escuela de ideas/teatro

Nota XVI. El actor frente al texto (2)

Cultura y lectura

No todos los textos son tan complicados de entender como lo puede ser el “Fausto” de Goethe. El nivel de complejidad de un contenido literario tiene relación directa con la cultura del lector y, por supuesto, con su capacidad de comprensión.

Un texto existencialista de Camus o un soliloquio de Beckett, requieren más capacidad lectora que una bella pieza infantil,  deslumbrante en su sencillez. Además, hay distintos niveles de comprensión, que exigen diversas destreza.

Analfabetismo total significa desconocer los procesos de lectura; analfabetismo funcional significa tener una capacidad muy limitada de comprensión respecto al texto.  Solamente entender  que la estructura del drama clásico fue acuñada en la “Poética” de Aristóteles –Introducción, Nudo y Desenlace-, deja ver a un lector con referencias respecto a quién fue Aristóteles, qué es su “Poética” y, por supuesto, qué quiere decir  Introducción, Nudo y Desenlace en la acción teatral.

Pedir al actor capacidad lectora es algo básico. Su libreto, cuando está en proceso de montaje, es una especie de catecismo que debe aprenderse “al pie de la letra”; de hecho, no es absurdo pensar como la necesaria memorización del texto está ligada a su esmerada atención.  Cuando el actor cultiva el gusto por la lectura, abre su acceso a obras complejas que le elevan su nivel interpretativo; y sin embargo, el solo “duende” escénico puede aparecer y salvar la carencia aparentemente insalvable…

Se cuenta que cuando Richard Burton estaba filmando “Cleopatra”, llegó al set de grabación con toda la información posible respecto al personaje de Marco Antonio que le tocaba representar. Un actor “shakespereano” de su talla, además, ya venía con la preparación del texto y una propuesta de su personaje. Nada que ver con la actitud inicial de su compañera, la diva Elizabeth Taylor quien, sin tener mayor idea del libreto, estaba totalmente ocupada con el vestuario, el maquillaje y el estilo de su peinado tal y como como si fueran las pautas escritas más importantes; y sin embargo…  Cuenta Burton que cuando la Taylor se dejó ver en escena para ese primer ensayo, a pesar de que no pudo decir mayor cosa, ya era una completa Cleopatra,  lista  para la introducción, el nudo y el desenlace de la obra.

Apostilla:

Tres importantes conceptos del drama teatral:

Introducción: presentación de los personajes y las causas del conflicto escénico.

Nudo: el conflicto se desenvuelve hasta llegar a su punto crítico.

Desenlace: el conflicto se resuelve de modo feliz o infeliz.

Tales son las enseñanzas de Oscar Sambrano Urdaneta en su libro de “Apreciación Literaria”, donde también explicando la “Poética” aristotélica,  habla de la necesidad de “Unidad” de la acción propuesta en el texto. Pero eso es tema de otra nota.


Nota XV. El actor frente al texto(1)

Libreto y guión

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura, bien dice: “En la literatura siempre encontré la verdad de las mentiras”. Si damos una vuelta de tuerca a la observación, también podemos afirmar que en el teatro se encuentran mentiras llenas de verdad.

Esas “ mentiras llenas de verdad” marcan la trama o historia dramática y son la materia prima del texto u obra teatral escrita, que lleva impresa la trama con su estructura, los personajes y sus parlamentos;  el cuento esencial de lo que se representará en escena.

Bajo dos formas básicas se presenta el texto teatral: como libreto (término derivado de “libro”, con parlamentos exactos que el actor no puede variar); o como guión (término proveniente de “guía”, que el actor puede interpretar más o menos a su antojo). Estos términos, hoy en día, tienden a utilizarse indistintamente con el significado de libro que todos los involucrados deben leer y aprender, aunque el arte de la lectura no sea cosa fácil.  Toca el turno a una anécdota:

Matilda Corral, directora del Gimnasio de actores de Caracas, le mandó a leer un texto a una aprendiz amiga, que quería dar el paso de modelo a actriz. Se trataba del clásico “Fausto” de J.W. Goethe: “La verdad, te digo,  no entendí nada de nada, pero ahí voy… poquito a poco.”

(“Nadie aprende a comprender nada, a no ser que lo ame”,  así pudo haber coincidido con ella el propio sabio alemán Johann Wolfgang von Goethe)


NOTA XIV. El actor frente a sí mismo. Conclusiones y Haikus.

En su novela “Cincuenta vacas gordas”, Isaac Chocrón, maestro dramaturgo, deja una impresión acerca del mejor quehacer de un buen comediante o actor: “Supongo que eso es un buen actor o una buena actriz: alguien que te haga creer que está inventando lo ya aprendido”.

George Bernard Shaw, de su parte, también da una clave importante al respecto: “En el plano más alto de la representación teatral, no se actúa… se es”. 

Las dos citas anteriores apuntan en un mismo sentido: el actor o la actriz ofrecen sus cualidades prestas a “ser” en escena. Y como las cualidades (y los defectos) de cada quien van cambiando día a día, pues debe ser constante y continuo el proceso del actor de conocerse y reconocerse para  encarnar a plenitud un personaje.  En el manejo de su físico, de sus destrezas gestuales, de su voz, memoria, en desarrollar su intelecto y creatividad –la cultura y educación que conforma al individuo- están las claves para conciliar la paradoja del “ser y no ser” al momento de representar en escena.

Cuatro personales Haikus y un consejo Shakespereano, ayudan a terminar con este grupo de notas dedicadas al actor frente a sí mismo, y pasar a otro grupo de notas que lo enfoquen frente al texto dramático:

No tiene cara

Sus máscaras lo presentan

Actor  de vocación


¡Hipócrita!

Disimulas que simulas

Verdadera actriz


La cara en la luz

su mejor lado encaja

de actuar algo sabe


Carcajada final

Agridulce afinación

Puro teatro


El consejo “Shakespereano” viene de su propio Hamlet escénico: “Que la acción corresponda a la palabra, y la palabra a la acción”.


NOTA XIII. El  actor frente a sí mismo

La condición física y la presencia escénica

Gordo o flaco, alto o bajo, buenmozo o feo, intelectual o atlético,  viejo o joven (ponga también estas cualidades en femenino), toda persona puede aspirar a ser actor. Tres condiciones objetivas, distintas a las cualidades físicas, definen sus posibilidades escénicas: presencia, voz y “duende”.

La presencia ciertamente tiene que ver con las características físicas y la capacidad de utilizarlas para representaciones. En ese sentido, tatuajes, piercings y pintas estrafalarias –ya se mencionó- restan la neutralidad con que el actor debe ofrecer sus características. Mientras más natural y sin aditivos sea la pinta normal del actor, mejor. Se trata de presentarse sin disfraces, artificios ni complejos, al momento de dar sentido y posibilidad plena a la apariencia y a los gestos necesarios para construir un personaje.

En cuanto a la voz, ya lo hemos dicho, es un instrumento central. A través de ella se dicen los textos que definen a los personajes y a la obra misma. Su cuido se manifiesta mediante el dominio de la dicción, su desarrollo tonal y la capacidad de proyección; además,  en el entendimiento, convicción y  la comunicación del contenido de lo que se dice, va mucho de la sensibilidad, inteligencia y capacidad de memorizar del actor. 

El “duende” es una definición poética. Según Federico García Lorca “no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto”.

Puede hablarse de actores con aura natural para centrar la atención escena y actores eficientes sin esa cualidad. Y no mucho más puede decirse de esta especial gracia. Pero, si bien es cierto que hay seres capaces de iluminar a sus personajes, con independencia del nivel alto o bajo de la obra, también sucede que hay personajes que encajan totalmente dentro de las cualidades de un actor constante, dedicado, quien por fin exhibe algo de su escondido “duende”. Y mejor vamos a un caso de “duende” del mayor nivel.

Elia Kazan, director fundamental para el grupo del Actor´s Studio niuyorkino, cuenta que citó un actor para hacerle “casting” –prueba con vista a un futuro papel- un domingo en la mañana.  La cita era en la casa de Kazan. El actor, por confusión personal, apareció una hora antes de la acordada y consiguió al director moviendo unas cajas en el garaje. El director lo recibió pidiéndole ayuda; el actor se quitó la chaqueta y mientras lo ayudaba, fue contándole de la rumba de la noche anterior, de la cantidad de muchachas reilonas, de lo trasnochado que estaba, etcétera… Al terminar de mover las cajas, el actor recordó que no solo estaba allí para mover cajas, sino para el “casting”. Kazan le respondió: “No te preocupes. Ya vi lo que tenía que ver en el poder de tus músculos, en la contundencia de tu voz y en la masculinidad de tus gestos. Estarás muy bien en la pieza”.

“Algo del personaje debe estar en el actor desde el comienzo», tal  el credo de Kazan al buscar, para hacer de Stanley Kowalski , a un actor con una condición brutalmente masculina. La pieza de estreno era “Un tranvía llamado deseo” de Tenessee Williams. Y el actor que ganó el personaje, pues Marlon Brando.


NOTA XII. el actor frente a sí mismo

Comediante o Actor

Sí usted cree que comediante es quien se dedica a la comedia y actor quien se dedica a la tragedia… pues para algunos teóricos del teatro, usted puede estar equivocado.

“(…) el actor, menos alejado de sus tendencias instintivas, impone vigorosamente al personaje su propia personalidad física y moral, y el comediante se olvida de mismo en la composición de su personaje”. Así sostiene la diferencia entre uno y otro André Villiers, teórico francés, en su libro “El arte del comediante”, y agrega un comentario de su compatriota Louis Jouvet: “El actor solo puede interpretar ciertos papeles; los demás los deforma a la medida de su personalidad (…) el actor habita un personaje, el comediante es habitado por él”.

“Habitar un personaje” es una bella idea metafórica, pero justamente imprecisa como toda metáfora. El personaje  existe en el libreto y desde allí ofrece sus líneas y características. El actor (o el comediante) lo examina y ve si quiere  encarnarlo; es decir representarlo.

Parece mejor utilizar el verbo “encarnar” que “habitar” el personaje, aunque sí es claro como algunos actores parecen imponer su personalidad propia al personaje que van a representar, y otros –comediantes-, pues prefieren convertirse en lo que el personaje del libreto les marca como tipo o personalidad escénica.

Es de Émile Littré, lexicógrafo francés, otro foco de interpretación de los términos tal vez antiguo pero más conciliador: “Actor se refiere a las personas que actúan en la pieza (…) Comediante se refiere a la profesión”.


Undécima nota. El actor frente a sí mismo
Simular o crear.

“Simular”, “disimular”, “fingir” son definiciones verbales que, para algunos, desdicen el quehacer del buen actor. Preferibles lucen las ideas de “encarnar” o “crear un personaje”. Hay un término medio entre ambas visiones , que merece destacarse.

Por un lado, se refiere al actor que exhibe el sublime “don y privilegio de crear vida” –según el criterio del maestro Leonardo Azpárren-; de allí que conservemos en nuestra imaginación los  mejores personajes que el actor crea. En ese sentido, Jacques Copeau, director frances de actores, alguna vez afirmó: 
«Podemos decir que no es intentando reproducir los signos exteriores de la pasión observados en un rostro, ni observando la alteración de su propia cara en un espejo, la forma en que el actor regulará la intensidad de su expresión dramática. Tendrá que conocer desde dentro las pasiones que expresa, sea a través de la experiencia personal, sea  mediante esa suerte de adivinación personal propia del artista. «

Por otra parte, las definiciones con una irónica sublimación del carácter de “simulador” o “disimulador” –la nota anterior se dedicó al “hipócrita”, según el actor Manuel Dicenta- , parecen contradecir la pura y artística creación histriónica. 

Tal vez en  la poesía de Fernando Pessoa consigamos el auxilio de un necesario y muy lírico término medio – Autopsicografía, lo llama Pessoa- entre ambas posturas:

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,
a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido,
sino sólo el que no tienen.

Y así en la vida se mete,
distrayendo a la razón,
y gira, el  tren de juguete
que se llama corazón.


Décima nota: el actor frente a sí mismo

El actor declara lo que él mismo es.

El 20 de febrero de 1957, Manuel Dicenta, primer actor español, dictó una conferencia en el Ateneo de Madrid. “Lo sustantivo y lo adjetivo en el espectáculo dramático” fue el rimbombante título de aquella conferencia con ingeniosas y esclarecedoras ideas:

“El actor -modo y no moda- surge por la necesidad de difundir, re-creándola, la obra del autor. Sin embargo, no es la de “actor” la denominación que más nos conviene, ya que lo mismo es actor aquel que ejecuta una acción como el que a ella concurre. De todos los nombres con que se nos señala -cómico, comediante, histrión, etc.-, ninguno tan exacto a nuestro entender, como el “ypocrités” griego.

Hipócrita, esto es, simulador, el que finge; porque… qué otra cosa es el actor que un ser destinado a simular, a fingir,lo mismo el dolor que la alegría, cada cosa en su momento, y según el texto que el autor le entrega?

Simular, fingir, es, pues, nuestra primordial misión, desde nuestro alborear en el carrillo de Tespis hasta el complicado engranaje de los nuevos tiempos y las nuevas formas. Que este fingimiento, que está simulación sean perfectos dependerá de nuestra inteligencia, cuando no de nuestra sensibilidad; pero en lograrlo ha de consistir nuestro empeño más noble. Disimular la simulación: |he aquí la verdadera médula del comediante!”

(Aquí, supongo, hubo aplausos del público para el conferencista: “hipócrita”comediante, Manuel Dicenta).


Novena nota:el actor frente a sí mismo: El gesto.

Ramón Díaz Sánchez, ilustre hombre de letras venezolano, escribió teatro. En “La casa”, su obra de 1945, hay un personaje principal llamado “Mamá  vieja”, imagen misma  de la decrepitud, que aparece en los dos primeros actos en una silla de ruedas y no habla. Los gestos y el lenguaje corporal de la actriz, sin embargo, convierten a Mamá Vieja  en personaje mítico, dueña de una casa próxima a convertirse en herencia.  Hay también, en la misma obra, tres muchachas llamadas “Las tres Gracias” -rocheleras y mudas-, con condición de musas prestas a simbolizar y dar ritmo a las escenas. 

De mudos y personajes con dificultades para expresarse está lleno el teatro universal. de hecho, el arte de representar solamente con el gesto ha dado mimos de renombre (Marcel Marceau, tal vez el más famoso para el teatro delsiglo XX, ya que Buster Keaton y Charles Chaplin fueron mimos del cine). Pero so solo es arte de mimos la expresión corporal en el teatro.

El actor, ciertamente, trabaja con su voz, pero su gesto, a la par de su voz, debe  acompañarlo para dar presencia y verdad escénica al personaje que representa; de allí que los  métodos de formación actoral, conceden primordial importancia al desarrollo de las cualidades físicas del actor -danza, expresión facial y corporal- para así darle plenitud de posibilidades. 

Lejos parecen quedar los días de comienzos del siglo XX,en que la escena retórica pura sustituía al gesto escénico:

-Por fuera ella es suave, como la seda -decía galán de la comedia, -pero por dentro es dura como el hierro…

(don Ramón Valle Inclán, presente en la representación, alzó su contundente voz: “Pues eso no es una mujer… eso es una sombrilla!”)


Octava nota:el actor frente a sí mismo : Saber y expresar

Cuenta Alfonso Reyes, máximo intelectual mexicano, que su compatriota Ricardo Gutierrez Abascal, crítico de arte, se encontraba atemorizado justo antes de tomar la palabra en una conferencia. El filósofo español José Ortega y Gasset también  estaba allí con ellos.
“Nunca he hablado en público. No sé cómo debo hacer…” confesó Gutiérrez Abascal. Lo oyó Ortega y Gasset,  y ,contundente,  le recomendó: “pues sea usted histrión”

El término “histrión” siempre está referido a la actuación, aunque muchas veces se le confiera la imagen negativa de cierta afectación o exageración expresiva.

Lo que se dice frente a otros puede o no complementarse con exageraciones o gestos afectados, pero es crucial “saber” sobre el tema que se habla, en el contexto en que se dice. Y ese “saber” no sólo debe ir referido a lo que histrión leyó, investigó y memorizó con atención; es un saber principalmente referido a que cosas que le “saben” a algo; al aprendizaje  en cuanto “aprehender” un tema, regla de oro del buen escribir según el
Maestro Azorín, y, también, esencia misma de la honesta representación  escénica. 

El espectador espera un discurso con carga intelectual, pero también con fuerza sensorial, emotiva, de parte de ese  “histrión” realmente presto a convencer, a pesar de  sus afectaciones y exageraciones:

“El actor frente a sí mismo tiene un reto de honestidad. Y de comprender que también le habla al espectador”, nos dice Leonardo Azparren Giménez, eminente maestro  y crítico teatral venezolano.


El actor frente a sí mismo
La memoria. 

Noel Coward -dramaturgo, actor y director inglés- predicaba un sencillo consejo a los jóvenes actores: “apréndanse el texto y no se tropiecen con los muebles del escenario”.

En cuanto a los actores profesionales,  el mismo Coward ya no les aconsejaba no tropezar con los muebles, pero sí aprenderse perfectamente el texto de la obra antes del primer ensayo. Por supuesto que su compañía estaba conformada por pocos y muy “memoriosos” artistas que aceptaban tan terrible imposición. 

La memoria es una cualidad extraña, casi insondable, esencial para quienes se dedican a la representación teatral. 
Hay quienes tienen memoria fotográfica, que fijan el texto como imágenes de sus páginas (pueden “leer” el libreto en su mente, sin necesidad de tenerlo en físico); hay quienes fijan el texto entendiendo el contexto; hay quienes memorizan “kinestésicamente”, a través de sus movimientos en la planta escénica; hay quienes aplican reglas nemotécnicas que adquirieron en cursos; está también la escolar forma de leer y repetir, de escribir “planas”  una y otra vez…

Muchas son las formas de memorizar y dependen de las cualidades del actor quien, en esta materia, debe también conocerse a sí mismo para lograr la destreza necesaria para fijar en su mente sus líneas en un plazo prudencial (afortunadamente, no hay tantos directores que apliquen el método Noel Coward). 

Una advertencia esencial para el tema de la memoria:
El lorito real repite lo que oye sin saber lo que dice.
El actor, a través de su personaje, repite lo que ha leído sabiendo lo que dice (bien saben y sienten lo que dicen los buenos actores quienes, también, saben escuchar)



Quinta nota de actuación. El actor frente a sí mismo
La voz.

Constantin Stanislavsky

 
Constantin Stanislavsky, en su libro de memorias, declara el canto diario como ejercicio central para mantenerse en forma actoral.  Stanislavsky, de seguro, no era cantante, pero sí conocía cuán importante era la adecuación de la voz para el actor. Del mismo modo, la gran diva de la ópera María Callas, reconocía la importancia de actuar el canto cuando recomendaba: “antes de cantar una sola frase, debes siempre prepararla en el rostro, y entregarle la cara al público habiéndola leído en tu mente (…) Debes siempre pensar y preparar la frase en tu rostro y luego interpretar (…)”

Primero, el Actor debe examinar el rango general o tesitura de su voz: si es aguda, media o grave.  En el canto lírico a las cantantes de registro agudo se les califica de sopranos; a las de registro medio “mezzosoprano” ( rango intermedio), y a las de registro grave, contralto… en el caso de los cantantes, pues el registro alto pertenece a los tenores ligeros, el registro medio a los tenores dramáticos o barítonos y el registro grave a los barítonos-bajos o a los bajos. 

María Callas

Segundo, Tres registros de la voz debe examinar el actor luego de ubicar su respectiva tesitura: el registro grave, el registro agudo y el registro intermedio con que puede emitir la voz cómodamente.

Con independencia de su tesitura, son muy importantes los ejercicios  de canto y declamación en los tres registros (agudo, grave e intermedio, dentro de la cualidad vocal de cada quien. En este sentido cabe resaltar que esos tres registros de emisión de voz, los tienen sopranos, mezzosopranos, contraltos, tenores, bajos y barítonos, cada uno, por supuesto, dentro de su tesitura vocal.

Un consejo: tomar poesías de su gusto y declamarlas en sus tres registros distintos -dentro de su tesitura, por supuesto- para que capte cuál es la emisión más adecuada  para cada poema.  
  Algo más de la voz, su potencia de emisión y articulación en la nota que sigue.


Cuarta nota de actuación: El actor frente a sí mismo (3).  El espejo y la máscara. 


El espejo no es aconsejable para montar un personaje, pero sí es útil para reconocerse , identificar la presencia posible en las cualidades físicas propias.  

Manuel Mujica Lainez, narrador argentino, escribió y se describió:


“Nadie tan desconocido físicamente, para un hombre -fuera, por supuesto, del que es un Narciso total-, como él mismo.
A los demás los está viendo, examinando, analizando, en todo momento,mientras que a su propia estructura sólo la tiene delante cuando se afeita: el resto del día se le escapa. De ahí procede su sorpresa, su espanto (mi sorpresa, mi espanto), cuando de súbito se enfrenta consigo, por ejemplo, en la cárcel de un ascensor. Tarda un segundo en adaptar, en adecuar esa imagen -tan distinta- a la que él mismo se ha elaborado… mucho menos desagradable. Luego, no bien huye de la prisión del espejo, su sentido de la conservación recupera, espontáneamente, la auto-imagen perdida y, aliviado, prosigue su andanza con los descartados rasgos que Dios le dio, hasta la próxima trampa de espejos.  Por lo menos, es lo que a mí me sucede. “

Mujica Lainez, ciertamente, no era actor. El actor, sin ser un “Narciso”, debe  conocerse físicamente. Debe analizar, ver con todo detalle a los demás, pero el espejo del ascensor no le significa cárcel sino pequeña prueba de su presencia y gesto hasta la próxima trampa de espejos, que le permitan examinar las posibles máscaras de sí mismo  a partir del conocimiento de sus cualidades y condiciones:  expresiones faciales, mejores y peores ángulos, pelo, peinado,torso, brazos, manos, piernas, espalda, nalgas, pies… 

El espejo -especialmente el íntimo espejo del baño- acepta juegos, extravagancias y revisiones de actitudes, posturas, jugueteo, etc… (piercing y tatuajes son enemigos del actor. Le restan posibilidades de enmascaramiento futuro, por estar tan a flor de piel como lunares difíciles de maquillar).

Complementamos  la revisión del espejo con la palabra  “máscara” -que en tiempos antiguos significaba “persona”-para acentuar el proceso de encarnar un personaje escénico,  mediante los “enmascaramientos” que el actor, con el conocimiento de su físico frente al espejo, ha venido desarrollando naturalmente. Se trata de dotar a su físico de un arsenal de posibilidades interpretativas ya examinadas en solitario. Cosa muy distinta a comenzar a buscar máscaras en el espejo para llegar a un personaje concreto; eso es parodiar (acaso método útil para cierto tipo de comedia), y la parodia casi nunca sea la mejor máscara  de un buen actor:
“una “personalidad” es una MÁSCARA; algo de “desindividuar”al individuo; que le convierte en síntesis de sí mismo y de otro”, decía el crítico y filósofo Eugenio D’Ors… “

“Dadle a un hombre una máscara y os dirá la verdad” decía el dramaturgo Oscar Wilde 
(y mayor verdad dirá, cuánto mejor actor sea, nos atrevemos a complementar)


 Tercera nota de actuación:El actor frente a sí mismo


En una clase  de actuación el profesor pidió a los alumnos que definieran qué era un mago.  varias fueron las respuestas: “Uno que hace trucos…” “Quién se dedica a las ilusiones escénicas”… “el que aparentemente hace cosas imposibles en escena…”, etcétera. Terminada la ronda el profesor dictaminó: “un mago siempre es un actor que representa el papel de un mago…”

La vuelta de tuerca de la enseñanza está en que siempre, magos o no, estamos representando un papel. Al levantarnos y escoger pinta para vestirnos y estilo de presentación: al ir al trabajo y tomar postura frente a jefes, subalternos y clientes, al ir a una reunión o fiesta con amigos o amigas… al ser mago o actor de una comedia o drama.        “Conócete a ti mismo”-máxima de Quilón, el Lacedomonio- es una clave esencial para ofrecer nuestra persona a los demás, y con más razón si nuestra persona se dedica a representar a otros frente a un público.  El actor frente a su físico es tema de nuestra siguiente lección.


Segunda nota de actuación: el actor frente a sí mismo

Denis Diderot, enciclopedista francés, escribió el libro esencial para el arte del actor: La paradoja del comediante. Allí Diderot, tomando lecciones de los clásicos griegos, plantea el dilema esencial del actor: “soy yo, pero no soy yo”.

El personaje en las tablas tiene personalidad, drama y trama, condiciones de vida, relaciones distintas al actor; por lo tanto el personaje no es el actor, pero… el físico, la voz, las condiciones expresivas e intelectuales del personaje en escena  son del actor. Entonces … es o no es?     

Parece que quien se toma demasiado a pecho el conflicto de su personaje, pues lo desvirtúa y ridiculiza; sí por el contrario, racionaliza en extremo su condición de en verdad no ser el personaje, pues cae en el hielo.

Todos los métodos y escuelas tratan de precisar instrumentos, herramientas, para encontrar el aristotélico “término medio”, ese “ser y no ser”, en la justa medida.  Jorge Luis Borges alguna vez describió al actor (o a la actriz) como “una persona que finge ser otra frente a una audiencia que finge creerle”.

A pesar del ingenio de Borges, la mayoría de los actores no gustan mucho del término “fingir” para describir su oficio… pero entienden lo que Borges quiso decir.


El Gesto y el texto.

Primero (el principio):

“Lo más hondo del texto es aquello que el autor olvidó decir y que sin embargo está dicho.”  José Balza

Segundo (texto):

La Woolf mira a la Terry

Mira Virginia Woolf desde sus letras, a la Ellen Terry, actriz, que a sí misma se analiza en su modesto retiro.  De pronto, un rayo de sol vespertino cae sobre la vieja silla de la cocina, donde absorta luce la Terry. Un silencio dramático da el rayo de luz a la escena.

“Gracias a Dios por mis ojos”, declama desde su silla la iluminada actriz. F.Pacanins

Tercero:

Gesto: Ellen Terry, ya vieja, recibe a Virginia Woolf en la cocina de su casa.

Texto: “Gracias a Dios por mis ojos”

Lo que el autor olvidó decir (o dijo entre líneas) y que la actuación apropiada dirá:  Ellen Terry es una gran actriz… eso lo demuestra al acomodarse en la silla de la cocina y dar Gracias a Dios por sus ojos…

Conclusión:

El gesto precede al texto y luego lo acompaña inseparablemente: principio rector del actor