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El fervor nacional

Carolina Espada/@carolinaespada

José Pericardio Zambrano es un venezolano de pura cepa, católico, apostólico y romano, dedicado con pasión a obras de piedad y religión. Si hay alguna palabra que lo define, esa es “devoto”, aunque él siempre se presenta como “un simple hombre de fe”.

Ambrosia es la esposa de José Pericardio y se percibe a sí misma como “feligresa ejemplar y beata mayor”. Todas las tardes acude a su iglesia para redecorar el altar con flores plásticas y llevar la voz cantante durante el rosario: “¡¡¡¡¡Virgen fiel, Espejo de justicia, Trono de la sabiduría, Causa de nuestra alegría, Rosa mística, Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana!!!!!”. Y todo eso dicho desesperadamente alborozada en una especie de arrebato místico vespertino.

Gladiola de la Coromoto, Violeta de la Chiquinquirá y Rosa Petunia del Valle son las hijas de José Pericardio y Ambrosia. Al igual que sus padres, son cristianas prudentísimas y piadosas. Tienen un hermano menor, Margarito del Divino Niño, quien, cuando bebé, hizo de Jesús en su pesebre en el retablo vivo de la parroquia. El pequeño creció, y de Jesusito pasó a ser pastorcito en el Nacimiento  (y hasta le prestaron un poodle que hizo las veces de oveja), pero su gran aspiración es llegar a ser un Rey Mago. Mientras tanto, está dando sus primeros pasos como monaguillo… primeros pasos con ciertos tropiezos, porque siempre se pisa el hábito al subir el escaloncito del altar. 

No hay dudas, la familia Zambrano es una familia practicante y creyente. Creen en Dios Todopoderoso, en Jesucristo —su Hijo— y en el Espíritu Santo. Creen en la Virgen Santísima, en los apóstoles y en todos los santos. Creen en las tres beatas venezolanas, las madres María, Candelaria y Carmen. 

La devoción de los Zambrano es de amplio espectro. En su hogar se le reza al beato doctor José Gregorio Hernández con la alegría de saber que su canonización está en marcha. Una estampita con su imagen es lo primero que se ve al abrir el botiquín de primeros auxilios de la casa y guardado allí, como si fuera el grial, hay un potecito de Merthiolate comprado en Isnotú, el pueblo natal de JGH. Sí, “JGH”, así lo llaman ahora como si fuera JLo y Ambrosia dice con severidad que eso no le parece. La historia del Merthiolate es bien linda: José Pericardio y Ambrosia fueron en peregrinación a Isnotú en su luna de miel; visitaron la “Botica Farmacéutica La Trujillana Milagrosa” y compraron medicamentos de uso diario para regalar a la familia y amistades. También regresaron cargados de aliados o templones, dulces criollos de Los Andes que son más sabrosos que los malvaviscos o los marshmallows.

Los Zambrano dan las gracias al Señor por haber recibido los dones de la fe, la esperanza, la caridad y el amor por la lectura. En su biblioteca cohabitan Adán, Eva y Noé; Moisés, Mahoma y Buda; Zeus y los otros once dioses olímpicos; Odín, Thor y las Valquirias; Obatalá, Oshún y Yemayá y, por último, Quetzalcóatl y Tlahuizcalpantecuhtli. 

Como el abuelo de José Pericardio era de Yaracuy, todos los hombres de la familia van a la Montaña de Sorte el 12 de octubre. Le llevan ofrendas a la diosa María Lionza, la que va desnuda a lomos de una danta; luego se bañan en las pozas para librarse de los espíritus malignos y los embrujos y, finalmente, encienden velas y velones, fuman tabaco y escupen buches de licor. Y no se olvidan de venerar al cacique Guaicaipuro y al Negro Felipe, pues con María Lionza conforman las Tres Potencias, una trilogía ciertamente prodigiosa.

Los antepasados de Ambrosia eran campesinos y, siguiendo la tradición familiar, ella fue educada con el temor y respeto a las almas en pena, demás criaturas y “guarebers”, como dicen sus tres hijas siempre muertas de miedo. Todas ellas creen a pie juntillas en el Silbón, la Llorona, Juan Machete, el Espanto de la Sabana, los Momoyes, la Sayona, el Enano de la Catedral, el Ánima Sola, el Carretón de la Muerte,  las momias parlantes del doctor Knoche, la Novia de La Guaira, el Pozo del Cura, la Bola de Fuego, el Encadenado de Michelena, el Hachero, la Loca de Ejido, La Mula Maniá, La Mujer de los Ojos de Serpiente, las Cabezas del Diablo y el Río de Sangre. Y cada lunes le dedican  todas las cuentas del rosario a las Ánimas Benditas del Purgatorio para que no se  les aparezcan de noche con lamentos escalofriantes y amargas recriminaciones.

Las muchachas, como nada que conseguían novio, fueron a consultarse con uno medio médium y medio brujo que les leyó cartas, caracoles, la borra del café y la clara de huevo, y también les interpretó el sonido de los capachitos de las maracas, que a cada una de ellas les dijeron algo diferente. Gladiola, Violeta y Rosa Petunia tuvieron que bañarse a la luz de la luna con vino champañizado, pétalos de rosa, rodajas de lechosa, gajitos de mandarina, ramitas de ruda macho y unas gotas de un perfume que olía a jabón panela, incienso, madera quemada y papelón. Para terminar el ritual repitieron siete veces el mantra: “Yo creo en todo lo bueno” y no pasó un mes y las jovencitas encontraron los novios que estaban buscando.

José Pericardio y Ambrosia están de plácemes. Les tiene sin cuidado que Jesee sea evangélico, Maimónides, judío y Muhammad, musulmán. Sus hijas lo que hacen es fantasear cómo será la boda: tres parejas, tres liturgias, un solo crisol religioso. Tres vestidos de novia distintos pero todos en combinación. Y Margarito con los seis aros sobre un cojincito y una engrapadora con un lazo por si a última hora se descose algún ruedo, pues hay que librarse de cualquier perturbación. 

Y así somos los venezolanos, bienaventurados, melcochudos y completamente politeístas.