caleidoscopio

TEATRO PORNOERÓTICO

Leonardo Azparren Giménez

La pornografía y el erotismo tienen en Rubén Monasterios (Caracas, 1938) a un estudioso poco atendido, quizás porque son temas tabúes para la moral pública o menospreciados salvo en sus aspectos clínicos. En 2010 la Fundación para la Cultura Urbana le publicó Lo erótico / Lo pornográfico. Ensayos sobre la sexualidad y el amor, obra enjundiosa y muy seria (352 páginas) sobre ambos temas. Allí Monasterios propone una interpretación sobre la naturaleza y el comportamiento de la pornografía y el erotismo, exculpándolos de cualquier connotación moral porque “lo pornoerótico es inherente a la existencia humana” (198). Con base en este principio deriva:

La escritura de ficción sexual es una literatura alucinatoria en el sentido de no limitarse a informar o a ser un recurso de recreación o a inspirar emociones de diversa índole en el lector, sino en el de pretender hacerle sentir, de una forma vivencial, las experiencias narradas. (199)

Hacer sentir de forma vivencial diversas experiencias es, casualmente, la cualidad primordial del teatro por la relación en presente del espectador con el conflicto representado en la escena. Consecuente con este principio teórico, Monasterios escribió varias comedias pornoeróticas, en nada obscenas pero sí directas, ligeramente escatológicas y esencialmente plenas de humor y hasta elegancia en el bien y buen empleo de la lengua. La estructura de las situaciones es sencilla porque lo que importa es el estar en sí de los personajes dialogando sobre un tema, razón de sus correlaciones y no un conflicto con planteamiento, nudo y desenlace. En Julieta, Otelo y don Juan al desnudo la irreverencia y desacralización de los clásicos se da en la libre relación lúdica de dos actores en un espacio vacío, para referirse al erotismo oculto y censurado de las obras de Shakespeare y Molière. La lujuria integró en 1974 el espectáculo de El Nuevo Grupo Los siete pecados capitales. Es la obra más incisiva y dura por su componente religioso desacralizador. La mayor parte es cantada, con escasa correlación entre los personajes.

Estas obras de Monasterios pueden constituir una transgresión en la parsimonia actual del teatro venezolano, víctima de una crisis de creatividad compleja y grave. Su representación implicaría un compromiso radical en un contexto en el que la dramaturgia nacional no tiene una correlación creativa con la situación del país, el sistema de producción está deprimido y las proposiciones experimentales son un recuerdo borroso. Monasterios conserva el espíritu de los sesenta, que en estas obras es corrosivo.

La seducción, No es Menina que es poupèe, Pedofilia y Rosa luciferina son obras en las que no hay el contexto de una situación social que coloque a los personajes en una historia, ni siquiera cuando predomina la visual de algunos objetos, tal el caso de la mesa y los alimentos en La seducción, obra en la que porno y eros casi se disuelven. La situación lúdica que le permite a Monasterios tratar temas tan escabrosos sin traspasar algunos límites está acompañada con la abundancia de textos cantados. En La seducción es palpable, además del valor de las acotaciones para configurar la acción escénica.

Algo parecido sucede en No es Menina que es poupèe, en la que el protagonista, Nigromante, mantiene un juego erótico con una muñeca interpretada por una actriz, ambigüedad premeditada para provocar una experiencia límite. Porno y eros afloran con el pretexto del objeto muñeca hasta la paradoja final: por ser tal no tiene agujeros para consumar el acto sexual. Monasterios insiste en crear una situación que plazca y divierta al espectador, sin traspasar los límites de lo obsceno.

En Rosa luciferina se asoman algunos elementos sociales, por cuando uno de los personajes, Amigo, es descrito un trepador social. Calificada pornogótica por Monasterios, la tensión y el conflicto entre Amigo y Señorita centran la atención gracias a la fuerza de los parlamentos, buena parte en verso pareado.

Un antecedente importante de estas obras se remonta a 2001 con Diálogos de la paloma, con la que se relaciona Violadores, para mi gusto la más interesante de estas obras por su proposición teatral. Son dos monólogos intercalados independientes entre sí pero con sentido dialogal. El personaje de clase media cometió una violación y el marginal es un violador consumado. Sus exposiciones describen las violaciones con un lenguaje llano y directo, para construir dos mundos sociales distintos y hasta opuestos.

Este grupo de obras de Rubén Monasterios constituye, si se quiere, una alternativa en el teatro venezolano, considerados los propósitos del autor y las estrategias discursivas empleadas para lograrlo. Monasterios busca amoralizar dos asuntos inherentes de los seres humanos, a pesar de sus evidentes connotaciones morales en las relaciones y costumbres sociales. Para ello representa situaciones nada excepcionales, mejor dicho diálogos, en las que los personajes conversan sin eufemismos ni asombros sobre temas pornográficos y eróticos.

3 comentarios

  1. Excelente, Leonardo. Me recuerda a la situación argentina durante los años de la última dictadura (1976-83). Como sabes escribí sobre Teatro Abierto 1981 (se cumplen 40 años) y entre otras causas, la alienación de todo un pueblo… la censura… muchas de las causas que nombras… qué tristeza… Un fuerte abrazo.

  2. Muchas gracias por el texto. Es bella tu vinculación primigenia con el teatro, con ese recorte de periódico de tu padre, y como todo se desliza hasta la obra de Samano y Sacristán. Me has dado ganas de volver de nuevo a una sala…

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