caleidoscopio

Palabras vacías

Leonardo Azparren Giménez

Las revoluciones del siglo XX asumieron, de diversas maneras, el modelo y la ideología aplicados en Rusia a partir de 1917. El monopolio ruso acuñó el término marxismo-leninismo, según el cual Lenin enmendó y mejoró la teoría de Marx, mejoría llevada al máximo con el estalinismo. El Kremlin se tornó en el nuevo Vaticano y el marxismo-leninismo-estalinismo en la Biblia. En consecuencia, se trató –se trata- de aplicar los mismos métodos y procedimientos probados en aquel país semi feudal y primitivo que era Rusia a comienzos del siglo XX, a pesar de sus empeños de afrancesamiento. La prueba más evidente fue el control del partido gobernante sobre la sociedad a la que gobernaba.

Una de las iniciativas para darle forma a las nuevas sociedades es inventar palabras que expresen la teoría de la nueva organización social. El término central fue “soviético(a)”, “consejo o concejo” popular, por  suponer una nueva organización social y un nuevo país: la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, con los países invadidos y confiscados por los rusos en la primera mitad del siglo XX. Tales los casos de Lituania, Letonia, Estonia y Ucrania, a los que se les anuló su independencia y perfil histórico. De esta manera “desapareció” Rusia y su bandera nacional, pero su partido impuso una ideología con su interpretación sui generis del pensamiento de Marx, según el análisis de Herbert Marcuse en El marxismo soviético (1958). Palabra que demostró ser vacía a partir de 1989 con la caída del muro de Berlín.

Inventar consejo o concejo popular fue una trampa ideológica para imponer un régimen social y político, a la larga un contra sentido y un fracaso porque la nomenclatura empleada fue, con el tiempo, un repertorio de palabras vacías. El partido decidía y los soviets cumplían. Esa ideología, según la cual el poder lo tenían los consejos o concejos, resultó un conjunto de palabras vacías porque no ejercieron el poder, siempre en manos del partido, dueño y señor de todas las instituciones sociales y del Estado. ¿La prueba? A partir de 1989 los rusos y demás países sovietizados retomaron sus tradiciones históricas.

    Cuando se afirma que algo es “del poder popular para…” o se anuncia la creación comunas, se emplean palabras ideológicas para imponer una expresión retórica, ergo vacía, contraria a la realidad. La ideología oficial la emplea como subterfugio para disimular –sin éxito- su control. No hay un poder popular que determine a la respectiva institución. Hay, eso sí, un control centralizado.

El empleo de palabras vacías es frecuente en diversos ámbitos y sistemas sociales, no solo en los políticos, y siempre con propósitos hegemónicos. En una ocasión, desde una instancia del Estado se le aseguró a un sector de la juventud venezolana un renacimiento teatral inminente. Instituciones privadas aliadas del Estado conducirían la actividad teatral de la juventud venezolana rumbo a ese nuevo amanecer. Las bases teatrales iban a estar asimiladas a un modelo y una dirección única, que anulaba cualquier crítica e independencia de criterio, cualquier tensión social y cultural. Dados los resultados, palabras vacías.

El caso ruso es necesario tenerlo siempre presente por ser el modelo universal de una ideología devenida en palabras vacías; de una ideología ideológica con pretensiones y propósitos hegemónicos. El “hombre nuevo” es el caso casi escandaloso de palabras vacías porque esconde el complejo de Adán, según el cual todo comienza ahora y el pasado no existe. Ante el “hombre nuevo” la sabiduría popular pone a las brujas, que, aunque no existen, de que vuelan, vuelan.

Hamlet hizo una sabia advertencia para evitar las palabras vacías en el teatro: que las palabras estén ajustadas a la acción y la acción a las palabras. Es decir, hablar en correlación con la realidad, sea material o espiritual; que la realidad produzca sus palabras. De no ser así, o se desea un control hegemónico o no se comprende la realidad; es decir se tiene una visión absolutista de todo o nada. Y esas visiones vacías son ideales para el poder que desea imponerse y permanecer hegemónico.

El ser humano se define frente al mundo natural y animal, entre otras cosas, por el lenguaje con el que se comunica. Si el lenguaje es vaciado de significados vitales, es reducido a palabras vacías, el ser humano queda reducido a cosa. Es alienado de diversas maneras; por ejemplo, dejar de ser ciudadano para ser simple poblador, pasa de ser generador de vida a simple receptor de limosnas; se vacía de contenido y comienza a usar palabras vacías, no un lenguaje humano.

3 comentarios

  1. Excelente, Leonardo. Me recuerda a la situación argentina durante los años de la última dictadura (1976-83). Como sabes escribí sobre Teatro Abierto 1981 (se cumplen 40 años) y entre otras causas, la alienación de todo un pueblo… la censura… muchas de las causas que nombras… qué tristeza… Un fuerte abrazo.

  2. Muchas gracias por el texto. Es bella tu vinculación primigenia con el teatro, con ese recorte de periódico de tu padre, y como todo se desliza hasta la obra de Samano y Sacristán. Me has dado ganas de volver de nuevo a una sala…

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