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EL DESIERTO GALOPANTE

Natividad Barroso García

-¡Mamá! ¡Mamá! ¿Ven! ¿Corre! ¡Mira!  ¡Esos hombres están locos! ¿Están destrozando las flores de la plaza!  ¡Están arrancándolos! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira! Allá vienen otros hombres con unos aparatos enormes como unas grandes hachas mecánicas.

¡Mira lo que están haciendo! Están quitándoles las ramas a los árboles.

Pero, ¿Qué pasa? ¿La gente no ve nada? La gente sigue pasando. Nadie hace nada para impedir ese horror. Nadie grita porque nadie ha visto lo que está pasando. Siguen peleando por quién adelanta medio metro en esa cola. Nadie se ha dado cuenta de lo que están haciendo esos hombres, ahí mismo, en medio de ellos. Parece que están como hipnotizados, sólo se ven unos a otros en cajas auto-intoxicantes, sólo tienen voz para insultarse unos a otros.

-Sí, hijo. Parece que estamos dentro de una pesadilla. El otro día arrancaron los árboles de la avenida que está más abajo y aquellos otros que ya estaban grandísimos y bellos, ¿te acuerdas?, que formaban con los de la isla del centro un techo de sombra y frescura. 

Ya hace tiempo que desapareció aquella famosa plaza del centro que tenía todo un jardín bien dibujado en forma geométrica, con flores de distintos colores.

¿No sabes que por hacer todo eso se premia? Al gran jefe le han dado una medalla por su colaboración a favor del medio ambiente. Parece que la competencia es por hacer de nuestro hábitat un desierto de concreto lo más pronto posible. Creo que estamos llegando al primer lugar. Vamos a ganar la competencia. Nuestra ciudad será la primera en lograrlo porque ya los árboles de la ciudad fueron exterminados o envenenados por los gases de todas esas máquinas para las cuales se prepara ese hábitat.

-Pero, ¿y la gente? ¿Es que no podemos hacer nada?

-Claro que podríamos. Sólo parece que estamos enfermos, mareados, que no queremos vivir.

-Pero, tiene que haber algo que podamos hacer.

-Bueno, hay algunos grupos que han logrado detener algunas de esas máquinas destructoras. Pero, ¡son tan pocos! ¡Tan aislados!  Se necesitaría algo que despertara la conciencia de todos o de la mayoría de los ciudadanos. Algo que no pudiera pasar desapercibido y que los sacudiera.

-¿Cómo qué?

-Eso sí es difícil. ¿Qué puede sacudir a una población intoxicada, automatizada?

-Pero yo no puedo permitir que nos quiten esta plaza. Yo voy a hacer algo ahora mismo.  Voy a gritarles a esos hombres que se detengan, que interrumpan lo que están haciendo, que esperen a que hablemos con todos los vecinos. Ellos son seres humanos también. Ellos deben recordar lo de “Al árbol debemos solícito amor…”  Ellos me entenderán. Voy corriendo.

-¡No! ¡Hijo, no! Espera. No podrás. ¡Hijooo…!

(Titular del periódico del día siguiente: Madre e hijo enloquecidos fueron aplastados por aplanadora cuando hacían labores de “Mejorando tu ciudad”).

[En Caracas, cuando eliminaron la Plaza La Estrella de San Bernardino]


CARACAS POSIBLE

Autor: Vanessa Ardila

Caracas cuántos techos rojos te han arrancado tan injustamente la praxis y el tiempo. Tan joven y vieja a la vez, con tantas ganas de vida y a la vez tan agotada. Los contrastes marcados de tu silueta generan sentimientos así de contradictorios en tus habitantes, quienes por continuos movimientos pendulares pueden amarte y despreciarte a la vez.

Cuando recorro una y otra vez  el reverso y el anverso de tus crónicas, fotografías y ensayos de esa década gloriosa de los 50, observo desde la nostalgia un tiempo que ya no es, que ya no será. Desde mi presente puedo extrañar algo que nunca vi, que nunca viví, pero que añoro entrañablemente.

En las escaleras de las Torres del Silencio todavía se puede sentir cómo el aire que sube y baja por los peldaños de mármol aún está cargado de un urbanismo integral, de espacios que comulgaban en convivencia plena con sus habitantes y que envolvían a la ciudad en un todo.

Hoy, no dejo de pensar que puedes verte nuevamente así, mágica, pujante, prometedora, con aires que nos arropen a todos en espacios múltiples y posibles, donde se conjuguen en plural tus edificaciones, habitantes y vías, donde tú Caracas seas una sola urbe, una sultana que cobije en armonía tus potencialidades infinitas.


Caracas ya es más Luz, que Paris.

Elba Escobar

Mi ciudad es una ciudad que habito a veces, otras simplemente la observo y la mayoría de las veces me ocurre, me ocurre hasta las lágrimas.

A mi mamá le encantaba mudarse, siempre desestimó la maldición maracucha, esa que reza: ¡Ojalá te mudeís!

Nací en la calle “El medio” del Prado de María, me bautizaron, hice la primera comunión y me confirmaron en la Iglesia “La Milagrosa”, virgen de la cual mi madre era devota, solo esa virgen era de su simpatía, porque la verdad y para ser honestos, nunca le gustaron los curas, ni las monjas, razón por la cual, me salvé de estudiar en el colegio Carmelo. Ella eligió para nosotros, sus hijos, colegios laicos y mixtos, decía que eso de mandar a sus hijos a colegios católicos era un peligro y una ociosidad.

Luego nos mudamos a las Acacias. Casualmente, la semana pasada, estuve filmando una película en Las Acacias y me vi, viviendo en esos pequeños edificios de tres pisos, jugando rayuela, aunque nosotros llamábamos a ese juego “Pisé”, “La ere”, “El escondite”,  “Un dos tres, pollito Inglés”, el teléfono, “A la rueda, rueda de pan y canela”, “la señorita Elba, va entrando en el baile, que la baile, que la baile…” Metras, pepa y palmo, gallito, perinola con las latas de jugo yuquerí y palitos de tintorería, no digo trompo porque siempre fui muy mala con el trompo, estampándome los brazos con las calcomanías que venían en los chicles Bazooka. Y saliendo tempranito para el colegio, que quedaba en la cuadra de atrás, con mi hermana, apenas un año mayor, tomaditas de la mano, con cinco y seis años, respectivamente, solitas, porque no había ningún peligro.

Mi mami sin embargo se asomaba a la ventana de su cuarto, que daba para el patio del colegio y nos saludaba cuando hacíamos fila para entrar a los salones. Fue desde ese patio que mi mamá nos cuidó, sonaba el timbre del recreo y ella salía a la ventana y nosotras mirábamos y le lanzábamos besos, no se le ocurrió nunca decepcionarnos, siempre estuvo allí.

Cuando me tocó pasar a bachillerato, yo dije, “Liceo”, para esa época los mejores colegios, la mejor educación, los mejores profesores, el mejor pensum, era el de los colegios oficiales, la educación privada, estaba muy mal vista. Me zonificaron al colegio Santiago Key Ayala, que iba a estar en el Prado, pero aún no se había mudado la sede, de modo que mi primer año, fue en la que quedaba, “De Glorieta a Maderero”, mi mamá me acompañó el primer día, y me mostró, como llegar a la avenida Victoria y esperar en la parada, el autobús y  a darle a la cuerdita para que parara y bajarme en las avenida Fuerzas Armadas y caminar cuatro cuadras hacia arriba, hasta llegar al Liceo, mientras lo mudaban. Yo tenía once años y durante seis meses, hice ese recorrido solita. Que ciudad, tan amable, tan simple.

Llegamos a vivir en la Avenida Andrés Bello al lado de VAM y de allí llegaba en bus a mi liceo, que ya estaba en El Prado, después que lo inauguró el Propio presidente Caldera.

Una vez nos mudamos a El Paraíso, por un día, porque quien nos alquiló, se equivocó y ya lo tenían palabreado para otra gente, lo que nos hizo, embalar y desembalar  para regresar a la casita del Rosal, donde mi mamá no quería seguir viviendo porque había ratones. Aunque en el patio había dos matas maravillosas, una de cemeruco y la otra de níspero.

De allí nos fuimos a Parque central, esto era para mí, como la casa de los Súper Sónicos, nunca me gustó, allí comencé mis primeros ejercicios literarios, escribiendo poemas sobre la cárcel de concreto donde vivía. Sin embargo fue allí donde descubrí el teatro, un día crucé hasta la vieja casa del Ateneo y se estaba presentado un grupo: “Porque un día salga el sol, sin nubes que lo oscurezcan” Así de largo, era el nombre del grupo, allí supe, que eso era lo que yo quería hacer, aunque para ese momento yo estudiaba en el Pedagógico de Caracas, física y matemáticas.

Ya la ciudad nos estaba cambiando.

Comencé a hacer teatro, vivimos con una tía en Santa Mónica, y luego nos mudamos a Las Mercedes, un edificio pequeño de apartamentos enormes, ahora está Compumoll allí. Y me juré que si algún día tenía posibilidades, me iba a comprar un apartamento y le iba a comprar uno a mis padres, la verdad, estaba harta de mudarme. Para cuando llegó el viernes negro, la liquidación que me dieron en Radio Caracas por la reducción de personal, no me alcanzó para comprar en mi querida ciudad y nos fuimos a San Antonio de Los Altos.

Yo bajaba a Caracas a diario, cómodamente, porque no había tanto tráfico y cuando entraba en la valle coche, se me salían las lágrimas, viendo el Ávila.

Es tan amorosa, tan majestuosamente amable la bienvenida que nos ofrece al entrar a la ciudad nuestro Ávila.

Si veía un camioncito de tablitas lleno de verduras y frutas frescas, de esos que bajaban de los Altos Mirandinos a los mercaditos populares, se me salían las lágrimas de agradecimiento a nuestra tierra fecunda, aunque nací urbana, me atrapó la visión bucólica.

Pasé años escapada de la ciudad, hasta que no pude y decidí regresar, ya con un hijo en combo. La excusa: “Un buen colegio para Simón” Me mudé a “la ciudad satélite” La Trinidad, vía Sartenejas. Desde el ventanal de la sala, divisaba toda Caracas y el Ávila frente a mí, lejano pero más mío que nunca. El muchachito fue creciendo y con él mi susto, por su seguridad, la noche, las fiestecitas, las rumbas, enseñarlo a manejar, darle el carro… Allí me comenzó a doler la ciudad, algo había pasado, y en él, el hijo, se me presentaba la angustia de una ciudad invivible, cuando se tiene un hijo, se tienen todos los miedos.

Me mudé a Los Palos Grandes, el municipio más seguro, y al mes secuestraron a mi hijo, en el propio estacionamiento de mi edificio,  le robaron el carro y lo dejaron afortunadamente sano, en una calle donde consiguió ser atendido por una buena familia, que le prestó el teléfono y me lo trajo de madrugada, para que yo no saliera sola por ahí a buscarlo. Todo parecía oscuro, todo me empujaba hacia fuera

Se fue mi hijo a Australia por intercambio y comencé a dormir tranquila, que vaina tan loca, mi hijo, del otro lado del mundo y yo dormía tranquila, porque él estaba en una ciudad segura. Pero me regresó hombre, y un día me dijo: no es la ciudad mamá, es el miedo, ese es el peor enemigo.

Y entendí y le dí la razón, y conmigo muchas madres y muchos padres escucharon a sus hijos, dueños de su ciudad, más dueños que nosotros, nos invitaron a tomarla, y empezaron los milagros… la toma de la ciudad, los artesanos, los músicos, los libros, los escritores y poetas, los actores, los comediantes, los ciudadanos, los cocineros, los comerciantes…

Ya Caracas es nuestra de nuevo, es celebración y es verde y todavía nos alimenta de mangos en Mayo y de mandarinas en Noviembre, nos cobijan sus sombras en las aceras sembradas y en el tráfico un buen suspiro y una mirada al cielo Caraqueño nos alivia la espera. Eso somos, caraqueños luminosos porque Caracas ya es más luz, que Paris. 


La Ciudad de Todos

Por: Antonieta Madrid

Dicen que la ciudad de Caracas es la Ciudad de Todos.  No hay racismo, ni xenofobia,  ni clase alguna de discriminación. En la Ciudad de Todos, el agua de las fuentes brota libremente mientras el río Donaire se va tiñendo con los colores del crepúsculo y entonces son azules y rosados y amarillos y verdes y morados con toques naranja y pálidos ocres. En la Ciudad de Todos el arcoiris se ve reflejado en los cristales de los inmensos edificios. Caracas, una ciudad para querer. Caracas, aunque llena de verdes es también un bosque de cemento y de metal. Caracas, poblada de espejos: espejos cromados, espejos retrovisores, espejos biselados, espejos pulidos, espejos cóncavos y espejos convexos, espejos encontrados reflejando las imágenes al infinito. Campanas. Mezquitas. Torres y Minaretes. Cúpulas y Pagodas. Palacios de cristal.  Un domo blanco. Un palacio de mármol rosado. Un cubo negro. Carnaval. Reflejos. Reflejos. Reflejos. Carnaval. Salsa. Carnaval. Heavy Rock. Carnaval. Calipso. Carnaval. Hot Reggae. Carnaval. Trópico. Calipso. Carnaval. Carnaval. Carnaval…

Dicen que la mitad de  los caraqueños vienen de otro lugar. Los forasteros  han traído sabor.  La mitad y hasta más de la mitad han venido de muy lejos. Caracas,  una ciudad acogedora.  Lo dicen las revistas internacionales, la prensa en general. Algunos se refieren a Caracas como “la Roma de América”. En el Boulevard de La Gran Banana se encuentra gente de todas  partes del globo terráqueo, de todas las etnias, de todas las culturas, y subculturas y desculturas también. La Babel multicolor avanza sinuosa como una  gigantesca serpiente a todo lo largo del paseo peatonal. Mezcla de lenguas y de hablas. Choque y encuentro de civilizaciones. Sincretismo. Crisol.

Dicen que Caracas es la capital del Cielo. Caracas, un nombre que envuelve y encubre un mundo donde todo es posible, basta con sólo desear. En La Gran Banana, la turba políglota se desplaza  furiosa en un solo ulular, en un solo mirar. Tratan de encontrar algo distinto en las tiendas, tienduchas, puestos de buhonero, boutiques de lujo, sex-shops… Entran en los garitos, kioskos de videoporno, casinos camuflados como restaurantes exclusivos, pero no logran calmar la ansiedad. Van a la deriva y son MacDonals. Kentucky Chicken. Pizza Hut. Comida Arabe. Comida China. Comida Mexicana. Comida Hindú. Comida Trinitaria. Comida Japonesa. Comida Thai. Feria de todas las comidas. Hippies viejos de los años sesenta tomando agua de coco. Policías en moto. Policías a pie. Policías apostados detrás de las esquinas. Policías en relucientes patrullas último modelo. Policías disfrazados de punkies. Policías, simulando mendigos, con la ropa rota. Más puestos de Fast food. Yuppies con ropa deportiva hablando por los celulares. Punkies con las crestas fosforescentes, las caras pálidas, cintas y plumas de colores chillones, piercings y tatuajes lacerando la piel. Militares con uniforme de camuflaje. Militares de blanco.  Fruterías Chinas. Areperas. Juguerías criollas. Luncherías. Perfumerías. Farmacias a granel. Una farmacia en cada cuadra y cada cincuenta metros, un bar…

 Dicen  que el Boulevard  de La Gran Banana, nada tiene que envidiar  a otros lugares famosos del mundo: Portobello Road, La Calle Florida, Fifth Avenue, El Boulmich, El Zail, Saint German des Pres, Kurfürsterdamm, La Gran Vía, Bond Street, El Paseo de la Reforma, Wang-Fu-Ching, La Vía Margutta, Liu-Li-Chang, Worth Avenue, Nowy Swiat, El Damrac, Blecker Avenue, Oxford Street, La Vía del Corso, El Staré Mesto, La Gran Banana en Caracas, la Ciudad de Todos en El Valle Feliz, donde no llegan los huracanes, donde no hace frío ni calor, porque Caracas goza, durante todo el año, de un clima primaveral…

(Tomado de la novela: “De Raposas y de Lobos”. Alfaguara)


La arepa en una Caracas urbanizada.

Por: María Elena D’Alessandro Bello.

El pasado reciente de Caracas está recreado en excelentes fotografías, relatos autobiográficos, ficciones y testimonios que nos brindan la imagen una ciudad otra, pero un relato menos usual y más temerario es la memoria de un sabor vinculado a una de las costumbres culinarias más arraigadas en todo el país como lo es el desayuno o la cena con una arepa rellena.

En los primeros años de la década de los años sesenta, en una ciudad que se urbanizaba en las más diversas las direcciones, una de las escenas de mi niñez era ir con mi tía a comprar “las arepas para la cena”. Nos íbamos en su carro a comprarlas en una casa familiar donde elaboraban arepas de maíz pilado. Era una pequeña casa en la misma urbanización donde residíamos, Los Palos Grandes, donde unas mujeres trajeadas con uniformes blancos, dentro de la asepsia más absoluta, vendían arepas al público, un negocio familiar hecho y dirigido por las mujeres de la casa. Las señoras las almacenaban en una especie de baúl o cajón de madera, bien forrado en su interior con una tela gruesa, posiblemente para preservar el calor de las mismas hasta la llegada de los clientes y dispuesto a tal fin al lado de un improvisado mostrador. Las tenían listas para meterlas en una bolsa de papel según la cantidad que solicitara cada cliente. La pequeña quinta no tenía anuncios ni letreros, pero la gente de la zona sabía que allí las vendían, las personas llegaban y esperaban pacientemente para ser atendidas. Las arepas eran grandes, gruesas y con visos de su cocción en las marcas oscuras de las rejillas en las que se habían asado. Mi tía comparaba seis, una para cada uno, y, al llegar de regreso con el ansiado majar, encontrábamos la mesa dispuesta y servida sólo a la espera de las arepas para comenzar la cena. El olor era esplendido, solamente superable al sabor de tan singular alimento.

La cotidianidad de esos días que pasan con calma y alejados de la prisa parece una ficción, pues una rutina familiar que se activaba al caer la tarde desapareció en una ciudad donde la modernización introdujo en la cotidianidad del hogar licuadoras, -llamadas también osterizer aludiendo a la marca- asistentes de cocina y hornos a gas de mucha precisión, entre otras comodidades. Parte de los adelantos de esa modernización e industrialización del país fue la creación e introducción en el mercado de la harina pre-cocida o Harina Pan, que con sólo agregar agua, sal y mantequilla estaban hechas.

En los años sesenta vivíamos en Caracas con las dos opciones para comer arepas: la que se hacía con harina pre-cocida y las artesanales de maíz pilado que se compraban recién hechas, tibias y que no sobrevivían para el día siguiente. Como todo producto nuevo tuvo que luchar con una tradición muy arraigada con la ventaja de que lo que hacía era facilitar el trabajo doméstico. No es solo publicidad que la marca Harina Pan ha cumplido cincuenta años, es que la arepa de la época preindustrial y la industrializada convivían felices en una ciudad donde se elegía entre ir a comprarlas o hacerlas en casa con harina pre-cocida. Las diferencias entre ambas era algo en el sabor y cierta textura, decían mis tías, aunque la la arepa de maíz pilado comprada era superior en aroma y sabor.

El pragmatismo de la vida moderna nos ha hecho olvidar la presencia de la arepa de maíz pilado en nuestras mesas, mas la tradicional comida no se relegó ni se dejó de lado gracias a la presencia en el mercado nacional de la harina pre-cocida, fácil de elaborar y con un precio accesible para todos. Hacer una arepa artesanal, pilando el maíz y preparándolo para lograr el producto final, se hizo lento y complicado ante la facilidad que brindaba la harina pre-cocida. La ciudad que se urbanizaba rápidamente, se llenaba de gente que migraba del interior o llegaba a hacer vida en el país desde otros países del mundo se asimilaba al sabor, la comodidad en su elaboración y la alternativa que constituía frente al pan de trigo. La introducción del producto no fue sencilla como lo demuestra el hecho de que casi por una década convivieron ambas versiones. Finalmente, la Harina Pan se impuso porque simplificó su elaboración sin contravenir las costumbres, tradiciones y sabores preservando así una elemento básico de la comida del venezolano.

Lamentablemente luego de la década del sesenta, el negocio de “arepas caseras de maíz pilado” no sobrevivió ni a la vertiginosa urbanización de Caracas ni al pragmatismo que ofrecía la harina pre-cocida. Lo que está presente en la idiosincrasia del caraqueño es la costumbre de desayunar o cenar con una arepa bien en nuestras casas bien en comercios creados para tal fin: las areperas.

Lejos de una versión tipo panadería donde se compra el pan para acompañar la comida del día, las areperas fueron creadas tipo cafetería americana para comerlas allí ya preparada con el relleno que se desee como una comida completa o para llevárselas listas. En un primer momento a esas arepas rellenas las llamaron tostadas, y aunque conviven las dos nomenclaturas, el público ha introducido nombres singulares para la arepa según el relleno bautizándolas con nombres propios, siendo la reina pepiada la más famosa, seguida por la pelúa, la dominó y la catira. La tradición no solamente sobrevivió sino que se ampliaron sus opciones de comercialización, conviviendo al lado de las panaderías, cafeterías y comidas rápidas o “fast food” como una opción más.

El pragmatismo vinculado a nuestra arepa llegó a un nuevo nivel debido a la aparición del “tosty arepa” que al colocar la masa las asa en siete minutos, saltándose el paso previo de colocarlas en el budare antes de asarlas en el horno. Este producto ha tenido mucha acogida y aparentemente llegó para quedarse.

En la caracas de hoy conviven muchas formas de elaborarlas, versiones, tamaños, rellenos; asadas, hervidas o fritas, las comemos en casa o las compramos en la calle, queremos que no nos falte porque son parte de nuestra tradición culinaria y las necesitamos e nuestras mesas.


Ciudad: amada cicatriz.

Mariela Cordero.

“La belleza de la ciudad era,

ni más ni menos,

la belleza de sus heridas”

(Yukio Mishima)

Esta ciudad es como la piel de un amor: testigo de lágrimas y besos

me alejo, no puedo tocarla.

Temo que se enciendan sus cicatrices.

La miro de lejos, como a la piel de un amor,

no confesado.

La repaso fugazmente,

su calma tensa,

su hambre voraz,

su pulso alterado.

Temo que su latir me responda violentamente

me escondo

¿Cómo podré tocarla sin desnudarme primero?