cuento cuentos

Un cuento de Familia

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Había una vez un sapo horroroso que vivía en la espesura del bosque, porque en los bosques siempre hay una espesura. Era feo hasta más no poder y lo más grave era que lo sabía. Viendo su reflejo en un pocito se sentía casi como Ricardo III, sólo que mucho peor, pues Ricardo –aparte de la joroba- no tenía protuberancias, tuturitos y verrugas… y después estaba esa cosa tan anfibia y tan desagradable: eso de estar siempre frío y mojado. El sapo se sabía repugnante y tenía la certeza de que todos los demás animalitos de la foresta poseían la misma apreciación de él.

            Entonces resulta que vivía en ese mismo bosque un ciempiés maravillosísimo, elegante, sedoso y etéreo, que se deslizaba como una alfombra voladora. Fuisssss… fuisssss… Con gracia coreográfica iba de ramita en hojita y de hojita en flor. ¡Y todos los demás animales, viendo hacia arriba, exclamaban arrobados: “¡Que grácil! ¡Qué armonioso! ¡Qué coordinado, perfecto y espectacular!”. Hasta un perro que pasó por ahí y lo vio, dijo: “¡Guao!”.

ILUSTRACIÓN: XULIO FORMOSO

            Y el sapo, abajo en un charco, lleno de barro y de moho, y con un moscón pegado en la cabeza, rumiaba su odio infinito y su envidia corrosiva. ¡Algo tenía que hacer para acabar con tanta belleza!

Salió el sapo todo empegostado del lodazal, se le acercó al ciempiés y le preguntó como quien no quiere la cosa:

Oye, amigo ciempiés, yo te he estado observando y te tengo unas cuantas preguntas. Cuando tú levantas tu primera patica… ¿en dónde tienes la número veinticinco? Y en ese momento… ¿qué estás haciendo con la cincuenta? ¿Y acaso la setenta y cinco sólo la arrastras? ¿Y qué me dices de tu patica número cien?… ¿Ésa cuándo es que la levantas?

El ciempiés abrió la boca y pensó. O pensó y abrió la boca. Y no se lo pudo explicar al sapo. No se lo pudo explicar a sí mismo. ¡Y lo más triste del mundo: nunca más pudo volver a caminar con naturalidad y donosura! Ahora cojeaba de las paticas 13 y 17;  la 88 siempre le pisaba el talón a la 86 y ésta, sin querer, terminaba pateando a la 84. A la 47 le dio como Parkinson. A la 33, calambres. Y la 99, en vista de que todo estaba así, resolvió bailar tap por su cuenta.

            Hoy he sido invitada -¡qué honor!- para que en tres minutos dé una definición de lo que es “el humor” en este Foro Social de Humoristas con el Doctor Zapata.

            …

            ..

            .

            Yo no sé lo que es “el humor”. ¡Es más, yo no quiero ponerme a pensar en lo que es “el humor”! Capaz que voy y pienso… y después no puedo escribir más nada, más nunca, en la vida.

            Humor son las películas de Charles Chaplin; humor son los escritos de los hermanos Aquiles y Aníbal Nazoa; humor son ciertos pasajes de “El día que me quieras” de José Ignacio Cabrujas. Humor son estos señores tan serios que están aquí. Humor es Zapata con sus cuarenta -¡40!- años de Zapatazos-nuestros-de-cada-día. Eso es humor.

            Y había una vez un periódico que se llamaba “El Nacional”. En mi casa se leía con devoción y entusiasmo. Mi mamá decía: “¡Qué extraordinario este artículo de Miguel Otero Silva! ¡Y qué delicia leer Letra y Solfa de Alejo Carpentier!”. Yo, la verdad, nunca leí nada eso. Claro, había un detalle: yo estaba en kínder y todavía no sabía leer. ¡¡¡Pero un buen día apareció una sección infantil!!! Era un recuadrito dedicado a nosotros, la gente menuda, que nos pasábamos todo el día en el colegio haciendo planas: Mi Ma Má Me Mi Ma El Ma Pa De Mi Pa Pá; planas y “dibujos libres” también. ¡Pero ahora nos habían dedicado un espacio el diario! Era un dibujito de un señor que se llamaba comiquísimo, como zapato, pero Zapata. 

Para aquel entonces ya yo conocía a Aquiles Nazoa y pensaba que era un hombre riquísimo, todo un potentado, porque su casa estaba llena de papagayos, de patines, de muñecos, de sombreros y –lo máximo- ¡varios caleidoscopios!  Pero así como yo creía que Aquiles era un millonario, a mí ese señor Zapata, la verdad es que daba mucho dolor. Pobrecito –me decía- él no debe de tener dinero para comprarse una caja de Prismacolor. Entonces yo agarraba mis creyones y le coloreaba sus Zapatazos para que se vieran más bonitos. Y los coloreé por aaaños, hasta que me los empecé a leer y comprendí que no sólo eran para niños, sino para gente grande también.

            Hoy, emocionadísima, le traigo estos Zapatazos muy coloreados y el puñito de Prismacolores que me quedaban de sexto grado.

            ¡Gracias, Pedro León, por 40 años de humor!

¡¡¡ Y QUE VIVA ZAPATA!!!

Caracas, 4 de abril del 2005/ Foro Social de Humoristas con Zapata/ Sala A del Ateneo de Caracas


Lógica matemática

CarolinaEspada / @carolinaespada

            «Zebra», con zeta, se ve más africano, más exótico y más salvaje, eso es innegable. Además, la Real Academia Española la acepta a regañadientes, pues pone: «Zebra. f. Cebra». Y, por si fuera poco, la «z» tiene mayor relación visual  (más «video») con esas líneas transversales y diagonales y horizontales que adornan al caballito. Por cierto… ¿es blanco con rayas negras o es todo negro con un estampado blanquito?

            El tiburón («Voz Caribe». m. Zool. Escualo.) es un pececito feroz que, a cada rato, está mudando la dentadura «de leche», más bien de “leche de mar”.   Es por eso por lo que, en las tiendas-trampas-para-turistas, venden tanto collar con dientes de pez mordelón.

            Los submarinistas son unos mamíferos acuáticos que se dividen en varias categorías. Hay de los que asumen el riesgo como «¡ay, yupi, vamos a ver qué inventamos ahora, vamos pa’ lo hondo!», hasta unos, muy serios, que se dedican a la investigación científica. Un grupo de estos últimos, hace ya algún tiempo, hizo el siguiente experimento: en una piscinota pusieron una docena de tiburones sin almorzar. Era un «ambiente controlado». De no haber sido gente de ciencia, se hubieran puesto aspaventeros, truculentos y melodramáticos, y habrían asegurado que se trataba de un «estanque infestado de monstruos marinos, depredadores, híper dentados, de voraz apetito, nulo roce social y escaso sentido del humor». Y, otro «por cierto»: ¿por qué será que siempre se dice estanque-infestado, preciado-líquido, ignorancia-supina, flamante-carro, enano-siniestro, bajos-fondos, tórrido-romance, madre-abnegada, fino-obsequio, risa-contagiosa, apreciado-lector, rienda-suelta,  craso-error, pavoroso-incendio, drásticas-medidas, vil-metal, tremendo-tipo, paloe-mujer, fuerte-aplauso, madera-fina, vuela-alto, breve-pausa, sinceros-deseos, emoción-indescriptible, cabo-suelto, penosa-enfermedad, destino-cruel, ardua-labor, vacaciones-inolvidables, merecido-descanso, sensacional-oferta, liquidación-total, señora-esposa, santo-varón, noble-bruto, opípara-cena, sueño-reparador, éxito-rotundo, empinadas-cumbres, venerable-anciano, torrencial-aguacero, caluroso-recibimiento, ardiente-verano, loca-pasión, duda-razonable y cajita-feliz?

El estudio en sí

            Etapa «A»: los submarinistas, con trajes de goma completamente negros, fueron atacados por los tiburones. Ñam.

            Etapa «B»: los submarinistas, algo maltrechos y ahora trajeados de blanco elástico e impoluto, volvieron a ser atacados. Doble ñam.

            Etapa «C» (y va la vencida…): los submarinistas -a punto de tirar la toalla emparamada y la bombona de oxígeno- se enfundaron en unos wet suits con listas blancas y negras… ¡y no fueron atacados! ¡Por el contrario: los tiburones los rehuían!

            Conclusión del experimento: «Tiburón no come zebra».

            Y tiene que ser verdad, pues… ¿cuándo se ha sabido de una zebra que haya sido comida por un tiburón?


Chito y sin discusión

Al Profesor Oscar Sambrano Urdaneta

In memoriam

CarolinaEspada / @carolinaespada

Un jefe civil o un gobernador o uno con peso específico ahí (llamémoslo “Azuaje” por decirle de alguna manera) nombrado a dedo -claro está- por el General Gómez, pidió audiencia al Benemérito para participarle un desconcierto, un estupor y una molestia.

_ ¿Qué me le pasa, Azuaje?

_ ¡Figúrese mi General, el secretario que me asignaron no sabe leer ni escribir!

_ Ujúm…

_ Pero Usted se imagina, mi General, ¿cómo hago yo con un asistente que no conoce ni la “i” por el puntico?

_ Ujúm…

_ ¡Esto no puede ser! ¡A esto hay que ponerle remedio!

_ Ujúm…

_ Y antes de tomar una medida drástica y definitiva, me pareció que lo más prudente era consultarlo con Usted.

_ Ujúm…

Una pausa grave. Un silencio apenas roto por una mosca que se daba cabezazos contra uno de los vidrios de la ventana. Una brisita tibia se coló por el postigo y movió levemente la cortina de tul. La mosca se quedó quieta, aturdida. Muy a lo lejos se escuchó un claxon. Hacía calor, demasiado calor y ya no había más brisa. Entonces, la silla de Juan Vicente Gómez crujió.

_ Mire, Azuaje, ¿usted sabe leer y escribir?

_ ¡Claro, mi General! ¡Por supuesto, mi General!

_ Entonces vuelva para su pueblo, a su asistente le da su cargo y usted se pone de secretario.

Esta anécdota jocosa y socarrona la han contado desde que, supuestamente, este episodio ocurrió. Pero… ¿y después? ¿Qué pasó con Azuaje?… Fantaseemos con que volvió a San Rafael de Zurpe (bauticemos así al pueblito) y acató las órdenes del dictador (¿cómo no hacerlo?). Camejo (digámosle “Camejo” a su subalterno analfabeto para poder referirnos a él) no podía dar crédito.

_ ¡¿Qué ahora yo voy a ser el jefe… el jefe suyo, Licenciado Azuaje?!

_ Y yo, su secretario, Camejo.

_ Pero es que yo no sé ser jefe.

_ No importa, que yo sí, ser secretario.

Transcurrió un año y Zurpe era un ejemplo para todas las gobernaciones y jefaturas civiles de la gran hacienda de Gómez. Camejo, siempre ignorante, se llegó a creer que él merecía el cargo y comenzó a caminar con un tumbao entre guapo, apoyao y sabrosón.

-Mire, Azuajito, hora de que me empiece a llamar “Licenciado Camejo”.

 Azuaje hacía el trabajo de ambos. Lo peor era el salario: Camejo ganaba una suma enorme y a Azuaje apenas le alcanzaba el sueldo para mantener a su esposa y a sus cinco hijos. Y pidió un aumento,  lo volvió a solicitar,  insistió una vez más y hasta llegó a rogar por él. Camejo, harto y engreído y gordo (con un rollito de grasa en la nuca, que le había comenzado a crecer desde que se autolicenció), se fue a ver al Benemérito.

_ Perdone que lo incomode, mi General Don Juan Vicente, pero es que yo no sé qué se está creyendo Azuajito; él quiere que le aumente la paga y anda con un llantén y un pujo y que si la mujer y los carajit…

_ ¡Chito! De ahora en adelante usted le da a Azuaje su sueldo, el suyo, Camejo, y usted cobra lo que ha estado ganando él.

_ ¡Pero si eso no alcanza ni para…!

_ ¡Chito, le dije! Usted siga siendo jefe y no me vuelva más para acá.

Y así, el incompetente siguió “jefeando” y al letrado, al menos, se le hizo la vida un poquito más llevadera.


Vestida para agitar

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Estoy buenísima. Claro que sé que estoy buenísima. Tengo 22 años, no uso medias panty y no tengo ni un gramo de celulitis. Aquí están estos muslos: durísssimos, como todo lo demás.

Con esta minifalda no me puedo sentar y, si me agacho, es de ladito, pero es para que ésas vean: cero grasita, señoras, cero manteca. Pura fibra, músculo y calidad. Y aquellos otros allá que se babean. Yo paso y ellos se babean.

Ilustración: @rchovet

Lástima que las botas sean de semicuero. De cuero serían bien chiquis. Cuero puro y hasta por encimita de la rodilla. Pero un día voy a tener bastante real y me voy a comprar unas en Italia de cuero-cuerito.

Botas de tacón, muslitos brillantes (porque para eso se inventaron las cremas, mi amor) y minifalda apretadita, y esos señores, que muy bien podrían ser mi papá, ahí, con esa cara de idiotas y esas ganas. Como si yo estuviera papayita… Yo estaré buenísima, pero yo tengo mi broma y mi dignidad. ¿Qué fue?

Que estoy bien buena. Yo lo sé.

La blusita me queda forrada y los botoncitos están a punto saltarle en la cara al caballero del pantalón abultado. Pero es que desde que me compré este sostén push up estoy como a punta de estallido. Respiro hondo y es que se me salen. Esto es el invento del siglo: pasé de 34-B-corrientico a 34-C-guooopaaa a punta de par de plataformitas acolchonadas. Ahora tengo las que te conté como en bandeja y con encajitos y todo. Las mujercitas 34-A(plastadas) se mueren de la envidia y ellos me ven con cara de cosssita rica, mamita.

Paro el tráfico. También lo sé.

La chaqueta me queda súper. Como es cortica, no me tapa la cinturita. Y camino contoneado: suas… suas…  Y a esos pobres caballoviejo y cuarentayveinte les va a dar algo si me les acerco otra vez. Ya a uno de ese estilo, hace tiempo, le dio un infarto. Yo no fui, aclaro. No hice nada, pero no tengo la culpa de ser así.

Me pinté reflejos, que es el primer paso para convertirme en catira. Dentro de unos meses me hago mechitas y luego me lanzo un Dorado Trigo completico. ¡Y entonces quién me aguanta con mi melena!

Ay, chico, deja la suspiradera.  Y usted, doñita, no me vea con esa cara de morrocoy deshidratado.

¿Qué más?… Shampoo, enjuague, secador, cepillo redondo y el pelo me queda como… como para que ellos se lo imaginen sobre una almohada. Pero yo mi cabeza no la pongo en cualquier lado. Aclaro otra vez. Yo no nací el día de los mangos bajitos.

Perfume: no uso. Yo huelo rico. Prendas: no muchas, porque no soy quincalla. Tatuaje: uno, allá atrasito. Es una palomita de la paz volandito con su ramita. Yo creo en la paz y en la unión de los pueblos. También me preocupo por la infancia y por la vejez abandonada. Estaré buenísima, pero también tengo mis neuronas bien puestas y mi corazoncito. ¿¡Qué te pasa?!

            Que estoy como me da la gana. Yesss.

Pintura de uñas: rojo pasión.  Y ésa de ahí que me ve con odio y sin uñas. No te las comas, mijita, que ellos nos quieren fieras, tigras, gatitas miau.

Maquillaje: todo el que se pueda, pero «natural». Delineador, sombras, rímel, colorete, polvo, pintura de labios. Labios mojaditos. ¿¡Qué te provoca, papito?!

Sí, okey, ya sé: no clasifiqué en cuadro de finalistas del Miss Venezuela. Ajá. ¿¡Y qué?! Yo tengo mi novio formal, mi familia y mis estudios, y me va de maravilla como aeromoza venezolana.

˜–©—™  


El marqués de Valmaseda

A Matilde Lofiego de Cabruja

In memoriam

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Blas Diego Villate de la Hera, II conde de Valmaseda y I marqués de Velada,  vivía de lo más tranquilo en su castillo -en algún lugar absolutamente indefinido entre lo que en aquel entonces llamaban “Las Vascongadas” y Cataluña- por allá a mediados rodaditos del siglo XIX. Él, aparentemente satisfecho, pero su señora esposa sufría de gran descontento: su marido no era un duraznito almibarado; hasta la fecha ella no había podido darle un heredero; estaba envejeciendo prematuramente y padecía de unas jaquecas espantosas; y, para colmo, las cortinas de palacio estaban hechas un desastre. No era la vida que había soñado cuando apenas tenía quince años y recibía clases de piano y aprendía francés.

            Como no podía resolver ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero, pues optó por encargarse de lo cuarto, y fue así como la señora marquesa contrató a una costurera catalana llamada María Cabruja. Simplemente María, como si fuera un melodrama televisado.

Ilustración: @rchovet

            Nueve meses y unos días más tarde, y con las cortinas sin terminar, María daba a luz un robusto varón de nombre José Ramón Cabruja -Cabruja como ella y a mucha honra- y cuyo padre no era otro que el señor marqués. A los retoños bastardos no le sale ni apellido paterno, ni título, ni mayores reconocimientos, pero lo cierto es que don Blas estaba encantado con su primogénito. La fábula familiar asegura que fue el primero de sus hijos, pero no existe una partida de nacimiento que dé fe de ello, sólo hay un secreto a voces y una gran verdad… como en las telenovelas. ¡Pero no había dudas,  ese pequeño era el vivo retrato de su padre, calcadito! Por fortuna no tenían el mismo temperamento.

            Empezó la guerra en Cuba y el marqués se vino al Caribe a pelear. Se trajo a su hijo y dejó allá en España a su esposa, un tanto más aliviada del dolor de cabeza, y a la fecunda María, con el corazón vuelto una pasa. La marquesa respiró aliviada: mejor sola que con ese marido avinagrado e infiel. María se deshizo en llanto al ver que se le llevaban a su niño; sabía que no lo volvería a ver jamás. Y las cortinas del palacete siguieron siendo un desastre.

            En Cuba, Don Blas quiso hacer de su vástago todo un guerrero, pero le salió músico y compositor. A lo más que llegó fue a tocar el clarinete en la banda marcial del ejército español y la decepción del padre fue grande. No ha debido de ser un papá complaciente y querendón, pues en la isla había un refrán que decía: «Más malo que Valmaseda» y José Ramón, ya de grande, se refería a él como «El Marqués del Coño» y daba por finalizada la conversación.

            Un día, el joven Cabruja se montó en una goleta, con una mudita de ropa y un saxofón, y escapó. Desembarcó en las costas de Falcón y fue hecho preso al instante por unos militares impenetrables. Crespo o Castro, el de Misia Jacinta o el de Doña Zoila, uno de los dos gobernaba en medio de tensiones (aquí el relato pierde precisión y se nubla de nuevo) y a José Ramón lo apresaron en Coro. Quedó detenido por averiguaciones y completamente incomunicado, lo que no representó ninguna tragedia, pues él no tenía en este país nadie a quien llamar. Ninguna madre que se mortificara y se deshiciera en padrenuestros; ninguna novia que le enviara cartas de amor o pañuelitos perfumados; ninguna hija por la cual desvelarse de la pura angustia de saberla desamparada.

            A la mañana siguiente de su arresto, un soldadito tocó la diana y el prisionero se tapó los oídos, profirió un grito desgarrador e imploró ser llevado frente al comandante del cuartel.

            – ¿Y a usté qué le pasa, nuevo?

            – Ese toque… esa corneta… es una tortura… Usted me perdona, pero es imposible desafinar más… si Usted me permite…

            Y José Ramón tomó el instrumento y demostró cómo se debía tocar con propiedad. De inmediato lo transfirieron: de presidiario muy sospechoso a trompetista oficial del batallón.

            Una vez que se demostró su inocencia (y que su cara no era de conspirador, sino de hombre serio), fue liberado. Se fue a Ocumare del Tuy, casó con Dolores Esteso y tuvo descendencia; compuso valses y dirigió la retreta del pueblo, y murió de una severa reacción alérgica a la picadura de un insecto. Un shock anafiláctico que ahora se cura con una inyección inmediata de epinefrina.

            De allí es que vienen los Cabruja de Venezuela. Algunos muy musicales y letrados, y otros que heredaron el carácter di-fi-ci-li-to del marqués. En esta familia es común la frase “¡Te me estás pareciendo a alguien…!” y no es un elogio. La tatarabuela María nos dio a José Ramón y gracias a la tía Matilde tuvimos a José Ignacio. Y entonces un buen día llegó un periodista y escribió una reseña sobre una de sus obras de teatro. Se equivocó y le puso una “s” final del apellido. “Cabrujas”, nombre artístico que José Ignacio no tardó en adoptar y que lo distinguió de todos los demás. Único, inimitable y genial.

Celebrando el natalicio de José Ignacio Cabrujas/ 17 de julio de 1937


El candor de Cabrujas

CarolinaEspada / @carolinaespada

José Ignacio Cabrujas comenzaba a escribir el “capítulo nuestro de cada día” a veces a las cinco… otras, a las seis de la mañana. A su oficina la bautizamos con el nombre de “El Nidito” y allá amanecía él dialogando su telenovela “Las  Dos  Dianas”. Era una historia de amor rocambolesca inspirada -remotísimamente y con los ojitos apretujados- en una obra homónima de Alejandro Dumas.

Yo llegaba puntualita. Ya había libreteado para él en “Emperatriz” y ya tenía la costumbre inveterada que no perdonaba ni días de fiesta, ni sábados, ni domingos.

–Aló, Prima, ¿qué está haciendo?

– Mnh mnhssataba dormida…

–¡¿Y eso?!

–Es que todavía está oscuro y es 25 de diciembre, Merricrijmas.

–Bueno, pero véngase para acá que se me ocurrió otra cosa para la novela.

Ya yo me lo sabía: José Ignacio frente a su computadora exudando nicotina. Su escritorio, un reguerete a minutos del desastre. Y es que nunca hubo manera de evitarlo. El señor se servía un cafecito negro, bien caliente, en un vasito plástico; se tomaba un sorbito y siempre se quemaba; fumaba a todo pulmón al tiempo en que tecleaba, concentradísimo, una declaración apasionada del galán a la protagonista; al ratico insistía con el café, pero como ya estaba tibio, dejaba eso ahí por la mitad y se servía un segundo vasito. En el primero lanzaba lo que le quedaba del cigarrillo: apenas el filtro con un toconcito encendido. Y seguía fumando y escribiendo y fumando. Terminaba uno y prendía el siguiente. Al cuarto o al quinto, invariablemente, todo se atracaba en el vasito-cenicero y la última colilla derretía el plástico… y un fluido espeso de café y cenizas se desparramaba por todo el mesón. ¡Ay, los papeles, el cepeú, las llaves, los apuntes, el bolígrafo, la chequera, el periódico, la impresora y los libretos de “El Maestro”!

A él no le gustaba que lo llamaran así. Una vez una mujer, espléndida y sensual, le prometió: “Lo que usted quiera, Maestro”, y él le respondió con un quejido y una mirada de topo mojado: “¡Ay, no me diga así!”. Ella parpadeó desconcertada: “¿Y entonces cómo, Maestro?” Y él, muy humilde, bajando la cabeza y viéndola tan sólo un poquito, se atrevió a decirle con cierto rubor y como si tuviera cuatro años: “Yo me llamo José Ignacio…”.

A las ocho se echaba una escapadita a una taguara infecta a la que le pusimos el mote de “Mi Grasita”. Sí, el gourmet Cabrujas; el chef magistral de platillos con vóngole; el hijo de la señora Matilde Lofiego, que aprendió de su madre las glorias de la cocina italiana, ese mismo se atracaba par de empanadas de carne (de cuya naturaleza y procedencia siempre fue más saludable no indagar). Oliendo a fritanga rancia, con la camisa chorreada de aceite coloreado con onoto, quitándole la tirita dorada a su segunda cajetilla de Belmont, José Ignacio, de lo más satisfecho, regresaba al “Nidito”.

Pero antes de reanudar la escritura: un intermedio musical. No, ópera no era. Ópera, de chiquito, con su papá y, de grande, con sus amigotes melómanos. Pero en el trabajo solía ser Juan Gabriel. Juanga desatado y José Ignacio convenciéndome animoso: “¡Ande, Prima, cante usted también!”. Ocho y media de la mañana en Los Rosales y una de payasa, en medio de la salita, con el control remoto del televisor a manera de micrófono, imitando al mexicano: “¡Queridaaa, dime cuando tú vas a volver ah-ah!”. Y José Ignacio se reía ronquito, para adentro, como un cochino, igualito a la tía Lola.

A las nueve comenzaba a sonar ese teléfono y yo tenía que desdoblarme en mi identidad secreta de Rosita Vilariño, asistente políglota y mano derecha e izquierda del Sr. Cabrujas. Aquí también estábamos combinados y teníamos nuestro rolling gag y nuestra rutina. Yo debía saludar completico y con lentitud, y esperar las instrucciones de José Ignacio: “¿Aló?… ¡Ah, señor Evodio, tanto tiempo sin saber de usted: señor Evodio!”.  Y ahí “El Maestro” fruncía el bigote, meneaba la cabeza aterrado, estiraba el brazo, que se le torcía como para adentro, y negaba rapidito con el dedo índice. “¡Ay, señor Evodio, pero figúrese que el Sr. Cabrujas no está… No, no ha venido para acá hoy… Pero ya mismo anoto aquí su nombre y la hora de su llamada”. Muchas veces, al colgar, condolida, abogaba por todos aquellos que insistían en comunicarse con él y nunca recibían respuesta: “Coiga, pobrecito Armonio, que ya lo ha llamado siete veces, y él lo quiere y es poeta (o actor, o músico, o estudiante, o dueño de una fábrica de atún, o ahijado-de o lo que fuera)”. Y José Ignacio censuraba tajante: “Nuuuuu, prima, ni de vaina, olvídese que ése no tiene nada en la bola”. Tras diez años trabajando con él, Rosita se aprendió clarito quienes eran los escasos y verdaderos afectos de su jefe. Y ese secreto (y otros tantos) se lo llevará al crematorio, pues por ahí siguen habiendo muchas personas que se ufanan de la monumental amistad que tenían con “El Maestro”, ¿y para qué quitarles esa ilusión?

Después de “Las Dos Dianas” seguimos con “El Paseo de la Gracia de Dios” y, por último, la que no pudo llegar a ser: “Nosotros que nos queremos tanto”. De esa historia José Ignacio sólo escribió un capítulo de media hora y me llamó, desde la isla de Margarita, extraordinariamente alborozado. Tenía tiempo que no sonaba tan contento y optimista. “¡Prima, ya hice el primero! ¡Llego el lunes! ¡El martes: a primera hora en “El Nidito!”. Pero, al día siguiente, tuvo la pésima idea de morírsenos a todos.

Es imposible pensar en él y asociarlo con tragedia y con muerte. José Ignacio es talento, ingenio, sentido del humor y todos los signos de admiración del mundo. La mayoría se acordará de él por “La Señora de Cárdenas”, “Silvia Rivas, divorciada”, “Natalia de 8 a 9”, “Gómez” (I y II), “Soltera y sin compromiso”, “La señorita Perdomo”, “Chao, Cristina”, “La Dama de Rosa”, “Señora”, “La Dueña” y las adaptaciones de “Campeones” y “Doña Bárbara”. Amén de sus artículos de opinión en “El Diario de Caracas” y en “El Nacional” (tan celebrados en su momento y, hoy, tan añorados) y de sus magistrales obras de teatro. Yo prefiero recordarlo con la expresión de estupor y sorpresa de preadolescente-altamente-confidencial con la que me recibió una mañana en la puerta del “Nidito”.

–¡Prima! ¡Venga para que vea!

–¿¡Y esta urgencia!?

–¡Shhhhh! ¡Cállese y pase, caraj!

Con su bastón y aquella cojera que lo obligaba a caminar como una letra A, se dirigió presuroso a su computadora. Sobrecogido por el desconcierto y la revelación próxima a realizar, levantó el teclado y sacó de allí un recortico de revista de pésima factura.   Era  una  fotografía  de  una  actriz  de telenovelas -muy conocida ella- china en pelota, con cara de ramera, arrodillada sobre un colchón, sosteniéndose los senos con ambas manos y presentando a cámara su…

–¡Pero mire, prima! ¿Usted está viendo? ¡Si se le ve la totona!

            José Ignacio estaba estupefacto. Por supuesto que el tema pornográfico no le era ajeno, pero es que no podía dar crédito a que esa niña, a la que todos conocíamos como protagonista cándida o villana estilizada (dependiendo del canal), se hubiera empelotado y hubiera permitido que la retrataran para una publicación de tan infeliz categoría. Era vulgar, era patética, y “El Maestro” no salía de su asombro.

–Y, sólo por preguntar, primo… ¿Usted qué piensa hacer con la totona de la señorit…?

Y ahí mismo me interrumpió. “¡Ésa la vamos a dejar aquí abajito de mi teclado y no le decimos a nadie!”.

Muy de vez en cuando, entre una escena y otra, al encender su trigésimo cuarto cigarrillo (por ejemplo), José Ignacio levantaba apenitas el teclado y veía aquella imagen que siempre le pareció tan insólita y procaz viniendo de esa jovencita. La contemplaba por un instante, se reía socarrón y ronquito, y luego proseguía con la escritura de uno de aquellos diálogos suyos de “La Pasa” y que decían más o menos así:

–¿Y a usted qué le pasa?

–Pasa, que usted nos sigue haciendo mucha falta. Pasa, que cada día lo extrañamos más. Pasa, que lo recordamos y no podemos contener la sonrisa. Pasa, que la televisión no es la misma sin usted. Pasa, que nada es igual sin usted.

Revista Bigott/ Nº 62 septiembre octubre noviembre diciembre 2002/Fundación Bigott

17 de julio 1937/  Natalicio de José Ignacio Cabrujas


Corazón Impreso

CarolinaEspada / @carolinaespada

Cuando vendió la exclusiva de su repentino embarazo, nadie le creyó. Ya estaban acostumbrados: si María del Mar negociaba una de sus intimidades (su cita «secreta» con el Ministro en la habitación #304 con vista a la bahía; su chapuzón topless en la islita y que desierta; la bofetada notoria de la esposa del Ministro a su llegada al aeropuerto) era porque estaba cortísima de dinero.

Nadie tomó en serio lo de su gravidez y muchos afirmaron: «Dentro de un par de semanas vende lo de una supuesta pérdida. Esquiando en Suiza, cabalgando en Kentucky, windsurfeando en Cancún… perderá esa criatura ficticia que tantas revistas vendió».

Pero María del Mar sí estaba en estado. Del Ministro no era, ya ella había ovulado. Era del Exguardaespaldas de la Princesa, o del Torero retirado, o del Gigoló de turno (el que salió desnudo en todas las portadas y le robó completico el show y la protagonización).  De uno de esos era, al menos que… aquella noche en el velero, después del backgammon y de los vodkas… Demasiados tragos y como cinco pastillas contra el mareo… y ahí estaba ese marinero… Al día siguiente, cuando atracaron en  Pireo, él la vio más allá del recuerdo y el arete de corsario le brilló. ¡Tiiin! A ella no se le había olvidado ese destellito.

            En el momento en que la barriga de María del Mar fue algo incuestionable (y desconcertante, pues a sus admiradores les costaba trabajo reconocer a su sex symbol tan repleta de líquido amniótico), la prensa hizo el seguimiento minuto a segundo: los ecosonogramas borroneaditos; los bostezos y náuseas; las declaraciones del ginecólogo con el bigote recién pintado; el chisme de la enfermera: «María del Mar tiene celulitis» (¡Qué gran titular! ¡Cómo se vendió ese tiraje!); el resentimiento de la futura abuela, porque «no me dejan hacer nada…»;  los pepinillos agrios remojados en café azucarado y otros antojitos; el centerfold tan lleno de pezones y redondeces; el escándalo de la paternidad del Ministro y su ulterior confesión desgarradora: «Yo, hace un año, me hice la vasectomía» (¡Y la edición se agotó!); las fotos comprometedoras del marinero griego y María del Mar explayada en la litera de su camarote; los desmentidos y diretes, y, finalmente, la noticia: «¡Será una niña!»

Sus fanáticos querían ponerle nombre. Organizaron concursos, cotillones, bingos bailables y ferias. Hubo cartas al editor, emails al periódico, llamadas telefónicas, encuestas y votaciones en los supermercados. Varios meses después,  María del Mar declaró: «Ya es un hecho: mi nenita se llamará Rosaleda por consenso popular».

Y nació Rosaleda: 3 kilos exactos. Coloradita, perfecta, diez deditos en las manos, diez deditos en los pies. Un buclecito  negro, que ahí mismo se le cayó. Ojos azules, luego, marrones. El Ministro respiró aliviado, a él no se parecía… ¿¡para qué tuvo que salir a contar lo de su vasectomía!? Ahora era pura guasa en el ministerio. «¿¡Cómo está la cosa, Podaíto!?», le había aflojado el mismísimo Señor Presidente. «Podaíto»…  Ja-ja… Su esposa no se reía. Ella prosiguió con la demanda de divorcio.

Y la argolla de oro del marinero siguió brillando entre Míkonos y Rodas.

Pero las cámaras estaban con Rosaleda: desde la sala de parto hasta el retén… de allí a su cuarto lleno de rositas.

Lactancia fotográfica. Buchito también. Cambio de pañales documentado gráficamente para la posteridad. Primer baño, primer gugú, primeros gateos y pasitos. Fotos y flash.

Y Rosaleda creció compartiendo todo con todos: bautizo florido; llegada al kinder con una rosa bordada en el uniformito; diente volado en el recreo gracias a una patada no intencional del compañerito Fernando José; comunión en donde no levitó pese a los cuentos y pronósticos de las monjitas que la prepararon. Debía haber sentido un arrobamiento, un frío en el alma, una pérdida de respiración, pero no, no sintió nada de eso. La hostia sabía a oblea rancia, pero no se lo dijo a nadie. Una figura pública, por poquitos años que tenga, debe saber qué decir y qué callar. Sarampión maquillado; jueguito inaugural de ropa interior «¡uy, qué sexy!»; primer novio y manitos trituradas por la pasión; segundo novio y primer beso… y primera depresión de su mamá (ya la María del Mar de siempre no era «La Novia de los Rotativos»); graduación con calificaciones regulares y qué importa; año en París; pérdida de la virginidad (¡¡¡record de ventas!!!) y segunda gran depresión de su mamá (ese número no se agotó).

De haber sabido que la primicia de su embarazo intempestivo iba a llevar a su madre a un intento -fallido- de suicidio (sin reporteros, ni testigos, sin ni siquiera una camarita desechable) Rosaleda hubiera hecho las cosas de otra manera.

Ahora estaba lloviendo y su vida se deshacía como si fuera papel.


Ácido bórico

CarolinaEspada / @carolinaespada

El cadáver estaba en la bañera. Boca arriba en la bañera. Desnudo boca arriba es mucho más desnudo que desnudo boca abajo. Boca arriba todo queda mucho más expuesto. Terrible, sin afeitar y grotesco. Boca abajo hubiera sido mejor. Hubiera sido más tolerable.

Ilustración: @rchovet

No… Hubiera sido igual.

Viernes por la noche. Sola con el cadáver, porque cadáver no es compañía. Y en viernes. Tenían que pasar el sábado y el domingo completos para pedir ayuda. El lunes por la mañana alguien se encargaría.

Iba a ser un fin de semana muy largo.

Podría… tapar el cadáver. Dejarlo allí oculto. Pretender que no existía. Pero ¿y si cuando se acercara para cubrirlo se movía? ¿Y si el cadáver aún no se había muerto? Eso había pasado antes. Hay cadáveres insistentes, que perseveran y siguen vivos. Parecieran que están totalmente muertos y, de repente, mueven algo, cualquier cosa. Es como una contracción muscular, un estremecimiento, como diciendo: todavía puedo, todavía soy una amenaza y me tienes miedo.

Clausurado el baño hasta el lunes. Tendría que usar el del pasillo, pero ahí no hay regadera. No se bañaría en tres días. «Mejor tierra en cuerpo, que cuerpo en tierra», como decía su tía. Su tía difunta y enterrada.

«Cuerpo en tierra». Había un cuerpo en la bañera. Lo retirarían el lunes. Se lavaría todo con cloro, con jabón, con alcohol y agua hirviendo. Alguien se ocuparía de eso y entonces se podría duchar tres veces consecutivas y con los ojos bien abiertos: el cadáver ya no está aquí. El shampoo irrita las córneas -todo pica y se enrojece- y no importa, pues hay que seguir viendo que el cadáver ya no está aquí. Pero eso sería el lunes y apenas era viernes.

Sabía que por más cerrado que estuviera ese baño, siempre estaría la presencia del cadáver. ¿Estaría realmente muerta? ¿Se levantaría a mitad de la noche? ¿Era capaz de resucitar y llegar hasta la cama y acostarse a su lado? Entonces amanecería y abrirían los ojos al mismo tiempo y se mirarían cara a cara, ahí, sobre la almohada.

¡¡¡Aaarrrggghhh!!!

No volvería a dormir el resto de su vida.

El cadáver debía ser removido esa misma noche, pero estaba sola, indefensa y sin ayuda. Podría llamar a los bomberos, a la policía, a algún grupo de rescate, pero tendría que dar explicaciones.

Siempre dando explicaciones.

Podría duplicar, triplicar, la dosis de tranquilizantes y pasar dos días y medio desconectada. No sería la primera vez. Fin de semana de sobredosis y Judy Garland cantando: «Some day over the rainbow…».

El lunes volvería a la psiquiatra para hablar de su terror por las cucarachas.

El Nacional


Consejo a un escritor sin rating

CarolinaEspada / @carolinaespada

Fíjate, Nené, allá en la barra del corral, perdón, del bar, están tres machos de la especie. De tu especie. Míralos como se esponjan,  pavorrealean y kikiriquean. Óyelos ahí:

Roy Lichtenstein

-Ya yo me levanté a la Chiqui… Esa cae esta noche.

-Pero yo no te quiero contar la revolcada que le eché a la secretaria de Fernando… ¡Es que la dejé con ataque de asma!

-¡Y yo estaré recién casado, pero ya yo le puse el ojo a la doctorcita tetona del piso 3! A esa no la perdono…

¿Estás oyendo, Nené? Eso es parte del ritual, de la cosa masculinosa y velluda. A lo mejor el de la corbata azul sufre de eyaculación precoz; y el del güisquicito campaneado ha tenido episodios de priapismo; y el gordito de los manises se resigna con una erección blandengue («impotencia», que llaman), pero ahí los tienes hablando de sus proezas, fantasías y ganas… y ese, Nené… ese no es tu target group. Si tú de verdad quieres seguir escribiendo telenovelas, tienes que empezar por darte cuenta de quienes son los patrocinantes del horario estelar. ¿A que nunca has oído una cuña como ésta?: «¿Problemas con su próstata? ¡Querido Amigo Mío… dígale adiós a sus dolencias, a su vergüenza y a su pudor! ¡Con un rápido tacto anal analizaremos su caso y pondremos fin a su problema! ¡Llame ya al Centro de Clínicas David y Goliat! ¡Lo esperaaamooosss!» ¿O acaso has escuchado ésta otra?: «Y Mujeres Apasionadas es patrocinada pooorrr: Cigarros Lewinsky: todo un nuevo mundo de posibilidades para el placer del fumador de hoy… ¡Y ahora en  Extra Large!»  ¿¡Ah!? No, Nené, nunca va a oír eso. Si hay culebrones, es porque existen un montón de empresas que quieren vender sus alitas protectoras ultra sec, sus esponjitas para fregar y sus polvitos para lavar. ¿Y por qué, Nené? Porque el público que ve las telenovelas sigue siendo mayoritariamente femenino. Sí, siempre hay algún hombre en casa que termina enganchado a la historia rocambolesca, pero es porque la dueña del hogar advierte, cuchillo en mano, mientras pica un repollo morado para la cena: «¡Cuidaíto me cambian el canal, miren que hoy Elenita se va a enterar de que Rodolfo Luis sigue estando casado con Vanessa y que todo este tiempo él la engañó jurándole que estaba divorciado! ¡Porque es que todos los hombres son iguales!…».  

-No entiendo…

Yo sé.  Yo lo sé… Nené, presta atención: quizá para ustedes, los hombres, sea un punto de honor testicular vanagloriarse de sus hazañas sexuales (sean reales o virtuales). Te apuesto lo que tú quieras a que cuando el de la corbata azul vaya a hacer pipí, el del güisqui y el del manisito van a comentar entre admirados y envidiosos: «¡¡¡Coooye…. se levantó a la Chiqui!!!» Pero resulta que a nosotras, hembras de la manada, no nos interesa para nada la Chiqui, o la secretaria asmática, o la doctorcita con siliconas… Nosotras queremos a un hombre que se nos plante enfrente, todo lleno de testosterona él, y nos diga puro corazón y mirada penetrante: «Yo he tenido demasiadas mujeres, tantas que perdí la cuenta… y ni siquiera recuerdo sus nombres o sus rostros… Sí,  he sido un irresponsable, un tarambana, pero entonces apareciste tú y para mí todo cambió: ya no tengo pasado, ya no hay otras -ni las habrá nunca más- porque ahora estás tú… y tú eres lo más grande, lo mejor que me he encontrado en la vida, lo único que amo y  no entiendo cómo, de ahora en adelante, yo podría vivir sin ti… ¡No me dejes! ¡No me abandones! ¡Quiéreme, por favor…».

-Pero eso no es así…

¡Claro que no es así! ¡En la vida real no es así! Un hombre te jura amor eterno y pasa una minifalda forrada y él se voltea… Pero en una telenovela eso es justo lo que quiere ver el público femenino: un galán «XY», apasionado y gentil; ponle que comprometido para casarse sin muchas ganas con la contrafigura; ponle que con una amante accidental, que es la villana; y síguele poniendo un poco de mujercitas detrás de él… pero entonces, en el primer capítulo,  ya presentado a las señoras y señoritas de la teleaudiencia y con su virilidad indiscutiblemente erecta, él conoce a la protagonista y se enamora de verdad-verdad y para siempre… Y se enamora de ella de manera tan fulminante e irrevocable que, después, tú le pones a tu galán una stripteaser por delante, o le empapelas las paredes de su cuarto con centerfolds de Playboy, o le metes a una profesional del Kama Sutra en la cama… y nada… a tu protagonista no le da el menor cosquilleo en la protuberancia.  ¡¡¡Y todas las televidentes lo adoran con devoción y a ti te premian con sintonía nacional!!! Entiende, Nené, para ganar el rating tienes que tener una historia de amor fundamentada en un ingrediente secreto: la  más absoluta y postrada fidelidad. Así tú nunca te lo llegues a creer.    


FIESTA DE UNA NOCHE DE VERANO

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Algo vibra, late y se siente.

Noche del 23 al 24 de junio. La Noche de San Juan.

            En Puerto Rico es día de fiesta desde tempranito esta mañana. Unos trabajan apurados; otros estudian mirando el reloj; otras se van transformando en algo muy voluptuoso mientras lavan, planchan, cocinan y buscan a los niñitos en el colegio. La cosa está agitada y meneaíta. Y es que la emoción que se avecina se palpa por doquier.

            Toda la gente de la isla se está dirigiendo hacia las playas. Norte-Sur-Este-Oeste. Buscan con entusiasmo su trocito de arena en donde acampar, hacer la fogata y preparar lo necesario para la celebración de esta noche. ¿Que mañana es un día rutinario? Ya se verá cuando amanezca. Ahorita, lo que importa, es que caiga la tarde -¡pum!- y se desaten los festejos tan esperados.

            Para comer habrá lechón asado en vara, luciendo -muy coqueto- su rabito achicharrado en forma de tirabuzón. Aseguran los tragones que la colita tostada y las orejitas sonuna divinura. Como acompañantes: mofongo, alcapurrias, bacalaítos, piononos y «ajrró» con habichuelas. Y es que un portorriqueño no puede vivir sin una habichuela. «¡Ave María, bendito, no!»

            Para beber tendrán todo el ron que puedan conseguir. «Don Q» y «Barrilito».

            Pueblos y ciudades se vacían, y las playas se convierten en un enjambre devoto al Santo Patrón de Borinquén. Un gentío que, con cada ola, revienta de alegría. Un faralao humano que recorre animoso y alborotado el litoral. Quizá, por el peso que hay en todo el borde, al centro de la isla le sale como un chichón, como un volcancito…

            Y el fiestón comienza al atardecer.

            No es algo tipo «tambores venezolanos», ni Malembe, Malembe, Malembe no ma, San Juan to lo tiene, San Juan to lo da. No. Aquello es más… es menos africano, menos antropológico, y más portorro: pura salsa y todo como más al alcance del cuerpo.

            A las doce de la noche, mujeres y hombres y niños se meten al mar de espaldas al horizonte y sin dejar de ver la costa. Lo hacen tomados de las manos y llenos de un alborozo y un frenesí realmente contagiosos.

            Cuando el agua les llega por las caderas… ¡zuásss!… se lanzan hacia atrás y se sumergen en ese mar helado y negrito. Y se incorporan al instante, sólo para volverse zambullir dos veces más. Ese es el ritual. Así, el oleaje le arranca a uno «los males del alma» y uno queda limpio y purificado. El agua… el más amoroso de los cuatro elementos.

            Lo de las manos agarradas, más que un gesto de unión y confraternidad, es para que  no haya nadie detrás y que sus penas y quebrantos, al ser arrastrados por la corriente hacia la orilla, no se tropiecen con uno, se nos metan por la espalda y se nos siembren en el corazón.

            También sirve para cerciorase de que no se ahogue ningún borrachito en ese escaso metro de agua.  Y es que eso puede ocurrir, pues el nivel de ron es demasiado alto a estas horas.

            De modo que todo el mundo entra al mar con fervor y sale de él «renacido». Borrón y cuenta nueva, y un año completico por delante para estrenar con la anuencia del santo.

            También se pueden arrojar «chavitos prietos», que son los centavitos en español, pues en inglés serían «pennies». Se tiran -siempre de espaldas a las olas- estilo Fontana de Trevi y se piden deseos.

            A la mañana siguiente la ribera amanece tapizada de moneditas, pero se dejan allí para que los anhelos se cumplan. A nadie se le ocurre recogerlas. Y el sol brilla en cada uno de esos sueños, resplandece en cada ilusión.

            Pero volviendo al momento en que uno sale del agua helada: es media noche y el viento lo traspasa, así que a seguir bailando y bebiendo ron alrededor de una de las miles de fogatas que iluminan la playa.

            Y si uno no toma ron, pues entonces se va para su casa, se baña con agua caliente, se zampa una sopita Campbell de tomate y se siente inmensamente dichoso por haber festejado a San Juan, a la portorriqueña, al menos una vez en la vida.


Manchitas de hígado, flores de muerto

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Mercedes Morreo Bustamante

In memoriam

Ella comprendió que había envejecido el día en que vio en sus brazos unas pintitas marrones y otras blancas, y luego posó su mirada en el typical corner. Sí, había llegado la hora de desmontar el typical corner. No se puede ser una señora de  “¡ay, pero qué bien te conservas para tu edad!” y seguir teniendo un typical corner en casa.

Pero antes debía preparar la pócima.

***

En una olla grande se colocan 250 gramos de ojitos de sapo, preferiblemente bien tiernitos. Sin ojitos de sapo no se puede hacer el bebedizo como es. A eso se le agrega –revolviendo siempre para que no se pegue- un puñado de colitas de alacrán, una pizca de bigotes de acure, alitas de murciélago al gusto, 4 tazas de baba de baba, una culebra albina (o rosada, según la estación) previamente picada en rolitos, dos claras de huevo de iguana batidas a punto de alud, y una cucharada copetona de maicina americana gran-producto-nacional para que se espese el cocimiento, para que coja consistencia.

Se le da un primer hervor y se espolvorea con telarañas deshidratadas, un pellizco de sal y un alarido de pimienta guayabita.

Se lleva a un segundo hervor y se le añade una docena de ciruelas pasas (si es que se prefiere laxante, si no, no). Se baja a fueguito lento y se tapa.

Mientras se cuece, uno puede cantar algo acorde a la ocasión. Algo así como “lunes, martes, miércoles 3, jueves, viernes, sábado 6…”

Pasa el tiempo… una hora… dos… nunca se sabe… y en lo que los ojitos de sapo floten y se lo queden viendo a uno, es que el brebaje está.

Se coloca al sereno (preferiblemente en el patio de atrás, debajo de la mata de guanábana, al lado del tío loco que siempre se desamarra) y, mientras se serena, uno se deshace de cualquier cosa pavosa en su vida… porque la pava arruina y envejece.

***

Así estaba escrito en el cuadernito amarillento de la abuela Dolores. Y así lo hizo.

Todo había empezado en su adolescencia, cuando su prima, la Embajadora, le había regalado una pipa tallada en Yugoslavia, porque había un país que se llamaba así. Era larguísima, pintada con mil colorines, con unos guindalejos, y en la punta, un huequito en donde se encajaba un cigarrillo. Sí, un cigarrillo incrustado, erecto, en aquella artesanía entre turca y coloniatovar.

¿¡Y qué hacer con la pipita!? Pues, nada… ponerla allí, en esa repisa… ahí en la esquina, que no molesta.

La Embajadora insistió de nuevo. Le trajo de Colombia un racimo de chirrompios con otros frutos disecados y unos maíces tiesos y unas hojas tostadas y unos cascabeles. Eso y que era buenísimo contra el maldiojo.  Ah, y del Japón, vino cargando con un potecito de aire enlatado del Fujiyama y una muñequita, que sonaba como una campanita acuática y alejaba los espíritus diabólicos.

Todo fue a parar a la encrucijada del folklore, al altar del arroz con mango, al templo del repelús.

Luego llegó el botuto, regalo de un pretendiente afortunado, con una lucecita de árbol de Navidad adentro y el cablecito verde que le salía por el rabito. Se enchufaba y cumplía la función de night light. Así se podía ir a hacer pipí a la medianoche sin necesidad de mayor iluminación y mejor gusto. Más nunca volvió a hacer pipí de noche. Finalmente, y por recomendación de un urólogo, el botuto glow in the dark fue al rincón en donde ahora había más anaqueles y más objetos causantes de escalofrío vertebral.

Estaban los escarpines peludos ideales para un peluche sudado; la concha de mar con la sirena bizca dibujada por un señor ciego y mocho, y que era una bellísima persona; la Divina Pastora de mazapán rodeada por ovejitas dulces y abrillantadas (todas con su capita protectora de Baygón, no fuera a ser…); el nacimiento quiboreño con su San José y la Virgen, el caracol y el buey; las maraquitas de piache famélico y las mini alpargaticas que decían:

                                                  erdo       Recu

                                                      e                    d

                                                  rita      Marga

            Ella lo botó todo. Es que no le tembló el pulso. Lo botó todo y, de inmediato, sintió un alivio, un fresquito en el alma, un noséqué como juvenil, libre de fardos y de ataduras; esa alegría y serenidad de saberse redimida de pesares, horripituras, zamuros y rebullones.

            ¿Y la pócima?

            Había cumplido su cometido. Darle suficiente valor para terminar con el pasado de un solo escobazo.

En “Fabricantes de Sonrisas”, Antología de Autores Venezolanos, Tomo II,

Compilación y fotografía Otrova Gomas, Ediciones GE, s.f.

 

 


DOMINGO 7

CarolinaEspada / @carolinaespada

Había una vez unas brujas que se reunían en el bosque y hacían un aquelarre y la pasaban de lo más bien.

Un niñito, escondido entre el follaje, las espiaba. Y ellas cantaban alborotadas alrededor de la hoguera:

Ilustración: @rchovet

            «Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis. Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

Y pasaron muchas noches… y el niñito siempre ahí… observándolas.

Y llegó una de esas de luna redonda y alumbradita con lechuza uh-uh…

Y el niñito volvió a su escondite…

Y llegaron las brujas… con sus patas de araña, alas de murciélago, colas de ratón,  lenguas de sapo, ojos de iguana y cascabeles de serpiente… y prepararon sus pócimas y sus brebajes… y se emborracharon…

Y volvieron a tomarse de las manos para girar y bailar y cantar.

«Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

«¡Domingo siete!», gritó el niñito incapaz de seguir conteniéndose por más tiempo…

Y las brujas lo agarraron y se lo comieron.

FIN

 *******

Este cuento me lo leí cuando tenía siete años. Fue en mi clase favorita: «Biblioteca», un miércoles luminoso en el Instituto Politécnico Educacional. No sé que fue del libro, pero la historia la sigo recordando con la misma melodía armoniosa que yo le puse al canto de las brujas (la de «Twinkle Twinkle Little Star») y el mismo desafinado «¡Domingo siete!» del niño comido.

A los siete años, al concluir la lectura, no me pareció que había sido muy apropiada para mi edad. “Pero bueno, hay que leer de todo», me dije. Millones de años más tarde, hojeando un libro muy serio sobre brujería, hechizos y demás, en una librería de ensueño y caché en Madrid, me tropecé con el capítulo dedicado a los aquelarres. Allí decía que cuando las brujas se reunían, cantaban exaltadas una canción que decía:

«Lunes, martes, miércoles tres; jueves, viernes, sábado seis».

Avanzada la noche y una vez que eran poseídas por el espíritu diabólico, este canto se aceleraba, se atropellaba y se detallaba frenéticamente. Y entonces gritaban posesas: «lunes uno, martes dos, miércoles tres, jueves cuatro, viernes cinco, sábado seis». Y eso lo repetían y repetían y repetían hasta caer exhaustas alrededor de la hoguera.

Remata ese libro tan académico, que el domingo 7 jamás y nunca era invocado/evocado, pues ese es el día del Señor. Y nada más anticlimático e interruptus en medio de una barahúnda endemoniada.

Con razón se lo comieron…

Domingo 7 de junio de 2020, día de aquelarre infeccioso y coronavirus satánico. Si por casualidad alguien sabe el título de ese tratado tan grave, erudito, riguroso y minuciosamente documentado, escrito por un catedrático español de cuyo nombre no logro acordarme, favor avisar. Me encantaría leérmelo completico y la única referencia «bibliográfica» que puedo dar es que es un ejemplar amarillo, gordo y sin ilustración en la portada. No lo adquirí por razones de exceso de equipaje, pero sí le traje a mi mamá (una señora de ojos verdes, cara de hechicera y de apellido Cabruja), una figurita de porcelana marca Lladró. Era un bibelot bastante kitsch. Una brujita sentada, con su gorro picudo, su escoba, una arañita y un ratón. Y había una vez que llegó una sobrina a su casa… y se la quebró.


Última voluntad

CarolinaEspada / @carolinaespada

            «Róbense cualquier cosa, pero cójanse algo al menos una vez. Sólo así sabrán de qué están hechos y de qué serán capaces en la vida. Y me hacen el favor y le dicen a su papá y a su mamá, que no me vayan a mandar a pintarrajear toda y que me entierren con este sacapuntas».

            Eso dijo la abuela Constanza segundos antes de morírsele -sin melodramas, ni espasmos, ni estertores- a sus cuatro nietos atapusados de chocolate, que ya estaban acostumbrados a las ocurrencias de la viejita.

Ilustración: @rchovet

            Afuera, en el pasillo, su nuera María Teresa se quejaba como siempre:

            -Argimiro, tú sabes que a mí nunca me ha gustado que los niños se queden a solas con tu madre. Ella los atraca de dulce y les suelta cada disparate y cada barbaridad.

            -Marité…

            -«Marité» nada, Argimiro, que después los muchachos comienzan con el dolor de barriga y la preguntadera.

            -Déjala, Marité, que la vieja se me está muriendo.

            Y ahí salió Argimiro José del cuarto:

            -No, papi, ya la abuela se murió.

            Argimiro se deshizo en lágrimas. María Teresa quiso matar a su suegra (pero ya era demasiado tarde), cuando Teresita, la menor, le contó lo de la robadera. Y nadie entendió lo del sacapuntas verde -viejísimo- en forma de aeroplano.

***

            Lucas Martínez llegó a la escuela con el pelo engominado, un bulto nuevo y un sacapuntas increíblemente novedoso. Corría el año de 19…algo y la abuela Constanza era una niña de cinco años con trenzas, lazos y una pantaleta en el morralito por si se orinaba. Previsiones innecesarias de Doña Organdí, la mamá de la abuela Constanza, que nunca -nunca- se orinó.

            Y allí estaba Lucas Martínez, a su lado, en la mesita redonda, sacándole punta a todos sus lápices que ya estaban afiladísimos ¡y es que ese aeroplano verde era todo un espectáculo!

            La maestra Dolores llamó a Lucas al pizarrón para que escribiera cinco palabras que empezaran por Be.

            Burro. Bueno. Bote. Bolver…

            -¿¡Bolver, Martínez!? ¿¡Con Be de Borrico!?

            Y mientras Lucas borraba olver, Constanza, en un impulso y una irracionalidad desconocida, hizo algo que jamás había hecho antes: se cogió el aeroplano verde que sacaba punta por el culito.

            Bandera. Berengena.

            -¿¡Berengena con Ge, Martínez!? ¡Berenjena con Jota de Jumento!

            Y ya el sacapuntas estaba enrollado en la pantaleta.

Lucas volvió a su puesto y para la abuela Constanza los minutos se convirtieron en siglos. No podía creer lo que había hecho. Le aterrorizaba imaginar que Lucas se percatara de la desaparición del aeroplano y que la maestra Dolores ordenara una revisión de bultos y morrales. Pero Lucas estaba entretenido pateando a Nicolás y a Bernabé por debajo de la mesa. (Varones…).

            Terminaron las clases y, de regreso a casa, de la mano de su madre, la abuela Constanza no levantaba la vista del piso.

            -Mi amor, ¿qué te pasa?

            -Nada, mamá, que voy viendo el camino de las hormiguitas.

            Y sintió como su carrera delictiva se iba acelerando: primero, el robo; ahora, la mentira.

            Al entrar a su cuarto no supo dónde ocultar el sacapuntas del suplicio. Desde el preciso momento en que logró llevárselo del colegio comprendió que nunca tendría el valor de sacarle punta a nada.

            ¿Y si se lo devolvía a Lucas al día siguiente? Eso hubiera sido lo más honorable, digno y decente, pero ya tendría fama de ladrona por los siglos de los siglos amén y si su papá, el Profesor Semprún, se hubiera enterado, no se lo hubiera perdonado nunca.

            -¿¡Una hija mía!? ¡Una hija mía, por Dios!

            Y es que el Profesor era un hombre honrado y de palabra. Un ser fundamentalmente bueno.

            Así vivió la abuela Constanza, con aquella mortificación y aquel arrepentimiento. Cada vez que se mudaban, y después, cuando se casó, se llevaba consigo el objeto de su pecado y lo escondía muy bien. Su consuelo: saber que sería incapaz de robarse otra cosa hasta el fin de sus días. Nunca más cometería una acción tan innoble y deshonrosa. Entendió que, lo sucesivo, sería una mujer de bien, merecedora de toda confianza y todo respeto (aunque tuviera esa mancha y ese secreto en su pasado).             Entonces la enterraron como ella quería y la abuela Constanza, que no había podido vivir con esa vergüenza en la vida, ahora, a lo mejor, podría morir con esa misma vergüenza en la muerte y encontrar a Lucas, devolverle el aeroplano y pedirle perdón.


Carolina

con una estrella en la frente

Aquiles

CarolinaEspada / @carolinaespada

Pierre-Auguste Renoir

            Esa fue la dedicatoria que me escribió Aquiles Nazoa en mi cuaderno de primer grado. Había ido a mi colegio para hablar de cosas muy interesantes como a dónde se va la luz cuando se apaga el bombillo, por qué el pez volador puede volar, qué le pasa a un camarón cuando se duerme y por qué cuando un burro rebuzna parece que estuviera suspirando.

“¿Quién tiene la estrella en la frente, mamá, Aquiles o yo?”.

Un mes más tarde mi mamá se lo contó el día en que lo fuimos a conocer a su casa en Vista Alegre.

“¿Qué le parece, señor Nazoa, la pregunta de Carolina?”.

Y Aquiles me vio como si fuera un filósofo griego mirando a un colega suyo en el ágora de Atenas. Allí mismo nació nuestra amistad.

Aquiles le puso unos sombreros con flores de tela a mi mamá, a mi madrina y a María, su esposa amada, y las señoras se quedaron en la sala haciendo la visita. A mí me llevó para su “cueva”, el lugar en dónde escribía. A mis seis años recién cumplidos, eso fue como entrar en el huevo de un avestruz, no había paredes, todo era ovalado. Como si estuvieran suspendidos en el espacio, allí había muñecos de trapo, papagayos, avioncitos y barquitos de papel, dibujos de colores, varios caleidoscopios, una bolsita de metras y otra de yaquis, monedas de chocolate, una foto del Ratón Pérez, libros y más libros, papeles amarillos y unos patines. “¡Debe ser multimillonario!” pensé, pues nunca había visto tantos tesoros juntos.

Le conté que siempre lo veía en “Las cosas más sencillas”, en el canal 5, pero que al final siempre me quedaba dormida porque era muy tarde.

“Entonces me llamas y yo te cuento cómo terminé el programa”.

Y así comencé a hacerlo y Aquiles me contaba con detalle qué había pasado con la manzana de la discordia, el juicio de Paris y el triunfo de Afrodita, y que si Hera y Palas Atenea se habían quedado muy enfurruñadas, porque esas diosas tenían muy mal carácter. Y que otro día me contaba todo sobre Helena de Troya (bellísima esa muchacha, por cierto), y una guerra ahí y un soldado que se llamaba como él y un tal señor Odiseo -hombre muy astuto-, ¡y que no se le olvidara Homero, que era un poeta!

Una tarde cualquiera, que se convirtió en única y luminosa, él fue quien me llamó y me leyó un poema que me había escrito. “Carolina en el jardín”, el más precioso regalo para una niña feliz que aún no había cumplido los siete años. ¿Sabían que Aquiles sonaba a papelón, anís, jengibre y queso blanco ralladito? Una golosina criolla que muchos llaman alfondoque; otros, “dulce de pobre”; y yo, “la voz más sencilla”, porque para mí, “sencillo” era maravilloso.

Y allí estaba él del otro lado del teléfono, que ya no era un teléfono. Eso se había convertido en dos vasitos de papel con un pabilo, pero en vez de pabilo era un hilo de plata. Así es como se comunican los poetas con los niños.

“La señorita Carolina

salió hoy domingo a pasear

por un jardín de flores francesas

donde vive el señor Renoir

La señorita Carolina

levemente vitral y Miss amor

anda vestida de jazmines

y remembranzas de jabón de olor

Y va del brazo de este domingo

aquí un color y una música allá

despertando súbitas mariposas

unas de sombra y otras de luz al pasar

La señorita Carolina

muy pamela y ajuar floricultor

va dentro de una jaula de violetas

señorita de cuadro bajo su quitasol

La señorita Carolina Espada

ilustra como a un libro de estampas el jardín

junto a los abedules es dorada

y bajo la cenefa de las rosas, carmín

Y cuando el varillaje de los árboles

anega sus cabellos de luz dominical

de las pestañas de Carolina

sale volando un pajarito de cristal”.

            Dicen que murió un 25 de abril. Yo no lo creo, porque ese día no aparece en mi calendario.

Mi Ávila no llora, Aquiles, aunque a veces llueve en la ciudad.

17 de mayo de 1920 – 17 de mayo de 2020Centenario del natalicio de Aquiles Nazoa


De mujer a mujer

CarolinaEspada / @carolinaespada

            Los hombres sólo sirven para dos cosas y una, es destapar frascos.

            Eso es lo que siempre dice mi amiga Malola tras cada revés sentimental. Añade que ya no hay muchos varones disponibles y que, los pocos en existencia, lamentablemente son demasiado precarios.

Ilustración: rchovet

            ¡Es que ya no los hacen como antes!

            Yo trato de hacerle  entender a  Malola que  sujetos con  bolitas abundan -tal y como han proliferado siempre-, pero que lo que pasa es que ahora se quedaron sin circunstancias.

            ¿¡Cómo es la cosa?!

            Mira, Malola, Ortega y Gasset lo escribió clarito: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo a mí»…

            Ay, no, que no estoy de humor para intensidades filosóficas, pónmela facilita, ¿quieres?

            Malola, cuando tu abuelita se casó con Don Pocho sabía bien que tu abuelo era un señor bastante putañero, un tanto borracho y sin el menor sentido del humor. Una verdadera piña, Malola. Pero él le resolvió a tu abuela el quince y último por más de cuatro décadas; hacía gala de ciertas nociones de carpintería y albañilería; se entretenía por las noches matando las ratas del patio con su escopeta, y nunca le pegó ni eructó en la mesa.

            Y tu mamá también se casó con tu papá y con sus circunstancias. Seamos realistas, al señor Peluche toda la gente lo llama así no porque sea peludo, sino por bueno, por gordo, por blando y por ser absolutamente innocuo y aburrido. Será tu papá, Malola, pero él duerme hipopótamos en remojo del puro fastidio y es incapaz de despertar una loca pasión. Y en cuanto al sentido del humor, digamos que no tiene mucho porque es bastante caído. ¡Pero allí están sus circunstancias para hacerlo portentoso, único e imprescindible para tu mamá! Él nunca la ha dejado cargar ningún peso en la vida (desde un bombillito de linterna hasta una compra nerviosísima en el mercado); la lleva y la trae para todas partes, y la espera en el carro tranquilito leyéndose el Quijote; y no hay lo que no le explique y con aquella paciencia: «No, Agreste, los pingüinos no son focas; en Venecia no hay gandolas, mija, son góndolas; ‘la diabetes es una enfermedad grave, nunca esdrújula’, como dijo el Profesor Rosenblat».

            Y entonces llegamos a ti, Malolita: tú y tu fase de apareamiento en este siglo XXI tan acontecido. A diferencia de tu mamá y de tu abuelita, tú estudiaste, te graduaste, hiciste una maestría, trabajas y ganas más real que la mayoría de los hombres que te rodean. Solita instalaste tu computadora, el modem, el wifi y todos los cables de colores bien trenzados como si fueran crochet; también cambiaste la conexión del teléfono sin ayuda y con apenas un pequeño corrientazo (al que tú definiste como un «golpe de testosterona» y te gustó, ¿o lo olvidaste?). Tú le pagas al mecánico, al pintor, al plomero, al electricista. No estás obligada a casarte con ellos, ni a cocinarles calamares rellenos a la Bombay a medianoche, ni a lavarle los interiores, ni a padecer sus cirrosis y enfisemas. Tampoco te calas sus ronquidos y ventosidades. Les pagas y ya.  Tú sabes karate, judo y tortura china. Tienes una pistolita a buen resguardo, reja en tu apartamento, abogado sanguinario y un dóberman patriaomuerte a tus pies. ¡Tú eres dueña de un arsenal de insecticidas y afines para defenderte de tu única fobia! ¡A ti te conocen como la Reina de los Taxis Privados siempre a tu disposición! ¡Tú gozas de una laptop Mac y un iPhone que te conectan con el sistema planetario! ¡Y tienes a tu Google bien amado para lo que sea y a la hora que quieras! ¡Tú no dependes de nadie, Malolísima! ¡Te bastas y te sobras en la vida! ¡A ti ningún hombre te va a venir a marear, a seducir y a embaucar con sus circunstancias!

            ¡Pero es que yo no quiero circunstancias, yo lo que quiero es a uno ahí que me amapuche bien sabroso, me admire y me respete!

            ¿Nada más?

            Bueno, que tenga un gran sentido del humor y duerma pegadito. Y que sea leal, fiel, solidario, honesto, trabajador, responsable, puntual, divertido, tierno, detallista, generoso, apoyo-incondicional, tremendamente culto, muy inteligente, bondadoso, caritativo, súper aseado, que no tenga ningún vicio, que sea muy buen bailarín y que no se canse nunca. Y que hable mínimamente inglés y de repente, italiano y francés. ¡Y tiene que cocinar todos los días tipo gourmet, y la boca siempre le debe saber a canela, y que cuando sude huela a jabón! Ah, y que le gusten los perros, los niños y el chocolate; asuma la vida con valor; se acueste temprano; use medias y colonia, y que me quiera. Sobre todo eso, que me quiera.

            Tá difícil, Malolita…

            Ahora estoy saliendo con uno ahí que se me autodefinió como Hombre Sensitivo del Nuevo Siglo.

            ¿¡Hombre sensit…?! ¡¡¡JajaJajaja!!! ¿¡Y como qué vendría siendo eso?!

            Muérete que no sé…

            Yo lo único que te digo, Malola, es que para tu cumpleaños te voy a regalar un aparatico fabuloso que me compré ayer. Es un sustituto masculino que a ninguna mujer le debe faltar. Lo usas y te da así como… como seguridad, dominio, fuerza, control y un placer que ni te cuento.  Yo ya no podría vivir sin él. Uno se lo pone a la tapa de un frasco y -chúquiti- te la abre facilito.

            Porque en el siglo pasado decían que y que «los hombres son de Marte»… No sé. Pero las mujeres y la tecnología somos una maravilla.


La conseja

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Fernando Valera Rivas

¿¡Cómo es que un nieto mío tiene 19 años y todavía no ha conseguido novia?! ¿¡En serio, mijo!?

            Sí, abuelo.

            ¡Adiós caraj! ¡Agarre papel y coja ahí ese tocón de lápiz paque apunte, mire yo ya estoy en peligro de extinción! ¿¡No digo yo!? Mire mijo, la vida es como la mar y las mujeres, como los pescaos y una que otra guabina. Usté lo primero que tiene que hacer es lanzar una nasa.

ilustración: @rchovet

            ¿Una qué?

            ¡Ah, baile! ¡Usté sí que está desinformado! ¡Pele por el diccionario, carrizo!

            «Nasa: arte de pesca que consiste en un cilindro de juncos entretejidos, con una especie de embudo dirigido hacia adentro en una de sus bases y cerrado con una tapadera en la otra para poder vaciarlo; manga de red ahuecada por aros de madera que…» No entiendo, abuelo.

            No, que va a entender, mijo querido, si ya le estoy viendo la cara. Mire, usté no va a salir de zafrisco a  pescar una sardina con un arpón. No. Usté va y tira una nasa, una malla, una cesta o un poco de anzuelos con bastante carnada. Tarde o temprano algo cae.

            ¿Entonces las mujeres…?

            Son igualitas a los pescaos. Usté mueve el anzuelito y eso va y pica seguro, así que no se me desespere. Y entonces, una vez que pique una, usté se tiene que poner galante y embustero. Usté, a la señorita esa, le hace creer que ella es la única, la más grande, la más maravillosa, y le dice que usté hace lo que ella diga, lo que ella quiera, mande que yo obedezco. Y también le dice la palabra «siempre».

            ¿»Siempre»?

            «Siempre». Eso de «para siempre», «para toda la vida», «eternamente»… eso les encanta. Y pone musiquita de fondo y media luz y ojos de carnero y le jura que la ama, la admira y la respeta… anote ahí y apréndase eso que es bien importante.

«Amor, admiración y respeto».

Así es. Usté le dice eso a una dama y ahí mismito se le derrite. Y también dígale que usté es su esclavo y que daría la vida por ella.

            Pero eso no es verdad, abuelo.

            ¡Claro que no es verdad, mijo! ¿¡Qué va a estar siendo verdad!? Pero eso es lo que las mujeres quieren oír. ¿A usté qué le cuesta decírselo?

            Nada…

            ¡Ahí está! Pero cuidao exagera, porque ellas serán mujeres, pero no son tontas. Mucho cuidao, pues. Porque si creen que es mamaderita de gallo ahí mismito lo dejan entendiendo.

            Oquei.

¡Y tampoco las acoquine y las tupa, porque entonces se asustan, pobrecitas!

            ¿Y qué más, abuelo?

            Ah, que usté va y se pone espléndido y regalón. Pero no vaya a salir a darle unas rosas y una caja de chocolates.

            ¿No?

            ¡No! Eso es cosa de las novelas esas que ve su mamá en la televisión. En la vida real, a lo mejor la muchacha es alérgica o está a dieta. Así que usté tiene que aprender a oír y a ver.

            No entiendo, abuelo.

            Ya van dos, mijo… Mire, que usté oye a la muchacha y ella va y le dice por ejemplo: «Yo colecciono medias de colores con dibujitos» ¡y es que no ha amanecido cuando ya usté está en la tienda comprándole un parcito! Pero tiene que saber oír y tiene que ver. Mírele bien la patica a la joven. Cómprele sus medias del tamaño y numerito que son. ¿Me va entendiendo, mijo?

            Sí, abuelo.

            Bueno, y cuando a la niña esta le brillen los ojitos y caiga como un mango loca de amor por usté  -y si es que usté la quiere conservar, porque vio que la cosa es en serio- entonces deje que ella lo cambie.

            ¿Qué me cambie?

            Completico, mijo. ¿Usté cree que yo me compré esta guayabera color petunia? Estas son vainas de su abuela.

            Pero… ¿qué me cambie cómo?

            Todo. La ropa, el corte de pelo, los horarios, los gustos… todo. Y es que resulta que, cuando nosotros los hombres nos enamoramos, nosotros queremos que las mujeres se queden así, igualitas. En cambio ellas vienen y se enamoran de uno, y después nos componen, nos arreglan, nos mejoran, nos visten, nos desvisten y nos ponen más bonitos. Porque ellas nos quieren en la medida en que uno pueda ser otro… ese otro que ellas quieren.

            Ay, abuelo, yo no entiendo.

            Entonces enamórese, muchacho, y déjese querer.


¿Y el lobo?

CarolinaEspada / @carolinaespada

A Lila Vega Scott

Un buen día, Caperucita Roja cumplió dieciocho años. Todo seguía más o menos igual. Continuaba con su mamá, allá en la casita de la pradera tupida de margaritas y uno que otro cardo. Su abuela, más incorregible que nunca, insistía en vivir en lo profundo del bosque, en un lugar en donde, por tanto pino y secuoya, apenas si llegaba el sol. ¡Ay, la Mamina, allá solita con sus nostalgias, sus fotos sepia y sus manías -tan bella- esperando sus buñuelos de nata y crema cada semana!

ilustración: @rchovet

            Pero hete aquí que una buena tarde llegó un novio al cuento; uno gentil, con una casaca verde esmeralda y que llevaba a Caperucita a pasear por el reino cercano. Y todos vivían muy felices (tal y como se esperaba de ellos).

            Una mañana, un gorrión mensajero trajo carta de la abuelita. Tenía antojo de dulcito y ya no le quedaban buñuelos. “Hija querida: pregúntale a Caperucita si, en vez de venir mañana con su pretendiente, ¿no me los podrá traer hoy?”.

            Hoy mismo se los llevaría, pero… ¿a qué hora? ¡Tenía tanto que hacer antes de la fiesta del palacio! ¡La Bella Durmiente (quien desde hacía tiempo sufría de insomnio y tomaba pasiflora) y su esposo, el Príncipe Azul, anunciaban el compromiso de su primogénito con una ranita encantada! ¡A la medianoche: un beso, un estallido de nube con escarcha rosa y ella se convertiría en doncella encantadora! ¡Eso había que verlo! ¡Y habría fuegos artificiales y pastel!

            Entonces: ir a la peluquería de Rapunzel; recoger el vestido en el atelier de El Sastrecillo Valiente y, antes de que su novio llegara en la calesa de cristal, volar a la casa de la abuelita en pleno atardecer. Veloz. Bendición, Mamina. Buñuelitos y chao. Podía hacerse. Podía hacerse si tomaba el atajo. Y el atajo tomó. Pero lo tomó con la voz de su madre retumbándole en cada tronco, en cada rama, en cada hoja: “Caperucita, nunca vayas por el atajo, por lo que tú más quieras, siempre vete por el camino largo. El Cazador, en la taberna de Don Pulgarcito, estaba comentando que por ahí ronda un lobo violador. Caperucita, cuidado…”.

Una lechuza ululó.

            Caperucita nunca llegó a casa de su abuelita. Mamina, preocupada, tomó su bastón florido y una linterna, y salió a buscarla. El novio y la mamá también la estaban buscando. El Cazador los acompañaba silenciando su angustia. Habían pasado horas, el festín del castillo ya había comenzado y ellos tenían un presentimiento atroz. En la oscuridad escucharon los sollozos y encontraron a Caperucita, todo un despojo ella, embojotadita en su caperuza vuelta jirones, allá sobre el puente del lago de los Dragones Dormidos.

            Y dijo Caperucita: “No me vean, no me toquen, fue por mi culpa, no he debido de tomar el atajo y el lobo violador…” y ahí estalló en el más desconsolado de los llantos.

            Y dijo la Abuelita: “No, mi vida, la culpa es mía, yo me he tenido que esperar hasta mañana, cuando tú ibas a venir con el joven aquí”.

            Y dijo el-joven-ahí a la mamá de Caperucita: “La culpa es suya, señora Roja. A Caperucita se le ha ido toda la vida llevándole confites a la abuela. Justamente hoy, que su hija tenía la ilusión del festejo real, usted muy bien ha podido hacer una excepción, agarrar la cestica con los dulces y llevárselos a su madre, a quien usted no va a visitar nunca”.

            Y gritó la mamá: “¡Ah! ¿¡Pero ahora la que tiene la culpa soy yo!? ¡Tú muy bien has podido llegar más temprano y acompañarla y protegérmela! ¡Pero claro, seguramente se te hubiera arrugado tu levita de terciopelo verde!”.

            Y concluyó el Cazador: “No, la culpa es mía. Desde hace mucho tiempo he tenido que matar a ese lobo violador”.

            Todos estaban deshechos por el dolor y por la culpa. Tan afligidos que enmudecieron. Pensaban que no podrían volver a sostenerse la mirada nunca-jamás. Entonces, hubo un burbujeo y una luz en lo más hondo del lago. De allí emergió un hada transparente y brillante, que cabalgaba en el lomo de un dragón somnoliento.

            Y el hada dijo: “La culpa la tiene el lobo”.

            Y, sin más, hada y dragón se sumergieron nuevamente en las aguas.


Divorcio en la octavita

Carolina Espada / @carolinaespada

Doña Ceci no siempre fue una mujer tipo doñita. No. Hace sesenta años era una jovencita recién casada de lo más circunspecta y con grandes deseos de hacer las cosas bien. Antes de contraer nupcias con Ildefonso, había sido siempre la Virgen María en los actos de Navidad de su colegio de monjas; madrina del equipo de fútbol –ultra exclusivo de la high– de su hermano Rodolfo; y Reina de Carnaval en el Club fundado por su abuelo Papapín y por su tío Juanchón. Pero a los diecisiete años había conocido a Ildefonso y aquello fue amor a primera vista sobre la urna. Sí, sobre la urna. Había muerto la tía Muñeca e hijos, nietos, bisnietos y todo el cuerpo diplomático se habían apersonado en el velatorio. El marido de la tía Muñeca, Don Tom, era embajador e Ildefonso, que era nuevo en la Cancillería, había venido a presentar sus respetos. Presentación de respetos y petición de mano pocos meses después.

Ilustración: Carolina Espada

La boda fue un espectáculo. ¡No había diccionario de sinónimos capaz de describir la atmósfera de elegancia, refinamiento, distinción, gracia y encanto que reinó en los esponsales! Luna de miel en París, bien sûre. Ceci e Ildefonso eran la pareja más-bella-más-bella que se podía imaginar.

La vida de casada le reservaba sorpresas a la novel y perfectísima “Señora De”. Una que no le gustó es que ahora no veía tanto a su media-toronja. Pero es que el trabajo en la Cancillería era muy exigente e Ildefonso, tan ambicioso él, quería hacerse in-dis-pen-sa-ble. Pasaron dos años de felicidad doméstica y de muchas noches, íngrima, leyendo “Selecciones”. Entonces llegó un Carnaval. Su esposo le había prometido que en este sí se iban a disfrazar –él de Pierrot y ella de Colombine– e irían al Club… pero un compromiso i-ne-lu-di-ble con la Embajada de Suecia hizo que Ildefonso, una vez más, cancelara todos los planes.

A Ceci le dio algo así como una ebullición. Para estupor de Salgado, el chofer de la casa, ella le quitó las llaves del carro y se fue manejando. ¡Ella sola! Horas más tarde regresó con un paquete, no le devolvió el llavero al conductor y lo despachó con un: “¡Ay, Salgado, qué rigor, es fiesta, acábese de ir y vaya a celebrar con su familia!”.

Esa noche, a golpe de nueve, Ceci salió disfrazada, pero no de Colombine, ni de Sevillana, ni de Reina de Saba, sino de Negrita. Negra Cucurumbé. Cara embadurná, bemba colorá, peluca de chicharrones con lacitos, argollas verde perico en las orejas; collares, pulseras, guantes y sortijas de vidrio; zapatos plateados de tacón y un vestido forrado, apretadísimo y –francamente- bien vulgar.

Ceci por supuesto que no se fue para su Club (¡dígame si sus primos, Totón y Nené, la reconocían!), sino que enfiló el Lincoln hacia otro, uno en donde no asistía la gente decente; uno más bien… popular.

Y es que no bien había entrado cuando sintió una mano que le agarró una nalga –y no se la soltaba- y oyó una orden: “¡Vamos a bailar!”. Ceci enmudeció: esa mano que la asía con fuerza estaba conectada a un brazo que pertenecía a un señor que era su marido. “¡Ildefonso!” por poquito exclamó, pero no pudo.

¡Qué manera de danzar, Dios mío! ¡Ceci ciertamente no le conocía esa cadencia a su partenaire! ¡Y aquella apretadera! ¡Ildefonso cosquillas, pulpo, tentáculos, succionador! (¡¿Pero en dónde había estado este hombre durante todo ese tiempo?!). El momento cumbre llegó luego, en la oscuridad del jardín, recostada a una mata de jabillo que le puyaba la espalda. Concluido el acto, Ildefonso la dejó entendiendo. Ella se fue no sin antes ver hacia atrás. En la barra estaba su esposo celebrando la hazaña y cayéndose a palos con unos amigotes.

En la madrugada Ildefonso finalmente regresó al hogar con cara de Embajada de Suecia. En el sofá de la sala, pierna cruzada y fumando, encontró a una negrita que le dijo: “¿A que no me conoces?”.


Culture

(un petit peu)

Carolina Espada@carolinaespada

A Joannie Slattery-Burke

            Cuando el Príncipe Manuk de la Costa de Marfil hizo entrada en su cocina, ella supo que estaba a punto de perder la virginidad.

ilustración: @rchovet

            Gracielita había llegado a París casta, pura, pulcra y herméticamente sellada al vacío. Tenía 18 años, estudiaba Civilización Francesa en la Sorbona y danza moderna en la Cité Universitaire. Un día sí y uno no, iba al mercado de Alesia a comprar pollo, zanahorias y vainitas: poulet, carottes et haricots verts. Siempre la même chose… pero esa tarde había visto un enorme repollo morado en uno de los anaqueles de arribita y le provocó.

            Pero… ¿cómo se dirá repollo en francés?… Bueno, si pollo es poulet, repollo tiene que ser repoulet.

            Bonjour, madame, un repoulet, s’il vous plaît…

            Tras minutos de desconcierto y xenofobia, la verdulera chillona terminó restregándole el repollo en la cara: Chou!!! Chou!!!

            Ah, la cosa se llama chou.

            Y allí estaba Gracielita, en la cocina colectiva de la residencia internacional para niñas decentes, con su delantal lleno de torres Eiffels,  picando el repollito, cuando entró Veronique, la nigeriana, y anunció: ¡Chicas, paque conozcan a Manuk!

            Y él entró. ¡¡¡ÉL!!! Nada más bello, distinguido, elástico, atlético y brillante. Una estatua olímpica africana, pero vivito y palpitando. Era perfecto, como de mentira y fotografía, con aquella mirada fulminante, una sonrisa Listerine y un collar criselefantino full colmillitos de pantera.  Roarrrrrrr, casi rugió Gracielita con un parpadeo en la castidad.

            Eso tiene que ser un príncipe. No puede ser otra cosa. Esto tiene que ser una alteza real de una tribu en donde todo ser viviente anda postrado por él.

            Y Veró hizo las presentaciones: El Príncipe Manuk.

            ¡¡¡Ajaaá!!!, estuvo a punto de gritar Gracielita, pero se controló, ¡qué iba a decir su majestad!

            Todas las jóvenes se pusieron en fila para hacerle los honores al futuro monarca. Y ella se quedó de última, con un temblor en las piernas, unas cosquillitas en las trompas de Falopio y el repollo bien abrazado sobre su corazón.

            Manuk, galante y aristocrático, las fue piropeando con bellezuras exóticas propias de su reino.

            A Germaine, la libanesa, le dijo: Tabou zahebré mankano boundiafali touba.

            Veró tradujo: tu cabello es como la sangre del chacal brillando en la oscuridad.

            A Gül, la turca: Ferékéfougou tafire soba korhogo bako.

            Tus pestañas de elefante son la brisa fresca en la espesura.

            A Joannie, la gringa: Dabakala bouake mbahiakro bereby.

            Posees el humor y alborozo de un chimpancé retozón.

            Y el Príncipe las hechizó a todas: Christine, cocodrilo sereno; Anne, hiena picarona; Sabrina, serpiente misteriosa… y finalmente se plantó enfrente de Gracielita. ¡Ay! ¿¡Qué animalito le iría a tocar!?

            Buyó Ouangolodougou-kong touba sequela bouna Bassam Niagbo Gnabo, ¡oh!, sassandra lahou zuénoula mamungo abidjan ledi tiassele divo Ouangolodougou-kong.

            Cuando el Guerrero-cazador retorna de la búsqueda infructuosa del Gran Rinoceronte Blanco, ¡oh!, no hay nada mejor que las anchas caderas de una pequeña mujer para el reposo del Guerrero-cazador.

            Ahhh-JÁ, exclamó Gracielita y el repollo se le cayó.

            Manuk, prendado, la invitó a tomar un kir en el bar más cercano y ella, seducida, supo que esa noche le diría adiós a su doncellez para sumergirse en el mundo alucinante del safari del rinoceronte albino.

            Él, esa balumba de músculo negro oloroso a azahar que la hipnotizaba con cada palabra, le estaba hablando de música en la patica de la oreja y ella sólo atinaba a pensar en la carta que escribiría: «Querida Mamá: No vuelvo, me voy de princesa para la Côte d’Ivoire con mi guerrerote Mamungo».

            Ma musique favorite est le jazz.

            ¿¡Te gusta el jazz!? ¡A mí también, mi rey! ¡Tengo discos de Scott Joplim, Duke Ellington, Louis Armstrong, Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Bessie Smith! ¿Qué oyes tú?

Lesancdjcsón…

            ¿¡Quién!?

            Lesancdjcsón…

            Je ne comprends pas…

            Les 5 de Jackson…

            ¿¡Los 5 de Jackson!? ¡¡¡¿The Jackson Five?!!!

            Oui!

            ¿¡¡¡Jazzzzzz!!!?

            Mais oui!!!

            Y a Gracielita se le encurrujaron las caderas y todo le dejó de latir.  Nooooooo… es que uno no puede hacer el amor sin culturita. Sin culturita la pasión es sencillamente impenetrable. Pas possible, mon petit chou.

            A la semana, Veronique llevó a un primo suyo que sí sabía de melodías y de culturalidades. Mucho Harvard y mucho Cambridge, pero con el nombre no se podía: Festivity Mwebete.

            Monsieur et Madame Mwebete… No, no, no, no. Y, meses después, vuelta a la patria con un diploma, un baúl lleno de libros y toda su virginidad a cuestas.


Las cadenas de Nerón

Carolina Espada. @carolinaespada

Con un padre masón y una madre atea, revolucionaria y romántica, era muy poco lo que Carlos Eduardo sabía de la Biblia, del cristianismo, de las cuentas del rosario y de la palabra de Dios. Estudiar en un colegio laico, tampoco ayudaba para nada. Así que Carlos Eduardo decidió informarse a punta de películas. Sí, cada Semana Santa, pasaba horas viendo filmes de embatolados en la televisión.

Ilustración: @rchovet

Claro, que por culpa de los programadores de los canales, los conocimientos religiosos de Carlos Eduardo terminaron siendo un verdadero pasticho con frutilupis. Entre Jesus Christ Superstar, el Manto Sagrado y Charlton Heston abriendo el Mar Rojo, siempre ponían «Jasón y los argonautas a la búsqueda del Vellocino de Oro»; «Ben Hur», que era impepinable; y una cinta de otro gladiador forzudo que, como era doblada en España, había que aplicarle el slogancito de «Rootes»: se escribe «Maciste», pero se pronuncia «Mazzziste». Rarísimo eso que un combatiente aceitado y lustroso se plantara frente a dos engrasados musculosos y les espetara: “¡Ala, gilipuertas, que os he estado esperando para pegaros un sopapo y unas cuantas ostias!”.

No era raro que a Carlos Eduardo se le confundieran los milagros de Cristo con las metamorfosis de Zeus. ¿Y qué decir de las tentaciones en el desierto, la manzana de la discordia, Herodes y los niñitos con pésima suerte, Afrodita, Hera y Palas Atenea? Una vez hasta pusieron un especial sobre «Las Meninas» de Velázquez y, desde entonces, Carlos Eduardo pensaba que junto al salón en donde posaba la Infanta Margarita, debía estar el comedor con los convidados a la Ultima Cena. «Es que tienen la misma luz…».

Pasaron los años, el papá de Carlos Eduardo siguió en su masonería; la mamá continuó como Buñuel: «atea, a Dios gracias», y Carlos Eduardo nunca se cansó de ver a los 12 apóstoles, los 10 mandamientos, las 7 plagas de Egipto y los 7 pecados capitales, los 4 jinetes del Apocalipsis, las 3 virtudes teologales y demás numeritos.

Pero una buena Pascua Florida llegó un Jueves Santo y en la tele no pusieron a Jesucristo con sus buclecitos, ni al otro lavándose las manos, ni a María Magdalena pura lágrima, melena y escote. Es que en ningún canal pasaron algo a propósito de la ocasión. Ni siquiera repitieron la hagiografía de Santa Rosa de Lima (que era una fija todos los años y a quien Carlos Eduardo, por cariño y por el exceso de confianza que dan las reposiciones televisadas, ya le decía: «la boba de las rositas»). Nada… en vez de religión lo que transmitieron fue un programa sobre la vida de Nerón Claudio Druso Germánico (Nerón para la vox populi).

Resulta que este emperador reunía a todos los aristócratas y beautiful people de Roma en un anfiteatro y, durante hoooooraaaaas, cantaba, actuaba, declamaba, danzaba, recitaba y tocaba diversos instrumentos musicales. Un día se disfrazaba de Baco, dios de la fertilidad y del vino, inspirador de la locura ritual y del éxtasis, con un copón de oro en la mano, una corona de hojas de parra y un racimo de uvas en la oreja izquierda; otro día, de Neptuno, señor de las aguas y de los mares con un enorme tridente de plata, y entraba a escena parado sobre dos caballos blancos mansitos: un pie sobre el lomo de uno y un pie sobre el otro. Para veladas sumamente especiales personificaba nada más y nada menos que al máximo de los dioses, a Júpiter, y se trasformaba mil veces en escena, que si era un cisne o un toro o un águila o una lluvia dorada. Lo de la lluvia -creación suprema de unas hilanderas ciegas de Dalmacia- era el propio rapto, mas no, el de las sabinas. Cuentan que tanto los nobles como el ejército se escandalizaban con las representaciones de dramas religiosos hechas por Nerón, pero que nadie decía nada. Ni pío. Pium non dictus est.

¿¡Y qué iban a decir!? Todo el mundo estaba en la obligación de ir al hemiciclo, sentarse calladito, sonreír admirado ante tanto talento de tan larga duración y, al final, aplaudir con forzado frenesí. No se aceptaban las excusas: «que hoy no puedo porque me llega una tía de las Galias», o «tan pronto sacrifique el cochinito a los dioses lares, cojo para allá», o «no, es que Tito Livio estaba en las termas y lo picó un áspid, y yo voy a pasar por su casa a darle el pésame a la viuda». Nada de eso. De contrariar e irrespetar al César, el invitado terminaría comiéndose -por insistencia de la Guardia Pretoriana en pleno- una cestica de higos envenenados.

Escribe Suetonio que como los asistentes no osaban interrumpir el megaespectáculo unipersonal, galáctico y sideral, asumían la cosa y obedecían mansamente. Fueron muchas las mujeres que parieron en la gradería mientras Nerón ejecutaba una pirueta tralalí. Recién nacido, cordón umbilical, placenta, reguerete amniótico, peplo ensangrentado, señora medio desmayada y el otro por allá en escenario: desatado, ni pendiente, entregado a su arte con loca pasión. Agrega el historiógrafo que unos cuantos hombres, agobiados hasta el paroxismo tras tanta performance imperial, se lanzaron de cabeza desde lo alto del teatro, poniendo fin a sus días de servilismo, adulancia y esclavitud. «Es mejor un autosuicidio que un higo envenenado», juran que comentó un abatido justo antes de tirarse al vacío.

Carlos Eduardo está organizando un comité pro defensa de los derechos televisivos. ¡Abajo cadenas! ¡Democracia, control remoto, libertad de elección!


Las prendas de Rolito

            “Ese gordito tiene que ser marico…” masculló un señor ahí junto a la ponchera de tisana y Rolito fue corriendo y le preguntó a su mamá. Ella no le contestó, sino que se puso muy pálida, dejó el tequeño empezado sobre una servilleta bordada, agarró a Rolito por un brazo, a su hija Mercedes por otro y, con un nudo en la garganta, decretó: “Niñitos: nos vamos de aquí”.

            Pero es que la Sra. Amelia no era una mamá común. Era una madre viajera. Cada vez que su marido se iba a un Congreso Internacional Importantísimo Al Cual Esta Vez Sí Es Verdad Que No Puedo Faltar De Oftalmología, ella sacaba sus maletas de tela y estampado Mary Poppins y partía hacia rumbos desconocidos.

Ilustración: @pacochovet

            Mandaba postales y traía regalos: atuendos autóctonos de diversas épocas y de cada país visitado.

            Mercedes los odiaba, empezando por el kimono del Crisantemo Azul que le daba tanta vergüenza y, en la barriga, tanto calor.

            A Rolito le gustaban mucho. En vez de Zorro, Batman o Llanero Solitario, a él lo vestían de monje medieval dibujante del libro de Kells del Scriptorium de Iona; de próspero fabricante de samovares de la corte del Zar Nicolás II; de bullicioso vendedor de camellos del mercado de Hofuf en el oasis de al-Hasa y de  valiente cruzado  –con yelmo, visera y loriga de mallas de Damasco-  destacado en la isla de Rodas. Pero su favorito siempre fue el de impecable maestro horticultor de los jardines colgantes de Semíramis en Babilonia.

            Mercedes se burlaba de él: “Pareces una niña, niñiiita…”.

Y a Rolito, plin. Él estaba feliz embojotado en ese mantón con flecos dorados y con las pulseras y los collares así como de oro. “Mesopotamia… un pueblo con accesorios… ¡toda una civilización!”.

Pero entonces le dijeron “marico” y ese disfraz no se lo volvieron a poner.

“¡Más nunca le pregunto más nada a mi mamá!”.

***

En Navidad, el Niño Jesús le trajo a Mercedes una Barbie y a Rolito lo arreglaron con un muñeco aburridísimo de nombre espantoso: “G.I.Joe”. La Barbie tenía ropita: jugadora de tenis, aeromoza de la PANAM, diva de Hollywood y conjunto playero. En cambio, el abúlico ése, sólo venía con un uniformito militar.

Y Mercedes nada que le quería prestar la Barbie a Rolito.

“¡Mamá, Rolito le quitó el traje de baño a mi muñeca!”.

“¡No le digas Rolito a tu hermano! ¡Miguel Antonio, tú también me haces el favor!”.

Y el papá susurraba complacido: “Es varón, Amelia, y está creciendo el muchacho, es normal que quiera ver a la Barbie desnuda…”.

Pero ahí mismo Mercedes pegaba otro alarido: “¡Mamá! ¡Rolito le está poniendo el traje de baño de mi Barbie a su G.I.Joe!”.

***

Cuando Mercedes cumplió quince años, su madrina Ada (Rolito siempre pensó que era “Hada”) le regaló su primer juego de ropa íntima “de mujer”.  Era de color salmón clarito, como brillante, como frío y osado. La Sra. Amelia comentó que no le parecía, pero su comadre se rio y le dijo: “No seas pendeja, Amelia.” Así mismo le dijo…

Mercedes estaba “¡Twist, a Go-Gó, Yeyé, Pata-Pata!”… hasta el día en que se le perdieron las pantaletas. La prenda se buscó por todas partes y no se encontró.

Las tenía Rolito y -como la liga le cortaba la circulación- se las encasquetó clandestinamente a la papelera ovalada de su cuarto.

«Pantaletas estiradas más tarde», en la clase de gimnasia, Rolito se clavó la punta del plinto en la hombría y se privó.  Ahí mismo lo desvistieron delante de todos los compañeritos y…

“¿Aló, Sra. Amelia?… Esteee… ¿podría venir para acá?”.

Cambio de colegio y comienzo de la psicoterapia.

Tras meses de exámenes, de análisis freudianos y jungnianos, y de ver papeles con manchas en forma de mariposas y oír a Rolito declarando: “Estoy viendo mariposas”, el doctor concluyó:

  1. Al niño le molestan los calzoncillos Jockey “con suspensor canguro” tan de moda.
  2. Buscó refugio en las pantaletas de su hermana por simple comodidad.

***

            Y pasaron treinta años y Rolito es un hombre perfectamente normal.

            Hoy se casa con una señorita muy fina a quien conoció en una fiesta de Halloween. Entre brujas y Morticias y tantas otras déjà vues, ahí estaba ella disfrazada de “Baronesita Tisza Ardeal de Transilvania, el gran amor incompatibilísimo del Conde Drácula”.  ¡La dulce y desventurada Tisza…! ¡Tch-tch-tch! Purita sangre azul, pero hemofílica.

            A mediodía es la boda y Rolito, engominado, no ve la hora de ponerse su paltó levita, su plastrón con su perla y, bajo los pantalones grises de rayitas, adheridos a sus muslos, esos ligueros negros de cintas y encajes que  –“¡Ahhh!”-  lo hacen sentir tan bien.

Carolina Espada/ @carolinaespada

Premio Mejor Artículo de Humor, El Nacional, 1999