edición especial

Teatro y literatura

Leonardo Azparren Giménez

         Entre nosotros, en Venezuela, la obra de los dramaturgos no siempre ha sido estimada y valorada, incluso ha merecido poco espacio  en algunas investigaciones sobre la cultura nacional; en consecuencia, no es valorada con la misma importancia que la narrativa y la poesía. Esta situación da pie para discutir si la obra dramática es o no literatura.

         Es el caso de que los dramaturgos venezolanos no han sido incluidos en los estudios e investigaciones sobre la literatura venezolana. Revisemos algunas publicaciones. Gonzalo Picón Febres publicó en 1906 La literatura venezolana en el siglo XIX, en la que no se ocupó, por ejemplo, de la obra dramática de autores tan importantes como Heraclio Martín de la Guardia, Eloy Escobar y Adolfo Briceño Picón; en consecuencia, ignoró la existencia de la dramaturgia romántica del siglo XIX con una veintena de autores. Felipe Tejera le presta debida atención solo a Aníbal Dominici en Perfiles venezolanos (1881). En Noventa años de literatura venezolana (1993) José Ramón Medina dedica menos de una página al teatro. En Literatura hispanoamericana (1976), Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani no reservan espacio para la dramaturgia. En Nación y literatura, itinerarios de la palabra escrita de la cultura venezolana (2006) los editores (Carlos Pacheco, Luis Barrera Linares y Beatriz González Stephan) invitaron a Luis Chesney, dramaturgo, quien no escribió sobre la palabra escrita de nuestra dramaturgia, sino sobre los maestros que entre 1945 y 1958 modificaron y renovaron la pedagogía teatral. En El país en el espejo de su literatura (2007), editado por la Fundación Francisco Herrera Luque, participé como crítico (“La crítica teatral: largo viaje a lo irrisorio”). En el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (1995), figuran algunos pero no Rafael Guinand, figura central del sainete y en el artículo sobre Julio Planchart no hay mención a su obra fundamental: La república de Caín.

         Quiero decir con lo anterior que los dramaturgos en Venezuela no son considerados escritores o literatos. La obra dramática de Rómulo Gallegos, por ejemplo, fue ignorada durante largo tiempo, a pesar de su importancia en los albores de la primera época moderna de nuestra dramaturgia. Un tanto, aunque menos, ocurre en Arturo Úslar Pietri.

         Para abordar este tema es bueno aceptar como premisa que no es posible hacer análisis en conjunto del teatro y la literatura, porque el teatro es mucho más que la palabra escrita. Y me refiero al teatro no al texto dramático, con lo que se hace evidente un aspecto a considerar diferente al meramente literario.

         Alguna vez leí que lo específico de la literatura es su literaturalidad. Entonces, la teatralidad es lo específico del teatro, teniendo presente que el teatro es, además del texto dramático, su representación; caras de una misma moneda. Mientras la palabra de la narrativa y la poesía es producida para ser leída, la del texto dramático es producida para ser vista-y-oída, lo que le da su significación plena. La teatralidad es inherente al ADN del texto dramático. Si esta es la primera premisa del silogismo que tratamos de comprender, el texto dramático no es literatura sino teatro.

         La diferencia es de antiguo y, como es frecuente, se remonta a Aristóteles. El Estagirita supo diferenciar a quienes empleaban la mímesis para narrar de quienes la empleaban para representar a los actuantes, y marcó diferencias entre narrar y representar. Y aunque no lo dice en forma expresa, se deduce de su argumentación: en el texto dramático no hay intermediarios porque se realiza en presente ante el espectador.

         La discusión puede resultar bizantina y no alcanzar una conclusión. El premio Nobel de literatura ha premiado a algunos dramaturgos, tales Harold Pinter y Eugene O’Neill, aunque ignoró a Arthur Miller. Esto a nivel internacional. En lo que concierne a nosotros, poquísimos dramaturgos son equiparados a nuestros narradores y poetas, José Ignacio Cabrujas e Isaac Chocrón por ejemplo. Pero bastantes quedan al margen e ignorados. ¿Podríamos decir que la obra de algún dramaturgo nuestro tiene la misma significación que la de Rafael Cadenas?

         Creo que una diferencia es determinante. En la narrativa estamos ante un narrador que refiere lo que le sucede a terceras personas. En el texto dramático estamos ante esas personas, sin poder evadirlas ni mediatizarlas. Actúan y hablan con crudeza, sin medias tintas, groseramente.

         Entre nosotros las diferencias existen, aunque no sea a plena conciencia. Fue creado el premio nacional de teatro, que se otorga a dramaturgos, directores y hasta a actores. No recuerdo que el premio nacional de literatura le haya sido dado a un dramaturgo.

         Así es, aunque la eventual discusión termine siendo bizantina.

Un comentario

  1. La verdad es que el asunto es más un síntoma que una omisión: no se habla mucho del teatro porque se escribe y publica poco teatro. Yo tengo una buena biblioteca de autores venezolanos. Y entre ensayo, narrativa y poesía se llevan el 99% de lo publicado aquí. Así que quien quiera hablar del teatro en Venezuela se verá en el mismo aprieto. No hay tanto que decir como en relación con los otros géneros.

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