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El pez dorado de J.M.G. Le Clezio

María Dolores Ara

El pez dorado es una novela que retrata el problema central de Europa en este nuevo milenio tan duro y tormentoso: la  imposible convivencia de sociedades multiétnicas y pluriculturales en el espacio que gestó la civilización occidental con todas sus luces y sus sombras.

Inclinado mucho más a enfocar las sombras de una Europa carcomida por la mala conciencia a la que le cuesta mucho aceptar sus propios horrores , Le Clezio elige contar la peripecia del desarraigo migratorio desde lo que se conoce como la novela de iniciación o aprendizaje. Se trata de un subgénero que cuenta el viaje del héroe protagónico como una trayectoria  de transformación que se opera al cruzar un umbral de índole psicológico, emocional,  o físico. Las novelas de iniciación tradicionales funcionan , generalmente, en el circuito cronológico que marca el paso de la infancia a la pubertad o de la juventud a la madurez, y se encargan de mostrar las duras pruebas que supone traspasar los límites de cada edad para situarse en la siguiente etapa sin morir en el intento.

En este caso, Le Clezio, introduce cambios sintomáticos dentro del género para mostrar su postura crítica ante la sociedad urbana occidental que invisibiliza al emigrante refugiado, lo empuja a la periferia cultural y desarrolla contra él una violencia extrema que contradice  las bases programáticas del occidente que enarbola las consabidas banderas de la fraternidad, la igualdad y la libertad.

Aquí encontramos un viaje en círculo , no en línea recta ascendente como dicta el programa de este género. Laila es raptada a los 5 años en una calle desconocida de un lugar que nunca sabrá exactamente cuál fue y  ese inicio cruel marca su camino evolutivo por distintos nombres que nunca serán el verdadero, distintos parajes geográficos y humanos que pocas veces la acogerán , y muchas, la expulsarán del territorio indispensable para sentirse vivo: el de la identidad reconocida, integrada y respetada. El círculo se cierra sobre la supuesta calle original de su desgracia, aquella en la cual una mano oscura la introdujo en un saco y la llevó como un animal más a venderse en un mercado donde su humanidad quedó, para siempre, reducida a la mínima expresión. Volver a ella traza el dibujo nítido del retorno a la paz del reconocimiento, que aumenta su cuota de sentido por cuanto Laila, ahora, está gestando un hijo de la metrópoli central , heredero de lo mejor y lo peor de ambos mundos, portador de la fusión de culturas dispares que han podido citarse,sin sangre,  en el encuentro de los cuerpos . Hubiera sido ideal añadir que esos cuerpos estuvieron enamorados, pero hay muy poco amor en esta historia. De lado y lado. Hay intereses malsanos, ruina, miseria, mezquindad e ignorancia. Y miedo, mucho miedo.

Podemos afirmar que se trata de una picaresca con voz femenina. Lo usual es que el pícaro sea un hombre, un muchacho casi siempre que se dedica a jugar con la vida para engañarse sobre su condición inferior y engañar a esa misma vida que lo desafía a superarse. Laila es una pequeña (y después no tan pequeña ) bribona, consciente de su poder de seducción, encantadora de varias serpientes que se asusta de su propia capacidad de hacer el mal. Mitad víctima, mitad verdugo, sufre todas las vejaciones posibles a lo largo de un periplo despiadado donde casi nadie la mira desde la humanidad que se supone honramos moralmente. Ella tampoco sabe elegir lo mejor para sí porque tendría que haberlo aprendido en alguna esquina de esa vida torturada y no ha podido ser. Traspasar la frontera desde la barbarie no ha dado frutos: en Europa le va todavía peor, es más carne de uso, es más comida para el depredador. Su potencial humano no puede crecer, no sabe crecer. Le queda ese último gesto de mestizaje inverso: llevar al hijo de los supuestos dioses superiores a la tribu primitiva a ver si se produce el milagro; otro modo de vida que deje ser a quien anhela ser y tiene derecho a ser sin que persecuciones atroces lo catapulten fuera de su tierra y pague con sufrimiento su condición de paria involuntario. No va a ser fácil. Posiblemente no va  a ser.

La novela clama por iniciar el contacto vital e intelectual con lo primigenio. Clama por abandonar el rol de Occidente como faro iluminador de valores con los cuales no solo no cumple sino que descaradamente pisotea justo en nombre de esa iluminación. Si Occidente y, principalmente, Europa son fuente y cuna de los más altos valores del espíritu, ¿cómo se comporta con tal grado de insensibilidad, corrupción y salvajismo? ¿Qué pueden esperar, entonces, los verdaderamente aislados de un estado de derecho cabalmente constituido? ¿Si Europa no se porta a la altura de sus ideales, que queda para los demás? ¿Si no somos ejemplo, quién muestra  el camino?

El pez dorado intenta reivindicar la diversidad y acogerla como propia, que sea propio todo lo que se asienta en Europa con la decisión firme de hacer un mundo pleno , seguro y libre. Que Europa comprenda a los otros para que los otros puedan decir que pertenecen. Pertenecen si son entendidos. Pertenecen si ellos también entienden. Y aquí llegamos al nudo gordiano.

La novela pide que vivamos de otro modo y dejemos vivir de otros modos, pero –como bien dice Fernando Savater- se puede vivir de muchos modos, pero hay modos que no dejan vivir. El personaje de Laila y su troupe de maltratados que maltratan se le escapan al escritor y recorren un camino que no estaba trazado en el plan. Vemos a los humillados vivir de espaldas a la ley, no conocer el orden y no estar muy interesados en conocerlo, ser más unos fugitivos que unos refugiados, solicitar derechos con muy poco cumplimiento del deber, ser abusivamente tratados y, a su vez, abusar en la primera ocasión en que el sistema muestra una grieta. Y están a la caza de la grieta. La serpiente se muerde la cola. Y tanto buenos como malos quedan irreconocibles.

La inverosímil erudición de Laila, sus dotes excepcionales para la música, su extraña belleza no le sirven para superar  su condición marginal de la que ella misma es co-responsable. Despojada de voz auténtica no es capaz de construirse y reconstruirse. Teniendo cómo y con qué. La novela la pone a perder sin compasión. Ese final romántico la termina de expulsar del centro social al que aspiraba: más perdida que nunca por negar sus propios dones liberadores, con un bagaje de infamias cometidas y padecidas se sienta a esperar un sentido para su vida en la misma calle que se lo arrebató y a la que le entregará un hijo cuyo destino también está marcado si no ponemos límites claros donde hay que ponerlos. Hay que desenmascarar la doble moral europea que arma a las huestes irredimibles para después llorar sobre los cadáveres que contribuyó a amontonar. Hay que desenmascarar a los adoradores de la muerte que se disfrazan de defensores de falsos ídolos para gozar con los chorros de la sangre enemiga. Y se inventan un enemigo con cualquier excusa. Unos y otros. Y, mientras tanto, el mundo se vuelve una cueva aterradora donde nos agazapamos esperando el zarpazo que nos borrará del mapa. A todos. Y así, los administradores del miedo vuelven, otra vez, a ganar la partida. Déja vu.


TIERRA DESACOSTUMBRADA de Jhumpa Lahiri

María Dolores Ara

“Los errores nunca se equivocan”( Graffiti en un muro)

La escritora de origen bengalí, de nacionalidad inglesa y residenciada en Norteamérica, Jhumpa Lahiri, nos regala en este conjunto de historias un manual invalorable de la vocación de ciertos humanos por la infelicidad. Estas joyas narrativas, conmovedoras y certeras, cuentan el momento exacto donde las personas se traicionan, el instante en que una oportunidad se desaprovecha, las consecuencias de dejarla pasar. Estamos ante la fotografía de los secretos íntimos que habitan lo doméstico y corren como ríos subterráneos de corriente paralela a la vida que se ve. Conocemos a personajes desfigurados emocionalmente. Quebrados por dentro y enteros por fuera. Que siguen adelante a pesar del peso gigante de lo que no es o no pudo ser.

Planteada sin drama, sin melodrama, sin truculencia esta saga mínima, elegante, de los bengalíes emigrados a Inglaterra y USA nos dice que la vida es así, es esto: decepción, error, caída, incomprensión; sin aspavientos. La pluma discreta y fina de Jhumpa Lahiri se detiene con ternura en los instantes decisivos donde se hacen elecciones de vida o muerte sin darnos cuenta de lo crucial de ellas porque lo cotidiano no nos deja ver su trascendencia. Aferrados a la norma, a la rutina, al deber ser como refugio,  los personajes de estas historias no ven o no quieren ver la demanda de salto que la vida les pide. Saben que viven tras una cortina que les obstaculiza la libre expresión de sus emociones, o el abandono de sus tradiciones. Intentar superar esos impedimentos les trae un sufrimiento mayor que el del encierro en sus rígidos patrones, así que siguen actuando con convicción, coraje y buena fe: apuestan a que la aceptación limpia de su destino truncado sea su mayor victoria. Sin amargura, ni rabia, ni resentimiento.

Las mujeres y las figuras parentales ocupan un lugar poderosamente significativo en estas historias. Ellas son dulces, hogareñas, humildes y sabias en la aceptación de sus frustraciones. Llevan la tensión entre sus deseos y sus logros con una natural inteligencia sosegada. Nadie revienta: a pesar de involucrarse en matrimonios forzados, desiguales, o bajo la presión de sus propias ganas de abrirse a la cultura que las hospeda, son relaciones fallidas ante las que terminan rindiéndose. Ni ángeles, ni víctimas. La autora expone un modelo que no recurre ni a lo ejemplar, ni a lo sufrido. Como toda norma tiene su excepción, en algunos cuentos es el hombre el que se siente asfixiado por su cultura y trata de desapegarse sin conseguirlo del todo, o consiguiéndolo a medias.

Los padres se representan como estructuras altamente demandantes, ante las cuales se sacrifican los verdaderos sentimientos y los actos espontáneos. La rebelión que los extermina no es posible en culturas de tal arraigo familiar. Son como dioses exigentes pero sin gestos violentos, sin  sangre derramada, sin castigos aterradores. Se admite un cierto grado de oposición pero sin transgresiones lacerantes. Son columnas que influyen decisivamente en las vidas de su progenie. El fracaso viene de la mano, justamente, de la desobediencia. La mayoría de los personajes termina regresando al seno cultural que lo vio nacer. Es un refugio seguro aunque indeseado. Es la manera de no sentirse tan solo en una tierra sin costumbres que abrazar.

Tierra desacostumbrada habla de la emigración exterior e interior. De ese territorio al que hay que mudarse por necesidad y que exige del exiliado una adaptación casi imposible. La tierra del alma, la de los afectos sufre también la conmoción de los tránsfugas: la naturaleza humana se agota de tanto equivocarse, se repite en sus errores hasta el aburrimiento, se disfraza para huir de ellos sin éxito. Da lo mismo si estamos en La India y nos escapamos a Europa, o si los mexicanos se intentan mimetizar en USA ( por no hablar de la diáspora nacional, que saca tanta roncha) , aun no moviéndonos de nuestro terruño hay mucho éxodo en cada circunstancia vital, mucha frontera que traspasar dentro de cada quién. La tierra a la que no nos acostumbramos y que no se acostumbra a nosotros, la tierra extraña no siempre está afuera. A veces, muchas, somos extraños dentro de la costumbre que nos explica. Y de eso se tratan estas historias contadas en tono de confidencia amable, como conversaciones de buenos amigos que necesitan decir lo que nadie sabe: no todo está dicho sobre nosotros, nadie sabe en el fondo nuestra historia. En algún momento, para nuestro bien, lo que ocultamos debe descubrirse ante un oído comprensivo que no juzgue. Finalmente se es extraño hasta para sí mismo y terminar por ser costumbre para sí, es una hazaña mayúscula.

El cuento que da título a la colección, “Tierra desacostumbrada” desarrolla la relación incomunicada entre Ruma y su padre, luego de fallecer la madre, centro de la energía afectiva de la familia india que lleva tiempo viviendo en el extranjero. De hecho, Ruma está casada con un norteamericano y ya tiene un hijo mezclado. La nueva pareja del padre es un secreto que se interpone entre ambos. Un peso que los separa, pues Ruma sigue honrando a su madre y piensa que su padre aún no ha superado su muerte, porque esos sentimientos de apego y honra son los que prescribe la tradición que la sostiene por dentro. Sobreproteger a su padre significa cultivar sus raíces o lo que queda de ellas y defenderlas del acoso de la nueva tierra donde se ve sometida a presiones profesionales, culturales y sociales completamente distintas. Cuando Ruma encuentra la tarjeta postal extraviada que evidencia que el padre tiene un nuevo amor su mundo se derrumba, es la evidencia que demuestra que su madre ya no existe, y su ausencia es la ausencia de referentes, de raíces, de sentido. Ante la prueba contundente de su desarraigo, anunciado a sus sordos oídos por la incomprensión del marido occidental, la crianza del hijo que ya es de otro continente, por la distancia afectiva del padre, y por su propia voz que se contradice, Ruma elige , en un gesto muy puro, enviar la postal a su destinataria. Al hacerlo se despide de su origen, pierde una batalla pero gana otra. Con madurez, encaje y respeto, Ruma elige hacer lo correcto, lo que corresponde. Ya habrá tiempo de recoger lo que se ha roto en su interior.

“Cielo e infierno” es la historia de la complicidad tierna y amorosa entre la madre de la narradora, casada ( la madre) en un matrimonio concertado con un hombre con el que no tiene mucho en común, y un compatriota bengalí que llega de huésped a su hogar, en sus primeros años de exilio en USA. Entre ambos se da una relación placentera, divertida y cariñosa que logra sacarla a ella de la amargura de una vida gris. Es un amor sin concreciones físicas, sin promesas, sin revelaciones. Paralelamente,  la hija del matrimonio que da acogida a Pranab y cuya madre se enamora de él, sostiene una rivalidad abierta con su progenitora, la desafía y se comporta violentamente. Por ello es la primera en alegrarse cuando Pranab se casa con una norteamericana, en rebelión flagrante a las leyes de su cultura, y rompiéndole el corazón a quien esperaba, ilusamente, que toda la vida continuara el espejismo de quererse sin definirse. Desgarrada, va recuperándose del desamor y consigue, con el tiempo, acercarse con dulzura al marido y tener un matrimonio bonito. Su máximo triunfo es convertirse en cómplice de la hija díscola, al madurar, y contarle, mucho después, que intentó suicidarse a lo “bonzo” cuando Pranab se casó, y la detuvo un vecino que logró verla antes de que encendiera el fósforo fatal.

“Una elección de alojamiento” nos presenta el matrimonio mixto de Megan y Amit, quienes han dejado a sus dos hijas con los padres de ella para asistir a la boda de una excompañera de colegio de él. Megan es médico, 5 años mayor que él, norteamericana , de inferior clase social. Amit es un indio que no terminó los estudios de Medicina, de familia pudiente que lo envió a estudiar a USA desde muy joven, separándolo contra su voluntad, de sus orígenes. La boda es una prueba social y emocional para ambos: se efectúa en el colegio donde Amit estudió separado de su familia y su tierra, donde creció como extranjero y experimentó el desarraigo inevitable. La chica que se casa le gustaba. Para Megan significa enfrentar el pasado de Amit, a una rival fantasiosa más joven, acaudalada y dueña de los recuerdos juveniles de su esposo. El matrimonio de ambos ha entrado en decadencia, al igual que la falda quemada, tiene un agujero que tapar. Una falsa euforia conduce su conducta, ella coquetea con un viejo conocido de Amit, él se emborracha y se pierde cuando va a llamar por teléfono para saber de las niñas. No vuelve a la fiesta. Megan se angustia hasta encontrarlo tendido en la cama del hotel, durmiendo. A la mañana siguiente el agujero por el que se les escapa la felicidad ha aumentado de tamaño. Van a despedirse de los demás pero no encuentran a nadie en la residencia de estudiantes que albergaba a los invitados. En un acto desesperado, hacen el amor furtivamente, en una de las habitaciones de la residencia. Amargados y resentidos, parece ser su última vez, o quizás sea  la forma de remendar el agujero negro que señala sus diferencias.

“No es asunto de nadie” nos presenta a Sang, una india soltera a la que llaman muchos compatriotas para concertar un matrimonio arreglado a la vieja usanza, mientras ella sostiene un noviazgo tormentoso con un individuo que la engaña, le es infiel y con el que termina rompiendo malamente, cuando se hace evidente el maltrato al que la somete y que ella se resiste a admitir, hasta el último minuto. La derrota final de sus aspiraciones nos hace suponer que Sang terminará casándose con alguno de los pretendientes de su misma nacionalidad y religión, con tal de  que no se repita la historia. Por donde se mire, el barco hace aguas: o se somete a la ley implacable de su  gente o se somete al escarnio de estas otras leyes, más veladas, pero igual de subestimantes y despreciativas. No lo tenemos fácil en ninguna latitud.

“Hema y Kaushik” es el último cuento y el más largo. Está compuesto por tres apartados que hacen de la narración una novela breve e intensa.  Habla de la historia de los protagonistas desde que se conocen en la infancia, comparten pocos momentos, hasta que se hacen amantes a los 30 años. Él , marcado por la muerte de la madre y el siguiente matrimonio del padre al que no perdona nunca. Ella, herida por la larga relación con un hombre casado, y luego por el compromiso con un hombre al que no ama y que le es destinado como señalan las leyes de su cultura. Llenos de deudas afectivas, ambos se encuentran en un espacio de hambre sentimental al que no logran dar una sana salida. La pasión que surge entre los dos no construye bases lo suficientemente sólidas para que él se despida de la madre muerta y se abrace al padre “traidor”. Para que ella no le cobre sus fracasos amorosos anteriores. Cuando el tsunami le arrebata la vida a Kaushik,  la muerte juega su última baza y, como siempre, resuelve lo que los hombres dejan sin terminar. Hema guardará en secreto la historia portadora de su verdad, se casará y llevará una existencia,  como la de todas sus predecesoras ( y quién sabe si sus sucesoras) , donde nadie sabrá nunca lo que pasó, a menos que…lea alguna de estas historias en el libro que las saca a la luz.


EL APOCALIPSIS SEGÚN SHEREZADE

A propósito de  Dos años, ocho meses y 28 noches de Salman Rushdie

María Dolores Ara

Tenemos mucho que agradecerle a Rushdie por esta resurrección turbulenta y delirante de Las mil y una noches en clave de reflexión histórica y política. Para empezar, eso: que haya escrito un tratado sobre filosofía de la historia rindiendo homenaje a la tradición más antigua del arte de narrar, los cuentos ancestrales de los persas que hicieron ( y hacen) las delicias de los amantes de contar historias bien contadas, suculentas y mágicas. Rescatar la fantasía abrumadora que subyace a los textos ancestrales y colocarla al servicio de una indagación aguda de la naturaleza humana ansiosa de poder es un proyecto audaz ante el que nos rendimos con gusto.

Comenzar por la conocida frase de Goya: “Los sueños de la razón producen monstruos”, señala el camino que la historia profunda va a recorrer: cuando la razón se alía con el mal para perseguir cuotas desenfrenadas de poder, el mundo se vuelve abominable. La experiencia conflictiva y dramática de las sociedades persiguiendo enajenadas su pedacito de dominio en un concierto global donde nadie es de fiar, constituye el terreno narrativo que trabaja  el absurdo, la hipérbole, la fantasía más inverosímil y la poesía más conmovedora como ingredientes magníficos para orquestar una idea indispensable de nuestro mundo en estado pre-agónico y de sus escasas posibilidades de salvación.

Los dilemas éticos que corresponden al manejo político ( ¿nos basamos en principios o en intereses para gobernar?) circulan por la novela envueltos en peripecias asombrosas que la atraviesan con humor y violencia para producir un asombro que nos deja impactados. Nada se salva del ojo satírico con que el narrador pinta una realidad enajenada por demonios indomesticables que han decidido trabar una lucha sin cuartel por apoderarse del mundo. Seres mágicos venidos de esferas desconocidas se cuelan entre los hombres que son tan o más extraños que ellos: Gerónimo Manezes, Blue Yasmin, Giácomo Donizetti, Seth Oldville, Teresa Saca Cuartos, el Bebé Tormenta, Hugo Casterbridge, entre otros, mezclan sus vidas con los y las yinnis venidos de un submundo inaccesible para fundar La Era de la Extrañeza, donde el  terror tiene su asiento comprado. Leemos la historia de nuestras contradicciones, para ser más exactos, incoherencias acumuladas por siglos de usar lo peor de la condición humana con la excusa de alcanzar objetivos altruistas. Aquello de “el fin justifica los medios” no lo inventó Macquiavelo, según estas invenciones de la Tierra de las Hadas  cuyos caprichos emocionales  arrasan con propios y extraños.

Rushdie se burla de todos los fanatismos que en el mundo han sido: los de acá y los de allá. La sociedad de consumo, hinchada de dinero y corrupción. El integrismo islámico, poblado de consignas irracionales en nombre de las cuales los tontos útiles explotan y hacen explotar cualquier esquina de la tierra a base de regarla con miedo del bueno.  Por no dejar, no deja fuera  ni el trato desigual que sufren las mujeres musulmanas. No en balde este libro lo condenó por segunda vez a ser ejecutado. El humor no es el punto fuerte de los mesías de turno.

La novela asegura que la imaginación es nuestra salvación.“Nosotros somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es.” Mientras no perdamos la capacidad de decirnos cómo somos en la fabulación que nos descubre nuestras mejores y peores facetas tendremos esperanza. Esperanza en que la batalla entre el Bien y el Mal la gane el Bien a pesar de todo. Esperanza en que estos jinetes de un apocalipsis de reciente cocción no logren su cometido: odio, estupidez, devoción y codicia no son tan nuevos como reza el libro; son la consecuencia de una humanidad que desprecia la tolerancia, la magnanimidad, la contención y el sentido común. Sobre todo, desprecia la humildad.

La máxima esperanza viene acuñada al final del libro. Los hombres de este tiempo deberíamos comprometernos con llevar a cabo la pacificación y verdadera civilización del mundo que vivimos y legaremos. “Con el trabajo duro y el respeto a la tierra.” Donde esa humildad tan necesaria no se interprete como una derrota, “sino como la victoria de lo mejor de nuestra naturaleza sobre nuestra oscuridad interior.” Para alcanzarla hay que seguir contando historias fantásticas, de gigantes y princesas, de genios, alfombras voladoras, lámparas prodigiosas y seres mitológicos. De batallas sin tregua, y milagros a granel. Sin el poder de las historias estamos reducidos a un mecanismo gris que funciona bien por fuera y se desgarra por dentro. La perversidad que nos habita es mejor verla actuar en los cuentos para que no tome el mando fuera de ellos. Sherezade salvó su hermoso cuello gracias a esto. Salvemos el nuestro.


Crónicas Marcianas de Ray Bradbury

María Dolores Ara

La relación entre la metafísica y la ciencia-ficción sería difícil de probar  si no fuera porque las obras del género atestiguan, por sí mismas,  su interés en indagar acerca de las verdades más profundas del ser y su vinculación con lo sagrado, que se lleva adentro, y que  cuesta tanto exponer por fuera.

El prólogo de Borges a Crónicas Marcianas da buena cuenta de esa relación, tan temida como deseada, entre hombre y divinidad,  entre misión terrena y misión supra-terrena del hombre en minúscula y su lucha por llegar a ser mayúsculo  como hombre que busca a un Dios dentro de sí, y lo busca para escribir su nombre, también, en mayúscula.  Borges asegura que al leer Crónicas Marcianas, algunos podrán empezar a preguntarse ( y otros, a responderse)  ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿qué quiere Dios de nosotros? . Preguntas y respuestas que circularán por la amargura y la belleza de esta conquista y colonización de Marte que nos pone frente a lo peor y lo mejor que somos, incapaces de ser de otro modo que tal como somos.

Dos afirmaciones de Borges en el prólogo encienden la señal de alarma: en la conquista del planeta rojo “…vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria”; “…los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero”. Si a cada oportunidad que nos dan vamos a  repetirnos en nuestros desatinos , ciertamente no vale la pena  la oportunidad que nos ofrece  un Dios más bien ingenuo, ni tampoco merecemos entrar en una historia que nos avergüenza cuanto más adelanta. O cree que.

Crónicas Marcianas , efectivamente, alarma. No solo porque lo atestigüe Borges. Alarma vernos ante un espejo que no nos tiene compasión, que no nos deja resquicio para engañarnos, que nos ata  a la imagen menos halagadora  de esta civilización: niños inconscientes y  pedantes que juegan a ser dioses,  no levantan un palmo moral del suelo y se creen con derecho sobre todo el universo. La novela  nos deja en ridículo y se agradece.

Escrita en capítulos independientes que conforman unidades propias y pueden leerse sin el concierto del conjunto, la obra es un paseo por las heridas fundamentales de la sociedad contemporánea , perpetradas por los enemigos que duermen dentro de nosotros. Nadie nos hace nada. Somos nuestro premio y nuestro castigo, y en el lirismo triste  de estas historias nos vemos vencidos por nuestros demonios: largo tiempo mimados en nombre de una superioridad traicionada por la razón.

En el principio, un Marte extraño , erigido sobre mar seco , sirve de escenario a la violenta incomunicación de una pareja que ha sucumbido a la rutina demoledora. Sepultamos las ilusiones de Ylla como si fueran nuestras, y Marte se quita el disfraz de planeta ignoto para recordarnos que el amor es otra cosa, y no esa farsa triste que se suele practicar. El Sr. K asesina a los hombres de la primera tripulación, y de paso, deja tirado el cadáver de una felicidad imposible. Igual que en el planeta cotidiano de nuestros desvelos, no sabemos ser felices. Materia reprobada. No es la única: las siguientes dos expediciones muestran un historial que duele: soberbios, cerrados,  tercos, caprichosos y cobardes, los marcianos empiezan  arrasando a una humanidad insustancial.

Pero al llegar a la cuarta expedición todo cambia. Los hombres de esta nave arriban a una tierra desierta por el exterminio de sus gentes. No quedan marcianos, han muerto indignamente por enfermedades que les hemos dejado de regalo. El regalo es para nosotros: un planeta donde expandirnos y demostrar que ahora sí vamos a hacerlo bien. “Aunque siga brillando la luna”  es, a mi juicio, el mejor capítulo del libro; la historia más entrañable y poderosa de esta saga que nos describe, pidiéndonos que nos reconstruyamos para rendir homenaje al significado de nuestra presencia en el cosmos. De la mano de un héroe inolvidable, Spender, conocemos las virtudes de la cultura marciana, sus aciertos, sus valores , y se nos dibuja una civilización que supo vivir, entender la vida y homenajearla. Spender nos enseña lo mal que pensamos, creemos y sentimos. Spender nos muestra el equívoco crucial: no sabemos parar. Lo queremos todo, queremos siempre más, nada nos satisface, ni nos colma. Insaciables, vamos destruyendo todo lo que hay de bueno, justo, noble y bello en la vida….en pos de algo que desconocemos y que nos espera en alguna parte fuera de nosotros. Y no lo encontramos porque no está. El poema de Lord Byron que se reproduce en el texto y  sirve de base a esta idea es uno de los más impactantes del romanticismo, y concentra una verdad implacable: sólo al detenernos seremos y sabremos lo que haya que ser y saber. Spender muere a manos de la pequeñez infinita del entorno que no entiende que no entiende. Pero nos duele: armados con lanzas y piedras queremos defender , desde nuestro Spender particular, al que desde el libro nos exige otro camino para respirar más y mejor humanidad.  La novela empieza a hablarnos de aprender , de levantarnos desde nosotros , de alcanzar la cumbre de una grandeza que hay que subir por dentro. Y le creemos: queremos que Spender triunfe y con él , todo la espléndido que no hemos sabido poner a funcionar.

Entre esta cuarta expedición, y los últimos terrícolas que fundan una nueva existencia en Marte, sin marcha atrás, las Crónicas despliegan su mirada sobre las citas puntuales con nuestras cuentas pendientes: los prejuicios raciales, el rol de las mujeres, la enemistad con quien es diferente, el miedo a lo desconocido, la competencia despiadada, el irrespeto por lo extraño, la modificación del entorno hasta su asfixia, la codicia como norte, la comodidad como meta, la lucha a brazo partido contra la soledad, el culto a los dioses tecnológicos…y así.

Cuando la Tierra ha explotado por obra y arte de nuestros desmanes, la última familia terrestre quema sus naves en el planeta por estrenar. Nuevos hombres se dan cuenta de la necesidad de rescatar valores antiguos. Solo desterrando la manera de vivir que nos llevó a morir podremos emular al ave fénix y salir volando en medio de cenizas. Las cenizas de un modelo fracasado. Los marcianos somos todos aquellos que queremos ser los hombres que siempre debimos ser . No hay que viajar muy lejos. Basta mirar hacia adentro.


EL MALEFICIO DE LA MARIPOSA

María Dolores Ara

A medio camino entre la literatura infantil y la filosofía para adultos, la obra manifiesta una voluntad explícita de emanciparse de lo real que la separa de la fábula clásica. Se percibe un admirable desdén por lo explicativo : la imagen sustituye a la argumentación y va sembrando vacíos, lagunas, abismos de sentido que, deliberadamente, dejan sombras sobre la acción. El final descoloca al lector: da un salto de vértigo y todo hay que suponerlo, rellenarlo y completarlo. Queda librado a su suerte, a la suerte trazada por el destino fatal de Curianito El Nene , pero no queda fijado en palabras que petrifican. La muerte , vuela.

EL hilo conductor de la “comedieta” , como la llama cariñosamente Lorca , es de raigambre netamente modernista y constituye una reflexión importantísima dentro y fuera de su época. Se trata de señalar la esencia espiritual de los seres y las cosas. Se trata de defender la idea de que la Naturaleza en un ser con alma, que todos sus componentes tienen vida inteligente y que en ello reside el misterio de la vida: en que todos, incluso los humanos, pertenecemos a un espíritu eterno e infinito que abarca todas las cosas visibles e invisibles, las hermana y las conduce a un destino superior. Está ahí la verdad que los hombres no pueden alcanzar y que los obsesiona. Dios se derrama pluralmente en la vida. Y cada ser lleva en sí una partícula ineludible de los atributos de Dios. Es un tema trabajado por Rubén Darío en su poema “Coloquio de los centauros”,que forma parte de Prosas profanas (1896), y que seguramente Lorca conoció y admiró.

El poeta es el develador del misterio. Es el demiurgo que va tras la verdad esquiva que se oculta al hombre común. Su búsqueda es objeto de burla y desprecio entre los hombres ciegos. Y la búsqueda, en sí misma, entraña peligro mortal. El prólogo advierte que es como “querer arañar la luna…”. Lorca se anticipa a su propia condición profética, compartida con todo poeta de oficio. Anuncia el sentido profundo del escritor: a medio camino entre lo humano y lo divino, el preclaro, el que baja a las profundidades del lenguaje para extraerle la verdad, a la que termina rindiendo la vida. Porque la verdad vive entre el amor y la muerte. Lo fatal espera siempre tras las verdades definitivas.

La mariposa es la encarnación del enigma. En ella se dan cita amor, muerte, belleza, secreto. Las alas son de libertad, de conocimiento. Volar es elevarse, sublimar.  Son alas de seda: voluptuosas y sensuales, hechas para la seducción. Hechas para atrapar. El poeta queda prendido del poder luminoso de la verdad que logra discernir y en cuanto se acerca, ella lo destruye. Pero queda su canto. Un canto que guía y abre caminos. Un canto que puede no entenderse, como afirman los gusanos, pero que invita a deleitarse con él, que invita a disfrutar un mundo que no da cabida a nuestra inquietud.

Más allá o más acá de los desaciertos estructurales que se le achacan a esta pieza (próxima al drama que no a la comedia, por cierto)  leemos una pequeña obra de arte que recoge un tema imperecedero con las imágenes y la  musicalidad genuinas del poeta, a las  que seguirá siendo fiel en todo su desempeño 


POEMA DEL CANTE JONDO

María Dolores Ara

Simbólico, apasionado, sensual, colorido, espiritual, telúrico, hermético y folklórico, García-Lorca es una voz arcaica y luminosa. La de la Andalucía morena que conmueve, la de los sentidos a flor de piel. La España andaluza que respira dolor y placer, la que florece en los claveles, la que se desangra en el toro, la que suda por los poros de una tierra herida a la que estamos deseosos de amar por su misterio y su fuerza.

Los poemas reunidos en este “cante jondo” se fraguan al calor de los emblemas de esa patria chica que crece desmesuradamente en las poderosas imágenes visuales y acústicas que la hacen latir para el lector. Andalucía canta en la voz poética que condensa su fuerza en cada brillo del lenguaje. Lorca consigue que cante el paisaje, que canten los pueblos, los campos, el olivar. Que cante hasta el silencio. Que hasta la muerte cante.

Los objetos más comunes, los elementos de la naturaleza que nos acompañan habitualmente se desprenden de su ropaje conocido y se visten con telas audaces que los renuevan de forma compleja y arriesgada. Metáforas sorprendentes se encabalgan sobre una musicalidad de hechizo. La poesía de Lorca se recita y canta como una composición cuya melodía seduce tanto como su letra. Pone a vibrar el alma de su pueblo, de su gente y de su tierra en las campanas, las guitarras, los ríos, los olivos y las torres. Hace que puñales, espadas y cuchillos acompañen la canción fatal en su sonido de herida y muerte. La Virgen de la Soledad transida de puñales pasea su procesión silente de llanto en varias salidas poéticas. La saeta, el grito melódico y folklórico de la Semana Santa  es un sonido profundo que recorre buena parte de la obra.

Lorca se encarga de la dimensión colectiva que hace presente a los invisibles. Lorca asume el protagonismo del campesino andaluz, del gitano despreciado y lo erige en figura de culto poético. Los personajes populares pueblan el canto como parte de su presencia histórica. Gitanos, barberos, jinetes, recolectores y sembradores, toreros, gitanas coquetas, prostitutas libres, hasta la ominosa guardia civil,  forman un coro que se hunde en las raíces de una tierra mágica y se funden en ella. Lo que le pasa al campo, le pasa a Andalucía, a España entera y a la humanidad. Un TODO se va gestando con estos elementos para crear un mundo que fascina en los símbolos que descifran la naturaleza más honda de esta circunstancia vital que convierte lo profano en sagrado, por  la percepción excepcional del poeta.


CUENTOS Y CUENTISTAS VENEZOLANOS: PARA ENTENDERNOS MEJOR.

María Dolores Ara

La revisión de algunos escritores venezolanos atiende a la necesidad de entendernos y entender a Venezuela desde su literatura. El momento histórico que vivimos amerita la lectura y relectura de los narradores que ficcionaron la realidad del país y lo explicaron desde la verdad de sus mentiras. La realidad venezolana queda descubierta y revelada en la ficción narrativa. Gracias a esos dos actos de magia que quitan el velo encubridor , podemos apropiarnos de ella, en primera instancia. En segunda, podemos explicarla y, sobre todo, transformarla. Solo puede cambiarse lo que se conoce; lo que se sabe cómo es. 

Por otra parte, esta mínima revisión permite rescatar valores literarios que han sido olvidados por el tiempo, o mal entendidos por el rumbo interesado del gusto del momento, o segregados del panteón cultural por no ceñirse a los patrones exigidos en determinada época. Traídos y llevados, ensalzados o hundidos algunos de nuestros mejores escritores han sufrido los avatares caprichosos de la moda, de las ideologías al uso o de la mezquindad de su entorno.

Nos interesa, también, rendirle homenaje a nuestra tradición literaria. Venezuela es el país del olvido fácil, rápido y puntual. Revisitar las bases de nuestra cultura, literaria en este caso, significa reeducar la memoria para que el pasado nutra la identidad perdida y cumpla con su misión: construirnos y reconstruirnos desde la mirada activa que hace del pasado fuente inagotable de conocimiento. En este caso de auto-conocimiento.

En la década de los años 20 se produce un movimiento de transición y cambio. Una nueva generación iza la bandera que desea renovar la prosa y alejarla de la ilusión realista que ya no dice nada. El costumbrismo criollista sigue al frente de los temas aplaudidos, y lamentablemente, seguirá por muchos años más. La búsqueda de lo auténtico, lo propio, la cacareada identidad que nos da sentido se busca por los lados de la expresión folklórica que , tiene indudables aciertos, pero que extendida con exageración termina por ser una camisa de fuerza que produce estereotipos cansones. Mientras en Europa las vanguardias cancelan el realismo y el romanticismo decimonónico para instalar corrientes de audaz experimentación de la realidad, en Latinoamérica se sigue fiel a la descripción del paisaje y de las costumbres como pasaporte seguro al beneplácito del público que quiere verse retratado en la literatura.

Las generaciones del 18 y el 28 en Venezuela intentarán acercarse a la explosión vanguardista europea con experiencias artísticas que marquen un antes y un después. Y , aunque aisladas y escasas, lo lograron. Prueba de ello son los magistrales cuentos de Julio Garmendia (1898-1977), nuestro escritor más vinculado a lo fantástico en un contexto donde serlo era una herejía.

Solitario e incomprendido, Garmendia circula su excentricidad por el mundo cultural venezolano sin pena ni gloria. Residenciado en Paris desde 1923 publica en la Ciudad Luz su primer libro de cuentos, La tienda de muñecos en 1927. No será editado en nuestro país hasta 1952, prueba irrefutable del poco crédito que se le concedió a esta colección exquisita de joyas irónicas que , con sutileza, desenmascaraban al régimen de Juan Vicente Gómez desde una imaginación fabulosa que sabía muy bien cómo decir sin decir. Unos pocos amigos le hicieron “el favor” de traer los cuentos y repartirlos entre la cofradía de compañeros que lo leyeron con escepticismo y benevolencia. Nadie entendió la contundente repulsa a la dictadura, a la sociedad y al modelo de país que ocultaban porque no lo contaban desde la crudeza realista, desde el bastión sociologizante sino desde lo imposible, desde la fábula libre de ataduras que exige al lector  reelaborar el significado oculto tras la anécdota.

La tienda de muñecos es una sátira político social escrita en clave fantástica, irónica y humorística que pone el dedo en la llaga con su punzante crítica a la sociedad de su época. La tienda es Venezuela y los muñecos las representaciones sociales relevantes que definen al país. Si hay una tienda hay un dueño que vende y compra muñecos a su antojo o según la ley de oferta y demanda imperante. En este caso se trata de un anciano que debe dejarle en su lecho de muerte el negocio a un sobrino no sin antes adiestrarlo en el arte de mantener “la tienda” ordenada y pujante. La mesa está servida para eludir todo referente directo a la realidad y dejarnos un discurso reflexivo que desmonta el entramado oficial de nuestra composición social y se ríe de ella socarronamente.

El cuento posee dos narradores : un narrador anónimo que deja un manuscrito al segundo narrador que nos lo muestra. De esta forma Garmendia elude la responsabilidad intelectual sobre lo escrito ante cualquier probable arremetida del régimen gomecista al que, como toda dictadura, le salen ronchas ante la crítica. Este juego le permite distanciarse arteramente de su compromiso ideológico y salir bien parado de toda sospecha. Porque lo que cuenta no deja lugar a dudas para un lector agudo: los muñecos están ordenados en riguroso orden jerárquico tal como gobierna la cachucha de turno. El principio de autoridad y el respeto a ella siembran terror por lo implacable de su ejecución; así mismo ocurre con el manejo de la tienda. Ni pensar en alterar la rigidez de la colocación de los muñecos en el estante. Los soldados tienen lugar preferencial, cómo no! Las muñecas son muy solicitadas…., los doctores casi no se venden y los animales con más éxito son los asnos y los osos…sin comentarios.

La estocada final del cuento no tiene desperdicio. El heredero de la tienda parece , en principio, dispuesto a cambiar las cosas. Solo oye a su mentor para cumplir con las normas de urbanidad que exigen ser considerado con un moribundo, pero, finalmente, decide que mejor todo queda como está. Les ha ido bien así, no? El pesimismo que cierra el cuento se repetirá en el resto de la obra de Garmendia y sus contemporáneos. No se ve luz al final del túnel y la férrea dominación militar se percibe como un mal endémico inexpugnable.

El difunto yo aborda el tema del doble como un duelo imaginario entre el orden y la transgresión. Con un sentido del humor pleno de sátira inclemente, el cuento narra la historia del “otro” y el “yo” como un juego de espejos enfrentados que revela al alter ego como un engaño conveniente. No hay “otro”, somos dueños de nuestra vida y responsables de cada decisión. El bueno y el malo son intercambiables e indistinguibles. La evasión que pretende separarlos es una trampa donde solo cae el único y verdadero yo que los reúne. Al final, sobrevive el pícaro, el mentiroso, el falso. De nuevo aparece el pesimismo como corolario a la historia. La fuerza está del lado del mal. El bueno perece víctima de su debilidad. Ni modo.

El médico de los muertos pertenece a la colección de cuentos titulada La tuna de oro, editada en 1952. Es el segundo libro de cuentos de Garmendia, y el último. En este cuento Garmendia critica la falsa modernidad que llega a la ciudad pueblerina con pretensiones. Los muertos emigran desplazados por el “progreso” que trae cambios inevitables y molestos para dar paso al “avance” urbanístico. La ley del más fuerte se impone, y ¿qué posición puede ser más débil que la inexistencia? Los muertos intentan oponerse a la interrupción de su placentero descanso pero no hay nada que hacer. Es decir, la ley de los vivos. Y estos no van a dejar que aquellos descansen en paz, porque la paz aburre y los hombres no saben apreciarla. Solo la aprecian muertos.

La muerte es el tema común que circula por los cuentos de Garmendia. Constituye una paradoja que su humor directo, su ironía divertida y el sarcasmo crítico que despliega en su escritura se basen en una temática fúnebre. Pero es que ese contraste es el que le da relevancia a sus historias. El anciano dueño de la tienda de muñecos antes de morir deja su legado a quien podría cambiar el orden terrible de las cosas y no lo hace. El yo canalla empuja al suicidio al yo noble. Los muertos son perseguidos en el más allá por la ambición de los vivos. En resumidas cuentas, el bien está acorralado porque no hay voluntad de cambio de ningún tipo: ni individual, ni social ni política. Garmendia refleja la perspectiva negra del final del gomecismo en clave de humor.


El Doctor Jekyll y Mr. Hyde de R.L. Stevenson

Maria Dolores Ara

El siglo XIX fue pródigo en las letras. La narrativa se movió entre la adhesión romántica que exigía la fatalidad como desenlace obligado y la obsesión realista, que imponía su código haciendo que las historias fueran puro reflejo para ser aplaudidas. La intención realista incluyó como temática del momento las tensas  relaciones del individuo con su sociedad y el carácter psicológico de los conflictos que terminan por vivirse en el exterior como producto de la paradoja interna.

Desde Shakespeare en adelante la literatura colocó el conflicto principal de la humanidad dentro de la conciencia. Ya no se van a tratar las relaciones del hombre con el entorno como la principal fuente de conocimiento humano. La clave para entender al hombre y al mundo está dentro: en el laberinto de la mente que no para de producir incoherencias, dudas, desajustes ; pero también, belleza, ideales y utopías.

Dentro de este abigarrado panorama surge una vertiente apasionante de la narrativa. Lo que podríamos llamar el “romanticismo científico”. La entronización de la razón se verifica como el reinado de una nueva deidad. La ciencia se vende como un poder omnímodo que puede explicarlo todo y resolverlo todo. Aquello de “pienso, luego existo” se convierte en el lema de una época alumbrada por el positivismo a ultranza. Solo la ciencia da sentido al mundo y solo lo comprobable por sus métodos tiene cabida aceptable.

Sin embargo, tantas virtudes no se sostienen. Entre los intelectuales del momento reinan más dudas que certezas. La ciencia esconde más oscuridad que luz, produce más problemas de los que soluciona, y tiene el grave defecto de estar en manos de los hombres, y ya se sabe lo que eso significa.  Surgen entonces varias obras emblemáticas , cuya vigencia ha crecido con el tiempo  que ponen el dedo en la llaga: en poder de hombres sin escrúpulos la ciencia es un arma mortal. En el fondo son más bien, ensayos disfrazados de ficción que indagan sobre el único problema serio de la vida: la invisible línea que divide el bien del mal. Ahora adornada por un cuerpo sistemático de investigaciones científicas cuya pretensión, al menos en la obra que nos ocupa es, justamente, borrar  la frontera entre ambos polos.

Dr. Jekyll es una novela  breve e intensa que nos habla del lado tenebroso de la naturaleza humana. De la eterna inclinación del hombre por transgredir la norma y abrazar lo prohibido. Por jugar a ser Dios, evadiendo la responsabilidad derivada del juego. Nos habla de la tragedia que supone negar la realidad, engañarse con falsos sueños de control y suponer que el Mal es más exigente que el Bien. Esto como apunte filosófico constituye una de sus tesis.

Otra, es la que expone y enjuicia la vida cotidiana de la sociedad burguesa  desde la denuncia de la doble moral de la era victoriana y el duro juicio social que le impone a sus miembros. La tragedia de Jekyll  estriba en no querer renunciar a ninguna de sus inclinaciones: dejar que su perversidad se ejercite libremente sin tener que pagar el precio que le cobra su conciencia, por un lado; y la sociedad implacable que lo rodea, por otro.

La doble circunstancia opresora, social y moral se ve plasmada en un estilo que inaugura la novela moderna:  la exploración del personaje desde la subjetividad. Así que tenemos un panorama explicado a seis manos, por partida triple de opuestos: el bien y el mal, el individuo y la sociedad, el yo y el otro. Nada mal para 1886.

Como si fuera poco la historia está organizada desde la tradición de la novela policial, de la que los británicos son padres ejemplares. Y dentro de ella, resalta la visión detectivesca que confiere  al tema  la base de suspenso que mantiene al lector en vilo. La tensión y el misterio cubren el caso de  nuestro Doctor Jekyll con maestría haciéndolo todavía más seductor. Si no fuera porque a 150 años de distancia todos sabemos cómo termina, seguiríamos sorprendidos por el desenlace que nos ofrece.

En el primer capítulo nos tropezamos ya con una de las ironías más lúcidas y acertadas de la historia. Aquella en la que nuestro Sherlock ( el abogado Utterson) señala que “siempre deja que el prójimo se destruya como mejor le parezca”. La sentencia condena de antemano al Dr. Jekyll que quedará expulsado de la norma al destruir sus mejores posibilidades por acción de las peores. Es esa libertad la que Utterson “respeta”: la de la libre elección aunque derive en muerte. La búsqueda de la verdad, asusta. Encontrar la verdad, muchas veces, mata. ¿Estamos preparados para saber la verdad? ¿Somos capaces de usarla bien? La respuesta luce confusa si la analizamos históricamente. Pareciera que Zeus hubiera tenido razón al prohibir que se le diera a los hombres el fuego del conocimiento. Prometeo está en problemas.

Pero una de las sustancias de que está hecha la verdad es de ambigüedad. Por eso, Utterson piensa que Hyde es un chantajista que soborna a Jekyll por alguna mala acción cometida en el pasado. En cierto modo, no anda muy perdido. El que se pierde, irrevocablemente es Jekyll cuando asegura que puede deshacerse de Hyde cuando quiera. Que lo tiene todo bajo control. Para inmediatamente verificar que Hyde, ese alter ego repugnante tiene la sartén por el mango y no piensa darle tregua.

El último capítulo nos depara un vértigo emocional insuperable. Retrocediendo hasta la más primitiva animalidad, Hyde es ya cadáver y Jekyll no aparece por ningún lado. Utterson lee el testamento de Jekyll y el escrito de Lanyon . En este último documento se desploma la verdad: Jekyll y Hyde son uno solo. Y aparece el verdugo implacable de todos los tiempos como causante del horror: la vanidad, la búsqueda de fama y gloria, el sentirse superior y fuera del alcance del destino.

Jekyll confiesa que la duplicidad de su vida era insoportable. Que aspiraba realizar el mal sin remordimientos y seguir siendo un respetable Lord inmaculado por la impunidad que le daría la separación entre ambas instancias de su ser. Pero no contaba con la fuerza del lado oscuro, que terminó amilanando al luminoso hasta exterminarlo. Un día solo había Hyde y nada más que Hyde. De Jekyll, ni rastro.  La confesión final es un dechado de transparencia: “odiaba y temía a la criatura que había en mí”. Lástima que no pudo decidirse, lástima que no pudo elegir, o integrar, o comprender, o encontrarse en vez de escindirse. Solo queda la muerte como territorio para la unificación.

El tema del doble es uno de los más apreciados por la literatura. Termina por construir un tópico desde la identidad como problema. Borges escribió un mínimo ensayo titulado “El Dr. Jekyll y Edward Hyde, transformados” donde cita una apócrifa obra de Stevenson fechada en 1888 y en la cual se enumeran “todas las manifestaciones de lo verdaderamente diabólico” de Jekyll. A saber: “ la envidia, la malignidad, la mentira, el silencio mezquino, la verdad calumniosa, el difamador , el pequeño tirano, el quejoso envenenador de la vida doméstica”.  Cualquier parecido con todos los Jekylls y Hydes que nos hemos encontrado por dentro y fuera, no es pura coincidencia.


DRÁCULA de Bram Stoker  (1897)

María Dolores Ara

“No busco la diversión y el bullicio, ni la espléndida voluptuosidad del sol y las aguas centelleantes que tanto gustan a los jóvenes y a las gentes alegres.Ya no soy joven. Y mi corazón, después de tantos años de llorar sobre los muertos, no se acompasa ya con la alegría. Amo la oscuridad y la sombra; y deseo estar solo con mis pensamientos el tiempo que pueda.”

En el ocaso del siglo XIX un irlandés misterioso escribe la novela que dará nacimiento a uno de los mitos más importantes de nuestra cultura: el Conde Drácula. Mezclando el ideario decadente de su época con los atributos del género gótico y el esoterismo sustancial  de su entorno, Bram Stoker  lega a todos los tiempos que han sido y serán un tratado sobre el Bien y el Mal pleno de resonancias eróticas y simbólicas, hasta ahora, insuperable.

Peligroso  y repugnante, sensual, poderoso y atractivo;  el vampiro es un espectro eterno que ha perdido su alma y por eso no se refleja en los espejos,  que no pueden devolver  la vista de un espíritu que ya no anima la materia. NOSFERATU, es el portador del mal, el que carga con el peso de lo enfermo, lo que está corrompido. Del griego, nosforos , advierte sobre la cercanía de quien devora lo sano ajeno para alimentar la perenne muerte propia.

Ambicioso de poder, comanda ejércitos aberrantes de ratas, niebla, lobos y zorros. Altera el clima, domina seres repulsivos ( y otros, no tanto…) huye de la luz diurna, solo duerme sobre tierra natal y dentro de un ataúd. Se alimenta únicamente de sangre humana, y su derrota viene envuelta en olor a ajos, crucifijos enarbolados, hostias y agua bendita. Símbolos eternos de la pureza anhelada, del Bien y la Verdad, del Amor incondicional que entronizó al cristianismo.  Finalmente, habrá que decapitarlo y atravesarle el corazón con una estaca.  Solo se triunfa sobre las huestes negras cuando la razón obsesionada queda separada del cuerpo al que dirige y las pasiones inadmisibles se hacen añicos. Sin corazón y sin cerebro poco mal se puede hacer.

Este derroche de fantasía y esoterismo  nace en la imaginación de Stoker como producto de su interés por lo sobrenatural. Perteneció a la Orden del Dorado Amanecer, un círculo ocultista que se dedicaba a la magia ceremonial  y cuyo propósito suponía la ascensión de sus miembros a la Luz iniciática saliendo de la oscuridad habitual.  A esta tendencia mágico-religiosa se le suma la fascinación por la figura histórica de VLAD TEPES o VLAD DRACUL, príncipe de Valaquia por el siglo XV de nuestra era. El más sádico, intransigente y cruel monarca que nos podamos topar , según unos; el más fiel, admirado y venerado jefe de la cristiandad frente al poder otomano, según otros: el caso es que nuestro personaje  tiene en su haber más muertes por empalamiento que estrellas hay en el cielo. La leyenda lo pinta como un “bebedor de sangre”  no en sentido literal, sino como emblema del castigo que le dio fama y renombre en toda centro-europa. Para más señas, VLAD TEPES pertenecía a la Orden del Dragón, un cuerpo militar católico-romano exclusivo para príncipes y nobles que luchaba contra los enemigos de la Iglesia y defendía la Santa Cruz.

La figura del Dragón es apasionante en su simbolismo. Representante del mal, de la destrucción y de la impiedad es el guardián del tesoro, y la prueba a superar  para obtenerlo. Se supone que encierra nuestra sombra y defiende lo que no queremos ver. El terror que infunde nos impide llegar al fondo de la cueva donde nos espera lo peor de nosotros mismos, sin lo cual nunca estaremos completos. Sin lo cual el mundo será siempre angustia por la elección dual: lo que amo vs. Lo que odio, lo que deseo vs. Lo que rechazo. El Dragón guarda las tensiones en pugna. Superar la dualidad significa trascender a la Luz. Superar la dualidad no es destruir al Dragón:  se trata de domarlo.  De ahí la fascinación del vampiro: más allá del horror inicial, te abre paso para el encuentro con lo que temes u odias de ti mismo. Lo que sucede a partir de allí es responsabilidad de cada quien. Lo dicho: fascinante.

El género gótico en el que se apoya la factura literaria de la historia subraya la seducción que ejerce. La versión tenebrosa del romanticismo exige, para cumplir con las normas, de un ambiente sombrío, personajes extraños y la escenografía exótica al uso. La novela gótica se regodea en contar historias morbosas y angustiantes que hurgan en el inconsciente para asustar con el miedo mayor: que nos lleven al sótano y nos dejen allí un rato. Solos con nuestra propia inclinación al mal. Con nuestros impulsos aciagos. Y la puerta está cerrada. Y no tenemos la llave. Posteriormente, desde Poe hasta Henry James, el imaginario sobre la concepción de la lucha entre Bien y Mal no ha dejado de depararnos sorpresas ineludibles servidas en la bandeja de un ideario que se debate en la duda de si ambos polos conviven, son los mismo, nos confunden o nos engañan. La síntesis final sobre el tema viene de la mano de la ciencia-ficción y de otro inglés insigne: LOVECRAFT. Jamás lo lean de noche.

La composición interna de la obra es otro acierto para el suspenso como plataforma de su ritmo. Las diferentes perspectivas en acción, el contrapunto entre puntos de vista individuales que se complementan dotan a la novela de una carga subjetiva que pretende relatar desde el sentimiento y la vivencia íntima una aventura que es confidencia, memoria y diálogo. Su pretendido carácter documental  cumple con otorgarle distinción de veracidad a un tema  generador, per se, de todas las dudas y escepticismos posibles. La mesa está servida para la acción: mitad cruzada, mitad exorcismo moderno, Drácula parece escrita por un Homero escapado del mediterráneo.

DRÁCULA  es una narración que abre su significado a otros temas igual de atractivos que la épica moral en la que está centrada. Uno de los más seductores es la crítica al cientificismo positivista del momento. Stoker no deja de fustigar la confianza hacia la razón científica como único camino que explica la vida y sus fenómenos. La consideración de la ciencia como una nueva religión que resume el Absoluto, se desmorona en la presencia apabullante de Van Helsing que suplica mentes abiertas, flexibles y capaces de admitir lo uno, lo otro y todo lo contrario para comprender lo incomprensible. La ciencia no tiene poder ilimitado, no lo explica todo ni lo resuelve todo. Lo sobrenatural existe y tiene influencia sobre la realidad. Opera en ella. Y la ciencia no puede combatirlo si no se apoya en otros saberes. El mundo es mucho más vasto que la razón y ella es impotente ante fuerzas invisibles pero verificables.

El vampiro es la figura narrativa erótica por excelencia. La lujuria es el mar de fondo que mueve el bautizo de sangre con que se produce la entrega pasional de los personajes. El placer es el motor y el vehículo;  el deseo es el combustible. A falta de almas que se reúnan, los cuerpos deben vaciarse uno en el otro para alcanzar sentido. Trascendente y trágico. Es la fusión de perpetuarse más allá de la vida y usar la pasión para llegar a la eternidad. Dos escenas emblemáticas lo prueban: el encuentro entre Drácula y Lucy en la colina, que reproduce el placer del orgasmo en ella y su absoluta rendición al Conde; y el cuadro magistral donde Mina chupa el corte que él se ha hecho en el pecho a la vista de todos y con el deseo brillando en la pareja durante la absorción. Podríamos mencionar también la orgía de las tres vampiresas y Jonathan en el castillo, cargada de lujuria y sensualismo inequívocos. El sexo como vía que aspira a la totalidad del ser para ser, deja su marca en quienes cruzan la línea. Mina tiene en su frente el estigma que señala el disfrute de lo prohibido. La era victoriana y la represión sexual que la definió dejan su impronta en la frente de Mina y arrasan con Lucy.

El ensayo crucial que se expone en la novela es el que argumenta sobre la naturaleza del Bien y el Mal. Es la historia incólume que nos quita el sueño desde siempre: la de las relaciones entre luz y oscuridad y su batalla infinita. Stoker da un giro sobre las definiciones conocidas y nos propone la consideración de un mal seductor y repugnante a la vez, que nos convoca porque nos da placer y nos da poder. Triunfa Drácula en Lucy por frívola y banal. El mal vence si estamos “dormidos” . El Mal atrae cuando se debilita la conciencia. Cuando la vanidad, el narcisismo, la imagen y todo lo artificial nos distrae. Vence Mina porque posee un estado superior de conciencia alimentado por el análisis, el criterio lúcido, la observación minuciosa de sí misma y de los otros, la flexibilidad y amplitud de sus razonamientos. Desde luego, Stoker es un defensor de la femineidad bien entendida, sin estereotipos. Mina resume los contrarios. Ella ha domado al dragón. A su salud.

El Mal es irreductiblemente el mundo de la Muerte. Lo que vive en la oscuridad. Lo que crece ocultándose. Lo sórdido. Lo que condena a muerte todo lo que vive. Lo que nace para morir. No se elude. Se hereda trágicamente. Se transmite, como una enfermedad. Es lo que mancha. Lo que convierte en impuro aquello que toca. Contamina y arrastra sin imponerse. No obliga.  Atrae. En la plenitud de la conciencia, perece.  Se expande en el vacío. Se lleva el alma a cambio de una falsa eternidad golosa. Todavía hay quien cae.


EL monstruo bueno. FRANKENSTEIN cumple 200 años.

María Dolores Ara

Celebrar el cumpleaños de un mito exige mucho. Los mitos no están a nuestro alcance y suelen demandar una atención similar al tamaño de su pedestal. En el caso de esta efemérides se dan cita dos estructuras culturales que empezaron un  viaje mítico, por demás exitoso, pero el personaje escapó al encierro literario y creció –magnífico- fuera de sus fronteras. La novela es una cosa; el monstruo, otra. Ambos se yerguen como faros que ayudan a comprender y a comprendernos, ambos alimentan deseos y miedos muy, muy humanos; ambos nos piden cuentas. Novela y personaje representan la cúspide del talento bien aprovechado. Salud!

El subtítulo de la novela, da buena cuenta del objetivo que se propone alcanzar. El moderno Prometeo nos indica que estamos ante una novela de tesis que echa mano de la fábula griega ligada a las dudas sobre la bondad del conocimiento cuando cae en manos de la parte oscura de la naturaleza humana. Prometeo roba el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres, violando la disposición de Zeus que conoce bien a los de su calaña; es decir, a los humanos comunes y corrientes. Sabe que el conocimiento guiado por el ansia de poder y el hambre de fama produce, literalmente, monstruos. El mito nos cuenta apasionadamente cómo Prometeo reta a Zeus para demostrarle que la solución no es mantener a los hombres en la ignorancia. Y luego , ya sabemos: ira de Zeus, castigo ejemplar para el transgresor, águila que roe entrañas, llega Hércules  salvador y colorín, colorado….este cuento , en realidad solo ha empezado porque si a ver vamos con las perspectivas de este siglo , dudamos de si Zeus no tenía un poquito  de razón.

Mary Shelley fue capaz de verlo, allá, por 1818, con lucidez y maestría que se le han reconocido -¡cómo no!- con la rendida admiración de lectores de cualquier condición. Vio que la ciencia podía ser un arma de doble filo ( como casi todo lo que vibra en este mundo ) al oscilar entre la necesidad y el temor, al convertirse en una pasión del ego, al sucumbir a la ilusión del poder y, sobre todo, al practicarse para mandar sobre la tierra y el  cielo. El eterno  juego de querer ser Dioses sin tener con qué. En una época de crisis ( ¿cuál no lo es?) religiosa, moral y social, con la Revolución Industrial ladrando tras la oreja, la tecnología gestando sus mandamientos , FRANKENSTEIN, la novela,  advierte sobre los peligros del progreso hipnótico, de la libertad ejercida sin responsabilidad, de la crueldad oculta bajo la máscara del saber, del mal que se cobija bajo la aparente superioridad intelectual y el bien que se pierde por la discriminación intolerante.

Concebida bajo el modo epistolar, muy propio de su tiempo,   se inclina por el tono confidencial, íntimo del diario y la crónica para intentar darle  carácter documental y verosímil  a una historia que inaugura lo que llamaremos más adelante la  ciencia ficción y que se construye con pretensión de ensayo usando la fantasía. La novela es toda una reflexión filosófica que cabalga sobre la imaginación y se estructura en tres narraciones concéntricas : el círculo exterior que contiene a los otros dos y está formado por la carta de Walton a su hermana que incluye el relato del Dr. Frankenstein a Walton y , dentro de este la historia del monstruo contada por él mismo como relato independiente que escucha el Doctor.

La reflexión filosófica de la novela invita a construir una nueva pedagogía basada en  el amor y la comprensión de lo extraño, invita a dejar de usar el conocimiento como arma para obtener poder personal, invita a detenerse a tiempo cuando nos tienta la vanidad, y proclama que el Mal deviene de la infelicidad. La perversión, la acción desalmada proviene de la ausencia de humanidad. Al que no se le ha enseñado el Bien no puede ejercerlo. Al que se le ha enseñado y sabe distinguirlo perfectamente del mal, y aún así lo ejecuta, se le llama monstruo.

El monstruo se ha desprendido de tal forma de su ropaje literario que lo encontramos en el cine de todas las épocas, en el arte gráfico, el cómic, el cuento infantil , los programas de televisión. Lo encontramos satirizado, parodiado, en los carteles publicitarios y en letras de canciones. Aniñado, dulcificado, o tan malvado que da risa ha recorrido el mundo entero, las escenas de toda clase, ha superado el estereotipo y se ha independizado de su hábitat. Al punto de  generar la confusión de que él es Frankenstein, cuando ese es el nombre de su creador, el eminente doctor que quiere dar vida a un ser sin pasar por las leyes naturales, y se le olvida el pequeño detalle de fabricarle un alma. Y en ello reside la embestida del tema : ¿quién es el monstruo? ¿La criatura construida a imagen y semejanza de un ser inconsciente e irresponsable, que usó mal sus saberes y quiso suplantar a Dios? ¿O el creador despiadado que no puede darle atributos del alma a su hechura porque no los tiene? Mary Shelley en un rasgo que la honra nos muestra una respuesta amarga que duele en la médula: nada bueno saldrá de los hombres  si no son capaces,  primero,  de estar a la altura de su compromiso racional.

El Minotauro de Creta mostraba su  monstruosidad al  poseer cabeza de animal y cuerpo humano: señal de la deformidad más alarmante, la de pensar con los instintos. Bajo este paradigma la idea de lo que es un monstruo corresponde a cualquier ser que no se avenga al orden natural, cometiendo actos opuestos a la esencia de lo humano. Aristóteles los tilda de “errores de la naturaleza.”Y damos por sentado que se dedican a perpetrar hechos de maldad de grandes proporciones. Sus  actos infames los separan de la comunidad humana que los expulsa de su seno y busca exterminarlos para recuperar la armonía que los monstruos devoran. Sin embargo, nuestro monstruo es una excepción. Más ángel que demonio, más vulnerable que todopoderoso, más respetado que temido no se mueve entre lo imposible y lo prohibido. Lo mueve la peor de las imperfecciones que ha heredado de su creador: la imposibilidad de amar y ser amado, que en su caso , como hechura anti-natura, tiene aceptada explicación. Y él la expresa conmovido y nos conmueve: “soy malo porque soy desgraciado.” En esa asunción de su ser mutilado, en esa orfandad de valores radica el aspecto sublime de esta novela.

Sin amor no hay cómo producir Bien. A  la distancia de 200 años el mundo se ha llenado hombres envilecidos de poder y monstruos ciegos de venganza. Gente que anhela amor y siembra odio porque no le han enseñado otra cosa. Mary Shelley escribió la historia de cómo los seres humanos se hacen abominables. Cómo se van convirtiendo en monstruos en cada acto donde se manifiesta lo peor de sí mismos. Mary Shelley y su criatura hecha de desechos de la muerte nos enseñan que hemos olvidado por qué es bueno ser bueno, y por qué es malo ser malo.  Y estamos a punto de olvidar cuál es la diferencia. 

Palabra, poder y perversión en El cuento de la criada.

María Dolores Ara

Nolite te basterdes carborundorum” ,“No dejes que los bastardos te jodan” es la frase que Defred, la protagonista de este cuento, lee  tallada en un listón de madera, semi oculto, de su habitación. Esta oración escrita en un latín más que cuestionable, se convierte en el corazón de lo que Margaret Atwood (1939) quiere  – y no quiere- decirnos desde El cuento de la criada. Escrita en 1985, esta espeluznante especulación atemporal , toca el techo de la fama al convertirse en la serie de TV más premiada del 2017 . Más de 30 años  después,  el público cae rendido a los pies de esta advertencia sobrecogedora sobre lo que puede pasar en el mundo. O sobre lo que pasa. O sobre lo que ha pasado siempre. Usted elige.

La crítica más frecuente describe a esta novela como una distopía feminista, etiqueta que se apresura a corregir su autora, definiéndola como ficción especulativa: la sociedad descrita allí está compuesta por elementos reales, todo podría suceder perfectamente. No hay señales de un futuro altamente tecnificado, ni fantasías evolucionistas de artesonado social. Estamos dentro de comportamientos posibles. Se trata de una realidad posible a la que nos hemos ido acercando a paso veloz.  Los bastardos que nos van a destruir, ya están aquí. Que no nos quepa duda.

El añadido feminista se observa claramente por cuanto la historia circula, en primer plano, por señalar a las mujeres como el grupo sobre el que se ensaña esta teocracia puritana que gobierna en  Gilead ( en hebreo: sala de los testigos), cuyas leyes se basan en la lectura fanatizada del Antiguo Testamento. La copia de aquella sociedad patriarcal y arcaica (ahora devenida en sociedad estéril), arrebata todo rasgo de humanidad a las mujeres que son usadas, las llamadas “criadas”, para procrear insensiblemente, para engendrar sin emoción, para hipotecar sus cuerpos que gestarán a los hijos de la élite política de los Comandantes. Alienadas también las “esposas”, que deben presenciar el rito sexual de sus maridos con las criadas, sufriendo por el vacío de sus úteros que las lleva a la humillación máxima de sus afectos. Despreciadas las “Marthas”, mujeres de servicio doméstico,  y despreciables, las “tías”,  inquisidoras crueles que se ocupan de reeducar a las criadas para que no piensen por sí mismas. Todas sin nombre propio, todas ocultas bajo cofias o uniformes que les arrebatan individualidad. Todas despojadas de sus libertades mínimas: cuentas de banco, profesiones, trabajos, amores, hijos, parejas, gustos culturales, lecturas, placeres sensuales , e ideas. Todas bajo la opresión de dos cuerpos policiales: los Ojos que controlan  y los Ángeles que vigilan. No hay palabra que no escuchen, no hay gesto que no adviertan. Así lo atestiguan los cadáveres al aire libre que cuelgan del muro. Hombres y mujeres respiran amenaza y peligro. El que asome la punta de la nariz fuera de la ley terminará pudriéndose en el muro, a la vista de todos y para su escarmiento. El pánico está servido.

La pregunta que nos persigue desde el libro  hasta darnos alcance es ¿cómo llegamos a esto? ¿Cómo una democracia liberal (el lugar de los hechos se sitúa en USA, una vez disgregada por las secuelas de una guerra nuclear sumada a la hecatombe climática) involuciona a un régimen pre-civilizado, primitivo y bárbaro? ¿Cómo , después de alcanzar reivindicaciones de género tan costosas retrocedemos a tratar a las mujeres como vasijas donde se deposita semen para que la especie no se extinga? ¿Cómo dejamos que los libros estén prohibidos, otra vez? ¿Cómo se instauró de nuevo el terror a disentir, a desobedecer? ¿Cómo vuelve a ser pecado el placer y el pensar? Más fácil de lo que creemos. Desde el poder se inventa un enemigo poderoso y terrible, el poder lo señala como culpable de todos los males que el propio poder ha creado, hasta que el miedo se expande como una enfermedad, y la sociedad clama por medidas represivas y controladoras que la salven de esta  amenaza ficticia , colocada allí para perpetuar en el poder a los de siempre para siempre. Y controlar a los de siempre por siempre. Fin de la obra.

Margaret Atwood nos obliga a  recordar, desde  este testimonio legado por la protagonista a un mundo futuro, que los derechos humanos, las libertades, la defensa de nuestra individualidad son ideas muy recientes en la historia de la humanidad. Que los totalitarismos deshumanizan desde concepciones inhumanas del poder. Que la religión es la excusa perfecta para afianzar las tiranías. Que las mujeres han sido durante miles de años propiedad de los hombres, sin derecho a decidir sobre sus vidas, ni sobre sus cuerpos. Si bien en Gilead nadie es libre porque los hombres también están encadenados a su propia castración, ellos violan la ley a escondidas , entregándose al libertinaje,  al juego, al placer de los sentidos,  ocultos tras la máscara de su intachable apariencia inmaculada. Para ellas ,hasta la hipocresía está vedada. El futuro es el pasado, pero peor.

La sociedad que pinta El cuento de la criada resulta reconocible en sus perversiones.  Y se dedica a denunciarlas para evitar lo que, hasta ahora, ha sido inevitable repetición. Sin dejar de lado el acto de esperanza que también hemos repetido eternamente: salvar, dando a conocer. Dejar un legado útil. Como portadores de una  tradición oral ancestral y mágica , los seres humanos  contamos cuentos. Fábulas aleccionadoras con moraleja. Notas que guíen, aconsejen a los que vendrán después. Usamos  la palabra en su misión liberadora, subversiva.  La experiencia de Defred  es dejar grabado  en un cassette anacrónico toda la tragedia de un mundo que no aprende,  para que un congreso de expertos , muchos años después, examine el testimonio como una curiosidad antropológica que no va a cambiar nada. Escribirán cientos de páginas , intelectualmente impecables, sobre el caso. El cuento de la criada es solamente eso: el cuento de una criada. Pero la esperanza está ahí: intacta, haciendo lo que sabe hacer; esperar.

“No dejes que los bastardos te jodan”, es un grito, una plegaria, un SOS, el verso inicial de un himno para abolir cualquier dogma, cualquier tiranía, cualquier ortodoxia. Parece que lo único que vamos sabiendo con certeza es que los bastardos llegan al poder con frecuencia y  se dedican a tener  la última palabra. Y que  la palabra legítima es el más temido poder. Ambas cosas deberían servirnos para exorcizar demonios conocidos de ahora en adelante. Seguiremos esperando.


DIARIO DE UNA BUENA VECINA de Doris Lessing

María Dolores Ara

Escrita en 1983, esta novela de Doris Lessing ( Nobel de Literatura 2007) nos habla de lo femeninamente humano que se ha perdido o escondido tras la fatuidad de conductas que las mujeres adoptan para no morir en el intento. De ser. de ser mujeres.

La amistad imposible entre Janna y Maudie va construyéndose en la novela con la belleza y la conmoción de un encuentro dispar, violento e inadmisible entre dos vidas que, por irreconciliables, van administrándose mutuamente tales dosis de tolerancia, análisis y entrega que terminan por hacerse reales para sí mismas y para la otra. La relación que se inicia desde la incomprensión culmina en la apoteosis que supone llegar a un ser pleno que ha superado el vacío.

Hablamos de Janna , una viuda joven, tan exitosa ( según lo que la sociedad obliga a  aceptar como tal) como fría, egoísta y soberbia. Tan soberbia como insensible, superficial y vana. Desde el ejercicio de un narcisismo potente y activo, sufre el tabú de la vejez, la degradación del cuerpo y la muerte como pecados capitales incomprensibles e imperdonables. El diario de Janna va a recoger el encuentro entre ella y Maudie. Entre ella y una vida real. Entre ella y la autenticidad

Maudie es un anciana enferma , desagradable y amargada. Vive entre la escoria, la mugre y la pobreza, abandonada por todos, abandonada de sí misma en una soledad que la condena a ser menos que humana. Bastante menos. La relación entre Janna y Maudie se elabora como un tejido atropellado de tensiones a partir de la necesidad de Janna de vencer el vacío. Su vacío. De encontrarse consigo misma desde otro ser con el que decide por primera vez involucrarse. Antes, su madre y su marido se lo habían pedido , y ella no había tenido nada que darles. Ajena a la vida real, Janna supera el asco que le produce la indigencia física de Maudie y se enfrenta con un valor insospechado a la aventura de  vivir la vida de forma real  conducida por una mujer que le enseña a ser una persona verdadera y no una muñeca frívola que juega a todo.

La historia de Maudie que Janna transcribe en su diario permite establecer la comparación indispensable entre las mujeres victorianas y las contemporáneas, revelando la crítica social que clama  por una revisión acuciosa del engaño cultural al que el feminismo ha sometido a las mujeres: la reciedumbre, la fortaleza, la madurez, la entereza de las ancianas que pululan por la novela contrasta con la debilidad, las contradicciones, el infantilismo, la fatuidad de las mujeres más jóvenes que se  han creído la tapa del frasco por suplantar a los hombres en el campo profesional, por tener más dinero que ellos,  sin darse cuenta de que han caído en una trampa que las subestima tanto o más que cuando dependían de los hombres para todo.

Y es que la ironía de esta historia se fragua en la comprobación de que no sólo no se han superado los vicios de la femineidad mal entendida sino que se han perdido valores esenciales de ella y se le han sumado añadidos indeseables. La galería de mujeres que rodean al eje dual Janna-Maudie refleja un conjunto de seres insatisfechos, rabiosos, inconformes, regodeados en el papel de víctimas. Mujeres, todas, que compiten entre sí, que compiten con los hombres, que se pasan facturas, resentidas y silenciosamente ( a ves, no tanto) violentas. Todas le tienen miedo a la soledad y a no tener un hombre con ellas. Ese panorama no se ha modificado en absoluto con la llegada de los aires renovadores que cacarean un feminismo a ultranza. Más obligaciones, más exigencias, más dependencia de la opinión ajena aumentan la dosis de frustración y desespero.

Dentro de una prosa áspera, ruda, que no hace concesiones, que llama al pan, pan y al vino, vino; Doris Lessing no nos ahorra detalles repulsivos ( notablemente valiosa la descripción del baño de Maudie: Janna la lava completa y se enfrenta a un cuerpo devastado que no se controla y que presenta su más degradante faz) ) para que acompañemos a esta mujer en un viaje de iniciación que la lleva a conocerse y a experimentarse desde lo que nunca había sido, gracias a una guía excepcional que le muestra el poder que hay dentro de cada mujer que empieza por respetarse a sí misma, aceptándose sin coartadas manipuladoras.

La furia final que nos describe el impacto que la muerte de Maudie tiene en esta nueva Janna revela el secreto mejor guardado: la rabia es contra nosotras mismas, porque no terminamos de querernos como somos, por lo que somos y a favor de lo que somos. Atesorando carencias y despreciando dones, vamos coleccionando furia tras furia y se la endosamos al primero que pasa, cuando el destino de tanta ira es nuestra propia incapacidad de ser fieles a esta naturaleza sabia y profunda que funda lo femenino sin que haga falta que nos volvamos locas buscando lo que se nos perdió muy lejos del lugar donde lo perdimos, porque creemos que hay que buscar dónde otros nos dicen que lo hagamos.

Julio 2013


LAS LUNAS DE JÚPITER DE ALICE MUNRO

María Dolores Ara

Alice Munro obtuvo, sorprendentemente,  el  Premio Nobel de Literatura en 2013. . Y de esa sorpresa hay que hablar. Es la primera vez que lo gana una narradora que solo escribe cuentos. Cuentos que no son cuentos, no al estilo tradicional. Alice Munro viola toda la preceptiva literaria en torno al cuento y deja al lector preguntándose  qué  está leyendo. Ya por eso, tiene merecido el galardón.

La técnica del cuento supone la brevedad como condición primera. Los cuentos de Alice Munro son bastante largos, sin llegar a ser novelas cortas. Rondan las 20 o 25 páginas promedio ( con alguna excepción). Los cuentos que conocemos abordan una peripecia central de la que no se desvían. El eje anecdótico es una columna vertebral recta, sin bifurcaciones. Cada  cuento de Alice Munro carga como el caracol su casa a cuestas ( en este caso varias casas) y están llenas de otros bichos: no hay una sola historia, un solo conflicto, ni un solo centro dramático. Una colección de seres y aconteceres, juntos y revueltos  se dan cita en torno a un hecho banal y allí cualquier cosa puede pasar . Los cuentos tradicionales abordan decididamente una sola acción y  la conducen protectoramente durante su corto recorrido hasta depositarla en el punto final.  Hay un solo misterio por el que se transita de principio a fin hasta descifrarlo. El misterio en Alice Munro no se lee, no se conoce, no se muestra. Si no lees despacio y con suprema atención, te lo pierdes, se pierde y no sabes lo que has leído. Sus cuentos demandan una lectura tan atenta que duele. El misterio no está expuesto, está escondido y solo se revela en un detalle mínimo, una frase inocente, una palabra dicha sin querer, casi aletargada en alguna costura de la historia.

Como el resto de su trabajo literario, LAS LUNAS DE JÚPITER, presenta una serie de relatos sobre las relaciones humanas ( principalmente,  parejas ) donde encontramos un común denominador: la  fijación de los personajes (mujeres casi siempre) en situaciones lastimosas dentro de las cuales gravitan sin posibilidad de desprendimiento. Todas dan vueltas y vueltas sobre un momento de la vida que dejó huella y del que depende todo lo que son. Ese momento no las deja ser libres, ni auténticas. Las condiciona, las domina y las altera. Por supuesto, las conduce a la infelicidad irremediable. Hipnotizadas, anestesiadas , inconscientes,  se dejan llevar por apariencias engañosas,  se unen a parejas que no son lo que parecen para zambullirse en el sufrimiento, el dolor, y el maltrato por su propia ceguera.  Asistimos al castigo merecido por su torpeza emocional, la cual aceptan con melancólica resignación. Es difícil definir  si se trata de no poder, no querer o no saber salir de sus círculos viciosos. Quizás no importe: Alice Munro lo que retrata es su condición de seres sentenciados por un tumulto emocional  aterrador que palpita escondido bajo una superficie suave, sedosa, lisa.

Y es que con “cara de yo no fui”, el narrador ( en primera o tercera persona) va usando un tono íntimo y confesional, susurrado y doméstico que va metiéndose como un soplo sereno e imperceptible –casi- en la psique emocional de los personajes y así cuenta lo que no se ve, lo que nadie sabe. A veces, ni el personaje. Supra-mega omnisciente, ubicuo y todopoderoso el narrador sabe lo que desesperadamente todos deseamos saber de nosotros y pocas veces alcanzamos a atrapar: los verdaderos motivos de nuestros actos, lo que de verdad pensamos de nosotros y de los demás. Y lo que es peor: la capacidad de cazar el momento exacto donde pudimos hacer otra cosa, e hicimos exactamente esa por la que hoy no podemos ser nada más que lo que somos. En minúsculas. La voz del narrador es magistral: hace y (se) mira hacer, piensa y evalúa lo que piensa, registra y juzga lo que registra. Es capaz de enfocar a los personajes desde afuera y desde adentro al mismo tiempo, de tal modo que mientras alguien cocina un exquisito asado sabemos a ciencia cierta que está clavándole  un puñal al vecino de cama, al que en ese instante prodiga una sonrisa melosa. Cualquier parecido con la realidad es premeditación y alevosía.

Otro acierto considerable  es la elección del tiempo como escenario . Cada uno de los cuentos  es el retrato quieto de un instante, un momento preciso ( una cena, una reunión familiar, una visita turística, un viaje, un encuentro planeado o casual, un velorio, un enfermo) que se representa en primer plano, pero deja transparentar el aluvión de los sucesivos planos que se atropellan por detrás, por dentro, y que son los que condensan el significado profundo de lo que apreciamos a simple vista. La imagen inmediata está descrita sin melodrama: la tragedia va abriéndose despacio  desde adentro hasta superponerse sin aspavientos, pero rotundamente,  al guión descolorido que vemos ante nosotros.  Y nos deja perplejos. Parece que en estas historias no pasara nada. Y es que por fuera no pasa nada. Todo lo importante pasa por dentro. Me resulta inevitable recordar a Saint-Exupery: “lo esencial es invisible a los ojos.”

Alice Munro habla de lo esencial indescifrable para los sentidos comunes. Lo esencial que habita escondido en nuestra sombra cotidiana. Y lo describe  desde una  escritura que, en sí misma, oculta más de lo que revela para hacerle honor a su credo. Sencilla y condensada, la lectura de estos cuentos no es lo que parece. Aquí nada es lo que parece. Nadie es quien parece.

No es lo que parece la joven que ha mejorado de posición social a fuerza de traicionarse a sí misma. Cuando le toca recibir a su horonda tía poco refinada, pero espontánea, alegre y natural, se le revuelven los apellidos y estrella contra su petrificado marido la bandeja del horno en el único acto de coraje que le queda para reivindicar una condición perdida en aras de una meta indecente: no ser lo que en definitiva se es. Entre las tías gordas y jocosas por parte de madre, y las puritanas solteronas hermanas de su padre, esta mujer descubre que la vida  se piensa, que la vida no se lamenta. Y que lo peor que nos puede pasar es que al final, no seamos reconocibles para nosotros mismos de tanto jugar a ser otros.

No es lo que parece la muchacha que va a parar a la isla del lago, fingiendo que es una mujer de mundo que se come a los hombres a cucharadas soperas, cuando en realidad es un ser que cree que sin una pareja exhibible  está mutilada. Y esa mutilación le impide relacionarse bien con alguien del sexo opuesto. Herida hasta la médula por su propia dependencia emocional, Lydia va por la vida sin desprenderse de la obsesión por un hombre que nunca la quiso y al  que sigue atada. Fracasada y sola sigue esperando que él se dé cuenta de que la ama, a pesar de sí mismo.

El mural humano que nos espera en La temporada del pavo es todavía más artificial, aunque más candoroso. La homosexualidad encubierta y mal manejada por los imperativos sociales de la época, da pie para una serie de malentendidos agraviantes que sin embargo logran defender los valores de cada género y sacarnos una sonrisa compasiva ante las confusiones causadas por la ambigüedad de los caracteres. La dulzura de Herb hace que las mujeres se interesen mucho en su compañía, y las más atrevidas sufran porque no les echa ni una miradita aunque sigan admirando su bondad y buen humor. La llegada de su amante a la fábrica de pavos pone fin al sueño de conquistarlo.

Accidente es uno de los mejores cuentos de la colección. Las relaciones adúlteras entre Ted y Frances mientras son profesores en la escuela secundaria del pueblo, se ven empujadas a una formalización indeseable cuando el hijo de Ted muere en un accidente espantoso que ocurre en el justo instante en que ellos están “divirtiéndose” en la despensa del laboratorio de ciencias. El narcisismo galopante de Ted se descubre frente a Frances como un gigante dormido que ahora se despierta dispuesto a ejercer todo su poder. Quien estaba dormida era ella, pero no hace nada. 30 años después sabemos que el verdadero “accidente” fue aceptar casarse con un egoísta aburrido que necesitaba ser el dueño de una mujer para sentirse vivo. Y al que aceptó en un momento de obnubilación, para sentirse viva ella también en medio de una confusión atroz. Ninguno sentía lo que decía sentir. Al final, un odio aterciopelado circula por las imágenes de Frances cuando describe lo que ha sido y es su vida tanto tiempo después.

En El autobús de Bardon, una mujer fantasea con  la idea de despojarse de sí misma para ser otra y tener una nueva oportunidad de construirse sin menospreciarse. Ha estado toda la vida esclavizada a un hombre que la ha reducido a su valor más bajo. Durante el trayecto en autobús repasa con fruición todos los encuentros y desencuentros con su galán de pacotilla, del que hace mucho no sabe nada pero del que nosotros sí sabemos que sigue siendo un seductor irresponsable y promiscuo que nunca le prometió nada que no fuera ese dolor de entregarse al peor postor de la subasta.

En el cuento más cortito del libro, nos encontramos a Prue, una buena chica que ha sido amante de Gordon, ahora buen amigo que le está  proponiendo matrimonio,  de repente, mientras una mujer furiosa destroza a timbrazos la puerta de la casa , y sobre el ruido y los gritos , nos enteramos – al mismo tiempo que Prue- que él está enamorado de la mujer que está en la puerta y  Gordon corrige de inmediato, apresuradamente,  la propuesta que ahora se `pospone para dentro de unos años, cuando ya no esté enamorado de otra. A la Prue que vemos le parece razonable. La Prue que no vemos ha ido vengándose a trozos, robándole algún objeto a Gordon y llevándoselo a su casa, cual urraca enriqueciendo una madriguera de desamor.

La Cena del día del Trabajo parece una obra de teatro donde seis personas emparentadas por lazos de sangre o amistad juegan a estar juntos y contentos para encubrir la rivalidad, el desprecio, los celos y cualquier otro sentimiento ruin que se pueda albergar entre pecho y espalda. La energía tóxica del ambiente circula tan libremente por sus vidas que al final casi se matan en un accidente de tránsito provocado desde el interior de la fuerza de matar y morir que los posee.

La Sra. Cross y la Sra. Kidd, son dos ancianas cuyo afán de poder y dominio sobre los otros, no se ha domesticado con la llegada de la vejez. Huéspedes de una residencia para seres que necesitan ayuda por enfermedad o incapacidad desarrollan sus tentáculos controladores sobre las víctimas propicias. Jack y Charlotte, jóvenes y enfermos serán el campo de batalla de una rivalidad eterna. Las mujeres no vamos a ceder nunca en el afán de absorber otras vidas para darle sentido a las nuestras.

El viaje de tres amigos, después de asistir juntos a una conferencia profesional, es la excusa para contarse sus respectivas Historias desafortunadas, en una competencia donde cada quién pretende ganarse el premio a la peor experiencia amorosa habida y por haber. Entre adulterios  con adolescentes suicidas, o con directores de terapia de grupo, hasta pasar por visitas morbosas a exparejas para medir el grado actual de interés que pueda seguir existiendo, el trío termina por exclamar que solo podrán ser felices si se escapan. De sí mismos. De sus propias vidas.

Un par de hermanos que no se ven hace 30 años, intentan recomponer una relación inexistente durante una visita surrealista , donde nadie oye a nadie, ni se acompaña y no se puede entender para que ha servido. Descubrimos que allí nadie es tan familiar como parecería: la esposa de uno de ellos tiene un pasado turbio, la hermana y cuñada del otro parecen estatuas silentes que nadie sabe qué piensan. La tensión entre todos parece una amenaza. El fin de la visita es un alivio y un sufrimiento. Acercarse para constatar que lejos están mejor que cerca.

El cuento que cierra todo el conjunto es el que engloba a los demás en una dirección única y por eso da título al libro:  Las lunas de Júpiter. Una mujer gira sin parar en torno a un padre enfermo, a una hija difícil y problemática, enfrentada a la otra hija celosa. A un yerno que desprecia, y a su propia asfixia continuada por esta serie encadenada de exigencias inverosímiles donde todos cargan con su baúl de facturas impagables, prestos a restregárselas al primero que aparezca. Sola, mirando las constelaciones en el planetario, ella entiende – y nosotros también- que somos satélites de los demás, dependientes y condicionados. Somos si ellos son. Si son como queremos. No somos, si no son como queremos que sean. Orbitas obligadas en círculos eternos. Lunas atadas a otras vidas. Incapaces de adueñarnos de las nuestras.


Lucía Berlín lava

Los trapos sucios al sol.

                                                                    María Dolores Ara

Manual para mujeres de la limpieza ha sido considerado el libro del año. Su título, diríamos que políticamente incorrecto, hace honor a su intención : hay que seguir instrucciones para sobrevivir al caos que es la esencia de lo normal. Hay que dejar pulcro el sótano revuelto de la vida ordinaria, hay que sacarle brillo al infierno cotidiano. Hay que hacerlo en público para que se sepa que la norma es la indecencia, y no la línea recta impecable.

La serie de cuentos que se reúnen aquí ha sido tildada de  “realismo sucio”, un apellido conveniente al estilo de la autora, pero no ayuda a darle el merecidísimo valor que tiene su escritura. Ciertamente crudo, enamorado de la fealdad, enaltecedor de la violencia entre razas, géneros, clases sociales, relaciones familiares, vecinales y de cualquier índole, el realismo de la autora es capaz de quedar inmaculado gracias a la mirada con que limpia la mugre de sus ambientes.

La humanidad extraviada en vericuetos donde se citan todas las miserias de que somos capaces: alcoholismo, locura, drogadicción, suicidio, manías, delincuencia, enfermedad, queda despojada de su habitual ropaje de amargura, dolor y sufrimiento gracias a la perspectiva de una narradora enamorada de la desgracia hasta el punto de blanquearla y suavizarla para dejarla convertida en su mejor posibilidad. Encontramos que toda esa gente herida que comparte con nosotros ambientes de desesperanza y maltrato, lo hace con sabiduría paciente, bien dispuesta a seguir en la desgracia, contenta de convivir con un dolor insoluble, ligera en su sufrimiento. Es una mirada llena de belleza que los llena de belleza. Sublime. Nada sucia, por cierto.

Los temas que aparecen en cada cuento son de una franqueza casi obscena. Familias desgraciadas, expertas en violar todas las normas más una, amistades más que peligrosas, relaciones inter-raciales al borde de un ataque de nervios, clases sociales en permanente estado de conflagración se mueven cerquita  de un precipicio emocional, pero no dan el paso hacia la catástrofe. Todos son salvados de la caída por la elección de esa primera persona comprensiva, noble y sana que no escoge la resignación ni la auto-compasión, sino la ternura risueña : la vida es como es y hay que bailar con gusto al son que nos tocan. Lo demás es masoquismo y placer por la tragedia, gusto destinado a quienes se sienten superiores, como dijo alguna vez D.H. Lawrence en un poema memorable. Y no hay rastro de la menor arrogancia en estos personajes solitarios, abandonados por la suerte, huérfanos de amor que asisten a la degradación de sus vidas en lavanderías de alquiler, en autobuses rutinarios, en escuelas católicas, salas de hospitales o reuniones familiares inconcebibles. Entre monjas severas, enfermeras aburridas, madres y abuelas que empinan el codo más de lo aconsejable, primas bastante ligeras de cascos, viejos asustados, negros sarcásticos, blancos irresponsables, indios calamitosos, latinos irredimibles transcurren estas jornadas de limpieza que sacuden la vida vulgar indomesticable.

El error es la actividad fundamental de estos seres, y su peripecia consiste en vivir en el error sin amargura, sin culpa ni sufrimiento. Tomarse las consecuencias como algo natural, no como una carga aplastante. Incluso con alegría, como si estas vidas desastrosas celebraran el mundo real que no finge la armonía que le falta. Audaces, intrépidos y admirables, estos personajes, mujeres casi todas, poseen una naturalidad fascinante, una espontaneidad que las hace adorables en su incomodidad desadaptada. No terminamos poniendo las etiquetas de rigor sobre buenos y malos. Lucía Berlín nos pone difícil el juicio: puede que lo sucio esté más limpio de lo que parece y viceversa. Por eso hay que leer detenidamente el manual y regocijarse de que a esta mujer  bellísima, inteligente,  y poco convencional se le haya ocurrido contarnos como se ve el mundo desde su experiencia íntima, contada como una confidencia ágil y simpática, en ritmo de conversación amena con nosotros, lectores  que seguimos escondiendo los trapos sucios porque pensamos que no somos normales si los enseñamos .


MARIANA PINEDA: “HAY UN MIEDO QUE DA MIEDO”

María Dolores Ara

Acercarse a la historia, no de los grandes acontecimientos sino de lo que es apreciado por el pueblo en esa misma historia, es el pasaporte que permite a la Mariana Pineda de ficción inmortalizar a la Mariana Pineda histórica. Y ese viaje se lo debe la segunda a la primera. Y por encima de todo, a García –Lorca.

Aliándose con el cuadro costumbrista, el romance popular y la copla andaluza, el poeta construye una obra que revive el pasado histórico y lo convierte en mito. Un mito entrañable, emocionalmente inserto en el alma del pueblo y contemplado desde la tradición oral que hunde sus raíces en la España arcaica. Con la revitalización histórica,  Lorca recupera el instante de gloria del personaje central,  lo convierte en leyenda,  leyenda dotada de sentido universal y eterno. Emblema aleccionador admirable.

El mito expresa los actos humanos significativos con historias paradigmáticas para dar con la clave de la vida emotiva del hombre. El mito se dedica a descubrir la fuerza que se oculta detrás de los hechos observables y transformarla en símbolo que cumpla una función social: guiar a los pueblos para la toma de conciencia y la asunción de su identidad. García-Lorca cumple cabalmente con  la misión destinada al mito,  al diseñar en Mariana Pineda una historia que enseña cómo el camino de la libertad está inevitablemente teñido de muerte, y es el precio a pagar por conseguirla. El sentimiento amoroso es el impulso que mueve el tejido íntimo de la historia para volcarse en un drama que envuelve a toda una comunidad sin distinciones sociales, económicas o culturales. Mariana es emblema del ideal de libertad, emblema de la mujer enamorada, emblema de un pueblo bravío y noble, emblema de madre ejemplar, emblema de coraje, emblema de sacrificio. Y si lo vemos bien, todos esos emblemas son aspiraciones de la más profunda humanidad, la minúscula y la soberana. El mito ha cumplido con su rol ecuménico  y tutorial.

En Mariana Pineda se citan lo épico y lo doméstico con tal encanto que parece natural un encuentro tan poco acostumbrado. El hogar protector, risueño y cálido encierra la misión trascendente, la pasión libertadora, la conjura comprometida. Vecinas alegres, servidoras entregadas, niños juguetones entran y salen de habitaciones conocidas que inmediatamente serán escenario de encuentros secretos con hombres oscuros que enarbolan el estandarte liberal. Unos y otros están unidos por el bordado oculto en  la bandera de la discordia: la pasión. Pasión por una tierra despojada de tiranos , pasión por los toros, pasión por los hijos, pasión por el canto , pasión por la vida, pasión amorosa, pasión religiosa, pasión por el poder.  Lorca da cuenta de todas las pasiones con maestría y belleza.

La tragedia de Mariana en el drama de Lorca se produce por el enlace entre el amor al hombre y el amor a la libertad. El personaje de ficción tiene pocas  inclinaciones políticas. Lo que hace está empujado por el sentimiento. Participa de la conjura por el vínculo amoroso. El patriotismo de Mariana, la de la obra, está marcado por la lealtad a sus valores  y a su pueblo. A su pueblo chico que es Granada, y a su dimensión nacional, España. Este giro romántico la acerca a la comprensión popular, la hace inmediata y la internaliza en el corazón de los humildes. Igual ocurre con el bordado. El personaje real no sabía bordar. La Mariana de Lorca borda porque Lorca la hace vivir en medio de  gente sencilla, de mujeres artesanas y campesinas: ellas bordan como parte de su esencia, y Mariana pasa a ser el aliento de esa esencia.

Es la forma en que el poeta logra su objetivo: construir un arquetipo que concentre el modelo a seguir para superar la crisis de conciencia que vive España en el prólogo a una guerra que dejará un millón de muertos. Construir una historia encima de la historia. Historia esta que hable de rebeldía, de fidelidad  a ultranza, de pureza, de ideales, de honor y vuelo hacia la libertad. Una historia que marca el camino deseable para la vida nacional. Para el hombre común. Un camino que se desmarca de los intereses pragmáticos que envilecen. Que habla del mísero Pedrosa,  mano a mano con el más miserable aún ( si cabe)  , Sotomayor.

Es el pueblo el que juzga, condena o absuelve. El pueblo que, como coro griego, abre la escena cantando el romance que perdura en la memoria y entra en un tiempo sin tiempo, que disuelve la cronología. La muerte de Mariana ha ocurrido. La recoge y ensalza la copla: la inmortaliza. Como figura profética, crística, Mariana representa la muerte del cordero sacrificial, del inocente que salva a la colectividad.  Una poderosa mística profética se construye en el drama.

Me pregunto de quién estoy hablando. Me parece que hablo de Mariana y hablo de Lorca. Mariana es su sombra , su alter ego.  Lorca se exorciza en ella. Mariana lee el  destino de su creador en la palma de su mano morena, como una gitana de la calle. Y él acepta el desafío. Igual que ella. Y termina por contárnoslo  al estilo antiguo, para firmarlo con sangre  como Fausto al vender su alma. Solo que este contrato con el crimen ruin de un inocente se propone embellecer el dolor, la rebeldía y el sufrimiento. 

Como todo artista que deja huella sabe que es necesario crear un mundo de belleza, fantasía e ilusión que nos salve del mundo real que condena a los mártires a una muerte cruel y prematura donde está encerrada la grandeza que los resucita.


SULA de Toni Morrison

POR: María Dolores Ara

Toni Morrison llega a conseguir el premio Nobel de Literatura en 1993 rompiendo la mirada esquemática que la literatura había acuñado hasta entonces sobre el tema de los negros y las mujeres. No sólo dentro de los Estados Unidos, con su geografía racista y exterminadora del “otro”. Morrison logra renovar el trato moral con un género y una raza que ameritaban ( y siguen ameritando) una revisión seria. Por ello, SULAextiende su poder de seducción mucho más allá de esas limitantes y nos habla de la fuerza natural que bulle en los colectivos desvalorizados , y cómo surge aliada a la tierra, al instinto y a valores primitivos de avasallante claridad.

Desde la amistad de dos niñas que viven en un reducto miserable de algo menos que una ciudad, y hasta menos que un pueblo se va contando la historia cronológica de la comunidad negra de ese enclave para describir un conjunto humano desde lo que esconde que, paradójicamente, no está escondido sino mostrado abiertamente y sin remilgos . Lo que está en el fondo de cada quien, en esta novela se sitúa en la superficie, y se expone con aceptación y naturalidad. Es la historia de seres que se  buscan en lo abominable de sus oscuridades, traban amistad elocuente con el mal que albergan, apuestan por llegar a ser sin prescindir de la barbarie y el horror que se lleva  por dentro. Y esta aventura de ser lo que se es a pesar de todo (con sus peligros, riesgos, aciertos y fracasos)  es una aventura principalmente femenina. Marías o Magdalenas, ángeles o demonios, brujas o hadas , hemos vivido encasilladas bajo etiquetas que, justamente, no nos dejan ser. Ni esto ni lo otro: ser.

La historia está contada en una división cronológica que la parte en dos: un primer conjunto de hechos principian en 1919 y culminan en 1927. Esta primera parte sirve para situar, para conocer desde afuera a los personajes. Para ver, como en un álbum de fotos ,  lo que que pasa sin entender por qué. Lo que parece que pasa. En este recorrido por 8 años de acontecimientos revulsivos conocemos el nacimiento de la amistad entre Sula y Nel, los orígenes dispares de ambas, la abuela prostituta de Nel que fallece en Nueva Orléans y  a la que hay que negar a toda costa. Ese viaje al sur que revela a la Nel niña su triple desventaja: negra, mujer y heredera de sangre promiscua, es el viaje hacia el compromiso de hacerse a sí misma de espaldas a los estigmas que la esclavizan. Sula es hija de una colección de disparates difíciles de asimilar. Tensiones de amor-odio, pasividad y delirio, crimen y pureza, vida y muerte marcan la vida de Sula y su gente. Una abuela que se mutila para cobrar el seguro con el que mantiene a sus hijos, una madre que muere quemada ante los ojos fríos de su niña, un tío drogadicto que se niega a ser útil y es asesinado por su propia madre como acto reivindicativo de una madurez que jamás alcanzará por sí mismo, un blanco consuetudinariamente borracho y tres muchachos con el mismo nombre que nadie sabe de donde salieron forman la escandalosa familia de una chica rebelde que se niega rotundamente a cumplir con el destino mortuorio de las mujeres que la rodean: perdidas de sí mismas, dependientes de los machos de turno, fabricantes de hijos a los que no aman, y verdugos de una felicidad inalcanzable.  La muerte accidental del niño en el río, que se le escurre a Sula de las manos ; el asesinato de Plum a manos de su propia madre, la muerte de Hannah , quemada frente a su hija y la boda de Nel  son los episodios que pasan ante nuestros ojos con rapidez y violencia para pintarnos unos personajes únicos, con rasgos únicos que no se parecen a nadie…de momento.

La segunda parte comienza diez años más tarde, en 1937 y sigue hasta 1965 con un paréntesis entre el 41 y ése último año final. Sirve para explicar la primera. Para que conozcamos el fondo del fondo. Y allí, en el fondo, todos nos hermanamos. Los motivos reales de los actos más extraños son motivos donde la humanidad se reúne alrededor de sus miedos, sus certezas, sus creencias, sus inseguridades: su manera de hacer el mal  pensando  que hace el bien… y viceversa.  Todo lo vamos sabiendo : qué pasó en el río, por qué Eva mata a Plum, qué llevó a Hannah a inmolarse, qué hizo que Nel se traicionara a sí misma, quién es luz y quién sombra, quién destruye y quién construye, quién da y quién quita….

Sula se marcha durante 10 años, va a la universidad y regresa decidida a construirse tal como quiere y no quiere ser. Dispuesta a pagar el precio de no cumplir la norma. Dispuesta a no ser como le piden que sea. Y a morir en el intento. Desde sacar a su abuela de la casa y meterla en una residencia de mala muerte, hasta acostarse con el marido de su mejor amiga solo para llenar un hueco a capricho, Sula va quemando sus naves hasta quedarse varada en el puerto que le corta su pescuezo. Termina haciendo lo que más detesta: desear el control sobre un hombre y ser absorbida por él. Algo que ni al amor se parece y que la empuja a la derrota de una muerte temprana. No es fácil enfrentarse al único enemigo verdadero: el uno mismo que odiamos ser. Nel sucumbe a manos de ese mismo monstruo: la perfecta, la impecable , la víctima de las malas artes de Sula resulta que esconde a alguien tan cruel y perverso como cualquiera. Y no había querido verlo. Simplemente.

En un paralelismo simbólico , la comunidad negra camina hacia una muerte previsible y aciaga. Como Sula.   Las promesas de una vida digna van estrellándose una a una contra la realidad despiadada que termina sepultándolos bajo el túnel que les servía de utopía salvadora. Desesperados de su suerte, entregados a un destino que parecen incapaces de cambiar deciden desaparecer bajo la tierra que se desploma encima de sus cabezas. Y lo hacen con la tranquilidad de quien sabe que convive con la desgracia, la acepta y la deja hacer.

SULA no es una tragedia. Es una revelación mágica. Cuando el libro termina Nel se ha encontrado consigo misma en su peor versión y ha logrado quererse completa. Es trampa quererse solo cuando la foto favorece, y romper aquélla en que salimos horribles. La vida que importa es la vida honesta en la que no usamos coartadas. SULA convoca a vivir sin excusas, sin mentiras. Y no engaña: el precio es alto. Hay quienes piensan que vale la pena.

Junio 2013


La premiada The Night

Por: María Dolores Ara

The Night es una novela con un planteamiento lingüístico que corre por debajo de la historia y la explica como metáfora y símbolo. Dotada de un artesonado complejo, nos ofrece un ensamblaje que mezcla tiempos e historias fragmentadas para señalar la descomposición social y moral que nos asiste. Más bien, la que nos desampara, y en la que el lenguaje traidor juega un papel destacado. Entre todos los demás traidores que pululan por la novela, y no son pocos.

La traición del lenguaje se atiende, en la obra, desde las figuras retóricas que conforman los juegos de palabras más conocidos. La Traición, en mayúsculas, se perpetra desde el lenguaje que deja de ser un principio ordenador y proveedor de sentido para convertirse en la columna vertebral del caos. Aquello de «…en el principio fue el Verbo…» como inauguración de un mundo sagrado en el que vale la pena confiar, queda severamente juzgado y condenad dentro de las muchas historias que tienen cabida en de la novela.

En el género lírico, por citar el más dedicado a sacarle a la palabra toda su magia, el aspecto engañoso de su presentación, hace del lenguaje un prodigio que embruja el entendimiento y altera la relación del significante con el significado. Pero aquí, en la poesía, el destino del artificio es impregnar de belleza los sentidos, hacer que estallen fuegos artificiales dentro de  cada imagen creada para transformarnos.

La consideración del lenguaje como falsario de la realidad es otra en el postulado de esta novela. Lo que podría considerarse una tesis o un marco teórico al que remite toda la peripecia, se concentra en la cita de Todorov que sirve de epígrafe al primer segmento, titulado Teoría de los anagramas. En ella se asegura que los juegos de palabras son obra del demonio, la locura o la irresponsabilidad política; es decir, que el mal, el caos, la anarquía y/o tiranía son las consecuencias de jugar con las palabras. Que no es saludable jugar con ellas, lo sabemos de siempre. La Torre de Babel, lo dejó claro. Pero cuesta obedecer al sentido común. Y cada vez, cuesta más.

La palabra nombra la realidad y establece, al hacerlo, la cordura, el sentido y la seguridad  indispensables para vivir. La palabra evita la confusión, el vacío, la oscuridad. Su misión es la de suministrar  una relación coherente entre la realidad y la verdad. Una hazaña  que, muchas veces, no puede cumplir. La novela nos contará una historia híbrida entre realidad y ficción bajo esta mirada que le da fundamento.

Pero no es el único referente que la justifica. El propio autor habla de insertarse en un género inédito: el realismo gótico. La nomenclatura constituye de por sí una figura retórica: un oxímoron erudito y curioso. El realismo refleja la realidad como un espejo que la calca sin distorsiones. El género gótico usa el terror para exponer fantasías de extrañeza y sacarle a la realidad toda su fabulación soterrada. Pensemos en Frankenstein, exponente magistral del género. La amalgama coincide con la intención de la historia: realidad y ficción albergan demonios, monstruos y perversiones que el lenguaje encubre, protege y potencia. La mesa está servida.

La historia se estructura alrededor de tres acontecimientos que conmocionaron a la sociedad venezolana por su sobredosis de crueldad desalmada: el caso de Edmundo Chirinos, el del monstruo de Los Palos Grandes y el crimen de Parque Caiza. Sobran los detalles. Los hechos están contados en forma de crónica o reportaje. Los personajes a veces tienen nombres ligeramente modificados, a veces, no. Y como una corriente de agua que susurra al fondo, nos presenta a  la Venezuela que transita de la década de los sesenta a la de los noventa, contada en la vida de la bohemia del momento que representa Darío Lancini y su entorno. El único espacio de la novela donde respiramos aire puro.

Nos encontramos con cuatro personajes principales (hay muchos otros) de ficción-ficción que sirven de engranaje entre la pretensión realista y la construcción fabulada. Que entran y salen de las noticias de prensa al cuento elaborado por la imaginación. Ardiles, Rye, Álamo y Margarita Lambert cargan sobre sus hombros la cruz de ser solo literatura. El resto no puede evadir su condición proteica de ser y no ser. Desde Teodoro Petkoff saltando por la ventana del Hospital Militar, hasta Gallegos Mancera ubicando a Lancini en cualquier país comunista que se precie, pasando por una Antonieta Madrid de película, hasta llegar al innombrado Jorge Rodríguez, de innecesaria presentación. La novela es una enciclopedia de seres conocidos de trato o vista que obliga a la conexión con una realidad más que ingrata. Los cuatro jinetes de este apocalipsis a pie del Ávila,  se vinculan por girar en torno a la creación literaria. El lenguaje ataca de nuevo.

La primera parte describe la teoría de los Anagramas. Consiste en barajar las letras o sílabas de una palabra hasta que se conforma otra, distinta a la original, con otro sentido. A pesar de tener sentido evidente, en esta segunda palabra derivada (pensemos en amor/mora) hay una referencia inicial que desaparece y muta en otro sentido que causa extrañeza. Mínimamente, sorpresa. Lo que era, no es y pasa a ser otra cosa. El orden del inicio desaparece y en el orden alterado aparece una realidad nueva. Sinónimo de la mutación que ocurre en el caso de Chirinos-Montesinos. El psiquiatra cuyo currículo acusa las marcas de una reputación en pedestal (rector de la UCV, candidato a la Presidencia de la República, investigador eminente, referencia mediática constante) resulta ser un psicópata, y deviene en violador y asesino insigne. Tal cual. Hay anagramas que matan.

La teoría de los Palíndromos. Las palabras que se leen igual de izquierda a derecha que viceversa (reconocer), siguen un patrón desafiante. Aunque al final, se trata del mismo significado, el viaje de la lectura, a contramano y siniestro produce escalofríos. La cita tomada de Salvador Garmendia lo descifra: cuando se lee un palíndromo lo conocido se aleja y lo desconocido «letal e inconfesable abismo, se aproxima». La manera de hacer el camino es destructiva, a pesar de contener los mismos elementos (palabras o vidas), el resultado de la operación (leer, actuar) es contra natura. Monstruoso. Algo se pervierte en el trayecto, algo tenebroso toma el control y conduce los signos naturales al inframundo. Ardiles es un psiquiatra vicioso, Álamo es un mitómano contumaz, Rye es un cínico drogadicto y Margarita es una chica que elige lo peor para ella a cada paso. Si pasamos a ‘la vida real’, el monstruo de LPG es el heredero de una saga familiar ilustre, el asesino de Parque Caiza (Gonzalo) es un profesor común y corriente de artes marciales, y de Chirinos ya hablamos. Solo por nombrar los ejes resaltantes de la novela. Eso sí, todo muy bien escondido por el juego de las apariencias. El palíndromo es una manipulación como cualquier otra.

Lo que narra este segmento, es la seductora peripecia vital de Darío Lancini, personaje real de nuestros predios literarios, que sirve de vehículo para recorrer la Venezuela, la Caracas, que de los sesenta a los ochenta vive un momento exaltado donde la cultura, la reflexión vivencial, las posturas políticas, el encuadre de lo real alcanzan una cúspide que da nostalgia. Se trata de un viaje dentro del orden conocido sin juegos de palabras, a pesar de ser Lancini nuestro ‘palindromista’ excepcional. El capítulo da cuenta de hechos reales ligeramente ocultos bajo mínimos antifaces : letras distintas en los nombres, apariciones breves de personajes ficticios, deformaciones interpretativas…El orden tuvo orden. El palíndromo demoníaco llegó después.

The night libroY así se llega a The Night, la lectura del fondo del infierno. Marcado por los acordes fúnebres del grupo Morphine (de cadencia excepcional y ritmo lúgubre) llega el desgarro, la melancolía, la depresión aletargante y la agonía final. Otro mundo emerge de la nueva correlación de fuerzas. La muerte expulsa los signos vitales y se hace dueña del territorio conocido que es ahora una gigantesca fosa común donde se amontonan los cadáveres de lo que pudo haber sido y no dejamos que fuera. Nadie llevó su vida al mejor puerto posible. Los rumbos se torcieron: el país  y su gente entró en la noche desmedida.

Para acabar con todo el sentido, la última parte se dedica al video-juego conocido por Tetris. Un rompecabezas virtual donde las piezas caen hacia la parte baja de la pantalla y hay que correr para ordenarlas, antes de que el sistema elimine la línea inferior. La velocidad de la máquina es insuperable. «Cuando construyes la línea perfecta, desaparece».  El orden, la certeza, es inalcanzable. Ganar el juego es imposible.

Para equilibrar tanto hundimiento me parece salvador regresar a un asunto parcialmente escondido, allá, en los pliegues de una anécdota de Lancini. Su devoción por los palíndromos nace de la lectura de Canaima (1935) de R. Gallegos, cuando Marcos Vargas, epítome de aquel empeño ético que procuró luchar por el triunfo de la civilización contra la barbarie, exclama: «Se es o no se es», palíndromo de resonancia shakesperiana que en plena selva tropical nos abisma y adquiere magnitud deslumbrante. Al fin, un palíndromo que da vida. Al fin, un palíndromo que nos desafía. Al final, Gallegos nos redime. ¿Qué somos ahora después de la catástrofe? ¿Qué queremos ser después? Hay un después, eso es lo que importa.


ANÁLISIS DE PAÍS PORTÁTIL (1968)DE ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN

Por: María Dolores Ara

La novela narra la historia de Andrés Barazarte quien proviene de la ruralidad montañosa y llega a Caracas en un momento de cambios económicos y sociales. Participa en la guerrilla de los años 60 y esa inserción permite a la novela desplegar ante el lector la crisis de esa época y la protesta armada que se organizó en consecuencia.

En la memoria de Andrés Barazarte se da cita todo el pasado familiar que dialoga continuamente en el recuerdo, mientras él va en autobús a cumplir con su misión política: colocar  una bomba. Ese diálogo cuestiona posturas ideológicas  y las confronta, entrelazándolas en sus dos ejes fundamentales: el fracaso y la decadencia como lugares comunes al devenir de la saga familiar y del país que simboliza. Tanto la una como  el otro se hunden en sus conflictos sin encontrarles salida.

La novela se estructura gracias a la interpolación de diversas voces narrativas que confluyen en la mente del protagonista y que van adentrándose en las profundidades de los Barazarte. Esta confluencia se da mientras la acción presente  consiste en el viaje en autobús que el protagonista hace de este a oeste por Caracas para cumplir con la misión que le ha encomendado el grupo disidente al que pertenece.

En el maletín que lleva la bomba, se dan cita las esperanzas de un país que clama por el cambio, y que sabe que éste va aparejado a las dudas, al miedo, a la alteración. En ese viaje medular por la ciudad Andrés va siendo invadido por la historia de su familia, que refleja la historia del país: hazañas a medio hacer, fracasos rotundos, amarguras amontonadas, y siempre la violencia como telón de fondo. El sempiterno mundo colonial del enriquecimiento ilícito como único objetivo de cualquier proyecto es la sombra pesada sobre la que se mueve un país que no se mueve. La casta de los Barazarte expone su lamentable deterioro  en la derrota visible de todos sus miembros. Tanto los rebeldes, como los cobardes; todos, perdieron su guerra por pusilánimes o irresponsables.

El examen de conciencia de Andrés, último heredero de la saga, pasa revista a todos los sistemas ideológicos, duda de ellos y sospecha que tras su fachada de promesas ideales alguien nos manipula como marionetas. Herida lacerante del escritor ante el comportamiento de la izquierda de su época que acepta la pacificación del 68 sin mayores aspavientos, decepcionando con su sumisión a los que habían creído en ella y en su potencial revolucionario.

La historia del país que Andrés repasa oscila entre la devastación y la refundación, pasando siempre por lo provisional como marca de fábrica. Se arrasa con todo para prometer un todo nuevo al que hay que llegar por la vía de lo transitorio, pero lo transitorio se hace eterno y nunca se alcanza el paraíso prometido. Lo transitorio se perpetúa y permite la estabilidad de estructuras precarias que no resuelven la raíz de los problemas y nos conducen a vivir sobre bases frágiles  que pocas veces llegan a ser sólidas.

El vínculo que describe al  país se establece entre la utopía ( lo que vamos a ser) y la ruina ( de lo que no hemos sido) . De la promesa a la degradación sin pasar por la realización, la concreción de un ser nacional establecido con firmeza. Se nos auguran futuros promisorios a los que no solo no se llega, sino que se destruyen sin haberse edificado, porque las promesas se van deshaciendo antes de cumplirse. Termina quedando el rostro emborronado de un proyecto siempre inconcluso.

Es ese el país portátil que nos acoge: a medio hacer, incompleto e insustancial. Poblado por el rencor de unos, la envidia de otros, la sinvergüenzura de la mayoría de sus hombres. Y por la locura, el aislamiento y el miedo de mujeres venidas a menos, maltratadas y expulsadas del acontecer histórico. El país donde los mejores sueños han terminado por convertirse en una gran pesadilla.  Adriano González León traza el rastro de ese viaje hacia la pesadilla que hay que leer como una guía de lo que no debemos seguir haciendo , y de lo que debemos empezar a hacer para dejar la condición de “portátiles” y alcanzar estatura de verdadera nación.


Las kuitas del hombre mosca de Eduardo Liendo.

María Dolores Ara

La elevación a categoría literaria de un animal tan insignificante como la mosca, no es de reciente aparición. La literatura clásica ya las ha homenajeado en distintas épocas y géneros. De Machado a Sartre, solo por citar a los más conocidos, las moscas han viajado por el estrellato poético con mucho acierto. En ellas se pretende ensalzar  la presencia de lo vulgar, lo cotidiano, lo sucio y contaminante en contraste con  los grandes héroes o temas a que nos acostumbra el arte. Hay belleza en lo mínimo, hay grandeza en lo ordinario y hasta en lo feo. Esa es la lección que aparece tras la consagración de las moscas como protagonistas de la literatura. Y a esa seducción sucumbe Eduardo Liendo cuando elige , para su novela un protagonista mediocre que se supera a sí mismo al transformarse en hombre-mosca.

Heredero de Kafka, Temístocles Pacheco es otro expulsado social, con ansias de pertenencia que solo puede hacerse realidad usando  la fantasía como recurso extremo. Marginalidad y periferia surgen como resortes de su ansia de liberación que terminará en una previsible locura. Nuestro pobre héroe es, en realidad, una parodia. Un perfecto anti-héroe desaliñado y más que mediocre: torpe, impopular y poco atractivo se transmuta en un seductor valiente y habilidoso por la magia de sus alas…de mosca. Temístocles solo puede metamorfosearse en ese animalito incómodo y nauseabundo, al que sin embargo no faltan virtudes. Es ágil, inextinguible, ubicuo. Testigo curioso y sagaz de todo lo visible e invisible, la mosca es el alter ego ideal para el sabihondo Temístocles que metido en su cuerpo humano ramplón solo ha conocido los saberes pesadísimos de la famosa enciclopedia de la que es insigne representante de ventas y que memoriza por orden alfabético deslumbrando y horrorizando a sus apesadumbrados compradores potenciales.

La cofradía a la que pertenece este protagonista múltiple es la hermandad de los pícaros. Si Kafka es su padre, la picaresca es su medio natural. El viaje que  Temístocles  hace por la ciudad nos va descubriendo las miserias de la urbe, sus accidentes morales, las astucias míseras de sus habitantes. Temístocles vestido de mosca, con alas transparentes y cargado con la leche condensada imprescindible para realizar su periplo nos presta sus ojos curiosos para que veamos la ciudad que no vemos con los nuestros. Le quita el velo que la cubre y la revela en su peor y su mejor perfil. Cuando es moska descubrimos su faceta sagaz y engañadora como un Lazarillo posmoderno que se sale con la suya gracias a guiños imperceptibles.

El tema principal que Eduardo Liendo aborda en esta peripecia doble, por jocosa y trágica al mismo tiempo es el de la duplicidad de lo humano. No somos una unidad indivisible, somos una reunión de voces que se dicen y contradicen constantemente buscando ser coherentes y extraviándose en el camino. Buscamos, como Temístocles,  ser otros, no ser lo que somos, no ser el de siempre, la poca cosa que creemos ser. Nos planteamos como tarea heroica la proeza de transmutarnos en lo que soñamos ser. Sin morir en el intento. Y se logra cuando reunimos los dos extremos más distantes que viven dentro de nosotros. Cuando encontramos el punto medio entre lo peor y lo mejor que nos habita. Por eso, estas kuitas moskosas se mueven entre dos polos , humanos, sociales, citadinos, emocionales y psicológicos.  Todo es doble. El universo es dual, dicen las religiones orientales. Y la lucha por el poder se da cuando se enfrentan las polaridades en pugna.

Temístocles es hombre moska. Y tiene un personaje que se le opone. El Báquiro, Danilo Montero que quiere ser Martín Pantoja. Temístocles, la moska, Danilo y Martín. Un compás a cuatro manos en busca de la identidad perdida. De la vida perdida. Uno de los dos presente en la vida real detestada y el otro, latiendo en la imaginación o en la idealización que le presta estar muerto. Evadidos de su terrenalidad, Temístocles y Danilo escapan a otras identidades ficticias con el vano anhelo de cambiar sus vidas. Prófugos de sí mismos, irán tras el hechizo de poder llegar a ser lo que cada uno sueña ser. Pero no hay cielo posible para los que escapan de las garras de la terca realidad. Solo se alcanzan a sí mismos en la locura o la muerte.

La novela subraya la esencia doble del mundo al dividirse en dos partes. La parodia de la primera parte se convierte en la tragedia de la segunda. Cara y cruz de la misma moneda, la aventura de usurpar una identidad que no te corresponde, puede conseguirse en el refugio fantasioso de una soledad mal digerida donde se  termina enloqueciendo; o corres el riesgo de arrebatarle el rostro y la vida a un muerto para apropiarte de todos sus bienes, incluidos los afectos. En cualquier caso uno de los dos debe morir. En el manicomio o en el cementerio quedará el más arriesgado.

La primera parte nos cuenta el trayecto de Temístocles a partir del día de su cumpleaños cuando comienza el proceso de metamorfosis que lo conducirá a convertirse en mosca a ratos. Lo acompañamos en sus viajes voladores que sirven de excusa para recorrer  a la Caracas impresentable. La moska es testigo de lo íntimo, todos los secretos de la metrópoli inatrapable se suceden frente a ella ,que nos los regala, generosa. Desfilan por ese teatro invisible los huele-pega, las prostitutas, los suicidas, los que se aman a dúo y en solitario, los mendigos, los vendedores ambulantes, los mentirosos, los corruptos, los engañadores, la farándula, los presos, los torturados.  La fauna urbana más agria despliega su espectáculo de sombras al que asistimos con fascinación. Pero hay otra ciudad. La de la luz. La moska asiste al Museo de Arte Contemporáneo y disfruta de las obras exhibidas mostrando la otra capacidad humana: la de crear belleza desde su talento. La belleza de lo oscuro baila con la belleza iluminada. La arquitectura de la ciudad es una escenografía esplendorosa para el retrato en claroscuro: la Plaza Venezuela, Sabana Grande, la UCV, los Símbolos dan brillo a la sordidez de los bloques y ranchos de Palo Abajo y Palo Arriba. Pero unos y otros son la ciudad, esta, la que nos toca vivir y sufrir. Y es ella en su sombra y en su luz. Una gesta a la otra. Solo son verdad en su unión perenne. Si una deja de estar, la otra no existiría.

La segunda parte cuenta la historia de El Báquiro, Danilo Montero.  Es la vida de cualquiera en el cinturón de miseria de la urbe. Expulsado de los amores que dan sentido a la vida, crece desde el odio para el odio. Nada puede parar su carrera indetenible hacia el mal. Nada no. Desde el otro mundo, el fantasma de un chico idéntico a él lo llama. Uno que sí ha disfrutado del calor del hogar, del trato amable y de la vida plena. Y al que ya nada de todas esas bondades alcanza porque está muerto. Suplantar al bueno, ser el bueno, amar lo que el bueno ama y volar al Bien gracias a dejar de ser el malo es la redención de Danilo. Imposible. El daño ha sido hecho y hay que pagarlo. Los sueños de El Báquiro fluyen en su sangre derramada sobre el pavimento carcomido de un callejón mugriento, donde lo alcanzó el ajuste de cuentas inevitable y puntual.

Como llegó, inevitable y puntual, el sacudón político que cierra magistralmente las aventuras de nuestra moska. El golpe alevoso que nos separó en dos. El que dividió al país en dos hemisferios irreconciliables. El que nos mantiene en una guerra inventada que enloquece o mata. Como a Temístocles. Como a Danilo. El que acabó con la esperanza. El que asesinó el futuro. Pero lo estamos diciendo mal. Pretendió hacerlo. Se dedicó a hacerlo. Proyectó hacerlo. Para que estemos atentos a que todo tiene dos caras. Atentos a la doble condición de lo real. Y entendamos que la misión de los humanos es unir, incluir y comprender la dualidad sin evitarla, ni esconderla, ni negarla, ni extremarla. Aceptarla y amarla para mejorarla. No hay moska que valga, no hay camino torcido que enderece la vida. Hay que arremangarse y trabajar por la rekonciliación. Así, con K.


ALMAS GRISES de Phillipe Claudel

Por María dolores Ara

Almas grises es un policial filosófico, si es que existe tal género. Como todos los híbridos experimentales termina por no ser ninguna de las dos cosas , o ambas, tan fusionadas como para producir un libro excepcional que no nos suelta la mano desde que nos la aprieta para ayudarnos a excavar en las ruinas de la naturaleza humana más oculta.ALMAS GRISIS

La pregunta que anima el desenvolvimiento de la historia y la consume hasta sus últimas consecuencias es cómo relacionarnos con el mal intrínseco, ese que aparece como una fuerza operativa que no conoce límites, que no se detiene , que nos supera y arrastra hasta la condena final.  La historia se detiene en un conjunto de almas grises que peregrinan hacia un Paraíso inexistente. Los hombres somos ángeles caídos y aceptar la caída nos honra. La caída es degradante, aceptarla nos da una oportunidad.

Esta historia que bucea en el crimen , ya caduco, de una pequeña de 10 años se vuelve la indagación sagaz de un policía atormentado y profundo sobre la magnitud de la vileza en la que está inmerso y contamina todo lo quetoca. Ese crimen ha sido precedido por muchos otros, y secundado por algunos más. Y sobre todos ellos, el crimen mayor: la guerra que lo deja todo servido para la impunidad. En nombre de estas y aquellas banderas se cometen atrocidades inenarrables que quedan legitimadas por los poderes de turno. Si está permitido y perdonado matar en nombre de leyes variopintas, ¿por qué está tan mal visto hacerlo solo por razones del alma? ¿Por qué se castiga al que mata por soledad, por desamor, por egoísmo o mezquindad, porque no sabe qué hacer con la vida?

Vamos asistiendo a la derrota del estado angelical de la mano de un narrador extraordinario. Un yo íntimo, dolido,  que hace memoria desde su alma inmensamente gris , que ha perdido la batalla mucho antes de contarnos cómo pasó. El policía narrador, nos va hablando de una aldea universal que va dando bandazos entre canallas y santos, y ninguno es inocente. Va descubriendo para los lectores hipnotizados por una prosa soberbia en sus alcances líricos que nadie es bueno y malo siempre, pero que siempre se será una cosa y otra, alguna vez, en alguna circunstancia. Nos describe las guerras que ocurren en el corazón. Las permanentes  guerras invisibles que fecundan las visibles.

El tono poético del que hablábamos nos hace un aporte salvador: hay belleza en lo impuro. A pesar de los demonios que habitan en las almas hasta teñirlas de gris, hay una esencia sutil en lo humano, hay elevación en el horror. El mundo es un lugar terrible , y así es como hay que vivirlo, celebrarlo y entenderlo.

La novela nos propone el ejercicio de un humanismo valiente y sin coartadas. Tal como admite el policía narrador hay que arrojar luz sobre los hechos para producir verdades, “aunque nada cambie.” Hay que preguntar y preguntarse. ¿Qué hace la vida de nosotros? ¿Qué hacemos  nosotros de la vida? ¿Qué hacen de nosotros las circunstancias? ¿Cómo conservar nuestra humanidad ante la barbarie? ¿A qué o a quién le tenemos miedo? ¿A los otros? ¿A nosotros? ¿No es dentro de  ese miedo amordazado donde crece el mal?

El fiscal, el juez, los soldados, la pordiosera, el policía, su mujer, la maestra, la cocinera, el tabernero, el tonto del pueblo, el sacerdote….todos son un misterio triste, una adivinanza perturbadora que nadie está seguro de resolver correctamente.  Misteriosos para sí mismos. Víctimas y verdugos al mismo tiempo, van asesinando el dolor, van haciendo desaparecer sus heridas con cada muerte propia o ajena, van borrando su sombra en cada crimen. La violencia es la única respuesta conocida. Ignoran otras opciones para salir a flote. No se sabe hacerlo de otra manera. Matar o morir son las salidas que se tienen a mano cuando la vida falla.

¿Qué decir de Belle y del bebé pequeñito, que son sacrificados antes de que se haya cumplido su tiempo para caer? En los depredadores hay un anhelo de pureza inalcanzable que los lleva a exterminar lo que se les escapa. Hay que rendirse a la evidencia más perturbadora de todas las que nos tocan la puerta: no estamos a la altura de nuestra humana condición. No, todavía.