orientación emocional

Mi Niño Interior

Leonor Andrade Castillo

Podemos tener 20, 30, 50, 96… No importa cuántos años tengamos, en nuestro interior vive nuestro niño que necesita nuestro amor y nuestra aceptación, y hará incontables esfuerzos para llamar nuestra atención y lo veamos, lo tomemos en cuenta, lo consolemos o lo protejamos.  

Son muchas las formas en las que nuestro niño interior se puede manifestar: Por ejemplo, cuando estás constantemente criticándote, es tu niño haciendo lo que aprendió: criticarte y exigirte para que lo hagas mejor y mejor y mejor… sin límite. Puedes comenzar a sentirte triste, que no vales nada, que no sirves, que no sabes hacer las cosas bien, sin tener idea de que es tu niño y que quiere que lo veas, que lo atiendas porque él, al igual que tú, se siente triste por no poder lograr la perfección que tanto anhelaban sus padres cada vez que le exigían hacerlo mejor. Esto se repite una y otra vez y puede que tu niño esté buscando a alguien que lo vea y le diga : “Eres hermoso, eres inteligente, eres amoroso, eres perfecto tal como eres”… Puede que busque aprobación en otros… incansablemente, y aunque la consiga por momentos, será solamente para descubrir que tampoco se siente pleno y seguirá buscando una y otra vez.  En realidad, quien quiere que lo escuche y lo acoja y lo consuele y lo reconozca, eres tú.  Otra forma en la cual puede manifestarse tu niño es en miedos frente a situaciones de la vida cotidiana: Por ejemplo, puede que sientas un gran miedo a los perros.  Es altamente probable que sea tu niño interior.  Esta es una oportunidad para como adulto, ver a tu niño y decirle como adulto algo así como : “No te preocupes. Estoy aquí contigo. Yo te protejo. Estoy aquí para ti”

Cuando como adulto estás viviendo un proceso terapéutico, es altamente probable que en algún punto te des cuenta de tu niño y de cómo aparece en tu vida cotidiana, haciéndote señas de todas las formas que puede, para que lo veas, lo quieras, lo reconozcas y lo protejas.  Tomar conciencia de tu niño interior puede ser abrumador en ocasiones y puede incluso que sientas que es mucho para ti.  Puede que sientas un gran dolor y prefieras cerrar la puerta de nuevo y aunque lo puedes hacer, por experiencia te puedo decir, que no es posible volver atrás una vez que has visto a tu niño.  Lo puedes posponer y él insistirá y volverá a salir una y otra vez, hasta que te sientas listo y dispuesto a asumir tu responsabilidad.  Como adulto, tienes una oportunidad.  No puedes cambiar la visión que tu niño tiene de sus padres, pero sí puedes transformar tu futuro con él, si lo atiendes, lo proteges, lo cuidas y lo acompañas a crecer.. y la buena noticia es que al escucharlo, pueden recorrer el camino como les gustaría y de esa manera irán creando su nueva historia, de manera consciente, sin críticas y sin juicios. No te asustes. Como bien lo expresa Kim Ha Campbell: “El niño interior nunca quiere lastimar a nadie; tu niño interior siempre viene de un lugar de amor.” 

¿Cómo puedo ir sanando a mi niño?

Hay muchas formas de trabajar con tu niño interior y el camino toma tiempo.  Hoy me voy a centrar en el punto de partida, en cómo puedes comenzar a abrirle la puerta a tu niño para que éste pueda ir aprendiendo a confiar en ti.  

Sé gentil y paciente, contigo como adulto y con tu niño interior.  Si has pasado 50 y pico de años sin haberlo visto y él sin que tú lo notaras, ambos requerirán tiempo para aprender que sí hay formas de transitar el camino juntos de una manera amorosa.  En un principio, de manera que puedan ir conociéndose, puedes invitar a tu niño a que te acompañe a conocer cómo es tu vida de grande y le podrías preguntar qué le gustaría hacer ese día…Algo como ésto: ¿Qué te gustaría hacer hoy? Tómate tu tiempo y  escucha. Puede que se comunique contigo desde el pensamiento o puede ser desde una emoción o una sensación física.  Por ejemplo, puedes decirle lo que tú deseas y preguntarle que quiere él… La conversación puede ser algo como: Hoy me gustaría ir al gimnasio. ¿Qué te gustaría a ti? Puedes sentir ganas de ir al parque.  Ese querer puede ser tu niño interior. Entre ambos pueden acordar qué van a hacer: Puedes ir al parque en la mañana y en la tarde al gimnasio o al revés o pueden ir al parque ese día y acordar con tu niño ir al gimnasio al día siguiente. Lo importante es que de esta forma ya habrás abierto una puerta entre los dos. Al escucharlo, puedes ir ganándote su confianza y al mismo tiempo, tú puedes descubrir que efectivamente sí puedes atender a tu niño, y de esa manera se incrementará tu confianza en ti mismo. Como dice Friedrich Nietzche:  “En cada hombre real, se esconde un niño que quiere jugar”.

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El Perdón es un proceso no un evento de una sola vez

Leonor Andrade Castillo

¿Cuántas veces te has sentido atrapado en pensamientos recurrentes agotadores sobre el dolor que te causó una persona importante para ti?  ¿Cuántas veces una persona te ha herido y decides que está muerta para ti?   ¿Te ha pasado que un familiar o amigo cercano no estuvo para ti cuando más lo necesitabas y no lo puedes perdonar y cuando necesitan de ti, tampoco estás disponible para que viva en carne propia lo mismo que tú sufriste?   ¿Has querido vengarte o te has vengado de tu pareja, porque te fue infiel y te hirió en lo más profundo de tu corazón?    ¿No hablas con tu mamá o con tu papá porque no les puedes perdonar el daño que te hicieron?   

Un tema recurrente en nuestra vida es la dificultad para perdonar, ya sea a otra persona, a nosotros mismos o a algún ente mayor como un gobierno.  Por ello hoy quiero continuar reflexionando sobre el perdón, ya que la continuación de la cuarentena nos está dando la oportunidad de mirar hacia adentro y al tener menos interacciones sociales podemos darnos cuenta de lo que sentimos por nuestras diferentes relaciones, sean éstas de amistad o familiares, qué sentimos por nosotros mismos y si somos capaces de perdonarnos por algo que en algún momento hayamos hecho mal y haya herido a otra persona.

Según el maestro Thich Nhat Hahn, “no es posible perdonar hasta que nazca la compasión en nuestro corazón.  Aunque queramos perdonar, no podemos perdonar.  Para ser compasivos, tenemos que comprender por qué la otra persona te ha hecho eso a ti y a tu gente.  Tienes que ver que es víctima de su propia confusión, de su manera de ver el mundo, de su dolor, de su propia discriminación, de su falta de comprensión y compasión.”   

Es importante darnos cuenta de que la persona que nos hiere generalmente ha sido herida previamente:  El que hiere está herido.  Según el Dalai Lama es importante recordar que todos estamos interconectados, que somos parte de una gran red y somos espejos unos de otros y cuando se produce un cambio en uno de esos espejos, se refleja en todos los demás.

Perdonar no significa que vamos a eliminar los cargos.  Cuando perdonamos completamente todo y a todos entonces ya no necesitamos perdonar a nadie ni nada porque en lugar de juzgar comprendemos al otro y lo que lo motivó a hacer lo que hizo.  Según Donald En la mente de un maestro el entendimiento reemplaza al perdón y de esa manera nos convertimos en la fuente de amor incondicional. 

Yo he venido trabajando en el perdón desde hace varios años.   No me considero especialmente rencorosa pero sí tengo mi carga de rabia y dolor por cosas que otras personas me han hecho y me han herido.  A lo largo del tiempo he venido perdonando personas y eventos y también he ido aprendiendo a perdonarme a mí misma.  No obstante, hay algunos perdones que me han resultado especialmente duros y aún cuando he hecho esfuerzos considerables utilizando diferentes técnicas, están siendo un hueso duro de roer. 

Hace pocos días asistí a un entrenamiento sobre el perdón facilitado por Vishen Lakhiani en el que compartió un método que me ha parecido poderoso.  El método tiene como objetivo, no solamente que perdonemos, sino que el perdón nos sirva como trampolín para pasar al siguiente nivel de maestría y podemos comprender al otro y así no tener que perdonar. 

El método consiste en una meditación/visualización y consta de los siguientes pasos: Busca un lugar cómodo. Siéntate en una posición cómoda.  Cierra los ojos.  Imagina que te están masajeando la cabeza y te sientes relajado.  Amplia esa sensación hacia tus ojos.  Luego a tu cara en general que sentirás totalmente relajada.  A tu cuello.  Tu pecho.  Tus brazos y cada dedo de tus manos. Continúa ampliando tu sensación de relajación a todo tu cuerpo hasta llegar a tus pies.  

Una vez que te sientas todo tu cuerpo relajado: 1.- Identifica la persona o acto que vas a perdonar.  Visualiza a la persona en frente de ti.  Observa su expresión, la ropa que lleva, su postura, observa qué edad tiene.  Si te vas a perdonar a ti mismo, identifica qué edad tenías cuando cometiste la falta.  Esto es muy importante porque esa es otra versión de ti mismo, previa a quien eres hoy.  Así que identificarás la versión de la persona de X número de años.  .2.- Crea el espacio en el cual vas a conversar.  Escoge un lugar agradable, conocido y seguro para ti.  Puede ser una montaña, un parque, una playa, un parque, un jardín.  3.- Léele los cargos a la persona o a ti mismo, tal como si estuvieras en una Corte.  4.- Siente y deja salir la rabia y el dolor.  Durante 30 segundos a máximo 2 minutos, expresa tu rabia.  Puedes gritar y pegarle a un cojín para expresar tu rabia y tu dolor.  Puedes llorar.  Cuando se haya cumplido el tiempo debes parar.  5.- Piensa lo que has aprendido de ese evento.   Escribe 3 cosas que aprendiste de esta experiencia.  6.-Piensa acerca de cómo la otra persona pudiera haber sido herida en el pasado.  7.- Ve la situación desde su perspectiva, desde la visión de la herida que tiene.  8.- Perdonar para amar.  Imagina que la otra persona se está aproximando a ti y visualízate abrazándola con un abrazo fuerte.  Si no puedes abrazarlo es porque aún no has perdonado y deberás repetir el ejercicio de nuevo al día siguiente y el otro y el otro hasta que lo logres.   Puedes pedir la ayuda de un guía espiritual.  Podría ser un ángel, Jesús o algún personaje que tenga sentido para ti.  Una vez que hayas completado el proceso visualiza a tu Guía Espiritual y pregúntale si considera que has perdonado.  Si la respuesta es Sí es porque ya perdonaste y si es No es porque no has perdonado y debes repetir el ejercicio cuantos días sea necesario.  Una vez que hayas perdonado entonces habrás pasado al siguiente nivel: La Comprensión

Espero que este ejercicio te resulte tan efectivo como a mí.  Y si en algún momento te sientes herido recuerda que como dice Rumi la herida es el lugar por el que entra la luz.

Las Emociones y el Cuidador de Familiar con Alzheimer

Leonor Andrade Castillo

Soy cuidadora familiar de mi mamá desde hace ya casi 8 años, contados a partir del momento en el que ya no pudo vivir de manera independiente con su esposo en su propia casa. El proceso comienza mucho antes de eso, pero como es un proceso progresivo, los familiares no entendemos lo que está sucediendo, básicamente por desconocimiento de la enfermedad. En un comienzo puedes notar que tu familiar cambia de humor sin ninguna razón aparente, empieza a tener dificultades con actividades de la vida cotidiana como por ejemplo manejar el dinero, olvidar dónde dejó las llaves, o alguna cosa que le hayas dicho el día anterior, manejar la computadora o el celular, y tú piensas que son cosas normales de la edad.

¿Qué impacta emocionalmente al cuidador familiar? Lo primero que me gustaría compartir contigo es que, en este viaje, todas, absolutamente todas las emociones, agradables y desagradables, van a surgir, quieras o no. Atender a un familiar que cada día se vale menos es harto difícil y por momentos podemos sentirnos a disgusto.  Voy a mencionar algunas de estas emociones: 1.- Mal humor: Una parte tuya lo quiere seguir cuidando desde el amor, con paciencia e incluso desde la fortuna de poder acompañarl@ y otra parte tuya siente que no quiere estar viviendo esa experiencia y no quiere seguir. Esta “división” interna puede hacerte sentir molest@ y/o de mal humor. ¿Qué puedes hacer en estos casos? Puedes tomarte un tiempo fuera, descansar, darte cuenta de lo que estás sintiendo, preguntarte qué es lo que en ese momento te está haciendo sentir así y busca la manera de expresar lo que estás sintiendo. Si tienes una persona de confianza, puedes conversar con ella y compartir lo que estás sintiendo. Si no está disponible físicamente, lo puedes hacer a través de cualquier otro medio a tu disposición. Puedes también hacer una meditación breve que te permita relajarte y algo muy importante: no te juzgues.  Somos humanos y como tales, tenemos nuestros límites y momentos en los cuales nos podemos sentir molestos. Lo importante es aceptarlo, ir aprendiendo a reconocerlo y expresarlo. Si lo reprimes después saldrá a flote con mucha más fuerza, cuando menos lo esperes.  2.- Repugnancia: De esto poco se habla, pero si tu familiar sufre de incontinencia, tanto de pipi como de heces, cambiar el pañal es un reto. Recuerdo la primera vez que le cambié el pañal a mi mamá y había hecho pupú… El olor me dio ganas de vomitar.  Opciones: Puedes usar mascarilla al momento de cambiar a la persona. Ello disminuye un tanto el impacto del olor. Pero más allá de eso, es necesario, hacer un cambio en nuestra actitud y ver la situación como parte del trabajo y aceptarlo. 

 Esto no es sencillo pero una vez que lo logramos, realmente impacta mucho menos. Hay cosas prácticas además que podemos hacer: Probar con diferentes tipos de pañales para utilizar el que mejor se acomode a la situación de incontinencia de nuestro familiar, podemos además poner un pañal de esos super, encima del protector de cama para que absorba los líquidos si el pañal ya está mojado y no tengas que cambiar todas las sábanas.  3.-Aburrimiento:  Si algo tiene el trabajo de atención es que es muy repetitivo.  Eso puede hacernos sentir aburridos de repetir lo mismo. ¿Cómo lo puedes manejar? Es indispensable dedicarte tiempo y hacer lo que te gusta.  En mi caso, cuento con una cuidadora y nos dividimos el tiempo, pero incluso, cuando estoy de guardia, hago actividades que me nutren. Tengo a mano mi block de pintura y mis utensilios y en la noche pinto.  Ello me permite relajarme y sentirme a gusto. En la mañana temprano, antes de comenzar las actividades entro a la app con la que estoy aprendiendo alemán y practico una media hora.  Eso me estimula y motiva para el resto del día. Identifica lo que te agrada e incorpóralo a tu vida de manera regular. De esa manera, disminuirá notoriamente el aburrimiento. 4.-Impaciencia: Darle de comer de manera lenta para que no se ahogue, pedirle que abra la boca y ver que más bien aprieta los labios, voltearla en la cama de manera lenta, preguntarle algo y no recibir ninguna respuesta, son todas situaciones que prueban nuestra paciencia. Lo primero es siempre recordar que la lentitud o la falta de respuesta no es intencional ni para molestarte.  Es parte de la enfermedad. Cuando tenemos esto claro, es más fácil mantener la paciencia. Lo otro es ser realista y no comprometernos a hacer cosas que no son posibles.  Por ejemplo, cuando vamos al médico, pido cita para la tarde, ya que es humanamente imposible estar temprano en ninguna parte con mi mamá ya que nos lleva toda la mañana darle de comer, bañarla y vestirla. Y con esta idea quisiera cerrar: Sé gentil contigo mism@ para de esa manera entonces poder ser gentil con tu familiar. Si te atiendes, estarás disponible para tu familiar desde lo mejor que eres y la experiencia será enriquecedora para ambos.

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¿Bienestar en Crisis?

Leonor Andrade Castillo.

Estoy sentada escuchando las tonadas de Simón Díaz, tomándome un cafecito recién colao. Siento paz, relajación por todo mi cuerpo y tranquilidad en mi corazón.  Siento los pies bien arraigados en el suelo y cómo la energía de nuestra tierra va subiendo por mis pies, mis piernas, mi tórax, mi plexo solar, mis manos y brazos, mi corazón, mi garganta y mi cabeza.  Apenas siento el sonido de mis dedos en la computadora.  Puedo decir sin lugar a dudas que, en este momento, en este instante, centrada en el presente, escuchando la música, siento bienestar.  Con mi mente en calma, centrada en lo que estoy escribiendo y la música, siento mi corazón tranquilo confiando en que las palabras irán surgiendo con facilidad, con mi cuerpo relajado, apenas con alguna tensión en los dedos a medida que escribo, contenta de compartir esta experiencia y reflexión, contigo que me estás leyendo.  

En las últimas semanas, en consulta ha sido repetitivo el trabajo con la angustia, la incertidumbre, la frustración y el miedo, con la dificultad para encontrar un propósito después de haber vivido la pandemia del Covid-19, y en medio de una guerra que se complica cada día más, y por supuesto para los que hacemos vida acá en el país se suma la angustia, la rabia y el miedo que produce la falta absoluta o la ineficiencia de los servicios públicos, la hiperinflación y la inseguridad.

Viene entonces la pregunta que recibo a diario en consulta: ¿Puedo sentir bienestar en medio de esta situación de crisis que parece no terminar?    

La respuesta es un absoluto Sí.  Si bien hay innumerables visiones del bienestar, voy a enfocarme en la visión del Modelo PERMA del creador de la psicología positiva, Martin Seligman.   Este es un modelo de bienestar y abarca 5 factores que contribuyen al bienestar:  1.- Emociones Positivas. Seligman nos explica que este factor implica aumentar la cantidad de emociones positivas.  Un aspecto importante a aclarar de este factor, es que no implica superponer una emoción positiva sobre otra negativa. Lo que implica es aumentar nuestro “inventario” de emociones positivas, que nos sirvan para lidiar con las emociones “negativas”. Un ejemplo de ello puede ser la gratitud, el amor, el placer, la satisfacción.  

Podemos hacer un ejercicio diario de identificación de aquello con lo cual nos sentimos agradecidos ese día, independientemente de lo difícil que haya podido parecernos.  Otra opción es identificar aquellas cosas con las cuáles sentimos placer y llevarlas a cabo.  Por ejemplo: escuchar una música que nos agrade, salir a caminar, encontrarnos con un amigo. 2.- Compromiso conmigo mismo.  Para lograr este compromiso toca identificar nuestras fortalezas e identificar algo que nos mueva, que esté de acuerdo con nuestras fortalezas.  Eso nos permitirá sentir esa armonía entre el objetivo y nuestras habilidades y una sensación de “fluir”, ese estado en el que sentimos que el tiempo se detiene y nos enfocamos en el presente.  Por ejemplo, si te gusta dibujar y una de tus fortalezas es la creatividad, puedes comenzar un proyecto de dibujo que te haga sentir bienestar.  3.-Relaciones Personales Positivas. Este factor hace referencia a mejorar nuestras relaciones personales, lo que implica la mejora de nuestras habilidades personales.  4.-Propósito y Significado. Esto se refiere a sentir pertenencia a algo más grande que nosotros.  Ello le da un sentido a nuestra vida que va más allá de nosotros mismos. Por ejemplo, en mi caso, mi propósito de vida consiste en contribuir con la creación de un mundo en bienestar, por lo que cada vez que atiendo a una persona, siento que contribuyo con el logro de este propósito, que es mucho más amplio que mis objetivos personales y me da sensación de bienestar. 5.-Sentido de Logro. Implica establecer metas concretas alcanzables, que nos permitan sentirnos competentes e independientes. Si nuestras metas están alineadas con nuestras fortalezas, esta armonía nos hará sentir bienestar.

Algo fundamental en este planteamiento es que no es una receta.   Seligman nos sugiere escoger aquel factor con el cual nos sintamos más identificados y centrar nuestra atención en desarrollarlo, sin sentirnos forzados. Ir a nuestro ritmo, hasta donde nos sintamos cómodos, es decir en bienestar. Tu bienestar, independientemente de la situación, es tu decisión personal.

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Miedo, Rabia y Violencia

Leonor Andrade Castillo

Desde hace ya más de un mes, todos estamos viviendo la guerra entre Rusia y Ucrania, y de una u otra forma, está afectando emocionalmente, no solamente a los que están directamente involucrados, sino a personas que están a miles de kilómetros del sitio del conflicto.  Quizá la primera emoción que podemos identificar sea el miedo.  Pueden ser diversos los miedos que se nos activen: el miedo a perder nuestros bienes materiales, el miedo a la escasez, el miedo a perder algún ser querido, el miedo a perder el país, el miedo a nuestra propia muerte.

El miedo, al igual que la rabia, es una forma de evitar el dolor.  A veces el dolor es tan grande que preferimos actuar desde la rabia, que, aunque también duele, duele menos que el dolor que está subyacente.   Podemos seguir funcionando de esta manera durante años, incluso toda nuestra vida.  No obstante, existe otra opción que consiste en observar nuestras emociones, relacionarnos con ellas, identificar lo que estamos sintiendo, cómo lo estamos sintiendo en nuestro cuerpo, qué es lo que nos está haciendo sentir así. Es nuestra responsabilidad relacionarnos con nosotros mismos y lo que sentimos. De lo contrario, estaremos constantemente actuando nuestras emociones, dejándonos llevar por ellas, tirando puertas, pegando gritos, golpeando objetos, personas.  

El miedo cuando no lo queremos ver, puede llegar a ser tan fuerte, que llegamos a sentir miedo a nuestro propio miedo, y esto nos lleva al lado oscuro de la ira, a buscar chivos expiatorios en quien descargar ese miedo. La ira, por su parte, fomenta el deseo de venganza contra el que consideramos nuestro enemigo, el responsable de nuestras desgracias, y esto nos mantendrá, no solamente desconectados de nosotros mismos, sino que alimentará el círculo vicioso del miedo, la rabia y la violencia, siempre enfocados en el otro y no en nosotros mismos y nuestra responsabilidad.  Sentir miedo no significa que seamos cobardes.  De hecho, para poder ser valientes frente a una situación difícil que nos asuste, primero necesitamos observar nuestro miedo, darnos cuenta de lo que nos asusta y sólo entonces podremos encontrar una forma de afrontar el miedo y la situación. La valentía no es ausencia de miedo.  La valentía se refiere a la determinación con la cual hacemos frente a una situación de peligro, miedo o riesgo. 

Por supuesto que a nadie le gusta verse rabioso, o iracundo, o miedoso, o triste, y obviamente preferimos sentirnos contentos, orgullosos de nosotros mismos, valorados, felices. Podemos negarnos a sentir nuestras emociones desagradables y sólo ver las agradables.  Sin embargo, la realidad es que somos seres que sentimos todas las emociones, las agradables y las desagradables. Una parte nuestra puede estar feliz, y al mismo tiempo, otra parte de nosotros puede sentirse molesta y otra parte puede sentirse triste y otra puede tener miedo. 

Cada situación es una oportunidad para voltear el lente y mirarnos a nosotros mismos.  No hay recetas.  La manera que cada uno de nosotros se observa es única y en psicoterapia tenemos la oportunidad de descubrir nuestra propia forma de observarnos y nuestro propio camino de hacerlo diferente.  Si aceptamos todas las partes, todas las emociones, seremos un ser completo.  Si, por el contrario, negamos las partes “negativas” o desagradables y queremos sólo las positivas o agradables estaremos viviendo como una persona dividida, presa de sus propias emociones no reconocidas.  Si nos asumimos en nuestra totalidad, entonces podremos ser libres. 

Como bien dice Osho, en su artículo “Libertad: La Valentía de Ser Tú Mismo”, “Para ser totalmente libre uno necesita ser totalmente consciente, porque nuestra esclavitud está enraizada en nuestra inconciencia; no viene del exterior. (…) La vida mantiene un equilibrio entre los polos opuestos. De modo que quien esté dispuesto a aceptar la responsabilidad de ser él mismo, con todas sus bellezas, amarguras, sus alegría y agonías, puede ser libre…  Vívelo en toda su agonía y todo su éxtasis; ambos son tuyos.  Y recuerda siempre:  el éxtasis no puede vivir sin la agonía, la vida no puede existir sin la muerte, y la alegría no puede existir sin la tristeza… Esa es la naturaleza misma, el Tao mismo de las cosas. Acepta la responsabilidad de ser tú mismo tal como eres, con todo lo bueno y con todo lo que es malo, con todo lo que es bello y lo que no es bello.  En esa aceptación sucede una transcendencia y uno se hace libre.” (En: https://www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/LIBERTAD_VALENTIA_SER_TU_MISMO.html?msclkid=9c0805cbb8c211eca014a26ac18f559a  )

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Violencia y Paz

Leonor Andrade Castillo

En los últimos días han sido varios y diversos los hechos de violencia que han llamado mi atención (apartando la guerra entre Rusia y Ucrania).  El más reciente es el incidente en el cual el actor Will Smith reaccionó de manera violenta ante un comentario que hizo el presentador en el acto de entrega de los premios Oscar.  Si bien la mayoría se ha centrado en la reacción violenta de Smith (con la cual no estoy de acuerdo), el comentario del presentador en sí, fue desconsiderado y cargado de violencia verbal al irrespetar los sentimientos de las personas aludidas.

Hay una característica de la violencia que se presenta en todas sus formas: el irrespeto a los límites y derechos de la otra persona, (física, emocional, cultural, mental y espiritual), es decir la falta de reconocimiento del otro.   

La violencia, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) se define como el “uso intencional de la fuerza física o el poder, amenazante o real, contra uno mismo, otra persona o contra un grupo o comunidad, que ocasione o tenga una alta probabilidad de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, alteración o privación.” 

En la vida cotidiana podemos encontrarnos con muchas manifestaciones de violencia: con familiares, con la pareja, con vecinos, en actos públicos, en la calle entre desconocidos, entre compañeros de estudio (bullying), entre amigos, con compañeros de trabajo. Son incontables las situaciones en las que podemos estar viviendo  una situación de violencia, los motivos pueden variados y los grados pueden ir de menos a más. Cuando hay violencia, ésta afecta a todas las personas de una forma u otra, no solamente aquéllas que están directamente involucradas con el conflicto, sino también a personas que no están participando en él. 

La ausencia de violencia física por sí sola no garantiza que las personas no sufran violencia psicológica, represión, injusticia y falta de acceso a sus derechos. Y es que la paz, al igual que la violencia, tiene dimensiones.  En ese sentido nos encontramos con dos tipos de paz: 1.- la paz negativa, que se define como la ausencia de violencia directa y 2.- la paz positiva, que va más allá e implica la promoción de los derechos humanos, la justicia y la equidad en todas sus dimensiones.  La paz adquiere desde este puntos de vista, un carácter cultural e implica una responsabilidad en primer lugar personal, luego de la comunidad, de cada país y por último del mundo.  

Para muchas personas, la paz viene dada por el entorno.  Esta visión implica que si el entorno es violento, yo no puedo tener paz. No obstante, existe otra visión de la paz, que tiene que ver con la paz interna (en nuestra mente y en nuestro corazón). Si bien la falta de paz en el entorno no impide que sintamos paz a nivel personal, lo contrario, es decir si no tengo paz interna, sí implica que no tenga paz personal, aunque el entorno esté en calma, y que además “chisporroteé” mi falta del paz en todo mi entorno y la entorpezca. 

La paz es una forma de vivir. Es lo que llamamos Cultura de Paz, y todos podemos contribuir con su fortalecimiento, para que se convierta en la forma extendida de vivir. Por ejemplo, en estos días, unos vecinos de mi calle estaban esperando la llegada del camión del gas, luego de que todos habían llevado sus bombonas pequeñas al lugar asignado, y varias señoras fueron a acompañarlos y unos vecinos contribuyeron con algunas cosas de comida, café etc.  Esa es una forma de paz.  Otro ejemplo: Ahora es necesario lavarle los pies a mi mamá con agua previamente hervida. Nosotros tenemos una olla vaporera donde se puede hervir. No obstante, el primer día, su cuidadora, me comentó que había sido muy lento. Entonces le dije que el agua la herviré aquí en casa y llevaré la necesaria para toda la semana para alivianar la faena. Esta es una forma de contribución a la paz. Está en cada uno de nosotros tomar conciencia de esta dimensión de la paz como una forma de vivir, hasta en los actos más pequeños. En cada uno de nuestros actos e incluso pensamientos, tenemos la opción de elegir transitar el camino de la paz.  

Te invito a observar en tu vida cotidiana, cómo desde tus pensamientos y acciones estás contribuyendo a construir una cultura de paz, y si lo deseas, puedes compartirlo con nosotros en los comentarios. Compartir  experiencias positivas también es una forma de contribuir con la construcción de una cultura de paz.

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Los Pensamientos Negativos

Leonor Andrade Castillo

Una de las situaciones más comunes cuando estamos haciendo psicoterapia es el trabajo con los pensamientos negativos.  

Los pensamientos negativos son como una voz interna, que nos habla y nos dice cosas “feas”.  Pueden ser hacia nosotros mismos o hacia los demás y con mucha frecuencia nos producen ansiedad. 

¿Te ha pasado que tienes un proyecto, una idea que te parece espectacular y de la nada comienzas a tener pensamientos sobre que no va a funcionar o que va a ser muy difícil o que no tienes las habilidades? Pensamientos del tipo: “no te va a salir bien”, “no soy bueno(a) haciendo esto”, “seguro que algo sale mal”… y cosas por el estilo.

¿Te ha pasado que hay gente que te dispara pensamientos negativos, críticas hacia ellos, recuerdos de situaciones desagradables que has vivido con esa persona?  Por ejemplo, estás hablando con un amigo o amiga y entra por la puerta esa persona que te cae mal o de la cual desconfías y de inmediato se te descompone el cuerpo (puedes sentir opresión en el pecho o un nudo en la garganta o un malestar en la boca del estómago), o dejas de hablar o hablas más lentamente o te quedas mirando a esa persona o te vienen pensamientos como: “Tienes que cuidarte de fulano o fulana”, “Seguro que viene a querer meterse en la conversación”, “quién sabe qué estará tramando”…

¿Qué podemos hacer con los pensamientos negativos?  

Hay numerosas herramientas que nos pueden ayudar a manejar y/o superar los pensamientos negativos.  

1.         Cuando te asalta un pensamiento negativo del tipo de “no eres bueno haciendo esto” o “no te saldrá bien”, puedes buscar en tu historia situaciones en las cuales hayas tenido una experiencia positiva, un resultado positivo y conectarte con la emoción de logro y responderle a tu voz… Mira la verdad es que eso que estás equivocado… Me ha pasado que he logrado esto y esto y esto.  Sí puedo.  Si soy buena haciendo esto.  Sí lo puedo resolver. El primer paso es observarnos, darnos cuenta cuando estamos teniendo un pensamiento negativo.  Luego es necesario asumir que es nuestro ese pensamiento y que tiene una energía que produce efectos tanto en nosotros mismos como en los demás.  Es importante reconocerlos, no reprimirlos, ya que cuando reprimimos los pensamientos negativos, éstos vuelven a salir en el momento más inesperado, y con mucho más fuerza.  Todos podemos tener pensamientos negativos en algún momento, por lo que no te sientas culpable.  Esa sería otra forma más de tener un pensamiento negativo hacia ti mismo.  

2.         Si el pensamiento negativo es hacia otra persona, puedes observar el pensamiento y darte cuenta de lo que está pasando contigo en ese momento: qué emoción se te está disparando, pensamiento, sensación física… Dáte cuenta de la energía de tu pensamiento y asume que eso que está causándote todas esas sensaciones es tu pensamiento y no la persona.    En este caso puede utilizar una herramienta que aprendí de Sandra Ingerman (una psicoterapeuta chamana).  Ella nos sugiere conectarnos con una imagen de una persona querida, o un animal muy querido y una vez que estamos sintiendo esa emoción de amor, enviarle esa energía a la persona en cuestión. 

3.         Si estás molesto o con rabia y se te activan los pensamientos negativos, es cierto que tienes todo el derecho de expresar tu molestia, pero de una manera sana y adecuada.  Una forma de manejar esta situación es transformar la energía de la rabia, que es muy poderosa, en una energía de acción positiva.  Puedes sentarte en silencio y conectarte con tu corazón y conéctarte con el ser superior en el cual crees (en mi caso Dios) y pídele que transforme la energía que está detrás de la rabia, en amor y luz, que nutra a cada ser viviente en el colectivo, con amor y luz y que te muestre una acción positiva que puedas tomar.  De esa manera estarás transformando tu rabia en compasión.

Tienes una oportunidad de oro cada vez que te asalta un pensamiento negativo : Puedes observarlo, asumir que es tuyo y manejarlo de acuerdo con las herramientas que resuenen contigo. Lo mejor de todo: es tu decisión y tienes las puertas abiertas para transformarlos en una energía positiva para ti y el colectivo.

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La Compasión: Una Forma de Vivir 

Leonor Andrade Castillo

El viernes fue un día rudo aquí en la calle donde vivo.  Venía el señor del gas a traer las bombonas grandes llenas, después de habérselas llevado el martes.  Cada bombona pesa 43 kilos y el señor las entregaría en un solo punto que queda como a dos cuadras y media de mi casa en subida.  Uno de los líderes de la comunidad, quien tiene contacto directo con él, dijo que teníamos que tener compasión por el conductor del camión y una señora dijo: ¿Quién tendrá compasión de mí que no puedo cargar tanto peso y necesito el gas para cocinar?

Esta pregunta me hizo pensar en la frecuencia con la que no somos compasivos, a veces ni siquiera con nosotros mismos. 

En días previos se había generado una discusión y reclamos entre algunos vecinos y la persona que tiene el contacto con la planta del gas y los conductores, y le pedían que se pusiera de parte de la comunidad. Esos reclamos y las respuestas tuvieron de todo menos compasión, de ambas partes.  Por mi parte, conversé de manera privada con la persona y le propuse ir con él a la planta y llegar a un acuerdo para que las entregas de las bombonas se hagan más cerca de las casas donde vivimos.  La respuesta fue tibia y no llevó a ningún resultado.   Llegó el día, y además de que el conductor llegó ya en la tarde en lugar de la mañana como se había informado, dejó las bombonas a tres cuadras.  Doy gracias que uno de mis vecinos pudo ayudarme y me subió la bombona hasta la casa. 

Volviendo a la pregunta de la vecina: ¿Quién tendrá compasión de mí que no puedo cargar tanto peso y necesito el gas para cocinar?  Es importante diferenciar la compasión de la empatía.  La empatía es nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, sentir lo que siente, poder sentir el sufrimiento de la otra persona, sentir su angustia.  La compasión, por su parte, va un paso más allá.  La compasión implica ponerse en los zapatos de la otra persona y luego de sentir su dolor, tomar una acción en pro de su bienestar. En un entrenamiento sobre compasión aprendí que para poder tomar esa acción es necesario que la empatía no nos abrume para entonces poder identificar qué necesita la otra persona y tomar la acción que contribuya con su bienestar.  Hay personas cuya empatía es tan fuerte que la emoción los abruma y no pueden tomar ninguna acción.  

¿La compasión se puede aprender?    Definitivamente sí. Según el investigador y profesor Richard Davidson, especializado en estudios de compasión y su relación con el cerebro, la compasión se puede aprender.  Hicieron unos estudios en los cuales probaron entrenamientos en dos grupos distintos: unos se entrenaron mediante herramientas de terapia cognitiva y otro con meditación. Lo que se encontró fue que el grupo que recibió el entrenamiento con meditación tenía cambios en el funcionamiento de su cerebro, se les habían fortalecido los circuitos responsables de la compasión y la resiliencia.  El Dr. Richardson, a raíz de esos resultados contundentes, expresa que podemos hacernos responsables de nuestro cerebro y moldearlo, de manera de vivir en bienestar, haciendo meditación.  

¿Cómo podemos entrenarnos en ser compasivos mediante la meditación?   El primer paso es meditar centrados en la intención de ser compasivos con nosotros mismos, ya que sólo si soy compasiva conmigo, podré ser compasiva con los demás. Luego, explica el Dr. Richardson, en un segundo paso puedo imaginar un ser muy querido (familiar, amigo, mascota) y visualizar que estoy haciendo algo compasivo por él/ella.  Más adelante, después de practicar la compasión conmigo y con un ser querido, puedo meditar con la intención de sentir compasión por una persona que no conozco, por ejemplo, un vecino con el cual no soy cercana.  Por último, meditar con la intención de sentir compasión por una persona que nos dispara la molestia, con la cual tenemos una mala relación.  Es importante comenzar con una persona con la cual la dificultad no sea tan grande, de manera de practicar y sólo cuando estemos bien entrenados podemos entonces hacerlo con alguien con quien tengamos más dificultad, nos dice el Dr. Richardson.  Esta práctica la podemos hacer cantando el mantra para la compasión por excelencia: Om Mani Padme Hum.  Una amiga me preguntó: ¿No es más fácil cantar para todo el mundo y ya?  Seguramente es más fácil, pero no lograríamos nuestro objetivo de ir fortaleciendo en nuestro cerebro los circuitos de la compasión, conectándonos uno a uno, siendo conscientes de nuestras emociones, para luego transformarlas y poder ser cada vez más compasivos, incluso con personas con las cuales tenemos dificultades de relación, mediante la práctica cada vez más profunda.

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Pedir, Recibir y Dar

Leonor Andrade Castillo

Escucho un pajarito cantando en el porche.  Lo reconozco. Es la paraulata encargada de avisarme que se les terminó la comida.  Me asomo, y efectivamente, allí está , parada en la baranda de la jardinera del porche.  Me siento con cuidado en la puerta de la cocina a escucharla y ella me mira.  Nos quedamos las dos mirándonos en silencio, directamente a los ojos.  Ella se repite su canto con calma y seguridad infinitas y yo, también calmada la escucho y la observo.  

Repite su canto una vez más y le digo en voz baja y pausada para no asustarla, que ya iré a buscar la comida.  Nos quedamos mirándonos por unos instantes. Al pasar unos segundos la pajarita repite su canto mirándome directamente a los ojos y comprendo que es momento de atender su pedido.  Cuando regreso, me doy cuenta de que no está.  Miro alrededor y veo que hay una fila de pajaritos en el cable de la electricidad observándome y esperando pacientemente que reponga la comida.  La primera en la fila es la pajarita que había venido a avisarme que se había terminado.  Pongo la comida en el plato y me retiro.  

Esta semana viví una experiencia que me llamó a la reflexión.  Después de muchos años sin que sucediera, me dio vértigo.  El vértigo para mí es un llamado de alerta que me da mi cuerpo, avisándome que estoy traspasando mis límites y no estoy pidiendo ayuda.  La paraulata me lo mostró de manera magistral cuando sin ninguna dificultad me pidió que les pusiera comida.  Era su necesidad y la de todos los pajaritos que vienen aquí a comer y requería de mi ayuda para satisfacerla.  No solamente no la hace menos sino que la convierte en líder de su comunidad.

Hacía varios días que me sentía cansada después de las guardias prolongadas en el ancianato y no había expresado mi necesidad de descansar.  No le había pedido a Teresa con quien comparto el cuidado de mi mamá, que por favor me cubriera un fin de semana para yo descansar.  Tuvo que darme vértigo para darme cuenta que no estaba pidiendo ayuda. 

Es curioso lo que sucedió después.  Llamé a mi mamá y conversé con Teresa y le dije que no me sentía bien.  Ella me escuchó y de inmediato me dijo que si yo quería ella atendía a mi mamá al día siguiente… y después agregó:  si quiere me quedo esta noche y atiendo a su mamá temprano… Lo puedo hacer.  Mi hijo está hoy aquí en La Vega con su hermano y no tengo que bajar al refugio. Se quedó pensando y agregó: La verdad es que me vendría muy bien quedarme esta noche porque el señor que me había prestado el regulador para la bombona del gas me lo pidió y no tengo cómo cocinar en la casa hasta que no compre el mío. Le ofrecí, como en días anteriores, apoyarla con la compra del regulador y me dijo que no nuevamente.  Me pude ver reflejada en su espejo.  No insistí. 

Al día siguiente, hacia el final de la tarde, llamé a mi mamá y hablé con Teresa.  Me sentía mejor y ella se escuchaba relajada.  Quedamos en que yo iría al día siguiente.  Le pregunté si se incorporaría el martes o el miércoles.  Me dijo que había pensado en el martes porque tenía igual que llevar al hijo al colegio.  Yo le agradecí y le dije que para mí estaría perfecto porque así no me forzaba y podía atender mis consultas ya pautadas.  Y entonces le propuse: ¿Qué le parece si le pago el día que trabajó hoy, de una vez para que así esté más relajada con la compra del regulador?  Inmediatamente me dijo que sí. 

Dar, pedir y recibir son parte de un mismo proceso.  Si damos a otros y no pedimos lo que necesitamos o no estamos abiertos a recibir, el proceso se queda a mitad de camino y llega un momento en el que no podemos dar más.  Así que de ahora en adelante, a pedir y recibir como la pajarita, para poder cargar las baterías y poder seguir dando de manera sana.

De la Basura al Amor

Leonor Andrade Castillo

Barrí las escaleras y el área alrededor del jardín. Se veía bonito. Entré a la casa para seguir cocinando.

Unas cuantas horas más tarde salí a buscar un poco de romero en el jardín, y para mi sorpresa, en el área que había limpiado había una enorme pila de basura… papel, plástico, hojas.,.

Me quedé allí, mirando, y por dentro podía sentir cómo un calor inmenso iba subiendo por mis pies, mis piernas, mi estómago, mis brazos, mi pecho, mi garganta, mi cara… Estaba hirviendo y dos lágrimas bajaban por mis cachetes, como lava.  Lágrimas de rabia.  Lágrimas de juicio. Lágrimas de dolor.  Me asaltaron mis pensamientos: son unos abusadores, unos cochinos, lo invaden todo.  

En un punto pude verme y observar mis pensamientos.

Boté todo el aire por la boca.  Quedé vacía.  Me mantuve allí, sin aire, unos cuantos segundos.  Sin pensar. 

Inhalé de nuevo. De pie.  Exhalé.  Continué respirando.  Inhala. Exhala. Inhala. Exhala.  Inhala.  Exhala. Logré calmar el calor que subía por mi cuerpo y lo incendiaba todo.  

Busqué el romero.  Miré de nuevo la pila de basura y decidí entrar a la casa. Seguí cocinando, en una mezcla intermitente de rabia, dolor, pensamiento, juicio y silencio, como en una batidora.  Fui tomando consciencia y lentamente fui sintiendo más y más espacios de silencio.

Al día siguiente me levanté, preparé un café y salí a barrer la terraza, la entrada de la casa y luego ocuparme del tema de la pila de basura ajena.

Mientras estaba barriendo la terraza escuché que alguien barría el área donde estaba la basura. Inmediatamente me dije: Viste, él no pretendía dejarlo ahí… Me sentí avergonzada de mí misma por los pensamientos que había tenido el día anterior, por la rabia que me había invadido por completo. 

Terminó de barrer muy rápido, a la velocidad del rayo, y se fue. Yo continué barriendo la terraza, la entrada y la calle frente a la casa. Me sentí contenta.

Una vez que terminé de barrer y recogí toda la basura en una bolsa, me fui al jardín… 

No podía creer lo que estaba viendo. Toda la basura del pasillo estaba ahí, por todos lados. Simplemente había movido su basura de un sitio para otro, en lugar de recogerla y ponerla en una bolsa para que el aseo se la lleve después.

Me sentí invadida, irrespetada y pude sentir también el dolor de la tierra.

Era demasiado para mí, así que decidí terminar lo que tenía que hacer, irme a cuidar a mi mamá y calmarme para poder decidir cómo manejar la situación.

El miércoles, ya de regreso a casa, fui de nuevo al jardín.  Lo miré.  Me abrí a la emoción.  Toqué las matas.  Me quité los zapatos y sentí la tierra directamente en mis pies. Tomé una decisión: limpiar todo. Pude ver mucha basura entre las matas… restos de juguetes, botellas de cerveza, bolsas de plástico… Comencé a limpiar hasta recoger toda la basura.

Fue una experiencia liberadora para mí y para el jardín.  

En otro momento habría subido a expresar mi molestia y aunque fuera de una manera tranquila, habría quedado una cicatriz por la molestia mutua.

Ha pasado una semana. He reflexionado mucho sobre la experiencia y decidí probar un nuevo enfoque.  Dar un paso más.  La semana que viene plantaré algunas flores.  El lenguaje y la energía de las flores es muy poderoso.  Las flores emanan delicadeza y amor… Tengo la esperanza de transformar el espacio de la basura (física, mental y emocional) en espacio de amor…

Y como la sincronicidad es como es, en medio de la situación que estamos viviendo a nivel mundial con la invasión a Ucrania por parte de Rusia, me topé con este pensamiento del Dalai Lama: “Solo a través de la compasión y la paz interior, se puede difundir la paz en el mundo. La paz interior conduce a un individuo pacífico y luego este individuo pacífico puede construir una familia pacífica, luego una comunidad pacífica, luego un mundo pacífico.”

Más allá de los cómo está el amor incondicional

Leonor Andrade Castillo

Estoy en el sitio donde trabajé durante 20 años.  Ahora es una especie de clínica donde están varios de mis amigos con los cuales trabajé y compartí durante años.  No tengo claro cómo me dejaron entrar.  Lo cierto es que anduve por una especie de laberinto hasta llegar a unas habitaciones en la parte trasera de la casa en las cuales están mis amigos acostados en camas, algunos con oxígeno, todos recluidos por Covid-19. Inmediatamente dan cuenta de que estoy allí y si bien permanezco en la puerta, nos podemos ver y la comunicación es instantánea, no requiere palabras. Entran y salen personas que hacen el rol de enfermeras ayudando a los que están enfermos con el Covid-19, y cuando miro con detenimiento me doy cuenta de que todos son compañeros de trabajo.  Siento una calidez en el corazón que no sé describir. Sólo sé que la paz es infinita.  De alguna parte surge una silla y me siento y desde la puerta acompaño a mis amigos.  Si bien hay silencio en el lugar, las historias entre los corazones van y vienen y las peticiones de mensajes para sus familiares no se hacen esperar. Por momentos me siento abrumada, por todo el amor guardado en esos corazones y del cual seré la mensajera.  No existe el tiempo en este lugar así que no tengo idea de cuánto espacio tengo aquí.  Sólo sé que de repente, cuando en mi ser me dispongo a devolverme, veo en brazo una toma de una vía.  En este instante, tomo conciencia de que al estar allí, había sido contagiada y desperté del sueño.

De los tantos temas de los que podríamos conversar sobre cómo superar la crisis, cómo ser resiliente, cómo reinventarnos, cómo ser libres en medio del encierro forzado, cómo afrontar la incertidumbre, la soledad y el miedo en esta situación de Covid-19, que comenzó siendo totalmente desconocida para todos nosotros y ahora se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana, hay uno que sobresale y está incluido en los cómo de todos ellos: el amor incondicional. 

Me dirás: ¿Qué te pasa, acaso no te das cuenta cómo a diario, hay gente perseguida, señalada, excluida por tener Covid-19?  ¿No te das cuenta de cómo algunos gobiernos hacen uso de esta pandemia para recrudecer la represión y el autoritarismo?  ¿No te das cuenta de la cantidad de gente que está muriendo de hambre y abandono, enfermedades que se han instalado en muchos países mucho antes que el Covid-19?  ¿No te das cuenta cómo han aumentado los casos de violencia? 

Nuestro mundo está lleno de extremos.  Funcionamos desde la dualidad.  Por un lado, nos encontramos con reacciones de rechazo, como por ejemplo cuando algún vecino se asusta porque alguien cercano muere por Covid-19 y se le activan todas las alarmas, y en el afán de protegerse y proteger a los suyos, quiere saber quién más puede estar contagiado para mantenerlo lejos, señalándolo a “vox populi”, como si en el contagio estuviera escondida una culpa.  

Por otro lado, he sido testigo de personas amigas que deciden cuidar a algún amigo que se contagió y termina también contagiado y se cuidan mutuamente. He sabido de personas que trepan árboles para asomarse a la ventana de la habitación de hospital de un familiar para acompañarlo desde allí.  Un amigo cercano se contagió y estuvo delicado y su pareja, que también se había contagiado, se recuperó a la velocidad del amor incondicional y se dedicó a apoyarlo y cuidarlo hasta recuperarse. Todas estas personas, si bien no son héroes nacionales, sí lo son para ese ser querido para quien estuvieron presentes.  

Mi experiencia con el Covid-19 ha sido retadora. Unos días antes de que se decretara la cuarentena en Venezuela, una voz en mi corazón me dijo: propón en el ancianato hacer guardias con pernocta.  Yo, si bien no veía el camino hacia adelante, lo hice.  Hice la propuesta y me dijeron que sí.  En ese momento, muchos pensaban que iba a ser una situación pasajera que duraría seguramente unos tres meses y después todo volvería a la normalidad. Comencé a hacer guardias de 72 horas cuidando a mi mamá esa misma semana. A los días, en el ancianato prohibieron las visitas de los familiares y por obra y gracia del Espíritu Santo, como me había comprometido a hacer guardias de cuidadora, asumí todos los protocolos biosanitarios establecidos por el ancianato y ya voy para un año pudiendo atender a mi mamá a pesar del Covid-19.  En mi caso, asumí todas las restricciones de contacto para no contagiar a nadie en el ancianato y sólo a principios de enero, tomé conciencia de que, durante todo este año, yo también había estado en riesgo de contagiarme por el solo hecho de estar todas las semanas en el ancianato, expuesta a la comunidad.  

Estoy aprendiendo con esta experiencia que, si bien es necesario cuidarme, lo que me ha movido va mucho más allá del cuidado personal. Siento una energía mucho mayor que yo que está siempre allí presente, que me cuida y he decidido confiar.    Y es que el amor incondicional también tiene mucho de humildad.  Implica para mí confiar en esa fuerza, en esa energía que para mí es Dios, que está siempre disponible para ti y es la fuente de la que proviene ese amor que pasa por nuestros corazones.  El verdadero incondicional es él: nosotros somos sólo el canal.

El amor incondicional es una decisión y también una energía.  Soy yo el que decido si voy a abrir la puerta para dar paso al amor incondicional que viene de una fuente superior a mí, que nos sostiene, y confiar sabiendo que el otro también, si bien es parte de esta energía de amor, también decide si quiere o no quiere abrir su puerta a ese amor que disuelve las fronteras de nuestras circunstancias humanas.  Y “Entonces fue como si viese la belleza secreta de sus corazones, (…) la persona que cada uno es a los ojos de lo Divino.” (Thomas Merton).

Seamos Gentiles

Leonor Andrade Castillo

Cuidar a una persona en cama en un ancianato tiene su rutina y sus horarios.  Quizá por ello, con más frecuencia de la que quisiéramos, la inmediatez se contrapone a la gentileza, como si no hubiera tiempo para ser gentil.  

Ser gentil implica tener buen trato hacia la otra persona.  De acuerdo con un artículo publicado en el Diario ABC “La gentileza es una virtud positiva en las relaciones personales ya que la amabilidad muestra la actitud de respeto hacia el otro al querer cuidar los pequeños detalles para hacerle la vida agradable. La gentileza es una deferencia hacia la otra persona, a través de actitudes y detalles personales con los que una persona tiene cortesía.” (https://www.definicionabc.com/social/gentileza.php )

La buena noticia es que la gentileza se puede aprender con la práctica.  Implica observarnos para darnos cuenta si estamos centrados en nosotros mismos o si hay alguna emoción negativa en el momento que nos esté dificultando ser gentiles con la persona que tenemos enfrente. 

Esta semana, tuve una experiencia práctica con la gentileza.

Estaba bañando y cambiando a mi mamá y necesitaba voltearla. Le pedí que me diera la mano y ella me dio una y cuando le pedí que me diera la otra mano, se mantuvo agarrada a la baranda de la cama. En un momento, me dio la mano y cuando la halé hacia mí para que se diera la vuelta, rápidamente se agarró a la baranda tan fuerte como pudo y nos dolió a ella y a mí. Ella se puso brava y yo también.

Inmediatamente me vino a la mente Deva Premal cantando el mantra Lokah Samastha Zukinoh Bhavantu y cómo en su explicación del significado del mantra siempre añade al final:  «y que mis pensamientos, sentimientos y acciones contribuyan de alguna manera a la felicidad y libertad de todos los seres».

Comencé a repetir el mantra muy suavemente para mí misma, y cuando conecté con la energía y fui consciente de mi acción y de cómo no contribuía al bienestar ni de mi mamá ni el mío propio, le pedí disculpas a mi mamá y le compartí el mantra. Lo repitió conmigo varias veces y la energía cambió.

Ella me preguntó el significado del mantra. Le expliqué que el mantra decía: «Que todos los seres en todas partes sean felices y libres, y que mis pensamientos, palabras y acciones contribuyan de alguna manera a esa felicidad y libertad para todos».

A ella le encantó y en ese momento le dije: ¿Qué te parece si cada vez que te vayamos a bañar y cambiar cantamos el mantra Lokah Samastha Zukinoh Bhavantu? De esa manera yo estaré pendiente de ser amable contigo y no halarte la mano y tú estarás pendiente de no quedarte agarrada a la baranda de la cama con la mano y luego lanzarme una de tus miradas fulminantes. Ambas nos reímos y acordamos hacerlo.

Esa tarde, cuando la iba a cambiar, me repetí el mantra primero a mí misma y luego le dije a mi mamá: ¿Quieres que repitamos el mantra Lokah para que ambas seamos amables la una con la otra?   Lo hicimos y cuando le dije que me diera las manos sucedió algo mágico: sus manos estaban realmente relajadas y las soltó y yo también estaba consciente de mis acciones y podía darle la vuelta suavemente, siendo consciente de esperar a que ella me diera las manos.

Al día siguiente por la mañana lo hicimos de la misma manera y tuvimos un momento agradable. Repetir este mantra me conecta con mi gentileza y con mi conciencia de cómo mis acciones y la forma en que las hago contribuyen al bienestar de otros seres, en este caso mi mamá.  

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Confinamiento, Decisión y Libertad

Leonor Andrade Castillo

Me siento por momentos ansiosa.  Presa entre cuatro paredes del ancianato donde vive mi mamá y en el que permanezco varios días de la semana para cuidarla. En esos momentos me asaltan las ganas de salir, irme de tiendas, aunque no tenga nada qué comprar y conversar de cerquita con el vendedor. Siento ganas de visitar a todos mis amigos en un solo día y comer juntos y ponernos al día y sentir su cercanía, sus voces, su calor.  Me dan ganas de ir corriendo a mi consultorio y hacer sesiones a puertas abiertas con todo aquel que en este último año me ha insistido que quiere que hagamos sesiones presenciales.  Estoy consciente de que cuando esto sucede en realidad me siento presa no tanto del Covid-19 como de la represión, de los mandatos, de las limitaciones de movimiento, de sentir que no puedo hacer lo que quiero. 

Para mí la libertad ha sido un tema desde que me acuerdo.  Era niña, realmente pequeña y cuando mi mamá me ponía alguna restricción o me decía que no me daba permiso para hacer algo, yo siempre replicaba y preguntaba el por qué.  Recuerdo que mi mamá me inscribió en clases de ballet.  Tenía como 10 años.  Las clases eran una vez a la semana, en las tardes, en el colegio.  Yo no quería esas clases.  No me gustaba el ballet y por más que mi mamá alababa los beneficios del ballet yo sentía cada vez más rechazo.  Llegó el día y fui a mi primera clase y luego a la segunda y la tercera y no me gustaban.  Un día, en lugar de irme a la clase de ballet decidí irme caminando hasta el parque y descubrí que daban unas clases de tenis.  Me quedé esa tarde y disfruté un montón. A la semana siguiente decidí volver y así durante varias semanas y la verdad en ese rato se me olvidaba el tema de las clases de ballet, hasta que llegaba a la casa y mi mamá me preguntaba cómo me había ido.  Le mostraba vueltas y pasos que me inventaba al momento y así me mantuve hasta que del colegio llamaron a mi mamá para preguntarle qué pasaba que no había vuelto a las clases.  Ese día cuando llegué de la clase de tenis, mi mamá como de costumbre, me preguntó cómo me había ido en el ballet y yo, también como siempre, le mostré todo lo que había aprendido.  Ella me miró y me dijo: Has aprendido mucho considerando que no has ido más a las clases.  Se imaginarán mi cara de sorpresa: ¿Cómo que no he ido mami?  Ella sólo me miró y luego escuché, como en cámara lenta, que habían llamado del colegio para decir que no había vuelto a las clases.  ¿Dónde has estado todo este tiempo?  ¿Tienes conciencia del peligro?   Le conté lo que había estado haciendo y le repetí que no quería ir a clases de ballet y que había decidido irme a las clases de tenis porque no me había querido escuchar.  Hablamos y quedamos en que ella iría conmigo al parque a ver cómo eran las clases y que hablaría con el profesor de tenis y que no volvería a las clases de ballet.   Continué con las clases de tenis, esta vez sin hacerlo a escondidas. 

Rescato de esta historia que ante una situación que no me agradaba tomé una decisión.  Las clases de ballet seguían allí, pero ante lo que sentí como una imposición tomé la decisión de buscar otra opción que si me gustara.   

Decisión. Esa es la palabra clave aquí.  Qué es lo que decido ante lo que se me está presentando en el entorno.  Qué decido frente a las restricciones.  Y ojo que no decidir nada también es una decisión.  Frente a las restricciones, sean las que sean, al final, tengo la potestad de decidir cómo manejarlas y cómo manejarme.  Y es que entonces estamos hablando de dos dimensiones de la libertad: la libertad externa y la libertad interior.  

Contra la Indolencia

Leonor Andrade Castillo

Un evento cercano activó mi reacción hacia la indolencia y la posterior observación tanto de mí misma como del entorno.  Me movió la indignación y el dolor. Aunque me tomó un tiempo recuperar mi centro, logré transformar mi rabia en acción, observar con calma el panorama amplio de lo que estamos viviendo como sociedad en Venezuela y escribir mi reflexión para compartirla contigo.

Vinieron a mí imágenes de la inmensa cantidad de adultos mayores abandonados por sus familiares que salieron del país.  Algunos están en ancianatos abandonados por sus familias, otros viven solos en sus casas sin mucho apoyo y otros están abandonados en la calle. Me conecté con el sufrimiento de las familias que están viviendo el duelo por la muerte repentina de uno o varios de sus miembros por el Covid-19 o que están en pleno proceso de la enfermedad, (como en el caso de la cantante venezolana Soledad Bravo) y no tienen manera de costear el tratamiento y posible hospitalización y necesitan hacer campañas de recolección de fondos.  

Sentí el dolor y la impotencia de los cientos de médicos y enfermeras y enfermeros que literalmente les arrebatan la vida, y sus familias han quedado abandonadas a la buena de Dios, ante la mirada indolente del Estado y de una sociedad que está también desprotegida y no logra reaccionar.  Me llegaron las múltiples imágenes de docentes que llegan caminando a sus aulas porque lo que ganan no les alcanza ni siquiera para un pasaje y una vez allí están expuestos al contagio ya que no hay protección ante el virus porque las escuelas y liceos (sobre todos los públicos) tampoco cuentan con los recursos para preparar las instalaciones y hacerlas seguras para profesores y alumnos y todo el personal que allí labora. 

Pensaba en todas las familias que han quedado desmembradas por la violencia y la cantidad de mujeres que han sido víctimas de la violencia en este último año, en los refugiados que esta semana tuvieron que huir de la violencia a Colombia por los enfrentamientos en Apure.  

Y podría seguir y no alcanzarían las páginas y páginas de historias de indolencia que estamos viviendo a diario. Y podría engancharme en la crítica hacia la sostenida y característica indolencia frente al sufrimiento de los venezolanos.

Sin embargo, en lugar de ello, prefiero centrarme en mi convencimiento de que todo cambio colectivo comienza por un cambio individual, como nos dice el maestro Thich Nhat Hanh: «Transformar nuestra consciencia individual es detonar el proceso de transformación de la consciencia colectiva«.  

Esta indolencia que estamos padeciendo es una oportunidad.  Una oportunidad para observarnos a nosotros mismos y preguntarnos:  1.- ¿Soy indolente conmigo mismo?  2.- ¿Soy indolente con los que me rodean?  3.- ¿Cómo puedo hacerlo diferente?

Esto son los primeros pasos en el proceso de transformación individual en relación a la indolencia, que de uno en uno nos llevará a la transformación colectiva.

Algunos ejemplos de cómo puedo estar siendo indolente conmigo mismo pueden ser salir a la calle y estar en sitios públicos sin mascarilla y sin mantener el distanciamiento social. Cuando hago eso estoy siendo indolente conmigo mismo, en primer término exponiéndome al contagio y sus consecuencias. 

Un ejemplo de estar siendo indolente con otra persona puede ser cuando uno de tus vecinos se contagia y te mantienes indiferente o incluso asumes una actitud de rechazo y discriminación hacia la persona, pensando únicamente en ti mismo, sin considerar cómo pueda estar sintiéndose tu vecino o el apoyo que pudiera estar necesitando.  Otro ejemplo de indolencia hacia la otra persona es toparte con un vecino o amigo y que te diga u observes que está triste o tiene alguna dificultad y no tomarte el tiempo de preguntarle qué le sucede y escucharlo (esto se puede hacer manteniendo el distanciamiento social y con nuestra mascarilla).

No hay mayor aislamiento que nuestra propia indiferencia hacia nosotros mismos y hacia los demás.

¿Te has preguntado cuál es la otra cara de la indolencia?  Voy a compartir contigo un ejemplo del mejor antídoto contra la indolencia: la compasión.

Hace pocos días mi vecina cumplió años. La felicité y me contó que tenía el corazón chiquitico. El día de su cumpleaños salió a hacer una gestión y la llamó un familiar para felicitarla y le pidió que se acercara. No estaba de ánimo y sin embargo ante la insistencia accedió. Cuando llegó al lugar se encontró con que la hija, que emigró hace ya varios años, le había mandado unas flores por su cumpleaños y se había puesto de acuerdo con el familiar para que compartieran un desayuno especial. Se puso a llorar de la emoción y aunque no tuvo a su hija de cuerpo presente, sí la tuvo en intención, desde la empatía que sintió su hija que la llevó a tomar una acción compasiva, en pro del bienestar de su mamá.

Estamos viviendo momentos en los que los contrastes están a la orden del día.   Está en cada uno de nosotros tomar la decisión si queremos seguir por el camino de la indolencia o por el camino de la compasión, porque como expresa el Dr. Paul Gilbert: “La compasión es (…) poderosa, es contagiosa e influyente. Y de manera crucial, quizás sea el único lenguaje universalmente reconocido con la capacidad de transformar el mundo.”

Rechazo y Autoestima

Leonor Andrade Castillo

“El amor a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida.”  Oscar Wilde

El rechazo, aunque no lo creas, es una parte normal en la vida y a veces nos cuesta aceptar que no le vamos a gustar a todo el mundo.  

Todos nos hemos sentido rechazados alguna vez.  Nos puede rechazar una pareja (potencial o ya establecida), un amigo, un compañero de trabajo, nos pueden decir que no luego de una entrevista para un empleo que deseábamos conseguir o nos pueden decir que no a una aplicación para pertenecer a un equipo deportivo…hasta nuestro perro puede en un momento dado voltearnos la cara porque no quiere que lo besemos o lo apurruñemos en ese momento. 

Son innumerables las situaciones en las cuales nos podemos sentir rechazados y, literalmente, todos hemos sido y seremos rechazados más de una vez en nuestra vida.  El rechazo es parte normal en la vida y parte del camino hacia lo que queremos.  Si no tuviéramos estos bajones no tendríamos la oportunidad de aprender de ellos y tampoco nos sentiríamos en la cúspide cuando lo sí logramos lo que queremos.  

¿Te ha pasado que luego de que alguien te dice que no se te dispara esa vocecita interna que te critica y te dice que no estás a la altura, que si hubieses hecho esto o aquello no te estarían rechazando?  Que alguien te rechace no significa que no sirvas, que no seas lo suficientemente bueno y tampoco implica necesariamente que hayas hecho algo mal.   

¿Te ha pasado que estás en una relación de pareja y te esfuerzas por complacer a tu pareja, a todo lo que te pide le dices que sí, le haces los mejores regalos, cambias tus planes para atenderla, estás pendiente de tu pareja las 24 horas del día y luego te dice que no quiere continuar la relación?  No comprendes nada, y te sientes con el corazón destrozado, sientes que es injusto e incluso tratas de que lo reconsidere, y pasa el tiempo y estás pendiente de ver a tu expareja en las redes, y a cualquier señal, sientes que hay alguna esperanza de que quiera volver contigo.  

Cómo manejes tus relaciones (puede ser de pareja, de amistad o incluso de trabajo) y cómo asumas un potencial rechazo te puede estar mostrando que tienes la autoestima baja, que no te estas valorando como persona.  Es tiempo de aprovechar la oportunidad que se te está presentando y preguntarte para quécomplaces a la otra persona todo el tiempo, para qué quieres seguir en una relación con alguien que está diciéndote claramente que no quiere estar contigo.

Esta es una gran paradoja: mientras más complaces a la otra persona, más te rechaza. No es necesario complacer sin medida y ser como creemos que la otra persona quiere que seamos, aún cuando hay momentos en los cuales nos sentimos a disgusto con lo que estamos haciendo y hasta agotados.  No es necesario esforzarte de más para evitar que la otra persona te rechace.  A veces, este miedo al rechazo hace que pierdas de vista tus verdaderos sentimientos hacia ti mismo y hacia la otra persona.  Cuando complaces sin medida, te estás poniendo en segundo lugar, y si tú te pones en segundo lugar, es imposible, literalmente, que la otra persona te ponga en primer lugar.  Ya tú has cedido tu lugar. 

Hay un ejercicio de auto-observación muy efectivo.  Obsérvate en tu día a día cada vez que digas que sí a las peticiones de tu pareja o cuando quieras, antes incluso de que te pida nada, hacer algo que crees que le va a gustar o que crees que necesita.  Cuando digas que sí a una petición o vayas a decir que sí (sería muy bueno que pudieras observarte desde que tienes el pensamiento de decir que sí, antes de decirlo verbalmente) observa cómo te sientes a nivel de cuerpo. Si cuando digas que sí, sientes bienestar en todo tu cuerpo, sin ninguna tensión, tu cuerpo te está mostrando que ése es un Sí-Sí.  Si, por el contrario, dices que sí y sientes alguna tensión o malestar en tu cuerpo, éste te está indicando que hay una incomodidad, que no estás convencido de querer hacer eso. Ese es un Sí-No. Cuando dices que sí y realmente no lo deseas, en el camino, va a salir tu disgusto de alguna manera: puede ser en la forma que trates a la otra persona, o también puede salir en dolores o malestares a nivel corporal, o puede salir como frustración o rabia.  Es el momento entonces, de chequear que estás sintiendo y preguntarte si realmente quieres decir que sí. Observa qué sientes a nivel corporal. Tu cuerpo, a diferencia de tu mente, nunca miente y puede ser una excelente señal y punto de partida para darte cuenta de lo que realmente quieres y comenzar a transitar el camino de quererte tal cual eres, de ponerte en primer lugar, de decir sí cuando realmente lo deseas, sin necesidad de ser como crees que la otra persona quieres que seas ni hacer lo que la otra persona desea sin considerar lo que tú quieres. No necesitas convertirte en otra persona para que te quieran. Si quieres mejorar algo en ti, hazlo por ti y no para complacer a otros.  Sé tu mejor versión.

¿Quién se esconde detrás de la pantalla?

Leonor Andrade Castillo

Soy muy recursiva, expreso lo que me sucede y siempre encuentro una forma de salir del atolladero de turno. Escribo mensajes, grabo notas de voz, en las que comparto mis peripecias para resolver situaciones complicadas de mi vida cotidiana.  Me gusta compartir.  Soy muy sociable y hacer amigos se me hace fácil.  Soy creativa.  Me encanta un bochinche. Me encanta bailar y celebrar con los amigos. Soy solidaria. Alegre. Generosa. Ayudo. Soy amorosa con los demás y me encanta un abrazo.  Abro mis puertas a quien lo necesite.

Me llamo Venezuela.  Y esa es mi cara bonita.   

Solemos ver los aspectos que nos agradan de nosotros y que queremos mostrar a los demás como colectividad.  No obstante, también somos lo que no nos gusta, aunque no lo veamos de manera consciente. Tratamos de esconder lo feo para que los demás no lo vean, sin saber que mientras más lo escondemos más se derrama hacia afuera.  

Según Carl Jung, la sombra colectiva es una fuerza ciega que actúa en la psicología de cada sociedad. Por ello, también soy, y cada vez puedes verme más frecuentemente, agresiva y no amorosa como estaba acostumbrada a ser, intolerante con los demás en lugar de comprensiva y flexible, tramposa y abusadora en lugar de solidaria, incapaz de encontrar soluciones para los problemas de cada día en lugar de recursiva y resiliente.  Puedes escucharme insultando y diciéndole cosas feas a los demás a incluso a mí misma y también coleándome en las colas para la vacunación contra Covid-19, y para poner gasolina, por mencionar sólo dos ejemplos. 

Es duro ver nuestra sombra, pero una vez que la vemos y tomamos conciencia de nuestro extremo al que tememos tanto, podemos mirarnos y ser completos.  Y es que cuando somos amorosos escondiendo al agresivo, en realidad no estamos siendo amorosos en toda su dimensión. Mientras sigamos dedicando nuestras fuerzas a esconder la sombra, sea individual o colectiva, se nos va a mostrar con mayor fuerza cada vez.  Como cuando tenemos una botella de refresco y vamos caminando y la botella se va meneando en la bolsa y cuando llegamos a la casa y la abrimos, sale como una explosión hacia afuera, por la presión del gas.  Es como vivir con explosiones de botellas de refresco todos los días. 

Por ello Jung expresa que “lo que no se hace consciente, se manifiesta en nuestras vidas como destino.”

¿No somos entonces sociables, amorosos y recursivos?  Claro que sí.  Y también tramposos, agresivos y abusadores. Me dirás: Pero no soy así.  Yo nada tengo que ver con esa sombra colectiva de la que hablas. La sombra está presente en nuestras actitudes negativas, en nuestros pensamientos negativos y prejuicios hacia otros, en nuestras críticas hacia nosotros mismos y hacia los demás. La sombra colectiva la puedes ver en tu familia, en la organización donde laboras o con las que tienes interacción como supermercados, cines, farmacias, en las oficinas donde haces diligencias. 

La buena noticia es que en este momento el refresco está desparramándose por todos lados y tenemos muchas oportunidades para verla.  Observa lo que sucede contigo cuando la ves en acción.  ¿Sientes que no la puedes soportar?  ¿Sientes una rabia que te sobrepasa? ¿Se te revuelve la bilis?  Si es así, es posible que tengas algo de esa sombra colectiva. Mi invitación es entonces a que comiences a observar tus pensamientos, a observar tus actitudes hacia otros.  No es que vas a ser la copia exacta de lo que estás viendo afuera.  Puede que se manifieste en tu vida de una forma mucho más sutil o atenuada o puede que descubras al monstruo de la laguna negra y ahora, consciente de él, le puedes decir que lo puedes ver y comenzar un camino de hacer consciente al monstruo, y de esa forma ir logrando poco a poco que disminuya su tamaño, y puedas entonces cada vez que lo ves, decidir de manera consciente conectarte con tu parte amorosa. En la medida que todos vayamos trabajando nuestra sombra individual, contribuiremos a hacer visible la sombra colectiva y dedicar nuestra energía a decidir ser de manera consciente una Venezuela amorosa, resiliente y creativa.

Trabajar con la sombra requiere tiempo y en ocasiones la ayuda profesional psicoterapéutica. Si necesitas apoyo puedes contactarme por WhatsApp +58 4146387298 o por mail a leonorandrade29@gmail.com