edición especial

EL TEATRO: ESA PASIÓN INÚTIL

Leonardo Azparren Giménez

II

Shakespeare -siempre él- es quien mejor ha expresado la pasión teatral en correlación con los ciudadanos. En 1601 dio una lección sobre lo que el teatro significa para los seres humanos. Expresó su admiración por los actores, al considerar que “son el resumen y la crónica del presente”. Tenía presente, por boca de Hamlet, la estrecha comunicación que hay entre el escenario y los espectadores. Por eso aconsejó a sus actores hablar con naturalidad, no exagerar la gestualidad corporal: “Pues en el torrente, tempestad, en el torbellino –por decirlo así- de vuestra pasión, habéis de hacer alarde de templanza, de mesura”. Simplemente, administrar con mesura las pasiones. Y todo para que el teatro puede cumplir su rol social:

Ajustad en todo la acción a la palabra, la palabra a la acción… procurando además no superar en modestia a la propia naturaleza, pues cualquier exageración es contraria al arte de actuar, cuyo fin –antes y ahora- ha sido y es –por decirlo así- poner un espejo ante el mundo; mostrarle a la virtud su propia cara, al vicio su imagen propia y a cada época y generación su cuerpo y molde. Y esto sin exageraciones en uno u otro sentido, pues, aunque hacen reír a los necios, irritan a los discretos, cuya crítica –aunque de uno solo se trate- debe pesar más en vosotros que la de un teatro lleno de los más torpes. (III, ii).

 No superar la modestia de la naturaleza, es decir su armonía, para que el espectador se reconozca en la escena solo es posible sin pasiones exageradas. Pide Shakespeare ilustrar al espectador, darle luces para comprenderse y comprender los tiempos que vive, no arrebatarlo apasionadamente.

Desde otra perspectiva debemos admitir que al teatro le gusta la cuerda floja, y al gran teatro mover la cuerda y asegurar su sobrevivencia. Es el riesgo. Es el temor y la compasión postulados por Aristóteles. Es el temblor del actor antes de ingresar a escena. Es el único arte que provoca una pasión fantasiosa. Ejemplo insuperable es Sueño de una noche de verano, escrita y representada para una boda: “Las mejores obras de este género no son sino fantasías; las peores no son lo peor si la imaginación las enmienda”. Entonces, la pasión y la correlación establecida entre la escena y el espectador se resuelve en la imaginación, no en la dinámica social real. ¿Es, entonces, inútil? Para el director y actor francés Jean Vilar “el teatro necesita, más que cualquier otro arte, unir ilusión y realidad”.

Medidas ha habido para neutralizar o inutilizar al teatro, desde sutiles hasta tiránicas. Hacia 1600, Shakespeare dejó de escribir obras sobre la historia de su país por una prohibición del Consejo Privado de la reina Isabel. Antes, en 1592 la reina había publicado un edicto inquisidor que debió hacerlo temblar. Las obras de Shakespeare se mudaron para todos los países europeos. En Grecia, durante el régimen que derribó a la monarquía, en la década de los sesenta del siglo XX, fueron prohibidas las representaciones de Esquilo, fallecido 2.500 años antes.

El gran teatro siempre ha hablado claro, su naturaleza es representar la convivencia humana. El gran teatro es la conciencia de una nación. Molière lo hizo con la doble moral de Tartufo. Isaac Chocrón representó en Asia y el Lejano Oriente (1966) a un país víctima del individualismo de sus habitantes, quienes deciden venderlo al mejor postor para librarse de la responsabilidad de construirlo:

¿Qué podemos dar de nosotros mismos a esta tierra rica y bien situada? Solamente ambiciones individuales. Solamente hombres solos, cada quien abriéndose paso de la manera más rápida que pueda y siempre pretendiendo que esa es la mejor manera. Un pueblo formado de ambiciones de hombres solos tiene que buscar fuera de sí control y orden. La venta es eso: control y orden.

Ante los vaivenes de la sociedad, el teatro habla claro y muestra las conexiones ocultas de la convivencia humana que otros no revelan. Y no es que el teatro es o deba ser un instrumento ideológico de agitación política. Simplemente, es político porque es de la pólis y sus ciudadanos, ante quienes es muy difícil ser indiferente. Cuando un actor está ante su espectador representa lo que podría suceder para que el espectador saque sus conclusiones; está ante sus conciudadanos y debe ser consecuente con lo que ambos disfrutan y padecen. No ser consecuente con su conciudadano es hacer del teatro una pasión inútil. Y algo peor, una mercancía. Jean Vilar añade: “sin la emoción, sin la sinceridad profunda y generosa del intérprete, nuestro oficio no es nada, no es más que artificio”.

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