edición especial

Día mundial del teatro

Leonardo Azparren Giménez

En 1962 el Instituto Internacional del Teatro, ente no gubernamental de la Unesco, creó en París el día mundial del teatro con motivo de la sesión inaugural del teatro de las naciones, el 27 de marzo de ese año. El propósito era y es resaltar el arte teatral como expresión viva de la vida y los conflictos humanos. Porque, en efecto, el teatro es el único arte cuya naturaleza es humana y social; es en tanto está vivo en presente y es compartido por los espectadores.

Es costumbre que una personalidad de nivel mundial dé un mensaje exaltador y esperanzador. Cuando fue su turno, Peter Brook se preguntó cuál teatro mundial había para celebrar. Al margen de la ironía implícita, lo cierto es que esta celebración tiene un componente europeo hegemónico, y no podría ser de otra manera. Europa es la madre y partera del teatro tal y como lo conocemos. Los europeos lo metieron en sus baúles junto con su idioma y religión cuando vinieron a poblar estas tierras. Y no podía ser de otra manera, porque es connatural de las sociedades teatralizar sus existencias colectivas e individuales. De manera que el día mundial del teatro es la celebración de la teatralización de la existencia humana.

¿Cuál teatro mundial podemos ofrecer hoy los venezolanos? Reducido a su mínima expresión, parece más obra de catecúmenos que expresión de un universo que durante algunas décadas entusiasmó. En el olvido está aquella publicidad que nos hizo creer que éramos la capital mundial del teatro, pedantería imperdonable que se aprovechó de alguna transitoria bonanza monetaria producto del petróleo.

Quienes me conocen saben que no voy al teatro. Y confieso que no voy, entre otras razones, porque no me entusiasma la cartelera. La novísima dramaturgia venezolana es un oficio que no arriesga. Salvo, hay que decirlo, Edilio Peña con Hambre en el trópico, alegato desesperado contra la crisis nacional, y alguna otra obra dispersa.

Pero siempre hay razones para una celebración. Entre nosotros, por ejemplo, por la sangre inmigrante que nos nutrió y nutre. Gran parte importante del teatro es y ha sido obra de inmigrantes. La lista es grande, y vale la pena recordarla: Jesús Gómez Obregón, Alberto de Paz y Mateos, Juana Sujo, Romeo Costea, Horacio Peterson, Inés Laredo, Antonio Constante, Armando Gota, Ugo Ulive, Carlos Giménez, Juan Carlos Gené…

Este año el mensaje del día mundial del teatro está a cargo de Helen Mirren, actriz notable formada en las situaciones y personajes creados por Shakespeare. Esta notable actriz escribe consternada por la crisis por la que pasa la humanidad, que afecta al teatro en particular por ser un arte de naturaleza social. Pero es optimista porque el teatro es consustancial con la naturaleza humana.

No por dedicación personal, pero el día mundial del teatro debería celebrarse en la colina de la Acrópolis de Atenas, en las ruinas del teatro de Dionisos. Ahí nació el teatro. Ahí la palabra se hizo acción y la acción palabra. Ahí la imaginación demostró su capacidad de crear todo. Ahí el teatro se comprometió a hacer mejores ciudadanos en las ciudades. Pero hoy ese compromiso está diluido. Por ello, más allá de la retórica, acá en Venezuela qué celebramos y conmemoramos.

Deberíamos aprovecha la ocasión y reflexionar y repensarnos. Reflexionar sobre lo que somos y hacemos, cómo asumimos un arte que es acción perenne desde que el ser humano se representa; reflexionar sobre nuestra historia. Pensarnos para afrontar el porvenir, que comienza mañana sin dilaciones, a sabiendas de que nuestro teatro está solo, puesto a prueba para demostrar o no si es capaz de sobreponerse a esa soledad y rehacer su sistema sanguíneo y nervioso que hace de su práctica un arte, no un oficio.

Reflexionar con sentido crítico sobre nuestra historia para que no nos impongan caprichos. Pensarnos con sabiduría práctica para saber dar respuesta a las angustiosas interrogantes del presente. Y tener muy claro que ser mundial es representar muy bien la aldea propia, sin vanidades cosmopolitas ni empeños por parecernos al otro; es decir, comprender y aceptar nuestro tamaño y los linderos de nuestras representaciones.

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