caleidoscopio

De la aldea al universo

Leonardo Azparren Giménez

Si no estoy equivocado, le atribuyen a Leon Tolstoi haber afirmado –más o menos- que hablar de la propia aldea implica y significa hablar del universo. Como extensión casual de ese aserto epistemológico, Marshall McLujan habló de la aldea global. Dos polos en tensión o dos asertos complementarios perfectamente aplicables a la realización de la obra de arte. Dos principios, si queremos más, que explican por qué nos identificamos con dos muchachos veroneses que se enamoran y mueren, seres anónimos en cualquier pueblo de su época.

¿Qué sucede si en vez de hablar de la propia aldea, hablamos de nuestro Yo, si escarbamos en las antípodas de la aldea? ¿También se hablará del universo? Tolstoi era artista, no crítico literario, razón por la cual no hay por qué pedirle explicaciones. Una vez a Samuel Beckett le preguntaron qué quiso decir con Esperando a Godot y respondió que si lo supiera lo habría puesto en la obra. Entonces, el salto de la aldea al universo y, eventualmente, a la inversa, luce un imponderable a la vez que una gran verdad.

Vladimir y Estragón no habitan alguna aldea; están a medio camino en la nada, esperan. El bicho de Kafka sigue desconcertando en su metamorfosis. Willie Loman es inmensamente anónimo en su megapolis, al igual que los personajes de Sartre condenados a estar a puertas cerradas. No hay una aldea en la que se relacionen. Tienen ante sí el espejo de sus existencias solitarias. Los habitantes de un país, cuyo nombre no es mencionado, deciden venderlo en Asia y el Lejano Oriente.

En términos históricos puede afirmarse que la diferencia entre aldea y universo consiste, en la visión realista de Tolstoi de la literatura, en correlación con la realidad y las confrontaciones de otro tipo de visiones con otras/nuevas realidades en el transcurso del siglo veinte. Hasta la renuncia de los grandes relatos que caracteriza a eso que llaman posmodernismo. Algo así ha pasado en el teatro venezolano. La aldea ocupó el escenario desde, grosso modo, A falta de pan buenas son tortas de Nicanor Bolet Peraza en 1873, hasta, aproximadamente, La quema de Judas de Román Chalbaud en 1964. El universo apareció poco a poco, tímidamente. ¿Qué entender por tal? ¿Cuál universo? En los años finales de ese período, el universo se fue colando poco a poco; por ejemplo, en El Dios invisible de Arturo Úslar Pietri.

Hablamos de una tensión que no tiene porqué ser preocupación de los artistas, quienes trabajan con su imaginación, incluso cuando representan alguna aldea. Es asunto de los críticos cuando intentan racionalizar lo que produce la imaginación creadora. En teatro los ejemplos son inagotables por la condición anónima de muchos personajes y sus situaciones. Comparado con Luis XIV, Tartufo es un pobre anónimo que Molière sacó de algún barrio pequeño burgués de su época, como también es anónimo en relación con el poder, Guillermo Orosía en el Pejugal que se imaginó Rómulo Gallegos en El motor.

Que tal o cual personaje le hable a la humanidad con un lenguaje en nada aldeano es interpretación subjetiva de cada quien, que así universaliza a su aldea por muy grande que sea. En la Colonia venezolana fueron representadas obras de Lope, Tirso y Calderón; pero cuidadosamente seleccionadas, a tal punto que el repertorio no incluyó Fuenteovejuna ni La vida es sueño. Es que hay aldeas incómodas.

Algunas veces se confunde lo universal con lo abstracto, aunque lo universal de una obra de teatro no deja de ser la elucubración de un crítico pasado de listo. Y a alguien más le gusta esa universalidad para dejar de sentirse aldeano y sí ciudadano del mundo. Por eso, por ejemplo, algunos autores venezolanos nunca han tenido una escena propia, o la tuvieron muy de pasada. Hoy en día, ¿a quién le interesa La casa de Ramón Díaz Sánchez, si es que alguien la conoce o recuerda?

Llegar a ser aldea y aldeano no parece difícil. Imaginemos por un momento que los venezolanos nunca tuvimos petróleo y hierro. ¿Qué seríamos como sociedad? Habríamos sido un conglomerado aldeano en cuerpo y alma; es decir, aldeano con una visión del mundo quién sabe cuál. Es, por supuesto, una especulación porque la historia ha sido otra, y el petróleo nos universalizó (o internacionalizó). Tenemos, entonces, ambas experiencias, un país que de aldea pasó a ser universal.

Entonces surgen algunas preguntas para saber si avanzado el siglo XXI, como ha avanzado, tenemos un teatro de aldea o del universo; si nuestra dramaturgia se ajusta al aserto de Tolstoi. Cuando nos dijeron que éramos la capital mundial del teatro nos sentimos universales ¿sin serlo? Ahora, posmodernos y revolucionarios la pregunta no deja de ser inquietante. Porque el teatro está concebido y destinado a hablarles a los ciudadanos, a dialogar con ellos, y en ese diálogo es interesante saber si les habla de nuestra aldea con aliento universal. O, seamos realistas, les habla de otras cosas.

En fin, elucubraciones ociosas en tiempos de pandemia. 

3 comentarios

  1. Excelente, Leonardo. Me recuerda a la situación argentina durante los años de la última dictadura (1976-83). Como sabes escribí sobre Teatro Abierto 1981 (se cumplen 40 años) y entre otras causas, la alienación de todo un pueblo… la censura… muchas de las causas que nombras… qué tristeza… Un fuerte abrazo.

  2. Muchas gracias por el texto. Es bella tu vinculación primigenia con el teatro, con ese recorte de periódico de tu padre, y como todo se desliza hasta la obra de Samano y Sacristán. Me has dado ganas de volver de nuevo a una sala…

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