opinión

Mascarillas y  mascaretas 

Luis Barrera Linares

El rostro es mucho más que caras más o menos bonitas o sonrisas espléndidas. Es casi como el alma física del cuerpo. Eliminarlo o anularlo en alguien podría implicar el despojo de su personalidad, de la conexión con el mundo. Por su fachada los conoceréis, podría decir la antigua conseja bíblica. En la faz parece descansar todo lo que somos, principalmente en esa zona que va de la raíz o vértice de la nariz a la barbilla. 

Si deseamos ocultar nuestras buenas o malas intenciones, nos cubrimos la cara y ya. Es cierto que a veces la mirada habla por sí sola, sin que digamos nada, pero si dejamos al descubierto solo los ojos y tapamos el resto, generamos dificultad en las demás personas para que se nos reconozca.

No en vano, los delincuentes utilizan pasamontañas y, en el momento de cometer fechorías, solo dejan al descubierto la mirada. Si recordamos las viejas películas del oeste estadounidense o sus réplicas en otras culturas como la italiana, evidenciamos que, para asegurarse de no ser descubiertos, los asaltantes de caminos y los cuatreros protegían su identidad con un pañuelo.

Es un misterio para mucha gente, pero no hay duda de que el burka, esa curiosa pieza de tela que invisibiliza casi todo el rostro de las mujeres islámicas, se ha prestado para diversas interpretaciones. Una de las más comunes se relaciona con un estado de sumisión a Alá, a los reyes o a los hombres en general. ¿Recurso para despojar a la mujer de su identidad? 

Todos los ejemplos señalados conducen inevitablemente hacia aspectos de carácter negativo. Se oculta la parte inferior de la cara, en función de algo prohibido que, incluso, si no se le juzga como delito, podría implicar al menos una penalización.

Reaparecen estas imágenes en el momento en que, sin que sepamos por cuanto tiempo, se ha instalado en nuestras vidas ese singular adminículo conocido como mascarilla. Probablemente, en armonía con otros como webinar, emprendimiento, reinventarse, incertidumbre, vacuna y contenidos,  el término forme parte de los más populares y repetidos durante el pandemiado 2020 que, más que un año, fue una total y absoluta calamidad mundial.

Tan popular ha devenido la palabreja que, a pesar de que, antes de la pandemia, era apenas una referencia que asociábamos con quirófanos, médicos y odontólogos, o con alguien a quien, por algún motivo de salud, se le habría prescrito y la llevaba para circular por los grandes y bastante contaminados centros urbanos, hoy es una prenda más popular que los teléfonos celulares.

Para esta fecha, es extraña la persona que no la lleva y que, además, tiene una colección de ellas; tanto, que nos asombramos y hasta devenimos en censores irrestrictos y condenatorios jueces, si nos damos cuenta de que alguien en la calle ha transgredido esa nueva regla asociada con la vestimenta. 

Ha pasado a constituirse, incluso, en un nuevo filón para el comercio. Las hay de todas las formas, colores y diseños, con y sin aditivos, como respiradores, narices artificiales (principalmente para los infantes) y dibujos caricaturescos o de héroes de películas. Cuales intrusas más que bienllegadas, se han aposentado en nuestra cotidianidad, como imprescindibles compañeras en las que hasta buscamos cierta armonía para con el resto de nuestra ropa. Falta poco para que veamos en las vitrinas comerciales juegos de prendas que las incluyan.  Así como ya ha salido al mercado una transparente, pronto inventarán una para fumadores.

Su sinonimia es variada y, en algunos países hispanos, hay preferencias por una u otra opción: tapaboca(s), barbijo, barboquejo, bozal, cubreboca(s), nasobuco, aunque estas dos últimas todavía no aparezcan integradas al Diccionario de la lengua española. Eso, sin contar que coloquialmente se hayan popularizado otros nombres más familiares, bromistas, humorísticos y menos formales como tapajeta, cubrebemba, mascaretacarantamaula, carátula, tapahocico, carantoña,ocultamorro,  entre otros.

En fin, haciendo honor a la simbología occidental, el 2020, año chino de la Rata, cerró con todos los espacios públicos y privados repletos de mascarillas para todos los gustos. Se cotidianizó el enmascaramiento. Incluso, ya pareciera que cuando un gobernante, político, empresario o relacionista no quiere que los espectadores “descifremos” en su rostro alguna oculta intención, aparece en la tele, solo y aislado, pero enmascarado (valga la rima). Ni siquiera podemos detectar si le crece o no la nariz, mucho menos su risita sardónica.

Asociemos la situación con lo dicho en los primeros párrafos. Como efecto derivado de la pandemia, hemos devenido colectivamente en sospechosos permanentes, transgresores sin culpa, presuntos delincuentes sin delito. Para comprobarlo, basta con hacer lo siguiente. Aunque sea protegiéndose y cuidando del debido respeto y cortesía hacia las otras personas, en caso de alguna situación sobrevenida, una emergencia respiratoria o alimenticia, por ejemplo, pruebe a despojarse de su mascarilla en un lugar público e intente toser, carraspear, estornudar, escupir o limpiarse la nariz. 

Según le haya ido, envíe los resultados de su experimento a mi tía Eloína.

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