orientación emocional

Contra la Indolencia

Leonor Andrade Castillo

Un evento cercano activó mi reacción hacia la indolencia y la posterior observación tanto de mí misma como del entorno.  Me movió la indignación y el dolor. Aunque me tomó un tiempo recuperar mi centro, logré transformar mi rabia en acción, observar con calma el panorama amplio de lo que estamos viviendo como sociedad en Venezuela y escribir mi reflexión para compartirla contigo. 

Vinieron a mí imágenes de la inmensa cantidad de adultos mayores abandonados por sus familiares que salieron del país.  Algunos están en ancianatos abandonados por sus familias, otros viven solos en sus casas sin mucho apoyo y otros están abandonados en la calle. Me conecté con el sufrimiento de las familias que están viviendo el duelo por la muerte repentina de uno o varios de sus miembros por el Covid-19 o que están en pleno proceso de la enfermedad, (como en el caso de la cantante venezolana Soledad Bravo) y no tienen manera de costear el tratamiento y posible hospitalización y necesitan hacer campañas de recolección de fondos.  

Sentí el dolor y la impotencia de los cientos de médicos y enfermeras y enfermeros que literalmente les arrebatan la vida, y sus familias han quedado abandonadas a la buena de Dios, ante la mirada indolente del Estado y de una sociedad que está también desprotegida y no logra reaccionar.  Me llegaron las múltiples imágenes de docentes que llegan caminando a sus aulas porque lo que ganan no les alcanza ni siquiera para un pasaje y una vez allí están expuestos al contagio ya que no hay protección ante el virus porque las escuelas y liceos (sobre todos los públicos) tampoco cuentan con los recursos para preparar las instalaciones y hacerlas seguras para profesores y alumnos y todo el personal que allí labora. 

Pensaba en todas las familias que han quedado desmembradas por la violencia y la cantidad de mujeres que han sido víctimas de la violencia en este último año, en los refugiados que esta semana tuvieron que huir de la violencia a Colombia por los enfrentamientos en Apure.  

Y podría seguir y no alcanzarían las páginas y páginas de historias de indolencia que estamos viviendo a diario. Y podría engancharme en la crítica hacia la sostenida y característica indolencia frente al sufrimiento de los venezolanos.

Sin embargo, en lugar de ello, prefiero centrarme en mi convencimiento de que todo cambio colectivo comienza por un cambio individual, como nos dice el maestro Thich Nhat Hanh: «Transformar nuestra consciencia individual es detonar el proceso de transformación de la consciencia colectiva«.   

Esta indolencia que estamos padeciendo es una oportunidad.  Una oportunidad para observarnos a nosotros mismos y preguntarnos:  1.- ¿Soy indolente conmigo mismo?  2.- ¿Soy indolente con los que me rodean?  3.- ¿Cómo puedo hacerlo diferente?

Esto son los primeros pasos en el proceso de transformación individual en relación a la indolencia, que de uno en uno nos llevará a la transformación colectiva.

Algunos ejemplos de cómo puedo estar siendo indolente conmigo mismo pueden ser salir a la calle y estar en sitios públicos sin mascarilla y sin mantener el distanciamiento social. Cuando hago eso estoy siendo indolente conmigo mismo, en primer término exponiéndome al contagio y sus consecuencias.  

Un ejemplo de estar siendo indolente con otra persona puede ser cuando uno de tus vecinos se contagia y te mantienes indiferente o incluso asumes una actitud de rechazo y discriminación hacia la persona, pensando únicamente en ti mismo, sin considerar cómo pueda estar sintiéndose tu vecino o el apoyo que pudiera estar necesitando.  Otro ejemplo de indolencia hacia la otra persona es toparte con un vecino o amigo y que te diga u observes que está triste o tiene alguna dificultad y no tomarte el tiempo de preguntarle qué le sucede y escucharlo (esto se puede hacer manteniendo el distanciamiento social y con nuestra mascarilla).

No hay mayor aislamiento que nuestra propia indiferencia hacia nosotros mismos y hacia los demás.

¿Te has preguntado cuál es la otra cara de la indolencia?  Voy a compartir contigo un ejemplo del mejor antídoto contra la indolencia: la compasión.

Hace pocos días mi vecina cumplió años. La felicité y me contó que tenía el corazón chiquitico. El día de su cumpleaños salió a hacer una gestión y la llamó un familiar para felicitarla y le pidió que se acercara. No estaba de ánimo y sin embargo ante la insistencia accedió. Cuando llegó al lugar se encontró con que la hija, que emigró hace ya varios años, le había mandado unas flores por su cumpleaños y se había puesto de acuerdo con el familiar para que compartieran un desayuno especial. Se puso a llorar de la emoción y aunque no tuvo a su hija de cuerpo presente, sí la tuvo en intención, desde la empatía que sintió su hija que la llevó a tomar una acción compasiva, en pro del bienestar de su mamá.

Estamos viviendo momentos en los que los contrastes están a la orden del día.   Está en cada uno de nosotros tomar la decisión si queremos seguir por el camino de la indolencia o por el camino de la compasión, porque como expresa el Dr. Paul Gilbert: “La compasión es (…) poderosa, es contagiosa e influyente. Y de manera crucial, quizás sea el único lenguaje universalmente reconocido con la capacidad de transformar el mundo.”

28 de marzo 2021