edición especial

Clásicos

Leonardo Azparren Giménez

Por lo general se considera clásico a un dramaturgo cuya obra perdura en el tiempo más allá de los marcos sociales en los cuales fue producida. El término se aplica con preferencia a los autores grecolatinos, isabelinos, del Siglo de Oro y del clasicismo francés. Por perdurar en el tiempo son considerados universales, ya que le hablan al ser humano siglo tras siglo.

Su representación estaba, por lo general, rodeada de un ceremonial y una admiración reverencial exagerada. En el siglo veinte esa actitud cambió, en particular en la vieja Europa, porque el arte de la puesta en escena reveló que todo era posible en un escenario. Entre nosotros no tanto ha sido así, en buena medida por el temor de no estar a la altura de tales monumentos artísticos de la Humanidad.

Algunos clásicos lucen monumentos culturales y hasta filosóficos y metafísicos inalcanzables, merecedores de culto y veneración. Edipo es un portento marmóreo signado por el incesto, interpretación hegemónica de Freud. Con “Ser o no ser” Hamlet expresa la esencia de la condición humana. Nora es la libertadora de la mujer. Vladimir y Estragón son la encarnación inconmensurable (¿incomprensible?) del género humano. En fin, clásico es quien que representa esencias atemporales no percibidas por otros, por lo que es ejemplo eterno.

El autor clásico le habla a la humanidad. Son citados para reforzar opiniones y teorías. Por eso, pocas veces nos detenemos en saber qué quiso decirle a su espectador, no a la posteridad. No creo que los clásicos pensaran y se interesaran en la posteridad cuando sus obras estaban en un escenario frente a espectadores específicos, algunos de ellos seguramente conocidos del autor.

Con el paso de los siglos los clásicos han sido llenados de cultura y, de ahí, las estatuas. Pero Esquilo quiso que lo recordaran como soldado en la batalla de Maratón, no como dramaturgo. Shakespeare fue un hábil empresario con los pies sobre la tierra, y cuando se retiró a su pueblo natal lo hizo con una apreciable fortuna; no dudó en hacerlo. Dos casos conspicuos, pero hay más.

Entonces, averiguar qué le quiso decir tal autor a su espectador puede ser una vía concreta, sin ínfulas culturales, para saber cuáles fueron sus propósitos al escribir tal o cual obra. Y quizás las respuestas ayuden a hacer mejores puestas en escena.

En la vida política de Atenas en el siglo V a.C. no existió la figura del rey. A partir de 510 a.C. los atenienses construyeron su democracia, superada la tiranía de Pisistrato. Hacia 431 a.C. comenzó la guerra del Peloponeso. Poco después se desató en Atenas la peste bubónica. En 429 murió Pericles. Sófocles, que había colaborado con él, escribe en 429-425 Edipo tirano, léase bien: túrannos, no rey (basileús) como comúnmente la representan. Pericles había sido acusado de ser el culpable de las desgracias de los atenienses. Después de Pericles, la lucha política fue fuerte.

Esto lo vivían los atenienses cuando Sófocles les representó una Tebas arrasada por la peste, en la que no se discute el incesto. ¿Teatro político?

En 1601 las cosas no estaban bien en Londres para Isabel I. Había conspiraciones para derrocarla, una de ellas liderada por el conde de Essex, uno de sus favoritos. Ella no se amilanó, lo apresó y mandó a decapitar en la torre de Londres el 25 de febrero. Mientras esto ocurría, Shakespeare había escrito Hamlet, otra de sus obras en las que criticó el poder. ¿Eran tiempos para disquisiciones metafísicas sobre la esencia del Ser? En su memorable monólogo, Hamlet se pregunta sobre “levantarse en armas contra el océano del mal”, y habla de “la injusticia del tirano, la afrenta del soberbio … la arrogancia del poderoso … ¿Quién puede soportar tanto?”.

Esta era la vida londinense cuando Shakespeare representó Hamlet. ¿Eran tiempos y había tiempo para emular a Parménides sobre el Ser? ¿Teatro político?

El público de Oslo se escandalizó en 1879 cuando Nora le dice a Helmer en Casa de muñecas de Ibsen que los abandona a él y a sus hijos y se va. Acto supremo de liberación para ser, simplemente, mujer y fin de la fantasía de un hogar cual casa de muñecas. Es necesario preguntarle a Ibsen cuál destino previó para Nora, qué tipo de libertad iba a disfrutar, qué quiso decirle a su sociedad noruega. Porque hoy en día la libertad de Nora puede terminar en lo que plantea la película Kramer versus Kramer.

Los clásicos son clásicos porque siempre tuvieron muy bien sus pies sobre la tierra y vivieron con intensidad sus tiempos históricos. La tarea es bucear en esos tiempos para comprender las correlaciones concretas con sus espectadores. Hay que decirlo, en el teatro venezolano uno encuentra textos que no tienen los pies sobre la tierra, sino sobre teorías y elucubraciones existenciales, sobre temas y no sobre situaciones y personajes.

El día que me quieras (1979) es un símbolo y estandarte no solo de José Ignacio Cabrujas, es de una generación fracasada en su proyecto revolucionario. Pío Miranda es el personaje más patético concebido por un dramaturgo venezolano; por eso huye. Siempre hago una pregunta que no recibe respuesta, ni siquiera insatisfactoria. Si el drama es la mentira con la que vive Pío y quiere que viva su novia María Luisa, ¿qué hace ahí Carlos Gardel? Me da por pensar que quien tenga una respuesta consistente a esta pregunta hará la puesta en escena de esa obra que aún no ha tenido. Se completaría la comprensión de qué quiso decirle Cabrujas a su espectador.

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