cuento cuentos


La conseja

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Fernando Valera Rivas

¿¡Cómo es que un nieto mío tiene 19 años y todavía no ha conseguido novia?! ¿¡En serio, mijo!?

            Sí, abuelo.

            ¡Adiós caraj! ¡Agarre papel y coja ahí ese tocón de lápiz paque apunte, mire yo ya estoy en peligro de extinción! ¿¡No digo yo!? Mire mijo, la vida es como la mar y las mujeres, como los pescaos y una que otra guabina. Usté lo primero que tiene que hacer es lanzar una nasa.

ilustración: @rchovet

            ¿Una qué?

            ¡Ah, baile! ¡Usté sí que está desinformado! ¡Pele por el diccionario, carrizo!

            “Nasa: arte de pesca que consiste en un cilindro de juncos entretejidos, con una especie de embudo dirigido hacia adentro en una de sus bases y cerrado con una tapadera en la otra para poder vaciarlo; manga de red ahuecada por aros de madera que…” No entiendo, abuelo.

            No, que va a entender, mijo querido, si ya le estoy viendo la cara. Mire, usté no va a salir de zafrisco a  pescar una sardina con un arpón. No. Usté va y tira una nasa, una malla, una cesta o un poco de anzuelos con bastante carnada. Tarde o temprano algo cae.

            ¿Entonces las mujeres…?

            Son igualitas a los pescaos. Usté mueve el anzuelito y eso va y pica seguro, así que no se me desespere. Y entonces, una vez que pique una, usté se tiene que poner galante y embustero. Usté, a la señorita esa, le hace creer que ella es la única, la más grande, la más maravillosa, y le dice que usté hace lo que ella diga, lo que ella quiera, mande que yo obedezco. Y también le dice la palabra “siempre”.

            ¿”Siempre”?

            “Siempre”. Eso de “para siempre”, “para toda la vida”, “eternamente”… eso les encanta. Y pone musiquita de fondo y media luz y ojos de carnero y le jura que la ama, la admira y la respeta… anote ahí y apréndase eso que es bien importante.

“Amor, admiración y respeto”.

Así es. Usté le dice eso a una dama y ahí mismito se le derrite. Y también dígale que usté es su esclavo y que daría la vida por ella.

            Pero eso no es verdad, abuelo.

            ¡Claro que no es verdad, mijo! ¿¡Qué va a estar siendo verdad!? Pero eso es lo que las mujeres quieren oír. ¿A usté qué le cuesta decírselo?

            Nada…

            ¡Ahí está! Pero cuidao exagera, porque ellas serán mujeres, pero no son tontas. Mucho cuidao, pues. Porque si creen que es mamaderita de gallo ahí mismito lo dejan entendiendo.

            Oquei.

¡Y tampoco las acoquine y las tupa, porque entonces se asustan, pobrecitas!

            ¿Y qué más, abuelo?

            Ah, que usté va y se pone espléndido y regalón. Pero no vaya a salir a darle unas rosas y una caja de chocolates.

            ¿No?

            ¡No! Eso es cosa de las novelas esas que ve su mamá en la televisión. En la vida real, a lo mejor la muchacha es alérgica o está a dieta. Así que usté tiene que aprender a oír y a ver.

            No entiendo, abuelo.

            Ya van dos, mijo… Mire, que usté oye a la muchacha y ella va y le dice por ejemplo: “Yo colecciono medias de colores con dibujitos” ¡y es que no ha amanecido cuando ya usté está en la tienda comprándole un parcito! Pero tiene que saber oír y tiene que ver. Mírele bien la patica a la joven. Cómprele sus medias del tamaño y numerito que son. ¿Me va entendiendo, mijo?

            Sí, abuelo.

            Bueno, y cuando a la niña esta le brillen los ojitos y caiga como un mango loca de amor por usté  -y si es que usté la quiere conservar, porque vio que la cosa es en serio- entonces deje que ella lo cambie.

            ¿Qué me cambie?

            Completico, mijo. ¿Usté cree que yo me compré esta guayabera color petunia? Estas son vainas de su abuela.

            Pero… ¿qué me cambie cómo?

            Todo. La ropa, el corte de pelo, los horarios, los gustos… todo. Y es que resulta que, cuando nosotros los hombres nos enamoramos, nosotros queremos que las mujeres se queden así, igualitas. En cambio ellas vienen y se enamoran de uno, y después nos componen, nos arreglan, nos mejoran, nos visten, nos desvisten y nos ponen más bonitos. Porque ellas nos quieren en la medida en que uno pueda ser otro… ese otro que ellas quieren.

            Ay, abuelo, yo no entiendo.

            Entonces enamórese, muchacho, y déjese querer.


¿Y el lobo?

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Lila Vega Scott

Un buen día, Caperucita Roja cumplió dieciocho años. Todo seguía más o menos igual. Continuaba con su mamá, allá en la casita de la pradera tupida de margaritas y uno que otro cardo. Su abuela, más incorregible que nunca, insistía en vivir en lo profundo del bosque, en un lugar en donde, por tanto pino y secuoya, apenas si llegaba el sol. ¡Ay, la Mamina, allá solita con sus nostalgias, sus fotos sepia y sus manías -tan bella- esperando sus buñuelos de nata y crema cada semana!

ilustración: @rchovet

            Pero hete aquí que una buena tarde llegó un novio al cuento; uno gentil, con una casaca verde esmeralda y que llevaba a Caperucita a pasear por el reino cercano. Y todos vivían muy felices (tal y como se esperaba de ellos).

            Una mañana, un gorrión mensajero trajo carta de la abuelita. Tenía antojo de dulcito y ya no le quedaban buñuelos. “Hija querida: pregúntale a Caperucita si, en vez de venir mañana con su pretendiente, ¿no me los podrá traer hoy?”.

            Hoy mismo se los llevaría, pero… ¿a qué hora? ¡Tenía tanto que hacer antes de la fiesta del palacio! ¡La Bella Durmiente (quien desde hacía tiempo sufría de insomnio y tomaba pasiflora) y su esposo, el Príncipe Azul, anunciaban el compromiso de su primogénito con una ranita encantada! ¡A la medianoche: un beso, un estallido de nube con escarcha rosa y ella se convertiría en doncella encantadora! ¡Eso había que verlo! ¡Y habría fuegos artificiales y pastel!

            Entonces: ir a la peluquería de Rapunzel; recoger el vestido en el atelier de El Sastrecillo Valiente y, antes de que su novio llegara en la calesa de cristal, volar a la casa de la abuelita en pleno atardecer. Veloz. Bendición, Mamina. Buñuelitos y chao. Podía hacerse. Podía hacerse si tomaba el atajo. Y el atajo tomó. Pero lo tomó con la voz de su madre retumbándole en cada tronco, en cada rama, en cada hoja: “Caperucita, nunca vayas por el atajo, por lo que tú más quieras, siempre vete por el camino largo. El Cazador, en la taberna de Don Pulgarcito, estaba comentando que por ahí ronda un lobo violador. Caperucita, cuidado…”.

Una lechuza ululó.

            Caperucita nunca llegó a casa de su abuelita. Mamina, preocupada, tomó su bastón florido y una linterna, y salió a buscarla. El novio y la mamá también la estaban buscando. El Cazador los acompañaba silenciando su angustia. Habían pasado horas, el festín del castillo ya había comenzado y ellos tenían un presentimiento atroz. En la oscuridad escucharon los sollozos y encontraron a Caperucita, todo un despojo ella, embojotadita en su caperuza vuelta jirones, allá sobre el puente del lago de los Dragones Dormidos.

            Y dijo Caperucita: “No me vean, no me toquen, fue por mi culpa, no he debido de tomar el atajo y el lobo violador…” y ahí estalló en el más desconsolado de los llantos.

            Y dijo la Abuelita: “No, mi vida, la culpa es mía, yo me he tenido que esperar hasta mañana, cuando tú ibas a venir con el joven aquí”.

            Y dijo el-joven-ahí a la mamá de Caperucita: “La culpa es suya, señora Roja. A Caperucita se le ha ido toda la vida llevándole confites a la abuela. Justamente hoy, que su hija tenía la ilusión del festejo real, usted muy bien ha podido hacer una excepción, agarrar la cestica con los dulces y llevárselos a su madre, a quien usted no va a visitar nunca”.

            Y gritó la mamá: “¡Ah! ¿¡Pero ahora la que tiene la culpa soy yo!? ¡Tú muy bien has podido llegar más temprano y acompañarla y protegérmela! ¡Pero claro, seguramente se te hubiera arrugado tu levita de terciopelo verde!”.

            Y concluyó el Cazador: “No, la culpa es mía. Desde hace mucho tiempo he tenido que matar a ese lobo violador”.

            Todos estaban deshechos por el dolor y por la culpa. Tan afligidos que enmudecieron. Pensaban que no podrían volver a sostenerse la mirada nunca-jamás. Entonces, hubo un burbujeo y una luz en lo más hondo del lago. De allí emergió un hada transparente y brillante, que cabalgaba en el lomo de un dragón somnoliento.

            Y el hada dijo: “La culpa la tiene el lobo”.

            Y, sin más, hada y dragón se sumergieron nuevamente en las aguas.


Divorcio en la octavita

Carolina Espada / @carolinaespada

Doña Ceci no siempre fue una mujer tipo doñita. No. Hace sesenta años era una jovencita recién casada de lo más circunspecta y con grandes deseos de hacer las cosas bien. Antes de contraer nupcias con Ildefonso, había sido siempre la Virgen María en los actos de Navidad de su colegio de monjas; madrina del equipo de fútbol –ultra exclusivo de la high– de su hermano Rodolfo; y Reina de Carnaval en el Club fundado por su abuelo Papapín y por su tío Juanchón. Pero a los diecisiete años había conocido a Ildefonso y aquello fue amor a primera vista sobre la urna. Sí, sobre la urna. Había muerto la tía Muñeca e hijos, nietos, bisnietos y todo el cuerpo diplomático se habían apersonado en el velatorio. El marido de la tía Muñeca, Don Tom, era embajador e Ildefonso, que era nuevo en la Cancillería, había venido a presentar sus respetos. Presentación de respetos y petición de mano pocos meses después.

Ilustración: Carolina Espada

La boda fue un espectáculo. ¡No había diccionario de sinónimos capaz de describir la atmósfera de elegancia, refinamiento, distinción, gracia y encanto que reinó en los esponsales! Luna de miel en París, bien sûre. Ceci e Ildefonso eran la pareja más-bella-más-bella que se podía imaginar.

La vida de casada le reservaba sorpresas a la novel y perfectísima “Señora De”. Una que no le gustó es que ahora no veía tanto a su media-toronja. Pero es que el trabajo en la Cancillería era muy exigente e Ildefonso, tan ambicioso él, quería hacerse in-dis-pen-sa-ble. Pasaron dos años de felicidad doméstica y de muchas noches, íngrima, leyendo “Selecciones”. Entonces llegó un Carnaval. Su esposo le había prometido que en este sí se iban a disfrazar –él de Pierrot y ella de Colombine– e irían al Club… pero un compromiso i-ne-lu-di-ble con la Embajada de Suecia hizo que Ildefonso, una vez más, cancelara todos los planes.

A Ceci le dio algo así como una ebullición. Para estupor de Salgado, el chofer de la casa, ella le quitó las llaves del carro y se fue manejando. ¡Ella sola! Horas más tarde regresó con un paquete, no le devolvió el llavero al conductor y lo despachó con un: “¡Ay, Salgado, qué rigor, es fiesta, acábese de ir y vaya a celebrar con su familia!”.

Esa noche, a golpe de nueve, Ceci salió disfrazada, pero no de Colombine, ni de Sevillana, ni de Reina de Saba, sino de Negrita. Negra Cucurumbé. Cara embadurná, bemba colorá, peluca de chicharrones con lacitos, argollas verde perico en las orejas; collares, pulseras, guantes y sortijas de vidrio; zapatos plateados de tacón y un vestido forrado, apretadísimo y –francamente- bien vulgar.

Ceci por supuesto que no se fue para su Club (¡dígame si sus primos, Totón y Nené, la reconocían!), sino que enfiló el Lincoln hacia otro, uno en donde no asistía la gente decente; uno más bien… popular.

Y es que no bien había entrado cuando sintió una mano que le agarró una nalga –y no se la soltaba- y oyó una orden: “¡Vamos a bailar!”. Ceci enmudeció: esa mano que la asía con fuerza estaba conectada a un brazo que pertenecía a un señor que era su marido. “¡Ildefonso!” por poquito exclamó, pero no pudo.

¡Qué manera de danzar, Dios mío! ¡Ceci ciertamente no le conocía esa cadencia a su partenaire! ¡Y aquella apretadera! ¡Ildefonso cosquillas, pulpo, tentáculos, succionador! (¡¿Pero en dónde había estado este hombre durante todo ese tiempo?!). El momento cumbre llegó luego, en la oscuridad del jardín, recostada a una mata de jabillo que le puyaba la espalda. Concluido el acto, Ildefonso la dejó entendiendo. Ella se fue no sin antes ver hacia atrás. En la barra estaba su esposo celebrando la hazaña y cayéndose a palos con unos amigotes.

En la madrugada Ildefonso finalmente regresó al hogar con cara de Embajada de Suecia. En el sofá de la sala, pierna cruzada y fumando, encontró a una negrita que le dijo: “¿A que no me conoces?”.


Culture

(un petit peu)

Carolina Espada@carolinaespada

A Joannie Slattery-Burke

            Cuando el Príncipe Manuk de la Costa de Marfil hizo entrada en su cocina, ella supo que estaba a punto de perder la virginidad.

ilustración: @rchovet

            Gracielita había llegado a París casta, pura, pulcra y herméticamente sellada al vacío. Tenía 18 años, estudiaba Civilización Francesa en la Sorbona y danza moderna en la Cité Universitaire. Un día sí y uno no, iba al mercado de Alesia a comprar pollo, zanahorias y vainitas: poulet, carottes et haricots verts. Siempre la même chose… pero esa tarde había visto un enorme repollo morado en uno de los anaqueles de arribita y le provocó.

            Pero… ¿cómo se dirá repollo en francés?… Bueno, si pollo es poulet, repollo tiene que ser repoulet.

            Bonjour, madame, un repoulet, s’il vous plaît…

            Tras minutos de desconcierto y xenofobia, la verdulera chillona terminó restregándole el repollo en la cara: Chou!!! Chou!!!

            Ah, la cosa se llama chou.

            Y allí estaba Gracielita, en la cocina colectiva de la residencia internacional para niñas decentes, con su delantal lleno de torres Eiffels,  picando el repollito, cuando entró Veronique, la nigeriana, y anunció: ¡Chicas, paque conozcan a Manuk!

            Y él entró. ¡¡¡ÉL!!! Nada más bello, distinguido, elástico, atlético y brillante. Una estatua olímpica africana, pero vivito y palpitando. Era perfecto, como de mentira y fotografía, con aquella mirada fulminante, una sonrisa Listerine y un collar criselefantino full colmillitos de pantera.  Roarrrrrrr, casi rugió Gracielita con un parpadeo en la castidad.

            Eso tiene que ser un príncipe. No puede ser otra cosa. Esto tiene que ser una alteza real de una tribu en donde todo ser viviente anda postrado por él.

            Y Veró hizo las presentaciones: El Príncipe Manuk.

            ¡¡¡Ajaaá!!!, estuvo a punto de gritar Gracielita, pero se controló, ¡qué iba a decir su majestad!

            Todas las jóvenes se pusieron en fila para hacerle los honores al futuro monarca. Y ella se quedó de última, con un temblor en las piernas, unas cosquillitas en las trompas de Falopio y el repollo bien abrazado sobre su corazón.

            Manuk, galante y aristocrático, las fue piropeando con bellezuras exóticas propias de su reino.

            A Germaine, la libanesa, le dijo: Tabou zahebré mankano boundiafali touba.

            Veró tradujo: tu cabello es como la sangre del chacal brillando en la oscuridad.

            A Gül, la turca: Ferékéfougou tafire soba korhogo bako.

            Tus pestañas de elefante son la brisa fresca en la espesura.

            A Joannie, la gringa: Dabakala bouake mbahiakro bereby.

            Posees el humor y alborozo de un chimpancé retozón.

            Y el Príncipe las hechizó a todas: Christine, cocodrilo sereno; Anne, hiena picarona; Sabrina, serpiente misteriosa… y finalmente se plantó enfrente de Gracielita. ¡Ay! ¿¡Qué animalito le iría a tocar!?

            Buyó Ouangolodougou-kong touba sequela bouna Bassam Niagbo Gnabo, ¡oh!, sassandra lahou zuénoula mamungo abidjan ledi tiassele divo Ouangolodougou-kong.

            Cuando el Guerrero-cazador retorna de la búsqueda infructuosa del Gran Rinoceronte Blanco, ¡oh!, no hay nada mejor que las anchas caderas de una pequeña mujer para el reposo del Guerrero-cazador.

            Ahhh-JÁ, exclamó Gracielita y el repollo se le cayó.

            Manuk, prendado, la invitó a tomar un kir en el bar más cercano y ella, seducida, supo que esa noche le diría adiós a su doncellez para sumergirse en el mundo alucinante del safari del rinoceronte albino.

            Él, esa balumba de músculo negro oloroso a azahar que la hipnotizaba con cada palabra, le estaba hablando de música en la patica de la oreja y ella sólo atinaba a pensar en la carta que escribiría: “Querida Mamá: No vuelvo, me voy de princesa para la Côte d’Ivoire con mi guerrerote Mamungo”.

            Ma musique favorite est le jazz.

            ¿¡Te gusta el jazz!? ¡A mí también, mi rey! ¡Tengo discos de Scott Joplim, Duke Ellington, Louis Armstrong, Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Bessie Smith! ¿Qué oyes tú?

Lesancdjcsón…

            ¿¡Quién!?

            Lesancdjcsón…

            Je ne comprends pas…

            Les 5 de Jackson…

            ¿¡Los 5 de Jackson!? ¡¡¡¿The Jackson Five?!!!

            Oui!

            ¿¡¡¡Jazzzzzz!!!?

            Mais oui!!!

            Y a Gracielita se le encurrujaron las caderas y todo le dejó de latir.  Nooooooo… es que uno no puede hacer el amor sin culturita. Sin culturita la pasión es sencillamente impenetrable. Pas possible, mon petit chou.

            A la semana, Veronique llevó a un primo suyo que sí sabía de melodías y de culturalidades. Mucho Harvard y mucho Cambridge, pero con el nombre no se podía: Festivity Mwebete.

            Monsieur et Madame Mwebete… No, no, no, no. Y, meses después, vuelta a la patria con un diploma, un baúl lleno de libros y toda su virginidad a cuestas.


Las cadenas de Nerón

Carolina Espada. @carolinaespada

Con un padre masón y una madre atea, revolucionaria y romántica, era muy poco lo que Carlos Eduardo sabía de la Biblia, del cristianismo, de las cuentas del rosario y de la palabra de Dios. Estudiar en un colegio laico, tampoco ayudaba para nada. Así que Carlos Eduardo decidió informarse a punta de películas. Sí, cada Semana Santa, pasaba horas viendo filmes de embatolados en la televisión.

Ilustración: @rchovet

Claro, que por culpa de los programadores de los canales, los conocimientos religiosos de Carlos Eduardo terminaron siendo un verdadero pasticho con frutilupis. Entre Jesus Christ Superstar, el Manto Sagrado y Charlton Heston abriendo el Mar Rojo, siempre ponían “Jasón y los argonautas a la búsqueda del Vellocino de Oro”; “Ben Hur”, que era impepinable; y una cinta de otro gladiador forzudo que, como era doblada en España, había que aplicarle el slogancito de “Rootes”: se escribe “Maciste”, pero se pronuncia “Mazzziste”. Rarísimo eso que un combatiente aceitado y lustroso se plantara frente a dos engrasados musculosos y les espetara: “¡Ala, gilipuertas, que os he estado esperando para pegaros un sopapo y unas cuantas ostias!”.

No era raro que a Carlos Eduardo se le confundieran los milagros de Cristo con las metamorfosis de Zeus. ¿Y qué decir de las tentaciones en el desierto, la manzana de la discordia, Herodes y los niñitos con pésima suerte, Afrodita, Hera y Palas Atenea? Una vez hasta pusieron un especial sobre “Las Meninas” de Velázquez y, desde entonces, Carlos Eduardo pensaba que junto al salón en donde posaba la Infanta Margarita, debía estar el comedor con los convidados a la Ultima Cena. “Es que tienen la misma luz…”.

Pasaron los años, el papá de Carlos Eduardo siguió en su masonería; la mamá continuó como Buñuel: “atea, a Dios gracias”, y Carlos Eduardo nunca se cansó de ver a los 12 apóstoles, los 10 mandamientos, las 7 plagas de Egipto y los 7 pecados capitales, los 4 jinetes del Apocalipsis, las 3 virtudes teologales y demás numeritos.

Pero una buena Pascua Florida llegó un Jueves Santo y en la tele no pusieron a Jesucristo con sus buclecitos, ni al otro lavándose las manos, ni a María Magdalena pura lágrima, melena y escote. Es que en ningún canal pasaron algo a propósito de la ocasión. Ni siquiera repitieron la hagiografía de Santa Rosa de Lima (que era una fija todos los años y a quien Carlos Eduardo, por cariño y por el exceso de confianza que dan las reposiciones televisadas, ya le decía: “la boba de las rositas”). Nada… en vez de religión lo que transmitieron fue un programa sobre la vida de Nerón Claudio Druso Germánico (Nerón para la vox populi).

Resulta que este emperador reunía a todos los aristócratas y beautiful people de Roma en un anfiteatro y, durante hoooooraaaaas, cantaba, actuaba, declamaba, danzaba, recitaba y tocaba diversos instrumentos musicales. Un día se disfrazaba de Baco, dios de la fertilidad y del vino, inspirador de la locura ritual y del éxtasis, con un copón de oro en la mano, una corona de hojas de parra y un racimo de uvas en la oreja izquierda; otro día, de Neptuno, señor de las aguas y de los mares con un enorme tridente de plata, y entraba a escena parado sobre dos caballos blancos mansitos: un pie sobre el lomo de uno y un pie sobre el otro. Para veladas sumamente especiales personificaba nada más y nada menos que al máximo de los dioses, a Júpiter, y se trasformaba mil veces en escena, que si era un cisne o un toro o un águila o una lluvia dorada. Lo de la lluvia -creación suprema de unas hilanderas ciegas de Dalmacia- era el propio rapto, mas no, el de las sabinas. Cuentan que tanto los nobles como el ejército se escandalizaban con las representaciones de dramas religiosos hechas por Nerón, pero que nadie decía nada. Ni pío. Pium non dictus est.

¿¡Y qué iban a decir!? Todo el mundo estaba en la obligación de ir al hemiciclo, sentarse calladito, sonreír admirado ante tanto talento de tan larga duración y, al final, aplaudir con forzado frenesí. No se aceptaban las excusas: “que hoy no puedo porque me llega una tía de las Galias”, o “tan pronto sacrifique el cochinito a los dioses lares, cojo para allá”, o “no, es que Tito Livio estaba en las termas y lo picó un áspid, y yo voy a pasar por su casa a darle el pésame a la viuda”. Nada de eso. De contrariar e irrespetar al César, el invitado terminaría comiéndose -por insistencia de la Guardia Pretoriana en pleno- una cestica de higos envenenados.

Escribe Suetonio que como los asistentes no osaban interrumpir el megaespectáculo unipersonal, galáctico y sideral, asumían la cosa y obedecían mansamente. Fueron muchas las mujeres que parieron en la gradería mientras Nerón ejecutaba una pirueta tralalí. Recién nacido, cordón umbilical, placenta, reguerete amniótico, peplo ensangrentado, señora medio desmayada y el otro por allá en escenario: desatado, ni pendiente, entregado a su arte con loca pasión. Agrega el historiógrafo que unos cuantos hombres, agobiados hasta el paroxismo tras tanta performance imperial, se lanzaron de cabeza desde lo alto del teatro, poniendo fin a sus días de servilismo, adulancia y esclavitud. “Es mejor un autosuicidio que un higo envenenado”, juran que comentó un abatido justo antes de tirarse al vacío.

Carlos Eduardo está organizando un comité pro defensa de los derechos televisivos. ¡Abajo cadenas! ¡Democracia, control remoto, libertad de elección!


Las prendas de Rolito

            “Ese gordito tiene que ser marico…” masculló un señor ahí junto a la ponchera de tisana y Rolito fue corriendo y le preguntó a su mamá. Ella no le contestó, sino que se puso muy pálida, dejó el tequeño empezado sobre una servilleta bordada, agarró a Rolito por un brazo, a su hija Mercedes por otro y, con un nudo en la garganta, decretó: “Niñitos: nos vamos de aquí”.

            Pero es que la Sra. Amelia no era una mamá común. Era una madre viajera. Cada vez que su marido se iba a un Congreso Internacional Importantísimo Al Cual Esta Vez Sí Es Verdad Que No Puedo Faltar De Oftalmología, ella sacaba sus maletas de tela y estampado Mary Poppins y partía hacia rumbos desconocidos.

Ilustración: @pacochovet

            Mandaba postales y traía regalos: atuendos autóctonos de diversas épocas y de cada país visitado.

            Mercedes los odiaba, empezando por el kimono del Crisantemo Azul que le daba tanta vergüenza y, en la barriga, tanto calor.

            A Rolito le gustaban mucho. En vez de Zorro, Batman o Llanero Solitario, a él lo vestían de monje medieval dibujante del libro de Kells del Scriptorium de Iona; de próspero fabricante de samovares de la corte del Zar Nicolás II; de bullicioso vendedor de camellos del mercado de Hofuf en el oasis de al-Hasa y de  valiente cruzado  –con yelmo, visera y loriga de mallas de Damasco-  destacado en la isla de Rodas. Pero su favorito siempre fue el de impecable maestro horticultor de los jardines colgantes de Semíramis en Babilonia.

            Mercedes se burlaba de él: “Pareces una niña, niñiiita…”.

Y a Rolito, plin. Él estaba feliz embojotado en ese mantón con flecos dorados y con las pulseras y los collares así como de oro. “Mesopotamia… un pueblo con accesorios… ¡toda una civilización!”.

Pero entonces le dijeron “marico” y ese disfraz no se lo volvieron a poner.

“¡Más nunca le pregunto más nada a mi mamá!”.

***

En Navidad, el Niño Jesús le trajo a Mercedes una Barbie y a Rolito lo arreglaron con un muñeco aburridísimo de nombre espantoso: “G.I.Joe”. La Barbie tenía ropita: jugadora de tenis, aeromoza de la PANAM, diva de Hollywood y conjunto playero. En cambio, el abúlico ése, sólo venía con un uniformito militar.

Y Mercedes nada que le quería prestar la Barbie a Rolito.

“¡Mamá, Rolito le quitó el traje de baño a mi muñeca!”.

“¡No le digas Rolito a tu hermano! ¡Miguel Antonio, tú también me haces el favor!”.

Y el papá susurraba complacido: “Es varón, Amelia, y está creciendo el muchacho, es normal que quiera ver a la Barbie desnuda…”.

Pero ahí mismo Mercedes pegaba otro alarido: “¡Mamá! ¡Rolito le está poniendo el traje de baño de mi Barbie a su G.I.Joe!”.

***

Cuando Mercedes cumplió quince años, su madrina Ada (Rolito siempre pensó que era “Hada”) le regaló su primer juego de ropa íntima “de mujer”.  Era de color salmón clarito, como brillante, como frío y osado. La Sra. Amelia comentó que no le parecía, pero su comadre se rio y le dijo: “No seas pendeja, Amelia.” Así mismo le dijo…

Mercedes estaba “¡Twist, a Go-Gó, Yeyé, Pata-Pata!”… hasta el día en que se le perdieron las pantaletas. La prenda se buscó por todas partes y no se encontró.

Las tenía Rolito y -como la liga le cortaba la circulación- se las encasquetó clandestinamente a la papelera ovalada de su cuarto.

“Pantaletas estiradas más tarde”, en la clase de gimnasia, Rolito se clavó la punta del plinto en la hombría y se privó.  Ahí mismo lo desvistieron delante de todos los compañeritos y…

“¿Aló, Sra. Amelia?… Esteee… ¿podría venir para acá?”.

Cambio de colegio y comienzo de la psicoterapia.

Tras meses de exámenes, de análisis freudianos y jungnianos, y de ver papeles con manchas en forma de mariposas y oír a Rolito declarando: “Estoy viendo mariposas”, el doctor concluyó:

  1. Al niño le molestan los calzoncillos Jockey “con suspensor canguro” tan de moda.
  2. Buscó refugio en las pantaletas de su hermana por simple comodidad.

***

            Y pasaron treinta años y Rolito es un hombre perfectamente normal.

            Hoy se casa con una señorita muy fina a quien conoció en una fiesta de Halloween. Entre brujas y Morticias y tantas otras déjà vues, ahí estaba ella disfrazada de “Baronesita Tisza Ardeal de Transilvania, el gran amor incompatibilísimo del Conde Drácula”.  ¡La dulce y desventurada Tisza…! ¡Tch-tch-tch! Purita sangre azul, pero hemofílica.

            A mediodía es la boda y Rolito, engominado, no ve la hora de ponerse su paltó levita, su plastrón con su perla y, bajo los pantalones grises de rayitas, adheridos a sus muslos, esos ligueros negros de cintas y encajes que  –“¡Ahhh!”-  lo hacen sentir tan bien.

Carolina Espada/ @carolinaespada

Premio Mejor Artículo de Humor, El Nacional, 1999