender a  Malola que  sujetos con  bolitas abundan -tal y como han proliferado siempre-, pero que lo que pasa es que ahora se quedaron sin circunstancias.

            ¿¡Cómo es la cosa?!

            Mira, Malola, Ortega y Gasset lo escribió clarito: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo a mí»…

            Ay, no, que no estoy de humor para intensidades filosóficas, pónmela facilita, ¿quieres?

            Malola, cuando tu abuelita se casó con Don Pocho sabía bien que tu abuelo era un señor bastante putañero, un tanto borracho y sin el menor sentido del humor. Una verdadera piña, Malola. Pero él le resolvió a tu abuela el quince y último por más de cuatro décadas; hacía gala de ciertas nociones de carpintería y albañilería; se entretenía por las noches matando las ratas del patio con su escopeta, y nunca le pegó ni eructó en la mesa.

            Y tu mamá también se casó con tu papá y con sus circunstancias. Seamos realistas, al señor Peluche toda la gente lo llama así no porque sea peludo, sino por bueno, por gordo, por blando y por ser absolutamente innocuo y aburrido. Será tu papá, Malola, pero él duerme hipopótamos en remojo del puro fastidio y es incapaz de despertar una loca pasión. Y en cuanto al sentido del humor, digamos que no tiene mucho porque es bastante caído. ¡Pero allí están sus circunstancias para hacerlo portentoso, único e imprescindible para tu mamá! Él nunca la ha dejado cargar ningún peso en la vida (desde un bombillito de linterna hasta una compra nerviosísima en el mercado); la lleva y la trae para todas partes, y la espera en el carro tranquilito leyéndose el Quijote; y no hay lo que no le explique y con aquella paciencia: «No, Agreste, los pingüinos no son focas; en Venecia no hay gandolas, mija, son góndolas; ‘la diabetes es una enfermedad grave, nunca esdrújula’, como dijo el Profesor Rosenblat».

            Y entonces llegamos a ti, Malolita: tú y tu fase de apareamiento en este siglo XXI tan acontecido. A diferencia de tu mamá y de tu abuelita, tú estudiaste, te graduaste, hiciste una maestría, trabajas y ganas más real que la mayoría de los hombres que te rodean. Solita instalaste tu computadora, el modem, el wifi y todos los cables de colores bien trenzados como si fueran crochet; también cambiaste la conexión del teléfono sin ayuda y con apenas un pequeño corrientazo (al que tú definiste como un «golpe de testosterona» y te gustó, ¿o lo olvidaste?). Tú le pagas al mecánico, al pintor, al plomero, al electricista. No estás obligada a casarte con ellos, ni a cocinarles calamares rellenos a la Bombay a medianoche, ni a lavarle los interiores, ni a padecer sus cirrosis y enfisemas. Tampoco te calas sus ronquidos y ventosidades. Les pagas y ya.  Tú sabes karate, judo y tortura china. Tienes una pistolita a buen resguardo, reja en tu apartamento, abogado sanguinario y un dóberman patriaomuerte a tus pies. ¡Tú eres dueña de un arsenal de insecticidas y afines para defenderte de tu única fobia! ¡A ti te conocen como la Reina de los Taxis Privados siempre a tu disposición! ¡Tú gozas de una laptop Mac y un iPhone que te conectan con el sistema planetario! ¡Y tienes a tu Google bien amado para lo que sea y a la hora que quieras! ¡Tú no dependes de nadie, Malolísima! ¡Te bastas y te sobras en la vida! ¡A ti ningún hombre te va a venir a marear, a seducir y a embaucar con sus circunstancias!

            ¡Pero es que yo no quiero circunstancias, yo lo que quiero es a uno ahí que me amapuche bien sabroso, me admire y me respete!

            ¿Nada más?

            Bueno, que tenga un gran sentido del humor y duerma pegadito. Y que sea leal, fiel, solidario, honesto, trabajador, responsable, puntual, divertido, tierno, detallista, generoso, apoyo-incondicional, tremendamente culto, muy inteligente, bondadoso, caritativo, súper aseado, que no tenga ningún vicio, que sea muy buen bailarín y que no se canse nunca. Y que hable mínimamente inglés y de repente, italiano y francés. ¡Y tiene que cocinar todos los días tipo gourmet, y la boca siempre le debe saber a canela, y que cuando sude huela a jabón! Ah, y que le gusten los perros, los niños y el chocolate; asuma la vida con valor; se acueste temprano; use medias y colonia, y que me quiera. Sobre todo eso, que me quiera.

            Tá difícil, Malolita…

            Ahora estoy saliendo con uno ahí que se me autodefinió como Hombre Sensitivo del Nuevo Siglo.

            ¿¡Hombre sensit…?! ¡¡¡JajaJajaja!!! ¿¡Y como qué vendría siendo eso?!

            Muérete que no sé…

            Yo lo único que te digo, Malola, es que para tu cumpleaños te voy a regalar un aparatico fabuloso que me compré ayer. Es un sustituto masculino que a ninguna mujer le debe faltar. Lo usas y te da así como… como seguridad, dominio, fuerza, control y un placer que ni te cuento.  Yo ya no podría vivir sin él. Uno se lo pone a la tapa de un frasco y -chúquiti- te la abre facilito.

            Porque en el siglo pasado decían que y que «los hombres son de Marte»… No sé. Pero las mujeres y la tecnología somos una maravilla.


La conseja

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Fernando Valera Rivas

¿¡Cómo es que un nieto mío tiene 19 años y todavía no ha conseguido novia?! ¿¡En serio, mijo!?

            Sí, abuelo.

            ¡Adiós caraj! ¡Agarre papel y coja ahí ese tocón de lápiz paque apunte, mire yo ya estoy en peligro de extinción! ¿¡No digo yo!? Mire mijo, la vida es como la mar y las mujeres, como los pescaos y una que otra guabina. Usté lo primero que tiene que hacer es lanzar una nasa.

ilustración: @rchovet

            ¿Una qué?

            ¡Ah, baile! ¡Usté sí que está desinformado! ¡Pele por el diccionario, carrizo!

            «Nasa: arte de pesca que consiste en un cilindro de juncos entretejidos, con una especie de embudo dirigido hacia adentro en una de sus bases y cerrado con una tapadera en la otra para poder vaciarlo; manga de red ahuecada por aros de madera que…» No entiendo, abuelo.

            No, que va a entender, mijo querido, si ya le estoy viendo la cara. Mire, usté no va a salir de zafrisco a  pescar una sardina con un arpón. No. Usté va y tira una nasa, una malla, una cesta o un poco de anzuelos con bastante carnada. Tarde o temprano algo cae.

            ¿Entonces las mujeres…?

            Son igualitas a los pescaos. Usté mueve el anzuelito y eso va y pica seguro, así que no se me desespere. Y entonces, una vez que pique una, usté se tiene que poner galante y embustero. Usté, a la señorita esa, le hace creer que ella es la única, la más grande, la más maravillosa, y le dice que usté hace lo que ella diga, lo que ella quiera, mande que yo obedezco. Y también le dice la palabra «siempre».

            ¿»Siempre»?

            «Siempre». Eso de «para siempre», «para toda la vida», «eternamente»… eso les encanta. Y pone musiquita de fondo y media luz y ojos de carnero y le jura que la ama, la admira y la respeta… anote ahí y apréndase eso que es bien importante.

«Amor, admiración y respeto».

Así es. Usté le dice eso a una dama y ahí mismito se le derrite. Y también dígale que usté es su esclavo y que daría la vida por ella.

            Pero eso no es verdad, abuelo.

            ¡Claro que no es verdad, mijo! ¿¡Qué va a estar siendo verdad!? Pero eso es lo que las mujeres quieren oír. ¿A usté qué le cuesta decírselo?

            Nada…

            ¡Ahí está! Pero cuidao exagera, porque ellas serán mujeres, pero no son tontas. Mucho cuidao, pues. Porque si creen que es mamaderita de gallo ahí mismito lo dejan entendiendo.

            Oquei.

¡Y tampoco las acoquine y las tupa, porque entonces se asustan, pobrecitas!

            ¿Y qué más, abuelo?

            Ah, que usté va y se pone espléndido y regalón. Pero no vaya a salir a darle unas rosas y una caja de chocolates.

            ¿No?

            ¡No! Eso es cosa de las novelas esas que ve su mamá en la televisión. En la vida real, a lo mejor la muchacha es alérgica o está a dieta. Así que usté tiene que aprender a oír y a ver.

            No entiendo, abuelo.

            Ya van dos, mijo… Mire, que usté oye a la muchacha y ella va y le dice por ejemplo: «Yo colecciono medias de colores con dibujitos» ¡y es que no ha amanecido cuando ya usté está en la tienda comprándole un parcito! Pero tiene que saber oír y tiene que ver. Mírele bien la patica a la joven. Cómprele sus medias del tamaño y numerito que son. ¿Me va entendiendo, mijo?

            Sí, abuelo.

            Bueno, y cuando a la niña esta le brillen los ojitos y caiga como un mango loca de amor por usté  -y si es que usté la quiere conservar, porque vio que la cosa es en serio- entonces deje que ella lo cambie.

            ¿Qué me cambie?

            Completico, mijo. ¿Usté cree que yo me compré esta guayabera color petunia? Estas son vainas de su abuela.

            Pero… ¿qué me cambie cómo?

            Todo. La ropa, el corte de pelo, los horarios, los gustos… todo. Y es que resulta que, cuando nosotros los hombres nos enamoramos, nosotros queremos que las mujeres se queden así, igualitas. En cambio ellas vienen y se enamoran de uno, y después nos componen, nos arreglan, nos mejoran, nos visten, nos desvisten y nos ponen más bonitos. Porque ellas nos quieren en la medida en que uno pueda ser otro… ese otro que ellas quieren.

            Ay, abuelo, yo no entiendo.

            Entonces enamórese, muchacho, y déjese querer.


¿Y el lobo?

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Lila Vega Scott

Un buen día, Caperucita Roja cumplió dieciocho años. Todo seguía más o menos igual. Continuaba con su mamá, allá en la casita de la pradera tupida de margaritas y uno que otro cardo. Su abuela, más incorregible que nunca, insistía en vivir en lo profundo del bosque, en un lugar en donde, por tanto pino y secuoya, apenas si llegaba el sol. ¡Ay, la Mamina, allá solita con sus nostalgias, sus fotos sepia y sus manías -tan bella- esperando sus buñuelos de nata y crema cada semana!

ilustración: @rchovet

            Pero hete aquí que una buena tarde llegó un novio al cuento; uno gentil, con una casaca verde esmeralda y que llevaba a Caperucita a pasear por el reino cercano. Y todos vivían muy felices (tal y como se esperaba de ellos).

            Una mañana, un gorrión mensajero trajo carta de la abuelita. Tenía antojo de dulcito y ya no le quedaban buñuelos. “Hija querida: pregúntale a Caperucita si, en vez de venir mañana con su pretendiente, ¿no me los podrá traer hoy?”.

            Hoy mismo se los llevaría, pero… ¿a qué hora? ¡Tenía tanto que hacer antes de la fiesta del palacio! ¡La Bella Durmiente (quien desde hacía tiempo sufría de insomnio y tomaba pasiflora) y su esposo, el Príncipe Azul, anunciaban el compromiso de su primogénito con una ranita encantada! ¡A la medianoche: un beso, un estallido de nube con escarcha rosa y ella se convertiría en doncella encantadora! ¡Eso había que verlo! ¡Y habría fuegos artificiales y pastel!

            Entonces: ir a la peluquería de Rapunzel; recoger el vestido en el atelier de El Sastrecillo Valiente y, antes de que su novio llegara en la calesa de cristal, volar a la casa de la abuelita en pleno atardecer. Veloz. Bendición, Mamina. Buñuelitos y chao. Podía hacerse. Podía hacerse si tomaba el atajo. Y el atajo tomó. Pero lo tomó con la voz de su madre retumbándole en cada tronco, en cada rama, en cada hoja: “Caperucita, nunca vayas por el atajo, por lo que tú más quieras, siempre vete por el camino largo. El Cazador, en la taberna de Don Pulgarcito, estaba comentando que por ahí ronda un lobo violador. Caperucita, cuidado…”.

Una lechuza ululó.

            Caperucita nunca llegó a casa de su abuelita. Mamina, preocupada, tomó su bastón florido y una linterna, y salió a buscarla. El novio y la mamá también la estaban buscando. El Cazador los acompañaba silenciando su angustia. Habían pasado horas, el festín del castillo ya había comenzado y ellos tenían un presentimiento atroz. En la oscuridad escucharon los sollozos y encontraron a Caperucita, todo un despojo ella, embojotadita en su caperuza vuelta jirones, allá sobre el puente del lago de los Dragones Dormidos.

            Y dijo Caperucita: “No me vean, no me toquen, fue por mi culpa, no he debido de tomar el atajo y el lobo violador…” y ahí estalló en el más desconsolado de los llantos.

            Y dijo la Abuelita: “No, mi vida, la culpa es mía, yo me he tenido que esperar hasta mañana, cuando tú ibas a venir con el joven aquí”.

            Y dijo el-joven-ahí a la mamá de Caperucita: “La culpa es suya, señora Roja. A Caperucita se le ha ido toda la vida llevándole confites a la abuela. Justamente hoy, que su hija tenía la ilusión del festejo real, usted muy bien ha podido hacer una excepción, agarrar la cestica con los dulces y llevárselos a su madre, a quien usted no va a visitar nunca”.

            Y gritó la mamá: “¡Ah! ¿¡Pero ahora la que tiene la culpa soy yo!? ¡Tú muy bien has podido llegar más temprano y acompañarla y protegérmela! ¡Pero claro, seguramente se te hubiera arrugado tu levita de terciopelo verde!”.

            Y concluyó el Cazador: “No, la culpa es mía. Desde hace mucho tiempo he tenido que matar a ese lobo violador”.

            Todos estaban deshechos por el dolor y por la culpa. Tan afligidos que enmudecieron. Pensaban que no podrían volver a sostenerse la mirada nunca-jamás. Entonces, hubo un burbujeo y una luz en lo más hondo del lago. De allí emergió un hada transparente y brillante, que cabalgaba en el lomo de un dragón somnoliento.

            Y el hada dijo: “La culpa la tiene el lobo”.

            Y, sin más, hada y dragón se sumergieron nuevamente en las aguas.


Divorcio en la octavita

Carolina Espada / @carolinaespada

Doña Ceci no siempre fue una mujer tipo doñita. No. Hace sesenta años era una jovencita recién casada de lo más circunspecta y con grandes deseos de hacer las cosas bien. Antes de contraer nupcias con Ildefonso, había sido siempre la Virgen María en los actos de Navidad de su colegio de monjas; madrina del equipo de fútbol –ultra exclusivo de la high– de su hermano Rodolfo; y Reina de Carnaval en el Club fundado por su abuelo Papapín y por su tío Juanchón. Pero a los diecisiete años había conocido a Ildefonso y aquello fue amor a primera vista sobre la urna. Sí, sobre la urna. Había muerto la tía Muñeca e hijos, nietos, bisnietos y todo el cuerpo diplomático se habían apersonado en el velatorio. El marido de la tía Muñeca, Don Tom, era embajador e Ildefonso, que era nuevo en la Cancillería, había venido a presentar sus respetos. Presentación de respetos y petición de mano pocos meses después.

Ilustración: Carolina Espada

La boda fue un espectáculo. ¡No había diccionario de sinónimos capaz de describir la atmósfera de elegancia, refinamiento, distinción, gracia y encanto que reinó en los esponsales! Luna de miel en París, bien sûre. Ceci e Ildefonso eran la pareja más-bella-más-bella que se podía imaginar.

La vida de casada le reservaba sorpresas a la novel y perfectísima “Señora De”. Una que no le gustó es que ahora no veía tanto a su media-toronja. Pero es que el trabajo en la Cancillería era muy exigente e Ildefonso, tan ambicioso él, quería hacerse in-dis-pen-sa-ble. Pasaron dos años de felicidad doméstica y de muchas noches, íngrima, leyendo “Selecciones”. Entonces llegó un Carnaval. Su esposo le había prometido que en este sí se iban a disfrazar –él de Pierrot y ella de Colombine– e irían al Club… pero un compromiso i-ne-lu-di-ble con la Embajada de Suecia hizo que Ildefonso, una vez más, cancelara todos los planes.

A Ceci le dio algo así como una ebullición. Para estupor de Salgado, el chofer de la casa, ella le quitó las llaves del carro y se fue manejando. ¡Ella sola! Horas más tarde regresó con un paquete, no le devolvió el llavero al conductor y lo despachó con un: “¡Ay, Salgado, qué rigor, es fiesta, acábese de ir y vaya a celebrar con su familia!”.

Esa noche, a golpe de nueve, Ceci salió disfrazada, pero no de Colombine, ni de Sevillana, ni de Reina de Saba, sino de Negrita. Negra Cucurumbé. Cara embadurná, bemba colorá, peluca de chicharrones con lacitos, argollas verde perico en las orejas; collares, pulseras, guantes y sortijas de vidrio; zapatos plateados de tacón y un vestido forrado, apretadísimo y –francamente- bien vulgar.

Ceci por supuesto que no se fue para su Club (¡dígame si sus primos, Totón y Nené, la reconocían!), sino que enfiló el Lincoln hacia otro, uno en donde no asistía la gente decente; uno más bien… popular.

Y es que no bien había entrado cuando sintió una mano que le agarró una nalga –y no se la soltaba- y oyó una orden: “¡Vamos a bailar!”. Ceci enmudeció: esa mano que la asía con fuerza estaba conectada a un brazo que pertenecía a un señor que era su marido. “¡Ildefonso!” por poquito exclamó, pero no pudo.

¡Qué manera de danzar, Dios mío! ¡Ceci ciertamente no le conocía esa cadencia a su partenaire! ¡Y aquella apretadera! ¡Ildefonso cosquillas, pulpo, tentáculos, succionador! (¡¿Pero en dónde había estado este hombre durante todo ese tiempo?!). El momento cumbre llegó luego, en la oscuridad del jardín, recostada a una mata de jabillo que le puyaba la espalda. Concluido el acto, Ildefonso la dejó entendiendo. Ella se fue no sin antes ver hacia atrás. En la barra estaba su esposo celebrando la hazaña y cayéndose a palos con unos amigotes.

En la madrugada Ildefonso finalmente regresó al hogar con cara de Embajada de Suecia. En el sofá de la sala, pierna cruzada y fumando, encontró a una negrita que le dijo: “¿A que no me conoces?”.


Culture

(un petit peu)

Carolina Espada@carolinaespada

A Joannie Slattery-Burke

            Cuando el Príncipe Manuk de la Costa de Marfil hizo entrada en su cocina, ella supo que estaba a punto de perder la virginidad.

ilustración: @rchovet

            Gracielita había llegado a París casta, pura, pulcra y herméticamente sellada al vacío. Tenía 18 años, estudiaba Civilización Francesa en la Sorbona y danza moderna en la Cité Universitaire. Un día sí y uno no, iba al mercado de Alesia a comprar pollo, zanahorias y vainitas: poulet, carottes et haricots verts. Siempre la même chose… pero esa tarde había visto un enorme repollo morado en uno de los anaqueles de arribita y le provocó.

            Pero… ¿cómo se dirá repollo en francés?… Bueno, si pollo es poulet, repollo tiene que ser repoulet.

            Bonjour, madame, un repoulet, s’il vous plaît…

            Tras minutos de desconcierto y xenofobia, la verdulera chillona terminó restregándole el repollo en la cara: Chou!!! Chou!!!

            Ah, la cosa se llama chou.

            Y allí estaba Gracielita, en la cocina colectiva de la residencia internacional para niñas decentes, con su delantal lleno de torres Eiffels,  picando el repollito, cuando entró Veronique, la nigeriana, y anunció: ¡Chicas, paque conozcan a Manuk!

            Y él entró. ¡¡¡ÉL!!! Nada más bello, distinguido, elástico, atlético y brillante. Una estatua olímpica africana, pero vivito y palpitando. Era perfecto, como de mentira y fotografía, con aquella mirada fulminante, una sonrisa Listerine y un collar criselefantino full colmillitos de pantera.  Roarrrrrrr, casi rugió Gracielita con un parpadeo en la castidad.

            Eso tiene que ser un príncipe. No puede ser otra cosa. Esto tiene que ser una alteza real de una tribu en donde todo ser viviente anda postrado por él.

            Y Veró hizo las presentaciones: El Príncipe Manuk.

            ¡¡¡Ajaaá!!!, estuvo a punto de gritar Gracielita, pero se controló, ¡qué iba a decir su majestad!

            Todas las jóvenes se pusieron en fila para hacerle los honores al futuro monarca. Y ella se quedó de última, con un temblor en las piernas, unas cosquillitas en las trompas de Falopio y el repollo bien abrazado sobre su corazón.

            Manuk, galante y aristocrático, las fue piropeando con bellezuras exóticas propias de su reino.

            A Germaine, la libanesa, le dijo: Tabou zahebré mankano boundiafali touba.

            Veró tradujo: tu cabello es como la sangre del chacal brillando en la oscuridad.

            A Gül, la turca: Ferékéfougou tafire soba korhogo bako.

            Tus pestañas de elefante son la brisa fresca en la espesura.

            A Joannie, la gringa: Dabakala bouake mbahiakro bereby.

            Posees el humor y alborozo de un chimpancé retozón.

            Y el Príncipe las hechizó a todas: Christine, cocodrilo sereno; Anne, hiena picarona; Sabrina, serpiente misteriosa… y finalmente se plantó enfrente de Gracielita. ¡Ay! ¿¡Qué animalito le iría a tocar!?

            Buyó Ouangolodougou-kong touba sequela bouna Bassam Niagbo Gnabo, ¡oh!, sassandra lahou zuénoula mamungo abidjan ledi tiassele divo Ouangolodougou-kong.

            Cuando el Guerrero-cazador retorna de la búsqueda infructuosa del Gran Rinoceronte Blanco, ¡oh!, no hay nada mejor que las anchas caderas de una pequeña mujer para el reposo del Guerrero-cazador.

            Ahhh-JÁ, exclamó Gracielita y el repollo se le cayó.

            Manuk, prendado, la invitó a tomar un kir en el bar más cercano y ella, seducida, supo que esa noche le diría adiós a su doncellez para sumergirse en el mundo alucinante del safari del rinoceronte albino.

            Él, esa balumba de músculo negro oloroso a azahar que la hipnotizaba con cada palabra, le estaba hablando de música en la patica de la oreja y ella sólo atinaba a pensar en la carta que escribiría: «Querida Mamá: No vuelvo, me voy de princesa para la Côte d’Ivoire con mi guerrerote Mamungo».

            Ma musique favorite est le jazz.

            ¿¡Te gusta el jazz!? ¡A mí también, mi rey! ¡Tengo discos de Scott Joplim, Duke Ellington, Louis Armstrong, Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Bessie Smith! ¿Qué oyes tú?

Lesancdjcsón…

            ¿¡Quién!?

            Lesancdjcsón…

            Je ne comprends pas…

            Les 5 de Jackson…

            ¿¡Los 5 de Jackson!? ¡¡¡¿The Jackson Five?!!!

            Oui!

            ¿¡¡¡Jazzzzzz!!!?

            Mais oui!!!

            Y a Gracielita se le encurrujaron las caderas y todo le dejó de latir.  Nooooooo… es que uno no puede hacer el amor sin culturita. Sin culturita la pasión es sencillamente impenetrable. Pas possible, mon petit chou.

            A la semana, Veronique llevó a un primo suyo que sí sabía de melodías y de culturalidades. Mucho Harvard y mucho Cambridge, pero con el nombre no se podía: Festivity Mwebete.

            Monsieur et Madame Mwebete… No, no, no, no. Y, meses después, vuelta a la patria con un diploma, un baúl lleno de libros y toda su virginidad a cuestas.


Las cadenas de Nerón

Carolina Espada. @carolinaespada

Con un padre masón y una madre atea, revolucionaria y romántica, era muy poco lo que Carlos Eduardo sabía de la Biblia, del cristianismo, de las cuentas del rosario y de la palabra de Dios. Estudiar en un colegio laico, tampoco ayudaba para nada. Así que Carlos Eduardo decidió informarse a punta de películas. Sí, cada Semana Santa, pasaba horas viendo filmes de embatolados en la televisión.

Ilustración: @rchovet

Claro, que por culpa de los programadores de los canales, los conocimientos religiosos de Carlos Eduardo terminaron siendo un verdadero pasticho con frutilupis. Entre Jesus Christ Superstar, el Manto Sagrado y Charlton Heston abriendo el Mar Rojo, siempre ponían «Jasón y los argonautas a la búsqueda del Vellocino de Oro»; «Ben Hur», que era impepinable; y una cinta de otro gladiador forzudo que, como era doblada en España, había que aplicarle el slogancito de «Rootes»: se escribe «Maciste», pero se pronuncia «Mazzziste». Rarísimo eso que un combatiente aceitado y lustroso se plantara frente a dos engrasados musculosos y les espetara: “¡Ala, gilipuertas, que os he estado esperando para pegaros un sopapo y unas cuantas ostias!”.

No era raro que a Carlos Eduardo se le confundieran los milagros de Cristo con las metamorfosis de Zeus. ¿Y qué decir de las tentaciones en el desierto, la manzana de la discordia, Herodes y los niñitos con pésima suerte, Afrodita, Hera y Palas Atenea? Una vez hasta pusieron un especial sobre «Las Meninas» de Velázquez y, desde entonces, Carlos Eduardo pensaba que junto al salón en donde posaba la Infanta Margarita, debía estar el comedor con los convidados a la Ultima Cena. «Es que tienen la misma luz…».

Pasaron los años, el papá de Carlos Eduardo siguió en su masonería; la mamá continuó como Buñuel: «atea, a Dios gracias», y Carlos Eduardo nunca se cansó de ver a los 12 apóstoles, los 10 mandamientos, las 7 plagas de Egipto y los 7 pecados capitales, los 4 jinetes del Apocalipsis, las 3 virtudes teologales y demás numeritos.

Pero una buena Pascua Florida llegó un Jueves Santo y en la tele no pusieron a Jesucristo con sus buclecitos, ni al otro lavándose las manos, ni a María Magdalena pura lágrima, melena y escote. Es que en ningún canal pasaron algo a propósito de la ocasión. Ni siquiera repitieron la hagiografía de Santa Rosa de Lima (que era una fija todos los años y a quien Carlos Eduardo, por cariño y por el exceso de confianza que dan las reposiciones televisadas, ya le decía: «la boba de las rositas»). Nada… en vez de religión lo que transmitieron fue un programa sobre la vida de Nerón Claudio Druso Germánico (Nerón para la vox populi).

Resulta que este emperador reunía a todos los aristócratas y beautiful people de Roma en un anfiteatro y, durante hoooooraaaaas, cantaba, actuaba, declamaba, danzaba, recitaba y tocaba diversos instrumentos musicales. Un día se disfrazaba de Baco, dios de la fertilidad y del vino, inspirador de la locura ritual y del éxtasis, con un copón de oro en la mano, una corona de hojas de parra y un racimo de uvas en la oreja izquierda; otro día, de Neptuno, señor de las aguas y de los mares con un enorme tridente de plata, y entraba a escena parado sobre dos caballos blancos mansitos: un pie sobre el lomo de uno y un pie sobre el otro. Para veladas sumamente especiales personificaba nada más y nada menos que al máximo de los dioses, a Júpiter, y se trasformaba mil veces en escena, que si era un cisne o un toro o un águila o una lluvia dorada. Lo de la lluvia -creación suprema de unas hilanderas ciegas de Dalmacia- era el propio rapto, mas no, el de las sabinas. Cuentan que tanto los nobles como el ejército se escandalizaban con las representaciones de dramas religiosos hechas por Nerón, pero que nadie decía nada. Ni pío. Pium non dictus est.

¿¡Y qué iban a decir!? Todo el mundo estaba en la obligación de ir al hemiciclo, sentarse calladito, sonreír admirado ante tanto talento de tan larga duración y, al final, aplaudir con forzado frenesí. No se aceptaban las excusas: «que hoy no puedo porque me llega una tía de las Galias», o «tan pronto sacrifique el cochinito a los dioses lares, cojo para allá», o «no, es que Tito Livio estaba en las termas y lo picó un áspid, y yo voy a pasar por su casa a darle el pésame a la viuda». Nada de eso. De contrariar e irrespetar al César, el invitado terminaría comiéndose -por insistencia de la Guardia Pretoriana en pleno- una cestica de higos envenenados.

Escribe Suetonio que como los asistentes no osaban interrumpir el megaespectáculo unipersonal, galáctico y sideral, asumían la cosa y obedecían mansamente. Fueron muchas las mujeres que parieron en la gradería mientras Nerón ejecutaba una pirueta tralalí. Recién nacido, cordón umbilical, placenta, reguerete amniótico, peplo ensangrentado, señora medio desmayada y el otro por allá en escenario: desatado, ni pendiente, entregado a su arte con loca pasión. Agrega el historiógrafo que unos cuantos hombres, agobiados hasta el paroxismo tras tanta performance imperial, se lanzaron de cabeza desde lo alto del teatro, poniendo fin a sus días de servilismo, adulancia y esclavitud. «Es mejor un autosuicidio que un higo envenenado», juran que comentó un abatido justo antes de tirarse al vacío.

Carlos Eduardo está organizando un comité pro defensa de los derechos televisivos. ¡Abajo cadenas! ¡Democracia, control remoto, libertad de elección!


Las prendas de Rolito

            “Ese gordito tiene que ser marico…” masculló un señor ahí junto a la ponchera de tisana y Rolito fue corriendo y le preguntó a su mamá. Ella no le contestó, sino que se puso muy pálida, dejó el tequeño empezado sobre una servilleta bordada, agarró a Rolito por un brazo, a su hija Mercedes por otro y, con un nudo en la garganta, decretó: “Niñitos: nos vamos de aquí”.

            Pero es que la Sra. Amelia no era una mamá común. Era una madre viajera. Cada vez que su marido se iba a un Congreso Internacional Importantísimo Al Cual Esta Vez Sí Es Verdad Que No Puedo Faltar De Oftalmología, ella sacaba sus maletas de tela y estampado Mary Poppins y partía hacia rumbos desconocidos.

Ilustración: @pacochovet

            Mandaba postales y traía regalos: atuendos autóctonos de diversas épocas y de cada país visitado.

            Mercedes los odiaba, empezando por el kimono del Crisantemo Azul que le daba tanta vergüenza y, en la barriga, tanto calor.

            A Rolito le gustaban mucho. En vez de Zorro, Batman o Llanero Solitario, a él lo vestían de monje medieval dibujante del libro de Kells del Scriptorium de Iona; de próspero fabricante de samovares de la corte del Zar Nicolás II; de bullicioso vendedor de camellos del mercado de Hofuf en el oasis de al-Hasa y de  valiente cruzado  –con yelmo, visera y loriga de mallas de Damasco-  destacado en la isla de Rodas. Pero su favorito siempre fue el de impecable maestro horticultor de los jardines colgantes de Semíramis en Babilonia.

            Mercedes se burlaba de él: “Pareces una niña, niñiiita…”.

Y a Rolito, plin. Él estaba feliz embojotado en ese mantón con flecos dorados y con las pulseras y los collares así como de oro. “Mesopotamia… un pueblo con accesorios… ¡toda una civilización!”.

Pero entonces le dijeron “marico” y ese disfraz no se lo volvieron a poner.

“¡Más nunca le pregunto más nada a mi mamá!”.

***

En Navidad, el Niño Jesús le trajo a Mercedes una Barbie y a Rolito lo arreglaron con un muñeco aburridísimo de nombre espantoso: “G.I.Joe”. La Barbie tenía ropita: jugadora de tenis, aeromoza de la PANAM, diva de Hollywood y conjunto playero. En cambio, el abúlico ése, sólo venía con un uniformito militar.

Y Mercedes nada que le quería prestar la Barbie a Rolito.

“¡Mamá, Rolito le quitó el traje de baño a mi muñeca!”.

“¡No le digas Rolito a tu hermano! ¡Miguel Antonio, tú también me haces el favor!”.

Y el papá susurraba complacido: “Es varón, Amelia, y está creciendo el muchacho, es normal que quiera ver a la Barbie desnuda…”.

Pero ahí mismo Mercedes pegaba otro alarido: “¡Mamá! ¡Rolito le está poniendo el traje de baño de mi Barbie a su G.I.Joe!”.

***

Cuando Mercedes cumplió quince años, su madrina Ada (Rolito siempre pensó que era “Hada”) le regaló su primer juego de ropa íntima “de mujer”.  Era de color salmón clarito, como brillante, como frío y osado. La Sra. Amelia comentó que no le parecía, pero su comadre se rio y le dijo: “No seas pendeja, Amelia.” Así mismo le dijo…

Mercedes estaba “¡Twist, a Go-Gó, Yeyé, Pata-Pata!”… hasta el día en que se le perdieron las pantaletas. La prenda se buscó por todas partes y no se encontró.

Las tenía Rolito y -como la liga le cortaba la circulación- se las encasquetó clandestinamente a la papelera ovalada de su cuarto.

«Pantaletas estiradas más tarde», en la clase de gimnasia, Rolito se clavó la punta del plinto en la hombría y se privó.  Ahí mismo lo desvistieron delante de todos los compañeritos y…

“¿Aló, Sra. Amelia?… Esteee… ¿podría venir para acá?”.

Cambio de colegio y comienzo de la psicoterapia.

Tras meses de exámenes, de análisis freudianos y jungnianos, y de ver papeles con manchas en forma de mariposas y oír a Rolito declarando: “Estoy viendo mariposas”, el doctor concluyó:

  1. Al niño le molestan los calzoncillos Jockey “con suspensor canguro” tan de moda.
  2. Buscó refugio en las pantaletas de su hermana por simple comodidad.

***

            Y pasaron treinta años y Rolito es un hombre perfectamente normal.

            Hoy se casa con una señorita muy fina a quien conoció en una fiesta de Halloween. Entre brujas y Morticias y tantas otras déjà vues, ahí estaba ella disfrazada de “Baronesita Tisza Ardeal de Transilvania, el gran amor incompatibilísimo del Conde Drácula”.  ¡La dulce y desventurada Tisza…! ¡Tch-tch-tch! Purita sangre azul, pero hemofílica.

            A mediodía es la boda y Rolito, engominado, no ve la hora de ponerse su paltó levita, su plastrón con su perla y, bajo los pantalones grises de rayitas, adheridos a sus muslos, esos ligueros negros de cintas y encajes que  –“¡Ahhh!”-  lo hacen sentir tan bien.

Carolina Espada/ @carolinaespada

Premio Mejor Artículo de Humor, El Nacional, 1999

Miopía en Kabul

Para Al-Bobby en el Medio Oriente

Carolina Espada / @carolinaespada

            ¿Cómo se verá la vida a través de una telita? A través del rectangulito tejido-tupidito-cuadriculadito de ese balandrán que están obligadas a usar las mujeres afganas. El trapero en cuestión se escribe Burqu’y se pronuncia «burca». El apóstrofo (‘) en realidad es como una «c» pequeñita puesta al revés; es la letra árabe llamada «ain», que se pronuncia como una especie de «ah», pero como para adentro, en lo profundo de la garganta. El burka es apenas una de las novedades que impuso el régimen talibán a partir de 1996 cuando quedó establecido el Emirato Islámico de Afganistán. Un férreo gobierno basado en la interpretación más severa y rígida de la Sharía o Ley Islámica, que no perdona una. Especialmente a las mujeres.

            En algún lugar leí lo que significaba ser mujer en Afganistán en aquel entonces. Sintetizo y agrego: prohibición de trabajar fuera de casa; ganar dinero; participar en actividades político-económicas-culturales-y-etc; asistir a escuelas y universidades; salir a la calle sin la compañía de un hombre de su familia; hablar o cantar en público; asomarse a la ventana; ser asistida por médicos; casarse por amor y tener algún derecho; el más mínimo. Todo eso y la obligación de llevar un tipo de calzado que no produzca ningún ruido al andar; embojotarse y asfixiarse dentro del Burqu’ (y si se tiene catarro, estornudar y soplarse la nariz con ese mismo hábito… supongo); quedarse bien encerrada en sus aposentos cuando no esté haciendo labores del hogar; servir calladita y muy diligente; tragarse todos sus sinsabores y desconsuelos sin rechistar; coito cada vez que se le imponga; placer… ninguno. ¿Por qué? Porque unos señores, en ese pedregullero tan lleno de tierra y de quebrantos, demostraron la inferioridad física, mental, moral y espiritual del sexo femenino. Y punto. Chistositos occidentales favor abstenerse de hacer cualquier cuchufleta. La cosa es bien seria y ahora sí que no estamos para bromas. Lo de la vejación doméstica y la violencia sexual ha hecho que Afganistán sea considerado el país más peligroso para las mujeres. Pocos saben que una mujer maltratada, torturada y violada en su casa por su marido (porque sí, los maridos están en la capacidad de violar en cualquier parte del mundo), si osa quejarse o escapar, es encarcelada por haber cometido un crimen contra la moral. Sí, ella, la víctima. Y no hablemos de los matrimonios forzados de niñitas con hombres de la edad de sus padres o de sus abuelos. Sí, niñitas de seis años, de nueve, de diez, vendidas a su futuro esposo por un cierto número de vacas y de ovejas. Caballeros occidentales, piensen en sus hijas pequeñas; busquen las imágenes de estos casamientos en Google. ¿A que se les ataruga la burlita contra las feministas el día de hoy?

            En Afganistán es preferible ser hombre. Mujer que se atreva a romper las reglas, muere apedreada. Y punto. Otra vez. Punto. Pero «punto», allá, porque acá, en Occidente, nos cuesta entender ese horror. Antes de 1996 eso no era así. En diciembre de 1978 se firmó un tratado de amistad y cooperación entre Kabul y Moscú, y las mujeres tuvieron un respirito. No solo porque se pudieron quitar el trapo de la cara, sino porque fueron tratadas como seres humanos pensantes y con derechos. Pero entonces arremetieron con fuerza los talibanes en 1996 y no les tembló el pulso ni la cimitarra para asesinar a cualquier mujer que se revelara. Un nuevo “pero entonces” (porque la vida está llena de ellos): arribaron las tropas de Elimperio y a los seguidores de las interpretaciones ultraconservadoras del Islam no les quedó otra que recular. Y las mujeres pudieron expresar sus opiniones abiertamente, estudiar, cantar, trabajar, ganar dinero, ir al médico, tener derechos y amar. 

Piense en nuestro país, ¿qué mujer aquí, después de haberse graduado en una universidad; hablar cuatro idiomas; recorrer medio mundo; trabajar con gran éxito; percibir, ahorrar e invertir mucho dinero; ser reconocida por su inteligencia, sabiduría, bondad e innegable belleza; estar en libertad de enamorarse de quien quiera e, incluso, poner condiciones a la hora de entablar relaciones sexuales o de “hacer el amor” (que no es lo mismo), va a permitir que la disfracen de fantasma azul o negro en una polvareda, la encierren a sudar dentro de cuatro paredes, la tengan de esclava-burrito-apaleado y le gritoneen en pastún: «¡Chito! ¡Que se calle la boca, pues! ¡Njda!»?

            En aquellos años sombríos existieron movimientos feministas clandestinos en Afganistán. No fueron pocas las valientes que lucharon, escondidas, para que las niñas aprendieran a leer y a escribir. Ahí se empezó otra vez desde el principio. Eme con A, Ma. En un sótano o en un cuartucho improvisado, usando una puerta como pizarrón y sabe Alá de dónde sacaban la tiza, la maestra enseñaba las primeras letras y lo que establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos: el principio de la igualdad. A más de una atraparon in fraganti. A todas las que capturaron las ejecutaron sin piedad. 

            Y llegó el 2001 liberador. A raíz de los atentados pavorosos del 11 de septiembre en Nueva York, los Estados Unidos -en coalición internacional de la Otan- invadió como en las películas de acción, derrocó al grupo talibán y estableció un gobierno prooccidental. Del Emirato Islámico se pasó de un solo bombazo a la República Islámica de Afganistán. Y, de esta forma, no hubo colorín colorado, pues comenzó una guerra que duró hasta hace semanas cuando se retiraron todas las tropas estadounidenses diciendo: “Boto tierrita y no peleo más”. Lamentablemente el conflicto sigue. Y sigue de terror. En el presente la lucha es entre los afganos abandonados a su suerte y los talibanes al ataque. Eso si es que no ocurre otro “pero entonces” y otra superpotencia decide intervenir. Ustedes ya saben cómo es la historia: de “pero entonces” a “superpotencias interventoras”.

            Ahora avanzan los talibanes dispuestos a ejecutar a cualquier mujer que medio se les enfrente. También, a eliminar a las que representan un peligro para ellos, como las dos juezas de la Corte Suprema de Justicia en Kabul y dos mujeres soldados en la provincia norteña de Balkh. “Asesinatos selectivos” los llaman y los medios ni siquiera mencionan los nombres de las occisas. 

De nuevo las afganas perderán su libertad, sus derechos, su vida. Todas serán emburkadas otra vez.

Se ve mal la vida a través de una telita… terrible y dolorosamente mal.

Très bon appétit 

A Josu Iza, amante de la buena mesa,   fotógrafo de manjares y compañero  de Pasión País

Carolina Espada /@carolinaespada

            Si usted posee televisión por cable, dele las gracias a la diosa Hestia y, si no, pídale a algún samaritano que tenga la suerte de estar subscrito a otros mundos y a otras imágenes, que lo deje ver algún canal gastronómico. Preferiblemente, uno argentino. Será una experiencia nutritiva: cocinas galácticas; profusión de implementos inimaginables, como el adminículo para deshuesar las cerezas que nunca puede faltar; confección de exquisiteces mediante unos certeros ponches de cámara (zoom in a la patica de pollo dorada; tilt down mientras cae la harina cernida; paneo desde la fuente con duraznos, kiwis y fresas, pasando por los pancitos rebanados, hasta llegar a la ollita de barro cocido o de hierro fundido para la fondue de gruyère; travelling shot del horno a la mesa exquisitamente bien puesta y en su santo lugar). Por último, lo más importante, ¡los artistas o magos culinarios en concentrada actividad! Y todo eso, en el país más al sur del Sur. Allá en donde están “a punto de nieve” -como se dice en ese medio- o “a punto de pingüino”.

Ilustración: @rchovet

            Los programas deliciosos suelen durar treinta minutos. Usted ve un par de horas,  apaga el televisor, cierra los ojos y trata de hacer un recuento de todo lo que aprendió. Seguro que vendrá a su mente una voz como de pampa con tango, de gaucho con boleadoras de mozzarella, que le dirá: “Hoy vamos a hacer dos platissshos: uno de mar y tierra, y luego un postre. Y estos son los ingredientes que necesitaremos: una palta, manteca pomada, essshalot, ciboulette (picadita), panceta ahumada, choclo, chauchas, alas de rasssha, mossshejas, ssshírgolas secas, ají rocoto (media unidad), carne de picoro, ajo chilote (un diente), ají cacho de cabra, tomisssho, limón de pica, cebosssha de verdeo (la parte verde), porotos, mirín (apenas un toque), aceite de dendé, pelos de hinojo fritos y rabo de chanchito (uno). Para el dulce: zapassshitos en almíbar, cal viva (un terrón), calabaza, agua de flor de naranjos (media cucharadita), pomelos rosados, pasas de uva, trocitos de sandía, una banana, ssshemas (dos), semissshas de amapola, puré de papasssha, frutisssha, rassshadura de chocolate, glasé (cantidad necesaria)  y azúcar impalpable… y siempre tenga a la mano su repasador”.

            ¿Una leve confusión? Palta es aguacate; el resto, no sé. Y resulta que el repasador no es un rodillo, ni una planchita para hacer jamón planchado. Repasador es: “pañito de cocina”. Todos en Argentina cocinan con uno al lado: pican y limpian; amasan y vuelven a limpiar; espolvorean y chorrean, y siguen limpiando; se empatucan de aceite de oliva y no corren a lavarse las manos, sólo se “repasan”. El repasador termina vuelto un trapo, pero todo lo demás: prolijito e impecable. A ellos les encanta la palabra “prolijo”. 

            Hará cosa de 15 años, una vecina generosa en carnes me invitaba a comer helado  en su cocina y a ver en su Directv un canal llamado “El Gourmet”. La pasábamos buenísimo -como una bomba de crema pastelera- especialmente porque ninguna de las dos sabe cocinar y todas aquellas transmisiones eran así como de ficción. Ficción culinaria antiEs3. 

            Observar a Dolli Irigoyen y a Donato de Santis, portentosos chefs, era motivo de admiración. ¡Hasta nuestro Sumito Estévez una vez apareció por ahí! Cocinaba con lemon grass (que no es otra cosa que malojillo) y al pañito de cocina le decía “el trapito” (y a mí me daba como pérdida de glamour internacional). Ahora bien, nuestra favorita era -y sigue siendo- la petite-grande Narda Lepes (que vivió parte de su infancia en Caracas y recuerda con particular cariño la cantidad de mangos que se comió). Impresionan sus destrezas manuales y habilidades técnicas, su velocidad y precisión, su conocimiento de la materia, sus consejos siempre pertinentes, su gracia e inventiva, la sencillez con la que comparte sus recetas y su extraordinario apetito. Además, tiene algo que la distingue de los demás: da plenas libertades y estimula la creatividad del televidente. Narda dice más o menos así: “Sssha vieron cómo, en menos de veinte minutos, quedó esta tarta de peras con higos. ¿Que a usted no le gustan las peras? Entonces la puede hacer con manzanas y en vez de higos, dátiles. Muchos la acompañarían con un Rosé d’Anjou, pero si a usted lo que le da placer es un buen vino tinto, ¡tómese una copa con una porción noble de tarta! ¿Qué? ¿Es abstemio? Entonces un zumo de frutas, una infusión de camomila, un vaso de agua, un té”.

            Desde aquel entonces en mi casa implementamos el “Sistema Lepes” a la hora de cocinar: “Voy a hacer una omelette tres quesos con finas hierbas… pero pensándolo mejor… no le voy a poner queso, sino tocineta… y en vez de finas hierbas, unas ruedas de tomate… y huevos, no. Dos ruedas de pan integral y lechuga y nos comemos unos sanguchitos”. 

            ¡Nada como el ingenio y la libertad de elección! ¡Buen provecho!

La pavorosa historia de los ojos de la serpiente

Carolina Espada /@carolinaespada

Mariana Montañez Montalvo llegó a la costa venezolana en brazos de su padre el domingo seis de junio del año del Señor de 1666. Tenía seis años y aunque era muy blanca y rubia, estaba verde de las náuseas. El buque que los había traído desde el poblado de Liverpool, en el Noreste de Inglaterra, había enfrentado tempestades terroríficas en altamar y había sorteado milagrosamente a piratas y corsarios en el Caribe. Los bucaneros que sembraban el pánico en aquel entonces eran François l’Olonnais, Miguel “el Vasco” y Henry Morgan, los tres carentes de alma a la hora de saquear e incendiar naves, degollar a los hombres y hacer prisioneras a todas las niñas y las mujeres que se atrevían a atravesar el Atlántico. La suerte horripilante de estas cautivas siempre era la misma desde que la historia es Historia y los hombres salvajes no saben hacer otra cosa.

            El padre de Mariana, aunque castellano de origen, había llegado a la Francia del Rey Sol siendo un adolescente. Formaba parte de un grupo de saltimbanquis y comediantes que, de pueblo en pueblo, llegó a París y allí se instaló. Agustín o “Tantán”, como le decían en francés, no tenía ningún talento para la actuación, pero sí, para la pintura. Pintaba los telones de fondo de los escenarios, y tan extraordianio era, que le llegó a pintar unos cuantos al mismísimo Molière.

            De la madre de Mariana se sabe muy poco o es mejor no saber; la habían acusado de hechicería y le habían dado muerte. Lo cierto es que el joven Tantán tuvo que huir de Francia llevándose consigo a la recién nacida. Estuvieron unas semanas en Ámsterdam, pero no era seguro permanecer allí, así que prosiguieron su huída hasta atravesar el canal, llegar a Londres y alquilar una buhardilla en Pudding Lane no muy lejos del Támesis.

            En la medieval City de Londres, Tantán no consiguió trabajo en lo que sabía hacer, pero se hizo de buen dinero pintando retratos de inglesas gordas con rostros de cerdo y dientes cariados. Eran las esposas de adinerados mercaderes que pagaban gustosos por sus cuadros. Su éxito consistía en embellecer a estas damas, pintarlas jóvenes, delgadas, con perfectas dentaduras y cargadas, recargadas, de joyas como si se hubieran revolcado en el Gran Bazar de Constantinopla.

            Pero llegó la gran peste y Tantán y la pequeña Mariana debieron huir una vez más. Defoe lo reseñó:  «No se veían nada más que carros y carretas, con bienes, mujeres, sirvientes, niños, coches llenos de personas de la mejor clase y jinetes que los atendían, todos se apresuraban al escapar”. Padre e hija hicieron bien, tal vez hubieran muerto en el colosal incendio de Londres de la madrugada del 2 de septiembre de 1666, pero ya para ese entonces estaban instalados en Santiago de León de Caracas.

            Tantán nunca lo comentó por temor, pero en su infancia había conocido a una gitana que se había llamar “Nuestra Dama”, que aseguraba que el mundo se acabaría el día seis, del mes 6, del año 1666. Pero ese fue el día en que desembarcaron en Venezuela y el mundo había continuado girando alrededor del sol. Lo único… que cuando la niña pisó tierra, vomitó.

            En Caracas no tardó hacerse famoso por sus retratos de radiantes mantuanas a las que no tenía que embellecer, pero cuando Mariana cumplió 15 años comenzó a pintarla solo a ella. Con aquellos ojos verdes como esmeraldas y la tez rosada, se convirtió en la más preciosa virgen María de todos sus cuadros. Dicen que no se los compraban por devoción, sino para admirar a la muchacha; que en vez se ser colgados en las capillas de cada casona, eran expuestos en las recámaras de los jóvenes y de los no tan jóvenes, también.

            Un día abominable, unos malhechores provenientes de otras tierras, llegaron a la ciudad a lomo de mula, saquearon el mercado y, en su retirada, se toparon con Mariana que no logró esconderse a tiempo en el Convento de las Monjas Concepciones. Fue raptada al instante y, no sabiendo a dónde ir, esos malnacidos se dirigieron a la Gran Montaña al Norte de la ciudad. ¡Oh, míseros, infelices e infortunados hijos de perra, no sabían que ese lugar aniquila a todos aquellos que osen mancillarlo y desatar su ira!

            El único sobreviviente de aquella noche nefasta, el que fue cegado por una centella y  perdió sus dos brazos y sus dos piernas al estallido de un trueno, confesó que lo último que vio fueron los ojos de Mariana: se habían tornado en algo centelleante, animal, mortífero como una serpiente. Y la furia de la Gran Montaña se desató.

            Ninguno pudo tocar a la muchacha, unas rocas  blancas, enormes, los aplastaron; otros se ahogaron bajo olas de fango y unos pocos fueron tragados por plantas gigantes devoradoras de hombres. Solo ese desdichado  quedó vivo, más o menos vivo, y aseguran que eso fue porque la Gran Montaña quiso que contara su historia, su advertencia, su maldición a los insolentes y a toda su descendencia.

            ¿Y Mariana? Su padre desconsolado nunca pudo hallarla, pero desde aquella noche aciaga, baja de la cima un espíritu blanco envuelto en la neblina; tiene en forma de mujer, huele a gardenias y flota por entre los árboles; su cabellera son 333 serpientes de plata y 333 de cristal, y sus ojos verdes paralizan y dan muerte a quien ose perturbar a la Gran Montaña.

            Tengamos miedo, ¡por Dios! Tengamos pavor.

Soberana decisión

            Yo pedí unos huevos fritos con tocineta y usted me trajo unos huevos fritos con jamón, entonces yo le dije y usted se los llevó y me trajo unos huevos revueltos con tocineta, y yo le recordé que eran fritos, entonces usted se los llevó y me trajo una omelette de queso con choricitos y una ramita de perejil… ¿será posible que algún día en la vida, aquí en mi país que yo quiero tanto, yo pida unos huevos fritos con tocineta y me traigan unos huevos fritos con tocineta o eso será como mucho pedir? Ah… y el café con leche era “conlechegrande bien caliente” y no, “marroncitotibio”, pero mejor dejamos eso así.

***  

Se dejó todo eso así. Aquí el cliente nunca-jamás tiene la razón. Su deber es el de resignarse siempre.

***

            ¡Épale, vale! ¿A qué hora van a empezar a vender el pescado?

            Esque tuavía no estamos abiertos…

            Sí, ya sé, pero ¿a qué hora van a empezar a vender el pescado?

            Esque primero hay que terminar de poner el yelo…

            Sí, ya vi, ¿pero a qué hora van a empezar a vender el pescado?

            Esque antes hay que despachar a la gente de los restoranes…

            Ajá, ¿pero a qué hora van a empezar a vender el pescado?

            Esque después hay que…

            ¡Coye, vale! ¡Mírame a la cara! Lee mis labios: ¿Aaa queeé hoooraaa vaaan aaa eeempeeezaaar aaa veeendeeer eeel peeescaaadooo?

            Esque…

            ¡Me vuelves a decir “esque” y aquí va a correr sangre, pana, y no de atún!

            Esque…

            ¡No, si es que tú no entiendes! ¡Mira, me puedes decir: “No sé”! O me puedes meter un embuste: “Comenzamos a despachar el pescado a las ocho y cincuenta y siete minutos con treinta y tres segundos, estimado cliente.” Es más, me puedes mandar a callar con un “No me da la gana de decirte, hermano, ¿no ves que yostoy de mal humor?”.  ¡Pero concéntrate, chico, que yo sé que tú puedes! ¿A quÉ hOrA vAn A EmpEzAr A vEndEr El pEscAdO?

***

No hubo manera… ¡Y que pretender una respuesta precisa y concreta! ¡Qué esperanza pal que siembra coco!

***

            Dame unas papitas, las de la latica verde.

            ¿Qué quieres?

            Papas. Lata verde. Una. Por favor.

            No hay.

            ¿Cómo que no hay?

            No hay.

            ¿Y esas que están ahí?

            ¿Ahí dónde?

            Entre los pistachos y los tostoncitos…

¿Tú quieres tostoncitos?

            No, miamor… papas… papitas… las de la latica verde…

            Desas no hay.

***  

No hay, pues… no hay.

***

Me deja en la parada, señor… bueno… entonces en la esquina… bueno… entonces por donde pueda… ¡déjame en donde te dé la gana, njd!

***

El autobusete se detuvo en plena intersección.

***

            ¡Señor! ¡Usted! ¡El vigilante! ¡Es que me perdí! Por favor, ¿por dónde es que están los ascensores que, cuando uno viene del sótano y sale, dan a un vitral?

            ¿Vitral?

            Sí, un vidrio de colores, enorme.

            ¿Vidrio de colores?

            Sí, como en las iglesias.

            Esto no es una iglesia, esto es un centro empresarial.

            Sí, pero en este centro empresarial, que tiene mil ascensores, hay unos que dan a una ventanota de vidrios coloreados.

            ¿Vidrios coloreados?

            Usted no ha oído hablar del arte gótico ni de vainita… ¿no?

            ¿Qué?

            ¿Usted es nuevo en este sitio?

            Yo no. Yo trabajo aquí desde hace usssss.

            Ah… “usssss”… ¿y no sabe que aquí hay unos ascensores que dan hacia un ventanal de vidriecitos full color?

            ¿Aquí?

***

A veces, cuando uno sale del ascensor, hay un vitral. A veces… no. Quizá haya un vitral tres veces a la semana: los martes, los jueves y los martes. O tal vez no. Eso lo aprendí de Eugenio.

***

            TODO es a beneficio de los niñitos hospitalizados en el JM de los Ríos. El costo mínimo de la entrada es de un dólar o su equivalente en bolívares. Pero si usted quiere dar más, ¡bienvenido sea! Es MUY fácil ver la Lectura Dramatizada de “Casas muertas” de Miguel Otero Silva por el canal de Youtube. UNO: usted deposita en las cuentas de www.preparafamilia.org. DOS: toma una capturA de pantalla de la transacción. TRES: Envía la capturA a funcioncasasmuertas@gmail.com Recibirá el enlace, que estará disponible durante 48 horas a partir de las 5:00 p.m. del sábado hasta las 5:00 p.m. del lunes, para que usted vea la obra en el horario de su elección.

***

Ay, yo no tengo dólares, ¿por qué no aceptan bolívares?

¿Será que puedo donar más dinero porque es para una buena causa?

Eso es por Zoom, ¿no?

¿Te deposito a ti o Miguel Otero Silva?

¿Eso de “capturA” es lo mismo que cápchur?

¿Hago un cápchur y se lo envío por WhatsApp al señor Silva? Mándame su contacto.

¡¿Y cómo es posible que esos actores estén actuando durante 48 horas seguidas?!

Si no la veo el viernes, segurito que la veo el martes.

***

Y… ¿cómo iremos a hacer con la próxima elección?

Las cabezas del diablo

Carolina Espada @carolinaespada

En San Agustín del Norte vivían cuatro muchachos que eran el terror de la vecindad. Caracas en  tiempos de la dictadura de Gómez  -el “Benemérito” como lo llamaban sus sigüíes o el “Bagre” como le decían sus víctimas- cuando lo menos que necesitaban aquellas modestas familias era más angustia y más espanto.

Las madres de los cuatro monstruos vivían en la misma cuadra y las cuatro quedaron embarazadas más o menos al mismo tiempo. Las lenguas viperinas de las señoritas Marcano, las que daban clases de teoría, solfeo, bordado y repostería,  aseguraban que esos cuatro íncubos eran hijos de un solo padre, un chácharo de apellido Cordero. Él se reía con socarronería y sentenciaba: “¡Pero el que se meta con mi General Juan Vicente Gómez -el “Pacificador” de Venezuela- y con este Su Servidor, se va a conseguir con el Lobo”. Y aullaba. En la pavorosa cárcel de “La Rotunda”, uno de los presos comunes llamado Nereo Pacheco (que terminó siendo uno de los torturadores más crueles de los presos políticos), le metía miedo a los martirizados desfallecientes susurrándoles con su aliento rancio a chimó: “¡Espabílese, politiquín, que por ahí ya viene el Lobo… auuuuu!”.

Los maridos de las cuatro infelices agonizaban entre estertores en la prisión cuando ellas dieron a luz el 6 de junio de 1916. El mismísimo día parieron cuatro fieras sin padre. “La Rotunda” era conocida como la última morada de los opositores de la dictadura de Gómez porque, por lo general, solo salían de allí cuando estaban bien muertos. A sus niños se los tenían que encomendar a Dios.

Católicas, apostólicas y romanas, los bautizaron con los nombres de los Arcángeles: Miguel José, Gabriel Ramón, Rafael Antonio, Uriel Jesús. Pero de nada les sirvió, en aquellas doce manzanas los llamaban “Los Jinetes del Apocalipsis”. ¡Mucho peores que la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte cada vez que se robaban un caballo, se montaban en él los cuatro y lo reventaban corriendo por la quebrada de Catuche! Tenían un poco más de 13 años, pero quien los veía con horror no les calculaba menos de 21. Bastaba escucharlos gritar obscenidades.

Los cuatro crecieron con unas madres impotentes que ya habían encanecido a los treinta y pocos años. De noche brincaban desnudos por los tejados; mataban perros, gatos y gallinas; se orinaban en los tinajeros y el incendio en el cuartucho que estaba al fondo de la casa de los Herrera… eso fue cosa de esos demonios. El loco que tenían allí encerrado se salvó porque le vació el aguamanil al chichorro, se enrolló en él, le metió una patada a la puerta en llamas y de un revolcón fue a dar al pie de la mata de guanábana.  Muy loco no estaba.

Había un quinto niño en aquel vecindario, se llamaba Pio y era el único hijo de un sastre italiano y una costurera catalana. Rubio, menudito, frágil y tan tímido que, durante sus primeros años,  todos pensaron que era mudo o que padecía alguna extraña enfermedad. Para su desgracia, era menor que las cuatro furias desatadas de San Agustín y llamarse Pío no lo ayudó para nada. A su paso, el cuarteto se ponía a piar y luego… “¡Ay, Pollito frito, te vamos a desplumar!”. 

Y sus padres, mortificados.

Què tens àngel meu?… Giovanni, el nen no vol parlar!

-Pío, figlio, stai bene? Dimmi, caro… 

Y el niño escondía su rostro en un misal que estaba en latín. Pater noster ora pro nobis laudamus te. No entendía nada, pero siempre pensó que la lengua de los santos era su salvación. 

Un jueves funesto, el jueves antes del Viernes de Concilio, la madre de Pio fue a engalanar el altar de la Catedral. Y Pío con ella. Oscureció temprano y en un descuido de la señora, del confesionario saltaron sobre el niño las cuatro bestias; le llenaron la boca de estopa; le pusieron un saco en la cabeza y se lo llevaron en volandas.

Era cerca de la medianoche cuando llegaron a una poza en El Ávila y lanzaron a Pío de cabeza. Con el saco y la estopa, el pobre por poco se ahogó en aquella agua helada, pero lo sacaron y lo agarraron de pera de boxeo. Cuando estuvo bien aturdido, lo desnudaron, lo embarraron de excremento, lo amarraron con bejucos a un árbol seco y lo dejaron allí a su suerte. Mala suerte.

Viernes y no se supo de él. Llegó el sábado y a mediodía tocaron a la puerta del sastre y de la costurera. Ellos habían buscado a su hijo por toda Caracas y estaban consumidos por la zozobra.

-¡¿Quién es?!

-Gente de paz, somos los Palmeros de Chacao.

No traían palmas para el Domingo de Ramos, en brazos llevaban a Pío dormido, peinado, pulcro, perfecto, con la ropa limpia recién planchada y olorosa a gardenias. Así lo habían encontrado, no amarrado al árbol seco, sino acostado como un ángel de porcelana junto a una palma real.

El niño no despertó. Al séptimo día murmuró algo ininteligible. Trajeron al Musiú La Roche, que sabía de lenguas y de geografía universal. Y  Pío mascullaba una y otra y otra vez.

-Maledictio montis cadit in bellum, famen, pestem et mortem.

-Que la maldición de la montaña caiga sobre la guerra, el hambre, la peste y la muerte.

Nadie entendió y el Domingo de Resurrección Pio murió.

¿Y los cuatro malditos? Sus cuerpos fueron a dar al cañón de El Encantado, allá por donde el río Guaire desvía su curso. Cuerpos sin cabeza, embarrados de excrementos y amarrados con bejucos.

¿Y sus cabezas? Colgaban como frutas putrefactas en las ramas muertas del aquel árbol seco. Una vez más se había cumplido la maldición. Hay que temerle al cerro; su castigo es algo feroz.

RÍO DE SANGRE

Carolina Espada @carolinaespada

A Pedro Estrada la gente de la sociedad lo llamaba “Don Pedro” y le temía. Él era el Director de la Seguridad Nacional, la policía política de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Decirle “Director” era honrarlo. Fue el “Esbirro Mayor del Régimen” encargado de instituir la tortura y la violación como métodos sistemáticos en los interrogatorios a los presos de la oposición. “El Chacal de Güiria”, así le decían comunistas, adecos y copeyanos  con máximo desprecio y total pavor, pues en el campo de contrentración de Guasina a más de uno le cortaron la lengua y se la tiraron a los perros al referirse así al depredador de la tiranía.

En los corrillos caraqueños comentaban a sotto sotto sotto voce y arriesgándose a ser delatados, que todo chacal tiene su hiena; se referían Cenobio Beltrán Maita, “la Hiena de Chivacoa”. Se había ganado ese mote porque no podía contener la risa cada vez que torturaba a un conspirador. Cuanto más tormento, más se reía.

La Hiena le reportaba directamente al Chacal y no solo eran animales voraces, también eran compadres. Jefe y subordinado, distancias insalvables, tú allá y yo acá, pero Don Pedro y su esposa, doña Alicia, eran los padrinos de Eloy.

Un solo hijo reconocido tuvo la Hiena. No pudo tener más, porque a su mujer por poco la mata la fiebre puerperal. Los que más sabían dijeron que fue una infección polimicrobiana severa por la presencia de bacterias en el líquido amniótico en el momento de la cesárea; los que algo sabían y les entusiasmaba un buen chisme, aseguraron que se debió al coito diario en los últimos meses de embarazo y los que no sabían nada, pero creían en todo, juraron por un puño de cruces que fueron cosas de la mabita y el mal de ojo. Y es que el verdugo de Yaracuy tenía demasiados enemigos.

El recién nacido era precioso, “Demasiado precioso”, opinó su padre con enorme desagrado la primera vez que lo vio. “¡Un muñeco! ¡El vivo retrato de su madre!”, exclamaban todos los que venían a conocerlo, y es que Merceditas era admirada por su belleza arrobadora y ridiculizada por ser redomadamente idiota, condición que empeoró con el nacimiento de Eloy. Del pobre se tuvo que hacer cargo su abuela materna, Misia Dominga, que lo crió entre música clásica y canciones de Agustín Lara en un patio atestado de jazmines en flor.

Vivían en el sector de El Pinar, muy cerca de la quinta “María Pía”, que en 1953 fue alquilada por los religiosos agustinos para fundar un colegio con 169 estudiantes.  Para esa fecha Eloy tenía 13 años y su padre dejó muy claro que ningún hijo suyo iba a estudiar con “Machos sin Hembras” como les decía a los curas, aunque también los llamaba cosas peores. Misia Dominga rogó a Dios para que esto no llegara a oídos del padre Moisés Montaña, el director del centro. “¡Qué vergüenza, Virgen Santísima!”, murmuraba entre cuenta y cuenta de su rosario.

Los movimientos de tierra para la construcción del Santuario de Nuestra Señora de Coromoto, en El Paraíso, habían comenzado en 1949 y el 6 de junio de 1952 instalaron el primer pilote. En el acto, presidido por el obispo Rafael Arias Blanco, estaban la Hiena interesadísimo en esa obra de ingeniería; Misia Dominga, pidiéndole a Dios que le diera años de vida para ver la iglesia terminada y Eloy, asfixiándose dentro un flux de lana que su abuela le había comprado para la ocasión. Lana en el trópico. Una tortura. Él, que no podía ni con el peso de una mandarina, se sorprendió al ver a un muchachito atlético y colorado, y no mucho mayor que él, cargando cal y arena con los albañiles. Unos le gritaban: “¡Epa, Ruso, tráete la carretilla!” y otros: “¡Abé, destápate ahí unas cervezas!”. Abé se llamaba Abelardo Kovalenco; vivía por aquí y por allá porque era huérfano de padre y madre; cuando se cortaba tardaba mucho en dejar de sangrar; le habían hecho unos exámenes y entre muchas cosas resultó ser AB negativo, algo bien poco frecuente, y entonces la gente le empezó a decir Abé. 

La Hiena no tardó en contratar a algunos de esos obreros para que fueran a su casa, arrancaran todos los jazmines y las mariqueras de su suegra (así dijo) y cimentaran una piscina. “¡A ver si Eloy me aprende a nadar; a ver si así le acaban de salir unos músculos a este carajito!”. Cuál no fue su satisfacción cuando vio a su hijo con un pico, una pala y un pañuelo en la cabeza anudado en las cuatro puntas, siguiendo instrucciones de Abé. De allí en adelante todo fue: “Mira, Rusito, me vas enseñando a este zoquete a matar pájaros de un chinazo y cojan el Flobert a ver a cuantas botellas le dan y aquí tienes las llaves del Pontiac a ver si por fin este mangas meadas  se me anima a manejar y llévese estos Capitolio y esta botellita de Old Parr  que me regaló mi compadre Don Pedro y ya va siendo hora de que se vengan conmigo pa casa’e “Las Monjitas”. Y no estaba torturando a nadie, pero de eso también se reía, porque esas “hermanitas de la caridad” eran unas fulanas de marca mayor que cobraban bien caro, pero valían la pena. Abelardo y Eloy nunca fueron a ese sitio, no les interesaba, para donde iban a cada rato era para El Ávila a bañarse en unos chorros que había allá. Estaba el chorro de El Loco, el del Muerto y el del Espanto. ¿Quién le habría puesto esos nombres espeluznates a esas cascadas tan hermosas? Las tres confluían en una poza que se rebosaba, se convertía en río y corría montaña abajo hacia la quebrada de Sebucán.

Era el seis de junio de 1956. Los muchachos se habían conocido hacía cuatro años exactamente. No hay coincidencias en el destino, todo forma parte de un plan. Y a veces el plan es macabro.

“El Gusano Calzadilla” era un correveidile que tenían en la Seguridad Nacional que servía para cualquier cosa. Decían que era una verdadera… un verdadero fastidio, pero lo cierto es que este remedo de hombre resolvía. A cada rato les traía café y cigarrillos a los torturadores, porque la noche iba a ser muy larga; reanimaba a los presos moribundos para que los pudieran seguir torturando y, lo que más le gustaba, desaparecía a los cadáveres y no había nadie que le hiciera preguntas. Esto último siempre lo hizo sentir muy importante, pero en realidad él era un pobre infeliz. Y fue el Gusano quien le vino con el cuento a la Hiena. 

-Mire, Mi Jefe, mí a no me consta, pero usted sabe que la gente sin oficio comenta, y uno no puede creer en todo lo que oye, pero usted sabe que cuando el río suena a lo mejor es que viene un aguacero, entonces yo me dije: “Más vale que Mi Jefe lo vaya sabiendo”…

-Coño, Gusano, si a ti te pagaran por cada palabra que dices andarías hediondo a real.

-Es que mire, Mi Jefe… que a su hijo y al muchacho ese con quien anda los han visto por allá arriba en El Ávila… ¿cómo le digo? Bueno, que uno como que es el hombre y el otro su mujer.

Y la Hiena rugió como si un león le hubiera arrancado el corazón de un zaparzo y estrelló su cenicero lleno de colillas prendidas contra la pared. Estaba lívido, no podía respirar, sentía como si de un solo machetazo lo hubieran picado en dos. Hubiera preferido mil veces que le dijeran que a su hijo se lo habían matado y solo podía pensar: “Que no sea la mujer, coño, que no sea la mujer”.

-Mi Jefe, ¿usted quiere que yo suba pa’ Los Chorros y…?

-¡Le dices a Cara’e Crimen y a Rocanrol que esta noche cogemos pal cerro!

-¿Yo también voy?

-¡Vamos los cuatro, no joda!

Y el Gusano sintió como si el general Marcos Pérez Jimenez hubiera decretado la Orden al Mérito en el Trabajo en 1954 solo para que la Hiena se la otorgara diciéndole: “Te sale en su Primera Clase por haberte distiguido en tu eficacia, preparación y perseverancia en el trabajo, y tu ejemplar conducta cívica y familiar”. Él no tenía familia, pero así lo  expresaba el artículo 2 de la Ley de la Condecoración y él no iba a decir que no.

A medianoche llegaron a la poza. Aberlado y Eloy se habían quedado dormidos sobre una piedra enorme y plana; los dos estaban desnudos y, qué extraño, Abé parecía hecho de nácar. Serían cosas de la luz de la luna llena y del follaje, o tal vez de los espíritus que rondan por el monte que siempre hacen travesuras, pero toda su piel brillaba. Por la forma en la que tenía abrazado a Eloy, la Hiena supo que su hijo era la mujer. Y fue como si le clavaran un punzón de fuego en la frente.

En una funda de cuero de báquiro, la Hiena tenía un cuchillo con cacha de cuerno’e venao que un brujo allá en Guasina le había ensalmado. Cuando se lo regalaron le dieron el recado: “Con esto muere el Muerto, pero cuidado con la sangre del Muerto si no está muerto”. Todo fue muy rápido, rugiendo, saltó sobre Abé y de una cuchillada certera le cercenó el pene y los testículos y le abrió un tajo en el muslo. Cara’e Crimen, Rocanrol y el Gusano nunca habían escuchado un alarido tan desgarrador, y eso que ellos sabían muy bien cómo se aulla en la tortura; Eloy despertó sobresaltado, sin aire en los pulmones, y su padre se reía. Pero la risa se le convirtió en vinagre y bilis cuando vio a su hijo llorando histérico, gritando completamente fuera de sí.

-¡Ustedes dos, llévenle esta mujercita a su abuela y le dicen que eso no es hijo mío! ¡Que ninguna mujer le ha parido hijas a Cenobio Beltrán Maita!

Súbitamente sintieron un aroma de gardenias y no se dieron cuenta de que en lo alto de la cascada, envuelta en la neblina y como si estuviera flotando, había una mujer pavorosamente blanca que los observaba. Su cabellera eran 333 serpientes de plata y 333 de cristal; tenía los ojos verdes como esmeraldas, esmeraldas venenosas. Al perfume de flores le siguió un hedor a frutas podridas. No estaban solos, de las ramas superiores de un árbol seco colgaban cuatro calaveras; ocho rubíes diabólicamentes centelleantes los estaban mirando.

Con un poder sobrenatural inexplicable, Abelardo brincó sobre la Hiena, lo abrazó con fuerza y lo empapó con su sangre. Transcurrieron unos segundos que parecieron horas y Cenobio Beltrán Maita nunca entendió por qué pensó en Misia Dominga a la que se le iba gran parte del domingo hablando del sermón que habían dado en  misa. Era como si la estuviera escuchando: “Éxodo, capítulo 7, versículo 21, Moisés golpeó el río Nilo con su bastón y sus aguas se convirtieron en sangre, dando lugar a la primera plaga de Egipto”. Pero no sintió miedo, ahí el único que estaba pálido de espanto era el Gusano. 

-¡Quíteselo, Mi Jefe! ¡Quítese al muerto que tiene los ojos en blanco!

La Hiena se arrancó a Abé de encima y lo hizo caer en la poza. 

-Tú te encargas, Gusano.

-¡Pero Mi Jefe, no me vaya a dejar aquí! ¡¿Y si el muerto todavía no está muerto?! ¡¿Y si me cae la maldición de la montaña?! ¡Porque dicen que los que se meten con este monte no viven para contarla!

-¡Gusano pa pendejo!

Cuesta mucho relatar el final de la historia. El cuerpo de Abé nunca apareció y al Gusano nadie lo volvió a ver desde aquella noche sangrienta. Eloy perdió el habla y el sueño y la paz. El médico dijo que estaba en estado de choque y que de seguir así pintaba mal el panorama. Misia Dominga no entendió qué choque era ese y, desesperada, acudió a la madrina de su nieto. Doña Alicia Parés Urdaneta de Estrada estaba a punto de irse de viaje, era esa época del año en la que iba a París a renovar todo su guardarropa, así que sin mucho pensarlo, lo resolvió.

-Eloy se viene conmigo. En Europa, con todo tan exquisito y tan glamoroso, no hay quien esté en shock. Por más que te quieras preocupar por algo, no puedes. Yo me voy a encargar de que mi ahijado sea muy feliz. 

-¡Bendito sea Dios, pero la falta que me va a hacer mi muchachito!

-Usted nos acompaña, Misia Dominga.

-¡¿Pero qué hago yo con mi hija?! Sola no la puedo dejar…

-Nos llevamos a Merceditas.

En cuanto a la Hiena… lo encontraron abombado flotando boca abajo en su piscina. Para desconcierto de unos, alarma de otros y horror de todos, no era agua hirviente en lo que el mal nacido hijo de perra ese de Cenobio Beltrán Maita se había ahogado, eran veinticinco mil litros de sangre AB negativo.

La trilogía de la maldición El Ávila: La pavorosa historia de los ojos de la serpiente/ Las cabezas del diablo/ Río de sangre

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