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Frida en Madrid y nosotros en su obra

Mariana Marchena

‘Vida y Obra de Frida Kahlo: una exposición sonora y visual’ es el nombre del último proyecto artístico de las curadoras Roxana Velásquez Martínez del Campo, directora ejecutiva del Museo de Arte de San Diego, y Deidré Guevara, curadora de la exposición “Frida y yo” en el Museo Georges Pompidou de Paris, de la mano del Teatro Instante y @accionaexhibitions en Madrid. Un proyecto inmensamente mágico e inmersivo como le describen los críticos.

Mi relación y fascinación por Frida viene desde siempre, algún día mis padres conversando sobre sus idas a México en algún momento salió a relucir el nombre de Frida, y desde ahí como siempre de curiosa y fascinada por el arte comencé a averiguar sobre el personaje, con lo cual, cuando me hablaron de ella en el colegio en la asignatura de Historia del Arte algo ya sabía de ella, además que para ese momento —años 80— estaba  “de moda“, pues no fue sino hasta los 70 que se dio a conocer su obra fuera de Mexico con la venta de uno de sus cuadros en EE.UU., y también por el movimiento feminista que sacó a la luz obras de mujeres artistas. 

Poco a poco me fui obsesionando como con Dalí, Lorca , Buñuel, Chaplin y otros artistas. Todo esto con la precaria información que se podría encontrar en tiempos de no internet. Luego llegó a mis manos la biografía  “Frida”  de Heyden Herrera que es hasta hoy día una de las mejores biografías de la artista y me sumergí durante casi un mes en sus más de 600 páginas para quedar de una vez y por todas enamorada, embelesada y enganchada a la vida y obra de esta artista tan vanguardista y peculiar. 

Así que no podía dejar pasar la oportunidad de ir a esta exposición/obra de arte. Desde que entras al recinto están los ojos de Frida mirándote y una vez dentro del teatro que solo tiene unos cuatro bancos y un altar de muertos en el medio, se apagan las luces como un telón que se prepara para levantarse y dar paso a la magia, telón imaginario que te hace dudar si estás delante o detrás. Se encienden las luces los más de 40 reflectores de última generación, unos 2500 fotogramas animados la música nada más y nada menos de Arturo Cardelús, compositor y pianista nominado a un Goya, cuyas obras han sido grabadas por la Budapest Art Orchestra de la mano de su director de orquesta Peter Pejtsik y comienza la magia: momento en donde te das cuenta que eres parte del escenario. Son tres actos como las tragedias griegas.

La primera parte se corresponde con el esplendor de la artista y reflexiona sobre el papel social e intelectual que jugó Frida en su época. La segunda parte remite a un universo más íntimo: a sus raíces y amistades. Pero también dos acontecimientos claves: El accidente que tuvo a los 18 años en el bus y le atravesó la pelvis teniendo como consecuencias más de 30 operaciones, la imposibilidad de tener hijos y una cantidad de dolencias que le acompañarían hasta el último día de su muerte y el otro accidente… aquel que le atravesó el corazón, ese accidente llamado Diego Rivera. Y la tercera parte obedece y se relaciona con la Casa Azul, el lugar donde nació, vivió, pintó y murió.

Todo este despliegue de fotogramas, acompañados —como ya dije— con una banda sonora pertinente y otro elemento integrador y rompedor en los momentos de silencio por la voz en off de quien sería una supuesta Frida narrando su propia historia.

Confieso dos cosas, la primera que comencé parada y al cabo de unos minutos me senté en el suelo y me dejé llevar por la magia, tanto es así que me descubrí por momentos con la boca entreabierta disfrutando de todo aquello, intentando perseguir los fotogramas con mis ojos y cabeza sin darme cuenta que yo era parte también de la obra y que solo debía dejarme llevar. Y lo segundo es que me quedé y presencié una segunda función en la cual pude percibir todavía más cosas.

A ratos se podría hasta sentir la presencia de Frida, sus risas, su dolor, el amor por su Mexico, por la pintura, por los suyos y por, como ella misma le decía “el gordo panzón“, Diego Rivera. Pareciera este relato uno que haría un grupo fanático de los 60 dominado por LSD, pero no, les prometo que fue una experiencia onírica. Había personas de todas las edades y estilos incluso niños y hasta ellos se quedaban sentados en momentos serios y en momentos de color y alegría se paraban. La vibra fue contagiosa.  Esta puesta en escena que ya parecieran más comunes como hicieron con exposiciones con artistas como Gustav Klimt y Vincent van Gogh y ahora con Kahlo no son el futuro si no el presente y estoy fascinada de poder vivir estas técnicas tan vanguardistas que nos hacen viajar al pasado de la mano del futuro.