orientación emocional

Más Allá de la Duda 

Leonor Andrade Castillo

Si algo agradezco de la psicoterapia es haber aprendido a observarme.  Recuerdo hace ya bastantes años, cuando estaba formándome, que mi maestro, el Dr. Guillermo Feo, hacía referencia a una lectura de Fritz Perls en la que decía que llegaba un momento en el proceso de trabajo personal, en el que nuestra vida se convertía en un constante “darse cuenta”, gracias a nuestra auto observación. Es un proceso que requiere su tiempo y compromiso, ya que no estamos entrenados para observar hacia adentro sino hacia afuera. Por ello, en un comienzo, solemos mirar afuera, en los demás, nuestra propia proyección, y nos toma tiempo, darnos cuenta de que eso que estamos viendo en el otro, tiene que ver con nosotros mismos. 

Con la práctica, vamos aprendiendo a observar las señales que nos da nuestro cuerpo frente a algunas experiencias, pensamientos y emociones.  Aprendemos a identificar cómo se manifiestan en nuestro cuerpo esos monstruos que trabajamos en terapia.  Puede ser que estemos trabajando nuestra ira y estemos aprendiendo a observar a esa parte nuestra, a nuestro iracundo.  Podemos entonces comenzar a observar nuestros pensamientos, la emoción de la rabia como tal, podemos observar en qué partes de nuestro cuerpo la sentimos.  Esto aplica para todas esas partes nuestras que estemos conociendo o trabajando, como decimos en lenguaje psicoterapéutico.

Lo que no sabía en ese momento, y durante mucho tiempo, es que ese entrenamiento de auto observación me llevaría cada vez más a estar conectada con mi “corazón”, con mi ser interno, con mi voz interior, con la voz de Dios.  Como somos humanos, aprender a escuchar esta voz interna, esa que llamo la voz de Dios, también requiere práctica y mucha humildad. Requiere además trabajar nuestra duda, esa que se presenta a cada rato, frente a cualquier experiencia de nuestra vida cotidiana. Puede aparecer como un pensamiento, o como una sensación física o como una emoción.  Y esta duda es una gran maestra para aprender que la conexión con nuestro ser interior, depende en gran medida de que logremos superarla, ya que ella entorpece la conexión, como cuando estamos conectados a Internet y la señal está inestable y no podemos ver de manera fluida lo que se nos presenta en la pantalla. 

Hace unas semanas, estuve sin electricidad desde la noche. Eran las 11 de la mañana.  Tenía una persona citada para una sesión de psicoterapia a las 3 de la tarde.  A medida que pasaba el tiempo, y se iba agotando la pila del celular, me fui poniendo nerviosa, así que decidí que si a la 1:30pm no habían repuesto el servicio, me iría al supermercado a cargar la batería del celular.  Llegó la hora y me fui.  A las 2:30pm terminó de cargarse la batería y me vine a casa para mi sesión.  Llegué a las 2:50pm. Me sentía tranquila, orgullosa de mí misma por haber encontrado una solución a la situación, y comencé a preparar todo para tener la sesión con mi cliente. Prendí la computadora, conecté la zona de wifi de mi celular y exactamente a las 2:59pm llegó la electricidad. En medio de mi sensación de alivio, inmediatamente, escuché mi voz interna: ¿Qué te pasó que no confiaste en mí?  Fue como un baño de agua fría. Me di cuenta, por primera vez de forma clara, de mi duda y cómo la Divinidad (yo la llamo Dios) me mostró de manera contundente y hasta dramática, que siempre está allí y que soy yo la que se desconecta.

Hace pocos días, estando en el ancianato con mi mamá, recibí un mensaje de cancelación de una cita que tenía pautada para ese día en la tarde. En ese momento escuché una señal de alerta que me decía: “Abre bien tus ojos. Escucha.” Estaba por terminar mi guardia. Decidí quedarme hasta más tarde en vista de que se había liberado mi agenda. Vino el señor de mantenimiento del ancianato a arreglar luz del cuarto de mi mamá. Terminó en la tarde. Se desató una mega tormenta eléctrica. Decidí irme. Cuando me despedí de mi mama, me tomó de la mano, me miró fijamente y me pidió que me quedara. Recordé mi voz interna que me había dicho que estuviera alerta y decidí quedarme. En ese mismo momento recibí un mensaje de mi vecina: “Se cayó un árbol y no hay paso para venir a casa.” 

No importa cuán difíciles sean las situaciones.  Dios siempre está allí, incluso cuando no escuchamos por nuestra duda. La auto observación que aprendemos en psicoterapia, es un camino en el que nos abrimos a escuchar nuestra voz interior, la voz de Dios.  

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Depende de Ti

Leonor Andrade Castillo

Aunque en ocasiones pareciera que tenemos todo en nuestra contra, siempre tenemos la opción de decidir en nuestra vida cotidiana, independientemente de las dificultades y entorno en el cual estemos viviendo.   Si vives en Venezuela, quizá puedas estar pensando que no tenemos muchas oportunidades para decidir en nuestra vida cuando pasamos tantas horas del día sin agua, sin electricidad, sin Internet, sin gas, o rodeados de basura porque no viene el aseo con regularidad.  Puedes incluso experimentar  situaciones aún más extremas como vivir en un refugio, o vivir en la calle.  Si eres migrante y vives en otro país, puedes sentir que no perteneces, que has perdido toda tu red de apoyo, que estás trabajando empezando desde cero… Adicionalmente, todos hemos vivido la experiencia de la pandemia con lo que ello ha implicado: limitación en la posibilidad de movernos fuera de nuestras casas, cambio en la manera de trabajar o incluso pérdida del empleo, cambio en el funcionamiento de la familia debido al confinamiento de la mayoría de lossus miembros, impacto en los niños por el hecho de no poder asistir a clases de manera presencial.  

¿Te has sentido abrumad@ por tus circunstancias?  ¿Te has sentido que has perdido poder frente a la situación que estás viviendo?  O tal vez, has encontrado la vuelta y en medio de la dificultad (no vamos a negar que es una situación compleja) tomaste la decisión de asumir el reto de encontrar una forma positiva de navegar la situación.  Ojo, no es que sea mágico.  Por supuesto, que detrás de nuestras decisiones hay un “trabajo” y que una vez que tomamos una decisión, requiere una acción de nuestra parte.  De hecho, para que se produzca un cambio se requiere que haya una acción.  De lo contrario se quedará sólo en tu mente como una posibilidad.

¿Qué suele haber detrás de un proceso de decisión?

Lo primero, es identificar qué es lo que te mueve en tu vida, cuál es tu propósito. En ocasiones, cuando se nos presenta una situación difícil en nuestra vida, la podemos convertir en una oportunidad para revisar, identificar, o hacer ajustes en nuestro propósito de vida.  Esto requiere de nuestra parte hacer un ajuste en nuestro lente y enfocarlo hacia adentro en lugar de en la circunstancia externa.  El propósito no lo vamos a encontrar en la situación sino en nuestro corazón. 

Aquí me quiero detener un tanto en un tema que suelo mencionar con frecuencia: La lucha interna con nuestros saboteadores, diablitos, monstruos o como los quieras llamar. Todos tenemos algunos de estos monstruos con los que nos toca lidiar, y a medida que vamos  afrontándolos y haciéndoles saber que los estamos viendo, ellos van dismimuyendo en tamaño y fuerza, y se va acrecentando nuestra parte sana, positiva, sabia. A eso se refieren en la Kabbalah cuando dicen que El Adversario (nuestro monstruo o saboteador), tiene un doble propósito: sabotearte, y al mismo tiempo contribuir para que evoluciones como persona.  Los saboteadores o monstricos no nos van a dar tregua. Es necesario verlo y desmontarlo cada vez. A medida que vayas aprendiendo a identificarlo, él, que es muy hábil y tiene años de experiencia, también va a ir cambiando para que no lo puedas ver (él sabe que su invisiblidad es su mejor arma).  Ahí es donde toca estar alerta y usar todas las herramientas que tengas a tu disposición.  Voy a darte un ejemplo: Puede que estés ajustando tu propósito de vida y tu saboteador puede activarte pensamientos tales como: “Eso es inútil”, o  “Es muy difícil”, o “No lo vas a poder hacer”… Toca mirarlo y decirle: Te estoy viendo… Aquí estás diciéndome que será inútil, difícil o que no lo puedo hacer… Esto te permite hacer una diferencia clara entre tú y tu saboteador… Tu saboteador No eres tú.  Te sugiero ponerle un nombre para que lo puedas indentificar con facilidad. Le puedes poner un nombre gracioso que tenga que ver con su característica principal (el chismoso, el criticón etc.).  El siguiente paso es desactivar a tu saboteador. Puedes utilizar varias opciones: 1.- Centrar tu atención en tu respiración ; 2.- Centrar tu atención en tu sentido de la vista y mirar de manera detallada el objeto frente a ti (su color, su textura, su tamaño), sin juicio, sólo las características ; 3.- Centrar tu atención en tu sentido del tacto y tocar un objeto cercano y sentir su textura (si es duro, suave, áspero), su temperatura (caliente, frío, tibio)…  Esto lo puedes hacer por unos 20 segundos.  Una vez que lo hayas terminado, puedes retomar tu actividad y con la mente tranquila decidir lo que quieres hacer, libre de la presión de tu saboteador.  Cada vez que hagas esto, la voz de tu parte sana irá creciendo y teniendo un rol protagónico en tus decisiones.  Recuerda: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”. (Viktor Frankl). 

Si deseas aprender a desmontar tus monstricos internos, puedes contactarme por WhatsApp al +58 414 6387298 o por mi mail: leonorandrade29@gmail.com y con gusto te atiendo.

¿Intolerante yo?

En teoría, todos sabemos que existen personas que no piensan o sienten igual que nosotros.  No obstante, puede que seamos intolerantes frente a alguna característica física de otra persona (el color de piel o la contextura física). Tal vez seamos intolerantes ante la posición política de la otra persona (por ejemplo, en nuestro país, entre chavistas y no chavistas).  Puede que no toleremos la manera de vivir de otra persona en relación al género (por ejemplo podemos molestarnos porque una pareja de dos personas del mismo sexo se sentaron en la mesa contigua a la nuestra en un restaurante o podemos mostrarnos intolerantes frente a una persona trans). Quizá seamos intolerantes frente a personas que tienen una cultura diferente o una religión distinta a la nuestra (como por ejemplo la lucha entre musulmanes y católicos).   Son muchas las situaciones en las cuales podemos ser intolerantes, como por ejemplo frente a las personas mayores, o las personas que tienen alguna discapacidad, o frente a los animales . 

¿Qué es la intolerancia?  La intolerancia es una dificultad para aceptar las prácticas o creencias o características distintas a las propias. Es una falta de respeto o incluso un rechazo ante las diferencias que pueda tener la otra persona en relación conmigo.    Esto se puede presentar frente a un total desconocido o ante personas cercanas, como amigos o incluso familiares.

¿Cómo se manifiesta la intolerancia?  La intolerancia puede manifestarse de diferentes formas, en una amplia gama de acciones: a través de discursos de odio, a través de insultos o algún otro tipo de agresión verbal como por ejemplo la burla, mediante agresiones físicas que pueden incluso lesionar a la otra persona. La intolerancia se manifiesta en actitudes de rechazo visceral hacia la otra persona.  Es un rechazo a priori, que tiene que ver con un prejuicio o alguna experiencia negativa en nuestra vida, que se expresa de manera irracional y falta de empatía.  La intolerancia también puede manifestarse en una dificultad para escuchar a otra persona que tenga una posición distinta a la nuestra. 

Algunas características de la personas intolerantes 1- Pueden tener dificultades en sus relaciones interpersonales.  Pueden entrar en conflicto con otras personas con frecuencia. Y es que, como dice Quevedo: “El que quiere en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos en la vida.”  2.- Consideran que tienen la razón y en ocasiones pueden menospreciar a los demás que tengan una posición diferente a la suya.  3.- Suelen tener un pensamiento rígido y piensan que existe una única verdad: la suya. Aunque parezca un contrasentido, necesitamos estar alertas incluso ante la posibilidad de que seamos intolerantes frente a la los intolerantes ya que como expresa el filósofo teólogo Jaime Luciano Balmes: “No es tolerante quien no tolera la intolerancia.” 4.- Suelen tener un pensamiento en el que no hay términos medios: o es blanco o es negro.  5.- Quieren tener todo bajo control, por ende no suelen llevarse bien con la incertidumbre y los imprevistos.  6.- Suelen tener poca tolerancia ante cualquier crítica que le pueda hacer otra persona, tengan o no razón.  7.- Suelen ser impacientes y reaccionar de manera impulsiva. 

¿Podemos aprender a ser tolerantes?    Por supuesto que sí.  La tolerancia es un músculo, y para que sea equilibrada es necesario  ejercitarla. La idea no es irnos al otro extremo, el de la complacencia y la indiferencia, ya que como bien dice Einstein: “El mundo se encuentra más en peligro por aquellos que toleran o promueven el mal que por aquellos que realmente lo cometen.” 

Lo primero es identificar las formas en las cuales puedas estar siendo intolerante. Puedes hacer un ejercicio de auto-observación en tu vida cotidiana, para que puedas identificar las formas en las cuales resultes intolerante y también aquéllos aspectos que sirven de disparadores.  Identifica la emoción que se te active (por ejemplo impaciencia, rabia), qué sientes en tu cuerpo cuando estás sintiendo estas emociones, ( el corazón acelerado o caliente el rostro). Si por ejemplo identificas que te sientes impaciente, puedes hacer una ejercicio de respiración conciente, inhalando, reteniendo, exhalando y reteniendo en cuatro tiempos de forma que te calmes y tengas la oportunidad para escuchar y pensar en lo que la otra personas está realmente diciendo y luego tomarte un momento para decidir si quieres responder y cómo o si prefieres mantenerte en silencio. Este es sólo un ejemplo de las innumerables formas en las cuales puedes fortalecer tu músculo de la tolerancia. Si lo practicas diariamente, poco a poco notarás la diferencia en tus niveles de bienestar. 

Si deseas comenzar un proceso psicoterapéutico conmigo, puedes contactarme por WhatsApp al +58 414 6387298 o por mi mail: leonorandrade29@gmail.com y con gusto te atiendo.

Entre el Diablito y el Angelito: Tú Decides

Leonor Andrade Castillo

Es domingo. Suena el teléfono.  Es una llamada de un vecino cercano.    

Mi vecino quería mi ayuda.  Había tenido un inconveniente con una persona por unos ruidos molestosque llegaban hasta su casa y no podía descansar. Había ido a hablar con la persona y, según me dijo, se había reído de él. Se fue y el ruido continuó. 

Quería que yo actuara como mediadora.

Mientras hablaba, aunque sentí que podía comprenderlo, en el fondo de mi cabeza tenía una voz que decía: Este tipo sí que es caradura… ¿No se acuerda acaso cómo te trató cuando estabas tratando de arreglar una filtración y una parte del problema estaba en su casa? ¿No se acuerda cómo te hacía morisquetas mientras le hablabas?  ¿No se acuerda cómo seguía de largo cuando le mencionabas el tema, o no recuerda sus “Noes” persistentes?  ¿No recuerda cuando se cayó la puerta de tanta humedad y lo que hizo fue reirse y decir que eso nada tenía que ver con él?  ¿Y a ti se te olvida que tuviste que ir con el plomero a su casa y reparar las grietas que tenía en el patio y en la cerca que colinda contigo?… ¿Se te olvida que tuviste que pagar toda la reparación?  La vocecita siguió… Dile que eso que le está pasando es lo que se merece …  Esa vocecita era mi diablito.

Mi angelito también habló y dijo: Ayúdalo. Resuélvele el problema. Así te lo ganarás y cambiará contigo.  Eso es lo que hace una buena persona.

Visualicé qué pasaría si fuera a hablar con la persona que había hecho los ruidos, y me vi en el medio de los dos, recibiendo la energía de sus acusaciones mutuas y rabias. También imaginé lo que pasaría si me vengara de mi vecino, fuera ofensiva con él y le dijera que eso es lo que se merece y que no cuente conmigo para nada. 

Mi diablito y mi angelito siguieron así diciéndome cosas a diestra y siniestra.  Apenas uno de ellos hablaba, el otro se activaba y le respondía.  Me tenían loca.  

En medio de estos dimes y diretes, me di cuenta que ninguna de sus opciones me hacía sentir bien.  Los observé a los dos y les dije: Lo que ambos me están planteando no me satisface. Voy a tomar mi propia decisión.

Así que le dije a mi vecino: Si fuera tú, tendría paciencia y esperaría, y si vuelve a suceder lo mismo, otro día cercano, iría  a hablarle de nuevo, de una manera amable y firme. Si no logras un acuerdo, puedes pedir ayuda a jueces de paz para que sean mediadores en la situación. Escuchó y pareció gustarle esa manera de manejar la situación. 

Yo por mi parte, me sentí tranquila. No me dejé llevar ni por el diablito ni por mi angelito. No tuve una mala reacción hacia él, ni fui la salvadora que se expondría a todas las malas energías, la rabia y la probable culpa, que recaería sobre mí.

Funny little man, vector illustration.

Este tipo de situaciones se nos presentan de manera cotidiana.  Por ejemplo cuando vamos a desayunar y nuestro diablito quiere comerse una empanada frita de carne mechada, y nuestro angelito nos dice que es preferible desayunar con avena que es mejor para nuestra salud. 

El diablito insistirá de muchas maneras. Es muy bueno y creativo poniéndonos las imágenes o las sensaciones de aquello con lo que nos quiere convencer. Nos puede hacer sentir el olor de la empanada o el rico sabor de la empanada calientica recién salida del sartén.   El angelito por su parte, tampoco se queda atrás y nos muestra lo bien que nos vamos a sentir y también el aroma de la avena calientica con canela espolvoreada encima.

Ahora te pregunto: ¿Tiene porque sí ser uno de los dos extremos?  Si nos atenemos solamente a nuestra fuerza de voluntad para hacer “lo correcto” o “lo saludable”, lo más probable es que caigamos en la tentación del diablito, en algún momento. ¿Qué tal si te preparas una rica empanada y la haces en el horno en lugar de frita y la acompañas de una rica porción de furta fresca? 

Para esto, lo primero es lograr ver a nuestro diablito y a nuestro angelito, escucharlos, y a partir de allí buscar alternativas que nos den placer y al mismo tiempo nos beneficien desde el punto de vista de la salud.  La buena noticia es que esto depende de ti: Estar consciente de tus extremos y encontrar una tercera opción que te haga sentir bienestar.  Te invito a observar a tu diablito y a tu angelito en acción esta semana, y si lo deseas lo puedes compartir conmigo en los comentarios. 

Si deseas comenzar un proceso psicoterapéutico conmigo, puedes contactarme por WhatsApp al +58 414 6387298 o por mi mail: leonorandrade29@gmail.com y con gusto te atiendo.

La Ternura y su Valor

Leonor Andrade Castillo

Ayer una amiga compartió una foto con su nieto bebé, dormido en sus brazos.  Esta mañana una prima compartió unas fotos de su novio pidiéndole matrimonio en Disney World, ella con su sombrerito de Mickey Mouse y él arrodillado con una ternura inconfundible en su rostro. En ambos casos, inmediatamente se me activó una sensación cálida en el corazón, una alegría profunda y pude sentir mi sonrisa. Eso que sentí fue  ternura. 

La ternura nada tiene que ver con el género.  Un recuerdo para mí imborrable con mi papá es de cómo en las tardes, cuando él llegaba de su trabajo, se acostaba en el sofá de la terraza y yo me sentaba en el piso y ponía mi cabeza a su lado.  El me acariciaba el cabello con una ternura infinita y yo le acariciaba la calva.  Esta sensación me ha acompañado hasta el día de hoy, como uno de los instantes de ternura más profundos de mi vida.   

Han sido numerosos los momentos de ternura en mi vida… Por ejemplo, cuando vi por primera vez a mi perruna, Lucía de cinco semanas, sentí una ternura que no me cabía en el corazón, y esa sensación la sentimos ambas durante los trece años que compartimos nuestra vida.  

Hoy día, como cuidadora de mi mamá en un ancianato, he tenido innumerables oportunidades de experimentar ternura, no solamente de mí hacia mi mamá y otras señoras, sino de ellas hacia mí… La manera en que mi mamá me acaricia el cabello, cómo me arregla la franela mientras la estoy bañando, la forma en que muchas de las señoras se despiden de mí cuando salgo de mi guardia, y me dan su bendición y me preguntan cuándo regreso, tiene un efecto tan poderoso, que me llega hasta la última célula de mi ser.

A veces me he encontrado en consulta y con amigos y amigas que pareciera haber una cierta dificultad para expresar su ternura, y he podido ver que esto ocurre porque creen que al ser tiernos o recibir ternura de otra persona, están poniendo al descubierto su propia vulnerabilidad.  

¿Has escuchado ese refrán que dice:  «Se consigue más con una gota de miel que con un barril de hiel»?  Bueno se refiere justamente a la ternura.  Y es que la ternura es una forma de relacionarnos con los demás desde nuestro amor, desde las caricias, desde el amor incondicional, que se centra en el bienestar de la otra persona, pero que sin embargo, también nos brida una sensación de bienestar de vuelta. En la ternura no hay cabida para el egoísmo, para intereses personales, ni para autoritarismos o imposiciones. La decisión es nuestra, en cada oportunidad.

En consulta no es muy frecuente que surja la ternura como tema.  Quizá no me estoy expresando de manera clara.  Lo que no he visto es que surja como algo que la persona quisiera lograr. Incluso me he encontrado en consulta con personas que quieren ser menos tiernas y ser más “fuertes”. Y es que suele suceder que las personas sienten temor a mostrar su lado tierno porque consideran que los demás los ven como debiluchos o vulnerables.  Y es justamente lo contrario. Cuando nos mostramos tiernos, nos sentimos seguros de nosotros mismos, confiamos en lo que somos y en el otro y si en algún momento sentimos alguna duda, al salir adelante y expresar nuestra ternura, estamos siendo absolutamente valientes. 

En la caricia tierna, en la mirada dulce, en el abrazo entregado en el que nos quedamos, en el regalo como detalle inesperado que da en el clavo, en el tono bajo y cariñoso con el que le hablamos al otro, estamos mostrando  nuestro respeto, nuestro reconomiento al otro…nuestro amor.  Nunca olvidaré el día en el que, después de año y medio de proceso de “rescate” de un gato callejero, me cayó la locha, me vino la palabra reconocimiento y le canté el mantra “Namasté”.  Ese es el mantra del reconocimiento del ser interior del otro, desde mi ser interior. Apenas canté el mantra tres veces, el gato vino y se acostó a mis pies. Ese día cambió nuestra vida. Lo bauticé Namasté. Ahora vive conmigo, nos domesticamos mutuamente todos los días, como dice El Principito, y desde el reconocimiento mutuo nos interrelacionamos con ternura.   

La ternura es un valor impresicindible en nuestra vida como el aire que respiramos. Es la expresión más serena, bella y firme del amor. Se alimenta de cosas pequeñas que brotan del corazón: una mirada, una sonrisa, un gesto, una palabra, un aliento… 

¿Qué tal si estos próximos días te conectas con tu ternura y observas cómo te sientes? ¿Qué tal si eres tierno contigo y te das una caricia en lugar de una crítica? ¿Qué tal si le haces una caricia a un ser querido cercano? Y si quieres me puedes dejar un comentario sobre cómo fue tu experiencia.         

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El Amor más Grande

Leonor Andrade Castillo

Día de cocinar la comida de la semana para mi mamá.  La faena comienza temprano.  

Son las cuatro de la tarde.  Durante el día, en varias ocasiones, me capturo pensando que no tengo ayuda, que me siento sola.  

Las  emociones pasean de una a otra como en un caleidoscopio y el diálogo en mi mente no para.   Hay una idea que se repite una y otra vez:  Quiero alguien que comparta la carga conmigo.  

Un deseo.  Un anhelo : Que llegue la persona perfecta y me rescate de esta vida, y de alguna manera me libere de esta carga y compartamos nuestra vida juntos, felices.  Y además, que llegue a la puerta de mi casa.  

¿Alguna vez has sentido esto?  

¿Te has capturado deseando que llegue tu príncipe azul, o en su defecto la mujer ideal que te “salve”, te ame, y te haga feliz por el resto de tu vida? 

¿En algún momento, te has puesto a pensar en las implicaciones que tiene que al compañero o compañera de vida que deseas, le des la responsabilidad de hacerte feliz? 

¿Te has preguntado cómo te amará esa persona que te salve?  ¿Qué visión tiene de ti y cómo se ve a sí mism@?

Es muy probable que esa persona que vino a tu ventana o a tu puerta y te salvó, se sienta superior a ti, que te vea como una persona débil que necesita que la rescaten a diestra y siniestra.

Esta visión de principe salvador o de princesa que convierte el sapo en príncipe, es un sueño infantil. Es increíble que sigamos de alguna manera aferrados a él y que salga de tanto en tanto, sobre todo cuando estamos en una situación de necesidad.  Es un sueño que nada tiene que ver con la realidad.

En un amor adulto y sano, ninguno es superior al otro.  En un amor adulto, ni las mujeres necesitamos que la pareja potencial nos salve, y con el tiempo se convierta en nuestr@ protector, ni los hombres necesitan una pareja potencial que los “ayude y los haga mejores” y se convierta en su pareja/mamá.  A la larga, en estas relaciones de príncipes y princesas, de salvadores y salvados, terminamos sintiéndonos cada vez con menos amor propio y menos valorados por nosotros mismos y por nuestra pareja. Además vamos desarrollando cada vez más rencor por la otra persona, porque no logra hacernos felices.  Y la verdad es que nadie, ya sea tu pareja actual o tu sueño de pareja, tiene ninguna obligación de traerte la felicidad en bandeja de plata… Tampoco podría hacerlo, aunque quisiera.

En un amor adultos, sano, cada uno es responsable de su vida y ambos son corresponsables de crear la relación de pareja que los satisfaga a los dos.

Volvamos entonces a mi historia inicial en la que estoy cocinando y soñando con la persona que viniera a aliviarme la carga.  ¿Si ese sueño no funciona, qué sí?  

¿Qué hice entonces?

Me senté en silencio y escuché mi cuerpo, mi emoción y mis pensamientos.  Me di cuenta que estaba cansada físicamente y emocionalmente triste.    De pronto me vino una imagen:  Me vi bonita, fresca y con los labios pintados.  Me bañé, me peíne y me vestí y me pinté los labios como si fuera a una cita: Una cita conmigo misma.  El cambio fue del cielo a la tierra.  Así ataviada me preparé una cena ligera muy rica, preparé la mesa como cuando invito a alguien (en este caso la invitada era yo), coloqúe una música suave y al mismo tiempo alegre, y me senté a comer.  Hmmmmm. Saboreé cada bocado. Me sentía absolutamente contenta y renovada.  Me tomé un cafecito que sabía a gloria y una vez renovada y contenta y habiéndome atendido como una reina, retomé mis actividades y aunque terminé de cocinar más tarde de lo habitual, me sentía querida (por mí), contenta y relajada… Y por supuesto la comida me quedó espectacular.

Como bien lo expresa Osho: “El amor no nace al tratar de resolver nuestras necesidades dependiendo de otro, sino al desarrollar nuestra propia riqueza interior y madurez.  De hecho, tenemos mucho amor para dar, que hará que vengan amantes hacia nosotros de manera natural.” … Y agrego: Y de no ocurrir, te sentirás acompañad@ por ti, por tu amor, el más grande, y ser tu propia pareja.  

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Sufrimiento, Perdón, Compasión y Gratitud 

Leonor Andrade Castillo

No es la primera vez que escribo sobre el sufrimiento, el perdón, la compasión y la gratitud, pero sí es la primera vez que comparto sobre la relación entre estos cuatro aspectos en nuestras vidas.

Ayer en nuestra meditación semanal de la Sangha de la cual soy parte, se presentó una conversación sobre si es posible ser compasivo y agradecido con alguien a quien no hemos perdonado.  Deva Premal expresó que para ella la compasión y la gratitud no son posibles si primero no hemos perdonado, y Miten compartió que para él la gratitud es la puerta que abre nuestro corazón, y cuando está presente, de alguna forma todo se disuelve.  En ese momento, en mi mente traté de encontrar una respuesta y no lograba verla. 

Como todo es perfecto y Dios sabe siempre sabe lo que necesito, puso en mi camino una experiencia, de manera casi inmediata, para que tuviera la oportunidad de observarme, y decidir si quería tomar o no el camino de la compasión.   

Lo primero que saltó a mi vista fue darme cuenta, como en ocasiones anteriores, que la compasión es una decisión, al igual que el perdón y la gratitud. 

No me fue posible enviar energía de amor y sanación a esta persona. No obstante, hice una petición de oración por su salud al grupo de la Sangha. Pude observar dos cosas:  Resistencia a hacer la petición por un lado y también humildad al reconocer mi dificultad.  Sentí un alivio en mi corazón, como si me hubiese quitado un peso de encima.  

No obstante, se hizo evidente para mí que aún tenía resentimiento. No tan grande como hace un tiempo, pero pude sentir en mí una resistencia a estar disponible para esa persona, que claramente me indicó que aún necesito continuar con mi proceso de perdón.   Un aspecto que surgió para mí y que no había visto antes, es que aún cuando pude observar el resentimiento, también pude darme cuenta que simultáneamente sentía amor. 

Comprendí que mi herida proviene precisamente de sentir que he amado a una persona que de alguna forma no ha estado presente de la manera que esperaba.  Surgió ante mí lo que subyace en esa herida: Mi expectativa de recibir algo, que la otra persona no ha tenido la disposición o la posibilidad de darme.  Pude observar mi sensación de soledad, mi dolor por estar sola, sin apoyo y sentí una profunda compasión por mi propio dolor. 

¿Cómo pude sentir mi propio dolor? 

Decidí cantar el mantra de la compasión: Om Mani Padme Hum.  Mientras cantaba sentía mi resistencia a conectarme con la compasión hacia mí misma.  Canté un buen rato y si bien sentía alivio, no logré sentir la raíz de mi resentimiento.  Se “abrió” una enseñanza del maestro Thich Nhat Hanh  en la cual hablaba de la compasión por nuestro propio dolor y cómo de esa forma, al observarlo y sentirlo, podemos entonces sentir el dolor de la otra persona y posteriormente el dolor del mundo.  Hizo referencia al mantra de la compasión “Namo’valokiteshvaraya”.  Comencé a escuchar el mantra cantado por los monjes.  Me costó un poco, pero lentamente comencé a cantar y luego de varias repeticiones, se fue abriendo mi corazón y sentí un profundo dolor.  Una sensación de abandono muy fuerte y lloré…

Como si de pronto me hubiesen quitado una venda de los ojos, pude sentir el dolor de la otra persona, su propia sensación de abandono, muy parecida a la mía. Y me pude dar cuenta que así como en este momento sentía resistencia a estar disponible, por mi dolor y mi sufrimiento, lo mismo le sucedía a esta persona.  Ello me permitió comprenderla. Se abrió mi corazón y sentí compasión, sentí mi apertura a estar disponible.  

¿Significa esto que se disolvió mi resentimiento en su totalidad?  

No lo sé.  Lo único que en este momento puedo ver es que en esta situación concreta estoy en la disposición de ser compasiva con esta persona. Comprendo ahora lo que nos plantea el maestro Thich Nach Hahn: “El camino que conduce a la cesación del sufrimiento pasa por el sufrimiento. (…) No debemos tratar de escapar del sufrimiento, sino observarlo muy atentamente. Y es que cuando observamos muy atentamente el sufrimiento, comprendemos en profunidad su naturaleza, y se despliega, ante nosotros, el camino de la transformación y la curación. (…) El infierno, como el Reino de Dios está en la vida cotidiana, la decisión es tuya.»

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El Perdón es un Proceso no un Evento de una Sola Vez

Leonor Andrade Castillo

¿Cuántas veces te has sentido atrapado en pensamientos recurrentes agotadores sobre el dolor que te causó una persona importante para ti?  ¿Cuántas veces una persona te ha herido y decides que está muerta para ti?   ¿Te ha pasado que un familiar o amigo cercano no estuvo para ti cuando más lo necesitabas y no lo puedes perdonar y cuando necesitan de ti, tampoco estás disponible para que viva en carne propia lo mismo que tú sufriste?   ¿Has querido vengarte o te has vengado de tu pareja, porque te fue infiel y te hirió en lo más profundo de tu corazón?    ¿No hablas con tu mamá o con tu papá porque no les puedes perdonar el daño que te hicieron?   

Un tema recurrente en nuestra vida es la dificultad para perdonar, ya sea a otra persona, a nosotros mismos o a algún ente mayor como un gobierno.  Por ello hoy quiero continuar reflexionando sobre el perdón, ya que la continuación de la cuarentena nos está dando la oportunidad de mirar hacia adentro y al tener menos interacciones sociales podemos darnos cuenta de lo que sentimos por nuestras diferentes relaciones, sean éstas de amistad o familiares, qué sentimos por nosotros mismos y si somos capaces de perdonarnos por algo que en algún momento hayamos hecho mal y haya herido a otra persona.

Según el maestro Thich Nhat Hahn, “no es posible perdonar hasta que nazca la compasión en nuestro corazón.  Aunque queramos perdonar, no podemos perdonar.  Para ser compasivos, tenemos que comprender por qué la otra persona te ha hecho eso a ti y a tu gente.  Tienes que ver que es víctima de su propia confusión, de su manera de ver el mundo, de su dolor, de su propia discriminación, de su falta de comprensión y compasión.”   

Es importante darnos cuenta de que la persona que nos hiere generalmente ha sido herida previamente:  El que hiere está herido.  Según el Dalai Lama es importante recordar que todos estamos interconectados, que somos parte de una gran red y somos espejos unos de otros y cuando se produce un cambio en uno de esos espejos, se refleja en todos los demás.

Perdonar no significa que vamos a eliminar los cargos.  Cuando perdonamos completamente todo y a todos entonces ya no necesitamos perdonar a nadie ni nada porque en lugar de juzgar comprendemos al otro y lo que lo motivó a hacer lo que hizo.  Según Donald En la mente de un maestro el entendimiento reemplaza al perdón y de esa manera nos convertimos en la fuente de amor incondicional. 

Yo he venido trabajando en el perdón desde hace varios años.   No me considero especialmente rencorosa pero sí tengo mi carga de rabia y dolor por cosas que otras personas me han hecho y me han herido.  A lo largo del tiempo he venido perdonando personas y eventos y también he ido aprendiendo a perdonarme a mí misma.  No obstante, hay algunos perdones que me han resultado especialmente duros y aún cuando he hecho esfuerzos considerables utilizando diferentes técnicas, están siendo un hueso duro de roer. 

Hace pocos días asistí a un entrenamiento sobre el perdón facilitado por Vishen Lakhiani en el que compartió un método que me ha parecido poderoso.  El método tiene como objetivo, no solamente que perdonemos, sino que el perdón nos sirva como trampolín para pasar al siguiente nivel de maestría y podemos comprender al otro y así no tener que perdonar. 

El método consiste en una meditación/visualización y consta de los siguientes pasos: Busca un lugar cómodo. Siéntate en una posición cómoda.  Cierra los ojos.  Imagina que te están masajeando la cabeza y te sientes relajado.  Amplia esa sensación hacia tus ojos.  Luego a tu cara en general que sentirás totalmente relajada.  A tu cuello.  Tu pecho.  Tus brazos y cada dedo de tus manos. Continúa ampliando tu sensación de relajación a todo tu cuerpo hasta llegar a tus pies.  

Una vez que te sientas todo tu cuerpo relajado: 1.- Identifica la persona o acto que vas a perdonar.  Visualiza a la persona en frente de ti.  Observa su expresión, la ropa que lleva, su postura, observa qué edad tiene.  Si te vas a perdonar a ti mismo, identifica qué edad tenías cuando cometiste la falta.  Esto es muy importante porque esa es otra versión de ti mismo, previa a quien eres hoy.  Así que identificarás la versión de la persona de X número de años.  .2.- Crea el espacio en el cual vas a conversar.  Escoge un lugar agradable, conocido y seguro para ti.  Puede ser una montaña, un parque, una playa, un parque, un jardín.  3.- Léele los cargos a la persona o a ti mismo, tal como si estuvieras en una Corte.  4.- Siente y deja salir la rabia y el dolor.  Durante 30 segundos a máximo 2 minutos, expresa tu rabia.  Puedes gritar y pegarle a un cojín para expresar tu rabia y tu dolor.  Puedes llorar.  Cuando se haya cumplido el tiempo debes parar.  5.- Piensa lo que has aprendido de ese evento.   Escribe 3 cosas que aprendiste de esta experiencia.  6.-Piensa acerca de cómo la otra persona pudiera haber sido herida en el pasado.  7.- Ve la situación desde su perspectiva, desde la visión de la herida que tiene.  8.- Perdonar para amar.  Imagina que la otra persona se está aproximando a ti y visualízate abrazándola con un abrazo fuerte.  Si no puedes abrazarlo es porque aún no has perdonado y deberás repetir el ejercicio de nuevo al día siguiente y el otro y el otro hasta que lo logres.   Puedes pedir la ayuda de un guía espiritual.  Podría ser un ángel, Jesús o algún personaje que tenga sentido para ti.  Una vez que hayas completado el proceso visualiza a tu Guía Espiritual y pregúntale si considera que has perdonado.  Si la respuesta es Sí es porque ya perdonaste y si es No es porque no has perdonado y debes repetir el ejercicio cuantos días sea necesario.  Una vez que hayas perdonado entonces habrás pasado al siguiente nivel: La Comprensión

Espero que este ejercicio te resulte tan efectivo como a mí.  Y si en algún momento te sientes herido recuerda que como dice Rumi la herida es el lugar por el que entra la luz.

La Voz del Alma

Leonor Andrade Castillo

Cuando hacemos psicoterapia vamos aprendiendo a observarnos, a conocernos y a asentirnos en nuestra totalidad.    

A veces tenemos una batalla campal en nuestro interior, entre algunas de nuestras facetas extremas. Mientras más extremas, mayor será la batalla, y ello resulta muy desgastante. Por ejemplo, puedes ser una persona que evita los conflictos, y prefieres callarte aquello que sientes, que consideras puede herir a la otra persona o puede activar un conflicto. Apenas te viene el pensamiento o la sensación que te indica que lo “mejor” es mantenerte en silencio, se te puede activar esta otra parte tuya que te dice algo así como “¡hasta cuándo vas a seguir así!”  “Ármale su rollo”.  Y mientras están enfrentadas estas partes en tu diálogo interno, tú estás en el medio, por momentos más atraído hacia un lado, y por instantes hacia el otro, como un péndulo, por lo que resulta muy difícil, por no decir imposible, tomar una decisión.  

Esto puede suceder en cualquier situación de decisión en nuestra vida.  Por ejemplo, te sientes a disgusto en una relación y una parte de ti quiere dejar la relación y la otra puede decir que aún l@ quiere.  ¿Alguna tiene la razón?  

Pudiéramos pensar que estos extremos son malos, pero en realidad, estos extremos o Adversarios como los denomina la Kabbalah, tienen una doble función:  Por un lado, efectivamente nos sabotean, pero también gracias a este Adversario, cuando nos damos cuenta de su existencia y aprendemos a identificarlo, escucharlo y tomar nuestra propia decisión de manera consciente, vamos evolucionando como personas.   Es decir, entonces, que este Adversario es una fuerza positiva disfrazada de fuerza negativa, para que lo veamos y de esa manera nos ayude a cambiar aquello que no nos sirve. Desde este punto de vista, los obstáculos, las situaciones o relaciones difíciles se convierten en oportunidades para crecer como personas.

El Adversario se nos puede presentar de diferentes maneras y con distintos disfraces:  1.- Como una víctima: Culpa a los demás de su “desgracia”, que no asume su responsabilidad. Te convencerá para que te lamentes y te invadirán sentimientos de desprotección o desesperanza, esperando siempre que otro venga y te salve.  2.- Como un procastinador que te convencerá de dejar lo que tienes planeado para mañana, para más tarde haciéndote creer que no hay problema o tal vez incluso que estarás mejor así. Por ejemplo, cuando quieres ir al gimnasio o quieres comenzar un régimen alimenticio sano y sale la vocecita diciendo “mañana empiezo”.  3.- Como un catastrófico:  Este Adversario está siempre viendo hacia adelante, con una visión de que todo saldrá mal, que va a ocurrir una tragedia.  Te puede convencer para que no tomes una decisión porque todo va a salir mal. Él activa tus miedos y desde allí te convence.  4.- Como un autocrítico y perfeccionista:  Este Adversario se caracteriza porque nada es suficiente para él.  Nada de lo que hagas lo hará sentirse satisfecho y te exigirá que lo hagas mejor.  Te criticará constantemente, lo que bajará tu autoestima y te hará sentirte inseguro contigo mismo.  Este Adversario sabe que en la medida que te vaya debilitando, él tendrá más fuerza y podrá convencerte con facilidad.  

Estos son sólo algunos ejemplos de los disfraces que puede tener el Adversario.   En resumen, el Adversario nos convence, desde sus disfraces, para que actuemos de manera reactiva, como él desea. 

Es muy importante estar claros que nosotros no somos el Adversario. Él es una energía externa a nosotros y puede ser una herramienta para darnos cuenta de lo que necesitamos transformar, para conectarnos con nuestra alma y vivir desde nuestro propósito.  El alma es nuestra naturaleza más elevada, es la verdad de quienes somos.  Es una voz suave, tranquila que proviene del fondo de nuestra conciencia.   La “voz del alma” siempre está allí.  Lo que sucede es que no la podemos escuchar, por el ruido ensordecedor de la voz del Adversario. A medida que vamos haciendo nuestro trabajo y vamos conociendo y superando a nuestro Adversario, podemos identificar y escuchar dentro de nosotros la voz de nuestra alma, que nos guiará por el camino a seguir para ir transformándonos y alcanzar nuestro propósito como alma.

Si deseas comenzar un proceso terapéutico conmigo, puedes contactarme por WhatsApp al +58 414 6387298 o por mi mail: leonorandrade29@gmail.com

Aprender a Manejar la Rabia

Leonor Andrade Castillo

La rabia es una emoción activa que nos indica que hemos perdido algo o que estamos en peligro de perder.  Por lo tanto, es una emoción que se activa frente a alguna amenaza que podamos sentir, incluso a nuestra supervivencia.   La rabia nos mueve, nos impulsa a tomar una acción.  

Hay personas que tienden a reprimir la rabia, con frecuencia debido a creencias en relación al manejo de sus emociones.  Podrían haber aprendido de niños que la rabia es mala, o que es una emoción “fea” que puede causar conflictos con las demás personas y por ende es preferible evitarla o guardársela.  Pudiera ser también que algunas personas eviten expresar su rabia porque le recuerda a alguien, y no se quieren parecer a esa persona.  Adicionalmente, pudiera ser que su rabia sea tan intensa que sientan miedo a perder el control y por eso prefieren, literalmente tragársela.  No obstante, como dice Buda, “aferrarse a la rabia es como agarrar un carbón ardiendo con la intención de tirarlo a alguien; eres tú quien se quema.”

¿Qué pasa cuando nos tragamos la rabia? En primer lugar, lo más probable es que salga más adelante al producirse algún otro evento, por pequeño que sea, que nos active la rabia y salga incluso mucho más fuerte.  Si la rabia es contra algo que otra persona hizo, podemos estar enviando un mensaje de que lo puede volver a hacer.

¿Cómo saber que siento rabia?  La rabia es una emoción que tiene efectos claros a nivel corporal, por lo que conocer cómo se manifiesta en tu cuerpo te puede servir de guía para saber que tienes una rabia en puertas.  Cuando sientes rabia, tu respiración y el ritmo de tu corazón se aceleran, puedes sentir olas de calor en el cuerpo, tensión en tus hombros y espalda, y tu rostro lo puedes sentir tenso, muy caliente, con el ceño fruncido, las manos tensas, puedes apretar los puños y las piernas están tensas, listas para avanzar. Estas son algunas señales generales, pero a cada persona se le puede manifestar con algunas diferencias.  Yo, por ejemplo, cuando tengo rabia, siento cómo un calor me va subiendo desde los pies y me atraviesa todo el cuerpo, hasta llegar a la cara que se pone hirviendo y roja como un tomate.  Es importante aprender a identificar cómo se manifiesta la rabia en tu cuerpo para que la puedas observar y aceptar que estás sintiendo rabia.

¿Y ahora qué? Una vez que identifiques las señales en tu cuerpo y aceptes que lo que estás sintiendo es rabia, toca preguntarte: ¿Qué me da rabia?  ¿Me siento identificad@?  ¿Qué necesito para sentirme mejor?  

Es importante responderte estas preguntas para poder decidir cómo manejar y expresar tu emoción de manera positiva. Si sabes qué es lo que te da rabia se lo puedes expresar de manera clara y tranquila a la persona que te haya ofendido.  Y si no te sientes identificado con lo que la persona te ha dicho puedes dejarlo pasar.  Por ejemplo, si alguien en el tráfico te grita una grosería que nada tiene que ver contigo, puedes incluso reírte ante el evento.

Una vez que tienes claridad sobre lo que te da rabia puedes expresarle a la otra persona de manera concreta que sientes rabia y qué te la causa.   Si tienes claridad sobre lo que te causa la rabia y ésta es de una gran intensidad, puedes tomar la energía de la rabia y transformarla en acción. Por ejemplo, puedes liberar tu rabia mediante ejercicios, bailes, meditación activa (hay una meditación de Osho que consiste en mover el cuerpo y es muy buena para liberar emociones).  También puedes escribir todo lo que estás sintiendo o puedes dibujar o garabatear.  Puedes cantar o tocar un instrumento.  A mí por ejemplo me es muy liberador pintar y tocar tambor mientras canto un mantra o una melodía que surja en el momento. Hay muchas opciones.  De esta manera te sentirás mejor.  Puede que una vez más tranquil@, y con la mente clara, puedes decidir expresarle a la otra persona tu sentir.

“Cualquiera puede ponerse furioso… eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil” (Aristóteles).  Aprender a identificar, aceptar y manejar tu rabia de manera adecuada te permitirá vivir en bienestar, y por ende contribuir también al bienestar de los demás. 

Si deseas comenzar un proceso terapéutico conmigo, puedes contactarme por WhatsApp al +58 414 6387298 o por mi mail: leonorandrade29@gmail.com

¿Esperas que el Otro Cambie?

Leonor Andrade Castillo

Que tire la primera piedra quien alguna vez no haya querido que el otro cambie. Esto se puede dar en nuestras relaciones de pareja, con algunos familiares, con nuestros amigos, con ciertos vecinos, con algunos compañeros de trabajo. 

Solemos querer que el otro cambie su actitud, sus hábitos y suele producirnos una gran frustración cuando nos damos cuenta que no sucede nada, que todo sigue igual.  Aunque insistamos y nos quejemos y le reclamemos, no solamente no cambia, sino que, en ocasiones, se acentúa más esa característica que tanto nos molesta.

¿Podemos cambiar al otro?  ¿Para qué lo quiero cambiar?  ¿Cómo me siento cuando el otro es el que quiere que yo cambie?

Somos como un gran círculo de polaridades.  Solemos vivir, movernos y conocer más un lado que el otro. Por ejemplo, si soy una persona muy organizada es probable que no conozca a mi desordenada. Ahora imagina que estás en una relación de pareja y tu compañer@ es tu total opuesto, es decir que es totalmente desorganizad@ y por supuesto, esta situación suele molestarte. Llegas a consulta y lo primero que haces es quejarte por lo desordenad@ que es tu pareja, que deja los zapatos en la sala, las tazas sucias en la mesa, la ropa sucia en cualquier lugar menos en la cesta de la ropa sucia. Y por supuesto, te vas poniendo más y más molest@, y tu pareja que está escuchando también se activa y puede expresar algo así como… “Es que es tan intolerante que me tiene obstinad@.  Todo lo quiere controlar y siento que no puedo ni respirar.”  Y entonces descubres algo que tal vez no habías visto nunca de tu parte organizada: tu intolerancia.  Ambos tienen en común la rabia que sienten ante la manera de funcionar de su pareja, el deseo de que lo haga como lo haces tú, y además ambos tienen una maestría en cómo es su pareja. ¡Y cómo no serlos! si están tienen su lente todo el tiempo enfocado en su pareja.  

Los seres humanos tenemos una manera bastante limitada de mirar. No tenemos la habilidad del águila, que es el rey en cuanto a visión se trata, ya que puede mirar al frente y a los lados simultáneamente. Nosotros sólo podemos mirar hacia una dirección a la vez y ni por casualidad nos acercamos a la capacidad de visión del águila. Nos toca decidir hacia dónde queremos enfocarnos. Lo que sí podemos hacer es visualizarnos, observarnos cuando hacemos las cosas, y comenzar a conocernos.  Podemos seguir enfocados en mirar al frente, a la otra persona o podemos decidir, darle la vuelta al lente y comenzar a observarnos a nosotros mismos. ¿Cómo puedo cambiar la dirección de mi lente y observarme?

Vivir en pareja es una tremenda oportunidad para cambiar la dirección de nuestro lente, comenzar a observarnos, aprender de nosotros mismos y transitar el camino de la transformación.  Sigamos con el ejemplo del desorden.  Supongamos que llegas a tu casa y tu pareja tira los zapatos en la sala.  Te invade una sensación de rabia y un pensamiento de “¡Otra vez!  ¿Hasta cuándo? ¡Qué desordenado! En ese momento que lo estás criticando, puedes voltear tu lente y observar lo que está pasando con esa parte tuya organizada que, además tu pareja describió como intolerante y criticona… Sólo observa.  De esta forma puedes ir conociendo cómo es.  Qué la activa.  Qué pensamientos te dice.  Qué emociones sientes.  Cómo la sientes en tu cuerpo.  Cómo te convence para que hagas lo que ella quiere… 

A medida que vas conociendo esa parte tuya, puedes decidir cómo quieres manejar la situación con los zapatos en medio de la sala, de forma que ambos se sientan en bienestar, ya que supongo que no es placentero para ti sentir rabia.  Quiero decirte que estos ajustes requieren tiempo y sobre todo práctica y mucha gentileza para contigo. Y una cosa muy importante: Si vienes avanzando y de pronto frente a una situación se te activa la “vieja” forma de hacer las cosas, no te preocupes.  Eso es parte del proceso.  Estas son formas que están en automático desde hace mucho, y cuando se presenta una situación complicada, se activa.  Toca entonces, una vez que te des cuenta, mirarla y decirle: Me pasaste un strike. Pero ya te vi. Date cuenta de cómo lo logró.  Así la siguiente vez, seguramente lo podrás ver antes de actuar, y lo podrás hacer de una forma que no sea intolerante o criticona.  Y a medida que vayas encontrando una nueva forma, al hacerlo distinto, tu pareja probablemente lo hará diferente también.  Comienza tu propia transformación. Como dice Gandhi, “sé el cambio que quieres ver en el mundo.”  

Si deseas comenzar un proceso terapéutico conmigo, puedes contactarme por WhatsApp al +58 414 6387298 o por mi mail: leonorandrade29@gmail.com

Eres Suficiente Tal y Como Eres

Leonor Andrade Castillo

¿Cuántas veces te has capturado pensando?: ¿Y si no les gusto?  ¿Y si no lo hago lo suficientemente bien?   Tal vez incluso te dices a ti mism@ que no eres buen@ en tu trabajo o que eres fe@ o gord@ o piensas que no le gustas a los demás.   

¿Te has regañado a ti mism@ cuando te equivocas y comienzas con la retahíla de juicios?  ¿Has dejado de ir a algún sitio al que te invitaron, o has dejado de hacer una actividad que te gusta para evitar sentir que los demás te juzgan, o no te incluyen, o sencillamente para no sentirte incómod@ entre tus amigos, todos bonitos, inteligentes y sabios?  ¿Has deseado que tu pareja o tus padres, o tus amigos te digan lo bonit@ que eres, o lo inteligente que eres?  ¿Has culpado a los demás por sentirte no querida? ¿Por cuántas relaciones has pasado buscando que te digan?: eres suficiente, eres valiosa y luego con el tiempo le achacas a la otra persona, que no te valora.   ¡Qué carga tan pesada!  

Te comprendo. También he sido víctima de mis juicios, de mis críticas y de decirme que no soy lo suficientemente buena. Todos hemos tenido días malos y momentos en los que no hemos confiado en nosotros mismos. No te digo esto a modo de consuelo. Mi intención es mostrarte que no estás sol@ en este camino y que sí es posible cambiar tu manera de mirarte.  El primer paso es tomar consciencia de tus pensamientos y tus emociones y comenzar a conocer esa parte tuya que te juzga. 

En mi caso, cada día soy más consciente de mi criticona y la he ido conociendo, y al darme cuenta de que está allí, decido darle la vuelta a la tortilla.  Me conecto con experiencias positivas relacionadas conmigo y puedo entonces ajustar mi pensamiento.  

Tú también puedes cambiar tu manera de mirarte y de hablarte. Puede que el origen de este pensamiento tenga que ver con alguna crítica que te hacían tus padres o personas cercanas, pero incluso con esas situaciones, de las cuales todos tenemos experiencias, puedes mirarlo, reconocerlo y comenzar un camino de exploración en el cual observes cómo es en realidad.  Algo que quiero decirte es que la otra persona siempre lo hace lo mejor que puedo y desde lo que conoce de acuerdo a su experiencia.  Y con mucha frecuencia, lo que hacemos es repetir lo que aprendimos. 

Voy a compartir contigo una experiencia personal relacionada con esto.  Mi mamá siempre me repetía que no era buena con las manos, que no tenía facilidad para las manualidades o para pintar y que tampoco era buena con la coordinación física y por eso era “mala” bailando.    Así como me decía eso, también me expresaba que era muy buena escribiendo, que tenía imaginación y que tenía facilidad para expresarme por escrito.  Te podrás imaginar entonces que mi camino se fue hacia la escritura.  Le agradezco que me haya aupado para desarrollar esa habilidad.  La cosa es que, así como le creí eso, también le creí que no era buena para actividades manuales y de coordinación como pintar, coser, dibujar, bailar…  Muchos años después, en mi camino de trabajo personal con psicoterapia, me di la oportunidad de hacer biodanza y comencé a sentir que disfrutaba bailar y descubrí que sí me podía conectar con el ritmo y disfrutarlo desde el movimiento de mi cuerpo.  Efectivamente tenía algunas dificultades con la coordinación entre derecha e izquierda pero el baile resultó ser la mejor herramienta para mejorar esta condición, y ahora puedo notar la diferencia en mis actividades cotidianas. Lo mismo sucedió con la pintura.  

En mi camino como psicoterapeuta me formé como arte-terapeuta con Mandalas y a raíz de esa formación se me abrió la posibilidad de explorar la faceta artística de los Mandalas.  Recuerdo que le dije a Gisela García: No tengo idea de lo que es pintar, no sé nada de técnicas artísticas, pero quiero probar a ver qué descubro.  ¿Y sabes qué?  Descubrí que me encanta pintar y que tengo habilidad, que soy creativa. También me di cuenta de que tenía algunas dificultades con la coordinación entre derecha e izquierda, pero al igual que con la danza, pintar los Mandalas me ayuda a mejorar esa condición desde el disfrute y la valoración de mi misma.  Es importante darte cuenta de qué es tuyo y qué viene de una voz de otro, como en el caso de nuestros padres. Una vez que te das cuenta de eso, cuando surge la vocecita le puedes decir: «Esto no es mío, ésta es la vocecita de mi mamá (o quien sea)». Puedes decidir qué hacer con la vocecita: si dejarte llevar por su juicio y su mala vibra o escucharla de manera consciente y probar a ver qué nueva dimensión de ti surge, y de esa manera transformar tu visión y disfrutar de ti, desde esta manera de mirar en la que eres suficiente tal y como eres. 

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Mi Niño Interior

Leonor Andrade Castillo

Podemos tener 20, 30, 50, 96… No importa cuántos años tengamos, en nuestro interior vive nuestro niño que necesita nuestro amor y nuestra aceptación, y hará incontables esfuerzos para llamar nuestra atención y lo veamos, lo tomemos en cuenta, lo consolemos o lo protejamos.  

Son muchas las formas en las que nuestro niño interior se puede manifestar: Por ejemplo, cuando estás constantemente criticándote, es tu niño haciendo lo que aprendió: criticarte y exigirte para que lo hagas mejor y mejor y mejor… sin límite. Puedes comenzar a sentirte triste, que no vales nada, que no sirves, que no sabes hacer las cosas bien, sin tener idea de que es tu niño y que quiere que lo veas, que lo atiendas porque él, al igual que tú, se siente triste por no poder lograr la perfección que tanto anhelaban sus padres cada vez que le exigían hacerlo mejor. Esto se repite una y otra vez y puede que tu niño esté buscando a alguien que lo vea y le diga : “Eres hermoso, eres inteligente, eres amoroso, eres perfecto tal como eres”… Puede que busque aprobación en otros… incansablemente, y aunque la consiga por momentos, será solamente para descubrir que tampoco se siente pleno y seguirá buscando una y otra vez.  En realidad, quien quiere que lo escuche y lo acoja y lo consuele y lo reconozca, eres tú.  Otra forma en la cual puede manifestarse tu niño es en miedos frente a situaciones de la vida cotidiana: Por ejemplo, puede que sientas un gran miedo a los perros.  Es altamente probable que sea tu niño interior.  Esta es una oportunidad para como adulto, ver a tu niño y decirle como adulto algo así como : “No te preocupes. Estoy aquí contigo. Yo te protejo. Estoy aquí para ti”

Cuando como adulto estás viviendo un proceso terapéutico, es altamente probable que en algún punto te des cuenta de tu niño y de cómo aparece en tu vida cotidiana, haciéndote señas de todas las formas que puede, para que lo veas, lo quieras, lo reconozcas y lo protejas.  Tomar conciencia de tu niño interior puede ser abrumador en ocasiones y puede incluso que sientas que es mucho para ti.  Puede que sientas un gran dolor y prefieras cerrar la puerta de nuevo y aunque lo puedes hacer, por experiencia te puedo decir, que no es posible volver atrás una vez que has visto a tu niño.  Lo puedes posponer y él insistirá y volverá a salir una y otra vez, hasta que te sientas listo y dispuesto a asumir tu responsabilidad.  Como adulto, tienes una oportunidad.  No puedes cambiar la visión que tu niño tiene de sus padres, pero sí puedes transformar tu futuro con él, si lo atiendes, lo proteges, lo cuidas y lo acompañas a crecer.. y la buena noticia es que al escucharlo, pueden recorrer el camino como les gustaría y de esa manera irán creando su nueva historia, de manera consciente, sin críticas y sin juicios. No te asustes. Como bien lo expresa Kim Ha Campbell: “El niño interior nunca quiere lastimar a nadie; tu niño interior siempre viene de un lugar de amor.” 

¿Cómo puedo ir sanando a mi niño?

Hay muchas formas de trabajar con tu niño interior y el camino toma tiempo.  Hoy me voy a centrar en el punto de partida, en cómo puedes comenzar a abrirle la puerta a tu niño para que éste pueda ir aprendiendo a confiar en ti.  

Sé gentil y paciente, contigo como adulto y con tu niño interior.  Si has pasado 50 y pico de años sin haberlo visto y él sin que tú lo notaras, ambos requerirán tiempo para aprender que sí hay formas de transitar el camino juntos de una manera amorosa.  En un principio, de manera que puedan ir conociéndose, puedes invitar a tu niño a que te acompañe a conocer cómo es tu vida de grande y le podrías preguntar qué le gustaría hacer ese día…Algo como ésto: ¿Qué te gustaría hacer hoy? Tómate tu tiempo y  escucha. Puede que se comunique contigo desde el pensamiento o puede ser desde una emoción o una sensación física.  Por ejemplo, puedes decirle lo que tú deseas y preguntarle que quiere él… La conversación puede ser algo como: Hoy me gustaría ir al gimnasio. ¿Qué te gustaría a ti? Puedes sentir ganas de ir al parque.  Ese querer puede ser tu niño interior. Entre ambos pueden acordar qué van a hacer: Puedes ir al parque en la mañana y en la tarde al gimnasio o al revés o pueden ir al parque ese día y acordar con tu niño ir al gimnasio al día siguiente. Lo importante es que de esta forma ya habrás abierto una puerta entre los dos. Al escucharlo, puedes ir ganándote su confianza y al mismo tiempo, tú puedes descubrir que efectivamente sí puedes atender a tu niño, y de esa manera se incrementará tu confianza en ti mismo. Como dice Friedrich Nietzche:  “En cada hombre real, se esconde un niño que quiere jugar”.

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El Perdón es un proceso no un evento de una sola vez

Leonor Andrade Castillo

¿Cuántas veces te has sentido atrapado en pensamientos recurrentes agotadores sobre el dolor que te causó una persona importante para ti?  ¿Cuántas veces una persona te ha herido y decides que está muerta para ti?   ¿Te ha pasado que un familiar o amigo cercano no estuvo para ti cuando más lo necesitabas y no lo puedes perdonar y cuando necesitan de ti, tampoco estás disponible para que viva en carne propia lo mismo que tú sufriste?   ¿Has querido vengarte o te has vengado de tu pareja, porque te fue infiel y te hirió en lo más profundo de tu corazón?    ¿No hablas con tu mamá o con tu papá porque no les puedes perdonar el daño que te hicieron?   

Un tema recurrente en nuestra vida es la dificultad para perdonar, ya sea a otra persona, a nosotros mismos o a algún ente mayor como un gobierno.  Por ello hoy quiero continuar reflexionando sobre el perdón, ya que la continuación de la cuarentena nos está dando la oportunidad de mirar hacia adentro y al tener menos interacciones sociales podemos darnos cuenta de lo que sentimos por nuestras diferentes relaciones, sean éstas de amistad o familiares, qué sentimos por nosotros mismos y si somos capaces de perdonarnos por algo que en algún momento hayamos hecho mal y haya herido a otra persona.

Según el maestro Thich Nhat Hahn, “no es posible perdonar hasta que nazca la compasión en nuestro corazón.  Aunque queramos perdonar, no podemos perdonar.  Para ser compasivos, tenemos que comprender por qué la otra persona te ha hecho eso a ti y a tu gente.  Tienes que ver que es víctima de su propia confusión, de su manera de ver el mundo, de su dolor, de su propia discriminación, de su falta de comprensión y compasión.”   

Es importante darnos cuenta de que la persona que nos hiere generalmente ha sido herida previamente:  El que hiere está herido.  Según el Dalai Lama es importante recordar que todos estamos interconectados, que somos parte de una gran red y somos espejos unos de otros y cuando se produce un cambio en uno de esos espejos, se refleja en todos los demás.

Perdonar no significa que vamos a eliminar los cargos.  Cuando perdonamos completamente todo y a todos entonces ya no necesitamos perdonar a nadie ni nada porque en lugar de juzgar comprendemos al otro y lo que lo motivó a hacer lo que hizo.  Según Donald En la mente de un maestro el entendimiento reemplaza al perdón y de esa manera nos convertimos en la fuente de amor incondicional. 

Yo he venido trabajando en el perdón desde hace varios años.   No me considero especialmente rencorosa pero sí tengo mi carga de rabia y dolor por cosas que otras personas me han hecho y me han herido.  A lo largo del tiempo he venido perdonando personas y eventos y también he ido aprendiendo a perdonarme a mí misma.  No obstante, hay algunos perdones que me han resultado especialmente duros y aún cuando he hecho esfuerzos considerables utilizando diferentes técnicas, están siendo un hueso duro de roer. 

Hace pocos días asistí a un entrenamiento sobre el perdón facilitado por Vishen Lakhiani en el que compartió un método que me ha parecido poderoso.  El método tiene como objetivo, no solamente que perdonemos, sino que el perdón nos sirva como trampolín para pasar al siguiente nivel de maestría y podemos comprender al otro y así no tener que perdonar. 

El método consiste en una meditación/visualización y consta de los siguientes pasos: Busca un lugar cómodo. Siéntate en una posición cómoda.  Cierra los ojos.  Imagina que te están masajeando la cabeza y te sientes relajado.  Amplia esa sensación hacia tus ojos.  Luego a tu cara en general que sentirás totalmente relajada.  A tu cuello.  Tu pecho.  Tus brazos y cada dedo de tus manos. Continúa ampliando tu sensación de relajación a todo tu cuerpo hasta llegar a tus pies.  

Una vez que te sientas todo tu cuerpo relajado: 1.- Identifica la persona o acto que vas a perdonar.  Visualiza a la persona en frente de ti.  Observa su expresión, la ropa que lleva, su postura, observa qué edad tiene.  Si te vas a perdonar a ti mismo, identifica qué edad tenías cuando cometiste la falta.  Esto es muy importante porque esa es otra versión de ti mismo, previa a quien eres hoy.  Así que identificarás la versión de la persona de X número de años.  .2.- Crea el espacio en el cual vas a conversar.  Escoge un lugar agradable, conocido y seguro para ti.  Puede ser una montaña, un parque, una playa, un parque, un jardín.  3.- Léele los cargos a la persona o a ti mismo, tal como si estuvieras en una Corte.  4.- Siente y deja salir la rabia y el dolor.  Durante 30 segundos a máximo 2 minutos, expresa tu rabia.  Puedes gritar y pegarle a un cojín para expresar tu rabia y tu dolor.  Puedes llorar.  Cuando se haya cumplido el tiempo debes parar.  5.- Piensa lo que has aprendido de ese evento.   Escribe 3 cosas que aprendiste de esta experiencia.  6.-Piensa acerca de cómo la otra persona pudiera haber sido herida en el pasado.  7.- Ve la situación desde su perspectiva, desde la visión de la herida que tiene.  8.- Perdonar para amar.  Imagina que la otra persona se está aproximando a ti y visualízate abrazándola con un abrazo fuerte.  Si no puedes abrazarlo es porque aún no has perdonado y deberás repetir el ejercicio de nuevo al día siguiente y el otro y el otro hasta que lo logres.   Puedes pedir la ayuda de un guía espiritual.  Podría ser un ángel, Jesús o algún personaje que tenga sentido para ti.  Una vez que hayas completado el proceso visualiza a tu Guía Espiritual y pregúntale si considera que has perdonado.  Si la respuesta es Sí es porque ya perdonaste y si es No es porque no has perdonado y debes repetir el ejercicio cuantos días sea necesario.  Una vez que hayas perdonado entonces habrás pasado al siguiente nivel: La Comprensión

Espero que este ejercicio te resulte tan efectivo como a mí.  Y si en algún momento te sientes herido recuerda que como dice Rumi la herida es el lugar por el que entra la luz.

Las Emociones y el Cuidador de Familiar con Alzheimer

Leonor Andrade Castillo

Soy cuidadora familiar de mi mamá desde hace ya casi 8 años, contados a partir del momento en el que ya no pudo vivir de manera independiente con su esposo en su propia casa. El proceso comienza mucho antes de eso, pero como es un proceso progresivo, los familiares no entendemos lo que está sucediendo, básicamente por desconocimiento de la enfermedad. En un comienzo puedes notar que tu familiar cambia de humor sin ninguna razón aparente, empieza a tener dificultades con actividades de la vida cotidiana como por ejemplo manejar el dinero, olvidar dónde dejó las llaves, o alguna cosa que le hayas dicho el día anterior, manejar la computadora o el celular, y tú piensas que son cosas normales de la edad.

¿Qué impacta emocionalmente al cuidador familiar? Lo primero que me gustaría compartir contigo es que, en este viaje, todas, absolutamente todas las emociones, agradables y desagradables, van a surgir, quieras o no. Atender a un familiar que cada día se vale menos es harto difícil y por momentos podemos sentirnos a disgusto.  Voy a mencionar algunas de estas emociones: 1.- Mal humor: Una parte tuya lo quiere seguir cuidando desde el amor, con paciencia e incluso desde la fortuna de poder acompañarl@ y otra parte tuya siente que no quiere estar viviendo esa experiencia y no quiere seguir. Esta “división” interna puede hacerte sentir molest@ y/o de mal humor. ¿Qué puedes hacer en estos casos? Puedes tomarte un tiempo fuera, descansar, darte cuenta de lo que estás sintiendo, preguntarte qué es lo que en ese momento te está haciendo sentir así y busca la manera de expresar lo que estás sintiendo. Si tienes una persona de confianza, puedes conversar con ella y compartir lo que estás sintiendo. Si no está disponible físicamente, lo puedes hacer a través de cualquier otro medio a tu disposición. Puedes también hacer una meditación breve que te permita relajarte y algo muy importante: no te juzgues.  Somos humanos y como tales, tenemos nuestros límites y momentos en los cuales nos podemos sentir molestos. Lo importante es aceptarlo, ir aprendiendo a reconocerlo y expresarlo. Si lo reprimes después saldrá a flote con mucha más fuerza, cuando menos lo esperes.  2.- Repugnancia: De esto poco se habla, pero si tu familiar sufre de incontinencia, tanto de pipi como de heces, cambiar el pañal es un reto. Recuerdo la primera vez que le cambié el pañal a mi mamá y había hecho pupú… El olor me dio ganas de vomitar.  Opciones: Puedes usar mascarilla al momento de cambiar a la persona. Ello disminuye un tanto el impacto del olor. Pero más allá de eso, es necesario, hacer un cambio en nuestra actitud y ver la situación como parte del trabajo y aceptarlo. 

 Esto no es sencillo pero una vez que lo logramos, realmente impacta mucho menos. Hay cosas prácticas además que podemos hacer: Probar con diferentes tipos de pañales para utilizar el que mejor se acomode a la situación de incontinencia de nuestro familiar, podemos además poner un pañal de esos super, encima del protector de cama para que absorba los líquidos si el pañal ya está mojado y no tengas que cambiar todas las sábanas.  3.-Aburrimiento:  Si algo tiene el trabajo de atención es que es muy repetitivo.  Eso puede hacernos sentir aburridos de repetir lo mismo. ¿Cómo lo puedes manejar? Es indispensable dedicarte tiempo y hacer lo que te gusta.  En mi caso, cuento con una cuidadora y nos dividimos el tiempo, pero incluso, cuando estoy de guardia, hago actividades que me nutren. Tengo a mano mi block de pintura y mis utensilios y en la noche pinto.  Ello me permite relajarme y sentirme a gusto. En la mañana temprano, antes de comenzar las actividades entro a la app con la que estoy aprendiendo alemán y practico una media hora.  Eso me estimula y motiva para el resto del día. Identifica lo que te agrada e incorpóralo a tu vida de manera regular. De esa manera, disminuirá notoriamente el aburrimiento. 4.-Impaciencia: Darle de comer de manera lenta para que no se ahogue, pedirle que abra la boca y ver que más bien aprieta los labios, voltearla en la cama de manera lenta, preguntarle algo y no recibir ninguna respuesta, son todas situaciones que prueban nuestra paciencia. Lo primero es siempre recordar que la lentitud o la falta de respuesta no es intencional ni para molestarte.  Es parte de la enfermedad. Cuando tenemos esto claro, es más fácil mantener la paciencia. Lo otro es ser realista y no comprometernos a hacer cosas que no son posibles.  Por ejemplo, cuando vamos al médico, pido cita para la tarde, ya que es humanamente imposible estar temprano en ninguna parte con mi mamá ya que nos lleva toda la mañana darle de comer, bañarla y vestirla. Y con esta idea quisiera cerrar: Sé gentil contigo mism@ para de esa manera entonces poder ser gentil con tu familiar. Si te atiendes, estarás disponible para tu familiar desde lo mejor que eres y la experiencia será enriquecedora para ambos.

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¿Bienestar en Crisis?

Leonor Andrade Castillo.

Estoy sentada escuchando las tonadas de Simón Díaz, tomándome un cafecito recién colao. Siento paz, relajación por todo mi cuerpo y tranquilidad en mi corazón.  Siento los pies bien arraigados en el suelo y cómo la energía de nuestra tierra va subiendo por mis pies, mis piernas, mi tórax, mi plexo solar, mis manos y brazos, mi corazón, mi garganta y mi cabeza.  Apenas siento el sonido de mis dedos en la computadora.  Puedo decir sin lugar a dudas que, en este momento, en este instante, centrada en el presente, escuchando la música, siento bienestar.  Con mi mente en calma, centrada en lo que estoy escribiendo y la música, siento mi corazón tranquilo confiando en que las palabras irán surgiendo con facilidad, con mi cuerpo relajado, apenas con alguna tensión en los dedos a medida que escribo, contenta de compartir esta experiencia y reflexión, contigo que me estás leyendo.  

En las últimas semanas, en consulta ha sido repetitivo el trabajo con la angustia, la incertidumbre, la frustración y el miedo, con la dificultad para encontrar un propósito después de haber vivido la pandemia del Covid-19, y en medio de una guerra que se complica cada día más, y por supuesto para los que hacemos vida acá en el país se suma la angustia, la rabia y el miedo que produce la falta absoluta o la ineficiencia de los servicios públicos, la hiperinflación y la inseguridad.

Viene entonces la pregunta que recibo a diario en consulta: ¿Puedo sentir bienestar en medio de esta situación de crisis que parece no terminar?    

La respuesta es un absoluto Sí.  Si bien hay innumerables visiones del bienestar, voy a enfocarme en la visión del Modelo PERMA del creador de la psicología positiva, Martin Seligman.   Este es un modelo de bienestar y abarca 5 factores que contribuyen al bienestar:  1.- Emociones Positivas. Seligman nos explica que este factor implica aumentar la cantidad de emociones positivas.  Un aspecto importante a aclarar de este factor, es que no implica superponer una emoción positiva sobre otra negativa. Lo que implica es aumentar nuestro “inventario” de emociones positivas, que nos sirvan para lidiar con las emociones “negativas”. Un ejemplo de ello puede ser la gratitud, el amor, el placer, la satisfacción.  

Podemos hacer un ejercicio diario de identificación de aquello con lo cual nos sentimos agradecidos ese día, independientemente de lo difícil que haya podido parecernos.  Otra opción es identificar aquellas cosas con las cuáles sentimos placer y llevarlas a cabo.  Por ejemplo: escuchar una música que nos agrade, salir a caminar, encontrarnos con un amigo. 2.- Compromiso conmigo mismo.  Para lograr este compromiso toca identificar nuestras fortalezas e identificar algo que nos mueva, que esté de acuerdo con nuestras fortalezas.  Eso nos permitirá sentir esa armonía entre el objetivo y nuestras habilidades y una sensación de “fluir”, ese estado en el que sentimos que el tiempo se detiene y nos enfocamos en el presente.  Por ejemplo, si te gusta dibujar y una de tus fortalezas es la creatividad, puedes comenzar un proyecto de dibujo que te haga sentir bienestar.  3.-Relaciones Personales Positivas. Este factor hace referencia a mejorar nuestras relaciones personales, lo que implica la mejora de nuestras habilidades personales.  4.-Propósito y Significado. Esto se refiere a sentir pertenencia a algo más grande que nosotros.  Ello le da un sentido a nuestra vida que va más allá de nosotros mismos. Por ejemplo, en mi caso, mi propósito de vida consiste en contribuir con la creación de un mundo en bienestar, por lo que cada vez que atiendo a una persona, siento que contribuyo con el logro de este propósito, que es mucho más amplio que mis objetivos personales y me da sensación de bienestar. 5.-Sentido de Logro. Implica establecer metas concretas alcanzables, que nos permitan sentirnos competentes e independientes. Si nuestras metas están alineadas con nuestras fortalezas, esta armonía nos hará sentir bienestar.

Algo fundamental en este planteamiento es que no es una receta.   Seligman nos sugiere escoger aquel factor con el cual nos sintamos más identificados y centrar nuestra atención en desarrollarlo, sin sentirnos forzados. Ir a nuestro ritmo, hasta donde nos sintamos cómodos, es decir en bienestar. Tu bienestar, independientemente de la situación, es tu decisión personal.

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Miedo, Rabia y Violencia

Leonor Andrade Castillo

Desde hace ya más de un mes, todos estamos viviendo la guerra entre Rusia y Ucrania, y de una u otra forma, está afectando emocionalmente, no solamente a los que están directamente involucrados, sino a personas que están a miles de kilómetros del sitio del conflicto.  Quizá la primera emoción que podemos identificar sea el miedo.  Pueden ser diversos los miedos que se nos activen: el miedo a perder nuestros bienes materiales, el miedo a la escasez, el miedo a perder algún ser querido, el miedo a perder el país, el miedo a nuestra propia muerte.

El miedo, al igual que la rabia, es una forma de evitar el dolor.  A veces el dolor es tan grande que preferimos actuar desde la rabia, que, aunque también duele, duele menos que el dolor que está subyacente.   Podemos seguir funcionando de esta manera durante años, incluso toda nuestra vida.  No obstante, existe otra opción que consiste en observar nuestras emociones, relacionarnos con ellas, identificar lo que estamos sintiendo, cómo lo estamos sintiendo en nuestro cuerpo, qué es lo que nos está haciendo sentir así. Es nuestra responsabilidad relacionarnos con nosotros mismos y lo que sentimos. De lo contrario, estaremos constantemente actuando nuestras emociones, dejándonos llevar por ellas, tirando puertas, pegando gritos, golpeando objetos, personas.  

El miedo cuando no lo queremos ver, puede llegar a ser tan fuerte, que llegamos a sentir miedo a nuestro propio miedo, y esto nos lleva al lado oscuro de la ira, a buscar chivos expiatorios en quien descargar ese miedo. La ira, por su parte, fomenta el deseo de venganza contra el que consideramos nuestro enemigo, el responsable de nuestras desgracias, y esto nos mantendrá, no solamente desconectados de nosotros mismos, sino que alimentará el círculo vicioso del miedo, la rabia y la violencia, siempre enfocados en el otro y no en nosotros mismos y nuestra responsabilidad.  Sentir miedo no significa que seamos cobardes.  De hecho, para poder ser valientes frente a una situación difícil que nos asuste, primero necesitamos observar nuestro miedo, darnos cuenta de lo que nos asusta y sólo entonces podremos encontrar una forma de afrontar el miedo y la situación. La valentía no es ausencia de miedo.  La valentía se refiere a la determinación con la cual hacemos frente a una situación de peligro, miedo o riesgo. 

Por supuesto que a nadie le gusta verse rabioso, o iracundo, o miedoso, o triste, y obviamente preferimos sentirnos contentos, orgullosos de nosotros mismos, valorados, felices. Podemos negarnos a sentir nuestras emociones desagradables y sólo ver las agradables.  Sin embargo, la realidad es que somos seres que sentimos todas las emociones, las agradables y las desagradables. Una parte nuestra puede estar feliz, y al mismo tiempo, otra parte de nosotros puede sentirse molesta y otra parte puede sentirse triste y otra puede tener miedo. 

Cada situación es una oportunidad para voltear el lente y mirarnos a nosotros mismos.  No hay recetas.  La manera que cada uno de nosotros se observa es única y en psicoterapia tenemos la oportunidad de descubrir nuestra propia forma de observarnos y nuestro propio camino de hacerlo diferente.  Si aceptamos todas las partes, todas las emociones, seremos un ser completo.  Si, por el contrario, negamos las partes “negativas” o desagradables y queremos sólo las positivas o agradables estaremos viviendo como una persona dividida, presa de sus propias emociones no reconocidas.  Si nos asumimos en nuestra totalidad, entonces podremos ser libres. 

Como bien dice Osho, en su artículo “Libertad: La Valentía de Ser Tú Mismo”, “Para ser totalmente libre uno necesita ser totalmente consciente, porque nuestra esclavitud está enraizada en nuestra inconciencia; no viene del exterior. (…) La vida mantiene un equilibrio entre los polos opuestos. De modo que quien esté dispuesto a aceptar la responsabilidad de ser él mismo, con todas sus bellezas, amarguras, sus alegría y agonías, puede ser libre…  Vívelo en toda su agonía y todo su éxtasis; ambos son tuyos.  Y recuerda siempre:  el éxtasis no puede vivir sin la agonía, la vida no puede existir sin la muerte, y la alegría no puede existir sin la tristeza… Esa es la naturaleza misma, el Tao mismo de las cosas. Acepta la responsabilidad de ser tú mismo tal como eres, con todo lo bueno y con todo lo que es malo, con todo lo que es bello y lo que no es bello.  En esa aceptación sucede una transcendencia y uno se hace libre.” (En: https://www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/LIBERTAD_VALENTIA_SER_TU_MISMO.html?msclkid=9c0805cbb8c211eca014a26ac18f559a  )

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Violencia y Paz

Leonor Andrade Castillo

En los últimos días han sido varios y diversos los hechos de violencia que han llamado mi atención (apartando la guerra entre Rusia y Ucrania).  El más reciente es el incidente en el cual el actor Will Smith reaccionó de manera violenta ante un comentario que hizo el presentador en el acto de entrega de los premios Oscar.  Si bien la mayoría se ha centrado en la reacción violenta de Smith (con la cual no estoy de acuerdo), el comentario del presentador en sí, fue desconsiderado y cargado de violencia verbal al irrespetar los sentimientos de las personas aludidas.

Hay una característica de la violencia que se presenta en todas sus formas: el irrespeto a los límites y derechos de la otra persona, (física, emocional, cultural, mental y espiritual), es decir la falta de reconocimiento del otro.   

La violencia, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) se define como el “uso intencional de la fuerza física o el poder, amenazante o real, contra uno mismo, otra persona o contra un grupo o comunidad, que ocasione o tenga una alta probabilidad de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, alteración o privación.” 

En la vida cotidiana podemos encontrarnos con muchas manifestaciones de violencia: con familiares, con la pareja, con vecinos, en actos públicos, en la calle entre desconocidos, entre compañeros de estudio (bullying), entre amigos, con compañeros de trabajo. Son incontables las situaciones en las que podemos estar viviendo  una situación de violencia, los motivos pueden variados y los grados pueden ir de menos a más. Cuando hay violencia, ésta afecta a todas las personas de una forma u otra, no solamente aquéllas que están directamente involucradas con el conflicto, sino también a personas que no están participando en él. 

La ausencia de violencia física por sí sola no garantiza que las personas no sufran violencia psicológica, represión, injusticia y falta de acceso a sus derechos. Y es que la paz, al igual que la violencia, tiene dimensiones.  En ese sentido nos encontramos con dos tipos de paz: 1.- la paz negativa, que se define como la ausencia de violencia directa y 2.- la paz positiva, que va más allá e implica la promoción de los derechos humanos, la justicia y la equidad en todas sus dimensiones.  La paz adquiere desde este puntos de vista, un carácter cultural e implica una responsabilidad en primer lugar personal, luego de la comunidad, de cada país y por último del mundo.  

Para muchas personas, la paz viene dada por el entorno.  Esta visión implica que si el entorno es violento, yo no puedo tener paz. No obstante, existe otra visión de la paz, que tiene que ver con la paz interna (en nuestra mente y en nuestro corazón). Si bien la falta de paz en el entorno no impide que sintamos paz a nivel personal, lo contrario, es decir si no tengo paz interna, sí implica que no tenga paz personal, aunque el entorno esté en calma, y que además “chisporroteé” mi falta del paz en todo mi entorno y la entorpezca. 

La paz es una forma de vivir. Es lo que llamamos Cultura de Paz, y todos podemos contribuir con su fortalecimiento, para que se convierta en la forma extendida de vivir. Por ejemplo, en estos días, unos vecinos de mi calle estaban esperando la llegada del camión del gas, luego de que todos habían llevado sus bombonas pequeñas al lugar asignado, y varias señoras fueron a acompañarlos y unos vecinos contribuyeron con algunas cosas de comida, café etc.  Esa es una forma de paz.  Otro ejemplo: Ahora es necesario lavarle los pies a mi mamá con agua previamente hervida. Nosotros tenemos una olla vaporera donde se puede hervir. No obstante, el primer día, su cuidadora, me comentó que había sido muy lento. Entonces le dije que el agua la herviré aquí en casa y llevaré la necesaria para toda la semana para alivianar la faena. Esta es una forma de contribución a la paz. Está en cada uno de nosotros tomar conciencia de esta dimensión de la paz como una forma de vivir, hasta en los actos más pequeños. En cada uno de nuestros actos e incluso pensamientos, tenemos la opción de elegir transitar el camino de la paz.  

Te invito a observar en tu vida cotidiana, cómo desde tus pensamientos y acciones estás contribuyendo a construir una cultura de paz, y si lo deseas, puedes compartirlo con nosotros en los comentarios. Compartir  experiencias positivas también es una forma de contribuir con la construcción de una cultura de paz.

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Los Pensamientos Negativos

Leonor Andrade Castillo

Una de las situaciones más comunes cuando estamos haciendo psicoterapia es el trabajo con los pensamientos negativos.  

Los pensamientos negativos son como una voz interna, que nos habla y nos dice cosas “feas”.  Pueden ser hacia nosotros mismos o hacia los demás y con mucha frecuencia nos producen ansiedad. 

¿Te ha pasado que tienes un proyecto, una idea que te parece espectacular y de la nada comienzas a tener pensamientos sobre que no va a funcionar o que va a ser muy difícil o que no tienes las habilidades? Pensamientos del tipo: “no te va a salir bien”, “no soy bueno(a) haciendo esto”, “seguro que algo sale mal”… y cosas por el estilo.

¿Te ha pasado que hay gente que te dispara pensamientos negativos, críticas hacia ellos, recuerdos de situaciones desagradables que has vivido con esa persona?  Por ejemplo, estás hablando con un amigo o amiga y entra por la puerta esa persona que te cae mal o de la cual desconfías y de inmediato se te descompone el cuerpo (puedes sentir opresión en el pecho o un nudo en la garganta o un malestar en la boca del estómago), o dejas de hablar o hablas más lentamente o te quedas mirando a esa persona o te vienen pensamientos como: “Tienes que cuidarte de fulano o fulana”, “Seguro que viene a querer meterse en la conversación”, “quién sabe qué estará tramando”…

¿Qué podemos hacer con los pensamientos negativos?  

Hay numerosas herramientas que nos pueden ayudar a manejar y/o superar los pensamientos negativos.  

1.         Cuando te asalta un pensamiento negativo del tipo de “no eres bueno haciendo esto” o “no te saldrá bien”, puedes buscar en tu historia situaciones en las cuales hayas tenido una experiencia positiva, un resultado positivo y conectarte con la emoción de logro y responderle a tu voz… Mira la verdad es que eso que estás equivocado… Me ha pasado que he logrado esto y esto y esto.  Sí puedo.  Si soy buena haciendo esto.  Sí lo puedo resolver. El primer paso es observarnos, darnos cuenta cuando estamos teniendo un pensamiento negativo.  Luego es necesario asumir que es nuestro ese pensamiento y que tiene una energía que produce efectos tanto en nosotros mismos como en los demás.  Es importante reconocerlos, no reprimirlos, ya que cuando reprimimos los pensamientos negativos, éstos vuelven a salir en el momento más inesperado, y con mucho más fuerza.  Todos podemos tener pensamientos negativos en algún momento, por lo que no te sientas culpable.  Esa sería otra forma más de tener un pensamiento negativo hacia ti mismo.  

2.         Si el pensamiento negativo es hacia otra persona, puedes observar el pensamiento y darte cuenta de lo que está pasando contigo en ese momento: qué emoción se te está disparando, pensamiento, sensación física… Dáte cuenta de la energía de tu pensamiento y asume que eso que está causándote todas esas sensaciones es tu pensamiento y no la persona.    En este caso puede utilizar una herramienta que aprendí de Sandra Ingerman (una psicoterapeuta chamana).  Ella nos sugiere conectarnos con una imagen de una persona querida, o un animal muy querido y una vez que estamos sintiendo esa emoción de amor, enviarle esa energía a la persona en cuestión. 

3.         Si estás molesto o con rabia y se te activan los pensamientos negativos, es cierto que tienes todo el derecho de expresar tu molestia, pero de una manera sana y adecuada.  Una forma de manejar esta situación es transformar la energía de la rabia, que es muy poderosa, en una energía de acción positiva.  Puedes sentarte en silencio y conectarte con tu corazón y conéctarte con el ser superior en el cual crees (en mi caso Dios) y pídele que transforme la energía que está detrás de la rabia, en amor y luz, que nutra a cada ser viviente en el colectivo, con amor y luz y que te muestre una acción positiva que puedas tomar.  De esa manera estarás transformando tu rabia en compasión.

Tienes una oportunidad de oro cada vez que te asalta un pensamiento negativo : Puedes observarlo, asumir que es tuyo y manejarlo de acuerdo con las herramientas que resuenen contigo. Lo mejor de todo: es tu decisión y tienes las puertas abiertas para transformarlos en una energía positiva para ti y el colectivo.

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La Compasión: Una Forma de Vivir 

Leonor Andrade Castillo

El viernes fue un día rudo aquí en la calle donde vivo.  Venía el señor del gas a traer las bombonas grandes llenas, después de habérselas llevado el martes.  Cada bombona pesa 43 kilos y el señor las entregaría en un solo punto que queda como a dos cuadras y media de mi casa en subida.  Uno de los líderes de la comunidad, quien tiene contacto directo con él, dijo que teníamos que tener compasión por el conductor del camión y una señora dijo: ¿Quién tendrá compasión de mí que no puedo cargar tanto peso y necesito el gas para cocinar?

Esta pregunta me hizo pensar en la frecuencia con la que no somos compasivos, a veces ni siquiera con nosotros mismos. 

En días previos se había generado una discusión y reclamos entre algunos vecinos y la persona que tiene el contacto con la planta del gas y los conductores, y le pedían que se pusiera de parte de la comunidad. Esos reclamos y las respuestas tuvieron de todo menos compasión, de ambas partes.  Por mi parte, conversé de manera privada con la persona y le propuse ir con él a la planta y llegar a un acuerdo para que las entregas de las bombonas se hagan más cerca de las casas donde vivimos.  La respuesta fue tibia y no llevó a ningún resultado.   Llegó el día, y además de que el conductor llegó ya en la tarde en lugar de la mañana como se había informado, dejó las bombonas a tres cuadras.  Doy gracias que uno de mis vecinos pudo ayudarme y me subió la bombona hasta la casa. 

Volviendo a la pregunta de la vecina: ¿Quién tendrá compasión de mí que no puedo cargar tanto peso y necesito el gas para cocinar?  Es importante diferenciar la compasión de la empatía.  La empatía es nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, sentir lo que siente, poder sentir el sufrimiento de la otra persona, sentir su angustia.  La compasión, por su parte, va un paso más allá.  La compasión implica ponerse en los zapatos de la otra persona y luego de sentir su dolor, tomar una acción en pro de su bienestar. En un entrenamiento sobre compasión aprendí que para poder tomar esa acción es necesario que la empatía no nos abrume para entonces poder identificar qué necesita la otra persona y tomar la acción que contribuya con su bienestar.  Hay personas cuya empatía es tan fuerte que la emoción los abruma y no pueden tomar ninguna acción.  

¿La compasión se puede aprender?    Definitivamente sí. Según el investigador y profesor Richard Davidson, especializado en estudios de compasión y su relación con el cerebro, la compasión se puede aprender.  Hicieron unos estudios en los cuales probaron entrenamientos en dos grupos distintos: unos se entrenaron mediante herramientas de terapia cognitiva y otro con meditación. Lo que se encontró fue que el grupo que recibió el entrenamiento con meditación tenía cambios en el funcionamiento de su cerebro, se les habían fortalecido los circuitos responsables de la compasión y la resiliencia.  El Dr. Richardson, a raíz de esos resultados contundentes, expresa que podemos hacernos responsables de nuestro cerebro y moldearlo, de manera de vivir en bienestar, haciendo meditación.  

¿Cómo podemos entrenarnos en ser compasivos mediante la meditación?   El primer paso es meditar centrados en la intención de ser compasivos con nosotros mismos, ya que sólo si soy compasiva conmigo, podré ser compasiva con los demás. Luego, explica el Dr. Richardson, en un segundo paso puedo imaginar un ser muy querido (familiar, amigo, mascota) y visualizar que estoy haciendo algo compasivo por él/ella.  Más adelante, después de practicar la compasión conmigo y con un ser querido, puedo meditar con la intención de sentir compasión por una persona que no conozco, por ejemplo, un vecino con el cual no soy cercana.  Por último, meditar con la intención de sentir compasión por una persona que nos dispara la molestia, con la cual tenemos una mala relación.  Es importante comenzar con una persona con la cual la dificultad no sea tan grande, de manera de practicar y sólo cuando estemos bien entrenados podemos entonces hacerlo con alguien con quien tengamos más dificultad, nos dice el Dr. Richardson.  Esta práctica la podemos hacer cantando el mantra para la compasión por excelencia: Om Mani Padme Hum.  Una amiga me preguntó: ¿No es más fácil cantar para todo el mundo y ya?  Seguramente es más fácil, pero no lograríamos nuestro objetivo de ir fortaleciendo en nuestro cerebro los circuitos de la compasión, conectándonos uno a uno, siendo conscientes de nuestras emociones, para luego transformarlas y poder ser cada vez más compasivos, incluso con personas con las cuales tenemos dificultades de relación, mediante la práctica cada vez más profunda.

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Pedir, Recibir y Dar

Leonor Andrade Castillo

Escucho un pajarito cantando en el porche.  Lo reconozco. Es la paraulata encargada de avisarme que se les terminó la comida.  Me asomo, y efectivamente, allí está , parada en la baranda de la jardinera del porche.  Me siento con cuidado en la puerta de la cocina a escucharla y ella me mira.  Nos quedamos las dos mirándonos en silencio, directamente a los ojos.  Ella se repite su canto con calma y seguridad infinitas y yo, también calmada la escucho y la observo.  

Repite su canto una vez más y le digo en voz baja y pausada para no asustarla, que ya iré a buscar la comida.  Nos quedamos mirándonos por unos instantes. Al pasar unos segundos la pajarita repite su canto mirándome directamente a los ojos y comprendo que es momento de atender su pedido.  Cuando regreso, me doy cuenta de que no está.  Miro alrededor y veo que hay una fila de pajaritos en el cable de la electricidad observándome y esperando pacientemente que reponga la comida.  La primera en la fila es la pajarita que había venido a avisarme que se había terminado.  Pongo la comida en el plato y me retiro.  

Esta semana viví una experiencia que me llamó a la reflexión.  Después de muchos años sin que sucediera, me dio vértigo.  El vértigo para mí es un llamado de alerta que me da mi cuerpo, avisándome que estoy traspasando mis límites y no estoy pidiendo ayuda.  La paraulata me lo mostró de manera magistral cuando sin ninguna dificultad me pidió que les pusiera comida.  Era su necesidad y la de todos los pajaritos que vienen aquí a comer y requería de mi ayuda para satisfacerla.  No solamente no la hace menos sino que la convierte en líder de su comunidad.

Hacía varios días que me sentía cansada después de las guardias prolongadas en el ancianato y no había expresado mi necesidad de descansar.  No le había pedido a Teresa con quien comparto el cuidado de mi mamá, que por favor me cubriera un fin de semana para yo descansar.  Tuvo que darme vértigo para darme cuenta que no estaba pidiendo ayuda. 

Es curioso lo que sucedió después.  Llamé a mi mamá y conversé con Teresa y le dije que no me sentía bien.  Ella me escuchó y de inmediato me dijo que si yo quería ella atendía a mi mamá al día siguiente… y después agregó:  si quiere me quedo esta noche y atiendo a su mamá temprano… Lo puedo hacer.  Mi hijo está hoy aquí en La Vega con su hermano y no tengo que bajar al refugio. Se quedó pensando y agregó: La verdad es que me vendría muy bien quedarme esta noche porque el señor que me había prestado el regulador para la bombona del gas me lo pidió y no tengo cómo cocinar en la casa hasta que no compre el mío. Le ofrecí, como en días anteriores, apoyarla con la compra del regulador y me dijo que no nuevamente.  Me pude ver reflejada en su espejo.  No insistí. 

Al día siguiente, hacia el final de la tarde, llamé a mi mamá y hablé con Teresa.  Me sentía mejor y ella se escuchaba relajada.  Quedamos en que yo iría al día siguiente.  Le pregunté si se incorporaría el martes o el miércoles.  Me dijo que había pensado en el martes porque tenía igual que llevar al hijo al colegio.  Yo le agradecí y le dije que para mí estaría perfecto porque así no me forzaba y podía atender mis consultas ya pautadas.  Y entonces le propuse: ¿Qué le parece si le pago el día que trabajó hoy, de una vez para que así esté más relajada con la compra del regulador?  Inmediatamente me dijo que sí. 

Dar, pedir y recibir son parte de un mismo proceso.  Si damos a otros y no pedimos lo que necesitamos o no estamos abiertos a recibir, el proceso se queda a mitad de camino y llega un momento en el que no podemos dar más.  Así que de ahora en adelante, a pedir y recibir como la pajarita, para poder cargar las baterías y poder seguir dando de manera sana.

De la Basura al Amor

Leonor Andrade Castillo

Barrí las escaleras y el área alrededor del jardín. Se veía bonito. Entré a la casa para seguir cocinando.

Unas cuantas horas más tarde salí a buscar un poco de romero en el jardín, y para mi sorpresa, en el área que había limpiado había una enorme pila de basura… papel, plástico, hojas.,.

Me quedé allí, mirando, y por dentro podía sentir cómo un calor inmenso iba subiendo por mis pies, mis piernas, mi estómago, mis brazos, mi pecho, mi garganta, mi cara… Estaba hirviendo y dos lágrimas bajaban por mis cachetes, como lava.  Lágrimas de rabia.  Lágrimas de juicio. Lágrimas de dolor.  Me asaltaron mis pensamientos: son unos abusadores, unos cochinos, lo invaden todo.  

En un punto pude verme y observar mis pensamientos.

Boté todo el aire por la boca.  Quedé vacía.  Me mantuve allí, sin aire, unos cuantos segundos.  Sin pensar. 

Inhalé de nuevo. De pie.  Exhalé.  Continué respirando.  Inhala. Exhala. Inhala. Exhala.  Inhala.  Exhala. Logré calmar el calor que subía por mi cuerpo y lo incendiaba todo.  

Busqué el romero.  Miré de nuevo la pila de basura y decidí entrar a la casa. Seguí cocinando, en una mezcla intermitente de rabia, dolor, pensamiento, juicio y silencio, como en una batidora.  Fui tomando consciencia y lentamente fui sintiendo más y más espacios de silencio.

Al día siguiente me levanté, preparé un café y salí a barrer la terraza, la entrada de la casa y luego ocuparme del tema de la pila de basura ajena.

Mientras estaba barriendo la terraza escuché que alguien barría el área donde estaba la basura. Inmediatamente me dije: Viste, él no pretendía dejarlo ahí… Me sentí avergonzada de mí misma por los pensamientos que había tenido el día anterior, por la rabia que me había invadido por completo. 

Terminó de barrer muy rápido, a la velocidad del rayo, y se fue. Yo continué barriendo la terraza, la entrada y la calle frente a la casa. Me sentí contenta.

Una vez que terminé de barrer y recogí toda la basura en una bolsa, me fui al jardín… 

No podía creer lo que estaba viendo. Toda la basura del pasillo estaba ahí, por todos lados. Simplemente había movido su basura de un sitio para otro, en lugar de recogerla y ponerla en una bolsa para que el aseo se la lleve después.

Me sentí invadida, irrespetada y pude sentir también el dolor de la tierra.

Era demasiado para mí, así que decidí terminar lo que tenía que hacer, irme a cuidar a mi mamá y calmarme para poder decidir cómo manejar la situación.

El miércoles, ya de regreso a casa, fui de nuevo al jardín.  Lo miré.  Me abrí a la emoción.  Toqué las matas.  Me quité los zapatos y sentí la tierra directamente en mis pies. Tomé una decisión: limpiar todo. Pude ver mucha basura entre las matas… restos de juguetes, botellas de cerveza, bolsas de plástico… Comencé a limpiar hasta recoger toda la basura.

Fue una experiencia liberadora para mí y para el jardín.  

En otro momento habría subido a expresar mi molestia y aunque fuera de una manera tranquila, habría quedado una cicatriz por la molestia mutua.

Ha pasado una semana. He reflexionado mucho sobre la experiencia y decidí probar un nuevo enfoque.  Dar un paso más.  La semana que viene plantaré algunas flores.  El lenguaje y la energía de las flores es muy poderoso.  Las flores emanan delicadeza y amor… Tengo la esperanza de transformar el espacio de la basura (física, mental y emocional) en espacio de amor…

Y como la sincronicidad es como es, en medio de la situación que estamos viviendo a nivel mundial con la invasión a Ucrania por parte de Rusia, me topé con este pensamiento del Dalai Lama: «Solo a través de la compasión y la paz interior, se puede difundir la paz en el mundo. La paz interior conduce a un individuo pacífico y luego este individuo pacífico puede construir una familia pacífica, luego una comunidad pacífica, luego un mundo pacífico.”

Más allá de los cómo está el amor incondicional

Leonor Andrade Castillo

Estoy en el sitio donde trabajé durante 20 años.  Ahora es una especie de clínica donde están varios de mis amigos con los cuales trabajé y compartí durante años.  No tengo claro cómo me dejaron entrar.  Lo cierto es que anduve por una especie de laberinto hasta llegar a unas habitaciones en la parte trasera de la casa en las cuales están mis amigos acostados en camas, algunos con oxígeno, todos recluidos por Covid-19. Inmediatamente dan cuenta de que estoy allí y si bien permanezco en la puerta, nos podemos ver y la comunicación es instantánea, no requiere palabras. Entran y salen personas que hacen el rol de enfermeras ayudando a los que están enfermos con el Covid-19, y cuando miro con detenimiento me doy cuenta de que todos son compañeros de trabajo.  Siento una calidez en el corazón que no sé describir. Sólo sé que la paz es infinita.  De alguna parte surge una silla y me siento y desde la puerta acompaño a mis amigos.  Si bien hay silencio en el lugar, las historias entre los corazones van y vienen y las peticiones de mensajes para sus familiares no se hacen esperar. Por momentos me siento abrumada, por todo el amor guardado en esos corazones y del cual seré la mensajera.  No existe el tiempo en este lugar así que no tengo idea de cuánto espacio tengo aquí.  Sólo sé que de repente, cuando en mi ser me dispongo a devolverme, veo en brazo una toma de una vía.  En este instante, tomo conciencia de que al estar allí, había sido contagiada y desperté del sueño.

De los tantos temas de los que podríamos conversar sobre cómo superar la crisis, cómo ser resiliente, cómo reinventarnos, cómo ser libres en medio del encierro forzado, cómo afrontar la incertidumbre, la soledad y el miedo en esta situación de Covid-19, que comenzó siendo totalmente desconocida para todos nosotros y ahora se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana, hay uno que sobresale y está incluido en los cómo de todos ellos: el amor incondicional. 

Me dirás: ¿Qué te pasa, acaso no te das cuenta cómo a diario, hay gente perseguida, señalada, excluida por tener Covid-19?  ¿No te das cuenta de cómo algunos gobiernos hacen uso de esta pandemia para recrudecer la represión y el autoritarismo?  ¿No te das cuenta de la cantidad de gente que está muriendo de hambre y abandono, enfermedades que se han instalado en muchos países mucho antes que el Covid-19?  ¿No te das cuenta cómo han aumentado los casos de violencia? 

Nuestro mundo está lleno de extremos.  Funcionamos desde la dualidad.  Por un lado, nos encontramos con reacciones de rechazo, como por ejemplo cuando algún vecino se asusta porque alguien cercano muere por Covid-19 y se le activan todas las alarmas, y en el afán de protegerse y proteger a los suyos, quiere saber quién más puede estar contagiado para mantenerlo lejos, señalándolo a “vox populi”, como si en el contagio estuviera escondida una culpa.  

Por otro lado, he sido testigo de personas amigas que deciden cuidar a algún amigo que se contagió y termina también contagiado y se cuidan mutuamente. He sabido de personas que trepan árboles para asomarse a la ventana de la habitación de hospital de un familiar para acompañarlo desde allí.  Un amigo cercano se contagió y estuvo delicado y su pareja, que también se había contagiado, se recuperó a la velocidad del amor incondicional y se dedicó a apoyarlo y cuidarlo hasta recuperarse. Todas estas personas, si bien no son héroes nacionales, sí lo son para ese ser querido para quien estuvieron presentes.  

Mi experiencia con el Covid-19 ha sido retadora. Unos días antes de que se decretara la cuarentena en Venezuela, una voz en mi corazón me dijo: propón en el ancianato hacer guardias con pernocta.  Yo, si bien no veía el camino hacia adelante, lo hice.  Hice la propuesta y me dijeron que sí.  En ese momento, muchos pensaban que iba a ser una situación pasajera que duraría seguramente unos tres meses y después todo volvería a la normalidad. Comencé a hacer guardias de 72 horas cuidando a mi mamá esa misma semana. A los días, en el ancianato prohibieron las visitas de los familiares y por obra y gracia del Espíritu Santo, como me había comprometido a hacer guardias de cuidadora, asumí todos los protocolos biosanitarios establecidos por el ancianato y ya voy para un año pudiendo atender a mi mamá a pesar del Covid-19.  En mi caso, asumí todas las restricciones de contacto para no contagiar a nadie en el ancianato y sólo a principios de enero, tomé conciencia de que, durante todo este año, yo también había estado en riesgo de contagiarme por el solo hecho de estar todas las semanas en el ancianato, expuesta a la comunidad.  

Estoy aprendiendo con esta experiencia que, si bien es necesario cuidarme, lo que me ha movido va mucho más allá del cuidado personal. Siento una energía mucho mayor que yo que está siempre allí presente, que me cuida y he decidido confiar.    Y es que el amor incondicional también tiene mucho de humildad.  Implica para mí confiar en esa fuerza, en esa energía que para mí es Dios, que está siempre disponible para ti y es la fuente de la que proviene ese amor que pasa por nuestros corazones.  El verdadero incondicional es él: nosotros somos sólo el canal.

El amor incondicional es una decisión y también una energía.  Soy yo el que decido si voy a abrir la puerta para dar paso al amor incondicional que viene de una fuente superior a mí, que nos sostiene, y confiar sabiendo que el otro también, si bien es parte de esta energía de amor, también decide si quiere o no quiere abrir su puerta a ese amor que disuelve las fronteras de nuestras circunstancias humanas.  Y “Entonces fue como si viese la belleza secreta de sus corazones, (…) la persona que cada uno es a los ojos de lo Divino.” (Thomas Merton).

Seamos Gentiles

Leonor Andrade Castillo

Cuidar a una persona en cama en un ancianato tiene su rutina y sus horarios.  Quizá por ello, con más frecuencia de la que quisiéramos, la inmediatez se contrapone a la gentileza, como si no hubiera tiempo para ser gentil.  

Ser gentil implica tener buen trato hacia la otra persona.  De acuerdo con un artículo publicado en el Diario ABC “La gentileza es una virtud positiva en las relaciones personales ya que la amabilidad muestra la actitud de respeto hacia el otro al querer cuidar los pequeños detalles para hacerle la vida agradable. La gentileza es una deferencia hacia la otra persona, a través de actitudes y detalles personales con los que una persona tiene cortesía.” (https://www.definicionabc.com/social/gentileza.php )

La buena noticia es que la gentileza se puede aprender con la práctica.  Implica observarnos para darnos cuenta si estamos centrados en nosotros mismos o si hay alguna emoción negativa en el momento que nos esté dificultando ser gentiles con la persona que tenemos enfrente. 

Esta semana, tuve una experiencia práctica con la gentileza.

Estaba bañando y cambiando a mi mamá y necesitaba voltearla. Le pedí que me diera la mano y ella me dio una y cuando le pedí que me diera la otra mano, se mantuvo agarrada a la baranda de la cama. En un momento, me dio la mano y cuando la halé hacia mí para que se diera la vuelta, rápidamente se agarró a la baranda tan fuerte como pudo y nos dolió a ella y a mí. Ella se puso brava y yo también.

Inmediatamente me vino a la mente Deva Premal cantando el mantra Lokah Samastha Zukinoh Bhavantu y cómo en su explicación del significado del mantra siempre añade al final:  «y que mis pensamientos, sentimientos y acciones contribuyan de alguna manera a la felicidad y libertad de todos los seres».

Comencé a repetir el mantra muy suavemente para mí misma, y cuando conecté con la energía y fui consciente de mi acción y de cómo no contribuía al bienestar ni de mi mamá ni el mío propio, le pedí disculpas a mi mamá y le compartí el mantra. Lo repitió conmigo varias veces y la energía cambió.

Ella me preguntó el significado del mantra. Le expliqué que el mantra decía: «Que todos los seres en todas partes sean felices y libres, y que mis pensamientos, palabras y acciones contribuyan de alguna manera a esa felicidad y libertad para todos».

A ella le encantó y en ese momento le dije: ¿Qué te parece si cada vez que te vayamos a bañar y cambiar cantamos el mantra Lokah Samastha Zukinoh Bhavantu? De esa manera yo estaré pendiente de ser amable contigo y no halarte la mano y tú estarás pendiente de no quedarte agarrada a la baranda de la cama con la mano y luego lanzarme una de tus miradas fulminantes. Ambas nos reímos y acordamos hacerlo.

Esa tarde, cuando la iba a cambiar, me repetí el mantra primero a mí misma y luego le dije a mi mamá: ¿Quieres que repitamos el mantra Lokah para que ambas seamos amables la una con la otra?   Lo hicimos y cuando le dije que me diera las manos sucedió algo mágico: sus manos estaban realmente relajadas y las soltó y yo también estaba consciente de mis acciones y podía darle la vuelta suavemente, siendo consciente de esperar a que ella me diera las manos.

Al día siguiente por la mañana lo hicimos de la misma manera y tuvimos un momento agradable. Repetir este mantra me conecta con mi gentileza y con mi conciencia de cómo mis acciones y la forma en que las hago contribuyen al bienestar de otros seres, en este caso mi mamá.  

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Confinamiento, Decisión y Libertad

Leonor Andrade Castillo

Me siento por momentos ansiosa.  Presa entre cuatro paredes del ancianato donde vive mi mamá y en el que permanezco varios días de la semana para cuidarla. En esos momentos me asaltan las ganas de salir, irme de tiendas, aunque no tenga nada qué comprar y conversar de cerquita con el vendedor. Siento ganas de visitar a todos mis amigos en un solo día y comer juntos y ponernos al día y sentir su cercanía, sus voces, su calor.  Me dan ganas de ir corriendo a mi consultorio y hacer sesiones a puertas abiertas con todo aquel que en este último año me ha insistido que quiere que hagamos sesiones presenciales.  Estoy consciente de que cuando esto sucede en realidad me siento presa no tanto del Covid-19 como de la represión, de los mandatos, de las limitaciones de movimiento, de sentir que no puedo hacer lo que quiero. 

Para mí la libertad ha sido un tema desde que me acuerdo.  Era niña, realmente pequeña y cuando mi mamá me ponía alguna restricción o me decía que no me daba permiso para hacer algo, yo siempre replicaba y preguntaba el por qué.  Recuerdo que mi mamá me inscribió en clases de ballet.  Tenía como 10 años.  Las clases eran una vez a la semana, en las tardes, en el colegio.  Yo no quería esas clases.  No me gustaba el ballet y por más que mi mamá alababa los beneficios del ballet yo sentía cada vez más rechazo.  Llegó el día y fui a mi primera clase y luego a la segunda y la tercera y no me gustaban.  Un día, en lugar de irme a la clase de ballet decidí irme caminando hasta el parque y descubrí que daban unas clases de tenis.  Me quedé esa tarde y disfruté un montón. A la semana siguiente decidí volver y así durante varias semanas y la verdad en ese rato se me olvidaba el tema de las clases de ballet, hasta que llegaba a la casa y mi mamá me preguntaba cómo me había ido.  Le mostraba vueltas y pasos que me inventaba al momento y así me mantuve hasta que del colegio llamaron a mi mamá para preguntarle qué pasaba que no había vuelto a las clases.  Ese día cuando llegué de la clase de tenis, mi mamá como de costumbre, me preguntó cómo me había ido en el ballet y yo, también como siempre, le mostré todo lo que había aprendido.  Ella me miró y me dijo: Has aprendido mucho considerando que no has ido más a las clases.  Se imaginarán mi cara de sorpresa: ¿Cómo que no he ido mami?  Ella sólo me miró y luego escuché, como en cámara lenta, que habían llamado del colegio para decir que no había vuelto a las clases.  ¿Dónde has estado todo este tiempo?  ¿Tienes conciencia del peligro?   Le conté lo que había estado haciendo y le repetí que no quería ir a clases de ballet y que había decidido irme a las clases de tenis porque no me había querido escuchar.  Hablamos y quedamos en que ella iría conmigo al parque a ver cómo eran las clases y que hablaría con el profesor de tenis y que no volvería a las clases de ballet.   Continué con las clases de tenis, esta vez sin hacerlo a escondidas. 

Rescato de esta historia que ante una situación que no me agradaba tomé una decisión.  Las clases de ballet seguían allí, pero ante lo que sentí como una imposición tomé la decisión de buscar otra opción que si me gustara.   

Decisión. Esa es la palabra clave aquí.  Qué es lo que decido ante lo que se me está presentando en el entorno.  Qué decido frente a las restricciones.  Y ojo que no decidir nada también es una decisión.  Frente a las restricciones, sean las que sean, al final, tengo la potestad de decidir cómo manejarlas y cómo manejarme.  Y es que entonces estamos hablando de dos dimensiones de la libertad: la libertad externa y la libertad interior.  

Contra la Indolencia

Leonor Andrade Castillo

Un evento cercano activó mi reacción hacia la indolencia y la posterior observación tanto de mí misma como del entorno.  Me movió la indignación y el dolor. Aunque me tomó un tiempo recuperar mi centro, logré transformar mi rabia en acción, observar con calma el panorama amplio de lo que estamos viviendo como sociedad en Venezuela y escribir mi reflexión para compartirla contigo.

Vinieron a mí imágenes de la inmensa cantidad de adultos mayores abandonados por sus familiares que salieron del país.  Algunos están en ancianatos abandonados por sus familias, otros viven solos en sus casas sin mucho apoyo y otros están abandonados en la calle. Me conecté con el sufrimiento de las familias que están viviendo el duelo por la muerte repentina de uno o varios de sus miembros por el Covid-19 o que están en pleno proceso de la enfermedad, (como en el caso de la cantante venezolana Soledad Bravo) y no tienen manera de costear el tratamiento y posible hospitalización y necesitan hacer campañas de recolección de fondos.  

Sentí el dolor y la impotencia de los cientos de médicos y enfermeras y enfermeros que literalmente les arrebatan la vida, y sus familias han quedado abandonadas a la buena de Dios, ante la mirada indolente del Estado y de una sociedad que está también desprotegida y no logra reaccionar.  Me llegaron las múltiples imágenes de docentes que llegan caminando a sus aulas porque lo que ganan no les alcanza ni siquiera para un pasaje y una vez allí están expuestos al contagio ya que no hay protección ante el virus porque las escuelas y liceos (sobre todos los públicos) tampoco cuentan con los recursos para preparar las instalaciones y hacerlas seguras para profesores y alumnos y todo el personal que allí labora. 

Pensaba en todas las familias que han quedado desmembradas por la violencia y la cantidad de mujeres que han sido víctimas de la violencia en este último año, en los refugiados que esta semana tuvieron que huir de la violencia a Colombia por los enfrentamientos en Apure.  

Y podría seguir y no alcanzarían las páginas y páginas de historias de indolencia que estamos viviendo a diario. Y podría engancharme en la crítica hacia la sostenida y característica indolencia frente al sufrimiento de los venezolanos.

Sin embargo, en lugar de ello, prefiero centrarme en mi convencimiento de que todo cambio colectivo comienza por un cambio individual, como nos dice el maestro Thich Nhat Hanh: «Transformar nuestra consciencia individual es detonar el proceso de transformación de la consciencia colectiva«.  

Esta indolencia que estamos padeciendo es una oportunidad.  Una oportunidad para observarnos a nosotros mismos y preguntarnos:  1.- ¿Soy indolente conmigo mismo?  2.- ¿Soy indolente con los que me rodean?  3.- ¿Cómo puedo hacerlo diferente?

Esto son los primeros pasos en el proceso de transformación individual en relación a la indolencia, que de uno en uno nos llevará a la transformación colectiva.

Algunos ejemplos de cómo puedo estar siendo indolente conmigo mismo pueden ser salir a la calle y estar en sitios públicos sin mascarilla y sin mantener el distanciamiento social. Cuando hago eso estoy siendo indolente conmigo mismo, en primer término exponiéndome al contagio y sus consecuencias. 

Un ejemplo de estar siendo indolente con otra persona puede ser cuando uno de tus vecinos se contagia y te mantienes indiferente o incluso asumes una actitud de rechazo y discriminación hacia la persona, pensando únicamente en ti mismo, sin considerar cómo pueda estar sintiéndose tu vecino o el apoyo que pudiera estar necesitando.  Otro ejemplo de indolencia hacia la otra persona es toparte con un vecino o amigo y que te diga u observes que está triste o tiene alguna dificultad y no tomarte el tiempo de preguntarle qué le sucede y escucharlo (esto se puede hacer manteniendo el distanciamiento social y con nuestra mascarilla).

No hay mayor aislamiento que nuestra propia indiferencia hacia nosotros mismos y hacia los demás.

¿Te has preguntado cuál es la otra cara de la indolencia?  Voy a compartir contigo un ejemplo del mejor antídoto contra la indolencia: la compasión.

Hace pocos días mi vecina cumplió años. La felicité y me contó que tenía el corazón chiquitico. El día de su cumpleaños salió a hacer una gestión y la llamó un familiar para felicitarla y le pidió que se acercara. No estaba de ánimo y sin embargo ante la insistencia accedió. Cuando llegó al lugar se encontró con que la hija, que emigró hace ya varios años, le había mandado unas flores por su cumpleaños y se había puesto de acuerdo con el familiar para que compartieran un desayuno especial. Se puso a llorar de la emoción y aunque no tuvo a su hija de cuerpo presente, sí la tuvo en intención, desde la empatía que sintió su hija que la llevó a tomar una acción compasiva, en pro del bienestar de su mamá.

Estamos viviendo momentos en los que los contrastes están a la orden del día.   Está en cada uno de nosotros tomar la decisión si queremos seguir por el camino de la indolencia o por el camino de la compasión, porque como expresa el Dr. Paul Gilbert: “La compasión es (…) poderosa, es contagiosa e influyente. Y de manera crucial, quizás sea el único lenguaje universalmente reconocido con la capacidad de transformar el mundo.”

Rechazo y Autoestima

Leonor Andrade Castillo

“El amor a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida.”  Oscar Wilde

El rechazo, aunque no lo creas, es una parte normal en la vida y a veces nos cuesta aceptar que no le vamos a gustar a todo el mundo.  

Todos nos hemos sentido rechazados alguna vez.  Nos puede rechazar una pareja (potencial o ya establecida), un amigo, un compañero de trabajo, nos pueden decir que no luego de una entrevista para un empleo que deseábamos conseguir o nos pueden decir que no a una aplicación para pertenecer a un equipo deportivo…hasta nuestro perro puede en un momento dado voltearnos la cara porque no quiere que lo besemos o lo apurruñemos en ese momento. 

Son innumerables las situaciones en las cuales nos podemos sentir rechazados y, literalmente, todos hemos sido y seremos rechazados más de una vez en nuestra vida.  El rechazo es parte normal en la vida y parte del camino hacia lo que queremos.  Si no tuviéramos estos bajones no tendríamos la oportunidad de aprender de ellos y tampoco nos sentiríamos en la cúspide cuando lo sí logramos lo que queremos.  

¿Te ha pasado que luego de que alguien te dice que no se te dispara esa vocecita interna que te critica y te dice que no estás a la altura, que si hubieses hecho esto o aquello no te estarían rechazando?  Que alguien te rechace no significa que no sirvas, que no seas lo suficientemente bueno y tampoco implica necesariamente que hayas hecho algo mal.   

¿Te ha pasado que estás en una relación de pareja y te esfuerzas por complacer a tu pareja, a todo lo que te pide le dices que sí, le haces los mejores regalos, cambias tus planes para atenderla, estás pendiente de tu pareja las 24 horas del día y luego te dice que no quiere continuar la relación?  No comprendes nada, y te sientes con el corazón destrozado, sientes que es injusto e incluso tratas de que lo reconsidere, y pasa el tiempo y estás pendiente de ver a tu expareja en las redes, y a cualquier señal, sientes que hay alguna esperanza de que quiera volver contigo.  

Cómo manejes tus relaciones (puede ser de pareja, de amistad o incluso de trabajo) y cómo asumas un potencial rechazo te puede estar mostrando que tienes la autoestima baja, que no te estas valorando como persona.  Es tiempo de aprovechar la oportunidad que se te está presentando y preguntarte para quécomplaces a la otra persona todo el tiempo, para qué quieres seguir en una relación con alguien que está diciéndote claramente que no quiere estar contigo.

Esta es una gran paradoja: mientras más complaces a la otra persona, más te rechaza. No es necesario complacer sin medida y ser como creemos que la otra persona quiere que seamos, aún cuando hay momentos en los cuales nos sentimos a disgusto con lo que estamos haciendo y hasta agotados.  No es necesario esforzarte de más para evitar que la otra persona te rechace.  A veces, este miedo al rechazo hace que pierdas de vista tus verdaderos sentimientos hacia ti mismo y hacia la otra persona.  Cuando complaces sin medida, te estás poniendo en segundo lugar, y si tú te pones en segundo lugar, es imposible, literalmente, que la otra persona te ponga en primer lugar.  Ya tú has cedido tu lugar. 

Hay un ejercicio de auto-observación muy efectivo.  Obsérvate en tu día a día cada vez que digas que sí a las peticiones de tu pareja o cuando quieras, antes incluso de que te pida nada, hacer algo que crees que le va a gustar o que crees que necesita.  Cuando digas que sí a una petición o vayas a decir que sí (sería muy bueno que pudieras observarte desde que tienes el pensamiento de decir que sí, antes de decirlo verbalmente) observa cómo te sientes a nivel de cuerpo. Si cuando digas que sí, sientes bienestar en todo tu cuerpo, sin ninguna tensión, tu cuerpo te está mostrando que ése es un Sí-Sí.  Si, por el contrario, dices que sí y sientes alguna tensión o malestar en tu cuerpo, éste te está indicando que hay una incomodidad, que no estás convencido de querer hacer eso. Ese es un Sí-No. Cuando dices que sí y realmente no lo deseas, en el camino, va a salir tu disgusto de alguna manera: puede ser en la forma que trates a la otra persona, o también puede salir en dolores o malestares a nivel corporal, o puede salir como frustración o rabia.  Es el momento entonces, de chequear que estás sintiendo y preguntarte si realmente quieres decir que sí. Observa qué sientes a nivel corporal. Tu cuerpo, a diferencia de tu mente, nunca miente y puede ser una excelente señal y punto de partida para darte cuenta de lo que realmente quieres y comenzar a transitar el camino de quererte tal cual eres, de ponerte en primer lugar, de decir sí cuando realmente lo deseas, sin necesidad de ser como crees que la otra persona quieres que seas ni hacer lo que la otra persona desea sin considerar lo que tú quieres. No necesitas convertirte en otra persona para que te quieran. Si quieres mejorar algo en ti, hazlo por ti y no para complacer a otros.  Sé tu mejor versión.

¿Quién se esconde detrás de la pantalla?

Leonor Andrade Castillo

Soy muy recursiva, expreso lo que me sucede y siempre encuentro una forma de salir del atolladero de turno. Escribo mensajes, grabo notas de voz, en las que comparto mis peripecias para resolver situaciones complicadas de mi vida cotidiana.  Me gusta compartir.  Soy muy sociable y hacer amigos se me hace fácil.  Soy creativa.  Me encanta un bochinche. Me encanta bailar y celebrar con los amigos. Soy solidaria. Alegre. Generosa. Ayudo. Soy amorosa con los demás y me encanta un abrazo.  Abro mis puertas a quien lo necesite.

Me llamo Venezuela.  Y esa es mi cara bonita.   

Solemos ver los aspectos que nos agradan de nosotros y que queremos mostrar a los demás como colectividad.  No obstante, también somos lo que no nos gusta, aunque no lo veamos de manera consciente. Tratamos de esconder lo feo para que los demás no lo vean, sin saber que mientras más lo escondemos más se derrama hacia afuera.  

Según Carl Jung, la sombra colectiva es una fuerza ciega que actúa en la psicología de cada sociedad. Por ello, también soy, y cada vez puedes verme más frecuentemente, agresiva y no amorosa como estaba acostumbrada a ser, intolerante con los demás en lugar de comprensiva y flexible, tramposa y abusadora en lugar de solidaria, incapaz de encontrar soluciones para los problemas de cada día en lugar de recursiva y resiliente.  Puedes escucharme insultando y diciéndole cosas feas a los demás a incluso a mí misma y también coleándome en las colas para la vacunación contra Covid-19, y para poner gasolina, por mencionar sólo dos ejemplos. 

Es duro ver nuestra sombra, pero una vez que la vemos y tomamos conciencia de nuestro extremo al que tememos tanto, podemos mirarnos y ser completos.  Y es que cuando somos amorosos escondiendo al agresivo, en realidad no estamos siendo amorosos en toda su dimensión. Mientras sigamos dedicando nuestras fuerzas a esconder la sombra, sea individual o colectiva, se nos va a mostrar con mayor fuerza cada vez.  Como cuando tenemos una botella de refresco y vamos caminando y la botella se va meneando en la bolsa y cuando llegamos a la casa y la abrimos, sale como una explosión hacia afuera, por la presión del gas.  Es como vivir con explosiones de botellas de refresco todos los días. 

Por ello Jung expresa que “lo que no se hace consciente, se manifiesta en nuestras vidas como destino.”

¿No somos entonces sociables, amorosos y recursivos?  Claro que sí.  Y también tramposos, agresivos y abusadores. Me dirás: Pero no soy así.  Yo nada tengo que ver con esa sombra colectiva de la que hablas. La sombra está presente en nuestras actitudes negativas, en nuestros pensamientos negativos y prejuicios hacia otros, en nuestras críticas hacia nosotros mismos y hacia los demás. La sombra colectiva la puedes ver en tu familia, en la organización donde laboras o con las que tienes interacción como supermercados, cines, farmacias, en las oficinas donde haces diligencias. 

La buena noticia es que en este momento el refresco está desparramándose por todos lados y tenemos muchas oportunidades para verla.  Observa lo que sucede contigo cuando la ves en acción.  ¿Sientes que no la puedes soportar?  ¿Sientes una rabia que te sobrepasa? ¿Se te revuelve la bilis?  Si es así, es posible que tengas algo de esa sombra colectiva. Mi invitación es entonces a que comiences a observar tus pensamientos, a observar tus actitudes hacia otros.  No es que vas a ser la copia exacta de lo que estás viendo afuera.  Puede que se manifieste en tu vida de una forma mucho más sutil o atenuada o puede que descubras al monstruo de la laguna negra y ahora, consciente de él, le puedes decir que lo puedes ver y comenzar un camino de hacer consciente al monstruo, y de esa forma ir logrando poco a poco que disminuya su tamaño, y puedas entonces cada vez que lo ves, decidir de manera consciente conectarte con tu parte amorosa. En la medida que todos vayamos trabajando nuestra sombra individual, contribuiremos a hacer visible la sombra colectiva y dedicar nuestra energía a decidir ser de manera consciente una Venezuela amorosa, resiliente y creativa.

Trabajar con la sombra requiere tiempo y en ocasiones la ayuda profesional psicoterapéutica. Si necesitas apoyo puedes contactarme por WhatsApp +58 4146387298 o por mail a leonorandrade29@gmail.com