somos urbanos/pasión país

La mujer en “EL MANIFIESTO COMUNISTA” de Karl Marx (1818-1883)

Por Karin van Groningen/ @KarinvanGroning   kavege@gmail.com

“En el presente se condensa el pasado íntegro”, dijo el gran filósofo español Ortega y Gasset (1883-1955). Yo exploraría nuevamente las implicaciones de esa brillante frase. La muy galardonada película norteamericana Witness (1985) dirigida por Peter Weir y protagonizada por Harrison Ford, nos ayuda en esa exploración. Se desarrolla en parte, en una comunidad amish. En ella sus dulces miembros se esfuerzan por mantener la forma de vida sencilla que llevaban en el siglo XVI, rechazando la tecnología moderna.

Expresión actual del cristianismo anabaptista germánico surgido durante la Reforma Protestante. Son vistas esas comunidades como una curiosidad histórica, tal como si se observase una vasija mesopotámica. Hermosa pieza partida en múltiples pedazos  y magistralmente recompuesta. El legado cultural de esas comunidades, sin embargo, es muy grande. Tal vez igual al de la vasija mesopotámica… Y por increíble que parezca, está ampliamente esparcido en la cultura occidental actual desde siglos atrás. Ha provocado trágicos eventos. Y dramáticas transformaciones históricas. En el siglo XX, la caída de los zares en la Rusia Imperial y el surgimiento de la URSS nos sirve de buen ejemplo…O, en el siglo XVI, la teocracia comunista instaurada por Jan de Leiden (1509-1536), el profeta  anabaptista que se apoderó de la ciudad de Münster (……). La Nueva Jerusalén, la llamó. Una teocracia poligámica. Una sociedad en la que se compartían todos los bienes. Expresado de forma más precisa, una sociedad en la que los hombres compartían todos los bienes, incluso a sus mujeres. Jan de Leiden se proclamó rey de la Nueva Jerusalén y en su corta vida, decapitó -debido a su conducta rebelde- a algunas de sus dieciséis mujeres. Historia que fue cuestionada por Karl Kautsky (1854-1938), marxista ortodoxo, estudioso de las manifestaciones comunistas en la Europa central para el tiempo de la Reforma Protestante. Verídica o no la decapitación, lo cierto es que la comunalización de los bienes con la que soñaron los marxistas ortodoxos del siglo XX y con la que sueñan los del siglo XXI, es una manifestación histórica que nos llega desde al menos, el siglo XVI. Concepto que recoge Marx en el siglo XIX en su Manifiesto Comunista (1848), uno de los documentos políticos más influyentes de la historia de la humanidad.  Marx se dirige a todos hombres, a los proletarios del mundo. Les informa que ha llegado la hora para la toma violenta del poder en manos de la burguesía. Que la gran riqueza que se deriva del elevado grado de desarrollo de las fuerzas productivas burguesas -de la incontenible mejora de la maquinaria producto de la Revolución Industrial-  debe pasar a ser colectiva. Riqueza que es producto del trabajo común de los miembros de la sociedad. Que en la sociedad comunista ese capital y el trabajo acumulado ya no servirá para el bienestar privado de unos pocos, sino para enriquecer y fomentar la vida  de todos los obreros y de los burgueses que se sumen a la lucha. Que el comunismo no priva a ningún hombre del poder de apropiarse de los productos sociales, sino del poder de hacer de esta apropiación un yugo privado, que permite a unos pocos -los burgueses- mantener oprimida a toda la clase proletaria. La mujer no cuenta en esta historia. Ella es en la sociedad capitalista, según Marx, una de las muchas propiedades de los burgueses. Y en la comunista, formará parte de una comunidad de mujeres más o menos parecida. Esa, a la que los hombres tienen pleno derecho a acceder en reclamo de privilegios. Esa, frente a la que todavía en el día de hoy, todas las mujeres se rebelan, pertenezcan o no a los movimientos de liberación femenina que con mayor fuerza hacen oír sus gritos de alarma. Y me dijeron que no le dedicase tiempo en mis ensayos a ese otro gran filósofo alemán -Schopenhauer- por ser misógino… En este punto le pregunto: ¿Deberíamos las mujeres dejar de hablar también de Karl Marx?

Caracas 27 junio 2020


Asalto en Caracas

Por Karin van Groningen     @KarinvanGroning   kavege@gmail.com

Ese que divisó a lo lejos captó su atención. Era muy tarde en la noche. Caminaba la tenebrosa figura  por aquella vieja carretera. Se la mostró al amigo con quien tomaba algunas cervezas. Al instante, se le pasó el efecto del licor. Expolicía, como era, se posesionó de su antigua ocupación. Precisó al hombre. Se encontraba en las afueras de Caracas, una de las ciudades más peligrosas del mundo. Con una justicia gobernada “a dedo”, los homicidios campeaban… La figura arrastraba una maleta. Al verla, saltaron de sus asientos. Y es que ambos amigos eran parte de las brigadas de protección vecinal y se encontraban en una de sus guardias… Brigadas integradas por viejos, que eran los únicos habitantes que quedaban. Prácticamente todos los demás habían huido de ese país inmensamente rico en recursos naturales, en el que las malas decisiones aprobadas con gran regocijo popular, lo condujeron a la quiebra total ¡Brigadas sin entrenamiento y sin armas! Y encima, medio embriagadas… Unos desgastados machetes era todo el equipo que les habían dado. Pero sobraba la disposición a defender lo propio.

Sin cruzar palabras el expolicía preparó su pistola personal, entregada años atrás, cuando se retiró del cuerpo policial. El amigo, viendo los muy inútiles machetes ya sin cacha, apeló por un destornillador de grueso y oscuro mango y por una bolsa negra. Abordaron su camioneta estacionada al frente de la casa y rápidamente llegaron al punto donde habían avizorado al caminante. Nadie a la vista. Tan borrachos no estaban todavía, se dijeron… Apagaron el motor. La casta de cazador se hizo presente en el expolicía. En la casa de Fonseca, es allí donde debe estar ese malparido, dijo ¡Está sola! Escondieron el vehículo y sigilosamente se llegaron hasta ella. Al acercarse vieron figuras que cruzaban las iluminadas ventanas. Son varios, dijo. Oyeron voces y se enardecieron ¡Malditos! El ex policía, sin pensarlo mucho, sacó la pistola del cinturón, accionó la puerta y al abrirla cayó con todo su descomunal peso en la mitad de la sala ¡Quietos ahí! Gritó. El amigo lo secundó agarrando la empuñadura del destornillador y ocultando dentro de la bolsa, su parte metálica. Simulaba una pistola ¡Quien se mueva lo mato! Gritó al caer también en medio de la sala. El alcohol, su falta de preparación y sus viejas rodillas, lo hicieron tambalear ¡Al suelo -gritó el expolicía saliendo en su ayuda- ¡Boca abajo! Agregó el amigo. El corazón amenazaba con salírsele por la boca ¡Ayyyyy! Oyeron gritar… Se miraron los amigos. Miraron a los asaltantes ¡La cara pegada al piso! -gritó el expolicía encañonándolos agresivamente. El amigo lo imitó con el destornillador ¡Ay diosito, qué miedo! Escucharon decir ¡Ay señores, no nos hagan daño, por favorcito! Guarden esas armas, pleaaaase… Nosotros no somos peligrosos, decían ¿Qué llevan en esas maletas? Pregunta el expolicía. Comida, escucharon decir a quienes se incorporaban del piso pasándose las manos sobre el cuerpo para alisar las posibles arrugas que se hubiesen podido formar en su muy apretada ropa ¿Comida? -rugió el expolicía. Sí, comida, repitieron, poniéndose la mano en las bamboleantes cinturas. Fue en ese momento en que vieron el muy colorado pantalón de uno de ellos. Tan ajustado que sus genitales casi saltaban por la muy visible bragueta. Los amigos estaban atónitos. Ambos todavía con las piernas dobladas y bien separadas apuntando al ya inhabitado piso y con las bocas abiertas… Uno apuntaba con la pistola. El otro con el destornillador… Paralizados observan sus extravagantes ropajes. Las cejas artísticamente delineadas. El color de sus muy pintadas cabelleras. El geométrico corte recién hecho. Turbado el expolicía atina a preguntar ¿Y en aquellas otras maletas que llevan? Ropa. Dijo uno de los asaltantes,  al momento en que un verde mechón de pelo le cae sobre la cara. Hipnotizados estaban los dos amigos ¿A dónde llevaban esto? Ruge el expolicía para enseriar la situación, apuntando a la cabeza del más alto de ellos ¡Ay señor no me mate! chilló despavoridamente temblando como las hojas al viento. Por contagio, los otros asaltantes temblaban también. Una carcajada intentó marcarse en las facciones de los dos amigos ¡No nos maten por favor! cayeron los tres de rodillas, arrastrándose hasta agarrarles las botas. Los amigos evitaban cruzar miradas… ¡Devuélvanlo todo! Corren despavoridos los tres por el monte en busca de los enseres robados. El terror y el fuerte amaneramiento producían una carrera prácticamente estática, donde sólo se veían mover brazos, pelos de colores y caderas ¡Ay, mi tobillo! ¡Cuidado con una culebra! Se los oye gritar a lo lejos con voces de soprano envejecida ¡Apúrate, que nos matan! Gritan mientras traen los enseres hasta el borde de la carretera  ¡Mis uñas…! Se miran la pintura desprendida. Y es que nosotros ya no tenemos en casa, ni pintura de uñas, se dicen entre ellos. Lo cierto es que en las maletas había perniles, jamones y grandes piezas de carne acumuladas para afrontar las desgracias que el país estaba sufriendo… todas pasadas de fecha. Sus dueños hacía mucho que habían emigrado. Verde empezaba a verse la carne, podrida tal vez durante los largos intervalos sin electricidad que ya era lo normal… Pronto el hedor se esparcía por los alrededores… Las cajas de corn flakes de Kellogs viejos, se mezclaban con las de los chocolates Savoy rancios,  de esas que se vendían antes de que las empresas cerraran sus fábricas. Pasta dental todavía útil… peines, cepillos, shampo y perfumes costosísimos, de los que nunca más se vieron en estas latitudes. Pañuelos, bufandas y hermosos vestidos… Abundaban las cajas de secadores de pelo, nuevecitos. Los tintes de pelo… Las cremas faciales… Todo un poema a un pasado de gran lujo y ostentación ¡Matémoslos! Grita el expolicía ¡Ay! Gritan los peluqueros… Y es que después se supo que los asaltantes trabajaban en una peluquería. Que la casa era de los dueños de varios salones de belleza, oyeron decir allí. Los enterraremos por aquí, agrega el expolicía ¡Ay no señor, por favorcito! piden los asaltantes. Ya todo el cuerpo les temblaba. Espasmos naturales, fuertemente dramatizados. Podemos hacer lo que ustedes quieran… Sólo pidan por esas bocas… les decían ¡Los voy a matar! Vuelve a gritar el expolicía. Pero los melosos asaltantes pasados unos momentos de terror, se recuperaban convirtiendo las amenazas en una parodia de violencia. Vamos a tirarlos al Guaire, dijo el amigo, el otrora romántico río, el lugar de esparcimiento de la ciudad, que en tiempos recientes, demasiados cadáveres ha visto pasar. Vamos en marcha… apunta el amigo con el amenazante destornillador… ¡No, por favorcito! Nos vamos y no volveremos… Una foto para nuestros archivos, dice el expolicía sacando su celular y haciéndoles señales con la pistola para que se agrupen. Pero apunte para otro lado… le suplican mientras se entretienen haciendo poses ¡Firmes! gritó con voz de mando. Caen tiesos al modo en que creen que lo hacen los soldados. Las manos estiradas a los lados del cuerpo. El pecho y el trasero exageradamente expuestos. Aprietan los labios como creen que hacen los más valientes ¡Quieeetos ahí! Les dice mientras los fotografía. Si se aparecen otra vez, los vamos a coser a balazos, les grita haciéndoles señas con la pistola para que corran. Corren los asaltantes amaneradamente por la oscura carretera, emitiendo gritos de espanto, en el momento en que uno de ellos -el del largo mechón verde- se detiene, se da la vuelta y se regresa moviendo fuertemente las caderas… Al menos dame una harina pan, le dice al corpulento expolicía mientras agarra el preciado bien ¡Es que no tengo nada en la casa!  

Caracas, mayo 2020


El ego

Por Karin van Groningen/ @KarinvanGroning   kavege@gmail.com

“En el presente se condensa el pasado íntegro”, dijo el gran filósofo español Ortega y Gasset (1883-1955). Yo exploraría las implicaciones de esa brillante frase. Un presente en el que no encontramos a los héroes de otras épocas ¿Dónde están los líderes que provocaron la independencia de Latinoamérica? Ese pueblo bravo de los libros de historia de Venezuela ¿Dónde se metieron? Nadie atina a explicar lo sucedido entre esos bravíos personajes, sus impecables uniformes blancos con ribetes dorados y su ejército independentista y estas milicias envejecidas actuales a las que les cuelgan las carnes junto con los rastrojos de una vestimenta “casual” ¿Será que en realidad siempre fueron así, milicias/montoneras a las que les colgaban los rastrojos de una vestimenta “casual”?

Una explicación la podría dar Hegel (1770-1831), ese otro gran filósofo, es el espíritu de los tiempos, diría. Un espíritu independentista que llegó y pasó, con lo cual la frase de Ortega y Gasset quedaría en entredicho. Un espíritu independentista derivado de  las revueltas por la concesión derechos del año 1628, que llevó a la ejecución del rey Carlos I de Inglaterra (1600- 1649). De las que llevaron también a la Revolución Francesa (1789-1799) y a la ejecución del rey Luis XVI y su esposa María Antonieta (1793). Eventos que movieron los cimientos más profundos de los imperios. Cayeron las águilas. El imperio francés. El Sacro Imperio Romano Germano. El imperio español. El imperio austro-húngaro. El imperio ruso. El imperio alemán. Otra explicación posible es que esos héroes y sus extraordinarias gestas, nunca existieron. Que hubo mucha imaginación en nuestros historiadores… Mucha sumisión… Y aquí la frase del gran Hegel, entra en cuestionamiento. Con su venia y su perdón anticipado, creo que de lo que se trata, es de un tiempo inacabado. De un tiempo eterno que se condensa en el presente, como lo dijo el filósofo español. Un presente del cual no se quiere dejar constancia y que es reescrito permanentemente. Muy al estilo de Georges Orwell (1903-1950). La creación de héroes, pueblo bravío, heroicas batallas y gestas revolucionarias. La pluma al servicio de esa eterna reedición del presente. Al servicio de la necesidad obsesiva de protagonismo. La pluma al servicio del culto a la personalidad. Y la tecnología ha sido su aliada más importante. Tal vez empezó a fraguarse al interior de las cuevas de Altamira. Con los primeros carbones que le sirvieron al hombre para expresarse. Se potenció con la creación de la imprenta, esa tecnología que casi automáticamente da origen a Martin Lutero (1483-1546) y a la reforma protestante. Un tiempo que se magnificó con la Revolución Industrial (1760-1840) y tecnología de la comunicación de masas. Aparece un Lord Byron (1788-1824). Aparecen  Schiller (1759-1805) y Goethe (1749-1832)… Romanticismo  lo llamaron en ese momento para reconocer la proyección del ego a escalas desconocidas hasta ese momento. Un Romanticismo que trajo a Sigmund Freud (1856-1939) y a Karl Marx (1818-1883) y con él, en un nacionalismo stalinista que terminó en Hitler y dos guerras mundiales, que tampoco fueron mundiales, por cierto, a pesar de los millones de muertos.

Un tiempo que se recreció en el siglo XX con el cine y la televisión. Marylin Monroe (1926-1962) y el Agente 007. Libertad Lamarque (1908- 2000) y María Félix (1914- 2002)…Con la Serie Mundial de Beisbol, en la que sólo juegan dos partidos, ambos de los EUA…Y que hoy se manifiesta en esa obsesiva tendencia narcisista a fotografiarse. Obsesión que, según la BBC de Londres, distorsiona la comprensión del yo e impide la comprensión del entorno en el que se habita. Un tiempo que asociado a la muy sofisticada tecnología ego idólatra post moderna, probablemente durará, lo que dure el ser humano sobre la tierra. Y le pregunto en este momento: ¿Qué cree que nos deparará esta nueva forma de proyección del ego? 

Caracas, 20 mayo 2020


Trump y el populismo “in extremis”, no el coronavirus o… la tiranía de la multitud

Por Karin van Groningen/@vangroningenk  @KarinvanGroning

Vigée Lebrun (1755- 1842) inmortalizó la imagen de María Antonieta. La extravagante reina de Francia que murió en la guillotina. El exceso ha podido ser el nombre del cuadro. Completamente rococó. La Lebrun pintó también a cada uno de los miembros de la familia real. Y a muchos sofisticados aristócratas. Neoclásico ha sido llamado su estilo, a pesar del rococó del retrato de la reina. Neoclasicismo, el arte de la Ilustración, movimiento político y filosófico en el que la Razón y la Lógica, son valores muy importantes. Ese fue también el ideal artístico de la época que vivió el joven francés Alexis de Tocqueville (1805-1859). Vizconde de Tocqueville. Un arte minimalista, que exalta la proporcionalidad de las formas. Todo refinamiento… De familia monárquica por generaciones, el vizconde también perdió parte de su familia durante la Revolución Francesa.

El futuro filósofo, jurista, precursor de la sociología y aunque parezca un contrasentido, padre del republicanismo liberal. Muy sorprendido ha debido quedar el aristócrata al llegar a los Estados Unidos de América en una visita oficial que duró nueves meses. Tanto, que escribió los dos tomos de la muy conocida “Democracia en América” (1834-1836). Los extremos de la democracia le preocuparon en aquellos momentos. Y probablemente hubiese escrito otro clásico de la sociología y de la ciencia política, de haber podido presenciar la decisión del Parlamento del Reino Unido, de acatar los resultados de un referéndum popular no vinculante, que llevó al Brexit. Y es que lo que se anticipaba como una calamidad económica, sometido a la consideración de los votantes sólo como un ejercicio de poder por parte de su primer ministro en funciones, David Cameron, terminó marcando el destino del Reino Unido en la Unión Europea. Boris Johnson, el muy populista primer ministro que lo sucedió luego del fracasado intento de Teresa May, se encargó de que se cumpliese la voluntad del soberano. Lo mismo le ha ocurrido a Donald Trump. Las exigencias de los votantes a través de unos medios de comunicación y de unas redes sociales hiperactivas en torno al tema del coronavirus, lo “obligaron” a movilizarse. La voluntad soberana de la mayoría se imponía. Su infalibilidad. La omnipotencia del pueblo sobre el gobierno -germen de la tiranía- eran consideraciones que subyacían. Y es que los mensajes aumentaron conforme pasaba el tiempo. Crecían y crecían estimulados por las frecuentes y aterrorizantes apariciones en todas las cadenas de televisión mundiales de los miembros de la Organización Mundial de la Salud llamando a quedarse en casa para evitar la pandemia. Y, el líder populista que es Trump, incapaz de manejarse dentro de las crecientes demandas de sus votantes, particularmente frente a sus muy próximas elecciones del mes de noviembre, optó inconsultamente, por ordenar el cierre total de la economía de su país y de todas sus actividades, salvo aquellas requeridas para enfrentar la pandemia. Al reaccionar los gobernadores de los 50 estados de la Unión -particularmente aquellos de la oposición- frente a lo que consideraron una intervención ilegítima e ilegal en sus asuntos internos, dejó en sus manos el manejo del virus y adoptó la postura contraria, llamando a reabrir la economía. Decisiones erráticas que a la fecha han destruido de la noche a la mañana 33 millones de empleos, si se juzga por los expedientes de desempleo que maneja el gobierno. Wall Street y las acciones de sus más preciadas empresas, se descalabraron. El precio de su petróleo, cayó a menos cero en los mercados internacionales, sin hablar de los grandes daños a su industria de aviación, turismo y sectores económicos asociados. En recesión informan los economistas que se encuentra prácticamente toda su economía. Resultados económicos nunca antes vistos desde la Gran Depresión. Las muertes por coronavirus puntean las estadísticas mundiales. Y según se informa también, muchas familias están pasando hambre y grandes necesidades. Particularmente los más vulnerables, los niños, que han visto reducir su dieta diaria.  Los viejos y los enfermos-  encerrados en sus hogares. Que no salgan de sus casas se les ha dicho. Y cuando lo han hecho los contagiados, con la enfermedad avanzada, es ya muy tarde. Y aquellas muertes indirectamente asociadas al virus también se elevaron significativamente -los suicidios, las muertes por excesos en el uso de drogas y por agravamiento de condiciones médicas preexistentes-. Gobiernos más serios como el de Suecia, decidieron no cerrar sus actividades salvo algunas, como las educativas. Decidieron enfrentar al enemigo con su población más fuerte, contagiarlo y crear las deseadas inmunidades. Otros gobiernos serios, como es el caso del alemán, estudiaron el dilema desde sus inicios. Detectaron los focos de contagio y los cercaron. Puntualmente. Contaron con la ayuda de una organización interdisciplinaria bien articulada, integrada por especialistas y científicos altamente competentes que trabajan en estrecha colaboración con las autoridades nacionales, estadales y locales y una población, que mayoritariamente confía en sus líderes y está dispuesta a seguir sus recomendaciones. Superado el factor de contagio, reabierto el área. Mientras resto del país continuaba con sus actividades diarias. Las cifras de contagiados y de muertes, a la fecha, hablan del éxito de estos gobiernos serios. Así que, no es el coronavirus la causa de la recesión económica que afecta a muchos países, ni la de muchas de las muertes ocurridas, es la incompetencia para el manejo de la opinión pública en la era de las redes sociales hiperactivas y un populismo in extremis ¿Qué opina usted?

Caracas, 8 de mayo 2020


Schopenhauer y la felicidad o… ¿un capitalismo para la vida?

Por Karin van Groningen/ @KarinvanGroning

 

La felicidad personal. Ese fue su logro. La felicidad, a través de la negación consciente del yo. Schopenhauer, el brillante filósofo alemán (1788-1860) escuchaba a Beethoven (1770-1827) -casi, casi contemporáneo con él- para doblegar a su infeliz yo personal. Uno que es igual al de todos. Siempre insatisfecho. Un yo que es básicamente, una voluntad de vivir. Un afán ciego de permanecer en vida, carente de fundamentos y de motivos. Sin lógica, ni dirección. Al igual que toda la acción humana. Sin fundamentos, ni motivos, ni razón. Es un afán de vivir que hace que “toda vida sea esencialmente sufrimiento”. Pesimismo filosófico, llamaron a su filosofía. La Novena Sinfonía, ese  canto a la libertad, a la hermandad, esa oda a la alegría, eran los sonidos capaces de llegar directamente al alma y provocar su felicidad personal. Capaces de provocar la negación consciente de su yo. Capaces de doblegar su irracional afán de vivir. Así hablaba Schopenhauer, el filósofo que no creó escuela filosófica, pero que influyó decisivamente sobre el pensamiento occidental. Influyó sobre Einstein y sobre Freud. Sobre Wagner y sobre Borges. Sobre muchos de esos grandes de los siglos XIX y XX cuya obra hoy estudiamos… o deleitamos. Pesimismo filosófico, llamaron a la filosofía de aquel que terminó muy feliz sus últimos años. La felicidad, a través de la negación consciente del yo. Un estadio vital que puede ser alcanzado, según Schopenhauer, mediante la contemplación de la obra de arte como manifestación estética. De las obras pictóricas. O de las esculturas. Pero la música provoca la necesaria conexión espiritual que no requiere de intermediación ninguna. Ni el intelecto. Ni la razón. Ni el consciente, participan en ella. La música llega directamente al alma. Pero ese no es el único camino para alcanzar la felicidad, nos dice el filósofo. La introspección que conduce al conocimiento esencial de uno mismo, es otro camino para negar esa pulsión siempre insatisfecha que nos hace infelices. Una vida ascética rodeada de prácticas y técnicas espirituales orientadas a la liberación del sufrimiento. Esa suerte de nirvana de la filosofía shramánica hindú. Y todavía hay un tercer camino para alcanzar la felicidad, agrega Schopenhauer. La práctica de la compasión, que -para el filósofo- es la base de la moral. Compasión hacia los objetos inanimados. Compasión hacia los árboles y las plantas. Compasión hacia los animales y sus derechos ¡La Tierra no es un armatoste para el uso del ser humano! se ha dicho inspirado en sus palabras ¡El maravilloso globo celeste no debe continuar siendo convertido por el hombre en el infierno de los animales! Han dicho muchos, de seguidas, inspirados en su pensamiento. Y Schopenhauer también nos habla de la compasión hacia los hombres. Probablemente de vivir en el mundo de hoy nos hablaría de la necesidad crear sociedades distintas a las de los muy suicidas países del primer mundo. Y a aquellas otras, que son una mala copia de ellas. Colectivos peligrosamente aglomerados -como lo ha mostrado el fenómeno del coronavirus- en torno a un mercado de bienes intrascendentes que no procuran felicidad alguna, cuya producción da al traste con los recursos naturales no renovables de que dispone el planeta. Probablemente de vivir en el mundo de hoy, Schopenhauer nos hablaría de la necesidad de crear sociedades en las que prive la práctica de la compasión. Hacia el mundo inanimado. Hacia las plantas y los animales. Hacia el ser humano. El rescate, consciente y planificado, de vida cerca de la naturaleza, fundado en tecnologías novedosas. Formas de producción privadas, regidas por un poder público limitado, concentrado exclusivamente en su obligación para con la vida actual y futura. Un poder público -nos diría Schopenhauer- capaz de dejar libre la extraordinaria capacidad humana para la creación. Es lo que podría denominarse, un capitalismo para la vida ¿Qué opina usted?

Caracas, abril 2020


Eduardo Agelvis

Las líneas, las manchas y sus caballos blancos.

Por Karin van Groningen   @KarinvanGroning

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Y en seguida, el hombre sintió la necesidad de crear. Esa es la necesidad que ha acompañado a Eduardo Agelvis durante toda su vida. El caraqueño que escucha a Bach, Wagner y Chopin seguido del flamenco de Nina Pastori.  El caraqueño que desde muy niño con un lápiz en el bolsillo dibujaba incansablemente. La necesidad de crear lo ha llevado a mantener las paredes de su casa tapizadas de telas. Y en los amaneceres, después de los rituales de meditación budista realizados en mitad de la verde naturaleza, esas telas presencian la llegada, entre líneas y manchas -¡intempestivamente!- de huéspedes no siempre anunciados. Huéspedes que poco a poco van apareciendo con vocación de permanencia. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Y en seguida, el hombre sintió la necesidad de crear. Esa es la necesidad que ha acompañado a Eduardo Agelvis durante toda su vida. Lo llevó a la Universidad Central de Venezuela para convertirlo en arquitecto, la expresión máxima del poder de creación, para muchos. La casa de Carlos Raúl Villanueva, declarada por la UNESCO, patrimonio mundial de la humanidad.  La casa de enseñanza del muy famoso escultor Cornelius Zitman y también, la del gran caricaturista, Pedro León Zapata, sus profesores. Su colegio experimental lo ayudó. Le entregaban papeles, lápices y colores y lo enseñaban a observar el entorno. Plasmar la naturaleza en la fibrosa superficie del papel le enseñó a conquistar el lienzo. Transformar con sólo unas cuantas líneas y manchas, la blanca y plana materia. Crear un mundo colmado de claro oscuros y de perspectivas. Esa capacidad para transformar la materia, la desarrolló desde muy niño ¡Alquimia! Le entregaban trozos de madera y metal  y de su interior aparecían los animales de su granja. Los caballos de su finca.  Caballos como Pegasus, ese blanco animal alado, nacido del dios Poseidón que, con fuerza descomunal, se remonta hasta los cielos. Caballos blancos como aquel cabalgado por Santiago el Mayor, el patrón de España, artífice de la Reconquista. O como la blanca cabalgadura que conduce a San Jorge a la  Primera Cruzada según lo reporta la Gesta Francorum.  Caballos como Incipiatus, que pertenecía al emperador Calígula y que formaba parte del Senado en la Roma clásica, sentado entre los demás senadores. Caballos blancos, como ese ejemplar creado hace ya 3.000 años. Una montaña de Uffington es su hogar, entre los condados de Oxfordshire y Berkshire en Inglaterra. Caballos como esos que forman parte de su exposición actual Equus, en la galería de arte El Mochuelo Art.   La necesidad de crear lo llevó a indagar en los gestos equinos. Desarrolló una mirada capaz de detener el tiempo para captar las particularidades más ocultas del animal. Captar luego las variaciones que se producen de un instante al otro. Reproducir su secuencia. Esos gestos encadenados unos a otros que dibujados magistralmente en el lienzo, reflejan el movimiento. El caballo a galope avanza impetuoso. Espectacular ejemplar de animal. La fuerte ventisca que provoca a su alrededor envuelve al espectador. El material que se levanta con la fuerza del animal en movimiento. Colmado de energía avanza a todo galope desde el lienzo, hacia el curioso observador que es usted, en una carrera que en segundos acabará con la distancia que los separa.


La Muerte viaja airosa en el vagón de La Imprevisión.

Por Karin van Groningen. @KarinvanGroning  / kavege@gmail.com

Volví a Edgar A. Poe (1809-1849). Me alegro de haberlo hecho. Su cuento del año 1839, The Man That Was Used Up. Ese cuento que nace en plena Revolución Industrial, lo que supuso una revolución tecnológica sin precedentes. El general A.B.C. Smith, el héroe nacional, es su trama. El hombre prodigio de la tecnología ¡Inmortal!… Sueño que se refuerza con la acelerada irrupción tecnológica… Sueño vuelto añicos en el día de hoy… La Inmortalidad vencida dramáticamente por La Muerte. En eso consiste el drama. Y no podría ser para menos. La población de esos países artífices de la Revolución Industrial, envejecía creyendo en esa inmortalidad. La propia… Y es que sus sistemas de salud los revivían, una y otra vez, casi al infinito. Sus nano robots, introducidos bajo la piel, pueden detectar enfermedades, aun antes de que se declaren. Y eliminarlas. Pueden potenciar capacidades en personas sanas, desconocidas antes por los humanos ¡Los “ciborgs”! Máquinas humanas invencibles… e inmortales.

Países donde aumentaba, consistentemente, el número de viejos. La Inmortalidad  reía a sus anchas… Casi 81 años era su esperanza de vida promedio al nacer, antes del coronavirus. La Inmortalidad escondida entre esos pequeños robots hacía estragos a La Muerte. Huidiza dama que por siglos y siglos se le había negado a todos los hombres. Que se le negó incluso a Jesucristo, el hijo de Dios… La  Muerte vencida…  Es lo que creían en esos países. Hasta que llegó el coronavirus…. La Muerte se recuperó y ha estado viajando airosa de persona a persona en los multitudinarios centros urbanos llenos de alegres luces de bambalinas. A lo largo de las hermosas avenidas cuidadas con gran esmero para el disfrute de todos. En los restaurantes y bares llenos de gente linda ¡Y rica! En los teatros y museos. En los estadios abarrotados de fanáticos… Ha atacado con saña a los ya retirados en pleno disfrute de sus años dorados ¡El sueño americano destruido!… Miles de empresas destruidas… Miles de empleos perdidos… La Muerte acabó con La Inmortalidad de un sólo golpe ¡Zaz! Súbitamente carecen de camas suficientes en los hospitales para recuperar a los ancianos. De suficientes ventiladores. De vacunas… Y es que La Muerte ha viajado agazapada en el vagón de La Imprevisión ¡Esa fue su aliada! Y en eso consiste el drama, hasta los momentos, salvo que mute el enemigo hacia formas más agresivas que pongan en peligro a personas más jóvenes.  Es un drama tan grande como ese que dicen que se vivirá en los países donde no ha ocurrido Revolución Industrial alguna. Países atrasados -en el siglo XXI- donde la gente muere joven, como en los tiempos antiguos. Muere casi 19 años antes que la gente en aquellos países altamente tecnificados. Países donde la gente muere justamente por su incapacidad de hacerle frente a las enfermedades contagiosas, como en los tiempos antiguos. Carentes de mínimos sistemas de higiene y salubridad. Abarrotados de gente malnutrida. Por ello, allí La Muerte no ha respetado edades. 1 de cada 3 muertes son niños, nos dice la Organización Mundial de la Salud. Ahora, no parece que será distinto. La falta de preparación de los sistemas sanitarios, es la causante de estas dos  crisis totalmente PREVENIBLES. La falta de preparación de los sistemas de salud de los países desarrollados para el manejo de grandes aglomeraciones urbanas colmadas de gente mayor. Y en los países atrasados, la falta de preparación de los sistemas sanitarios para proveer de recursos médicos y para asegurar mínimas condiciones de higiene y salubridad. La Muerte azotando a sus anchas… A estas alturas les pregunto: ¿Igualados en la imprevisión países ricos y pobres?  ¿Y ahora qué hacemos? Ahora ya no queda otra que empezar a PREVENIR ¡Quédate en casa!

Caracas 5 abril, 2020

El ballet y el tío Sam o… el futuro económico de Venezuela

Por @KarinvanGroning

Lentamente la bailarina separa sus delgadas y bien delineadas piernas en un poderoso salto. Se deja llevar -gradualmente- ganando altura. Conforme asciende reclina suavemente el hermoso cuello hacia atrás para mirar hacia los cielos, que se van acercando sin apuro. Los brazos acompañan el ascendente vuelo. Sublimes instantes liberadores de la fuerza sobrecogedora de la gravedad. La bailarina, por un instante, comulga con Dios en las alturas envuelta en los multicolores brillos de las lentejuelas que adornan su tutú ¡Muy efímera la exquisita obra de arte! Portentoso placer visual que sólo dura unas fracciones de segundo ¡Así bailaba la diosa! La Marie Taglioni (1804-1884) del ballet romántico del siglo XIX. Las pupilas de sus espectadores se abrían enormemente. Sorprendentemente esas mismas pupilas experimentaban similar efecto al observar a aquel horrible larguirucho de muy prolongadas y filosas uñas. Ese individuo mal encarado vestido con los colores de la bandera estadounidense. Ese individuo cuyas uñas y nariz aguileña recuerdan a las aves de rapiña. A las bestias depredadoras. El tío Sam de los cartoons. (1)  Es la representación de la avaricia propia de esa raza de hombres. Blancos. Malos. Enriquecidos. Una motivación a poseer, tan poderosa, que le impide tan siquiera, pasarse un peine sobre su rubia y desgreñada cabellera. Es así como vemos esas imágenes a comienzos del siglo XXI. Una, la nobleza y el esplendor humano. La otra, la bestialidad en la que puede caer. Lo cierto es que más allá de los apasionados juicios y los estereotipos tejidos en torno a ambas imágenes, ellas muestran un factor común. El trabajo asociado a esas manifestaciones de la conducta humana. Trabajo duro. Continuo. Concentrado. Sin distracción alguna. Horas y horas de duro trabajo en una íntima concentración. Horas y horas de duro trabajo y de muy fuerte fatiga física. Trabajo duro que marca las grandes diferencias. En el ballet y en los negocios. Pero también en la música. En la conducción de una empresa. Y también en la vida diaria. Trabajo duro en la búsqueda de la perfección. Belleza. Armonía. Funcionalidad. Trabajo duro en la búsqueda de la perfección que al cabo de muchas décadas es capaz de producir los resultados perfectos buscados.  Máquinas perfectas. Un Mercedes Benz. O un Rolex. Un extraordinario jet o un  IPod. Extraordinarias máquinas. Trabajo duro en la búsqueda de la perfección. Esa es la clave. Y es eso el capitalismo. Y fue eso el capitalismo en su origen. No hay pecado en su origen. No hay egoísmo, ni esa avaricia con la que frecuentemente se lo asocia. La búsqueda de la perfección que está en su origen, no es una ambición pecaminosa. Todo lo contrario. El gran sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), lo dijo. Y lo asoció a Dios. Y a la religión. Una religión que habla de un Dios duro, distante e inclemente. Un Dios que nada oye. Un Dios con el que no se puede negociar. Nada de avemarías. Nada de padrenuestros. No acepta ofrenda alguna. Nada de velitas. Nada de promesas. Ni que camine hasta Santiago de Compostela de rodillas. No escucha sobre las buenas obras realizadas. No hay Extramaunción ¡Esa que lleva el alma directo al cielo sin importar todos los males cometidos! Es ese un Dios tan terrible que no perdona los pecados. Carga el hombre eternamente con la terrible culpa. Carga el hombre eternamente con la terrible duda. Carga el hombre eternamente con miedo al juicio de Dios. Ese que ocurrirá el día de su muerte. Y para sobrellevar el miedo, trabaja. Duramente. Para sobrellevar el miedo no se distrae. Se concentra en su trabajo. Para sobrellevar el miedo busca la perfección. Es una especie de sacerdocio. Tal vez así logre agradar al Dios inclemente. Ese trabajo duro. Concentrado. En busca de la perfección  al cabo del tiempo, produce resultados visibles. Materiales. Hermosos o muy útiles. Resultados apetecibles. Y allí comienza su intercambio. Y las ganancias económicas que tanto han criticado los marxistas. Su origen no es la ambición, ni el egoísmo, sino la búsqueda incesante de la salvación eterna. Usted lo puede ver en las fábricas. O en el arte. Pero también en la política. La Canciller alemana Angela Merkel, hija de un pastor luterano, es conocida por trabajar 18 horas al día y lo ha hecho ya por 14 años. Y es que si a ver vamos, esa es la historia de los pueblos de lenguas germánicas ubicados en el norte de Europa desde tiempos inmemoriales y probablemente la de sus religiones paganas. Y la de aquellos que ocuparon a la Gran Bretaña también desde hace muchas centurias. Esa es la historia de los seguidores de Martín Lutero (1483-1546) y de Calvino (1509-1564). Y la de esos anglosajones protestantes que por aquellos años empezaron a llegar a norteamérica. Un trabajo duro y concentrado en busca de la perfección que propició el surgimiento del imperio del norte. Produjo también el “milagro alemán” después de que uno de ellos, junto con sus seguidores, se olvidó de Lutero, de Calvino y hasta del Papa en Roma y acabó con toda Europa. El Plan Marshall ayudó. $13 millones entregados por el gobierno de los Estados Unidos para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial.  Crecieron las industrias. Crecieron las plantaciones agrícolas. Se redujo la pobreza y se mejoraron las condiciones de vida. 30 años después Alemania se volvió a parar sobre sus propios pies. La perfección en el trabajo es la clave. Y en su búsqueda se descubre el placer y la realización mística. Ese descubrimiento -el de la realización mística alcanzada a partir de la búsqueda de la perfección en el trabajo- es reportado por muchos de los grandes. Goethe… Thomas Mann… Una realización mística que en el siglo XXI se quiere alcanzar de otra manera. A través del éxito. Un éxito que se vende asociado a la diversión. A la superficialidad. “To be cool”. Éxito económico. Político. Éxito en el cine y la farándula. Y es que algunos lo logran. Nos lo ha mostrado CNN (2) . Un presidente Trump que luego de una serie de bancarrotas, se presenta ante las cámaras como el empresario más exitoso de EUA. El mayor promotor de desarrollos inmobiliarios. Construye y vende a gran escala. Condominios de lujo. Centros comerciales. Y no sólo en Nueva York. En todos los Estados Unidos. En México. En Panamá. En Canadá. En la India. No mueve un dedo, pero gana millones. Obtuvo millones de dólares con sólo “alquilar” su imagen y la de sus hijos. Con sólo una foto suya o la de algún miembro de su familia. O con un muy convincente video publicitario. Imagen “comprada” por las empresas para vender gigantescos proyectos inmobiliarios. Los clientes compran apartamentos y locales comerciales guiados por el exitoso presidente, quien no es responsable si esas empresas luego se declaran en quiebra. Ni de si los compradores reciben los inmuebles comprados. Ni de si se movió al menos una piedra. Unas letras muy pequeñas en los contratos -License Agreement- cortan toda conexión con la familia Trump. Esas letras los vuelven indemandables. Y es esa misma imagen lo que lo llevó a la presidencia de los EEUU ¡Éxito sin trabajo! El éxito divorciado del trabajo se convierte en el nuevo Dios y en la nueva religión. Se habla de los robots como adecuados sustitutos del trabajo… Y se disparan los videos en las redes sociales. Y las selfies… Millones de selfies copan las redes a la espera del súbito reconocimiento mundial ¡A la espera del rápido éxito! Y paralelamente, se disparan los desengaños… las depresiones… Y los suicidios… Y en este punto le pregunto: ¿Es el éxito sin trabajo una farsa como lo ha mostrado la historia de los últimos 500 años? ¿O es el éxito sin trabajo una tendencia mundial que sólo comienza? Si usted responde positivamente a esta última pregunta, le invito a elucubrar sobre el futuro económico de Venezuela ¿En cuál estadio se inserta?

Caracas, 1 julio 2019

(1)  Ver la caricatura: La flatera del Oncle Sam de Manuel Moliné Muns. Dibujo satírico publicado en 1896 en el diario catalán “La Campana de Gracia” satirizando sobre las intenciones de EE.UU. respecto Cuba. El texto superior dice (en catalán antiguo): “La obsesión del Tío Sam (por M. Moliné).”. El texto inferior dice: “Protegiendo la isla para qué no se pierda.”

 (2) Trump Family Business. CNN. 1 junio 2019


Jorge Dager, su nueva exposición de pintura y la hermosa cabeza de su caballo

Por Karin van Groningen  @KarinvanGroning

Me encontré con Jorge Dager, el llanero de Valle de la Pascua que quería ser veterinario. Su curiosidad se impuso y le abrió otro camino. Un camino que lo llevó a Caracas, luego a Madrid, a París y a Praga. Muchas salas de exposición en el mundo han expuesto sus trabajos y dan cobijo a sus obras. Y es que desde niño no podía dejar de observar la naturaleza que lo rodeaba, en la finca de su padre en el corazón de los llanos venezolanos. Los árboles y las pequeñas plantitas. El pedregal de los meses de verano. Las grandes inundaciones en los de invierno. La adaptación del exuberante mundo vegetal al cambiante entorno. Observaba y dibujaba. Dejaba testimonios de las nuevas plantas y de sus nuevas hojas. Dibujaba sus cambios. Dibujaba su transformación en húmeda tierra. Dejaba testimonios de los animales. El lápiz siempre en su bolsillo. Sus perennes clases de dibujo y pintura, que le eran negadas como castigo. Uno que le dolía más que ninguno. Y, lo peor, también como castigo le quitaban el lápiz. Se despertó en él la necesidad de plasmar la realidad tal como la veían sus ojos. Su temprana necesidad de plasmar en papel o lienzo sus observaciones lo llevó a hacer una exposición individual con sólo 22 años.  Su necesidad de plasmar en papel o lienzo sus observaciones lo ha acompañado hasta el día de hoy que nuevamente presenta sus obras en la exposición “Equus” en la Galería El Mochuelo Art del Centro Comercial Concresa, Caracas.

Me encontré con Jorge Dager, el llanero de Valle de la Pascua enamorado de su vida y de su trabajo, que de niño, quería ser El Zorro. Todos los días trabaja desde las 5 am para recibir el amanecer, justo al pie de El Ávila, portentosa montaña que observa desde su taller. Trabaja en sus lienzos, que colgados en sus paredes esperan su llegada con tanto entusiasmo como lo espera él. Trabaja en sus naturalezas muertas. En sus bodegones. En las faenas del campo. Y más recientemente en sus extraordinarios caballos. Esos que le reflejan al caballo de El Zorro de su niñez. Al caballo del dios Poseidón de la mitología griega. Al caballo de Alejandro Magno, el gran conquistador. El caballo de San Jorge… Trabajos de gran formato. Anticipa el inicio su inicio de su labor, con el placer del café matutino. Y también con ese café endulza sus horas vespertinas de intenso y concentrado trabajo.   

Me encontré con Jorge Dager, el llanero de Valle de la Pascua enamorado de su Tornado. Ese caballo que con el nombre del caballo de El Zorro, lo espera los martes y los jueves religiosamente para compartir durante un largo paseo, su degustar del mundo natural.  Ese caballo que se trajo en avión desde Holanda. Ese caballo que te mira desde el mismo centro de la sala de la galería de arte. De bronce la mirada. La madera en su génesis. Lo cierto es que antes prácticamente que ocurrieran las presentaciones de rigor, estaba imbuida en la descripción de aquel proceso epopéyico de domar la madera que luego, trasvasada en bronce, da vida a la hermosa pieza equina.

Una gigantesca rama de cedro. Ancha y larga. Extremadamente pesada. Encaramado “a caballo” en ella. La separación de la gruesa y dura corteza con una sierra eléctrica de gran tamaño. Peligrosos movimientos que, desde la parte más alejada de la gran rama de madera, acercaban la sierra hacia su cuerpo. Una y otra vez, hasta desnudar los tejidos bañados de rojo. Una y otra vez, hasta que el cansancio alegra el alma. Una y otra vez, cansado y alegre, con su boca llena del amargo sabor del cedro.

Me encontré con Jorge Dáger el llanero de Valle de la Pascua, en su epopeya por domar la madera. Los cortes para formar grandes cubos en la gigantesca rama del cedro. Las cabillas clavadas en su centro. Un cubo, una cabilla. Grandes chupetas aromatizadas. Las chupetas ensambladas, pegadas entre sí con un negro y grueso cordón umbilical  metálico, hasta dar forma a un cubo de grandes proporciones. 

Me encontré con Jorge Dáger en su epopeya de domar la madera. A punta de cincel y martillo. Con cuidado extremo para no herir los sensibles tejidos vegetales.  A punta de cincel y martillo y de mucho cuidado fue retirando el material superfluo. A punta de cincel y martillo y de mucho cuidado fue presenciando la lenta aparición. La presencia escondida en la materia. La hermosa cabeza de su caballo. 


El perfume de Simón Bolívar o… George Washington y la inflación en Venezuela

Por @KarinvanGroning

Le gustaba perfumarse a George Washington (1732-1799), el padre de la patria estadounidense. El comandante del ejército independentista de los Estados Unidos. George Washington, su primer presidente, se perfumaba con frecuencia cuando estaba lejos de los campos de batalla. Gustaba presentarse correctamente vestido en los elegantes salones, proyectando a su paso una esencia con olor a limón y bergamota. A romero y narcisos.

SOMOS 1

Probablemente a Simón Bolívar (1783-1830) también le gustaba perfumarse al final de sus agotantes incursiones. Probablemente su arrogante y delgada estampa caminaba por los pasillos de la hermosa Quinta Anauco de Caracas dejando una exquisita estela con olor a lavanda. A azahares y gardenias. O por los salones de las casas aristocráticas de Quito y Lima en sus conocidos avances galantes. Lo ignoramos. Y es el irrespeto, la razón de esa ignorancia. Otro sería el presente de Venezuela si se pudiese caminar por la muy tradicional y arbolada Plaza Bolívar de Caracas, en búsqueda de aquella perfumada esencia que le gustaba usar a Simón Bolívar. Una exquisita esencia que estuviese disponible también en sus centros comerciales. Y en todo el mundo. Una esencia perfumada que pudiésemos disfrutar en los pasillos de las oficinas. Y también en nuestras casas. En la intimidad de nuestras habitaciones. La fragancia del padre de la patria. Sería una fragancia aromática. Brillante. Así es la edición Gold Cap de la colonia Number Six que usaba George Washington. Un número la identificaba. Como el Chanel No. 5 que usaba Marilyn Monroe en sus descansos nocturnos desprovista de todo ropaje. Una esencia que fue desarrollada por la perfumería Caswell-Massey creada en 1752 en Rhode Island. Una esencia tan exquisita que luego fue usada por la inolvidable Greta Garbo (1905-1990). Por John Fitzgerald Kennedy (1917-1963). Y en el presente, los Rolling Stones se cuentan entre sus usuarios más leales. Tres siglos -casi- lleva la empresa Caswell-Massey produciendo y vendiendo al mundo entero el mismo producto. Y no es la única empresa con tan larga existencia en los Estados Unidos. CNN en inglés presenta con regularidad, micros sobre esas empresas que perduran desde hace más de cien años. Son ellas y los millones de empresas que se han creado después y que se encuentran boyantes en la actualidad, los mejores testigos del respeto al derecho ajeno imperante en aquel país. Testigos del ejercicio de la libertad, de manera inequívoca y libre de hipocresías. Son ellas la base del poderío económico de los EUA. La lucha diaria. Más allá de argumentos principistas o éticos. La lucha diaria de sus propietarios y sus trabajadores por mantenerlas y por mantener ese sistema económico que ha permitido su surgimiento y su larga existencia. Ese es el fundamento de su poderío. Es un ejército multitudinario de personas que luchan solidariamente con el único cometido de mantener a salvo a la empresa que les provee de empleo, de acceso a salud de calidad, de casa, de automóvil y de comida. Y también, de mucha diversión. Y haciendo eso, producen. Miles de productos inundan los mercados. Miles de opciones le brindan a los consumidores. Y, para venderlos, frente a tal abundancia, frente a tantas opciones, los propietarios de esas empresas deben mejorarlos. Y deben ponerlos a menor precio que los de sus competidores. Y se inicia la competencia entre ellos. Y con ella, mejoran los productos y bajan los precios. Ganan todos. Ganan los propietarios de las empresas. Y ganan sus empleados. Ganan quienes deben pagar impuestos, con la caída de los precios sin aporte presupuestario público alguno. Gana el Estado con la estabilidad económica y política que se deriva de ello. Y también ganan los consumidores. Global-rate.com lo dice. El índice de inflación de EUA en julio de 2010 fue de 1,2%  y de 1,8% en 2019. Lo que quiere decir que si un kilo de carne costaba $3,50 en el año 2010. Ese mismo kilo de carne cuesta $3,58 en 2019. En nueve años aumentó 8 centavos. Menos de 1 centavo por año. Esa es la fórmula. Puede que imperfecta. Pero no hay otra. Una fórmula que habla de un país. El ejercicio de la libertad en vez del control, es su máxima. Y el respeto a lo ajeno. Y es que hagamos un ejercicio de alocada imaginación. Apliquemos a los EUA la fórmula venezolana. Pensemos en el ejército de supervisores que requeriría el presidente Trump para controlar los precios fijados inconsulta e unilateralmente por él, dentro de esa millonada de empresas a lo largo de un país con casi 10 millones de Km² y 380 millones de personas. Ejército de supervisores infinito, por lo demás,  pues para evitar la corrupción de los supervisores en la relación con los gerentes y los propietarios de las empresas, estos deben ser supervisados por otros supervisores,  que luego también se corrompen y así sucesivamente hasta convertir al país entero, en un ejército de corruptos ¿Existe en el mundo un ejército con esas dimensiones?  ¿Existen los fondos para mantenerlo? ¿Se lograrían bajar los precios? Y… mientras tanto… quiebran las empresas incapaces de sobrevivir entre tantas y tantas alcabalas promovidas desde el centro mismo de poder político nacional. Y… mientras tanto los consumidores sufren. Los productos bajan de calidad. Y terminan por desaparecer del mercado. Y… mientras tanto…los escasos productos que sobreviven son vendidos  -subastados- a los precios astronómicos que esté dispuesto a pagar su ansioso cliente más adinerado. Ese es su precio. Y esa es la base de la inflación que vive Venezuela. Una inflación que sólo en el año 2018 se ubicó en 1.698.844,2%. El precio del dólar pasó de Bs. 4,30/$ en 1984 a Bs. 1.000.000.000.000,00/$ en 2019, según los datos aportados por Francisco Contreras, miembro de TREN Foundation Group en su tabla: “Cien años de cotización del bolívar/dólar”. Y es la inflación la razón de la profunda desigualdad social que vive Venezuela. Un crimen. Creadora de pobres cada vez más paupérrimos. Creadora de incapacidades. Creadora de muerte. En este momento le pregunto: ¿Ha pensado usted en pasar la palanca mental y cambiar la exigencia de más controles por una que privilegie la libertad y el respeto empresarial? O ¿Se sigue en el abuso y con él, en la caída?