visión empresarial

El Recurso Humano ¿Cómo hacer para alinearlo?

José Antonio Perrella

En una reunión sostenida entre los miembros del comité de Recursos Humanos de una poderosa cámara multinacional de industrias y comercio del país, se discutía con preocupación el notable impacto que en las fuerzas laborales tenía la acumulación de “misiones gubernamentales” que regalaban dinero. El populismo que había reinado en Venezuela por varias décadas vivía ahora sus momentos de máxima exposición.

Los empresarios tuvieron que enfrentar esta nueva e impensable variable. Había una poderosa campaña gestada en el gobierno, con fines de proselitismo político y de dominación del pueblo a través de las dádivas, que incentivaba el desapego al empleo y a los conceptos originales del trabajo formal.

Por un lado, el estado estatizaba masivamente empresas que dejaban de ser privadas, y crecía en consecuencia su tamaño de manera exponencial absorbiendo cada vez más a trabajadores que terminaban siendo públicos, implicando esto, en seguramente demasiados casos, un relajamiento de esos trabajadores en el desempeño laboral, y en ocasiones, incluso las posiciones que ocupaban les facilitaban el acceso a negocios muy lucrativos y muy poco vinculados al concepto tradicional de trabajo. En consecuencia, era común escuchar que trabajar para el estado era “chévere”.

El impacto de las misiones convirtió a ese plan de distribución inorgánica del dinero a un enemigo invisible y asimétrico. Era más lucrativo y demasiado sencillo pertenecer a tres o cuatro misiones, hacer las respectivas filas y recibir dinero a cambio de prácticamente nada, solo debías pertenecer y eventualmente jurar, con buena dosis de histrionismo, amor eterno por el líder, estar presente y vociferar hasta la ronquera en las manifestaciones de masa donde, además, recibías bolsas de comida y si tenías suerte hasta licor. Eso era más atractivo que levantarse muy temprano a diario, ir a un empleo formal, “calarse” al jefe fastidioso, ah, y, además, según el léxico dominante de la época, el jefe era ese capitalista apátrida, explotador, racista, ladrón, y lacra de la sociedad que deben ser todos convertidos en polvo cósmico…… 

Las relaciones laborales, históricamente complejas en el mundo entero, se convirtieron en un nuevo e inmenso reto empresarial. Los sindicatos, siempre influenciados por factores y tendencias políticas, se convirtieron en instrumentos activos de la revolución, en batallones de militantes enceguecidos que actuaban según la instrucción, en la mayoría de los casos, de desestabilizar, y de ser posible, de destruir a su patrono, quizás con la intención de que éste se rindiera cediendo el paso a la estatización de la empresa. Paralizaciones de las actividades, extorsión, amenazas personales, secuestros, o en el mejor de los casos, el aluvión de fiscalizaciones desde los organismos del estado, fueron recursos cada vez más frecuentes que los empresarios tuvieron que enfrentar.

Las distorsiones cambiarias agudizaron no solo el control de las actividades propias de las empresas, sino además se convirtieron en una fuente de negocios atractivísima para toda la población, y obviamente para los trabajadores a quienes, otra vez y a través de otra dádiva, controlaron desde el punto de vista político y social. Los trabajadores empezaron a viajar al exterior de manera prácticamente gratuita. Algunos, aprovecharon esos viajes para conocer Disney, o para pasear a destinos impensables, pero la razón subyacente era “raspar los cupos”, y una vez satisfechos uno o dos viajes, el negocio que se obtenía de vender los cupos era demasiado bueno, y eso, unido a las misiones, hacia difícil para la empresa privada competir con semejante beneficio económico. No le importaba a un empleado perder su trabajo si no obtenía el permiso, a veces intempestivo, de viajar. El concepto de planificación de las vacaciones dejó de existir, las vacaciones las decidía la agencia de viajes y no importaba cuando la empresa podía darlas.

Después, más adentrada la revolución, cuando se empezó a pagar las infinitas facturas de la bacanal de los primeros años financiada por la chequera petrolea del líder embriagado de poder, empezó la escases auto impuesta por una frenética y enloquecida política de controles de precios. En ese momento, las dádivas de las misiones, de los cupos de viajeros y de las otras locuras que llenaron inorgánicamente los bolsillos del pueblo, esos bolsillos que de la misma manera se vaciaron dejando tras de sí solo vivencias, gastos, cirrosis hepáticas, vicios, niveles vergonzosos de asesinatos, exacerbación de la delincuencia y el periodo más sombrío de la seguridad ciudadana de nuestra nación, y empezó entonces otro evento socio-económico-cultural, el “bachaqueo”.

Un nuevo elemento impensable se apoderó de la dinámica de los trabajadores que aún quedaban en el sector privado. Todo en el país estaba controlado, en consecuencia, acceder a cualquier cosa debía traspasar a una o varias alcabalas. Comprar divisas, comprar un automóvil, un repuesto, conseguir comida, leche, agua mineral, un pasaporte, una cita médica, en fin, cualquier cosa debía ser tramitada o conseguida por alguien que tenía ese poder específico y circunstancial. Allí se creó esa nueva actividad, la del bachaqueo, quien, por ejemplo, en la comida, accedida a algún funcionario interno de una institución pública o de una empresa privada y se hacía de productos regulados, de esos que no existían casi y para que el pueblo pudiera acceder a ellos debían hacer colas desde la madrugada. Obviamente la cadena de suministro del bachaqueo generaba márgenes de utilidad impensables pues había quien estaba dispuesta pagar hasta 10 o más veces el valor de los productos con tal de no hacer las denigrantes colas para obtenerlos a precios regulados.

Era demasiado bueno el negocio del bachaqueo, trabajar en un empleo que, además, dada las distorsiones cambiarias y del mercado, pagaba cada vez peor, era casi una estupidez.

Y luego, cuando ya el bachaqueo no se podía hacer porque ya no hubo con que, y los cupos eran cosa del pasado lejano, las misiones estaban quebradas, el país se convirtió en un lugar del cual había que irse a como diera lugar, y empezó primero la diáspora de los más capacitados, generando una inmensa crisis de escasez de talento en las empresas quienes intentaron auténticos malabarismos para retener a quienes ya tenían dentro o para atraer a los mejores que por alguna extraña e impensable razón, aún estaban dispuestos a emplearse, y después empezó el doloroso y vergonzoso éxodo de todo aquel que se pudo ir, dejando al país casi sin recursos laborales disponibles para llevar adelante los procesos de producción y servicios de una empresa privada que, en materia de Recursos Humanos, ha tenido que enfrentar lo impensable durante su más reciente historia. 

Muchos de aquellos que estudiamos, los profesionales del área fueron puesto aparte. Conceptos como procesos de selección, planes de carrera, sistemas de valoración del desempeño, cuadros de remplazo, planes de retiro, desarrollo del talento, formación técnica y organizacional y paremos de contar, han sido afectado por distintos monstruos que han aparecido y que jamás pudimos estudiar en nuestro proceso de formación o imaginar en los escenarios posibles en el manejo de los recursos humanos.

Y tuvimos que lidiar con todo eso. Esta experiencia la viví en primera persona y a través de las de mis clientes, durante los últimos 20 años de mi ejercicio profesional.

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