caleidoscopio

Ideología e incompetencia

Leonardo Azparren Giménez

Ideología es un término desacreditado por la versión que algunos tienen de él y su uso político. Se le considera la expresión de una visión cerrada del mundo y de la sociedad que, además, orienta al poder para imponer el control social. Con la posmodernidad algunos han hablado del fin de las ideologías; otros consideran que algunos regímenes actúan con base en ideologías periclitadas. La palabra no pudo tener otro origen sino el siglo de las luces (XVIII). Según André Lalande, es el “análisis o discusión vacías de ideas abstractas, que no corresponden a hechos reales”, por lo que conlleva un divorcio entre ideas y realidades. También puede ser considerada la teoría o visión del mundo y de la sociedad que da soporte a un proyecto particular que aspira realizarse mediante la acción.

Ciertamente, es imposible relacionarnos con los otros sin una visión general del mundo y de la sociedad, con la cual ponderar y valorar esas relaciones, y esa visión se construye con ideas, valores y creencias. Ahora bien, una cosa es la visión particular de cada quien y otra querer imponer –hasta a sangre y fuego- las ideas, valores y creencias de las clases gobernantes. Teun A. van Dijk la define como la base de las representaciones sociales compartidas por los miembros de un grupo.

Van Dijk recuerda que según Marx y Engels una ideología dominante es la que esgrimen las clases gobernantes, aunque se debate si controla o no las mentes de individuos y grupos sociales. En Venezuela tenemos una ideología nacional: la bolivariana. Bolívar pensó en todo y es la summa del ser nacional, es insolente que algún venezolano pretenda ser superior a él. En consecuencia, él le da perfil a la nacionalidad. En su palabra está la explicación de todo. Que la ideología bolivariana haya servido y sirva para justificar y dar legitimidad a intereses particulares y políticos es evidente.

Los problemas surgen cuando alguien quiere imponerle una ideología a la realidad para que sea según ella; es decir, cambiar la historia a fuerza de imposiciones políticas. Los ideólogos se revisten de retórica, exprimen argumentos, sofismas, que imponen en mentes débiles con la intención de dar forma a una situación en la que predomine un discurso poco o nada correlacionado con la realidad, pero necesario desde el poder. Esta situación termina por dar forma a figuras sociales que son máscaras que esconden sus incompetencias. El colmo de una ideología es proponer un hombre nuevo despojado de las imperfecciones del sistema vigente, como si fuese posible borrar el pasado de la historia y ser un nuevo Adán. Es un colmo porque tal proposición, tan absoluta, es hecha cuando se carece del menor sentido de la historia y sus procesos. Los ideólogos pecan del complejo de Adán.

Proponer o querer imponer un hombre nuevo desde el poder, modelado por una ideología, es un acto de incompetencia humana, aunque pueda tener eficacia política transitoria. Esa incompetencia se manifiesta, por ejemplo, en la imposición de nombres como si los nuevos cambiasen la realidad. Viví cinco años y medio en la República Popular de Hungría en la década de los setenta del siglo pasado. Una excelente experiencia humana. Regresé de visita en 2008 y me sentí desorientado porque plazas y calles no se llamaban como las conocía: habían recuperado sus nombres anteriores a las imposiciones rusas. Recuerdo que en las escuelas se enseñaba ruso como segundo idioma, pero nadie lo hablaba. Las ideologías no pueden con las creencias nacionales.

La pasajera hegemonía política de una ideología está en correlación inversa con su fracaso histórico, tárdese o no; los ejemplos sobran aunque haya quienes no aprendan. El marxismo soviético había perdido su razón de ser cuando murió la URSS. La ideología bolivariana enarbolada desde el poder por varios regímenes venezolanos no ha hecho que los venezolanos nos sintamos y declaremos bolivarianos. Son ideas incompetentes. Poco después del colapso de la Unión Soviética, la iglesia ortodoxa rusa reivindicó al último zar, y la historia retomó su cauce.

Para imponer su ideología, el poder comienza por controlar las instituciones del Estado, sociales y privadas para impedir el pensamiento crítico. De ahí que la ideología, a pesar de las ideas vacías que la forman, se empeñe en ser realidad, tarea en la que el poder pone en evidencia su incompetencia histórica. El ideólogo pretende que su ideología tenga validez universal.

Herbert Marcuse afirma en uno de sus libros que Marx y Engels consideraron a la ideología una ilusión necesaria que se presenta objetiva e independiente. Atrae, sin duda, en sus primeros momentos; pero cuando se evidencia su alejamiento de la realidad, su incompetencia para contribuir con el desarrollo y el progreso de la vida social, no puede ocultar ser una camisa de fuerza, un mecanismo de control de la mente.

En concreto, las ideologías actúan contra la libertad individual y social. Muy al contrario de los sistemas de valores y creencias de los grupos sociales, que cabalgan en la historia y les dan forma al perfil con el que trascienden las más diversas situaciones políticas.

3 comentarios

  1. Excelente, Leonardo. Me recuerda a la situación argentina durante los años de la última dictadura (1976-83). Como sabes escribí sobre Teatro Abierto 1981 (se cumplen 40 años) y entre otras causas, la alienación de todo un pueblo… la censura… muchas de las causas que nombras… qué tristeza… Un fuerte abrazo.

  2. Muchas gracias por el texto. Es bella tu vinculación primigenia con el teatro, con ese recorte de periódico de tu padre, y como todo se desliza hasta la obra de Samano y Sacristán. Me has dado ganas de volver de nuevo a una sala…

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