caleidoscopio

Políticas teatrales

Leonardo Azparren Giménez

    La responsabilidad de los Estados en las políticas diseñadas para el desarrollo de las naciones incluye la cultura. Pero las expresiones culturales pueden ser actividades escurridizas y sumamente complejas para definirlas de una santa vez y regimentarlas con leyes. Por eso incluyen desde las manifestaciones ancestrales que expresan la identidad histórica de los pueblos, hasta las innovaciones que ayer y hoy son expuestas y dadas a conocer. Para eso están los museos, inmensas catedrales en las que es posible contemplar hasta los orígenes más remotos de la humanidad.

    La cultura es producida y construida día a día para dar perfil a las sociedades, y más de uno quiere cambiar ese perfil. Desde la Ilustración, por allá en el siglo XVIII, la cultura ha sido y es objeto del deseo de mucha gente, y poco a poco los gobiernos comprendieron que era un condimento indispensable de la vida en sociedad. De ahí que en la conformación de los Estados, es decir del cuerpo de políticas para sostener el orden y el progreso social, la cultura comenzó a formar parte de sus deberes y derechos. Deberes porque el Estado se supone es la expresión jurídica de una sociedad. Derechos porque quienes conducen y dirigen a los Estados así lo sienten y desean.

    Cuando la ideología de un régimen se atraviesa el Estado es organizado a su gusto; entonces la cultura surge como un instrumento privilegiado para imponer esa ideología y aparecen las leyes culturales, una de ellas para el teatro. Algunos regímenes controlan así la cultura e imponen modos culturales que se avienen con sus proyectos políticos. Pueden llegar, incluso, a extremos. Por ejemplo, en 1940 el régimen ruso acusó de traición y fusiló a V. Meyerhold, uno de los grandes genios del teatro del siglo XX porque no se avenía con sus postulados. Igual hicieron los militares griegos en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando prohibieron la escenificación de las obras de Esquilo, ¡muerto 2.500 años antes!

    Por eso es necesario preguntarnos una y otra vez si la cultura necesita leyes que, por tales, regimientan y encausan las actividades de las que son objeto. El teatro, por ejemplo. ¿Una ley lo va a definir y a establecer cuál es su objeto? ¿Dirá cuándo, cómo y dónde hacerlo? ¿Establecerá cómo debe ser su enseñanza? ¿Lo pondrá al servicio de…?

    Aquí el problema no solo es legal, también es ideológico porque todo régimen tiene su ideología, y si el régimen es totalitario como el ruso de 1940 la ideología también lo será. Por eso la cultura y el teatro en particular no necesitan leyes; necesitan políticas democráticas que perduren y se desarrollen en el tiempo. El caso venezolano es elocuente. Por ejemplo: el Estado venezolano tiene dos centros de formación teatral, uno a nivel medio y otro universitario. Siempre me he preguntado para qué, porque no está claro qué capacidades tienen los egresados universitarios que no tengan los del nivel medio. ¿Un actor de nivel medio no puede interpretar personajes reservados a un actor universitario?

    Es un asunto de formación teatral, no de leyes. Como tampoco es asunto de leyes el desempeño de los teatros públicos; menos aún los teatros independientes. En ambos casos lo importante es el nivel artístico y profesional de quienes se desempeñen en esas agrupaciones, su creatividad en la selección e interpretación de los repertorios. En Venezuela se han desperdiciado varias décadas por la carencia de políticas coherentes para el desarrollo del teatro. La Compañía Nacional de Teatro está arrinconada en una sala de menos de 150 butacas y las compañías regionales fueron olvidadas hasta su desaparición. Eran la infraestructura para el desarrollo del teatro nacional. Mientras, el teatro independiente sobrevive desamparado gracias a profesionales que se sobreponen a la adversidad.

    Me atrevo a decir que esta situación tiene por una de sus causas la ignorancia supina en teatro de quienes tienen poder de decisión. Y no se vislumbra un cambio. El proyecto de ley que por ahí circula mereció el rechazo de todos. Es un mensaje elocuente de la conciencia artística y profesional de los teatristas venezolanos. Pero no hay mucha sabiduría práctica en el panorama.

3 comentarios

  1. Excelente, Leonardo. Me recuerda a la situación argentina durante los años de la última dictadura (1976-83). Como sabes escribí sobre Teatro Abierto 1981 (se cumplen 40 años) y entre otras causas, la alienación de todo un pueblo… la censura… muchas de las causas que nombras… qué tristeza… Un fuerte abrazo.

  2. Muchas gracias por el texto. Es bella tu vinculación primigenia con el teatro, con ese recorte de periódico de tu padre, y como todo se desliza hasta la obra de Samano y Sacristán. Me has dado ganas de volver de nuevo a una sala…

Deja un comentario