orientación emocional

En Camino hacia Nosotros

Leonor Andrade Castillo

– ¿Cómo le fue Sra. Teresa?  

– Nada bien Sra. Leonor.  

– ¿Y cómo es eso? 

– Me dijeron que si no hago vida en el refugio me van a desalojar.  Les expliqué que no puedo hacer vida allí porque por la pandemia, en el ancianato donde trabajo me exigen pernoctar.  Ante eso me dijo que en el ancianato tenía techo por lo que no necesitaba el cubículo en el refugio.  Insistí señora Leonor y le decía que esa no era mi casa y que en cuanto terminara la pandemia volvería a mi rutina de salir todos los días en la tarde para mi casa y si le quitan el refugio no tendría a dónde ir.  No puedo dejar mi trabajo.  ¿Cómo le doy de comer a mis hijos?

La respuesta de la funcionaria fue: “¡Ah!  ¿Entonces usted le está dando más importancia a su trabajo que a la posibilidad de tener una vivienda?” 

-Me dijeron que llevarán mi caso al director y si dice que no puedo seguir allí, me sacarán con los pocos corotos que tengo.  Señora Leonor no sé qué hacer.  ¿A dónde voy a ir?  ¿Señora Leonor a dónde voy a ir?   Yo no tengo nada.  No tengo a dónde ir.   

La escucho. Siento sus lágrimas luchando por salir en su voz.  Siento su carga de angustia. Es una mujer fuerte.  De las más fuertes que he conocido en mi vida.  Y me repite una y otra vez:  Yo no tengo dónde ir.  Yo no tengo nada.  Señora Leonor no puedo hacer nada.  No tengo nada.  Sigo acompañándola y escuchando sin decir palabra.  Siento un río de miedo y lamento saliendo por su voz en una repetición de impotencia. Luego de un rato, le digo: “Teresa usted es una mujer fuerte.  Una mujer que ha vivido situaciones difíciles y ha salido airosa, una mujer que tiene un año aquí conmigo en toda esta pandemia, en el ancianato cuidando a mi mamá y hemos entre las dos, cada una en lo suyo, superado un montón de situaciones y hemos salido airosas.”   Escuchaba su voz del otro lado del teléfono como murmurando y se decía a sí misma: Es cierto.  Soy fuerte.  Es cierto.  Sí puedo. 

Continúo: “Estamos vivas, los nuestros están vivos, tiene una actividad laboral que le da el sustento, tiene una familia y se apoyan.”  Cuando dije familia, Teresa pensativa me dice: “Señora Leonor, hay una señora que es familia de mi hermana la que está en Ecuador.  Ella dejó su casa vacía por aquí cerca de donde vive mi hijo y me han propuesto varias veces que me mude para allá sin pagar y a cambio le cuide la casa.  Yo no he querido hacerlo porque señora Leonor yo tengo mi dignidad.  

¿Dignidad?  ¿Cómo es eso Teresa? 

¿Cómo voy a vivir en una casa sin pagar nada?

En cuestión de segundos me vino mi historia y la de tantos otros amigos que están viviendo en casa de otros amigos cuidándole la casa para no perderla.  Comparto con ella las historias de mis amigos que ante una situación de emergencia en algunos casos han acudido a amigos que se han ido y les han propuesto vivir en su casa sin pagar alquiler a cambio de cuidarla. Compartí con ella que vivo una situación similar. La dueña de la casa en la que vivo desde hace 24 años, me propuso seguir viviendo aquí sin pagar alquiler y a cambio cuidarle la casa.  Le pregunto a Teresa: “¿Le parece que el dueño de la casa no tiene dignidad teniendo que pedir ayuda para no perder su casa?”

Su respuesta fue: “Voy a llamar a mi hijo para que llame a mi hermana.  Y continuó: ¿Se acuerda señora Leonor que hace más de un año me anoté en una lista para unos edificios que van a construir en unos terrenos por aquí cerca?  Sí le digo.  Bueno esta semana nos dijeron que ya están comenzando los trabajos de movimiento de tierra… Podría vivir en esa casa mientras sale lo de este apartamento.  Tengo esta opción.  Me siento mucho mejor.”

Otra Historia o tal vez la Misma

Son Bs56.784.860… Mi mente se apaga y no logro entender nada.  Siento una presión en el pecho y sólo escucho un ruido, sin lograr captar lo que me está diciendo la muchacha.  Atisbo a decir: “¿Cómo?  ¿De 16.800.000 por 5 meses pasaron a 56 millones?”   

No, me responde.  Son 56.140.860 por un mes del alquiler de la cama clínica. 

¿Cómo?  Me quedo en blanco. No comprendo.  Los números no me cuadran.  Siento una presión en el pecho que se amuñuña en la garganta. Las palabras no me salen y siento las lágrimas agolpadas en el borde del corazón. Me quedo allí de pie y me sostengo con una mano del escritorio como para no caer.  Repito una y otra vez:  No puede ser.  No puede ser.  ¿Será que te equivocaste en la cuenta?  

Señora lo siento, pero no hay nada que pueda hacer.  Esa es la cifra por un mes de alquiler de la cama clínica.

Sólo tengo 45 millones en este momento.  Eso no alcanza ni para un mes. ¿Cómo pasaron de 2.800.000 al mes a 56 millones?

Sigo allí, dándome cuenta de mi impotencia, como la de Teresa el día anterior.  Pienso: “No puedo dejar a mi mamá sin cama clínica”.  La muchacha me pregunta si cancela la factura.  No atisbo a responder.  Me doy cuenta en medio de mi parálisis que allí en ese momento no hay mucho que pueda hacer.  Me sentí, como pocas veces en mi vida, desvalida.  

La muchacha, como para ayudarme, me dice que procure pagar ese día porque el lunes amanecerá una nueva tarifa.  Decido marcharme.  Me monto en el carro y a la vuelta de una cuadra me doy cuenta que necesito preguntar el monto en divisas.  Me devuelvo.  Pregunto el monto en divisas: 30$ el mes. Voy a mi carro y me quedó allí sentada respirando, consciente de mi sensación de impotencia y al mismo tiempo desde algún rincón de mi ser, buscando opciones.  Poco a poco voy recuperando la calma. Miro la hora.  Son las 2:48 de la tarde. Tengo tiempo para resolver.  Llego a casa y comienzo a sacar cuentas.  Me doy cuenta que mi mejor opción es pagar una parte en bs con lo que tengo y el resto en divisas.  Me voy de vuelta. Resuelvo. Aunque mi corazón está tranquilo sigo con una sensación de dolor.  

En la noche comparto con mi tío mi experiencia. Lloro las lágrimas que tenía amuñuñadas en la garganta desde la tarde.  Después de escucharme, me dice: Lo peor es que esto le está pasando a millones de personas y no nos damos cuenta. Aún no somos un nosotros

Estuvimos hablando un largo rato, al igual que el día anterior Teresa y yo.  Aunque tiene razón en que aún no somos un nosotros como un ser indivisible y único que nos permita encontrar la manera de salir juntos de esta mega crisis, sí somos ya un nosotroscuando nos acompañamos los unos a los otros, sí somos ya un nosotros cuando compartimos nuestra emoción, si somos ya un nosotros cuando nos escuchamos y logramos reconocernos en el otro y encontrar puntos comunes en nuestros panoramas individuales, y cuando nos apoyamos para visualizar opciones y desde esos nosotros seguiremos adelante en el camino del nacimiento de un nosotros como ser indivisible y único, indispensable para construir un país compasivo.


Confinamiento, Decisión y Libertad

Leonor Andrade Castillo

Me siento por momentos ansiosa.  Presa entre cuatro paredes del ancianato donde vive mi mamá y en el que permanezco varios días de la semana para cuidarla. En esos momentos me asaltan las ganas de salir, irme de tiendas, aunque no tenga nada qué comprar y conversar de cerquita con el vendedor. Siento ganas de visitar a todos mis amigos en un solo día y comer juntos y ponernos al día y sentir su cercanía, sus voces, su calor.  Me dan ganas de ir corriendo a mi consultorio y hacer sesiones a puertas abiertas con todo aquel que en este último año me ha insistido que quiere que hagamos sesiones presenciales.  Estoy consciente de que cuando esto sucede en realidad me siento presa no tanto del Covid-19 como de la represión, de los mandatos, de las limitaciones de movimiento, de sentir que no puedo hacer lo que quiero. 

Para mí la libertad ha sido un tema desde que me acuerdo.  Era niña, realmente pequeña y cuando mi mamá me ponía alguna restricción o me decía que no me daba permiso para hacer algo, yo siempre replicaba y preguntaba el por qué.  Recuerdo que mi mamá me inscribió en clases de ballet.  Tenía como 10 años.  Las clases eran una vez a la semana, en las tardes, en el colegio.  Yo no quería esas clases.  No me gustaba el ballet y por más que mi mamá alababa los beneficios del ballet yo sentía cada vez más rechazo.  Llegó el día y fui a mi primera clase y luego a la segunda y la tercera y no me gustaban.  Un día, en lugar de irme a la clase de ballet decidí irme caminando hasta el parque y descubrí que daban unas clases de tenis.  Me quedé esa tarde y disfruté un montón. A la semana siguiente decidí volver y así durante varias semanas y la verdad en ese rato se me olvidaba el tema de las clases de ballet, hasta que llegaba a la casa y mi mamá me preguntaba cómo me había ido.  Le mostraba vueltas y pasos que me inventaba al momento y así me mantuve hasta que del colegio llamaron a mi mamá para preguntarle qué pasaba que no había vuelto a las clases.  Ese día cuando llegué de la clase de tenis, mi mamá como de costumbre, me preguntó cómo me había ido en el ballet y yo, también como siempre, le mostré todo lo que había aprendido.  Ella me miró y me dijo: Has aprendido mucho considerando que no has ido más a las clases.  Se imaginarán mi cara de sorpresa: ¿Cómo que no he ido mami?  Ella sólo me miró y luego escuché, como en cámara lenta, que habían llamado del colegio para decir que no había vuelto a las clases.  ¿Dónde has estado todo este tiempo?  ¿Tienes conciencia del peligro?   Le conté lo que había estado haciendo y le repetí que no quería ir a clases de ballet y que había decidido irme a las clases de tenis porque no me había querido escuchar.  Hablamos y quedamos en que ella iría conmigo al parque a ver cómo eran las clases y que hablaría con el profesor de tenis y que no volvería a las clases de ballet.   Continué con las clases de tenis, esta vez sin hacerlo a escondidas. 

Rescato de esta historia que ante una situación que no me agradaba tomé una decisión.  Las clases de ballet seguían allí, pero ante lo que sentí como una imposición tomé la decisión de buscar otra opción que si me gustara.   

Decisión. Esa es la palabra clave aquí.  Qué es lo que decido ante lo que se me está presentando en el entorno.  Qué decido frente a las restricciones.  Y ojo que no decidir nada también es una decisión.  Frente a las restricciones, sean las que sean, al final, tengo la potestad de decidir cómo manejarlas y cómo manejarme.  Y es que entonces estamos hablando de dos dimensiones de la libertad: la libertad externa y la libertad interior.  

Si yo por ejemplo me lleno de ira, de miedo frente a las restricciones, no voy a poder decidir libremente, no por lo que esté sucediendo fuera sino por mi ira y mi miedo.  Tengo la opción de mirar mi ira, darme cuenta de ella, sentirla, identificar qué es lo que me da ira o qué es lo que me da miedo, cómo se manifiestan, qué cosas me dicen en mi pensamiento, cómo los siento en el cuerpo… al observarlos, al darme cuenta de cómo son, puedo decidir cómo manejarlos para luego, libre ya de ellos, poder mirar hacia afuera, identificar qué es lo que realmente quiero y cómo puedo hacer para lograrlo, tomando en cuenta la situación de mi entorno, y consciente de las consecuencias que puedan tener mis decisiones. Thich Nhat Hanh plantea que la manera de manejar nuestra ira o nuestro miedo es mediante la respiración consciente, mediante la meditación (mindfulness).

Al final la libertad y la responsabilidad van de la mano y en último término sean cuales sean las circunstancias, siempre tenemos la opción de elegir cómo queremos asumir la situación, elegir la actitud con la cual vivir el confinamiento. 

Viktor Frankl, psiquiatra que vivió confinado en un campo de concentración, se refiere a la libertad interior y nos dice que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.”  

En cada decisión de ese nuestro propio camino vamos descubriendo el sentido de nuestra vida que entonces va dándole fuerza a cada paso y nos va conectando con una visión interna y espiritual que va mucho más allá de lo que vemos en lo inmediato, nos conecta con el amor.  “Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad sin contempla el rostro de su ser querido”.   Esto me conecta con lo difícil que ha sido para todos aquéllos (parejas, padres e hijos, abuelo y nietos, amigos) que por las restricciones de movimiento por el Covid-19 tienen ya un año lejos físicamente… Frankl nos dice: “Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia. Ignoraba si mi mujer vivía y carecía de medios para averiguarlo (…). No sentía ninguna necesidad de comprobarlo: nada podía afectar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o la mirada amorosa de su figura espiritualizada.”  

Siempre tenemos la opción de elegir.  Elegir si queremos seguir mirando hacia afuera dejándonos llevar por lo que otros decidan o decidir mirarme, observar mis emociones para poder sentirlas y manejarlas de manera consciente y poder decidir y descubrir una dimensión más profunda de mi vida, de la cual soy el único dueño. 

21 de Febrero 2021


De Mí Para Mí

Leonor Andrade Castillo

Hoy es Día de los Enamorados, en pleno Carnaval y estoy escribiendo estas líneas.  Nunca he sido una fanática de este día.  No voy a entrar en el tema de que se haya convertido en una celebración en alto grado comercial por lo trillado del asunto, y además porque en este momento, después de un año de pandemia del Covid-19, hasta el hecho comercial cambia de dimensión ya que, como todos, los comerciantes también han sentido el latigazo económico y desde esa perspectiva, siendo compasivos, pues que Viva el Día de los Enamorados.

Seguramente compartiste este Día de alguna manera con tu pareja, que es la más común de las celebraciones, o tal vez le enviaste algún mensaje a un amigo o amiga, lo compartiste con tus hijos y es probable que te hayan hecho alguna tarjeta.  

Aquí en nuestro país, Venezuela, este año el Día de San Valentín coincidió con el Carnaval y es probable que algunos hayan aprovechado que se decretó “flexibilización de la cuarentena” y salieron para compartir en familia en playas y otros sitios.  

Ha sido un año retador desde todo punto de vista para todos, en todas partes del mundo: económica, emocional, espiritual y  físicamente. 

La vida ha cobrado una nueva dimensión y nos está ofreciendo la oportunidad de mirarnos, de descubrirnos y de encontrar una forma diferente de asumirla, no solamente desde el punto de vista laboral: la mayoría de nosotros estamos trabajando en línea, otros han tenido que reinventar su negocio o empezar a trabajar en otra cosa distinta a lo que hacían antes de la pandemia, sino también a nivel emocional ya que nos ha tocado encontrar las maneras de conectarnos con nuestros seres queridos, no solamente con los que están lejos sino también con los que en estos meses hemos estado compartiendo 24/7, que nos ha mostrado cómo aun cuando vivíamos en la misma casa quizá estábamos más desconectados que con aquéllos que están lejos. Descubrimos la relatividad de la distancia y la cercanía. Espiritualmente tenemos la oportunidad de conectarnos con nuestro corazón y desde allí con el corazón de otros. 

Estoy escribiendo y tomo conciencia de que estoy viva.  Siento ganas de abrazarme, de agradecerme y me escribo esta carta: 

“Querida Leonor: 

Este último año realmente te has aplicado, has asumido todos los retos que se te han presentado a raíz del Covid-19 y más…  

Te has convertido en una mujer flexible, capaz de adaptarte a lo que requiere la situación, te atreviste a mirar y reconocer tus resentimientos y tomaste la decisión de perdonar; has tomado conciencia de que el perdón es un proceso y te estás dando el tiempo y el espacio para hacerlo, no solamente hacia otros sino hacia ti misma.  

Estás aprendiendo a ser compasiva contigo:  Te estás dando tiempo para ti, en medio de las exigencias que tiene el cuidado de tu mamá y la atención de la consulta de psicoterapia.   Te has dado el tiempo para meditar cantando mantras todos los días y en ese proceso te abriste a ser parte de una sangha global y te has abierto a dar y también recibir apoyo.  Comenzaste a aprender a tocar tambor, y ahora estás trabajando el movimiento de tu cuerpo, conectándote con el ritmo, sintiéndolo en tu cuerpo.    Te diste el tiempo para hacer el curso sobre el Amor Compasivo como Fuerza de Cambio Social y te cambió la visión: ahora estás aprendiendo a pedir lo que necesitas y también lo que quieres y a recibirlo. Estás aprendiendo a dejar el orgullo de lado y eso te ha hecho más flexible y comprensiva. Estás descubriendo que puedes mostrarte vulnerable y que está bien: no corres ningún riesgo y no eres débil por eso, al contrario.  Te estás asumiendo valiente, muy valiente; aunque te ha dado miedo, lo has mirado y has encontrado las maneras de “echar pá´lante”, te atreviste a cambiar los interruptores de luz del cuarto en el ancianato y las luces prenden y no te pasó nada: pudiste con todas tus fantasías catastróficas de que te podías quedar pegada o que iba a haber un cortocircuito y se iba a quemar toda la electricidad del ancianato.   Aprendiste nuevas formas de movilizar a tu mama para que sea más llevadero para ella y para ti también.   Has mejorado notoriamente tu voz al cantar y por ende ahora te atreves a decir tu verdad.  

Has aprendido a confiar en esa fuerza superior que todo lo mueve, Dios, que tiene una visión completa que no tienes y que me ha sostenido sana, viva todo este tiempo.  Definitivamente has mejorado tu conexión con Dios y eso te ha dado una tranquilidad como nunca la había sentido antes.  Esta conexión con el mayor de los amores te está enseñando a amarte a ti misma para poder amar a los demás.  

Así que querida Leonor te amo, te doy las gracias y celebro contigo tu Día de los Enamorados.  Leonor.”

Si lo deseas puedes hacerte este regalo y escribirte una carta a ti mismo.  ¿Cómo?  Busca un lugar tranquilo en el que puedas dedicarte un tiempo para conectarte contigo.  Escribe la carta como si fuera para tu mejor amigo. Ve identificando lo que quieras decirte y agradecerte. Recuerda tu primer amor eres tú y para poder estar disponible para amar a otros, primero quieres amarte tú.

14 de Febrero, 2021


Más allá de los cómo está el amor incondicional

Leonor Andrade Castillo

Estoy en el sitio donde trabajé durante 20 años.  Ahora es una especie de clínica donde están varios de mis amigos con los cuales trabajé y compartí durante años.  No tengo claro cómo me dejaron entrar.  Lo cierto es que anduve por una especie de laberinto hasta llegar a unas habitaciones en la parte trasera de la casa en las cuales están mis amigos acostados en camas, algunos con oxígeno, todos recluidos por Covid-19.  Inmediatamente dan cuenta de que estoy allí y si bien permanezco en la puerta, nos podemos ver y la comunicación es instantánea, no requiere palabras. Entran y salen personas que hacen el rol de enfermeras ayudando a los que están enfermos con el Covid-19, y cuando miro con detenimiento me doy cuenta de que todos son compañeros de trabajo.  Siento una calidez en el corazón que no sé describir. Sólo sé que la paz es infinita.  De alguna parte surge una silla y me siento y desde la puerta acompaño a mis amigos.  Si bien hay silencio en el lugar, las historias entre los corazones van y vienen y las peticiones de mensajes para sus familiares no se hacen esperar. Por momentos me siento abrumada, por todo el amor guardado en esos corazones y del cual seré la mensajera.  No existe el tiempo en este lugar así que no tengo idea de cuánto espacio tengo aquí.  Sólo sé que de repente, cuando en mi ser me dispongo a devolverme, veo en brazo una toma de una vía.  En este instante, tomo conciencia de que al estar allí, había sido contagiada y desperté del sueño.

De los tantos temas de los que podríamos conversar sobre cómo superar la crisis, cómo ser resiliente, cómo reinventarnos, cómo ser libres en medio del encierro forzado, cómo afrontar la incertidumbre, la soledad y el miedo en esta situación de Covid-19, que comenzó siendo totalmente desconocida para todos nosotros y ahora se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana, hay uno que sobresale y está incluido en los cómo de todos ellos: el amor incondicional. 

Me dirás: ¿Qué te pasa, acaso no te das cuenta cómo a diario, hay gente perseguida, señalada, excluida por tener Covid-19?  ¿No te das cuenta de cómo algunos gobiernos hacen uso de esta pandemia para recrudecer la represión y el autoritarismo?  ¿No te das cuenta de la cantidad de gente que está muriendo de hambre y abandono, enfermedades que se han instalado en muchos países mucho antes que el Covid-19?  ¿No te das cuenta cómo han aumentado los casos de violencia? 

Nuestro mundo está lleno de extremos.  Funcionamos desde la dualidad.  Por un lado, nos encontramos con reacciones de rechazo, como por ejemplo cuando algún vecino se asusta porque alguien cercano muere por Covid-19 y se le activan todas las alarmas, y en el afán de protegerse y proteger a los suyos, quiere saber quién más puede estar contagiado para mantenerlo lejos, señalándolo a “vox populi”, como si en el contagio estuviera escondida una culpa.  

Por otro lado, he sido testigo de personas amigas que deciden cuidar a algún amigo que se contagió y termina también contagiado y se cuidan mutuamente. He sabido de personas que trepan árboles para asomarse a la ventana de la habitación de hospital de un familiar para acompañarlo desde allí.  Un amigo cercano se contagió y estuvo delicado y su pareja, que también se había contagiado, se recuperó a la velocidad del amor incondicional y se dedicó a apoyarlo y cuidarlo hasta recuperarse. Todas estas personas, si bien no son héroes nacionales, sí lo son para ese ser querido para quien estuvieron presentes.  

Mi experiencia con el Covid-19 ha sido retadora. Unos días antes de que se decretara la cuarentena en Venezuela, una voz en mi corazón me dijo: propón en el ancianato hacer guardias con pernocta.  Yo, si bien no veía el camino hacia adelante, lo hice.  Hice la propuesta y me dijeron que sí.  En ese momento, muchos pensaban que iba a ser una situación pasajera que duraría seguramente unos tres meses y después todo volvería a la normalidad. Comencé a hacer guardias de 72 horas cuidando a mi mamá esa misma semana. A los días, en el ancianato prohibieron las visitas de los familiares y por obra y gracia del Espíritu Santo, como me había comprometido a hacer guardias de cuidadora, asumí todos los protocolos biosanitarios establecidos por el ancianato y ya voy para un año pudiendo atender a mi mamá a pesar del Covid-19.  En mi caso, asumí todas las restricciones de contacto para no contagiar a nadie en el ancianato y sólo a principios de enero, tomé conciencia de que, durante todo este año, yo también había estado en riesgo de contagiarme por el solo hecho de estar todas las semanas en el ancianato, expuesta a la comunidad.  

Estoy aprendiendo con esta experiencia que, si bien es necesario cuidarme, lo que me ha movido va mucho más allá del cuidado personal. Siento una energía mucho mayor que yo que está siempre allí presente, que me cuida y he decidido confiar.    Y es que el amor incondicional también tiene mucho de humildad.  Implica para mí confiar en esa fuerza, en esa energía que para mí es Dios, que está siempre disponible para ti y es la fuente de la que proviene ese amor que pasa por nuestros corazones.  El verdadero incondicional es él: nosotros somos sólo el canal.

El amor incondicional es una decisión y también una energía.  Soy yo el que decido si voy a abrir la puerta para dar paso al amor incondicional que viene de una fuente superior a mí, que nos sostiene, y confiar sabiendo que el otro también, si bien es parte de esta energía de amor, también decide si quiere o no quiere abrir su puerta a ese amor que disuelve las fronteras de nuestras circunstancias humanas.  Y “Entonces fue como si viese la belleza secreta de sus corazones, (…) la persona que cada uno es a los ojos de lo Divino.” (Thomas Merton).

Febrero 07, 2021

Cómo Manejar la Ansiedad en Tiempos de Cuarentena Preventiva por Covid-19

Leonor Andrade Castillo

El aislamiento y la dificultad para tener contacto con nuestros seres queridos, haber perdido el empleo o la fuente de sustento económico o el temor a perderlo, el miedo a contraer el Covid-19, el fallecimiento de familiares, amigos y/o vecinos de la comunidad por Covid-19, y muchos otros factores estresantes pueden ocasionar que las personas presenten síntomas de ansiedad.  No obstante, es necesario tener presente que la pandemia es una oportunidad para mirarnos y darnos cuenta de lo que sentimos.  La pandemia y la cuarentena son un amplificador de lo que sentimos y de cómo asumimos las situaciones.  Está en cada uno si desea escuchar lo que se nos está presentando o si preferimos evadir el mensaje incluso amplificado.

Si bien las reacciones a eventos estresantes son una experiencia humana normal, las situaciones muy estresantes, como la actual pandemia de COVID-19, pueden ocasionar sentimientos de ansiedad, que pueden ser angustiantes e incluso incapacitantes.  

Cada persona experimenta la ansiedad de manera diferente. Algunas personas sienten ansiedad y describen síntomas principalmente físicos, como dificultad para respirar o el corazón acelerado, sudoración fría, manos frías, temblor y dificultades para concentrarse y dormir. Otras personas describen reacciones principalmente emocionales, como nerviosismo, preocupación, pensamientos catastróficos recurrentes o miedo. 

¿Cómo puedo manejar la ansiedad?

Algunos síntomas de la ansiedad, como la dificultad para respirar, pueden ser un disparador para que la ansiedad aumente ya que con el Covid-19 también tenemos dificultad para respirar.  Eso puede activar nuestros pensamientos catastróficos y aumentar nuestro miedo a haber sido contagiado.  

En este caso te sugiero un ejercicio de mindfulness centrado en la conciencia de la respiración, muy sencillo que aprendí del maestro Thich Nhat Hahn:  

Centra tu atención en tu respiración.  Al inhalar, di en tu mente: En este momento estoy inhalando.  Al exhalar, di en tu mente: En este momento estoy exhalando.  Esto lo repites una y otra vez por aproximadamente 5 minutos o el tiempo que sea necesario hasta que te sientas totalmente calmado.  En la medida que centras tu atención en tu respiración y te vas calmando, también va desapareciendo la dificultad para respirar. Este ejercicio es muy potente para conectar ambos cuerpo y mente ya que al ambos estar centrados en la misma actividad de respiración desaparecen los pensamientos de miedo y por ende la dificultad para respirar.  

Adicionalmente, en cuanto hayas terminado el ejercicio y te sientas calmado, le puedes decir a tu parte ansiosa, que le encantan los datos y la información: La dificultad para respirar por ansiedad desaparece con el ejercicio de relajación.  La dificultad para respirar por Covid-19 no desaparece con ejercicios de respiración por lo tanto te puedes quedar tranquila que estamos sanos. 

También puedes realizar otras actividades como por ejemplo pintar o colorear Mandalas, leer un buen libro, sembrar y cuidar tus matas, jugar con tu mascota, ver alguna película, escuchar música o danzar y mover el cuerpo.  Es una buena oportunidad para conectarte con aquellas actividades que te agradan.

Hay un ejercicio muy bueno que consiste en mover y sacudir el cuerpo. 

Puedes poner música que tenga un ritmo un poco rápido (no demasiado).  Ponerte de pie (si no puedes hacerlo de pie, también puedes hacer el ejercicio sentado o acostado), con las piernas separadas a la altura de los hombros y las rodillas levemente flexionadas, y sentir el ritmo de la música y sentir como tu cuerpo se va moviendo, vibrando, sacudiendo al ritmo de la música.  Siente cómo sube la energía por tus pies, tus piernas, tu cadera, tus brazos, tus manos, tus hombros, tu cabeza.  Sacude todo aquello que no te sirva.  Pueden ser miedos, rabias, tristezas.  Sacude tus manos y deja salir esas emociones que no te gustan y te cargan. Sé consciente de tu respiración.  Con tu respiración mientras te sacudes también puedes botar lo que te produzca desagrado… Al exhalar puedes hacer un sonido y liberar lo que no te sirva, aunque no sepas realmente qué es.  Si durante el ejercicio salen lágrimas o te provoca emitir sonidos o gritar, está bien.  Déjalo salir. En la medida que vayas sacudiendo y liberando y de acuerdo al ritmo de la canción, cuando vayas llegando al final de la canción, ve sacudiéndote más lentamente hasta que te detengas.  Mantente allí sintiendo cómo aún se mueve la energía en tu cuerpo. Mantente en silencio contigo mismo disfrutando tu liviandad y tranquilidad. Este ejercicio puede durar unos 5, 10 o 15 minutos.  

Procura mantener una rutina diaria: Levántate temprano.   Báñate y cámbiate de ropa.  No permanezcas en pijama.  Si estás trabajando desde casa, ponte un horario para trabajar.  Come tres veces al día a tus horas regulares. Haz ejercicio ya sea en tu propia casa o al aire libre debidamente protegido.  Si tienes hijos, organiza tu horario laboral de manera que puedas también compartir con tus hijos. 

Otra opción que nos ayuda a disminuir la ansiedad es mantenernos conectados con nuestros amigos, con nuestros familiares.  Procura hablar todos los días por teléfono o video llamada o mensajes de texto con amigos, familiares, o vecinos y otras personas con las cuales te sientas afín, como por ejemplo amigos de grupos de lectura, o grupos de apoyo o grupos de meditación o de pintura o música o cualquier otra actividad que disfrutes. En estos grupos puedes compartir tu sentir y también escuchar el sentir de otros y brindarles apoyo.  Ayudar a otros en la medida de tus posibilidades y conocimiento, como amigo, también ayuda a bajar los niveles de ansiedad y también ayuda a la otra persona.  

Si en algún momento sientes que la situación te sobrepasa, te sugiero que busques ayuda profesional.  La psicoterapia es una excelente opción para el manejo de la ansiedad.

31 de Enero 2021


El Perdón es un Proceso no un Evento de una Sola Vez

Leonor Andrade Castillo

¿Cuántas veces te has sentido atrapado en pensamientos recurrentes agotadores sobre el dolor que te causó una persona importante para ti?  ¿Cuántas veces una persona te ha herido y decides que está muerta para ti?   ¿Te ha pasado que un familiar o amigo cercano no estuvo para ti cuando más lo necesitabas y no lo puedes perdonar y cuando necesitan de ti, tampoco estás disponible para que viva en carne propia lo mismo que tú sufriste?   ¿Has querido vengarte o te has vengado de tu pareja, porque te fue infiel y te hirió en lo más profundo de tu corazón?    ¿No hablas con tu mamá o con tu papá porque no les puedes perdonar el daño que te hicieron?   

Un tema recurrente en nuestra vida es la dificultad para perdonar, ya sea a otra persona, a nosotros mismos o a algún ente mayor como un gobierno.  Por ello hoy quiero continuar reflexionando sobre el perdón, ya que la continuación de la cuarentena nos está dando la oportunidad de mirar hacia adentro y al tener menos interacciones sociales podemos darnos cuenta de lo que sentimos por nuestras diferentes relaciones, sean éstas de amistad o familiares, qué sentimos por nosotros mismos y si somos capaces de perdonarnos por algo que en algún momento hayamos hecho mal y haya herido a otra persona.

Según el maestro Thich Nhat Hahn, “no es posible perdonar hasta que nazca la compasión en nuestro corazón.  Aunque queramos perdonar, no podemos perdonar.  Para ser compasivos, tenemos que comprender por qué la otra persona te ha hecho eso a ti y a tu gente.  Tienes que ver que es víctima de su propia confusión, de su manera de ver el mundo, de su dolor, de su propia discriminación, de su falta de comprensión y compasión.”   

Es importante darnos cuenta de que la persona que nos hiere generalmente ha sido herida previamente:  El que hiere está herido.  Según el Dalai Lama es importante recordar que todos estamos interconectados, que somos parte de una gran red y somos espejos unos de otros y cuando se produce un cambio en uno de esos espejos, se refleja en todos los demás.

Perdonar no significa que vamos a eliminar los cargos.  Cuando perdonamos completamente todo y a todos entonces ya no necesitamos perdonar a nadie ni nada porque en lugar de juzgar comprendemos al otro y lo que lo motivó a hacer lo que hizo.  Según Donald En la mente de un maestro el entendimiento reemplaza al perdón y de esa manera nos convertimos en la fuente de amor incondicional. 

Yo he venido trabajando en el perdón desde hace varios años.   No me considero especialmente rencorosa pero sí tengo mi carga de rabia y dolor por cosas que otras personas me han hecho y me han herido.  A lo largo del tiempo he venido perdonando personas y eventos y también he ido aprendiendo a perdonarme a mí misma.  No obstante, hay algunos perdones que me han resultado especialmente duros y aún cuando he hecho esfuerzos considerables utilizando diferentes técnicas, están siendo un hueso duro de roer. 

Hace pocos días asistí a un entrenamiento sobre el perdón facilitado por Vishen Lakhiani en el que compartió un método que me ha parecido poderoso.  El método tiene como objetivo, no solamente que perdonemos, sino que el perdón nos sirva como trampolín para pasar al siguiente nivel de maestría y podemos comprender al otro y así no tener que perdonar. 

El método consiste en una meditación/visualización y consta de los siguientes pasos: Busca un lugar cómodo. Siéntate en una posición cómoda.  Cierra los ojos.  Imagina que te están masajeando la cabeza y te sientes relajado.  Amplia esa sensación hacia tus ojos.  Luego a tu cara en general que sentirás totalmente relajada.  A tu cuello.  Tu pecho.  Tus brazos y cada dedo de tus manos. Continúa ampliando tu sensación de relajación a todo tu cuerpo hasta llegar a tus pies.  

Una vez que te sientas todo tu cuerpo relajado: 1.- Identifica la persona o acto que vas a perdonar.  Visualiza a la persona en frente de ti.  Observa su expresión, la ropa que lleva, su postura, observa qué edad tiene.  Si te vas a perdonar a ti mismo, identifica qué edad tenías cuando cometiste la falta.  Esto es muy importante porque esa es otra versión de ti mismo, previa a quien eres hoy.  Así que identificarás la versión de la persona de X número de años.  .2.- Crea el espacio en el cual vas a conversar.  Escoge un lugar agradable, conocido y seguro para ti.  Puede ser una montaña, un parque, una playa, un parque, un jardín.  3.- Léele los cargos a la persona o a ti mismo, tal como si estuvieras en una Corte.  4.- Siente y deja salir la rabia y el dolor.  Durante 30 segundos a máximo 2 minutos, expresa tu rabia.  Puedes gritar y pegarle a un cojín para expresar tu rabia y tu dolor.  Puedes llorar.  Cuando se haya cumplido el tiempo debes parar.  5.- Piensa lo que has aprendido de ese evento.   Escribe 3 cosas que aprendiste de esta experiencia.  6.-Piensa acerca de cómo la otra persona pudiera haber sido herida en el pasado.  7.- Ve la situación desde su perspectiva, desde la visión de la herida que tiene.  8.- Perdonar para amar.  Imagina que la otra persona se está aproximando a ti y visualízate abrazándola con un abrazo fuerte.  Si no puedes abrazarlo es porque aún no has perdonado y deberás repetir el ejercicio de nuevo al día siguiente y el otro y el otro hasta que lo logres.   Puedes pedir la ayuda de un guía espiritual.  Podría ser un ángel, Jesús o algún personaje que tenga sentido para ti.  Una vez que hayas completado el proceso visualiza a tu Guía Espiritual y pregúntale si considera que has perdonado.  Si la respuesta es Sí es porque ya perdonaste y si es No es porque no has perdonado y debes repetir el ejercicio cuantos días sea necesario.  Una vez que hayas perdonado entonces habrás pasado al siguiente nivel: La Comprensión

Espero que este ejercicio te resulte tan efectivo como a mí.  Y si en algún momento te sientes herido recuerda que como dice Rumi la herida es el lugar por el que entra la luz.

23 01 2021


Cuarentena y Perdón

Leonor Andrade Castillo

Este año, que en marzo parecía que no iba a terminar, sin darnos cuenta fue moviéndose hasta llegar a las puertas del fin de año.  Ha sido un año de pruebas, de retos. También un año de oportunidades para mirarnos a nosotros mismos físicamente, emocionalmente y espiritualmente.

Meses de cuarentena, permaneciendo en casa.  No estar ni compartir presencialmente con algunos de nuestros seres queridos, de manera consciente para cuidarlos y cuidarnos, ha sido una de las mayores muestras de amor hacia nosotros mismos y hacia los demás.   En otros casos, con los que convivimos las 24 horas del día, ha sido una oportunidad para sentirnos y sentir al otro.  Una oportunidad única para descubrirnos y encontrar una forma diferente de relacionarnos, que no nos cause ruido por los roces que tengamos y ante los cuales ya no podíamos poner distancia, ya fuera yéndonos a la oficina o haciendo alguna diligencia en la calle.  Estos meses, para muchos han significado ver de frente los desacuerdos, sin escapatoria. 

En otros casos se han abierto resentimientos viejos que han estado guardados en un baúl en alguna parte de nuestro cuerpo.  El resentimiento duele.  Ante el resentimiento tenemos dos opciones: 1.- Seguir pegados al dolor, continuar sangrando por la herida;  2.- Tomar la decisión de perdonar al otro y a nosotros mismos.

Como nada es casualidad, hoy tempranito en la mañana, una amiga, por el Facebook hizo una pregunta: ¿Has perdonado a alguien si aún sientes dolor?  Esta pregunta me hizo recordar una situación que me ocurrió hace ya bastantes años con mi primera ex pareja. Vivimos juntos durante 8 años.  Algunos de esos años fueron de bienestar y otros realmente fueron duros. El proceso de separación fue largo y tortuoso, básicamente porque no me sentía preparada para separarme.  Ya sin tapujos puedo decir que me montaron cacho.  En el momento fue muy doloroso para mi y durante años sentí un gran resentimiento hacia él. Recuerdo haberlo trabajado durante un largo tiempo en psicoterapia.  No obstante, no terminaba de perdonarlo y el sólo hecho de escuchar el nombre (si por ejemplo alguien mencionaba a cualquier persona que se llamara igual que él) inmediatamente me disparaba el recuerdo y sentía un malestar que se me pegaba en el corazón y en la boca del estómago. 

Años más tarde, seguía yo con mi trabajo conmigo misma y ya como psicoterapeuta, atendiendo parejas en mi consulta, me venían casos una y otra vez sobre infidelidades y resentimientos por esa situación.   Escuchando caso tras caso, me di cuenta de que para poder perdonar es necesario tomar la decisión de perdonar.  Es una decisión consciente. 

Decidí a volver a mirar mi experiencia y a volver a hacer mi propio trabajo.  Recuerdo haber identificado lo que de verdad no le había perdonado: que me engañara y se mantuviera allí, como si nada.  Me pregunté entonces qué sentía: además de esa rabia inmensa que todavía tenía dentro de mi cuerpo, sentía un gran miedo. Me asustaba imaginarme que algún día me lo encontrara en medio de la calle y me dejara llevar por mi debilidad hacia él y me convenciera para volver.  Ahora cuando lo escribo me causa gracia tamaña fantasía, pero así era.  Cuando me di cuenta de mi miedo empecé a trabajar en él. Comencé por hacer una lista de lo que realmente sentía en ese momento hacia él y de los aspectos que me habían gustado de él y los que no, y lo que actualmente sentía al respecto. 

En dos platos: Actualicé la foto.  Una vez que actualicé la foto pude ver que en ese momento de mi vida no sentía ningún tipo de atracción hacia la percepción que de él tenía.   Sentí un alivio en mi corazón como pocas veces he vuelto a sentir en mi vida.  No obstante, aún sentía una molestia. No la tenía clara.  Pasó un tiempo y un día, no recuerdo porqué ni cómo, tomé conciencia de que aún tenía un resentimiento. 

Hurgué hasta que me di cuenta de que en realidad estaba molesta conmigo.  No me perdonaba haber pasado tanto tiempo viviendo con un hombre que me había engañado, que no me quería y por sobre todas las cosas por haberme dejado utilizar.  Había dado en el blanco.  Al fin había logrado ver mi resentimiento hacia mí misma.  Y me hice una sola pregunta: ¿Eres la misma hoy?  Y cuando tomé conciencia de todo el camino que había recorrido y cómo había madurado a raíz de esa misma situación, logré soltarlo, perdonarme, agradecer y celebrar mi aprendizaje.  Estos dos fueron mis dos primeros actos de perdón en mi vida. 

Años después, un día saliendo de un centro comercial, cruzando la calle, me lo topé de frente. Lo saludé y seguí, el me saludó de vuelta y siguió… Y se dibujó una sonrisa en mi cara. No había sentido nada. Y en ese momento me di cuenta que lo había perdonado y me había perdonado a mí… Y ese fue el fin de ese capítulo en mi vida.

En el camino nos encontramos con notas disonantes que tienen que ver con nuestras historias… Con capítulos que aún nos duelen y que en ocasiones se disparan con algún comentario o algún gesto o alguna acción que la otra persona pueda tomar.  La cosa es que no necesariamente, esta historia tiene que ver con la persona que tengo enfrente, con la que estoy conviviendo.  Puede que una palabra o un gesto suyo nos dispare un recuerdo de una situación dolorosa no resuelta con otra persona.  Y aquí es donde se abre la oportunidad para mirarnos sin tapujos, tomar la decisión de perdonar y emprender el camino.

10 de diciembre 2020


La Frustración del Gas

Leonor Andrade Castillo

No tengo gas. Desde septiembre estoy bregando con este tema ya que desde hace ya un tiempo esta gestión no se puede hacer de manera individual sino a través del consejo comunal. 

En septiembre se me terminó el gas de una de mis dos bombonas grandes de 43 kg.  Especifico el tamaño de la bombona porque en este momento es casi un pecado capital tener una bombona grande y el servicio se hace cada vez más difícil de obtener. 

Había hecho la gestión, estaba pendiente y un buen día, mientras estaba haciendo la cola para poner gasolina, veo que ponen un mensaje en el WhatsApp de la calle que decía que el señor del gas iba en camino.  De inmediato me salí de la cola de la gasolina y literalmente me arranqué corriendo de vuelta para mi casa para recibir el gas.  Llamo al del Consejo Comunal para hacerle saber que voy en camino y fue imposible comunicarme.  Al fin atiende la esposa y me dice que él está en la calle gestionando lo del gas pero que ya habían dado todas las bombonas que había llevado el camión.  Casi me da un infarto. Perdí la cola de la gasolina y encima me quedé sin gas. En el camino me encuentro con el camión del gas. Hablamos y me dice que irán la semana siguiente de nuevo.  Me llego hasta la calle de mi casa y encuentro al del consejo comunal.  Me dice lo mismo.  Nunca más volvió el señor del gas, tuve que pagar de nuevo el servicio porque aumentaron el precio y no tenemos gas.

Soy una mujer perseverante y muy paciente y desde septiembre he estado detrás insistiendo en el suministro de gas para las bombonas grandes y no ha habido manera, y como a los demás no se les había terminado el gas, el tema no era importante.  Hasta que hace tres semanas al fin, en una de mis insistencias varias personas manifestaron su necesidad. 

Comienza un “estira y encoge”.  Se hace un listado de las personas que necesitan bombonas grandes y pagamos lo correspondiente al servicio al consejo comunal.  Luego de que pagamos se repite que la prioridad son las bombonas pequeñas y luego nos informan que no hay en la planta transporte disponible para las bombonas grandes. 

Me siento cada vez más molesta.  Increíblemente, una o dos veces por semana con mis propios ojos veo camiones de la planta transportando bombonas grandes en la zona… Lo manifiesto a los demás.  El del consejo comunal dice que lo mejor es contratar un transporte privado para llevar las bombonas vacías a la planta y traerlas de vuelta.  Informa que hay que pagar 1$ por bombona. Luego en conversaciones individuales con él me dice que lo que hay que pagar son 50$ por el viaje, entre el número de bombonas que haya.   De nuevo se arma la de San Quintín. Unos de inmediato dicen que sí y otros que no tienen cómo pagar eso.  Un vecino manifiesta su inconformidad con esa solución y se pone a la orden para hacer una carta solicitando el servicio a la planta, firmado por todos los vecinos y se plantea una lucha de poder entre este vecino y el del consejo comunal.  Y seguimos sin gas. 

Yo por mi parte, manifiesto no estar de acuerdo tampoco con la contratación de un camión privado y decido ofrecerme para identificar la cantidad de bombonas que se necesitan a una por familia para poder llegar con una propuesta clara a la planta para organizar un primer viaje y luego acordar hacer un segundo viaje ya que lo más probable es que en la planta autoricen un solo viaje en este mes.  No ha sido posible llegar a ningún tipo de acuerdo y ninguna de las propuestas ha sido aceptada por el del consejo comunal.  

Me siento absolutamente llena de impotencia.  El silencio por un lado y el “estira y encoge” por otro han sido los protagonistas. Me siento de manos atadas, además, porque no me puedo exponerme al Covid-19 yendo a la planta, ya que hago guardias una vez a la semana en un ancianato y no me puedo exponer ni asumir el riesgo de que pueda resultar contagiada.  Por primera vez siento el peso de mi propia limitación.

Y de pronto recuerdo lo que decía el maestro Osho: Todo es perfecto tal y como es.  Y en ese marco de que todo es perfecto en su imperfección, me pregunto:

¿Cómo has manejado las diferencias con los demás?  ¿Cómo has reaccionado frente a las propuestas con las que no estás de acuerdo? Me doy cuenta de que he hecho todo lo que ha estado en mis manos para llegar a acuerdos buscando términos medios y ofreciendo mi contribución en la solución de la situación.  He mantenido la ecuanimidad y un trato amable y educado para con los vecinos que tienen una posición diferente a la mía. Me estoy dando cuenta de que, aun cuando sigo sin gas, me siento tranquila conmigo misma.

¿Qué sucede conmigo frente al silencio, la apatía e incluso la evasión de los demás?  Si bien soy muy paciente, me doy cuenta de que la falta de respuesta de los demás me molesta.  Siento ansiedad. Me he pillado pendiente del celular en espera de alguna respuesta. Y entonces me pregunto: ¿Vas a ser menos o más dependiendo de su reacción? Y aquí me doy cuenta de mi necesidad de ser tomada en cuenta y de que es una manifestación de una inseguridad mía.  Este malestar nada tiene que ver con el hecho de no tener gas.  Decido entonces observar esta parte mía cada vez que salga y atenderla, y observar las cosas como son, para ser realmente efectiva. 

¿Cómo utilizo mis fortalezas?  En esta situación en particular he utilizo mi habilidad para mediar.  Aunque no ha tenido los resultados que hubiese esperado, sé que no depende de mí.  No puedo decidir por el otro y en este punto, al darme cuenta, lo suelto y acepto lo que suceda. He ofrecido ayuda en la organización de la información y tampoco ha sido aceptada.  Y en este instante me doy cuenta de que no es posible imponer a los demás que acepten mi oferta. Si no es tomada, me toca aceptarlo y seguir adelante, sin dejarme afectar ya que para nada es un tema personal.  Este malestar tampoco tiene nada que ver con el hecho de no tener gas.  Esta parte mía está relacionada con la anterior que espera ser tomada en cuenta.

Y por último me surge la pregunta: ¿Cuál será nuestro aprendizaje como comunidad?  En mi opinión, nos toca dar un paso al frente.  Pasar de querer cada uno resolver su situación individual, a escucharnos y organizarnos como comunidad, pensando más allá de la inmediatez, entre todos, siendo empáticos y compasivos unos con otros, para poder lograr de manera efectiva el objetivo concreto que nos planteemos como en este caso contar con el servicio del gas y de manera amplia, vivir en bienestar como país, en democracia.

Es nuestra decisión y nadie la puede tomar por nosotros.  Y el primer paso es de cada uno, observándose, sin atajos y consciente de que no hay recetas preestablecidas.

2 de diciembre, 2020


El Temor que se Esconde Detrás

Leonor Andrade Castillo

Me asusta cuando mi mamá tiene algún malestar. Siento que se me acelera el corazón y se me revuelve el estómago. 

Un susto recorre mi cuerpo, a veces como un frío, otras como una corriente que no me deja ni pensar.

Hemos estado viviendo un año duro, que no estaba en ninguno de nuestras imaginaciones y predicciones, lleno de incertidumbre. 

Estoy escribiendo esto y tú me estás leyendo.  Es finales de noviembre 2020.

Eso significa que a pesar del Covid-19, a pesar de la hiperinflación, a pesar de la falta de gasolina y de gas y de agua y de luz y de Internet y de alimentos… de alguna manera hemos logrado estar vivos. 

Por momentos me siento contenta, disfruto y trato de mantenerme sin pensar mucho en lo que está ocurriendo, ya sea compartiendo en las redes sociales, contactando algún amigo o meditando con los mantras o tocando tambor o leyendo o jugando con mi perrita Lucía.

Aun así, pareciera como que, a pesar de mis esfuerzos, detrás de ese disfrute, sigue estando un temor.  El temor que está detrás del corazón acelerado y el frío: el temor a que se enferme mi mamá o algún otro familiar cercano o peor aún, que muera.  Y la realidad es que, aunque trate de no pensar en eso o trate de esconderlo, ese temor no desaparece y el malestar sigue estando allí. 

Hace un mes más o menos le dio malestar de gripe a un tío.  A medida que me iba diciendo los síntomas sentía cómo el miedo recorría mi cuerpo.  No dije nada.  El tampoco.  Pero ambos sabíamos que estábamos asustados de que estuviera contagiado.  Lo mismo ocurrió unas semanas después con un primo y su esposa.  Ambos se contagiaron y él terminó en el hospital.  Días de susto, de incertidumbre, de impotencia en los que sientes que no hay nada que puedas hacer.  Se mejoró y todos esos pensamientos catastróficos desaparecieron, pero quedó el agotamiento y el desgaste que produce el miedo.

Debo confesar que en estos meses han sido muchas las veces que he sentido miedo de que mi mamá se hubiese contagiado.  Cada vez que tose o se le tapa la nariz, de inmediato se me activan los pensamientos de miedo.  Es como un monstruo que dice saberse todos los síntomas, parece un reporte en mi cabeza de lo que he leído y otras cosas que me imagino se inventa para meterme miedo.  Por momentos no alcanzo a escucharlos todos de lo rápido que es…

Es tanto que me insta a buscar de nuevo información en Internet sobre los síntomas y los remedios y lo que dicen los diferentes médicos… Y mientras eso sucede en mi cabeza, estoy totalmente desconectada de lo que en enfrente de mí está sucediendo, como por ejemplo el hecho de que mi mamá no tiene fiebre o no tiene dolor de garganta ni otros síntomas relacionados con la enfermedad…

El miedo, al no verlo logra desconectarme de la realidad y mantenerme en la cabeza, sólo escuchándolo a él.  Hace lo imposible para que no lo vea.

La cosa es que ahora estoy alerta con mis sensaciones, observo mis pensamientos y mi emoción y se lo hago saber.  Le digo: Ya sé que eres tú.  Y una vez que se sabe descubierto, la cosa cambia. No es que se rinda.  Trata de todas las formas posibles de pasar desapercibido, de buscar nuevas formas para que no lo vea.  

Por supuesto que hace lo imposible por engañarme, pero ahora, en ese momento sintiendo aún mi corazón acelerado o el vacío en el estómago, centro mi atención en mi respiración y hago un ejercicio de respiración que aprendí del maestro Thich Nhat Hanh, que me ha resultado muy útil.   Es así: Inhalo y al hacerlo me digo mentalmente:  Estoy consciente de que en este momento estoy inhalando y siento como entra el aire a mi cuerpo.  Exhalo y al exhalar me digo mentalmente:  Estoy consciente de que en este momento estoy exhalando y siento la relajación en mi cuerpo a medida que voy botando el aire.  Este ejercicio me permite darme cuenta de mi desconexión y reconectarme con mi cuerpo, estar presente en el aquí y en el ahora y poder ver, desde la tranquilidad, lo que realmente está sucediendo, observar cada vez mejor mi miedo y manejar la situación tomando decisiones centrada en el presente y no en la fantasía de mi mente.

Consciente de mi miedo, observándolo, he podido decidir vivir en bienestar, consciente de la situación que me rodea y hoy 25 de noviembre, te estoy contando esto que estás leyendo tú que también estás vivo.

25 de noviembre 2020


Entre el bien y el mal para poner gasolina

Leonor Andrade Castillo

Pasé casi 4 horas en la cola para poner gasolina. Había dos colas: la interior para gas y la exterior para gasolina. La cola para poner gasolina estuvo detenida como 45 minutos. De repente, comenzó a moverse rápido. Cuando estábamos bastante cerca de la entrada a la estación de servicio, un tipo con una camioneta se coleó justo en frente de mí.

Adelante había una persona organizando las colas que lo vio y le dijo que se devolviera a su lugar en la otra cola o se fuera. El de la camioneta comenzó a discutir e ignoró lo que le decía el coordinador y siguió adelante.

Cuando le pregunté al coordinador por qué le había dejado continuar, empezó a gritarme.

En ese momento sucedió algo dentro de mí … Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Sentí un silencio interior total y pude ver todo con total claridad. Estaba tranquila: una voz interior me dijo: Enfócate. Él no es el problema. Avancé y cuando la cola dejó de moverse me bajé de mi carro y fui a hablar con el tipo que se había coleado. Abrió su puerta y le dije gentilmente que por favor saliera de la cola porque se había coleado y yo tenía casi 4 horas allí … Dijo que no se iba a ir porque estaba en la otra fila y su carro tenía la opción de llenar gasolina o gas … Le dije que estaba mal ponerse en la cola de gas que estaba más corta para luego colearse en la de la gasolina, justo cuando estábamos cerca de la entrada a la bomba de gasolina … Me dejó hablando y cerró la puerta de su camioneta.

Respiré, manteniéndome en calma.

Observé todo mi entorno y vi que en la entrada de la bomba había una guardia nacional. Tuve una discusión interna ya que no me gustan los militares. Además, pensaba que como mujer tenía las de perder. Nuevamente mi voz interior me dijo: Concéntrate. Eso no es el problema en este momento. Me quedé observando un rato, en mi lucha interna. Decidí hablar con el señor del carro que originalmente estaba delante de mí para pedirle ayuda y no hizo nada. Se quedó allí hablando por el celular. Percibí que no quería involucrarse.  No insistí.

Respiré y permanecí conectada con mi corazón, tanto que lo podía escuchar. Me sorprendió lo tranquila que me sentía. Volví a mirar a la guardia nacional. Era una mujer. Decidí ir a hablar con ella y pedirle ayuda. Cuando caminaba hacia ella, el señor al que le pedí ayuda dijo: «Si vienes con la Guardia Nacional, te apoyaré.”

Hablé con ella y le expliqué la situación. Ella fue conmigo.  El señor del carro le dijo a la guardia que el de la camioneta se había coleado.  La oficial se acercó a la camioneta y tocó el vidrio.  Le abrió y ella le explicó que había recibido unas quejas de que él se había coleado y le pidió que se saliera de la cola ya que lo que lo que había hecho estaba mal. La guardia fue amable y tranquila. El tipo empezó a hablar fuerte y no se movió. Yo me mantuve en todo momento apartada hacia un lado. La Guardia Nacional llamó a su sargento y él vino y le dijo lo mismo de manera educada y en un tono como de pana. El de la camioneta no quiso escuchar.

Yo estaba observando el panorama. La cola había avanzado bastante y escuché de nuevo mi voz interior: Concéntrate … ¿Cuál es tu objetivo? … ¿Mantenerte allí parada o llenar tu carro con gasolina sin que el tipo se coleé?

Entonces le pregunté a la Guardia Nacional si podía avanzar y ella dijo que sí … Todos los carros avanzaron detrás de mí y los militares dejaron al tipo de la camioneta ahí sin avanzar con todos rodeándolo para seguir adelante y poner gasolina… No llegó a la gasolinera mientras yo estaba allí y antes de irme fui a la Guardia Nacional y le di las gracias.

Aprendí que mis pensamientos acerca de que todos los militares son malos, violentos y corruptos no se ajustaban a la realidad del momento. Tuve que superar esa creencia para poder acercarme con amabilidad a la Guardia Nacional y poder resolver la situación. También aprendí que de cuando en vez me surge ese pensamiento de que no podré hacer nada por ser mujer.  Tuve que mirarlo para poder ponerlo a un lado y moverme.

Lo que percibo como mi “enemigo” no es necesariamente cierto ni real. Muchas veces el “enemigo” no está afuera sino dentro de mí y me toca mirarlo para poder escucharme, darme cuenta de lo que siento y poder resolver desde la calma y la amabilidad.

14 de Noviembre 2020