caleidoscopio

Elisa Lerner

Leonardo Azparren Giménez

Elisa Lerner (1932) es la más dramaturga de las escritoras venezolanas de su generación; es la primera dramaturga en sentido estricto por el uso de diferentes elementos que configuran un lenguaje teatral propio. Desde La Bella de inteligencia (1960), Lerner evidenció una específica personalidad dramática, fluida y sorpresivamente madura.

Es probable que su larga estadía en Estados Unidos sea determinantes en la construcción de sus universos imaginarios. La madura soledad de Rosie Davis en En el vasto silencio de Manhattan (1963-1964) ha cae vivir en una nostalgia que se enlaza con la de las protagonistas de La Bella y Vida con mamá (1975). Es claro el propósito general que unifica la dramaturgia de Elisa Lerner, y las estrategias para lograr representarlo.

Lerner pertenece a la generación que irrumpe a partir de 1958. En estos años publicó La Bella en la revista Sardio, producto de haberse liberado de la carga de la carrera universitaria e instaurarse la democracia. En esta obra creó a una mujer fina e irónica que habla sin cansancio de sí misma a un periodista mudo todo el tiempo. En el fondo, habla de la Venezuela que comenzaba libremente a protestar, aunque desilusionada porque aquella democracia no hacía las transformaciones que se esperaban de ella. En alguna ocasión, Lerner comentó que la obra era un monólogo porque los venezolanos habían perdido el hábito de dialogar durante la dictadura.

Lo breve de la producción de Lerner ayuda a no perder sus pistas. En La Bella la impresión somática del país y su humor negro dan forma a la situación básica de enunciación. ¿Es La Bella la misma Elisa Lerner? Los escritores de su generación descubrieron la intimidad de su Yo en correlaciones casi traumáticas con el país. En sus otros protagonistas, este testimonio inicial se transforma en la asunción de la nostalgia como patrimonio personal. La protagonista intenta distanciarse de su entorno cuando lo comenta, viéndolo como no debería ser y añorando lo que sí debería ser. El Yo de Lerner transita en su Bell y se pasea por tópicos noticiosos de la época. El personaje es un soma sardiano, un sentido exterior que con humor se apercibe de su contexto sin ocultar su escepticismo e incertidumbres.

En El país odontológico (1976) y La mujer del periódico de la tarde (1976) se respira la misma atmósfera. La primera es un breve diálogo entre una crítica de arte y una joven con pretensiones de escritora o algo parecido. Ambas se ensartan en decires fugaces sobre arte. Igual que en La Bella, es un discurso impregnado de referencias directas sobre el contexto inmediato en el que Lerner escribe. La otra obra es un breve monólogo sobre recuerdos de una mujer que empieza a sentirse otoñal y sola, acompañada del periódico de la tarde.

No es arriesgado decir que En el vasto silencio de Manhattan es una épica sobre la interioridad del Yo, por el marcado tono descriptivo de los diálogos, en los que Rosie Davis habla de su contexto espiritual y material inmediato. Las doce escenas cortas son de una equilibrada síntesis para configurar de forma justa y necesaria la soledad y soltería de Rosie.

Esa soledad está emparentada con la presencia concluyente de la madre y su excesiva función normativa, que anula las iniciativas de su hija. La Madre cumple el rol de norma moral puritana al censurar la amistad de Rosie con una joven, supuestamente de vida desprejuiciada. Es la cima de la frustración de la protagonista. Ella, que adolece de un temor ancestral hacia la vida, se niega irracionalmente a asumir cualquier riesgo, y así lo evidencia en uno de sus monólogos.

Con los condicionantes de la enérgica presencia de su madre y el miedo al riesgo queda configurada la vida de Rosie. Su trabajo de burócrata anónima en una oficina anónima de Nueva York completa su vida. La soledad deviene en fatum y la libido se enerva y la corroe. Anciana y quejumbrosa porque Tom no volverá, con amargura habla de la misma joven quien, sin quererlo, le recordaba que una vez quiso “mantener una intimidad con los labios de un hombre”.

De pasada, Lerner intercala consideraciones sobre la depresión de los años treinta en Estados Unidos, una referencia que no constituye marco contextual motivador y explicativo de la soledad y creciente marchitez del personaje. La condición de Rosie es casi un dato congénito que lleva a los hombres a verla con conmiseración. Sus recuerdos de juventud, por ejemplo Jim y Nilson, aumentan su soledad. Cuando el primero explica las razones de su viaje sin retorno a California, en busca de un futuro mejor, solo logra hacer de su ausencia una causa más para la soledad de Rosie.

Al final, muere en un soliloquio lleno de vientres vacíos envueltos en neblinas, para usar su propia expresión. Posiblemente así morirán La Bella y las mujeres de El país odontológico yLa mujer del periódico de la tarde. Será la muerte que espera a la Hija en Vida con mamá.

Vida con mamá es el texto más vivo y celebrado de la autora, por la ágil teatralidad de sus situaciones y la fluidez de sus diálogos. Es un compendio del mundo de Lerner con la carga consciente de los recuerdos que llenan a La Madre y La Hija. Son dieciocho los recuerdos en los que destacan “El traje de novia”, “La cigüeña” y dos sobre Salvador Allende, el presidente chileno derrocado en 1973 por un golpe militar. El recuerdo cumple la función de un cúmulo opresivo de actos que definen la vida, cuando la única alternativa futura es la muerte.

Si madre e hija transitan un universo similar al de sus antecesoras, también están presentes otras preocupaciones de Lerner. Los recuerdos de Allende permiten retomar el escepticismo vislumbrado en su primera obra, un escepticismo activo y fustigador que no tiene la relevancia que se merece por el peso de la soledad que las embarga.

Los personajes de Elisa Lerner actúan en función de la interioridad del Yo. Referidos en línea paralela al proceso social, los lleva a presentarse en situaciones límite, en las que los bordes son la soledad congénita, la carencia de comunicación con el otro sexo y la inminencia de la muerte.

3 comentarios

  1. Excelente, Leonardo. Me recuerda a la situación argentina durante los años de la última dictadura (1976-83). Como sabes escribí sobre Teatro Abierto 1981 (se cumplen 40 años) y entre otras causas, la alienación de todo un pueblo… la censura… muchas de las causas que nombras… qué tristeza… Un fuerte abrazo.

  2. Muchas gracias por el texto. Es bella tu vinculación primigenia con el teatro, con ese recorte de periódico de tu padre, y como todo se desliza hasta la obra de Samano y Sacristán. Me has dado ganas de volver de nuevo a una sala…

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