orientación emocional

Confinamiento, Decisión y Libertad

Leonor Andrade Castillo

Me siento por momentos ansiosa.  Presa entre cuatro paredes del ancianato donde vive mi mamá y en el que permanezco varios días de la semana para cuidarla. En esos momentos me asaltan las ganas de salir, irme de tiendas, aunque no tenga nada qué comprar y conversar de cerquita con el vendedor. Siento ganas de visitar a todos mis amigos en un solo día y comer juntos y ponernos al día y sentir su cercanía, sus voces, su calor.  Me dan ganas de ir corriendo a mi consultorio y hacer sesiones a puertas abiertas con todo aquel que en este último año me ha insistido que quiere que hagamos sesiones presenciales.  Estoy consciente de que cuando esto sucede en realidad me siento presa no tanto del Covid-19 como de la represión, de los mandatos, de las limitaciones de movimiento, de sentir que no puedo hacer lo que quiero. 

Para mí la libertad ha sido un tema desde que me acuerdo.  Era niña, realmente pequeña y cuando mi mamá me ponía alguna restricción o me decía que no me daba permiso para hacer algo, yo siempre replicaba y preguntaba el por qué.  Recuerdo que mi mamá me inscribió en clases de ballet.  Tenía como 10 años.  Las clases eran una vez a la semana, en las tardes, en el colegio.  Yo no quería esas clases.  No me gustaba el ballet y por más que mi mamá alababa los beneficios del ballet yo sentía cada vez más rechazo.  Llegó el día y fui a mi primera clase y luego a la segunda y la tercera y no me gustaban.  Un día, en lugar de irme a la clase de ballet decidí irme caminando hasta el parque y descubrí que daban unas clases de tenis.  Me quedé esa tarde y disfruté un montón. A la semana siguiente decidí volver y así durante varias semanas y la verdad en ese rato se me olvidaba el tema de las clases de ballet, hasta que llegaba a la casa y mi mamá me preguntaba cómo me había ido.  Le mostraba vueltas y pasos que me inventaba al momento y así me mantuve hasta que del colegio llamaron a mi mamá para preguntarle qué pasaba que no había vuelto a las clases.  Ese día cuando llegué de la clase de tenis, mi mamá como de costumbre, me preguntó cómo me había ido en el ballet y yo, también como siempre, le mostré todo lo que había aprendido.  Ella me miró y me dijo: Has aprendido mucho considerando que no has ido más a las clases.  Se imaginarán mi cara de sorpresa: ¿Cómo que no he ido mami?  Ella sólo me miró y luego escuché, como en cámara lenta, que habían llamado del colegio para decir que no había vuelto a las clases.  ¿Dónde has estado todo este tiempo?  ¿Tienes conciencia del peligro?   Le conté lo que había estado haciendo y le repetí que no quería ir a clases de ballet y que había decidido irme a las clases de tenis porque no me había querido escuchar.  Hablamos y quedamos en que ella iría conmigo al parque a ver cómo eran las clases y que hablaría con el profesor de tenis y que no volvería a las clases de ballet.   Continué con las clases de tenis, esta vez sin hacerlo a escondidas. 

Rescato de esta historia que ante una situación que no me agradaba tomé una decisión.  Las clases de ballet seguían allí, pero ante lo que sentí como una imposición tomé la decisión de buscar otra opción que si me gustara.   

Decisión. Esa es la palabra clave aquí.  Qué es lo que decido ante lo que se me está presentando en el entorno.  Qué decido frente a las restricciones.  Y ojo que no decidir nada también es una decisión.  Frente a las restricciones, sean las que sean, al final, tengo la potestad de decidir cómo manejarlas y cómo manejarme.  Y es que entonces estamos hablando de dos dimensiones de la libertad: la libertad externa y la libertad interior.  

Si yo por ejemplo me lleno de ira, de miedo frente a las restricciones, no voy a poder decidir libremente, no por lo que esté sucediendo fuera sino por mi ira y mi miedo.  Tengo la opción de mirar mi ira, darme cuenta de ella, sentirla, identificar qué es lo que me da ira o qué es lo que me da miedo, cómo se manifiestan, qué cosas me dicen en mi pensamiento, cómo los siento en el cuerpo… al observarlos, al darme cuenta de cómo son, puedo decidir cómo manejarlos para luego, libre ya de ellos, poder mirar hacia afuera, identificar qué es lo que realmente quiero y cómo puedo hacer para lograrlo, tomando en cuenta la situación de mi entorno, y consciente de las consecuencias que puedan tener mis decisiones. Thich Nhat Hanh plantea que la manera de manejar nuestra ira o nuestro miedo es mediante la respiración consciente, mediante la meditación (mindfulness).

Al final la libertad y la responsabilidad van de la mano y en último término sean cuales sean las circunstancias, siempre tenemos la opción de elegir cómo queremos asumir la situación, elegir la actitud con la cual vivir el confinamiento. 

Viktor Frankl, psiquiatra que vivió confinado en un campo de concentración, se refiere a la libertad interior y nos dice que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.”  

En cada decisión de ese nuestro propio camino vamos descubriendo el sentido de nuestra vida que entonces va dándole fuerza a cada paso y nos va conectando con una visión interna y espiritual que va mucho más allá de lo que vemos en lo inmediato, nos conecta con el amor.  “Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad sin contempla el rostro de su ser querido”.   Esto me conecta con lo difícil que ha sido para todos aquéllos (parejas, padres e hijos, abuelo y nietos, amigos) que por las restricciones de movimiento por el Covid-19 tienen ya un año lejos físicamente… Frankl nos dice: “Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia. Ignoraba si mi mujer vivía y carecía de medios para averiguarlo (…). No sentía ninguna necesidad de comprobarlo: nada podía afectar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o la mirada amorosa de su figura espiritualizada.”  

Siempre tenemos la opción de elegir.  Elegir si queremos seguir mirando hacia afuera dejándonos llevar por lo que otros decidan o decidir mirarme, observar mis emociones para poder sentirlas y manejarlas de manera consciente y poder decidir y descubrir una dimensión más profunda de mi vida, de la cual soy el único dueño. 

21 de Febrero 2021